Cajones

lunes, 29 de septiembre de 2008

Por fin he ordenado todo: la ropa en el armario, la televisión en la sala de estar, la comida en la nevera, el sexo en la cama, el dinero en el banco, la muerte en el cementerio, el arte en los museos, Dios en las iglesias, la música en los oídos, tu piel en mis recuerdos, mi vida en una maleta. Me parece que tendré que sacar la ropa del armario.

Teoría del Big Bang

viernes, 26 de septiembre de 2008

Para escribir (escribir bien, se entiende) hay que meter la pala excavadora entre las páginas de los clásicos, hundirla hasta las raíces y revolver sus entrañas, sacar a la superficie las palabras y devorarlas con ahínco, empacharse de clásicos, dejarse intoxicar por Tolstói, Kafka, Hemingway, o el que sea, hay que llenar el estómago hasta provocar una arcada, dos, las necesarias hasta que llegue el vómito, hasta que salga el vómito contra el folio en blanco, vomitar y mancharse las gafas, para que, en fin, haya que quitarse las gafas en ese momento, porque para escribir también hay que ser miope, hay que ver todo con ojos de miope, acercándose a las cosas limítrofes, no ya por deseo, sino por necesidad, acercarse hasta tocar con la nariz la piel de aquello que es observado, manteniendo una relación con el mundo de aproximación constante: para el miope la lejanía no existe, sólo es un borrón, sólo existe lo que vive a pocos centímetros de la cara, lo que se explora enviando toda la artillería del cuerpo, la boca, los sentidos, y de este modo hay que acercarse también a nuestro vómito clásico, frotar el rostro contra él para comprobar que existe, arañarlo, golpearlo, desfigurarlo al extremo, y después emborracharse, perderlo todo, recuperarlo y volverlo a perder, sentir el fracaso, vivir el fracaso y finalmente suicidarse, abandonarlo todo: vamos, que para escribir bien lo único que hay que hacer es dejar un puto testamento. Como este.

Clase de economía

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuando un autobús atropella a una persona la tragedia no es tanto la muerte de un ser humano, sino la pérdida de un cliente potencial.

Vasos rotos

martes, 23 de septiembre de 2008

Me asomé al pozo de mi vida
y sólo había cristales rotos,
humo
y mal olor.
Acto seguido
me puse enfermo
y puede que bebiera algo de más.
Y quise mostrárselo a los demás,
pero no supe cómo hacerlo, cómo
desnudarse hasta la náusea,
cómo llegar al otro lado,
donde hay algo detrás de los huesos,
algo que los curas llaman alma
y entonces se les llena la boca de alma,
resbala por las comisuras
y ahí no está Dios, es otra cosa,
es un vacío que va de un lugar a otro
como las opiniones,
y la gente opina sangrando por la boca
en este bar que ya no es,
porque hace tiempo que nos hemos bebido la metafísica
hasta agotarla
hasta dejarnos el paladar amargo
en espera de una nueva resaca.

Crisis económica

jueves, 18 de septiembre de 2008

La realidad, esa realidad que nosotros conocemos, o más bien que fingimos conocer, ese monstruo lleno de formas y colores que se tambalea ante nuestros ojos, que nos dice: estúdiame, la realidad que nos penetra, nos invade y nos acogota y nos obliga a zambullirnos entre sus pliegues, la realidad, digo, parte de una insensatez. Y la insensatez empieza por llamar a eso realidad, no tanto por el nombre, por crear un nombre que empieza por r y acaba por d (una arbitrariedad histórica, al fin y al cabo), sino por su semántica, su matiz: su forma dictatorial de acotar y fijar, de imponer unos términos fuera de los cuales no existe nada, un concepto por el cual todo deja de ser turbio, se presenta como aprehensible y fácil de opinar, es real, es la realidad, y después no hay nada más que decir. Y nosotros como idiotas lo aceptamos, abrazamos la realidad, le metemos mano a la realidad, decimos que las cosas son así y que no hay otra manera mientras nos regocijamos viendo nuestros dedos húmedos. Cogemos lo que percibimos y lo ajustamos a lo anterior, lo clasificamos, le ponemos una etiqueta, un precio, y somos sinceros cuando afirmamos decididos las características del producto, creemos en el producto, vendemos y compramos el producto, creemos en la propiedad privada, en el dinero, en la bolsa, en Dios, o en su equivalente ateo, creemos en esta realidad que no es más nuestra gran obra de ficción, nos posicionamos dentro de ella y levantamos nuestras banderas, gritamos contra el enemigo creado, le vejamos, le incitamos a que nos grite él a nosotros, y decimos que las cosas tienen que ser así, creemos en la realidad con fe ciega, creemos en ella hasta cuando empieza a deshincharse, hasta cuando no es más que un zepelín ardiendo sobre nuestras cabezas, cayendo sobre nuestros edificios, llenándonos la boca de palabras feas como recesión, hipoteca, crédito: palabras inventadas, significados inventados, el paraíso que todos esperábamos. Amén.

Diabetes mellitus

martes, 16 de septiembre de 2008

Nunca olvido a quien he dicho: te quiero. Porque cuando yo digo te quiero lo hago como Bob Dylan cantando I want you, desgarrándome la garganta. Me hago sangre si hace falta.
Cuando digo te quiero lo he meditado previamente. No como aquellos que reparten su amor de baratillo, que lo regalan como si el amor fuera sólo máscara, carrocería, chapa y pintura. Lo único que consiguen así es que, con cada te quiero malgastado, el mercado del cariño se devalúe, que entre en quiebra: todo el mundo accede a él sin esfuerzo y las palabras acaban perdiendo su significado.
Pero en mi caso, como comentaba, es diferente, porque ha sido algo meditado. Mi te quiero es una sentencia irrevocable. Nadie puede ponerlo en duda, es una reflexión sincera. Cuando digo te quiero es bonito y es cruel, es crudo y da miedo.
En ese momento algo tiembla, algo chirría, algo asombra. Algo existe.
Te quiero. Suena como un error definitivo. Como la mejor de las equivocaciones.

Cita a ciegas

viernes, 12 de septiembre de 2008

Esta vez podríamos quedar. Yo cogeré un tren que pasará por tu ciudad. Tú irás al andén, a un andén previamente elegido, un andén cualquiera. El tren parará en tu ciudad, y yo no bajaré. Así será, no más fácil, pero sí más adecuado. Estaremos separados en el mismo lugar. Así ha sido siempre entre nosotros, como aquellos días en los que me valía simplemente con contemplar cómo tus labios dibujaban las palabras, cómo se formaban las vocales con las dos cuerdas rosadas de tu boca para, después, dejarlas escapar entre tus dientes. Así ha sido siempre, a pesar de que estuviéramos demasiado cerca como para vernos bien, a pesar del aliento compartido o del sudor de los cuerpos. Por tanto, qué nos va a importar que una vez más sea de esta manera, y aún así esta vez tendríamos excusa, tendríamos de por medio hierros, cristal, aire y hueco, espacios separados, la confianza de que el otro está en el otro lado. Esta vez la separación sería real, los dos lo comprenderíamos y sin embargo no nos importaría, tendríamos el pulso acelerado pensando qué pasaría si uno de los dos rompe las reglas de nuestra cita, si decide saltarse la barrera y, por ejemplo, tú entrases en el tren gritando mi nombre o, por el contrario, yo saltase al andén mirando enloquecido a todos lados, a ningún lado. Pero, a quién quiero engañar, no sucederá nada de esto. Porque tengo la sensación de que ya no lees lo que escribo. Porque ya ni siquiera lo leo yo.

 
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