Gente madura

lunes, 31 de marzo de 2008

Tal vez algún día seas un adulto responsable y tengas que trabajar para poder mantener tu vida como trabajador. Pagar la hipoteca, las letras del coche. Soñar con montar una familia como Dios manda. Tal vez algún día te toque ponerte una corbata. Meterte la camisa en el pantalón, teniendo cuidado en que quede por encima de los calzoncillos, eso sí. Peinarte a raya, con gomina si no se mantiene. Echarte un poco de colonia y correr hacia el coche. Entrar a las 8 en la oficina. Hacer un descanso a eso de las 11:30 para tomar café. Tendrás que saberte los resultados del fútbol de la semana si no quieres que los otros te ignoren. Retornar a tu puesto de trabajo hasta que te dejen marchar para comer. Como si realmente estuvieras obligado a vivir así. Puede que tengas que volver por la tarde. Eso ya dependerá de las condiciones del contrato. Acabar la jornada, coger el coche de vuelta, chuparte otro atasco como el que has pillado por la mañana pero en sentido inverso. Cenar en casa la típica comida precocinada para la gente madura. Después ver un rato lo que echan en la televisión en prime time, hasta que te mueres de sueño y decides ir a la cama. Ponerte el pijama. Suspirar. Subir al desván antes de acostarte para comprobar que el cadáver de Peter Pan sigue pudriéndose ahí. Y que tu sombra continúa pegada a los pies. Como cada día.

Hablar con comillas

sábado, 29 de marzo de 2008

J.G. tenía un don. O al menos sabía cómo moverse en el terreno pringoso de las conversaciones. A su manera, claro. Por ejemplo, el día que cortó con su pareja, estaba ahí tirado en el sillón y tú le preguntabas que si estaba bien, como suelen preguntar los amigos y los cotillas, y él se limitaba a decir: puedo escribir los versos más tristes esta noche.
O como cuando estábamos en el café, tomando unos capuchinos, como hacemos todo el grupo por costumbre los viernes tarde, de pronto alguien le preguntaba a J.G. si creía en Dios y él se levantaba de la silla, gritaba: ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado! Y aunque sabías que esa frase no era suya, joder, se te helaba la sangre entre trago y trago de capuchino, solamente con ver en sus ojos que realmente J.G. creía en lo que decía.
Todos queríamos a J.G. a pesar de sus peculiaridades. Era como hablar con tantas personas a la vez. Un día desapareció sin decir nada. Pero no nos sorprendió porque J.G. era así, de ese tipo de personas que sólo hablan cuando es realmente necesario.
Un tiempo antes de que le perdiéramos de vista definitivamente, estábamos J.G. y yo en un bar tomando unas cervezas. No sé cómo sucedió pero J.G. estaba absolutamente triste ahí, con su vaso de cerveza, su cigarrillo entre los dedos y la vista al suelo, y me miró y me confesó por qué hablaba así, me dijo: si no sabes qué decir al menos cita a los grandes. Yo me quedé callado, pensativo, hasta que me decidí ante semejante oportunidad de conocer al verdadero J.G., al hombre que estaba detrás de todas las citas, ese tipo que estaba delante de mí fumando con todo su cuerpo triste, y le pregunté:
–¿Para ti cuál es el mejor escritor de toda la historia?
–Arthur Miller –respondió sin dudar.
–¿Por qué?
–Porque se follaba a Marilyn Monroe –y pegó un largo trago a la cerveza. No había nada más que decir.

Bajo los efectos

He bebido unas cervezas de más. Demasiadas. Como un desagüe. Siento que todo tiembla. Una forma de describir un terremoto fuera de la escala de Richter, un terremoto de ahí dentro. Una falla hecha de ausencias y de desesperación, de intentar una última palabra, de lo mismo de otras veces. Es la historia de lo de siempre: no me apetece -pero lo necesito-. Y luego llegan las sábanas y estoy en un barco demasiado grande, demasiado lejos de lo que quiero. Las olas. Demasidas olas. Todo. Demasiado. Siempre es demasiado para mí.

Paradoja

jueves, 27 de marzo de 2008

Me gusta estar solo pero tengo miedo a la soledad.

Comunicado oficial

miércoles, 26 de marzo de 2008

Hola. Permítanme presentarme: soy el dueño del mundo. En primer lugar, desearía que no me confundieran con ese concepto que tienen ustedes de Dios. No soy etéreo ni me gusta que la gente crea en mí, o mejor dicho, no lo necesito. Hagan lo que hagan yo seguiré siendo su dueño. Es así, por tanto da igual que se resistan, es inútil que convoquen manifestaciones contra mí. Por muchos contenedores que tiren o muchos cajeros que quemen yo seguiré en mi puesto de manera irrevocable. Tampoco se crean que soy acaso un simple dictador (término que ustedes suelen utilizar con ese tono tan despectivo, como si fuera algo implícitamente malo), yo no mando sobre nada, sólo poseo. Quizás eso les alivie, piensen que así siguen manteniendo su libre albedrío (si es que eso existe aparte de como concepto). Si tal pensamiento les consuela de algún modo, adelante, no tengan reparos en hacer lo que les dé la gana. A mí me da exactamente igual. Si les resulta inexplicable mi actitud piensen en esta parábola: ustedes son las hormigas en mi hormiguero y a mí me importa un carajo lo que hagan las hormigas mientras yo siga teniendo mi hormiguero. Sí, las hormigas, ustedes, pueden acabar matándose entre sí y sería totalmente irrelevante: el hormiguero seguiría siendo mío. Puede que les siga pareciendo absurda mi actitud: si no puedo ejercer mi poder sobre mis posesiones pensarán que es una tontería tener tales posesiones. Pero eso seguramente les resulta así porque ustedes operan con lógicas proposicionales. Deberían aprender el placer de la posesión con la única motivación de poseer. No hablo de coleccionismos vulgares, no banalicen mi mensaje. Hablo del acto del dominio sin mostrar preocupación por lo que se domina. Quizás así dejarían de plantearse tantas dudas sobre la utilidad de hacer una cosa o la otra. Pero bueno, eso sólo es mi consejo. Hagan con él lo que quieran. Ya saben que a mí no me importa lo más mínimo. Eso es todo. Voy a tomarme un café.

Caída en cadena

martes, 25 de marzo de 2008

Ella prefería esperar. O más bien no es que lo prefiriese, simplemente no sabía qué hacer, y ante la duda optó por sentarse en una esquina de la cama y dejar un suspiro en el aire, como si soltara lastre y eso la depositase en un lugar más allá de la cama, entre el techo y el suelo, un rincón cualquiera donde dejarse flotar sin más intención que la misma levitación. Desde luego no es que siempre hubiera sido así. Sabía actuar siempre que era necesario, sacarse las castañas del fuego, cogerlas con las manos descubiertas, quemarse hasta donde hiciese falta, no importando las consecuencias siempre y cuando el objetivo se cumpliera. Pero esta vez era algo distinto. Ella ya había hecho todo lo necesario. Colocó las fichas de dominó en la posición concreta donde otro debía golpear para que todas cayeran una tras otra hasta golpear la puerta. Sería totalmente innecesario levantarse en ese momento y ejercer de paloma mensajera, demoler la construcción de acontecimientos calculados con cierta precisión. Esa era la tarea de otros. Se levantó y abrió el botiquín.

Él encontró la nota encima del felpudo al salir de casa, tapando las tres primeras letras del welcome impreso en las fibras, puede que a propósito. come. Un anónimo escrito a ordenador. Antes de empezar a leer pensó que eso significaba que conocía a la persona que lo había escrito, que si no lo habría hecho a mano, y es más, que la conocía lo suficientemente bien como para poder reconocer la letra, un paso del conocimiento personal que implica un cierto acercamiento que podía ir desde unos apuntes, una carta, un post-it en la nevera o vete a saber qué. Se quedó de pie, ahí, en medio del dintel, como si la nota le hubiera atascado, leyendo, desfilando sus ojos línea a línea, de izquierda a derecha, condenado a repetir el mismo movimiento una y otra vez para poder avanzar y al final acabar, salir corriendo calle abajo.

Diez notas de suicidio idénticas abandonadas en diez felpudos distintos. Todas igual de impersonales. Todas igual de definitivas. Esperar quién iba a llegar, si acaso alguien iba a llegar, era lo único que importaba. Quién de los destinatarios sería capaz de reconocer en un grito anónimo su voz. Quién arrugaría el papel con desdén pensando que sólo era una broma. Ella se ríe. O llora. Las manos sobre el rostro sólo dejan apreciar el movimiento convulso del tronco. En cierto modo podría decirse que es una broma. Una broma llamada barbitúricos.

Para cuando él llega ya hay otro tipo golpeando la puerta. Un amigo. Está dando voces. El móvil de ella está apagado, tal como advertía en la nota. Tiene que ser ella, no le cabe la menor duda. Está cansado por la carrera que se ha pegado, pero entre la respiración entrecortada logra preguntar si ha pasado algo. Se acaba enterando de que el otro recibió la misma nota. Alguien abre la puerta. Qué pasa, estaba durmiendo, dice la chica que abre la puerta adormilada. Ellos se miran asustados. Las fichas estaban ahí, cayendo en cadena una detrás de otra, tropezando en perfecto orden, qué les había hecho equivocarse, llegar a la casa que no era, fracasar. Qué pasa, insiste la chica desde la puerta. Y aunque ambos saben la respuesta, ninguno se atreve a pronunciarla en voz alta.

Camuflaje

lunes, 24 de marzo de 2008

Puedes esconderte en una ciudad con muchos habitantes, vivir en un piso como ellos, salir a la calle a comprar pan como ellos, puedes hablar con ellos. Puedes vestirte como ellos. Puedes acabar por los suelos de un bar una madrugada de sábado como ellos, si es acaso lo que quieres. Porque también puedes ir al cine y salir del lugar criticando la actuación del de turno, que si qué bueno Bardem, que si qué mal Nicholas Cage, etc. Puedes juntarte con varios y conspirar contra el gobierno que toque mientras tomas café en una terraza o en el salón de tu casa o de la suya. Puedes unirte a unos cuantos y edificar a las afueras y hacer trincheras de ladrillos para hacer crecer vuestro hormiguero. Puedes comprar armas con ellos y defender vuestra ciudad, porque es normal que tengas miedo de los que no son de los de allí. Puedes ocultarte y mezclarte hasta la saciedad con ellos. Puedes morir por ellos porque creerás que eres parte de ellos, sólo la uña de un dedo del enorme cuerpo que es la ciudad apretando un gatillo. Pero recuerda que por mucho que finjas, que te hundas en el conjunto, te desgranes poco a poco en el grupo de migas, por mucho que, en fin, te desfigures para figurar, la ciudad sólo es un escupitajo en medio del desierto. Y el desierto es enorme.

Resaca en Transilvania

viernes, 21 de marzo de 2008

Te despiertas con resaca. Te rascas la entrepierna porque en realidad en semejante situación no hay nada más que hacer. Caminas con esa mezcla de asco y felicidad que te proporciona estar lo suficientemente alelado como para no sentir dolor a pesar de saber que el dolor hoy es el principal actor. Llegas al baño, meas, cagas, con suerte no demasiado líquido. Te acercas al lavabo. Te lavas las manos. Tu aliento huele a mierda. Te enjuagas. Te miras al espejo. Adviertes con sorpresa una marca de carmín en tu cuello. La limpias intentando recordar en vano su procedencia. Y después abres la boca aterrorizado. Debajo de la mancha hay dos pequeños cráteres dibujados en la piel. Como cicatrices de un par de colmillos. Definitivamente tienes que dejar de beber.

Poema del cementerio

miércoles, 19 de marzo de 2008

ojalá algún día tengas un ejército de flores,
aunque para entonces no tengas
ni sol ni agua que ofrecerles.
ojalá las enfrentes contra la muerte,
ojalá golpeen con furia la lápida
inmolándose una tras otra,
pétalo tras pétalo,
hasta que al fin ya no quede más lápida
y ya no sea mi nombre
o el tuyo, qué más da,
el que allí figure.
ojalá así descubramos
entre los escombros del cementerio
que al menos había
un motivo, tan sólo un motivo,
para vivir.

Manifiesto del solitario

lunes, 17 de marzo de 2008

Lo primero debería ser aceptar las tazas sucias de café abandonadas en el fregadero, escuchándolas cuchichear entre ellas mientras uno intenta echar la siesta. Después aparecen las motas de polvo, y eso ya conviene tenerlo bastante en cuenta, primero de forma puntual, asomando vergonzosas por debajo de la cama, para después formar grandes manifestaciones por toda la casa, enormes bolas de polvo subiéndose a las estanterías, colonizando los libros, los cedés, la televisión que durante el día está, por lo demás, apagada salvo nueva orden. Paulatinamente el polvo pasa a tapizar absolutamente todo, desafiando las leyes de la física y así se acaba conviviendo con lavabos y váteres llenos de polvo, hasta terminar con los techos cubiertos de polvo, siendo esto último más perceptible cuando uno se tumba boca arriba. A su vez es posible observar cómo en una esquina del salón empiezan a erigirse los periódicos viejos, huérfanos de actualidad, planteando reconstruir una torre de Babel a escala, torre que sabes que jamás llegarán al concluir porque es cuestión de tiempo que acaben amarilleando y pudriéndose en forma de migajas de papel viejo, de ese que al soplar parece como si rompieras capullos llenos de mariposas que flotan y surge ese confeti rancio que abarca la habitación. Por supuesto, en esos momentos el polvo, que está en todo, no desperdicia la oportunidad de desplazarse montado a lomos de los restos de prensa caduca de una punta a otra del salón. Es, en cierto modo, otoño a pesar del calendario y entonces surge la necesidad de recomenzar, coger la escoba y al menos dedicarse a recoger los trozos de periódico, tirarlos a la basura, acumulando otra bolsa más de desperdicios. Las bolsas de basura entonces se dejan en la terraza para evitar el mal ambiente dentro de casa y para mantener la siempre necesaria tensión con el vecindario. A veces baja hasta aquí la chica de arriba, con grave indignación, reclamando la eliminación de toda esa porquería, dice, y a mí me cuesta hablar, quizás por falta de práctica, así que yo miro con seriedad, sonrío y asiento, hasta que consigo arrancar la lengua para pronunciarme al respecto. Alego entonces a favor de la basura, sostengo que ella no tiene la culpa de oler tan mal, que la descomposición es, en buena parte, algo natural y que no somos quién para decidir dónde deben estar esas tristes bolsas. La chica por supuesto no lo entiende, se indigna más todavía, y habla de las ratas y de las infecciones. Yo asiento con la cabeza, sonrío, y concedo por darle un beso, suficiente para dejarla pasmada y seguidamente poder cerrar la puerta antes de que me agreda. Es entonces cuando me planteo de verdad la necesidad de bajar la basura porque en verdad en la terraza apenas cabe más mierda y al final, con gran pesar por mi parte, acabo aceptando que las cosas deben ser así. La chica reaparece al tiempo por mi puerta, por lo usual una vez se da cuenta de que he accedido a sus deseos, aunque ella no concibe que no lo he hecho porque fueran sus deseos sino por un mera falta de espacio, una cuestión física nada más, y esta vez se muestra amable, me dice algo del beso, me invita a cenar o me invita a que la invite a cenar. Yo, que no quiero traspasar la barrera que nos separa, que nos divide entre su pragmatismo del orden y mi dejadez permisiva para con lo que surge, yo, decido entablar una distancia, exponer la excusa y sonreír, no parecer en realidad despreciándola, porque sería una tontería decir sin más que no a una chica tan linda, sino dando a entender que hay algo que no se puede decir que me lo impide, que hay algo detrás de verdad que me impide llevar a cabo algo más real que ese beso. Y me despido como un caballero, le dejo una caricia en el hombro, cierro la puerta y acto seguido escucho cómo en la cocina las malditas tazas no paran de chismorrear. Una enorme bola de polvo se desliza pasillo abajo, retándome burlona. Algo habrá que hacer, digo yo. Y las tazas no paran de chismorrear.

Homenaje a Lot

domingo, 16 de marzo de 2008

Nadie sabía si ocurrió antes o después de que el vehículo impactara contra el camión y saliera de la carretera. Todos los ocupantes muertos, vaya por Dios. El inspector repasa los cadáveres, incrustados de forma macabra en el puzle en el que se había convertido el Seat. Qué puede haber sucedido, se pregunta el policía repasando los restos humanos deformados por el golpe. Se detiene a la altura de lo que era la puerta del conductor. Eso no es humano, se dice. Acerca su mano a aquella masa blanca que ocupa el asiento del conductor, toca con los dedos eso que parece formar un rostro y ve cómo el conjunto se derrumba en un montón de polvo blanco. Se aparta confuso, mira un tronco que sale por la ventanilla. Es como si fuera el brazo del conductor, parece. Agarrándose en última instancia al retrovisor. Mirando a través de él, fracasando. Definitivamente nadie debería dejar conducir a las estatuas de sal.

Márgenes

sábado, 15 de marzo de 2008

Desde que lo vi decidí mantenerme dentro de la circunscripción de la página, no sobrepasar sus fronteras hechas de márgenes, no ir más allá donde vive el hombre grande que bebe y llora y me mira cada poco con sus ojos graves desde el horizonte, desde los límites imprecisos donde acaba el texto y empieza su mundo. Cada vez que me acerco e intento escapar, rozo con los dedos el límite donde él coloca la última letra, noto que entonces es su mirada triste la que me obliga, la que me define y es como si todo fuera piel de gallina, cada maldita letra plasmada sobre el papel es parte de mí, un juego en el que sólo soy el intérprete y el hombre de gafas fuma y bebe y me ordena con sus ojos, me coloca, y yo, para qué negarlo, tengo miedo de fallarle, salirme del guión, de ser algo más que lo que él decida porque, en realidad, hay algo como de respeto, como de entendimiento, porque cuando miro desde el plano hacia el final, y veo sus manos torpemente pasar del vaso a la página y acariciando un cuchillo, me doy cuenta que de no somos tan diferentes, el hombre me ha hecho por necesidad, yo soy un fragmento de él dentro de una hoja. Tendremos que tener valor para acabar nuestras misiones, él usando el cuchillo y yo dando testimonio. Tendremos que dedicarnos a ello, comprendiendo que lo demás es irrelevante. Porque en realidad todo esto no es más que una nota de suicidio.

Cosas sin importancia

jueves, 13 de marzo de 2008

No me importa que no haya tiritas para las miradas.
No me importa si aquel beso de despedida fue sólo un trámite burocrático.
No me importan los aviones, los buses, los coches, los trenes, las maletas; no me importan todas esas cosas que quedarán entre nosotros.
No me importa que te vayas de mi lado si puedo ver cómo te alejas.
No me importa que te alejes porque eso significa que en algún momento hemos estado cerca.

Nihilismo

martes, 11 de marzo de 2008

Los muchachos se reunían en el bar por la tarde, sin que importase el tiempo o los quehaceres de cada uno, invariablemente día tras día, simplemente por inercia o por desidia. Al poco les servían las cervezas, y alguno de ellos encendía algún cigarrillo, siempre manteniendo un ritmo de conversación constante. Los temas eran profundamente triviales, a veces incluso rayando la chabacanería, pero era quizás su forma de confesarse, las oraciones hechas de chistes verdes y de insultos gratuitos, las opiniones infundadas. Si por algún azar el tema de conversación se tornaba en política se valían para despacharlo con los tópicos de siempre, evitando siempre cualquier análisis sustancial sobre la esencia de la política, repitiendo lo mismo que se puede leer en el periódico, cagándose en Dios si precisaba. Así sucedía con otros temas universales, si era acaso el amor acababan reduciéndolo a anécdotas sexuales, si era la muerte, preferían callar, dar un trago largo a la cerveza y seguidamente contar un chiste. Era un poco como si lo trascendental allí estuviese vedado, como si hubiera un pacto implícito entre ellos, pues todo se reducía a beber y reír y fumar, inundando todo de una banalidad tan solvente como una religión. Cierto es que a veces alguno infringía ese espacio, atravesaba sin miedo los confines exponiendo sus sentimientos y salpicaba a todos con un poco de sinceridad hostil. Las palabras sinceras eran como un ataque a los principios de la reunión, pero la herejía en seguida era aplastada por una burla, limitada a un chascarrillo sobre el sentimiento, y al infractor no le quedaba más remedio que aceptar su derrota con una carcajada o con una calada y un asentir con la cabeza envuelta en la nada. Todos evitaban del mismo modo volver a esos asuntos demasiado importantes en lo que restaba de reunión. Tras unas cuantas rondas se despedían repitiendo los mejores momentos del día, que si cuando X dijo lo del tío enculado, que si madre mía, qué mal, que si Q está mal de la cabeza. Un hasta mañana vulgar cerraba sesión a la puerta del local, y cada uno marchaba por su lado a sus respectivas casas, con la máscara de felicidad impuesta pero recordando al final, pese al alcohol ingerido, que había que depositar la careta en la mesilla de noche antes de dormir. Los muchachos eran así, qué le vamos a hacer.

Jornada de reflexión

sábado, 8 de marzo de 2008

El aire huele a azufre. Los periódicos están manchados de sangre. La gente se mira de reojo. Hay un minuto de silencio encerrado en cada sobre. Los sondeos de opinión arden por las esquinas. Las frases hechas se deshacen. En todas las emisoras de radio suena Wagner. Al final los que ganan son los buenos. Porque los que ganan deciden quiénes han sido los malos. Así ha sido siempre en todas las guerras. Y yo me encojo de hombros. Hasta mañana.

La grieta en el espejo

jueves, 6 de marzo de 2008

Es inútil buscar una grieta en el muro para meter los dedos y tirar a los lados con el único objeto de mirar, lo sé, pero cada vez que me lo encuentro de morros, como si no fuera yo hacia él, como si fuera el propio muro el que se erige sobre mí, separándome de la humanidad que me niego a aceptar en toda su aglomeración de sentimientos, entonces una vasta extensión de emociones me quema las pupilas, hasta que a veces sólo me apetece llorar por no ser capaz por mucho que lo intente y me choque contra la pared, rompiéndome y destrozándome, porque el muro es mucho más fuerte, es más real que yo, y la grieta es tan pequeña y yo me hago añicos y se me quedan los dedos colgando, y de tanto agrietarme sólo soy polvo y el muro se mantiene erecto. Y algunas veces, sólo pasa algunas veces, una fina brisa de aire introduce cada mota de mis restos a través de la grieta. Algo así como alcanzar el nirvana. Todo esto podrás comprobarlo cuando me veas, pero si no te fijas bien sólo verás a un hombre llorando delante del espejo.

Correos

miércoles, 5 de marzo de 2008

Lo realmente vital era escribir la carta. Enfrentarse al papel con el bolígrafo y desnudarse, dar la vuelta a la piel y exponer las tripas en lo posible, y dejar de lado el mensaje, que no obviarlo, sólo apartarlo para que resultase natural encontrar una frase que fuera todo jugo gástrico y una firma como un sangrado. A veces era necesario el tachado y la duda para seguidamente reafirmar la víscera. Durante el proceso me olvidaba de las necesidades, porque a la carta correspondían todas las cosas definitivas, porque en realidad puede que la carta fuera sólo una máscara que me imponía para poder ejecutarme delante de ti. La abstracción podía alcanzar cotas de absurdo, sobre todo en los momentos en que nosotros ni siquiera existíamos a los lados del folio, cuando sólo había una carta colgando en el medio de un cuarto a oscuras. La paradoja se completaba en el momento en que precisamente por la única existencia de la carta todo aquello me era más necesario, más urgente, como si no hiciera falta un remitente ni mucho menos un destinatario para que tuviera sentido. Y era la carta y no era yo la que se escribía a sí misma, definiendo las líneas y los márgenes y a veces la sangría. Al tiempo acabó todo, no sin antes cerrar los ojos, firmar y después sentirme como tras haber eyaculado algo prohibido. Lo que ocurrió después sólo fue consecuencia de la inercia: el sobre y el sello, plasmar la dirección anodina y buscar un buzón donde abandonar la mejor obra que haya escrito nunca. Correos hizo el resto, ya sabes.

Matando el tiempo

martes, 4 de marzo de 2008

Esto no es por la distancia, aunque la distancia sea todo.
No es por los fragmentos de pasado que me saco del pecho, aunque sean como astillas clavadas de algo más viejo que nosotros. Algo como Dios desgajado en pequeñas bolsitas de té.
No es por lo que sucederá, aunque sea inevitable.
No es porque te eche de menos, aunque sea la excusa perfecta de cualquier acto.
No es porque la noche me haya invadido sin previo aviso, a pesar de que en el fondo me guste.
No es que no sepa qué escribir, aunque me pase tan a menudo.
Esto lo he escrito por perder mi tiempo y el tuyo. Porque no es ninguna reflexión profunda, aunque pretenda serlo.

Transacción

domingo, 2 de marzo de 2008

Me muevo como un animal herido. Mis ojos no pueden deternerse, inmersos en un balanceo acompasado con el rítmico caer de párpados. No sé si es porque estoy borracho o es que ya he perdido mucha sangre. Estoy tan débil que sólo puedo caer. Entonces la calle se llena de monstruos a mi alrededor. No nos dejes, dicen una y otra vez. También dicen mi nombre. Puede que la siguiente caída de párpados sea la última. Podía haber sido tan sólo una noche más. Pero apareció aquel hombre. Y fue la cartera a cambio de una puñalada. No hubo más transacción que esa. Y ahora con los ojos cerrados sólo hay ruido. En medio aparece un sonido de terror. Me parece que las sirenas llegan demasiado tarde. ¡Ja! Por lo menos seré un titular en la sección de sucesos. Otros no pasan de la esquela. Dejen paso, se escucha. Dejen paso. Y después los monstruos callan para siempre.

Receta para una casualidad

sábado, 1 de marzo de 2008

Coja una pizca de casualidad y póngala a fuego lento. El tiempo de cocción varía mucho de unas ocasiones a otras. Algunas veces tendrá que esperar meses o incluso años hasta que la casualidad esté lista para ser consumida. Lo más importante es que sea paciente. Una vez hecha podrá sacarla del fuego. Observe cómo dentro de la casualidad afloran ahora múltiples opciones de distintos colores. Las opciones que aparezcan dependerán del tipo de casualidad que surja. Así, por ejemplo, una casualidad del tipo encuentro-fortuito-nocturno presentará, por norma general, las siguientes opciones: sexo de una noche (color rojo), relación sentimental seria (color verde), charla amistosa (color azul), desencuentro final (color negro) y crimen pasional (rojo burdeos, color vino). Observe las opciones un tiempo y sopese cuál le resulta más apetecible. Esta decisión es importante que se haga lo más pronto posible, puesto que la casualidad una vez está madura tarda muy poco tiempo en caducar. Por tanto es recomendable que mientras esté cocinando una casualidad no baje nunca la guardia, por mucho que tarde en aparecer, puesto que en cuento esté lista se verá en la vicisitud de elegir cuanto antes una opción dentro de la misma o, en caso de que no lo haga, perderá dichas oportunidades para siempre. Guíese por sus preferencias en ese momento y elija una opción. Tenga en cuenta que rara vez podrá cocinar más de una opción, ya que, en cuanto separe su opción electa, el resto del conjunto de la casualidad tenderá a la putrefacción inmediata. Separe pues la opción que desee y sírvala con una salsa adecuada al sabor. Por ejemplo, las opciones románticas tienen un excelente maridaje con salsas de tonalidades dulces. Una vez servida, consúmala sin moderación. Las otras opciones desechadas deberán ser olvidadas cuanto antes para evitar remordimientos y demás sensaciones sin mayor utilidad que la autoflagelación. Por último, sólo nos queda recomendarle ser consecuente con sus elecciones y desearle que, haga lo que haga, sea feliz.

 
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