De distancias y mitos

sábado, 27 de diciembre de 2008

Hay una distancia insalvable entre el autor y la obra, una barrera difícil de traspasar, el límite entre que me guste lo escrito y que me guste el que lo escribe, hay un acercamiento imposible una vez se descubre que todo el arsenal de palabras es una cáscara, una coraza, un disfraz y que el hombre que hay detrás no es más que un tipo pálido que toma café y fuma, que por mucho que se pele la monda literaria y se quiera buscar el estereotipo truculento, el genio y la figura, la vida tormentosa, no hay nada que no sea vulgar y trivial. Del choque entre el afán del lector, esa idealización del escritor, y la cruda realidad, surge el desengaño, y entonces todo es como ver un cuerpo desnudo en medio de un cementerio, y hace un frío glacial y el lector y el escritor se miran a los ojos porque no se atreven a mirar al suelo: hacerlo supondría comprobar con espanto que están todas las frases muertas, no tienen pulso, que el muro de sintaxis que les separaba ha caído y que ahora sólo quedan dos seres humanos enfrentados en silencio, para después ver abrir los puestos comerciales donde venden trocitos del muro a un euro, trozos de miseria a precio de miseria, y el lector se acerca consternado y compra un adjetivo derrotista: dame un "fracasado", dice, y lo coge entre las manos y lo lee y no significa nada. Como si pidiera una explicación, mira al escritor. El escritor, cabizbajo, fuma en silencio y se encoge de hombros. No tiene la culpa. Nadie tiene la culpa.

Correo certificado

domingo, 21 de diciembre de 2008

Hola, amigo/a.
Le agradecemos que haya depositado su confianza en nuestro producto Reencarnatio XL y le garantizamos la calidad de su compra. Si tiene cualquier duda sobre este u otros productos de nuestra tienda puede contactar con nuestro teléfono de atención al cliente.

En este paquete que le hemos mandado y que contiene estas instrucciones encontrará todo lo necesario para lograr su objetivo. Para empezar, solicite otra vida rellenando el formulario del sobre, indicando claramente qué especie quiere ser en su nueva vida. Desde nuestra experiencia personal le recomendamos que si no desea volver a ser un ser humano se decante por una especie del reino animal. Hemos encontrado algunos problemas a la hora de reencarnar en protozoos y hongos. Rellene TODOS los campos. Si deja algo en blanco quedará a nuestra elección. Una vez haya completado el formulario, métalo en el sobre y reenvíelo a nuestra dirección (gastos de envío incluídos).

Seguidamente destruya estas instrucciones y el resto de contenidos del paquete (excepto el bote de comprimidos). No basta con dejarlo en la basura, tiene que asegurarse de que nadie podrá encontrar el contenido de este envío una vez hayamos procedido a realizar la reencarnación. El motivo es que no podemos arriesgarnos a que alguien, ni siquiera la policía, investigue quién es usted en su nueva vida, por razones de confidencialidad. Desde aquí le queremos garantizar la máxima confidencialidad en todo este proceso, pero para ello usted debe aportar su granito de arena.

Una vez haya enviado su formulario y haya destruido todas las pruebas podrá comenzar su reencarnación. Para ello coja la medicación adjunta e ingiera TODOS los comprimidos. Es importante que se tome todas las pastillas para que la dosis sea eficaz y pueda reencarnarse. No se preocupe por los efectos secundarios de nuestras pastillas. No sentirá el más mínimo dolor, sólo un suave sueño. Déjese llevar por él y... ¡listo! Sonría y disfrute de su nueva vida.

IMPORTANTE: No hable a nadie de su Reencarnatio XL para que el proceso se lleve a cabo con la máxima frescura. Feliz vida nueva.

Llover en Madrid

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Te he visto llover en Madrid, en el pasado, mientras una mano (¿mía o tuya?) me agarraba e impedía que me cayera en este acantilado donde me he quedado, Madrid, y también a ratos has hecho buen tiempo, a tiempo y a destiempo, porque los días de depresión no apetece tomar el sol. Son esos días que preferimos, que prefieres, llevarme mi contraria y en los que no nos atrevemos a hablar. Y entonces lo único es tu nombre y el mío, es Madrid, es mi reflejo en un espejo, muerto como un recuerdo, y en ese silencio de nombres yo me viajo por nuestras calles con tu ausencia, que es un charco que he pisado tantas veces. Por eso llamé para ver si se podía hacer algo con estos zapatos mojados o si tenía que comprar unos nuevos, y ellos y tú vinisteis y al vernos decidimos que no era cosa de los zapatos, que no había que tirarlos, que lo que había que tirar era el resto, el cuerpo que latía por debajo que, podría decirse, ya estaba inservible. Así que me resigné a ser estos zapatos encharcados y me despedí de forma amable, no sin antes mirar al cielo para comprobar si podría, por una vez más, llover a cántaros como en aquellos días que yo te miraba, si podría llover hasta inundarte Madrid, aunque sólo fuera para evitar el bochorno de esta despedida, y miré y deseé llover mientras una mano (y esta vez tendría que ser la mía porque no había nadie más dispuesto) me agarrase como antaño, pero esta vez no, no hubo mano, no hubo lluvia, no hubo Madrid, y al final parece que eso es todo en lo que consiste mi presente.

Borrones

jueves, 11 de diciembre de 2008

No es lo mismo coger un bolígrafo y frotarlo contra el papel buscando que se cumpla el ritual, desear que esta vez surja y que al final las palabras tengan un significado. No es lo mismo tachar las palabras y escribir entre líneas una nota aclaratoria. No es lo mismo.
No es lo mismo que encerrarse en esta habitación iluminada por la pantalla de un ordenador. No es lo mismo porque aquí no hay papel, no hay bolígrafo. Aquí apenas hay intermediarios, el texto aparece delante de mí por sí solo como si en vez de un texto en una pantalla esto fuera un espejo. Un espejo terrorífico que no muestra mi aspecto físico, un espejo que me desnuda y raja para diagnosticar la causa de mi muerte. Aquí, aquí, está mi verdadero reflejo. Unas veces me parece un rostro bello y digno de admiración y otras es el reflejo de un hombre enfermo. Y sin embargo siempre hay una sintaxis que une las palabras, un solo cuerpo. Mientras que el cuerpo de Cristo está crucificado dentro de la Biblia yo crucifico el mío cada día que me enfrento a mí mismo y me dibujo el contorno en esta cruz. Me clavo en esta pantalla, sangro palabras y chorreo oraciones de sudor, pido perdón por mis pecados y me muero esperando una resurrección que no me lleva más que a otra muerte. Y así cada vez. Es el psicoanálisis más macabro y onanista que existe, la soledad contra la soledad, yo soy el diván y el terapeuta y la libreta. Este espejo es mi confesión, es el semen que nunca eyaculé, las frases que nunca dije y que ahora hablan y viven fuera de mí. Lo que hago aquí me sobrevive y me supera, en el momento en que lo dejo plasmado en la pantalla deja de pertenecerme y me da vergüenza corregirlo, qué derecho tengo a violarlo si en su momento tenía sentido, si esa era mi cara hace un segundo, dos segundos, los que sean. En mi vida anterior yo era ese tipo. No puedo, no debo, matarme a mí mismo. Esa es la diferencia. En el ordenador todo tiene un lugar y una fecha, un archivo, una carpeta, una dirección, un momento, un orden. No es lo mismo porque cuando escribo en papel me tacho, me corrijo, me arrugo y me tiro a la papelera, porque cuando escribo en papel tengo caligrafía. Y no ocurre en el mismo sitio, me traslado, no hay reloj posible, el papel amarillea, lo llevo en una carpeta y está en una cafetería, en un parque, en mi mesilla de noche, está en tantos sitios a la vez y yo he cambiado en cada ocasión. Cuando quiero continuar, me leo y no me reconozco a mí mismo. Y ya no tiene sentido transcribirlo. Así que vuelvo a empezar por un borrón. Pero en el folio no hay resurrección, no es otra cosa distinta, puesto que la corrección es una tumba levantada sobre otra tumba. Cada hoja escrita es una pila de ataúdes, la fosa común de mi vida. Donde enterrar todas las personas que algún día fui.

Línea 653

miércoles, 10 de diciembre de 2008

No fue así: cuando ella entró en el bus se vio obligada en cierto modo a sentarse a mi lado, debido a que apenas quedaban sitios libres. Apenas me miró más allá de comprobar que yo no pareciese un criminal. Su pelo castaño se escapaba por los bordes de un gorro de invierno bicolor y sus manos se afanaban en despojar de la monda a una mandarina, la cual impregnó el autobús de aroma y entonces la A-6 fue, dentro de lo que cabe, un lugar un poco más habitable. Los gajos se deshacían en sus labios y desparramaban su zumo por las encías. Ya no podía esconder que la estaba observando (y posiblemente incomodando) cuando le dije:
–Hola, ¿cómo te llamas?
Posiblemente se asustó o le pareció una agresión a su intimidad y por eso respondió atragantándose:
–¿A ti qué te importa?
O en realidad no dijo nada y simplemente optó por ignorar mi saludo.
–Si te hubiera preguntado tu nombre de madrugada en una discoteca seguro que me habrías contestado.
–En una discoteca de madrugada estaría borracha y por eso no me importaría decirte mi nombre.
–Vaya, yo es que prefiero hablar con gente sobria.
–Pues yo prefiero no hablar –me dijo. O quizás no me dijo nada para ser más elocuente.
En medio de ese punto muerto señalé a mi alrededor –los demás asientos del autobús, ocupados por gente que fingía no escucharnos o que no nos escuchaba– y dije:
–Fíjate. Nadie habla, salvo aquellas chicas de allí, porque deben ser amigas. Y bueno, también aquellos señores de allá, que seguramente hablen del tiempo o de la frecuencia de los autobuses. Están solos, cada uno rumiando sus vidas contra el cristal o contra el cogote del de adelante. ¿No te parece triste?
Ella me miró. Esta vez me miró. O si no miró al pasaje. En cualquier caso debió comprender, pero había algo que no debía tener muy claro.
–¿Y de qué se supone que quieres hablar?
–Mientras no sea del tiempo o de la frecuencia de los buses… –dije.
–¿Sueles ligar así? ¿Eres un psicópata? –parecía estar sumergida en un mar de dudas.
–Dudo mucho que todos los psicópatas sean como en las pelis de las tardes de Antena 3, unos tíos atractivos que camelan a la chica de turno para matarla justo antes de follar. En cualquier caso, aunque yo te parezca atractivo, esa no es mi intención. No quiero ni matarte ni follarte. Aunque no haría ascos a lo segundo, claro.
Se rió o al menos sonrió. Supongo.
–No pareces mal tipo pero no quiero nada contigo. Además no te conozco.
–¿Y qué más da? ¿Acaso quieres ser como ellos? –señalé de nuevo alrededor, aún a riesgo de que alguien comenzara a insultarme.
En ese momento me debió mirar y me dijo su nombre. Yo por mi parte me lo inventaré tantas veces como sea necesario. A veces, en secreto, la llamo Rusia y sueño con ella como si yo fuera Hitler. Pero hoy, sólo hoy, yo seré su escritor y ella la Odisea, mi pequeña Odisea.
Después vi su sonrisa y hablamos hasta que acabó el viaje. Puede que por el camino nos intercambiásemos los teléfonos. O que nos comiéramos los labios entre gajos de mandarina. Puede que no sucediera nada más. Esto debería haber sido así.
Pero no fue así. En realidad, cuando ella se sentó a mi lado, subí el volumen de mi iPod y me limité a mirar por la ventanilla. Como si estuviera completamente solo.

Atrapados

domingo, 7 de diciembre de 2008

Estamos envejeciendo. Las cosas son así. Me asusta el comprobar que nos hemos visto inscritos en una carrera absurda a la fuerza. Nunca elegimos participar en ella, nunca dijimos querer llegar a esa meta. Y es esa falta de control, esa imposición externa, lo único que los seres humanos tenemos en común. Lo demás no son más que coincidencias y distracciones para poder soportar la condena y el cansancio.
A pesar de todo nadie se rebela aquí, nadie grita que se detenga esta sucesión imparable, esta espiral de tiempo que no hace más que tender a la enfermedad y a la muerte. Ni siquiera nadie se atreve a preguntar el porqué, a plantear la duda razonable, nadie exige explicaciones. Porque tenemos miedo, miedo a que en realidad no haya respuestas y no entendemos, o preferimos no entender, que esa es precisamente la respuesta: ninguna. Y seguimos acumulando arrugas y canas por dentro y por fuera, coleccionamos deterioros en contra de nuestra voluntad y nadie lo entiende pero todos lo aceptan, se dan palmaditas en la espalda mientras dicen: "las cosas son así". Nos conformamos con la pasividad y, en parte, es comprensible: huir es inútil, el suicidio es inútil. Porque para los fugitivos no hay más que la misma triste meta.
La vida es un callejón sin salida, o, mejor dicho, con una única salida. Estamos atrapados. Y nadie puede hacer nada para evitarlo.

Segunda premisa del hombre realista

sábado, 6 de diciembre de 2008

Nadie puede demostrar la existencia de Dios. Por tanto, Dios no es más que una hipótesis.

Hoy

viernes, 5 de diciembre de 2008

En días como hoy me conformo con un cigarrillo, un café y un analgésico. En estas condiciones no se puede pedir mucho más –aunque no niego que me gustaría tener aquí alguien real con quien conversar al hilo de una lata de cerveza sobre la muerte y el sexo y el amor y la guerra y la enfermedad y después, quién sabe qué haríamos después–, sólo puedo sentarme en mi silla y esperar a que pase el tiempo.
Hoy es un día ideal para hacerme existencialista viendo la televisión o masturbándome a solas frente al ordenador. O quizás es que ya soy existencialista y por eso cada tecla contra mis dedos es una realidad demostrándome que ahora (el ahora en el que escribo y no el ahora en que me lees) no hay nada más que teclas y dedos, o que al menos no debería haber nada más. No debería haber nada más que esta vida, este café y este cigarrillo.
Aunque en realidad no aspiro a una vida, pero sí a una novela, esta novela, todas las novelas aquí, una pira de novelas ardiendo y el humo y nosotros asistiendo a nuestra propia incineración aquí, tú y yo, porque no hay ninguna otra forma de que pueda atreverme a volver a hablar con nadie más, ni siquiera contigo, que con este fuego y esta novela, y así sería lo más parecido a volver a sentir un escalofrío, con esta ficción que nos he creado y que, en días como hoy, me sirve para algo, aunque todavía no sepa para qué.

Incordio

domingo, 30 de noviembre de 2008

Me he acostumbrado a que me ignoren. En estas circunstancias se constituye una especie de soledad hecha de silencios y miradas esquivas. Acaba por darte un lugar en el mundo, un estatus nunca deseado que aceptas como si fuera una enfermedad crónica. Eso es lo terrible. Te acostumbras a ser un cero a la izquierda de tantos unos. Un bulto molesto, un incordio prescindible. Y aún así te adaptas, te acomodas en este agujero al que nadie presta atención. Aprendes a sobrevivir y a olvidar, a ser un asesino de recuerdos. Comprendes la tragedia: a pesar de todo, los demás saben que existes. Lo comprendes hasta llegar a ese límite entre la vida y la muerte en el que nadie sabe qué decir.
Donde el suicidio es la forma más sencilla de despedirse.

Casa quemada

jueves, 27 de noviembre de 2008

Edgar vive solo. Como viene siendo habitual en su rutina, vuelve del trabajo a su piso, situado en el número 25 de la céntrica calle madrileña de Benito Gutiérrez. Llega en torno a las dos y media, con una barra de pan bajo el brazo y una cartera llena de papeles absurdos colgando del hombro. Cierra la puerta y se hunde en el silencio, para acto seguido desplomarse en el sillón de la salita y respirar fuerte, buscando perfumes ocultos en el olor a trapos y a tabaco de la casa, todavía sin ventilar. Desde ahí tantea con los dedos su alrededor, acabando por aferrarse al mando a distancia a modo de salvavidas. Y ocurre el rescate de siempre: la televisión se enciende e interrumpe todo lo demás, invade los ojos e impide cualquier rebelión más allá del zapping. Están con el telediario. Atentados en Bombay de los que Esperanza Aguirre se salva. Un fotógrafo español, José Cendón, secuestrado en Somalia junto con otro periodista británico. Revuelta de la oposición en Tailandia. Qué mal está el mundo, dice Edgar para sí. Se declara un gran incendio tras una explosión de gas en el número 25 de la calle Benito Gutiérrez de Madrid. Edgar abre bien los ojos. La explosión comenzó en el 3ºA según fuentes de los bomberos. Todavía se desconoce si hay víctimas. ¡Es imposible, ese es mi piso!, grita Edgar mirando en derredor para asegurarse de que no ha sucedido nada. Pero las imágenes de la pantalla no dejan lugar a dudas: por las ventanas de su piso sale fuego y humo negro. Imágenes en directo. Los bomberos lanzan agua desde una manguera hacia las llamaradas. Edgar decide asomarse a la ventana, levanta la persiana, se asoma a la calle. Una cámara está grabando desde la otra acera. Edgar es empapado en segundos por la manguera de los bomberos. Edgar cae a la calle. Mientras tanto, en la televisión se emiten las espeluznantes imágenes de un hombre cayendo, envuelto en llamas, desde su ventana.

Desde la mirilla

jueves, 20 de noviembre de 2008

Al menos he abierto este agujero. Un hilo de luz se cuela sigiloso y me indica cuándo es de día con su presencia. También me permite tener algo de visibilidad en este zulo, y ahora sé dónde tengo los zapatos, ya inservibles de tanta humedad. Pero eso no es lo mejor del agujero. Lo mejor es que lo puedo utilizar a modo de mirilla. A través de él he visto nubes, lo juro. He visto el cielo detrás, según el clima. Yo les he puesto esos nombres: nubes, cielo. Es un paisaje cambiante que me atrae, no tiene nada que ver con la monótona oscuridad de antes. He visto rayos, he visto la lluvia y la nieve, he visto el sol y la luna. Esta es toda la libertad a la que se puede aspirar aquí. La contemplación de un pedazo de mundo, sin poder cambiar nada. Así pasan los días, pasan a través del agujero, me golpean con sus cambios. Un día anochece nublado pero a la mañana siguiente el cielo está despejado, y se intuye el sol en medio de esa ceguera que es la luz absoluta. No lo entiendo, tampoco trato de entenderlo: me basta con verlo. Ahora me divierto haciendo apuestas conmigo mismo sobre qué será mañana, ¿quizás la lluvia? Muchas veces fallo pero no importa, así es mayor la sorpresa. A veces puedo ver, y es como si me pinchasen el corazón, el vuelo de un pájaro perdido que atraviesa el territorio del agujero. No ocurre muy a menudo, es cierto, pero quizás es precisamente por eso que es más especial. Les aseguro que merece la pena estar atento sólo por esos mínimos segundos. Un pájaro, a veces un avión: bailan para mí como estrellas fugaces. Ayer por la tarde vi un hombre en paracaídas descender como una pluma. Aviones, pájaros, hombres, paracaídas: sí, esos nombres también se los pongo yo.
Hoy tarda más de la cuenta en aparecer el rayo de luz. Me pregunto si estará nublado. Me acerco a tientas hasta el muro donde sé que está el agujero. Lo toco. Acerco mi rostro a la mirilla: grito espantado. No hay sol, no hay nubes, no hay cielo alguno. Hay un ojo. Muy abierto. Observándome. Grito. Los ateos han descubierto mi escondite. Grito. Van a matarme.

Primera premisa del hombre realista

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La suerte no existe. La suerte soy yo.

Cóctel molotov

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ingredientes: Rabia, frustración, decadencia, elegancia, pesimismo, alcohol, nicotina, depresión, crisis (diluida en autoconmiseración al 50%), adicción, tinta negra, humo, dolor, ansiedad, amor, sexo, heridas, recuerdos, cuerpos, ego, superego, tristeza, marcas de carmín, terror, angustia, sudor, fracaso, enfermedad y gritos.
Modo de uso: Agitar bien y servir la mezcla sobre el papel en blanco. Acto seguido esperar a que suceda algo.

Un abrazo

jueves, 13 de noviembre de 2008

Recuerdo mi cabeza cayendo a plomo sobre aquel hombro. Igual que un ciervo abatido por un disparo de escopeta. Los brazos lanzados en una presa contra el torso ajeno, exprimiéndolo hasta el dolor, los brazos contrarios encontrando descanso en mi espalda. Una posesión mutua y ficticia. Siguió una brisa cálida en la oreja impregnada de sílabas que se desmembraban dentro, que se deshacían en un temblor de tímpano buscando un significado. Y el olor. La mezcla del perfume y el sudor atravesando la piel, la suave piel que se encontraba tan cercana, tan acogedora, esa piel con la que he soñado hasta el insomnio. Por debajo de aquello vibraban los latidos que golpeaban mi cuerpo como un tambor vivo. Y era todo tan frágil, tan fácil de destruir, que daba miedo. Eso lo hacía más necesario; lo hacía mortal y nos hacía mortales. Y no importaba el lugar ni el momento, ni siquiera la precisión de su pelo resbalando por la mejilla o la respiración sobre los omóplatos; en ese momento no pertenecíamos a los ojos abiertos o entrecerrados, expuestos por cada lado a un vacío, excluyendo a la vista del juego de los cuerpos enfrentados, dos visiones opuestas del cuarto, dos visiones inútiles: sólo existía el peso del cuerpo contra el cuerpo, como un arco gótico sosteniendo toda la habitación. Una imagen en espejo. Un espejo contra otro espejo. Una suma en la cual el resultado es igual a cero.
Después, la separación, aire, los ojos que se encuentran de frente: la realidad descubierta a traición. Sentí una nostalgia inmediata. Como me ocurre con todas las cosas que merecen la pena.

Fácil

martes, 11 de noviembre de 2008

Soy un chico fácil. Para contentarme basta con un folio en blanco y un bolígrafo.

Bancarrota

sábado, 8 de noviembre de 2008

He vuelto a usar el teléfono. He llamado a mi pasado.
Pero nadie contestó al otro lado.
Aunque quizás ya no haya otro lado.
He ordenado mi cuarto. He guardado todo.
Ayer te escuché llorar en el cajón.
Pero no estabas allí.
Sólo estaba tu llanto.
Luego interrogué al espejo.
Y nadie se reflejaba.
Sólo encontré mi sombra.
Intenté denunciarlo.
Pero había perdido las palabras.
Como si alguien me lo estuviera embargando todo.

Bibliofobia

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mi relación con los libros empezó a complicarse cuando compré aquel ejemplar del Quijote: una edición nueva y atractiva, lejos, muy lejos, de los apestosos tochos ilustrados con grabados que se veían antaño pulular por cualquier casa. Todo iba bien, la cosa tenía buena pinta, etcétera, y nada me hacía sospechar lo que iba a pasar, hasta que, según me acercaba a casa, con el libro en la bolsa de la librería, comencé a darme cuenta de un progresivo aumento del peso que transportaba rumbo a mi hogar. No un peso real, claro, se entiende que aquella bolsa, ante el veredicto de una báscula imparcial, no habría variado de peso desde la librería hasta el portal de casa, eso es imposible si el contenido era el mismo, siempre el mismo, aquel ejemplar del Quijote cuya masa era siempre la misma, antes, después, ahora, así pues se trataba de un peso imaginado o, mejor dicho, invisible. Sea como sea, el caso es que aquello acabó por obligarme a parar de camino, posando con desidia la bolsa insoportable en la acera, mirando incrédulo su forma, su color, su insolencia desde el suelo. Reconozco que un poco ridículo sí que era todo aquello, un hombre mirando una bolsa con un Quijote en medio de la calle, un hombre ridículo en una acera ridícula mirando una bolsa ridícula. La vergüenza que me provocaba aquella situación fue mayor que el cansancio y, no sin gran esfuerzo, conseguí arrastrar la dichosa bolsa hasta mi piso. Allí saqué el libro de su medio de transporte y lo puse en la estantería, haciendo para lograrlo un esfuerzo hercúleo que me dejó agujetas durante todo el día siguiente. Desde aquel suceso, como dije, mi relación los libros fue trastocada por completo. Obviamente jamás pude llegar a leer el Quijote, el cual fue aumentando su masa de tal forma que incluso llegó a tener fuerza gravitatoria propia, lo cual hacía realmente difícil pasar cerca de la estantería, no quiero decir siquiera intentar cogerlo. Ahora recelo siempre antes de decidirme a comprar un libro y, cuando lo hago, lo coloco en un lugar solitario de la casa y así desde un lugar seguro observo sus cambios o su falta de cambios, lo que sea, durante los días, semanas, meses siguientes, hasta que por fin tengo la confianza necesaria como para atreverme a cogerlo y abrirlo, leer la dedicatoria de la primera página, algo así como "A mi mujer, Fulanita", y ahí todo se vuelve insostenible, algo se rompe y cruje, algo me excluye instantáneamente, me escupe hacia fuera y entonces no puedo seguir, no puedo seguir leyendo más y cierro el libro contra mí, como un volcán chocando contra el suelo.

Otra cosa

martes, 4 de noviembre de 2008

Mariposa.

Catabolismo

domingo, 2 de noviembre de 2008

He encallado en esta habitación. La cerveza me ha rechazado y me ha abandonado a solas en esta penumbra constituida de humo y de noche. A quién le puede interesar este silencio, esta muerte coagulada, esta depresión en los zapatos. La gente no busca esto, la gente prefiere el ruido, la distracción, la gente elige olvidar. A veces me siento como Pessoa escribiendo un poema. Devastado. Desolado. Derruido. Es entonces cuando enciendo otro cigarrillo. Pero la luz que me ofrece es insuficiente, perecedera, y es penosa esta soledad, esta oscuridad que me penetra y me llena y luego no hay nada más. Ahora mi alma es una mina a cielo abierto, un grano supurando, una grieta que se ensancha, que se ensancha. Mi alma sangra en este asiento y su sangre es transparente. Nadie lo ve. Nadie lo grita. ¡Dios mío, este alma está sangrando! Se desparrama por las paredes. Nadie lo ve. Suele ser mejor así. Mi cuerpo se hunde más y acabo por no tener corazón, tripas, huesos, no tengo nada, y entonces aquí no existe eso que llamáis cuerpo. Ya no puedo moverme. Así que opto por huir con el humo de una última, de una póstuma, calada. Y ya no soy. Apago el cigarrillo y me escribo a mí mismo una carta que nadie leerá. Me recuerdo que la tragedia no es la muerte. La verdadera tragedia es el porqué. Punto. Firmo atentamente, y no hay sobre, no hay sello, sé que no va a llegar. No me importa. No tiene que llegar.

Herencia

miércoles, 29 de octubre de 2008

La gente siempre muere antes de tiempo.
Dejando como única herencia obras inacabadas.
Llenando los cementerios de bocetos arrugados.
Como si nadie supiera escribir un buen final.

Apocalipsis

viernes, 24 de octubre de 2008

Empezaba en un coche. Chocando frontalmente contra otro coche conducido por la misma persona, y después la antimateria, el olor a chorizo ahumado, las cucarachas huyen de mi piso rumbo a las cloacas, la oscuridad, los gritos, el silencio, sales del cuarto semidesnuda y me abrazas asustada, me das el último beso como en las despedidas de verdad, sabe a poco pero comienzan a aparecer las grietas de las paredes, un hilillo de baba cuelga de tu labio, te lo retiro con el índice, escombros en la puerta del hall, va a ser difícil salir de aquí, revientan las cañerías y el agua invade, inunda, crece, y después se contrae, nos contraemos, miro alrededor y estás ahí llorando, yo también estoy llorando y me doy cuenta de que es la hora de que suene el despertador, quizás lo haga ahora que alargas tu brazo hacia mí antes de lo definitivo, quizás despierte ahora que es (eres) posible, y entonces tendré que madrugar, ir a clase, sonreír, estar lejos de ti: todas esas pequeñas miserias hechas realidad.

Psicoanálisis

lunes, 20 de octubre de 2008

A Freud le gustaba que le chuparan el ello.

Windows 3.11

domingo, 19 de octubre de 2008

"Y dijo el ratón: ábrase la ventana. Y la ventana se abrió."
(Windows; capítulo 3, versículo 11)

Bulimia

martes, 14 de octubre de 2008

Carne que sólo busca carne, carne dentro de ascensores, de coches, de autobuses, de trenes, carne enlatada, filetes con ojeras, carne sobre escaleras mecánicas, esperando en el andén, carne viajando a 120 km/h, carne chocando a 120 km/h, carne picada, chuletas madrugando, apagando el despertador, repostando gasolina, pagando multas, carne caníbal, contaminada, comida rápida, tendones, huesos, fibras musculares, hamburguesas en la ducha, en la cama, vuelta y vuelta, embutido viajando en patera, trozos de carne que mueren antes de llegar a la costa, carne drogada, carne deprimida, carne asesinada, cebada, carne que huye, carne en la televisión, carne borracha, carne que depende de la carne, que besa a la carne, que la penetra, carne en la calle, carne esperando en los semáforos, vísceras, velocidad, carne llorando sangre, carne comiendo, atragantándose, y después carne en el estómago, en el esófago, en la boca, el viaje de vuelta, carne en el váter.

114

domingo, 12 de octubre de 2008

La cama deshecha. Las persianas cerradas. Etcétera.
Tengo el dormitorio atestado de recuerdos muertos. Me acuesto con ellos, los arropo, los acaricio, los penetro y quizás es por eso que tardo horas en conciliar el sueño.
Suena el despertador y me levanto con los recuerdos pegados por todo el cuerpo. Me ducho y me froto el cuerpo y van cayendo poco a poco por el desagüe. Si sigo quitándomelos de encima así acabarán por volver a atascar la cañería. Y después sería llamar al fontanero, presenciar el espectáculo: la cara de asco del tipo rascando el interior de la tubería, y luego recuerdos putrefactos en la basura, recuerdos en el vertedero, en el fondo del mar, recuerdos reciclados, todo eso. El caso es salir limpio de memorias de la ducha. Y peinarse con un nuevo peinado que mate otro montón de recuerdos en el lavabo, depositarlos en la cama, ejercer un nuevo funeral que sabe a algo bien conocido. Salir de casa, coger el bus, trabajar. Hay días que incluso llueven los recuerdos, me sorprenden en medio de una calle cualquiera y como tengo la mala costumbre de no llevar paraguas acabo empapado de recuerdos, y qué sé yo, a veces ocurre cuando paso delante de aquel restaurante, de aquella cervecería, de cualquier lugar común. Y es pegajosa la situación, volver a casa pringado y entrar en el salón y rascar, poniendo la cara de asco del fontanero, rascar contra cualquier superficie, el televisor, el sofá, la lámpara, despegándolos en la medida de lo posible de la ropa, y cuando no es posible, salir al patio interior por la noche, cuando nadie esté despierto, y lanzar la ropa a una hoguera improvisada, como en un entierro vikingo. Comprar ropa nueva, de otro estilo, otra cosa que no me recuerde nada parecido, vivir en otro sitio que no me recuerde a nada de lo vivido. No pensar en el número 114. Llegar al cuarto, cerrar la puerta tras de mí y confiar en que lo he conseguido. Tumbarme en la cama, encontrar lo de siempre. Algo se posa en mi piel. Lo observo entre mis dedos. Es una foto. Grito. La cama deshecha. Las persianas bajadas. Etcétera.

Cunnilingus

viernes, 3 de octubre de 2008

Es como estar solo. Asomándose a un agujero ciego.
Enfrente, un animal muriendo. Un pez boqueando.
Unos párpados vacíos. El miedo a abrirlos.
Saliva. El beso definitivo.
Frotar la lengua contra el origen del mundo.
Deshacerlo. Aspirarlo. Escupirlo. Amarlo.
Todas las cosas que importan dentro de la boca.
Un terremoto. Hadrones colisionan.
Hiroshima y Nagasaki.
Un redoble de tambor.
Un gemido. Alguien gime. Encima del colchón.
De pronto todo se vuelve real. Descriptible. Definido. Asqueroso.
Una melancolía instantánea en el paladar.
Demasiado carpe diem para tan poco rato.
Y nadie se atreve a hablar.

Cajones

lunes, 29 de septiembre de 2008

Por fin he ordenado todo: la ropa en el armario, la televisión en la sala de estar, la comida en la nevera, el sexo en la cama, el dinero en el banco, la muerte en el cementerio, el arte en los museos, Dios en las iglesias, la música en los oídos, tu piel en mis recuerdos, mi vida en una maleta. Me parece que tendré que sacar la ropa del armario.

Teoría del Big Bang

viernes, 26 de septiembre de 2008

Para escribir (escribir bien, se entiende) hay que meter la pala excavadora entre las páginas de los clásicos, hundirla hasta las raíces y revolver sus entrañas, sacar a la superficie las palabras y devorarlas con ahínco, empacharse de clásicos, dejarse intoxicar por Tolstói, Kafka, Hemingway, o el que sea, hay que llenar el estómago hasta provocar una arcada, dos, las necesarias hasta que llegue el vómito, hasta que salga el vómito contra el folio en blanco, vomitar y mancharse las gafas, para que, en fin, haya que quitarse las gafas en ese momento, porque para escribir también hay que ser miope, hay que ver todo con ojos de miope, acercándose a las cosas limítrofes, no ya por deseo, sino por necesidad, acercarse hasta tocar con la nariz la piel de aquello que es observado, manteniendo una relación con el mundo de aproximación constante: para el miope la lejanía no existe, sólo es un borrón, sólo existe lo que vive a pocos centímetros de la cara, lo que se explora enviando toda la artillería del cuerpo, la boca, los sentidos, y de este modo hay que acercarse también a nuestro vómito clásico, frotar el rostro contra él para comprobar que existe, arañarlo, golpearlo, desfigurarlo al extremo, y después emborracharse, perderlo todo, recuperarlo y volverlo a perder, sentir el fracaso, vivir el fracaso y finalmente suicidarse, abandonarlo todo: vamos, que para escribir bien lo único que hay que hacer es dejar un puto testamento. Como este.

Clase de economía

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuando un autobús atropella a una persona la tragedia no es tanto la muerte de un ser humano, sino la pérdida de un cliente potencial.

Vasos rotos

martes, 23 de septiembre de 2008

Me asomé al pozo de mi vida
y sólo había cristales rotos,
humo
y mal olor.
Acto seguido
me puse enfermo
y puede que bebiera algo de más.
Y quise mostrárselo a los demás,
pero no supe cómo hacerlo, cómo
desnudarse hasta la náusea,
cómo llegar al otro lado,
donde hay algo detrás de los huesos,
algo que los curas llaman alma
y entonces se les llena la boca de alma,
resbala por las comisuras
y ahí no está Dios, es otra cosa,
es un vacío que va de un lugar a otro
como las opiniones,
y la gente opina sangrando por la boca
en este bar que ya no es,
porque hace tiempo que nos hemos bebido la metafísica
hasta agotarla
hasta dejarnos el paladar amargo
en espera de una nueva resaca.

Crisis económica

jueves, 18 de septiembre de 2008

La realidad, esa realidad que nosotros conocemos, o más bien que fingimos conocer, ese monstruo lleno de formas y colores que se tambalea ante nuestros ojos, que nos dice: estúdiame, la realidad que nos penetra, nos invade y nos acogota y nos obliga a zambullirnos entre sus pliegues, la realidad, digo, parte de una insensatez. Y la insensatez empieza por llamar a eso realidad, no tanto por el nombre, por crear un nombre que empieza por r y acaba por d (una arbitrariedad histórica, al fin y al cabo), sino por su semántica, su matiz: su forma dictatorial de acotar y fijar, de imponer unos términos fuera de los cuales no existe nada, un concepto por el cual todo deja de ser turbio, se presenta como aprehensible y fácil de opinar, es real, es la realidad, y después no hay nada más que decir. Y nosotros como idiotas lo aceptamos, abrazamos la realidad, le metemos mano a la realidad, decimos que las cosas son así y que no hay otra manera mientras nos regocijamos viendo nuestros dedos húmedos. Cogemos lo que percibimos y lo ajustamos a lo anterior, lo clasificamos, le ponemos una etiqueta, un precio, y somos sinceros cuando afirmamos decididos las características del producto, creemos en el producto, vendemos y compramos el producto, creemos en la propiedad privada, en el dinero, en la bolsa, en Dios, o en su equivalente ateo, creemos en esta realidad que no es más nuestra gran obra de ficción, nos posicionamos dentro de ella y levantamos nuestras banderas, gritamos contra el enemigo creado, le vejamos, le incitamos a que nos grite él a nosotros, y decimos que las cosas tienen que ser así, creemos en la realidad con fe ciega, creemos en ella hasta cuando empieza a deshincharse, hasta cuando no es más que un zepelín ardiendo sobre nuestras cabezas, cayendo sobre nuestros edificios, llenándonos la boca de palabras feas como recesión, hipoteca, crédito: palabras inventadas, significados inventados, el paraíso que todos esperábamos. Amén.

Diabetes mellitus

martes, 16 de septiembre de 2008

Nunca olvido a quien he dicho: te quiero. Porque cuando yo digo te quiero lo hago como Bob Dylan cantando I want you, desgarrándome la garganta. Me hago sangre si hace falta.
Cuando digo te quiero lo he meditado previamente. No como aquellos que reparten su amor de baratillo, que lo regalan como si el amor fuera sólo máscara, carrocería, chapa y pintura. Lo único que consiguen así es que, con cada te quiero malgastado, el mercado del cariño se devalúe, que entre en quiebra: todo el mundo accede a él sin esfuerzo y las palabras acaban perdiendo su significado.
Pero en mi caso, como comentaba, es diferente, porque ha sido algo meditado. Mi te quiero es una sentencia irrevocable. Nadie puede ponerlo en duda, es una reflexión sincera. Cuando digo te quiero es bonito y es cruel, es crudo y da miedo.
En ese momento algo tiembla, algo chirría, algo asombra. Algo existe.
Te quiero. Suena como un error definitivo. Como la mejor de las equivocaciones.

Cita a ciegas

viernes, 12 de septiembre de 2008

Esta vez podríamos quedar. Yo cogeré un tren que pasará por tu ciudad. Tú irás al andén, a un andén previamente elegido, un andén cualquiera. El tren parará en tu ciudad, y yo no bajaré. Así será, no más fácil, pero sí más adecuado. Estaremos separados en el mismo lugar. Así ha sido siempre entre nosotros, como aquellos días en los que me valía simplemente con contemplar cómo tus labios dibujaban las palabras, cómo se formaban las vocales con las dos cuerdas rosadas de tu boca para, después, dejarlas escapar entre tus dientes. Así ha sido siempre, a pesar de que estuviéramos demasiado cerca como para vernos bien, a pesar del aliento compartido o del sudor de los cuerpos. Por tanto, qué nos va a importar que una vez más sea de esta manera, y aún así esta vez tendríamos excusa, tendríamos de por medio hierros, cristal, aire y hueco, espacios separados, la confianza de que el otro está en el otro lado. Esta vez la separación sería real, los dos lo comprenderíamos y sin embargo no nos importaría, tendríamos el pulso acelerado pensando qué pasaría si uno de los dos rompe las reglas de nuestra cita, si decide saltarse la barrera y, por ejemplo, tú entrases en el tren gritando mi nombre o, por el contrario, yo saltase al andén mirando enloquecido a todos lados, a ningún lado. Pero, a quién quiero engañar, no sucederá nada de esto. Porque tengo la sensación de que ya no lees lo que escribo. Porque ya ni siquiera lo leo yo.

Guerra

miércoles, 27 de agosto de 2008

Que nadie se equivoque: yo no leo por placer. No.
Yo leo para conocer al enemigo.

El alfabeto mutilado

martes, 26 de agosto de 2008

La culpa Fue mía. De todo lo que te oFrecí sólo te quedaste con una letra. Y eso que pudiste haberme arrancado lo que te viniera en gana, ya que yo no te habría puesto ningún impedimento. Hasta te lo habría agradecido, dadas las circunstancias. Así que, en lugar de hacer uso del bisturí y arramplar con todo lo que te encontrases de por medio, te conFormaste con hacerme una pequeña incisión, diminuta incisión, no sé si en el paladar o en la punta de la lengua, y sacaste una eFe minúscula. Entonces no me dolió que me dejases huérFano de aquella letra. Podría decir que incluso lo deseaba; deseaba que me extirpases una a una todas las letras y que me jodieras para que al final de la operación pudiera quedarme a solas y mudo, sonriendo de Felicidad y mudo. Pero no Fue así. Fue con anestesia de besos, y acto seguido tomaste mi alFabeto y lo mutilaste, y la ablación ocurrió como ocurren estas cosas, como un aborto inesperado: la arrancaste de mi matriz y la aplastaste en un abrazo contra ti, una eFe muerta colgando de tus labios y yo, idiota de mí, estaba Feliz porque no sabía, no quería saber, que la echaría tanto de menos.

Crisis de personalidad

domingo, 24 de agosto de 2008

Éste soy yo, de eso no cabe duda. Arrastro mi nombre como un ancla. Allá donde voy, Alberto Berjón García. Si bien es cierto que puedo fingir ser otro, buscar un seudónimo, ocultarme torpemente detrás de una ficción, no serviría de nada. Un nombre, dos apellidos, mi cuerpo: estos son mis límites. Intentar expandirme sería inútil. Platón decía que el cuerpo es la cárcel del alma. Bueno, de lo que sea. No me importa de qué coño sea cárcel mientras lo que esté encerrado aquí dentro sea yo. Aquí mismo, en esta cafetería, mientras estoy escribiendo en este cuaderno, soy consciente de que haga lo que haga no puedo escapar. O puede que no haya entrado en la cafetería, que simplemente me esté imaginando a mí mismo escribiendo esto ahí dentro mientras que, en verdad, lo escribo en un banco en la calle. Me sale más barato, de hecho. O puede que no haya salido de casa, que lleve días sin salir de casa, enfrentándome cada día al espejo del baño, diciéndome en voz alta: sólo eres una imagen de mí mismo, tú no eres yo porque yo jamás podría mirarme a los ojos. Como estoy a solas puedo hablar conmigo mismo. Seguramente si alguien me escuchara dudaría de mi salud mental. O puede que esto lo haya pensado otra persona y yo lo esté transcribiendo como si fueran reflexiones propias. Puede que en realidad me la sople todo este rollo macabeo sobre mis límites. O puede que esto en realidad no esté escrito. Y tú estarías soñando, creyendo que lees ahora una tontería que se le ha ocurrido a un tipo que se llama (o que se hace llamar) Alberto Berjón García. Y si esto fuera un sueño serías tú, según lees o piensas que lees, quien estaría en un apuro, siendo consciente ahora mismo de que estás soñando, de que no puedes huir de este sueño ni de tu cuerpo, de que hay un texto delante de ti y estás leyéndolo y todo se hace tan pesado como tu nombre y tus apellidos, siempre pegados a ti, como un tatuaje que no se va por mucho que te rasques, los datos de tu DNI. Eres tú. De eso no cabe ninguna duda.

Ante la indiferencia, polisemia

sábado, 23 de agosto de 2008

Aquella chica se encogió tanto de hombros que tuvo que dejar de usar su bandolera.

Spanair

jueves, 21 de agosto de 2008

Sangre, sudor, mocos, lágrimas, semen. No hay mejor espejo que un pañuelo.
Los psicólogos son como los pañuelos. Los familiares aprietan la cabeza contra el psicólogo y se suenan los mocos. Y hay palmaditas en la espalda. Condolencias. Sacos rotos.
Me dice alguien, mirando a la pantalla, que hay tres días de luto. Me giro hacia el televisor del bar. No tiene sonido. Sólo veo imágenes de aviones de Spanair. Volando por los aires.

Tomar el parque

lunes, 18 de agosto de 2008

La idea se le ocurrió una noche de verano a Londres, pero fue Jerusalén quien tuvo que organizar todo. Cuando hubimos hecho acopio del material necesario para cada uno, Jerusalén nos reunió en la base de operaciones para concretar los detalles. Mientras Bombay nos servía unas copas (la llamada base de operaciones no era más que el sótano de su bar), Jerusalén explicaba el plan. La primera fase la debía ejecutar el equipo formado por Sidney, Casablanca y Denver. Así que llegaron los tres a las 10:00 a.m. del domingo al parque y, en tanto que Casablanca vigilaba la puerta B (cabe recordar que el parque sólo tenía dos puertas de acceso) y se aseguraba que nadie más entrase por ella, Sidney y Denver se encargaban de ahuyentar los pájaros que allí estuvieran. Corrían detrás de las palomas y de los pardales con grandes escobas que agitaban con brío a este fin. Una vez realizaron la limpieza primaria, y en vista de que había palomas reincidentes, aseguraron el perímetro con una traca de petardos que alejó bruscamente a los asustadizos plumíferos. Según los cálculos que había realizado Barcelona en la fase preparativa, al suprimir las aves del parque evitaríamos en un 80% la afluencia de jubilados y de familias con niños pequeños. A pesar de que todo iba sobre ruedas Casablanca tuvo problemas durante este tiempo para controlar el acceso por la puerta B, con crecientes disturbios protagonizados, en su mayor parte, por miembros de la tercera edad, los cuales reclamaban su derecho a entrar por la puerta que les diera la gana. La unidad de emergencias, compuesta por Teherán, Damasco y Moscú, tuvo que intervenir, primero practicando el soborno con los más dóciles y posteriormente usando la violencia con los más reacios al cambio. Estos incidentes obligaron a Jerusalén a activar conjuntamente las fases dos y tres de la operación. La fase dos consistía en un simulacro de batalla bélica entre dos ejércitos comandados, respectivamente, por El Cairo y México D.F. (el objetivo de dicho simulacro era atemorizar a la población del parque para que huyeran), mientras que la tres la llevaba a cabo un comando formado por Denver y Sidney (reciclados de la primera fase) junto con Dublín y Lima, y cuyo fin era hacer una última limpieza y expulsar del parque a los drogadictos y vagabundos que no hubieran huído durante la guerra ficticia. De modo que el resto fuimos entrando en el parque por la puerta A (la B estaba felizmente custodiada por Casablanca y los tres miembros de la unidad de emergencias) para finiquitar la misión. Allí estábamos todos: Madrid, Jartún, Trípoli, Reikiavik, Berlín, Ottawa, Taipei... con nuestros uniformes correspondientes y nuestras armas de fogueo, listos para empezar a asustar a ese montón de personas que miraban idiotizadas cómo entrábamos. Mientras tanto, yo podía ver cómo Dublín ya estaba pegando una paliza a un politoxicómano que se retorcía sobre sí mismo en el suelo, defendiéndose a duras penas. Yo estaba a las órdenes de México y éste me había asignado a un pelotón que se encargaría de la zona este del parque. Llevábamos unos tres minutos caminando entre árboles cuando empezamos a escuchar los primeros disparos, las primeras explosiones. Gritos. Los chicos se estaban tomando en serio la actuación, no cabía la menor duda. Todos teníamos bajo el uniforme unas bolsitas con pintura roja que podíamos hacer estallar a placer cuando nos diéramos por muertos. Camagüey, a mi derecha, se encendía un cigarrillo con una cerilla mientras decía: no sé por qué tenemos que ir por este lado, aquí no parece haber nadie a quien asustar. Y de pronto, disparos enemigos, el cigarrillo de Camagüey se cae el suelo, todos a cubierto, Camagüey cae sobre su cigarrillo a la vez que una mancha roja fluye desde su pecho. Bueno, al menos ahora se anima la cosa, opina París guiñándome un ojo, los dos ahí cubiertos detrás de un olmo de tronco grueso, las espaldas apoyadas sobre la madera, sintiendo su rugosidad, las raíces que se hunden bajo nuestros pies, las pisadas que se acercan. París se asoma y lanza una ráfaga con su AK-47 a la que sigue un chorro rojo que se eleva sobre un arbusto. Uno menos, ríe París apoyando el cráneo sobre el tronco, los ojos al cielo, lo suficiente como para no ver una granada de mano que cae a su lado, y yo sólo puedo gemir y saltar lo más lejos de allí y después hay ruido, calor y tierra por los aires, heridas, gateo lejos del cadáver de París, arrastro un trozo de carne que se descuelga de mi muslo como un fugitivo, como un tullido, veo un cuerpo correr borroso hacia mí, yo grito que me rindo y es Jerusalén ensangrentado, le sangra la cabeza y llora y dice que algo ha salido mal, que algo nos ha salido terriblemente mal.

Backwards

sábado, 16 de agosto de 2008

Salí del bar tambaleándome al límite del equilibrio necesario para regresar de una pieza a mi casa. Pero eso pasó bastante después, unas horas antes me encontraba sentado en una mesa junto con otros dos desperdicios humanos: P.R. y R.W. El primero es un artista contemporáneo que no hace otra cosa más que regalar esculturas suyas para promocionarse mientras sobrevive a duras penas. Tengo el trastero lleno de mierdas esculpidas por él. El otro, R.W., es un director de cine independiente que no ha logrado nunca el menor reconocimiento. Jamás he conseguido tragarme entera una película suya, pero siempre le digo que son obras maestras. A fin de cuentas es mi amigo. Y bueno, yo... yo tenía un blog bastante apañado y era una auténtica promesa del mundo de la escritura, podía haber sido grande pero ahí estaba: con esos otros dos fracasados, los tres dispuestos a acabar con todo el whisky del planeta. Horas antes de que bebiéramos todo eso yo estaba en mi casa leyendo, como cada tarde desde entonces, la última carta que ella me mandó, una carta atroz: si en lugar de escribirme aquello me hubiera pegado un tiro en el cráneo le estaría mucho más agradecido. Estaba a punto de llorar cuando me llamó P.R. para quedar en el bar y claro, tuve que aceptar. En ese momento no había otra maldita cosa mejor que hacer. Días antes le había conocido en una exposición (gratuita, cómo no) donde me había regalado una escultura de mierda de esas que hace. Le dije que estaba muy bien (por cortesía) y me invitó (todavía no me explico de dónde sacó el dinero) a unas cervezas. Desde entonces no nos despegamos mucho, abonándonos a una existencia de barra de bar y discusiones sobre la esencia y la existencia que no llevaban más que a una resaca muchísimo peor. R.W., por otro lado, se unió a nuestros festivales alcohólicos en cuanto le invité un lunes mugriento. A R.W. le había conocido bastante antes que a P.R., fue en un local de alterne donde yo había ido tras leer la carta que me escribió ella. R.W. me cayó bien, no sé si por el aire mustio de sus ojos o por la cicatriz en su cara, el caso es que le invité a una cerveza en aquel antro. Días antes de aquello había dejado de escribir definitivamente en mi blog tras perder todo sueño de ser alguien en esta vida, y escribí una última carta de amor. Dios sabe que si hubiera sabido cómo iba a ser la respuesta me habría ahorrado aquel arrebato epistolar. Pero iba a dejarlo todo por mi sueño, y mi sueño no era otra cosa que estar con ella y ser felices y ya ven, aquí me tienen, acostándome ebrio como si yo fuera un imbécil más de este agujero con forma de ciudad, como si fuera otro patético personaje de esta ficción, un P.R. o un R.W. de este sucio agujero donde me he agotado, donde he dejado todo lo que era y lo que podía haber llegado a ser, pero eso a quién coño le importa. Me viene una arcada y vomito, a fin de cuentas esto es lo que hago mejor.

Café de mediodía

martes, 12 de agosto de 2008

Empezó brotando de la cabeza, la cabeza como una fuente, cayendo de la cabeza, sobrepasándola, empezó en un café pero aquello podría haber comenzado en cualquier otro sitio, quién sabe, primero parecía sólo una simple idea, igual que pensar en las tetas de una chica o en el partido de fútbol de ayer, sólo un pensamiento, mientras tomaba un café solo en el Rancho Chico, donde el camarero me conoce y me sirve siempre un pequeño cruasán con el café de la mañana, y todo por un euro, imagínate, cómo no ir, y bueno, me quedé con los ojos mirando a un punto que estaba más allá de la pared, concretamente que estaba por detrás de la pared y yo pensaba en algo indefinido, algo así como un espacio en blanco vacío, un vacío espacioso y blanco, un color blanco que ocupaba todo el espacio vacío (no lo tomen al pie de la letra, son sólo palabras aproximativas, aquello era un pensamiento abstracto como un Mondriaan dentro de mi cabeza, un inmenso amasijo de líneas y colores que yo creaba sólo para mí), y yo quería despertar, parpadear fuerte, como se suele hacer en estos casos, mirar hacia otro lado y volver a sepultarme en la realidad, en los pensamientos vulgares, en críticas vacuas sobre el estilismo del resto de clientes del Rancho Chico, en recordar las tetas de una chica, el partido de ayer, cualquier cosa, pero no pude: estaba ahí preso de un zumbido que no era exactamente un zumbido, de un temblor que me asía desde dentro de la cabeza y empezó aquello a surgir a borbotones, primero como un hilillo pastoso sobre la barra del bar, disolviendo mi café, mi cruasán, qué sé yo, haciendo la escena homogénea a partir de mí, convirtiendo todo en iguales, todo pasaba a ser idéntico, lo mismo, hasta este texto, que ahora se disuelve y todo es igual, todo es ahora lo mismo, yo, tú, este escenario entre nosotros, el aire, todo como un espacio vacío en blanco, como un grito que se puede ver, como la foto en negativo de cerrar los ojos.

Postmortem

jueves, 31 de julio de 2008

Cada día, cuando me despierto, pienso que va a ser el último de mi vida.
Por eso, todo lo que he escrito no es más que una colección de obras póstumas.

Mensaje en una botella

martes, 29 de julio de 2008

¿Te acuerdas de Tico? Siempre estigmatizado por su nombre, ese que con todas las letras era: Patético. ¿Recuerdas a los demás riéndose de él? Paté, le llamaban. Y nosotros, como éramos sus amigos (todavía no sé muy bien por qué, puesto que lo único que hacía era apartarse y callar, mirándonos con esa mezcla de respecto y envidia que nos tenía), le llamábamos Tico, Tico a secas, y eso lo convertía en alguien más cercano, lo hacía normal a nuestros ojos y gracias a ello podíamos soportar su compañía o, incluso, defenderle. Se podría decir que estar con Tico era nuestra buena acción de cada día, era donar el 0,7% al Tercer Mundo con la esperanza de que dejara de ser el Tercer Mundo, de que dejara de ser Patético para ser sólo Tico. Pero, por más esfuerzo que pusiéramos en nuestra tarea de integración, a Tico sólo lo veíamos en clase, nunca quedaba con nosotros para ir al parque a jugar o a correr como locos, o a ir al cine o a lo que fuera que hiciéramos para perder el tiempo.
Cuando cambiamos de instituto dejamos de saber de él. Igual que llegó, se fue de nuestras vidas. En silencio. Y ahora, ahora tan sólo es un recuerdo que vuelve en alguna cena de antiguos alumnos, cuando todos estamos un poco trasnochados y demasiado bebidos como para callar. Entonces puede surgir Tico, como un tema de conversación fantasmagórico. Alguien dice: ¿Te acuerdas de Tico?, y seguidamente podemos hablar horas sobre él a pesar de que nunca lo llegamos a conocer de verdad.
El otro día Juan se lo encontró por la calle, le saludó. Al parecer Tico, un tanto desaliñado, se paró y le miró. Juan dijo que nadie le había mirado así antes, que luego murmuró algo y se fue. En silencio. Como siempre. Supongo que es que Tico siempre fue como un mensaje en una botella flotando en el patio del colegio. Nosotros cogimos la botella y la protegimos, la protegimos con todas nuestras fuerzas. De hecho, logramos que la botella nunca se rompiera. Pero jamás llegamos a leer el mensaje. Éramos un montón de analfabetos delante del Quijote.
Sí, vaya si me acuerdo de Tico.

Un paseo por León

jueves, 24 de julio de 2008

En esta ciudad donde he vivido y he muerto tantas veces.
Donde aprendí a perder, a beber, a escribir cartas de amor.
En esta ciudad donde se ha ido muriendo todo en lo que creía
hasta dejarme desnudo y solo frente a ella, frente a esta ciudad dura,
y tengo miedo de pronunciar su nombre, de escribir más sobre ella
porque sería como invocar todas mis carencias, todos mis errores, sobre mí.
Pero por más que la censure no puedo evitarla
porque siempre está conmigo, porque es parte de mí,
y negarla sería como extirparme el alma.
Quizás por eso
cada vez que paseo a solas por León
me siento indefenso.

22

martes, 22 de julio de 2008

Estoy hecho añicos.

Plagio

sábado, 19 de julio de 2008

Cuando despertó, ella todavía estaba allí.

Visitas al desván

miércoles, 16 de julio de 2008

Teníamos las muñecas en el desván, tan quietas. Yolanda y yo las veíamos todas las tardes, antes de que se pusiera el sol, en ese momento en que por la pequeña ventana entraba la luz iluminando sus ojos insomnes. Esta costumbre provocaba que a lo largo del año tuviéramos que adaptar nuestro horario de visita a las horas de luz que correspondieran a la época, y así en invierno las veíamos a media tarde, a veces teniendo que escapar de nuestras obligaciones, y en verano incluso después de cenar, pero no nos importaba porque el espectáculo merecía la pena: las muñecas colocadas en fila estricta, tan quietas, tan serias, como acostumbradas a la espera de cada día a la que las sometíamos, para luego llegar nosotras dos y abrir la puerta y observar unos minutos cómo la última línea de luz desaparecía por debajo de sus narices. Nuestras amigas no nos entendían y nos despreciaban cuando las abandonábamos en cualquier parte y salíamos corriendo bajo la necesidad de ver a las muñecas. Nuestros padres tampoco, pero bueno, ya se sabe, chiquilladas, cosas de niñas, y reían mientras tomaban café.
Una noche que Yolanda no podía dormir, subió al desván a buscar la compañía que yo no le ofrecía, dormida como estaba. Unos ruidos sobre mi cabeza me despertaron, pero yo en aquel momento no comprendí y por tanto no hice caso, dándome la vuelta para volver a dormir. Al día siguiente Yolanda estaba rara, como ausente, y tenía esos ojos. Al atardecer fuimos como siempre a ver a las muñecas, pero esta vez ella no estaba sonriente como solía, y yo le pregunté si le pasaba algo y ella sólo dijo: no. Los días fueron pasando y yo iba notando las cada vez más reiteradas escapadas nocturnas de Yolanda, su cambio de carácter, sus ojos cada vez más fríos, sus respuestas taciturnas a todo, a las preguntas, a la vida.
Una tarde de verano, estando con las demás amigas en el parque saltando a la comba, Yolanda y yo vimos cómo el sol empezaba a descolgarse por una esquina del cielo y nos giramos a las demás y dijimos lo de siempre, que si las muñecas, que si tal y cual y, aunque no nos entendían, como siempre aceptaban, pero que si vaya manía tienen con las putas muñecas estas pavas, que si deberíamos madurar, etc. Salimos corriendo hacia casa, subimos las escaleras del portal, cogimos el ascensor, y pulsamos el último piso, donde los desvanes. El ascensor subía y la luz artificial no le hacía bien a Yolanda, la dejaba como más tiesa y fría, si cabe, que como iba siendo costumbre las últimas semanas. Yo no me di cuenta hasta que entramos como cada tarde en el desván, y allí estaban las muñecas, ordenadas, en fila, tan quietas, con el sol abrazándoles la frente como cada vez, la imagen habitual, y entonces Yolanda tan quieta, se giró hacia mí con esos ojos y se colocó en su sitio, un hueco entre una muñeca de vestido rosa y otra con un traje irlandés, y no dijo nada más. Y yo me despedí como cada tarde, qué iba a hacer si no.

Lisboa

martes, 15 de julio de 2008

En Lisboa puedes ver cómo el Tajo se deshace en el Atlántico. Con eso bastaría.
Con eso o con comprobar cómo tu vida flota en un vaso de Super Bock y es frágil y no te importa, o al menos no te importa tanto como debería. Beber en Lisboa no es perder el dinero, es invertirlo. Invertirlo en una felicidad condicionada, una felicidad que viaja desde los labios de un mendigo que te pide un cigarrillo y después susurra: obrigado, una felicidad que está en cualquier esquina del Barrio Alto, entre vasos de plástico vencidos y guiris que vomitan al son de un fado, una felicidad que está enterrada con Pessoa, una felicidad que sueña con conquistas de otro tiempo y crisis bursátiles del ahora, una felicidad que viaja en un taxi a velocidades prohibidas, subiendo y bajando cuestas, subiendo y bajando, conectando cielo e infierno por calles empinadas y ascensores y tranvías, y en fin, Lisboa ahí está en el medio, en una especie de purgatorio construido sobre un asfaltado de claveles. Un purgatorio, eso es: en Lisboa podrías morir mientras te encoges de hombros. Desde luego que con eso bastaría.

El evangelio según la biología

sábado, 5 de julio de 2008

Jesús de Nazaret nació, creció y murió. Todavía no sabemos si llegó a reproducirse o no.

Temporizador

miércoles, 2 de julio de 2008

El médico descubrió durante la auscultación que, en vez de los latidos del corazón, aquello era el sonido de una cuenta atrás.

Atenea

lunes, 30 de junio de 2008

Si quisiera podría convertirte en literatura. Reducirte a las palabras, intercambiando tu cuerpo por letras organizadas, letras que dibujen tus labios como dos disparos rosas sobre la piel, letras que sangren como tú, que muevan tus tetas mientras corres cuesta abajo y te ríes y las letras también se ríen y entonces tu risa también está escrita y tú estás aquí. Podrías decirme que es mentira, que ya basta de ficciones y de jugar con muñecas hinchables hechas con consonantes, podrías decirme que no quieres la inmortalidad, o al menos esta inmortalidad de páginas polvorientas que es lo único que te puedo ofrecer, este reino de estantería donde puedes ser Dulcinea o Madame Bovary, y a mí no me importa mientras te pueda leer, acudir a tu imagen escrita como a una medicina y llorar ahí, besarte como si fuera la primera vez, decirte al oído algo sobre tus erratas, pequeñas y adorables, y revolcarnos juntos en la cama como ocurre con las mejores novelas. Sí, estarías ahí para siempre, con el lomo encolado hacia fuera esperando que te elija, que te coma. Y yo estaría ahí, viviendo nuestra mentira, y follaríamos cada día, y todas las veces serían como un déjà vu y quizás eso, solamente eso, sea la felicidad, mi dulce y pequeña literatura.

Paradoja (2)

miércoles, 25 de junio de 2008

La cobardía es mi fuerte.

Verano (21 de junio - 23 de septiembre)

viernes, 20 de junio de 2008

Nota informativa a día 20 de junio. Buenas noches, nación. El Gobierno quiere advertir a la población, como viene siendo costumbre todos estos años, de que mañana comienza el verano. Esta fecha ha sido consensuada por nuestros dirigentes políticos en pos del bien común. Como ustedes saben, el Gobierno siempre vela porque los cambios de estación sean lo más tranquilos posibles. A este fin les recordamos los aspectos más importantes de la normativa vigente para la estación de verano.

-La única indumentaria permitida será del tipo veraniego. Cualquier prenda de vestir considerada de otra estación será sancionada consecuentemente. Remarcamos la prohibición de la presencia de motivos florales o de estilo hippy en la ropa, a fin de que estos sólo se lleven en la primavera. También nos gustaría insistir en la obligatoriedad de los escotes en mujeres por encima de los 18 años. Ante cualquier duda sobre este aspecto consulten el catálogo de ropa de la página web informativa del Ministerio de Ropa y Complementos.
-El inicio de nuevas relaciones sentimentales tendrá una duración inferior a la estación. Las parejas formadas en este periodo deberán inscribirse en el registro de Affaires Sentimentales (AS) de su Ayuntamiento correspondiente. Un inspector comprobará al final de la estación que la pareja haya sido disuelta.
-Las parejas constituidas en este periodo de primavera, tal y como corresponde al reglamento de dicha estación, seguirán siendo parejas durante el verano, con una duración mínima de un año. Las parejas formadas en primaveras pasadas pueden efectuar su separación cuando tengan a bien.
-Las parejas formadas en otoño-invierno seguirán el complejo reglamento al que se tienen que atener. Para más información sobre este tipo o cualquier otro de relaciones sentimentales consulten el teléfono de atención o la página web del Ministerio del Amor.
-Los cortes de pelo serán obligatorios en varones por encima de los 3 años. La longitud del pelo no podrá exceder los 5 centímetros a lo largo de la estación. Las familias que no tengan dinero para sufragar los gastos de la peluquería pueden solicitar al Ministerio de Economía la subvención correspondiente, presentando los informes económicos que se requieran. Asimismo, todas aquellas personas que deseen una depilación completa pueden suscribirse al programa de depilación del Ministerio de Belleza.
-La estancia en piscinas y/o playas será de un mínimo de 5 horas por semana. Les recordamos que, si no lo han hecho ya, deben recoger sus tarjetas de racionamiento en la oficina más próxima del Ministerio de Turismo, con el objeto de que contabilicen sus horas desde la primera semana y no haya malentendidos.

Ante cualquier duda, y para revisar la normativa vigente en su totalidad pueden solicitar un impreso en cualquier oficina gubernamental. Les recordamos que el incumplimiento de la normativa conllevará graves sanciones. Que tengan un feliz verano.

Desahuciado

jueves, 19 de junio de 2008

Cuando pienso en todo lo que me falta no puedo evitar sentirme desahuciado.

Porno

miércoles, 18 de junio de 2008

Podría suceder, podría volver
el olor a sudores rancios
como el amor recién exprimido
o la humedad de las tormentas.
Podrían volver aquí
los botones desabrochados,
las arrugas de la ropa,
las arrugas de la piel.
Tengo ya el lugar preparado
para sacarnos los cuchillos
o rompernos las carcasas,
y hay hueco, esta vez hay hueco,
para dos cuerpos asustados.
Y así sucedería
lo de siempre,
lo de nunca más,
y al final dejarte saliva en los pezones
tras hundirme, de nuevo, entre tus piernas.

Ajedrez

lunes, 16 de junio de 2008

La guerra comenzó. Nadie sabía la razón, pero ya se sabe que en estas cosas la razón es lo de menos. Primero fueron sutiles amenazas, tropas asentadas a las afueras, fumando cigarrillos mientras esperaban la hora de entrar en acción. Una señal, cualquier cosa bastaría, una amenaza, la caballería misma que rondaba en torno a la base militar. Así que mataron a los jinetes. Y se comieron a los caballos. Represalias enemigas: la base es destruída por la artillería pesada. Intercambio de muertes a lo largo del tiempo. Los comandantes miran sus relojes, la cuenta atrás hacia el fin del mundo. Ninguno quiere que el reloj llegue a cero. Apuntan cada movimiento táctico en sus papeles, analizan la situación mientras los soldados mueren, mueren, mueren. Hasta que sólo quedan los comandantes. Se miran a los ojos. Dicen: tablas. Los dos jugadores se dan la mano. El sudor de tanta muerte pasada se concentra en el espacio virtual que queda entre las palmas. Se van, abandonan al tablero en medio del silencio. Y las piezas ya no se mueven. No se mueven más.

sábado, 14 de junio de 2008

Quise ser definitivo
pero sólo alcancé la vulgar tristeza de los hombres.

Funeral

viernes, 13 de junio de 2008

He estado días y noches (sobre todo noches, durante el día tenía también otras ocupaciones) cavando una fosa común para enterrar mis sueños. Y bueno, ahora que he terminado me he dado cuenta de que me ha quedado demasiado grande para tan poco que sepultar. En fin, mejor que sobre que que falte. He de reconocer que cavar ha sido lo bastante entretenido como para no tener que pensar en nada más que en el agujero, como si hubiera exiliado su finalidad durante el proceso, simplemente la fosa y yo, nada más, así todo fue más sencillo, puede que incluso empezara a cavar sin saber siquiera para qué. Quizás por eso me ha quedado tan grande. Ahora viene la peor parte. He ordenado mis sueños por tamaños, cada uno dentro de su pequeña caja negra (porque los sueños viven dentro de cajas negras). Alguno debe haber muerto hace ya mucho tiempo porque aquí huele a putrefacción y a lágrimas y a comida olvidada en el frigorífico durante meses. Otros siguen vivos y se agitan y gimen, mientras que otros aceptan su destino, en silencio: sus cajas están tan quietas. Así que los voy cogiendo y arrojando al hoyo, llueven cajas negras dentro de la tumba y es como si cada caja que se hunde en el fondo me arrancara un trozo de carne, arrastrándolo con ella a la nada. Poco a poco voy tirando todas las cajas negras, soportando sus mordiscos dentro de lo posible. Al acabar y disponerme a tapar todo el montón, me sube un escalofrío al mirar la fosa. Estoy más ahí dentro que aquí fuera. Y las cajas se ríen de mí.

Oportunidades

jueves, 12 de junio de 2008

Siempre hay una ventana por la que se puede saltar. Todos somos suicidas en potencia. Pero o no nos damos cuenta o somos unos miserables cobardes. O las dos cosas.

Opinión de un difunto

miércoles, 11 de junio de 2008

La vida es una pérdida de tiempo.

Musas

martes, 10 de junio de 2008

Cualquier día puedes perder la inspiración. Hay quien dice tener razones para ello, hay quien lo disfraza de razones cuando no son más que excusas. Esa gente que se esconde debajo de un cliché mientras asiste al espectáculo de la esterilidad. Mientras tanto otros hablan de que se les han ido las musas. Y yo pienso en las musas como si fueran una metáfora de las drogas. Es en esos momentos cuando paso a ser un drogadicto más. Sin excusas que ofrecerte. Un yonqui con un mono de muerte. Pidiéndote limosna para comprar un poco de inspiración. Al menos no pongas cara de asco.

Apuntes

sábado, 7 de junio de 2008

Es como resolver un jeroglífico subrayado con rotuladores fosforitos. Criptografía sin destinatario. Los cuadernillos Rubio yacen por el suelo, se arrastran y desangran. Te cagas en el tipo que haya escrito esa mierda. Definitivamente algo no va bien. Ni siquiera reconoces tu propia letra.

La reconstrucción

jueves, 5 de junio de 2008

L. tenía la manía de dejar las frases condicionales a medias. Estando todos tan tranquilos, en un ambiente completamente distendido, era en esos momentos cuando de pronto ella nos importunaba con alguna frase como: si algún día me pasara algo malo. Y lo dejaba ahí colgando. Y entonces mirábamos a L., o quizás es que mirábamos a la frase, la cual había irrumpido en medio de nosotros mutilada, incompleta, una frase como una Barbie sin cabeza. Le pedíamos a L. que por favor acabara la frase, pero ella se revolvía con su melena rizada en el sofá, apretaba los labios y respondía que en cierto modo ya estaba acabada. Pero la frase seguía ahí, se sentaba junto a nosotros y lloraba, nosotros la consolábamos en nuestros adentros y nos imaginábamos posibles prótesis con las que curarla. Y ahí se quedaba, estancada, jodiéndonos la velada. Obligándonos a un silencio reflexivo, a reconstruirla, cada uno a su manera. Si algún día me pasara algo malo me gustaría que estuvierais a mi lado, decía Q. Si algún día me pasara algo malo probablemente me lo merezca, se lamentaba J. Si algún día me pasara algo malo espero que se solucione, dije yo, y poco a poco el cuarto se iba llenando de frases condicionales, frases que cada uno revelaba una vez había decidido lo que había que añadir. Como un puzle sin final. Y todo tenía algo de ritual, de explicación: de esto es lo que hay que hacer con tus frases, L.
Y la pequeña L. sonreía divertida enredando su dedo índice en un bucle de pelo infinito, mientras pensaba para sí: si dijera todo lo que pienso, si pensara todo lo que digo.

Hipótesis

miércoles, 4 de junio de 2008

Podría ser en un pub, de madrugada. Dentro de unos cuantos años. Yo, atontado por la bebida. Ella, bailando en la pista, relativamente sobria y luchando en vano contra el paso del tiempo: contra las arrugas de haber perdido tantas sonrisas y contra la celulitis que crece, lenta y truculenta, tapizando las nalgas sin pedir permiso (y eso es lo más terrible, que nadie le ha pedido permiso). Yo estaré solo. Un punto negro en medio de un folio en blanco. Pediré en la barra una copa de más. Parece mentira que a esa edad todavía no sepa cuándo debo dejar de beber e irme a dormir. Moviendo mi cabeza al compás de la música, como un muelle enloquecido, con los ojos apenas abiertos. No repararé en su presencia hasta que logre levantar mis párpados, más pesados que de costumbre por obra y gracia del alcohol, para echar un vistazo al mundo exterior. Y en medio del local se cruzarán nuestras miradas como un choque de trenes. Sangre y vasos de tubo volando por los aires. Que alguien llame a una ambulancia. Después, el saludo inevitable de los reencuentros: qué es de tu vida, te veo muy bien, diré. Tú también estás muy bien, mentirá, perdiendo otra sonrisa más conmigo. Reconstruiremos verbalmente nuestras vidas, intentando hacer que parezcan interesantes a base de anécdotas pegajosas. Y de hecho nos parecerán interesantes, o al menos fingiremos que nos lo parecen. Seguidamente me presentará a sus acompañantes. No les caeré bien o no me caerán bien, qué más da. El caso es que me entrará mucha prisa por irme de allí. La definición de incomodidad. Surgirán las oportunas mentiras para sellar una despedida amistosa. Bueno, me tengo que ir. A ver si nos vemos más. Claro, pásalo bien. Así será mucho menos trágico. Como si todo esto nunca fuera a pasar.

11-S anacrónico

domingo, 1 de junio de 2008

Hay edificios sangrando. Cuerpos cayendo desde lo alto. Como colillas contra el asfalto. Y nadie sabe qué hacer. Mientras, todo se deshace.
Dios no jugará a los dados, pero el tetris se le da de muerte.

Viejos amigos

sábado, 31 de mayo de 2008

Otra vez, después de tanto tiempo, llama a la puerta. Debía estar harto de que le ignorase y decidió finalmente salir de su agujero para buscar la superficie, donde en el fondo nunca se ha sentido muy cómodo, con el único objetivo de enfrentarse a mí. Abro la puerta y ahí está él, fumando con desidia, echándome el humo a la cara. No digo nada. No tengo nada que decirle. Ni siquiera tengo una excusa. Él me habla de cosas terribles y pantanosas. Sin siquiera atravesar el marco de la puerta ya me ha vencido. Otra vez. Siempre que aparece me gana. Sólo tiene que recordarme que no soy un ejemplo a seguir o señalar la habitación a mis espaldas, mostrarme la cara más amarga de mi refugio, describiéndolo sin piedad: aire y suciedad, no hay nada más que te haga compañía. Replico a duras penas, lagrimeando vergonzoso me defiendo y le digo que todavía me queda el futuro, que eso que señala sólo es el pasado. Él levanta una ceja y se ríe con esa risa tan irritante y nasal que tiene, me dice: de qué coño hablas, si el único plan de futuro que tienes es morir. Y ya no puedo decir nada más, tiene razón, así que cedo, le dejo entrar en el cuarto, le permito usar mi ropa, dormir en mi cama, escuchar mi música, beber mi café, fumar mis cigarrillos, controlar mi cuerpo, mi vida, y él se pone cómodo, dictatorial, dice algo sobre que me sobran mocos y lágrimas y me tira un paquete de pañuelos. Al menos sabe lo que necesito.

La muerte de Aldous Huxley

viernes, 30 de mayo de 2008

Esto pasó allá por la década de los 60. El día que se puso el caleidoscopio al revés cambiaron unas cuantas cosas. Por ejemplo, hacer la colada ya no era lo mismo, moviendo bloques simétricos de colores vivos en lugar de ropa, llevándolos de la lavadora a la cuerda de tender, la cual se doblaba sobre sí misma en un punto medio perfecto. Salir a la calle se convirtió en un peligro, con edificios gigantes y coloristas que se volcaban uno sobre otro, desapareciendo en el límite exacto de nuestras cabezas. Ya no llovía, no hacía sol, nada de fenómenos meteorológicos, sólo había unas estrellas verdes que giraban y chocaban y cambiaban a rojo, a rombos, a formas geométricas reinventadas. La música también se vio afectada, dejó de oirse para pasar a ser vista, produciendo avalanchas visuales cada vez que dos radios se encontraban próximas y la gente moría aplastada por solos de guitarra y por coros de iglesia. Algunas personas pasaron a ser también geometría y rodaban con sus ángulos por las aceras, atropellando peatones que se resistían al cambio y desaparecían en el punto en que se cruzan los espejos y las lentes.
La situación poco a poco se volvió insostenible y el Gobierno activó el plan de emergencia, mientras sus ministros saltaban de una losa triangular a otra cuadrada, con miedo a caer al vacío de luz cristalina que se abría entre las figuras cambiantes. Decidieron en última instancia repartir LSD entre la población. Y bueno, se puede decir que funcionó, todas las cosas volvieron a ser grises y regresó la tiranía de la gravedad, la separación de los sentidos, la ropa colgando de los hombros y ajustada a las cinturas, volvió el dolor y la risa, la lluvia y a veces, pero sólo a veces, el sol. Al parecer sólo había sido un problema de percepción. Yo no estaba tan seguro de aquello. Miré por la ventana. Sonreí. Definitivamente no estaba todo perdido. Sobre la ciudad se había dibujado un inmenso arcoiris espumoso.

Final del cuento

jueves, 29 de mayo de 2008

Fue en un hotel. A ella le gustaban los hoteles, tan poco semejantes a un verdadero hogar: sin portafotos recordando tiempos mejores, sin compañía más allá del servicio de habitaciones, sin familia a la que rendir cuentas. Decía que los hoteles eran un verdadero exilio. ¿Pero exilio de qué? Nadie supo los motivos, sólo había una larga epístola en la mesilla de noche, posada como por azar en medio del desastre del cuarto (sábanas en el suelo, libros pintarrajeados y abandonados en los rincones, un pintalabios carmín tirado en medio de la moqueta, la silla correctamente tumbada por debajo de sus pies, colgando inertes como pupas de mariposa), un desastre tan silencioso y quieto que parecía la fotografía de una revolución. La carta la firmaba un tal Humbert. Probablemente un pseudónimo bien conocido en la intimidad.

Puede que te sorprendas al ser descubierta, como si esta carta fuera un periscopio que emerge en medio de tu cuarto. He de reconocer que no fue fácil encontrar tu dirección, con esa manía tuya de vagar de hotel en hotel, tantas llamadas he gastado sólo para poder enviarte esto. Sigues siendo esquiva. Quizás por eso siempre te he buscado.

El juez llegó tres días después, cuando se suponía que debía abandonar el hotel, poco después de que se encontrara la escena la inocente Gloria, la de la limpieza, la cual, gritos aparte, no supo por dónde empezar a limpiar. El juez entró al cuarto, ojeras, cafeína, desdén. Ya casi no se ven ahorcados, eso fue todo lo que dijo. Seguidamente se procedió al levantamiento del cadáver y se rompió el cuadro, se vació, y todo se volvió mediocre y rancio.

(...) y tantas noches he pensado detrás de la copa vacía en ello, en ti. Sólo tenía tu foto y tu sobrenombre: Amapola, me dijiste, y ahora pienso en el opio y en los sueños, en si fuiste sólo un sueño, en qué fui yo para ti. Ahora pienso en estupideces de esas que tanto odiabas. En fin, la búsqueda no fue fácil pero encontré tu nombre "real".

Sobrevino al día siguiente un entierro vulgar. Un familiar que apenas la conocía apareció por el cementerio. Siempre fue la rara de la familia, nunca supimos qué fue de ella, comentó. Hasta ahora, ya ves. Y se rascaba la cabeza como que estaba incómodo, como si realmente aquella mujer no representara para él nada más que un compromiso en la agenda. Y qué era si no.

(...) No te lleves a engaños. No pienso buscarte, darte un ramo de flores (de amapolas, serían amapolas si lo hiciera) y suplicarte que cambies tu huida por mí. Tómate esta carta como una replica a aquella nota que me dejaste clavada en tu lugar. Aquella nota que decía: gracias. Compréndeme, yo también quería despedirme.

Fue en un hotel. Con una soga.

(...) Te fuiste pero aún estás aquí, conmigo. Por muchos hoteles que escojas. Puede que exagere, pero para mí fuiste la mujer de mi vida.
Quién me iba a decir que la mujer de mi vida sólo me duraría un fin de semana.

En la lápida quedó grabado lo que ella pedía en el testamento. Hogar, dulce hogar.

Boceto para un viaje a solas

viernes, 23 de mayo de 2008

Una maleta prácticamente vacía será suficiente. De nuevo la necesidad de huida.
Hacer ganchillo con las palabras para que parezca que no es un final definitivo. Para que nadie te eche de menos mañana. A veces es más fácil callar.
Un paquete de cigarrillos en las últimas. Volverás, sí. Pero no serás nunca el mismo. Más viejo, más feo, más derrotado. Podrás echarle la culpa al tiempo. Todo el mundo acaba haciéndolo. Como si fuera la única razón de la decadencia.
En el andén no hay nadie que se despida de ti. Así es más fácil, evitando la sensación del chicle que se despega de la suela, evitando cualquier suela.
Auriculares, música. Bob Dylan gritando en tus orejas. Una canción grabada hace 33 años sobrevive para poner banda sonora a tu éxodo.
El milagro de la inmortalidad.
Porque sobrevivir es recordar. Y claro, olvidar es asesinar.
Según avanza el tren sientes cómo un montón de cuchillos se clavan en tu espalda.

Ariadna

jueves, 22 de mayo de 2008

Una vez me enamoré de una chica que no existía.
Llegado el día me pidió un favor. Asentí.
Maté al Minotauro por ella. Pero se le olvidó darme un ovillo para salir del laberinto.
Supongo que lo nuestro era imposible.

Encuentro con Lucas Brezo

miércoles, 21 de mayo de 2008

María Fortuna, Redacción Madrid.
Lucas Brezo lo tenía casi todo planeado. Sólo le quedaba por pulir algunos detalles. "El nombre, por ejemplo. No podía llamarlo Escuela de Suicidas, habría sido un fracaso publicitario. Es como si llamas a una clínica abortista Descuartizadora de Fetos." Así que decidió optar por un toque bíblico. Fundación Judas. "Judas es un personaje maltratado por la cultura occidental, pero era un tipo hecho y derecho. Se dio cuenta de que se había equivocado y no dudó en suicidarse." Lucas Brezo, 50 años recién cumplidos, miembro fundador de la Fundación Judas y pionero en España en los comúnmente llamados colegios suicidas, viste una bata granate sobre un pijama de rayas. Su aspecto recuerda a Hugh Hefner, el famoso dueño de Playboy. Nos recibe cordialmente en su domicilio en el barrio madrileño de Chueca y nos ofrece una taza de café. "No soy ningún monstruo. Ofrezco a la gente lo que demanda: a veces es un suicidio elegante, otras veces una simple taza de café", dice mientras nos guiña un ojo cómplice. ¿Cómo surgió la idea de enseñar a la gente a suicidarse? "Me di cuenta de que la enseñanza actual se centraba exclusivamente en adoctrinar a las personas desde jóvenes para que obtuvieran el éxito en vida. Esa idea funciona hasta que se fracasa. En ese momento, cuando consideras que la vida no da para más, te das cuenta de que nadie te ha explicado cómo conseguir una muerte exitosa." Acto seguido explica en qué consisten las clases de la Fundación Judas. "Hay formas muy burdas de dejar este mundo. Incluso yo diría que tediosas. En mi Fundación explicamos desde cómo hacer una nota de despedida bien hecha hasta diversas técnicas de suicidio en función de los gustos del cliente: sin dolor, con dolor, espectaculares, silenciosas... y todas ellas con una tasa de éxitos de entorno al 98%." ¿Algún ejemplo de muerte exitosa? "Piense en Jimi Hendrix, probablemente el mejor guitarrista de la historia, muriendo ahogado en su propio vómito. Eso es sencillamente patético. Un tipo así debería haber muerto de otra forma. Para las estrellas famosas tenemos ciertas técnicas reservadas. Pero eso es muy, muy secreto. Si se lo cuento ahora cuando se suicide cierta persona no será una noticia bomba." ¿Qué opina de las críticas que la Fundación Judas ha recibido por parte de la Iglesia? "Que llegan tarde. La Iglesia siempre llega tarde a todo."
Nos disponemos a despedirnos, no sin antes preguntar algo muy personal: ¿ha llegado Lucas Brezo a pensar en el suicidio? "Por favor, señorita, si todavía estoy en la flor de la vida", dice antes de echarse a reír. Añade jocoso: "Pueden considerarme un hipócrita, pero ante todo soy un hombre de negocios". No nos cabe la menor duda.

Pandora

lunes, 19 de mayo de 2008

Confía en el silencio.

Eso me dijo. Confía en el silencio. Mientras ponía su dedo índice sobre mis labios. Pero algo incrustado en mi cuello luchaba por salir. Asentí poco convencido, apretando mis labios contra su dedo, haciendo terribles esfuerzos por evitar que aquello saliese a la luz, aquello que apretaba mis cuerdas vocales y se manifestaba como un murmullo sordo que se propagaba desde la tráquea hasta su mano, hasta su cuerpo, hasta el aire del cuarto en el que estábamos frente a frente. Lo tenía encerrado pero se bastaba para invadir todo, impregnándolo de su zumbido siniestro, trepaba por mi garganta, llegaba hasta la lengua, se deslizaba por ella y arrastraba a los dientes en su danza, les hacía castañear como un invierno moscovita. La saliva entraba a formar parte del juego, surgía a borbotones, se deslizaba imposible de contener a través del sonido que escapaba por entre los labios, desbordaba los límites en una catarata que goteaba mentón abajo. Ella se decidió, apretó sus manos contra mi boca, una encima de otra, todo su cuerpo volcado sobre los labios que ya sangraban de tanta presión, se acercó a mis oídos y me dijo que fuera fuerte, que podía aprender a contenerlo, a contenerme. Pero no fue así. Reventé. Sapos y culebras, el silencio roto. Olía a azufre. Los dos lo entendimos en ese momento: algo había cambiado. Y olía tanto a azufre.

Disconforme

domingo, 18 de mayo de 2008

Recapitulemos.
De mayor querías ser pequeño. De pequeño querías ser mayor.
Luego te diste cuenta de que el tamaño no importaba.

Conversación interior

sábado, 17 de mayo de 2008

–¿Se puede saber qué hiciste anoche?
–Nada nuevo, qué iba a hacer si no.
–Así no solucionas ningún problema.
–Puedo dejar de beber.
–Me parece estupendo que te plantees esa posibilidad.
–No es una posibilidad, es una amenaza.

Un suspiro mediocre

viernes, 16 de mayo de 2008

Es extraño que hablen sobre ti a pesar de saber que estás escuchando, piensa Alberto Berjón García mientras fuma un Winston. Podría ser considerado como desprecio o como respeto. ¿Pero qué clase de respeto te ignora? El caso es que no pudo decir nada, atónito ante discusiones que le incumbían y que a la vez le excluían, como si él fuera sólo una excusa para sacar los dientes, como si él fuera algo ajeno al cruce de balas. Es cierto que estuvo a punto de abrir la boca, quizás la abrió en verdad como quien se dispone a gritar y se contiene en el último momento para dejar escapar sólo un suspiro mediocre, imperceptible por los que están afanados en la guerra dialéctica. Quizás lo mejor habría sido entrar a formar parte activa de la discusión, pero una expectación voyeur intrínseca le animó a la pasividad, a ver cómo especulaban sobre cosas que ellos no sentían, ver que sólo se aproximaban e interpretaban, como los curas cuando hablan de cosas que nunca han visto. Alberto no pudo aguantarlo mucho tiempo, así que se fue recordando por qué ya no iba a misa. Porque odiaba ser sólo una tercera persona del singular más.

Celibato

miércoles, 14 de mayo de 2008

Iba a escribir una novela, una gran novela. Pero he decidido mirar las hojas en blanco y esperar a que el papel amarillee. Me veo capacitado para conseguirlo. No será fácil aunque a priori así lo parezca. Supondrá todo un trabajo de contención, con los bolígrafos impacientes por plasmar aunque sólo sea un mísero garabato, teniendo que evitar la tentación de dejar nacer la mínima frase, convirtiendo mi cerebro en un útero improvisado lleno de fetos muertos. Pero a base de fuerza de voluntad y de espera el papel será como yo. Y viceversa. Pasará el tiempo y ambos envejeceremos muy quietos, pasaremos a ser unos ancianos silenciosos y pétreos, como dos árboles fosilizados en medio del cuarto. Puede que antes de morir vaya al editor. Con el taco de folios vírgenes y amarillos en la mano. Le diré que ese montón de papel baldío es la novela de mi vida. Lo más probable es que se niegue a editarlo por miedo a las pérdidas económicas. No hay que olvidar que el negocio editorial es sólo un negocio. ¿Quién iba a querer pagar por un montón de papeles encuadernados sin texto alguno? Puede que alguien lo suficientemente perezoso como para negarse a leer páginas escritas, bromearé yo. En fin, volveré a casa con mi obra. Juntos esperaremos la muerte (ella encima de la mesa, yo contemplándola desde una silla) con la desesperación adecuada. Sin aspavientos. Sin saber hacer nada más que estar callados. Será cosa de la costumbre.

Equivocaciones

martes, 13 de mayo de 2008

Será que tenía nostalgia de tus labios, de todos tus labios. Y que la realidad se antojaba demasiado espesa, como un coágulo de deseos frustrados en el que me estaba asfixiando. Será que no supe advertir las señales de prohibido el paso o, más bien, que no quise verlas. Será que buscaba un final feliz a base de chocar contra lo imposible. A base de chocar contra ti.
Debiste habértelo tomado como una despedida. Porque ya no cometeré más equivocaciones.

El fútbol es así

viernes, 9 de mayo de 2008

Por alguna extraña razón sentirás un inmenso placer desgastando la palma de tu mano contra el claxon de tu coche mientras recorres la Castellana en dirección a Cibeles. Como un mono más del ritual. O puede que tengas un cabreo monumental porque no has ganado, o bueno, mejor dicho porque un montón de tíos uniformados no han cumplido con su trabajo, por el que cobran una pasta que tus ojos jamás verán. Porque puedes olvidar todo lo que realmente importa por creer que un equipo de fútbol, una empresa más en el mercado del entretenimiento mundial, te representa. Un montón de señores trajeados que te venden sus productos manufacturados en el Tercer Mundo para que suplantes tu identidad bajo un montón de bufandas, camisetas, balones y banderitas de colores homogéneos, y acabes por distorsionar tu perspectiva de la gente hasta que sólo sepas clasificar en base a los colores que llevan, como si estuvieras en clase de diversificación, por decir un eufemismo. Y así no tendrás una familia, no serán amigos, sino un montón de cuerpos coloreados: verdiblancos, azulgranas, rojiblancos... Simplificarías todo hasta el punto de que ir a gritar gilipolleces con tus amigos, disfrazados todos con los mismos colores, te hará sentir mejor, mientras viajas por la Castellana atronando la noche con la bocina de tu coche, siguiendo un ritmo digno de primero de preescolar: pi-pi-pipipí. Sí, serás feliz por un momento. Otros serán tristes por un momento. Pero todos seréis patéticos.

Saber beber

martes, 6 de mayo de 2008

Me gustaría saber beber.
Me gustaría que el alcohol fuera la calma y el orden. Mi calma y mi orden.
Me gustaría beber como en las películas. En blanco y negro, mientras suena una canción triste.
Me gustaría saber beber de tal forma que pudiera soportarlo todo.
Pero siempre que lo intento acabo estrellándome. Contra ti o contra tu recuerdo. Todavía no sé distinguirlo.

Máquinas expendedoras

lunes, 5 de mayo de 2008

Primero dejas de hablar con tus padres. Al fin y al cabo lo único que hicieron por ti fue follar y darte de comer. Su querido parásito, gracias. La gente debe pensar que tener hijos es como sacar tabaco de la máquina: metes una cosa y sale otra. Después se dan cuenta de que al niño no te lo puedes fumar. Y tú, pobre infante, te das cuenta de que tus padres no te quieren fumar. Es como si todo el mundo llegara a la conclusión de que estaban equivocados. Y se encogen de hombros y lo aceptan. Como si fuera normal, como si fuera un trato justo. Semen a cambio de niños. Primero dejas de hablar con tus padres. Después alguien se queda embarazado. Bienvenidos al ciclo de la vida.

Nota del autor

sábado, 3 de mayo de 2008

Seguramente habrán podido comprobar que la calidad de lo escrito ha ido en claro descenso. No quiero que se lleven a engaños. El deterioro de mi prosa no es sólo una cuestión de falta de inspiración o de crisis creativa. Si eso fuera así simplificaría mucho las cosas. Después de una crisis siempre suele haber una especie de resurrección, una erupción de palabras nuevas que derriban y se asientan sobre las obras previas, las aplastan como lo que son, seres inferiores que jamás debieron existir, malformaciones ominosas, pretensiones vacuas, etcétera, y las reducen hasta convertirlas en polvo y malos recuerdos. Pero eso no es exactamente lo que le ocurre a mi prosa. Esto no es una simple crisis. Mi prosa tiene una enfermedad degenerativa. Los críticos literarios me han dicho que es incurable. Me han ofrecido una serie de tratamientos paliativos: talleres de escritura, libros de autoayuda, apoyo psicológico. He rechazado todo por considerarlo un insulto, les he dicho que eso no es más que un fraude, que no quiero sentirme mejor a pesar de mi tara incurable, que si es lo que tiene que suceder no quiero ver cómo se pudren mis páginas y no sentir nada, que deseo el dolor que me une a la decadencia inevitable que me espera. Seguidamente me levanté y me fui dando un portazo. Comprenderán por tanto que ahora, con el diagnóstico sobre la mesa, me haya visto en la obligación de escribir esto a título informativo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que lo que escriba sea sólo un balbuceo de lo que fue. Algo así como hablar con la lengua fuera de la boca.

Magnetismo

viernes, 2 de mayo de 2008

Hice todo lo posible por cerrar los ojos. Incluso probé a desviar la mirada. Pero ahí estabas tú. Como un imán imposible destruyendo todo resquicio de voluntad. Una dictadura que nacía desde tu cuerpo negándome todo lo demás, las paredes, el suelo, el techo, las motas de polvo que nos envuelven y descubrimos cuando entra el sol implacable de la mañana por la ventana. Conseguiste abolir el entorno, aunque esa no fuera tu pretensión, dejándome ahí, expectante, como un Bécquer tuberculoso y consumido, forzándome a hacer de ti una última metáfora empalagosa, porque en estas circunstancias tú eras el mundo y el mundo era todo, y todas esas cosas ñoñas que no me atrevo a decir en voz alta. Y no fue un deseo, fue real, lo sé, aunque tú no notaras nada y no hicieras lo que yo esperaba, aunque no te dieras cuenta del hipnotismo del momento, aunque no te levantaste a cámara lenta, aproximándote como una avalancha de todas las cosas, para después sólo decirme algo, para que después yo dijera alguna imbecilidad sobre la luna, y tú me la negarías sin decir nada, porque la luna no existe si estás tú ahí, porque no hace falta que exista nada más si estás ahí. Y yo no pude cerrar los ojos.

Utilizar en caso de emergencia

martes, 29 de abril de 2008

Tenía que elegir. Así que opté por los monstruos de siempre. Los que habitaban dentro de las paredes de mi cuarto expresándose mediante el gotelé, los que se reflejaban en el espejo del baño a oscuras, los que se tumbaban a mi lado por las noches y me cantaban nanas porque no puedo dormir, no puedo dormir, mamá. Piensa en algo relajante, respondía ella antes de volver a su cama. Nadie los veía, ni siquiera yo, pero ahí estaba su presencia, como si fueran el aire que quedaba por dentro de las sábanas y que yo intentaba apretar contra mi cuerpo para que desaparecieran. De esa forma regresé al insomnio de mi infancia, a estrellarme contra el patio del colegio y llegar a casa con las rodillas ensangrentadas, a la ignorancia absoluta, al miedo a recorrer el pasillo de mi antiguo hogar, a llegar al baño del fondo y observar la imagen grotesca de una sombra deformada en el espejo del baño, y al enfrentamiento constante con los monstruos que me hablaban de la muerte de mi abuelo y de los insectos necrófagos, volver a aquellos sillones que tiramos a la basura porque podíamos comprarnos un par de sillones buenos, no como esos rotos, viejos y desgastados, aquellos sillones que tanto eché de menos. Tenía que elegir un refugio. Así que opté por el pasado. Porque, puestos a temer algo, mejor que sea algo conocido.

Por el cumplimiento de la normativa social

domingo, 27 de abril de 2008

La supervivencia social se fundamenta en el acatamiento de una serie de normas nunca escritas, un conjunto de leyes invisibles que nos obligan a sonreír para no preocupar a los demás, a ser amables, a justificar que hemos hecho lo que presuntamente no queríamos hacer por culpa de que habíamos bebido demasiado, como si al estar sobrios y cohibidos hiciéramos siempre lo correcto. También tenemos que saludar a un conocido cuando lo encontramos por la calle, aunque no apetezca, aunque a veces lo que realmente apetece sea correr. Tenemos que llorar de forma comedida, siempre en los momentos que lo precisan, tales como funerales, películas tristes o despedidas. Los demás tendrán que llorar a su vez o, en su defecto, darnos abrazos o realizar otro tipo de acto compasivo. Lo harán porque es lo que hay que hacer. Sin embargo hay que tener cuidado con llorar en momentos inadecuados, con dejarse llevar por algo que no está en las normas, soltar una carcajada inoportuna, golpear un objeto hasta destrozarlo, ese tipo de cosas que nacen de un lugar donde la convivencia no está regida y que surgen de algo demasiado animal, irracional, intrínseco. Algo que asustaría a los demás. A los que siguen la normativa vigente a rajatabla. Si te sales del guión corres el riesgo de que te tachen de loco. O que te cojan del hombro y te susurren al oído que lo que sientes no es real. Será mejor que te calmes, chico, eso no es real. Y lo dicen tan serios. Como si mis lágrimas fueran de mentira.

 
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