Viejos amigos

sábado, 31 de mayo de 2008

Otra vez, después de tanto tiempo, llama a la puerta. Debía estar harto de que le ignorase y decidió finalmente salir de su agujero para buscar la superficie, donde en el fondo nunca se ha sentido muy cómodo, con el único objetivo de enfrentarse a mí. Abro la puerta y ahí está él, fumando con desidia, echándome el humo a la cara. No digo nada. No tengo nada que decirle. Ni siquiera tengo una excusa. Él me habla de cosas terribles y pantanosas. Sin siquiera atravesar el marco de la puerta ya me ha vencido. Otra vez. Siempre que aparece me gana. Sólo tiene que recordarme que no soy un ejemplo a seguir o señalar la habitación a mis espaldas, mostrarme la cara más amarga de mi refugio, describiéndolo sin piedad: aire y suciedad, no hay nada más que te haga compañía. Replico a duras penas, lagrimeando vergonzoso me defiendo y le digo que todavía me queda el futuro, que eso que señala sólo es el pasado. Él levanta una ceja y se ríe con esa risa tan irritante y nasal que tiene, me dice: de qué coño hablas, si el único plan de futuro que tienes es morir. Y ya no puedo decir nada más, tiene razón, así que cedo, le dejo entrar en el cuarto, le permito usar mi ropa, dormir en mi cama, escuchar mi música, beber mi café, fumar mis cigarrillos, controlar mi cuerpo, mi vida, y él se pone cómodo, dictatorial, dice algo sobre que me sobran mocos y lágrimas y me tira un paquete de pañuelos. Al menos sabe lo que necesito.

La muerte de Aldous Huxley

viernes, 30 de mayo de 2008

Esto pasó allá por la década de los 60. El día que se puso el caleidoscopio al revés cambiaron unas cuantas cosas. Por ejemplo, hacer la colada ya no era lo mismo, moviendo bloques simétricos de colores vivos en lugar de ropa, llevándolos de la lavadora a la cuerda de tender, la cual se doblaba sobre sí misma en un punto medio perfecto. Salir a la calle se convirtió en un peligro, con edificios gigantes y coloristas que se volcaban uno sobre otro, desapareciendo en el límite exacto de nuestras cabezas. Ya no llovía, no hacía sol, nada de fenómenos meteorológicos, sólo había unas estrellas verdes que giraban y chocaban y cambiaban a rojo, a rombos, a formas geométricas reinventadas. La música también se vio afectada, dejó de oirse para pasar a ser vista, produciendo avalanchas visuales cada vez que dos radios se encontraban próximas y la gente moría aplastada por solos de guitarra y por coros de iglesia. Algunas personas pasaron a ser también geometría y rodaban con sus ángulos por las aceras, atropellando peatones que se resistían al cambio y desaparecían en el punto en que se cruzan los espejos y las lentes.
La situación poco a poco se volvió insostenible y el Gobierno activó el plan de emergencia, mientras sus ministros saltaban de una losa triangular a otra cuadrada, con miedo a caer al vacío de luz cristalina que se abría entre las figuras cambiantes. Decidieron en última instancia repartir LSD entre la población. Y bueno, se puede decir que funcionó, todas las cosas volvieron a ser grises y regresó la tiranía de la gravedad, la separación de los sentidos, la ropa colgando de los hombros y ajustada a las cinturas, volvió el dolor y la risa, la lluvia y a veces, pero sólo a veces, el sol. Al parecer sólo había sido un problema de percepción. Yo no estaba tan seguro de aquello. Miré por la ventana. Sonreí. Definitivamente no estaba todo perdido. Sobre la ciudad se había dibujado un inmenso arcoiris espumoso.

Final del cuento

jueves, 29 de mayo de 2008

Fue en un hotel. A ella le gustaban los hoteles, tan poco semejantes a un verdadero hogar: sin portafotos recordando tiempos mejores, sin compañía más allá del servicio de habitaciones, sin familia a la que rendir cuentas. Decía que los hoteles eran un verdadero exilio. ¿Pero exilio de qué? Nadie supo los motivos, sólo había una larga epístola en la mesilla de noche, posada como por azar en medio del desastre del cuarto (sábanas en el suelo, libros pintarrajeados y abandonados en los rincones, un pintalabios carmín tirado en medio de la moqueta, la silla correctamente tumbada por debajo de sus pies, colgando inertes como pupas de mariposa), un desastre tan silencioso y quieto que parecía la fotografía de una revolución. La carta la firmaba un tal Humbert. Probablemente un pseudónimo bien conocido en la intimidad.

Puede que te sorprendas al ser descubierta, como si esta carta fuera un periscopio que emerge en medio de tu cuarto. He de reconocer que no fue fácil encontrar tu dirección, con esa manía tuya de vagar de hotel en hotel, tantas llamadas he gastado sólo para poder enviarte esto. Sigues siendo esquiva. Quizás por eso siempre te he buscado.

El juez llegó tres días después, cuando se suponía que debía abandonar el hotel, poco después de que se encontrara la escena la inocente Gloria, la de la limpieza, la cual, gritos aparte, no supo por dónde empezar a limpiar. El juez entró al cuarto, ojeras, cafeína, desdén. Ya casi no se ven ahorcados, eso fue todo lo que dijo. Seguidamente se procedió al levantamiento del cadáver y se rompió el cuadro, se vació, y todo se volvió mediocre y rancio.

(...) y tantas noches he pensado detrás de la copa vacía en ello, en ti. Sólo tenía tu foto y tu sobrenombre: Amapola, me dijiste, y ahora pienso en el opio y en los sueños, en si fuiste sólo un sueño, en qué fui yo para ti. Ahora pienso en estupideces de esas que tanto odiabas. En fin, la búsqueda no fue fácil pero encontré tu nombre "real".

Sobrevino al día siguiente un entierro vulgar. Un familiar que apenas la conocía apareció por el cementerio. Siempre fue la rara de la familia, nunca supimos qué fue de ella, comentó. Hasta ahora, ya ves. Y se rascaba la cabeza como que estaba incómodo, como si realmente aquella mujer no representara para él nada más que un compromiso en la agenda. Y qué era si no.

(...) No te lleves a engaños. No pienso buscarte, darte un ramo de flores (de amapolas, serían amapolas si lo hiciera) y suplicarte que cambies tu huida por mí. Tómate esta carta como una replica a aquella nota que me dejaste clavada en tu lugar. Aquella nota que decía: gracias. Compréndeme, yo también quería despedirme.

Fue en un hotel. Con una soga.

(...) Te fuiste pero aún estás aquí, conmigo. Por muchos hoteles que escojas. Puede que exagere, pero para mí fuiste la mujer de mi vida.
Quién me iba a decir que la mujer de mi vida sólo me duraría un fin de semana.

En la lápida quedó grabado lo que ella pedía en el testamento. Hogar, dulce hogar.

Boceto para un viaje a solas

viernes, 23 de mayo de 2008

Una maleta prácticamente vacía será suficiente. De nuevo la necesidad de huida.
Hacer ganchillo con las palabras para que parezca que no es un final definitivo. Para que nadie te eche de menos mañana. A veces es más fácil callar.
Un paquete de cigarrillos en las últimas. Volverás, sí. Pero no serás nunca el mismo. Más viejo, más feo, más derrotado. Podrás echarle la culpa al tiempo. Todo el mundo acaba haciéndolo. Como si fuera la única razón de la decadencia.
En el andén no hay nadie que se despida de ti. Así es más fácil, evitando la sensación del chicle que se despega de la suela, evitando cualquier suela.
Auriculares, música. Bob Dylan gritando en tus orejas. Una canción grabada hace 33 años sobrevive para poner banda sonora a tu éxodo.
El milagro de la inmortalidad.
Porque sobrevivir es recordar. Y claro, olvidar es asesinar.
Según avanza el tren sientes cómo un montón de cuchillos se clavan en tu espalda.

Ariadna

jueves, 22 de mayo de 2008

Una vez me enamoré de una chica que no existía.
Llegado el día me pidió un favor. Asentí.
Maté al Minotauro por ella. Pero se le olvidó darme un ovillo para salir del laberinto.
Supongo que lo nuestro era imposible.

Encuentro con Lucas Brezo

miércoles, 21 de mayo de 2008

María Fortuna, Redacción Madrid.
Lucas Brezo lo tenía casi todo planeado. Sólo le quedaba por pulir algunos detalles. "El nombre, por ejemplo. No podía llamarlo Escuela de Suicidas, habría sido un fracaso publicitario. Es como si llamas a una clínica abortista Descuartizadora de Fetos." Así que decidió optar por un toque bíblico. Fundación Judas. "Judas es un personaje maltratado por la cultura occidental, pero era un tipo hecho y derecho. Se dio cuenta de que se había equivocado y no dudó en suicidarse." Lucas Brezo, 50 años recién cumplidos, miembro fundador de la Fundación Judas y pionero en España en los comúnmente llamados colegios suicidas, viste una bata granate sobre un pijama de rayas. Su aspecto recuerda a Hugh Hefner, el famoso dueño de Playboy. Nos recibe cordialmente en su domicilio en el barrio madrileño de Chueca y nos ofrece una taza de café. "No soy ningún monstruo. Ofrezco a la gente lo que demanda: a veces es un suicidio elegante, otras veces una simple taza de café", dice mientras nos guiña un ojo cómplice. ¿Cómo surgió la idea de enseñar a la gente a suicidarse? "Me di cuenta de que la enseñanza actual se centraba exclusivamente en adoctrinar a las personas desde jóvenes para que obtuvieran el éxito en vida. Esa idea funciona hasta que se fracasa. En ese momento, cuando consideras que la vida no da para más, te das cuenta de que nadie te ha explicado cómo conseguir una muerte exitosa." Acto seguido explica en qué consisten las clases de la Fundación Judas. "Hay formas muy burdas de dejar este mundo. Incluso yo diría que tediosas. En mi Fundación explicamos desde cómo hacer una nota de despedida bien hecha hasta diversas técnicas de suicidio en función de los gustos del cliente: sin dolor, con dolor, espectaculares, silenciosas... y todas ellas con una tasa de éxitos de entorno al 98%." ¿Algún ejemplo de muerte exitosa? "Piense en Jimi Hendrix, probablemente el mejor guitarrista de la historia, muriendo ahogado en su propio vómito. Eso es sencillamente patético. Un tipo así debería haber muerto de otra forma. Para las estrellas famosas tenemos ciertas técnicas reservadas. Pero eso es muy, muy secreto. Si se lo cuento ahora cuando se suicide cierta persona no será una noticia bomba." ¿Qué opina de las críticas que la Fundación Judas ha recibido por parte de la Iglesia? "Que llegan tarde. La Iglesia siempre llega tarde a todo."
Nos disponemos a despedirnos, no sin antes preguntar algo muy personal: ¿ha llegado Lucas Brezo a pensar en el suicidio? "Por favor, señorita, si todavía estoy en la flor de la vida", dice antes de echarse a reír. Añade jocoso: "Pueden considerarme un hipócrita, pero ante todo soy un hombre de negocios". No nos cabe la menor duda.

Pandora

lunes, 19 de mayo de 2008

Confía en el silencio.

Eso me dijo. Confía en el silencio. Mientras ponía su dedo índice sobre mis labios. Pero algo incrustado en mi cuello luchaba por salir. Asentí poco convencido, apretando mis labios contra su dedo, haciendo terribles esfuerzos por evitar que aquello saliese a la luz, aquello que apretaba mis cuerdas vocales y se manifestaba como un murmullo sordo que se propagaba desde la tráquea hasta su mano, hasta su cuerpo, hasta el aire del cuarto en el que estábamos frente a frente. Lo tenía encerrado pero se bastaba para invadir todo, impregnándolo de su zumbido siniestro, trepaba por mi garganta, llegaba hasta la lengua, se deslizaba por ella y arrastraba a los dientes en su danza, les hacía castañear como un invierno moscovita. La saliva entraba a formar parte del juego, surgía a borbotones, se deslizaba imposible de contener a través del sonido que escapaba por entre los labios, desbordaba los límites en una catarata que goteaba mentón abajo. Ella se decidió, apretó sus manos contra mi boca, una encima de otra, todo su cuerpo volcado sobre los labios que ya sangraban de tanta presión, se acercó a mis oídos y me dijo que fuera fuerte, que podía aprender a contenerlo, a contenerme. Pero no fue así. Reventé. Sapos y culebras, el silencio roto. Olía a azufre. Los dos lo entendimos en ese momento: algo había cambiado. Y olía tanto a azufre.

Disconforme

domingo, 18 de mayo de 2008

Recapitulemos.
De mayor querías ser pequeño. De pequeño querías ser mayor.
Luego te diste cuenta de que el tamaño no importaba.

Conversación interior

sábado, 17 de mayo de 2008

–¿Se puede saber qué hiciste anoche?
–Nada nuevo, qué iba a hacer si no.
–Así no solucionas ningún problema.
–Puedo dejar de beber.
–Me parece estupendo que te plantees esa posibilidad.
–No es una posibilidad, es una amenaza.

Un suspiro mediocre

viernes, 16 de mayo de 2008

Es extraño que hablen sobre ti a pesar de saber que estás escuchando, piensa Alberto Berjón García mientras fuma un Winston. Podría ser considerado como desprecio o como respeto. ¿Pero qué clase de respeto te ignora? El caso es que no pudo decir nada, atónito ante discusiones que le incumbían y que a la vez le excluían, como si él fuera sólo una excusa para sacar los dientes, como si él fuera algo ajeno al cruce de balas. Es cierto que estuvo a punto de abrir la boca, quizás la abrió en verdad como quien se dispone a gritar y se contiene en el último momento para dejar escapar sólo un suspiro mediocre, imperceptible por los que están afanados en la guerra dialéctica. Quizás lo mejor habría sido entrar a formar parte activa de la discusión, pero una expectación voyeur intrínseca le animó a la pasividad, a ver cómo especulaban sobre cosas que ellos no sentían, ver que sólo se aproximaban e interpretaban, como los curas cuando hablan de cosas que nunca han visto. Alberto no pudo aguantarlo mucho tiempo, así que se fue recordando por qué ya no iba a misa. Porque odiaba ser sólo una tercera persona del singular más.

Celibato

miércoles, 14 de mayo de 2008

Iba a escribir una novela, una gran novela. Pero he decidido mirar las hojas en blanco y esperar a que el papel amarillee. Me veo capacitado para conseguirlo. No será fácil aunque a priori así lo parezca. Supondrá todo un trabajo de contención, con los bolígrafos impacientes por plasmar aunque sólo sea un mísero garabato, teniendo que evitar la tentación de dejar nacer la mínima frase, convirtiendo mi cerebro en un útero improvisado lleno de fetos muertos. Pero a base de fuerza de voluntad y de espera el papel será como yo. Y viceversa. Pasará el tiempo y ambos envejeceremos muy quietos, pasaremos a ser unos ancianos silenciosos y pétreos, como dos árboles fosilizados en medio del cuarto. Puede que antes de morir vaya al editor. Con el taco de folios vírgenes y amarillos en la mano. Le diré que ese montón de papel baldío es la novela de mi vida. Lo más probable es que se niegue a editarlo por miedo a las pérdidas económicas. No hay que olvidar que el negocio editorial es sólo un negocio. ¿Quién iba a querer pagar por un montón de papeles encuadernados sin texto alguno? Puede que alguien lo suficientemente perezoso como para negarse a leer páginas escritas, bromearé yo. En fin, volveré a casa con mi obra. Juntos esperaremos la muerte (ella encima de la mesa, yo contemplándola desde una silla) con la desesperación adecuada. Sin aspavientos. Sin saber hacer nada más que estar callados. Será cosa de la costumbre.

Equivocaciones

martes, 13 de mayo de 2008

Será que tenía nostalgia de tus labios, de todos tus labios. Y que la realidad se antojaba demasiado espesa, como un coágulo de deseos frustrados en el que me estaba asfixiando. Será que no supe advertir las señales de prohibido el paso o, más bien, que no quise verlas. Será que buscaba un final feliz a base de chocar contra lo imposible. A base de chocar contra ti.
Debiste habértelo tomado como una despedida. Porque ya no cometeré más equivocaciones.

El fútbol es así

viernes, 9 de mayo de 2008

Por alguna extraña razón sentirás un inmenso placer desgastando la palma de tu mano contra el claxon de tu coche mientras recorres la Castellana en dirección a Cibeles. Como un mono más del ritual. O puede que tengas un cabreo monumental porque no has ganado, o bueno, mejor dicho porque un montón de tíos uniformados no han cumplido con su trabajo, por el que cobran una pasta que tus ojos jamás verán. Porque puedes olvidar todo lo que realmente importa por creer que un equipo de fútbol, una empresa más en el mercado del entretenimiento mundial, te representa. Un montón de señores trajeados que te venden sus productos manufacturados en el Tercer Mundo para que suplantes tu identidad bajo un montón de bufandas, camisetas, balones y banderitas de colores homogéneos, y acabes por distorsionar tu perspectiva de la gente hasta que sólo sepas clasificar en base a los colores que llevan, como si estuvieras en clase de diversificación, por decir un eufemismo. Y así no tendrás una familia, no serán amigos, sino un montón de cuerpos coloreados: verdiblancos, azulgranas, rojiblancos... Simplificarías todo hasta el punto de que ir a gritar gilipolleces con tus amigos, disfrazados todos con los mismos colores, te hará sentir mejor, mientras viajas por la Castellana atronando la noche con la bocina de tu coche, siguiendo un ritmo digno de primero de preescolar: pi-pi-pipipí. Sí, serás feliz por un momento. Otros serán tristes por un momento. Pero todos seréis patéticos.

Saber beber

martes, 6 de mayo de 2008

Me gustaría saber beber.
Me gustaría que el alcohol fuera la calma y el orden. Mi calma y mi orden.
Me gustaría beber como en las películas. En blanco y negro, mientras suena una canción triste.
Me gustaría saber beber de tal forma que pudiera soportarlo todo.
Pero siempre que lo intento acabo estrellándome. Contra ti o contra tu recuerdo. Todavía no sé distinguirlo.

Máquinas expendedoras

lunes, 5 de mayo de 2008

Primero dejas de hablar con tus padres. Al fin y al cabo lo único que hicieron por ti fue follar y darte de comer. Su querido parásito, gracias. La gente debe pensar que tener hijos es como sacar tabaco de la máquina: metes una cosa y sale otra. Después se dan cuenta de que al niño no te lo puedes fumar. Y tú, pobre infante, te das cuenta de que tus padres no te quieren fumar. Es como si todo el mundo llegara a la conclusión de que estaban equivocados. Y se encogen de hombros y lo aceptan. Como si fuera normal, como si fuera un trato justo. Semen a cambio de niños. Primero dejas de hablar con tus padres. Después alguien se queda embarazado. Bienvenidos al ciclo de la vida.

Nota del autor

sábado, 3 de mayo de 2008

Seguramente habrán podido comprobar que la calidad de lo escrito ha ido en claro descenso. No quiero que se lleven a engaños. El deterioro de mi prosa no es sólo una cuestión de falta de inspiración o de crisis creativa. Si eso fuera así simplificaría mucho las cosas. Después de una crisis siempre suele haber una especie de resurrección, una erupción de palabras nuevas que derriban y se asientan sobre las obras previas, las aplastan como lo que son, seres inferiores que jamás debieron existir, malformaciones ominosas, pretensiones vacuas, etcétera, y las reducen hasta convertirlas en polvo y malos recuerdos. Pero eso no es exactamente lo que le ocurre a mi prosa. Esto no es una simple crisis. Mi prosa tiene una enfermedad degenerativa. Los críticos literarios me han dicho que es incurable. Me han ofrecido una serie de tratamientos paliativos: talleres de escritura, libros de autoayuda, apoyo psicológico. He rechazado todo por considerarlo un insulto, les he dicho que eso no es más que un fraude, que no quiero sentirme mejor a pesar de mi tara incurable, que si es lo que tiene que suceder no quiero ver cómo se pudren mis páginas y no sentir nada, que deseo el dolor que me une a la decadencia inevitable que me espera. Seguidamente me levanté y me fui dando un portazo. Comprenderán por tanto que ahora, con el diagnóstico sobre la mesa, me haya visto en la obligación de escribir esto a título informativo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que lo que escriba sea sólo un balbuceo de lo que fue. Algo así como hablar con la lengua fuera de la boca.

Magnetismo

viernes, 2 de mayo de 2008

Hice todo lo posible por cerrar los ojos. Incluso probé a desviar la mirada. Pero ahí estabas tú. Como un imán imposible destruyendo todo resquicio de voluntad. Una dictadura que nacía desde tu cuerpo negándome todo lo demás, las paredes, el suelo, el techo, las motas de polvo que nos envuelven y descubrimos cuando entra el sol implacable de la mañana por la ventana. Conseguiste abolir el entorno, aunque esa no fuera tu pretensión, dejándome ahí, expectante, como un Bécquer tuberculoso y consumido, forzándome a hacer de ti una última metáfora empalagosa, porque en estas circunstancias tú eras el mundo y el mundo era todo, y todas esas cosas ñoñas que no me atrevo a decir en voz alta. Y no fue un deseo, fue real, lo sé, aunque tú no notaras nada y no hicieras lo que yo esperaba, aunque no te dieras cuenta del hipnotismo del momento, aunque no te levantaste a cámara lenta, aproximándote como una avalancha de todas las cosas, para después sólo decirme algo, para que después yo dijera alguna imbecilidad sobre la luna, y tú me la negarías sin decir nada, porque la luna no existe si estás tú ahí, porque no hace falta que exista nada más si estás ahí. Y yo no pude cerrar los ojos.

 
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