De distancias y mitos

sábado, 27 de diciembre de 2008

Hay una distancia insalvable entre el autor y la obra, una barrera difícil de traspasar, el límite entre que me guste lo escrito y que me guste el que lo escribe, hay un acercamiento imposible una vez se descubre que todo el arsenal de palabras es una cáscara, una coraza, un disfraz y que el hombre que hay detrás no es más que un tipo pálido que toma café y fuma, que por mucho que se pele la monda literaria y se quiera buscar el estereotipo truculento, el genio y la figura, la vida tormentosa, no hay nada que no sea vulgar y trivial. Del choque entre el afán del lector, esa idealización del escritor, y la cruda realidad, surge el desengaño, y entonces todo es como ver un cuerpo desnudo en medio de un cementerio, y hace un frío glacial y el lector y el escritor se miran a los ojos porque no se atreven a mirar al suelo: hacerlo supondría comprobar con espanto que están todas las frases muertas, no tienen pulso, que el muro de sintaxis que les separaba ha caído y que ahora sólo quedan dos seres humanos enfrentados en silencio, para después ver abrir los puestos comerciales donde venden trocitos del muro a un euro, trozos de miseria a precio de miseria, y el lector se acerca consternado y compra un adjetivo derrotista: dame un "fracasado", dice, y lo coge entre las manos y lo lee y no significa nada. Como si pidiera una explicación, mira al escritor. El escritor, cabizbajo, fuma en silencio y se encoge de hombros. No tiene la culpa. Nadie tiene la culpa.

Correo certificado

domingo, 21 de diciembre de 2008

Hola, amigo/a.
Le agradecemos que haya depositado su confianza en nuestro producto Reencarnatio XL y le garantizamos la calidad de su compra. Si tiene cualquier duda sobre este u otros productos de nuestra tienda puede contactar con nuestro teléfono de atención al cliente.

En este paquete que le hemos mandado y que contiene estas instrucciones encontrará todo lo necesario para lograr su objetivo. Para empezar, solicite otra vida rellenando el formulario del sobre, indicando claramente qué especie quiere ser en su nueva vida. Desde nuestra experiencia personal le recomendamos que si no desea volver a ser un ser humano se decante por una especie del reino animal. Hemos encontrado algunos problemas a la hora de reencarnar en protozoos y hongos. Rellene TODOS los campos. Si deja algo en blanco quedará a nuestra elección. Una vez haya completado el formulario, métalo en el sobre y reenvíelo a nuestra dirección (gastos de envío incluídos).

Seguidamente destruya estas instrucciones y el resto de contenidos del paquete (excepto el bote de comprimidos). No basta con dejarlo en la basura, tiene que asegurarse de que nadie podrá encontrar el contenido de este envío una vez hayamos procedido a realizar la reencarnación. El motivo es que no podemos arriesgarnos a que alguien, ni siquiera la policía, investigue quién es usted en su nueva vida, por razones de confidencialidad. Desde aquí le queremos garantizar la máxima confidencialidad en todo este proceso, pero para ello usted debe aportar su granito de arena.

Una vez haya enviado su formulario y haya destruido todas las pruebas podrá comenzar su reencarnación. Para ello coja la medicación adjunta e ingiera TODOS los comprimidos. Es importante que se tome todas las pastillas para que la dosis sea eficaz y pueda reencarnarse. No se preocupe por los efectos secundarios de nuestras pastillas. No sentirá el más mínimo dolor, sólo un suave sueño. Déjese llevar por él y... ¡listo! Sonría y disfrute de su nueva vida.

IMPORTANTE: No hable a nadie de su Reencarnatio XL para que el proceso se lleve a cabo con la máxima frescura. Feliz vida nueva.

Llover en Madrid

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Te he visto llover en Madrid, en el pasado, mientras una mano (¿mía o tuya?) me agarraba e impedía que me cayera en este acantilado donde me he quedado, Madrid, y también a ratos has hecho buen tiempo, a tiempo y a destiempo, porque los días de depresión no apetece tomar el sol. Son esos días que preferimos, que prefieres, llevarme mi contraria y en los que no nos atrevemos a hablar. Y entonces lo único es tu nombre y el mío, es Madrid, es mi reflejo en un espejo, muerto como un recuerdo, y en ese silencio de nombres yo me viajo por nuestras calles con tu ausencia, que es un charco que he pisado tantas veces. Por eso llamé para ver si se podía hacer algo con estos zapatos mojados o si tenía que comprar unos nuevos, y ellos y tú vinisteis y al vernos decidimos que no era cosa de los zapatos, que no había que tirarlos, que lo que había que tirar era el resto, el cuerpo que latía por debajo que, podría decirse, ya estaba inservible. Así que me resigné a ser estos zapatos encharcados y me despedí de forma amable, no sin antes mirar al cielo para comprobar si podría, por una vez más, llover a cántaros como en aquellos días que yo te miraba, si podría llover hasta inundarte Madrid, aunque sólo fuera para evitar el bochorno de esta despedida, y miré y deseé llover mientras una mano (y esta vez tendría que ser la mía porque no había nadie más dispuesto) me agarrase como antaño, pero esta vez no, no hubo mano, no hubo lluvia, no hubo Madrid, y al final parece que eso es todo en lo que consiste mi presente.

Borrones

jueves, 11 de diciembre de 2008

No es lo mismo coger un bolígrafo y frotarlo contra el papel buscando que se cumpla el ritual, desear que esta vez surja y que al final las palabras tengan un significado. No es lo mismo tachar las palabras y escribir entre líneas una nota aclaratoria. No es lo mismo.
No es lo mismo que encerrarse en esta habitación iluminada por la pantalla de un ordenador. No es lo mismo porque aquí no hay papel, no hay bolígrafo. Aquí apenas hay intermediarios, el texto aparece delante de mí por sí solo como si en vez de un texto en una pantalla esto fuera un espejo. Un espejo terrorífico que no muestra mi aspecto físico, un espejo que me desnuda y raja para diagnosticar la causa de mi muerte. Aquí, aquí, está mi verdadero reflejo. Unas veces me parece un rostro bello y digno de admiración y otras es el reflejo de un hombre enfermo. Y sin embargo siempre hay una sintaxis que une las palabras, un solo cuerpo. Mientras que el cuerpo de Cristo está crucificado dentro de la Biblia yo crucifico el mío cada día que me enfrento a mí mismo y me dibujo el contorno en esta cruz. Me clavo en esta pantalla, sangro palabras y chorreo oraciones de sudor, pido perdón por mis pecados y me muero esperando una resurrección que no me lleva más que a otra muerte. Y así cada vez. Es el psicoanálisis más macabro y onanista que existe, la soledad contra la soledad, yo soy el diván y el terapeuta y la libreta. Este espejo es mi confesión, es el semen que nunca eyaculé, las frases que nunca dije y que ahora hablan y viven fuera de mí. Lo que hago aquí me sobrevive y me supera, en el momento en que lo dejo plasmado en la pantalla deja de pertenecerme y me da vergüenza corregirlo, qué derecho tengo a violarlo si en su momento tenía sentido, si esa era mi cara hace un segundo, dos segundos, los que sean. En mi vida anterior yo era ese tipo. No puedo, no debo, matarme a mí mismo. Esa es la diferencia. En el ordenador todo tiene un lugar y una fecha, un archivo, una carpeta, una dirección, un momento, un orden. No es lo mismo porque cuando escribo en papel me tacho, me corrijo, me arrugo y me tiro a la papelera, porque cuando escribo en papel tengo caligrafía. Y no ocurre en el mismo sitio, me traslado, no hay reloj posible, el papel amarillea, lo llevo en una carpeta y está en una cafetería, en un parque, en mi mesilla de noche, está en tantos sitios a la vez y yo he cambiado en cada ocasión. Cuando quiero continuar, me leo y no me reconozco a mí mismo. Y ya no tiene sentido transcribirlo. Así que vuelvo a empezar por un borrón. Pero en el folio no hay resurrección, no es otra cosa distinta, puesto que la corrección es una tumba levantada sobre otra tumba. Cada hoja escrita es una pila de ataúdes, la fosa común de mi vida. Donde enterrar todas las personas que algún día fui.

Línea 653

miércoles, 10 de diciembre de 2008

No fue así: cuando ella entró en el bus se vio obligada en cierto modo a sentarse a mi lado, debido a que apenas quedaban sitios libres. Apenas me miró más allá de comprobar que yo no pareciese un criminal. Su pelo castaño se escapaba por los bordes de un gorro de invierno bicolor y sus manos se afanaban en despojar de la monda a una mandarina, la cual impregnó el autobús de aroma y entonces la A-6 fue, dentro de lo que cabe, un lugar un poco más habitable. Los gajos se deshacían en sus labios y desparramaban su zumo por las encías. Ya no podía esconder que la estaba observando (y posiblemente incomodando) cuando le dije:
–Hola, ¿cómo te llamas?
Posiblemente se asustó o le pareció una agresión a su intimidad y por eso respondió atragantándose:
–¿A ti qué te importa?
O en realidad no dijo nada y simplemente optó por ignorar mi saludo.
–Si te hubiera preguntado tu nombre de madrugada en una discoteca seguro que me habrías contestado.
–En una discoteca de madrugada estaría borracha y por eso no me importaría decirte mi nombre.
–Vaya, yo es que prefiero hablar con gente sobria.
–Pues yo prefiero no hablar –me dijo. O quizás no me dijo nada para ser más elocuente.
En medio de ese punto muerto señalé a mi alrededor –los demás asientos del autobús, ocupados por gente que fingía no escucharnos o que no nos escuchaba– y dije:
–Fíjate. Nadie habla, salvo aquellas chicas de allí, porque deben ser amigas. Y bueno, también aquellos señores de allá, que seguramente hablen del tiempo o de la frecuencia de los autobuses. Están solos, cada uno rumiando sus vidas contra el cristal o contra el cogote del de adelante. ¿No te parece triste?
Ella me miró. Esta vez me miró. O si no miró al pasaje. En cualquier caso debió comprender, pero había algo que no debía tener muy claro.
–¿Y de qué se supone que quieres hablar?
–Mientras no sea del tiempo o de la frecuencia de los buses… –dije.
–¿Sueles ligar así? ¿Eres un psicópata? –parecía estar sumergida en un mar de dudas.
–Dudo mucho que todos los psicópatas sean como en las pelis de las tardes de Antena 3, unos tíos atractivos que camelan a la chica de turno para matarla justo antes de follar. En cualquier caso, aunque yo te parezca atractivo, esa no es mi intención. No quiero ni matarte ni follarte. Aunque no haría ascos a lo segundo, claro.
Se rió o al menos sonrió. Supongo.
–No pareces mal tipo pero no quiero nada contigo. Además no te conozco.
–¿Y qué más da? ¿Acaso quieres ser como ellos? –señalé de nuevo alrededor, aún a riesgo de que alguien comenzara a insultarme.
En ese momento me debió mirar y me dijo su nombre. Yo por mi parte me lo inventaré tantas veces como sea necesario. A veces, en secreto, la llamo Rusia y sueño con ella como si yo fuera Hitler. Pero hoy, sólo hoy, yo seré su escritor y ella la Odisea, mi pequeña Odisea.
Después vi su sonrisa y hablamos hasta que acabó el viaje. Puede que por el camino nos intercambiásemos los teléfonos. O que nos comiéramos los labios entre gajos de mandarina. Puede que no sucediera nada más. Esto debería haber sido así.
Pero no fue así. En realidad, cuando ella se sentó a mi lado, subí el volumen de mi iPod y me limité a mirar por la ventanilla. Como si estuviera completamente solo.

Atrapados

domingo, 7 de diciembre de 2008

Estamos envejeciendo. Las cosas son así. Me asusta el comprobar que nos hemos visto inscritos en una carrera absurda a la fuerza. Nunca elegimos participar en ella, nunca dijimos querer llegar a esa meta. Y es esa falta de control, esa imposición externa, lo único que los seres humanos tenemos en común. Lo demás no son más que coincidencias y distracciones para poder soportar la condena y el cansancio.
A pesar de todo nadie se rebela aquí, nadie grita que se detenga esta sucesión imparable, esta espiral de tiempo que no hace más que tender a la enfermedad y a la muerte. Ni siquiera nadie se atreve a preguntar el porqué, a plantear la duda razonable, nadie exige explicaciones. Porque tenemos miedo, miedo a que en realidad no haya respuestas y no entendemos, o preferimos no entender, que esa es precisamente la respuesta: ninguna. Y seguimos acumulando arrugas y canas por dentro y por fuera, coleccionamos deterioros en contra de nuestra voluntad y nadie lo entiende pero todos lo aceptan, se dan palmaditas en la espalda mientras dicen: "las cosas son así". Nos conformamos con la pasividad y, en parte, es comprensible: huir es inútil, el suicidio es inútil. Porque para los fugitivos no hay más que la misma triste meta.
La vida es un callejón sin salida, o, mejor dicho, con una única salida. Estamos atrapados. Y nadie puede hacer nada para evitarlo.

Segunda premisa del hombre realista

sábado, 6 de diciembre de 2008

Nadie puede demostrar la existencia de Dios. Por tanto, Dios no es más que una hipótesis.

Hoy

viernes, 5 de diciembre de 2008

En días como hoy me conformo con un cigarrillo, un café y un analgésico. En estas condiciones no se puede pedir mucho más –aunque no niego que me gustaría tener aquí alguien real con quien conversar al hilo de una lata de cerveza sobre la muerte y el sexo y el amor y la guerra y la enfermedad y después, quién sabe qué haríamos después–, sólo puedo sentarme en mi silla y esperar a que pase el tiempo.
Hoy es un día ideal para hacerme existencialista viendo la televisión o masturbándome a solas frente al ordenador. O quizás es que ya soy existencialista y por eso cada tecla contra mis dedos es una realidad demostrándome que ahora (el ahora en el que escribo y no el ahora en que me lees) no hay nada más que teclas y dedos, o que al menos no debería haber nada más. No debería haber nada más que esta vida, este café y este cigarrillo.
Aunque en realidad no aspiro a una vida, pero sí a una novela, esta novela, todas las novelas aquí, una pira de novelas ardiendo y el humo y nosotros asistiendo a nuestra propia incineración aquí, tú y yo, porque no hay ninguna otra forma de que pueda atreverme a volver a hablar con nadie más, ni siquiera contigo, que con este fuego y esta novela, y así sería lo más parecido a volver a sentir un escalofrío, con esta ficción que nos he creado y que, en días como hoy, me sirve para algo, aunque todavía no sepa para qué.

 
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