Mu

domingo, 27 de diciembre de 2009

Cuando te veo, si es que te veo, si es que puedo llegar a verte, si es que no es más que una mirada como la de una vaca gigantesca que mira el tráfico de la carretera y no lo comprende ni lo intenta, y yo soy la vaca idiota y tú eres el tráfico y están mis ojos vacíos y están tus faros, entonces, cuando te veo, impido las palabras y sólo consigo mugir, un mugido susurrado a oído, un mugido como una caracola pegada a tu oreja, justo antes de que se le salga el mar por los bordes y el agua nos alcance, nos obligue a dejar de mirarnos, porque no lo he dicho, pero mientras yo te susurro tú también me miras, miras mi cuello y piensas en vampiros y en tendones, piensas en la proximidad de mi cuello y lo fácil que sería un mordisco, un cuello-galleta, crujiente, arenoso, y por un momento te olvidas de la boca-caracola que tienes en la oreja, mi boca, y mandas a tomar culo la inundación que se nos avecina, ignoras mi romántico mugido y te comes mi yugular como si fuéramos dos náufragos en una isla desierta o dos personas perdidas en una montaña imposible, en cualquier caso muertos de hambre, y yo, en respuesta, lucho por mi supervivencia enganchándome a tu pabellón auricular, a tu lóbulo entrecortado por los pelos de este lado de tu cabeza, y así empieza el canibalismo, así empieza el amor de dos animales heridos.

2077

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mi abuelo materno murió antes de que yo naciera. De hecho, murió antes de saber siquiera que mi abuela estaba embarazada. Corría el año 2011, y hacía cosa de un mes que mi abuelo acababa de realizar el examen MIR, que era una especie de oposición que hacían los estudiantes de medicina al acabar la carrera por aquella época. Mi abuela, triste y sola, tuvo a mi madre, pero la dejó en adopción, cosa que yo no he sabido hasta hace un mes, cuando me contó todo esto mi abuelo adoptivo, José, días antes de morir en el Hospital de Enfermos Avanzados del Norte (HEAN). Me dijo, entre toses y esputos, que mi abuela era una mujer frágil, y que decidió en última instancia tener a mi madre para que siguiera algo de mi auténtico abuelo, cuyo nombre era Alberto, en este mundo. Mi madre, Esperanza, fue su único legado. Todo su patrimonio. Un bebé en pañales, un bebé como una bomba, como las cenizas arrastradas de un fénix atropellado, un fénix que cruza una mañana de febrero una calle imprecisa de Madrid, ¿adormecido?, ¿distraido?, ¿borracho?, ¿feliz?, un fénix o un abuelo muerto o un padre en ciernes, da igual, congelado hace 66 años, que no ve la furgoneta, no ve cómo su cuerpo se balancea violentamente por el aire hasta frenar con la columna vertebral en una farola, caer de cabeza y sé que él no lo ve pero yo lo veo, lo imagino, sin zapatos y sin gafas, sangrando ahí tirado en la acera, muriendo a la antigua, por accidente, y creyendo desde el instante en que flotaba en el aire que no había hecho nada de valor, que no había dejado nada, ni siquiera un mensaje que, por error, se había colado en el útero de mi abuela, un mensaje al mundo, la extensión de su vida, la sombra, el futuro que jamás vivió, nunca supo lo que pasó con aquello del cambio climático, y le da igual, ahí tirado, dispuesto a que no llegue la ambulancia, dispuesto a renunciar a que le salven la vida, ni siquiera por unos años más, creyendo que ahí acababa todo, que no había hecho nada importante, pero entonces aparezco yo aquí, 66 años después, congelado delante del informe del detective privado, leyendo su muerte, y veo un puente, veo un sentido, veo un exquisito haz de luz que atraviesa el tiempo, y creo que es triste pero también es bonito, yo estoy aquí, él está enterrado, y quién sabe, puede que yo sea la prueba de que su vida valió la pena, y pienso en mi madre, tan enferma, en mi abuela, tragando una caja de antidepresivos tras otra, pienso en José tosiendo un poquito más, siempre un poquito más, y me doy cuenta de que no lo sabemos, de que, a pesar de que lo negamos insistentemente, de que no podemos encontrarlo, la vida tiene sentido.

Pero, ¿y si me equivoco?

Apetito

jueves, 10 de diciembre de 2009

Tengo hambre. Aunque ya va siendo hora de dejar de mirarme el ombligo y empezar a mirar el tuyo. Pero, ¿qué sentido tiene cambiar un ombligo por otro? Porque es ombligocentrismo igual, al fin y al cabo, sustituir un poco el eje, y es seguir olvidando al antropocentrismo, al geocentrismo, al heliocentrismo, al nihilcentrismo. Es tu ombligo y sus circunstancias. Tu ombligo y sus pelusillas. Y es girar la cabeza hacia él y maravillarse. Decirte: cuánto ha avanzado la ciencia, mientras con delicadeza te quito una pelusilla roja de tu vientre, hago una bola, un punto rojo con ella, y la saco fuera de tu órbita. Pelusilla roja como tu vestido.
Es mejor que deje de pensar en el hambre que tengo y te deje hablar. Tú no me hablas de comida. Prefieres describirme, dibujarme con palabras. Y yo aquí, en la cama, mirándote, muriendo de hambre, te dejo que sigas. Es mejor así. Porque ahora tu ombligo es el centro del universo, de este universo que yo he desplazado hacia ti, eres el eje, la raíz, el big bang y el fin del mundo, y es cierto que yo exagero al pensarlo, al pensarte, porque no hay otra forma de hacerlo. Tenemos que exagerar. Qué ojos más bonitos tienes. Qué boca. Qué orejas. Qué culo. Qué etcétera. Y a pesar de que a veces se me olvidan las exclamaciones, tú estás atenta y me corriges. ¡Qué ojos! Y es entonces cuando entiendo que tengo que dejar esta farsa, este cuento, todas las exageraciones. Es cuando entiendo que esto está sucediendo de verdad. Que ahora el hambre no importa, y decido que me tengo que quitar el disfraz, que me tengo que desnudar para ti, sólo para ti, tengo que explicarte que me he comido a tu abuela y esperar que llores, que huyas de mí. Porque no soy más que un triste lobo hambriento.
Pero, sorprendentemente, tú no huyes. Te limitas a sonrojarte y no dices nada.
Eres una mentirosa.
Como si lo único que supieras hacer es ponerte roja, Caperucita.

Don Nadie

domingo, 6 de diciembre de 2009

Pero yo tengo la sensación de que es mentira. De que el tipo no para de engañarnos, o al menos de engañarse a sí mismo, lo cual nos llevaría a ser engañados por defecto, a participar del engaño primario y creerlo a pies juntillas como algo verdadero, 100% real, cuando no es más que una máscara, o un espejo a lo sumo, el tipo puede escribir: el mundo es en blanco y negro, y, entonces, acto seguido, todos desconfiamos de los colores, decimos: el fucsia no existe (y además es verdad, porque el fucsia no es otra cosa que un rosa mal hecho, un rosa excesivo), o que el azul no existe, o que el amarillo no existe, y lo reducimos todo a negro, blanco y gris. Ni siquiera nos planteamos la posibilidad de que sea ficción. ¿Y si el tipo no puede ver los colores? ¿Estamos siguiendo a un daltónico espiritual? Y si es así, ¿por qué? Yo no tengo la respuesta, pero aporto las preguntas, que ya es mucho más de lo que hacéis ahí, al otro lado, como borregos, borregos en blanco y negro siguiendo lo que dice un mindundi cualquiera como si fuera un faro, un faro plantado aquí como podría estar en cualquier otro lado, un faro absurdo, sobre todo, si tenemos en cuenta que más que iluminar se dedica a ensombrecer, obligando a los barcos a encallar uno tras otro en esta costa, un cementerio de barcos, un cementerio de rocas, un cementerio de borregos a sus pies. No sé quién se cree que es, él, subido a ese estrado que él mismo se ha construido, hablando con toda su petulancia y presuntuosidad, como un esnob de la palabra, niño pijo de las letras, don nadie de la mancha, chulo de párrafo barato, nos hace pensar en su desgracia sin que haya desgracia alguna, derrotista de palo, maldito escritor (que no escritor maldito, que es lo que ya le gustaría ser), prostituta de las frases hechas.
Se conforma con emborracharse y engañarnos, lleva años haciéndolo (since 2007), pero nosotros volvemos como polillas a la bombilla, hipnotizadas, revoloteamos y miramos su obra como si no fuera una bombilla en ciernes de fundirse. Sólo somos meros espectadores de la luz eléctrica, cuando lo que deberíamos hacer es unirnos y gritarle, gritar a la bombilla: sé sincera, deja de mentir, deja de fingir lo que no eres, lo que jamás serás, no eres el sol ni la luna, ni una estrella, ni mucho menos una galaxia cercana, porque sólo eres un filamento de wolframio incandescente y perecedero.
Porque eres tan mortal y patético como nosotras.

Suicídate de verdad, llora de verdad, sangra de verdad.

Nosotras estamos hartas de leerlo.

Fénix

lunes, 16 de noviembre de 2009

Por el amor de Dios, que alguien me detenga. No debería estar aquí, planeando un regreso triunfal, como si yo pudiera siquiera regresar. Como si pudiera ser triunfal algo así. ¿Regresar de dónde? ¿Regresar a qué? Que alguien me llame por teléfono, por favor, y me diga: sal de ahí inmediatamente. ¿No te das cuenta de que eso no lleva a ningún sitio? Escribir es como alimentar un monstruo. Cada palabra es una cucharada de papilla introducida a presión en su boca, que rebosa papilla como la de un bebé feo y gordo. Escribir es cebar al monstruo. Una cucharada por papá. Otra por papá. Y otra. Y otra. Egocentrismo puro. El monstruo engorda gracias a su padre. Aunque en realidad no es más que el desagradable reflejo de su propio padre.
Pero cuánta incontinencia tengo. Y qué desagradable es todo esto, este volver a mi descampado cubierto de jeringuillas usadas, mi descampado asolado al que de vez en cuando algún curioso se asoma y entonces se asusta, grita de terror al ver al monstruo que yo mismo amamanto en mis ratos libres, el monstruo en todo su esplendor y decadencia, solo, muy solo en mitad de la explanada, e incapaz de moverse de ahí de lo gordo que está el cabrón. Y no lo sé, pero quizás el monstruo, mi escritura, ha muerto. Y en ese caso yo sería el padre de un enorme hijo muerto al que someto a esta respiración asistida, a esta papilla que ya no puede tragar y que tengo que inyectársela en vena. Porque hay algo de necesidad aquí. Esa clase de necesidad que te empuja a encenderte otro cigarrillo, a beber una copa de más, a pensar de nuevo en aquella persona que no piensa en ti. Es esa necesidad que te lleva a la sobredosis. La que después, cuando ya la has complacido, cuando ya has cedido a esa nostalgia que tienen todas las adicciones, produce tanto remordimiento.
Para de un vez, detente, debería decirme alguien, ahora mismo, sólo para que yo sepa que no puedo parar.
¿Regresar? Eso estoy haciendo. Porque quería dejar morir de inanición a este monstruo. Quería salir de este lugar desolado y dejarlo abandonado, como un museo del horror. Al igual que un campo de concentración nazi con visita guiada. Pasen y vean, este es mi Auschwitz. Esta es mi cámara de gas. Deberían sacarle fotos. Hablo en serio. Es lo mejor que tengo que enseñarles.

Pronóstico reservado

lunes, 26 de octubre de 2009

Hay momentos en los que hace falta pararse y mirar el mapa, si es que hay un mapa, si es que alguna vez hubo un mísero mapa, o si es que acaso nos lo habíamos imaginado, y seguramente sea por esto último, sí, y entonces se trata de pararse y mirar el mapa que nosotros mismos hemos dibujado, un mapa (ininteligible) en el que está todo trazado y perdido de antemano. Pero aún así nosotros necesitamos detenernos para comprobar que no nos hemos desviado de ese trayecto, o necesitamos detenernos para mirar atrás y gritar, sabiendo que no hay respuesta: ¿para qué?, o necesitamos detenernos para quemar el puto mapa, necesitamos detenernos para escupir al mapa y, acto seguido, descomponerlo, destrozarlo en jirones de papel deslavazado, porque nos ha sido tan útil como si hubiéramos visto a Stuart Mill llorando a moco tendido, o acaso es que no necesitamos detenernos y nos detenemos porque nos apetece y no hay mapa o el mapa somos nosotros mismos. Demasiadas oraciones disyuntivas, como rezarle a Dios y pedirle que nos cure o que nos dé amor o que nos dé dinero. Por favor, Dios, elige. Menuda putada para Dios. Menuda putada para el tipo, ese tipo que se ha parado, ha mirado a su alrededor y ha empezado a buscar su mapa, sin saber siquiera si tiene uno o hacia dónde iba. Menuda putada para mí, que ahora escribo las coordenadas de mi situación aquí, en la propia situación, en mi mapa, en mí mismo, en mi pantalla. Escribo coordenadas como junto palabras y me pregunto qué significan. Porque sé que significan algo. Perdón: supongo que significan algo. Presiento que significan algo. Es un mapa pero podría ser una esquela. O una última voluntad. Porque miro este blog y lo veo congelado. Está frío y quieto como yo. Está de resaca como yo. Y yo no sé si habrá llegado su final. Mi final. Un final. Una lenta agonía.
O un comienzo. Qué sé yo.

Borrasca

jueves, 22 de octubre de 2009

Cuando sea el final del mundo, por usar un cliché, alguien gritará una obviedad: vamos a morir todos. Que es verdad, pero da igual que sea el fin del mundo. Vamos a morir todos. Bueno, el caso es que lo grita porque sigue siendo cierto y porque es más inminente. Pues nos morimos todos. O empieza a llover en la calle. Y alguien grita, por eso de imitar el cliché: vamos a mojarnos todos. Y es verdad que se mojan, aunque sólo sea un poco. Porque los paraguas no son perfectos, ya sabes. Nadie había pensado en los charcos.

La última cena

viernes, 9 de octubre de 2009

Debe ser cosa del viaje relámpago, pero Bruno no se siente muy animado de tener que ir hasta Valladolid sólo para visitar a sus padres. No es porque no les quiera (sea lo que sea lo que quiera decir aquí querer, un verbo inapropiado en esta situación), sino por lo postizo del asunto, por ese convencionalismo inevitable, ese dame dos besos, ese vino reservado para la ocasión: porque vuelve el hijo pródigo.

Tres años después de la independencia absoluta, tres años después de empezar a trabajar nada más acabar la carrera en la sede de una empresa puntera en Madrid, Bruno vuelve al nido para cenar. Claro que ya hubo otras visitas, sobre todo el primer año tras independizarse, cuando existía la añoranza por los guisos maternos, por el humo perenne de los cigarrillos de papá, pero aquellas visitas eran por necesidad, por aquello de hacer el proceso de deshabituación progresivo.

Deja los bártulos en el cuarto de invitados, dice mamá. La antigua habitación de Bruno ahora es el cuarto de invitados. Antes ella decía: deja eso en tu cuarto. Ha pasado de ser hijo a ser un invitado más. Es como ser degradado. O algo peor: una especie de exilio en tu propio país, un exilio implícito al descubrir la habitación, ahora desolada. Al llegar a mesa puesta y no reconocer el mantel. Es nuevo, ¿te gusta?, dice mamá. No. Pero Bruno dice que sí. Y mamá cuenta la historia de cuando lo compró. De cuando lo compró y él no estaba.

Antes de cenar se sacan una foto, de esas con temporizador. Una foto que perdurará en el tiempo, una foto que papá se encargará de revelar en papel satinado y meter en un portafotos junto con el resto de la colección sobre la estantería, constatando el deterioro de los aquí presentes. Y Bruno es capaz, mientras salta el flash, de hacer mentalmente la progresión de imágenes. La foto de sus padres y él en el parque de Campo Grande, con 5 años. La de sus padres y él el día de su primera comunión, 9 años. La de sus padres y él de vacaciones en Galicia, 14 años. La de sus padres y él días antes de que empezara la carrera, 18 años. La de sus padres y él comiendo en un restaurante caro tras licenciarse, 24 años. La de sus padres y él cenando tres años después, ahora mismo. Bruno es capaz de trazar una continuidad en los portafotos, una secuencia inevitable: la foto de sus padres y él después de la primera hospitalización de su padre. La de su madre y él después de la muerte de su padre. La de él solo antes de morir. La foto de un cementerio.

Bruno cena con sus padres. La familia cena y charla de temas intrascendentes. Bruno mira a sus padres y se pregunta si seguirán follando. Se pregunta si debería sacarlo como tema de conversación, si eso ocurre en otras familias. Se imagina una cena paralela en la que el padre explica al hijo cómo se folló a la madre por el culo y cómo se corrió en su cavidad anal, mientras la madre mira al padre sonriente y feliz de que la hubiera sodomizado. Bruno se pregunta cómo sería el coito parental, a fin de cuentas él también estuvo allí, por lo menos una vez. Podría sacar el tema de conversación. ¿Será lo normal? Pregunta: ¿Qué tal estuvo el último polvo? Pero no lo pronuncia, sólo lo piensa. Porque tiene la sensación de que hace mucho de la última vez. De que para ellos es más fácil hablar de manteles y de recuerdos. De que todo lo demás es demasiado delicado. Como si pudiera derrumbarse todo, el techo, la casa, la cena, el matrimonio, por una sola pregunta. No vaya a ser.

Creo que a todos les parece un mantel feísimo. La verdad es que el mantel tiene unos dibujos muy bonitos, dice papá. Así es: la familia entendida como un ente único, esta familia-farsa concebida como un único animal salvaje, una familia que existe sólo por y para el instinto de supervivencia, sin importar el motivo, sin que importe nada más que la necesidad de estabilidad, por muy ficticia que esta necesidad lo sea o lo parezca. La familia-excusa, la familia-esquizofrenia, la familia-escaparate. CUIDADO. Manipular con precaución: el contenido puede ser inflamable, pero nadie lo sabe. La familia-caja de Schrödinger. Nadie sabe si el gato está muerto o no, pero nadie se atreve a averiguarlo. Nadie tienta a la probabilidad, nadie tiene cojones para abrir la caja, ni Bruno, ni mamá, ni papá. Porque, aunque no lo sepan, lo presienten: el gato ha muerto hace mucho tiempo. Y esas cosas huelen.

El ser por la mañana

domingo, 4 de octubre de 2009

Es levantarse y notar cómo la sangre baja de la cabeza y se deposita en algún lugar de los pies como un charco deprimente. Es mirar por la ventana (alguien se ha olvidado de bajar la persiana) y ver llover. Es la arcada que todo eso conlleva.
Es enfrentarse al desayuno, a la ducha matutina, al váter más o menos limpio. Es hora de vestirse. Es hora de vivir. O al menos de intentarlo.
Es estar a punto de salir por la puerta, cansado, ojeras. Es darse la vuelta y dejar pegado un post-it en el frigorífico. Es un post-it pero podría ser un puñetazo.
Es volver a la habitación en calidad de espectador. Es ser un espectador de tu propia obra. Es ver el cuerpo desnudo que dejas abandonado entre las sábanas. Es como escribir lo que no te gustaría leer.
Es algo parecido al miedo.
Es huir.

Acerca del acto de leer

lunes, 28 de septiembre de 2009

Huele el libro. Es mejor empezar así. Los libros usados son los que huelen mejor. Las camas después de follar son las que huelen mejor. Oler un libro usado es como volver al lugar del crimen, pero no para comprobar que las manchas de sangre siguen en el mismo lugar, sino para volver a cometerlo. Por otro lado, los libros nuevos son como la primera vez. Huelen a miedo al fracaso. Yo huelo como un libro nuevo.
Acaricia el libro. Descubre que está ahí. Comprueba que puede ser reducido a un montón de páginas encuadernadas. Que todo ese papel puede reducirse a ceniza. Que, sea lo que sea lo que tenga escrito, tiene una dimensión física y ocupa un espacio. Que existe. Existe tanto como tu mano que lo toca. Existe tanto como yo escribiéndote. Existe tanto como el cadáver de Sartre.
Ábrelo. Abrir un libro es bajarse la bragueta antes de la masturbación. Es el gesto de separar los labios de un coño. Justo antes de hundir la nariz entre las páginas. Observa con atención, busca su fecha de edición, su índice, su prólogo, su dedicatoria, su clítoris.
Nota tu pulso sujetando su lomo. La erección de algo inminente.
Chúpalo.
Leer no es más que todo lo que va después.

Inacabado

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ahora mismo soy un hombre sin acabar. Me falta rematar mi biografía. Hay un epílogo incompleto dentro del paréntesis que surje detrás de mi nombre y apellidos. Así: Alberto Berjón García (1986 - ). Ahí está, ese espacio en blanco que espera el número definitivo que me resuma, ya sea en una lápida, en un libro, en una conversación, en tu memoria. Dos fechas que delimiten el viaje de un punto a otro. Como Dámaso Alonso viajando en un tren vacío. Dámaso Alonso (1898 - 1990). Un nacimiento. Una defunción. Caminante, no hay camino.

Siempre que viajo no me preocupo por los lugares que atravieso. Sólo me preocupo de cuándo llegaré a mi destino.

El anticrítico

lunes, 14 de septiembre de 2009

Escribir es como follar: da igual cómo lo hagas, lo importante es que te lo pases bien.

Egolatría

viernes, 11 de septiembre de 2009

Ahora mismo, debajo de este gin tonic, podría recriminarte que ya no me leas, a pesar de que parezca absurdo recriminártelo por escrito. Porque reconozco que esto es como mandar una carta o cientos de cartas sin escribir tu dirección. Colapsando el servicio de Correos con misivas como dedos señalándote, cartas indignadas que atosigan a los funcionarios ¡y sin remite donde devolverlas de vuelta!, cartas bomba, cartas que llenan y llenan un cesto que acabará siendo la pira funeraria de todo lo que jamás leerás, cartas como esta que no llegan pero existen, sólo cartas al fin y al cabo. Podría recriminarte la condescendencia con que tratas una y cada una de mis palabras, acariciándolas como perros abandonados y tristes, porque ellas no necesitan tú misericordia, a pesar de estar famélicas y abandonadas, clamando tu nombre en el desierto del Sahara o en la estepa siberiana o tal vez diciéndolo en voz baja (o siquiera pensándolo, palabras pensadas) para que no me oigas, para que jamás me oigas. Y mientras pienso en ti, en ti sin leerme, leyendo cualquier otra cosa, se me atraganta cada trago de esta copa, y pienso en ti como en un mapa sin leyenda, como en un cuerpo desnudo sobre el que yo leo de memoria (porque no me queda más remedio) y busco la ruta que me lleve a tus entrañas, pero en este mapa sólo veo piel y ojos y labios y mucosa vaginal. No hay tripas. No hay corazón. No hay futuro debajo de tu piel, debajo de tus lecturas ajenas. No hay futuro. No hay presente. Hubo pasado.

Fragmento de una biografía

jueves, 10 de septiembre de 2009

–Voy a llorar –dijo ella mirándome a los ojos. Pero ese no era el problema.
El problema es que lo dijo como si tuviera que ponerme a salvo.

Ascensor

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un día como podría ser hoy, esta misma noche, Jerardo (quien en su nombre luce un pequeño homenaje paterno a Juan Ramón Jiménez) vuelve a casa después de tomar unas copas con los compañeros del trabajo, a quienes por cuestión de la costumbre ya se atreve a llamar "mis amigos". El uso correcto de las llaves de su edificio le supone un tremendo esfuerzo psicomotriz una vez se enfrenta a la cerradura del portal, pero al final consigue salvar ese primer escollo y llega al ascensor. Al abrir las puertas del ascensor se revela en su interior la presencia de un hombre trajeado. Jerardo, no está de más aclararlo, no lo había visto nunca. El hombre está perfectamente afeitado y no tiene cara de sueño a pesar de ser sobre las cuatro de la mañana. Sus manos descansan en el interior los bolsillos del pantalón del traje. El hombre mira a Jerardo de manera despreocupada e indiferente, como muy seguro de sí mismo, como si reafirmara con sus ojos que sí, que está en un ascensor a las cuatro de la mañana vestido de traje y solo y que, efectivamente, el hombre que ha abierto la puerta del ascensor no le resulta conocido. Jerardo, que no esperaba encontrar gente en el ascensor a esas horas, intenta mantener la compostura perdida con el alcohol y entra lo más serio posible, exigiendo a su cuerpo que se tambalee lo menos posible y que intente vocalizar de manera adecuada cuando dice:
–Hola.
Jerardo entra al ascensor y se coloca delante del cuadro de botones.
–Hola –contesta de forma educada el hombre del traje.
Jerardo marca su piso y pregunta, al suponer que, al llamar él, ha hecho bajar al ascensor antes de que el hombre pudiera pulsar el botón correspondiente, que a qué piso va el hombre desconocido.
–A ninguno –contesta el hombre del traje sonriendo de un modo exquisito.
AhJerardo, confundido por la respuesta y por la borrachera que lleva, se queda callado hasta llegar a su piso. No sabe decir nada más. Los segundos que transcurren hasta ese momento a Jerardo le resultan tremendamente incómodos al tener tan cerca, en un espacio cerrado y pequeño, a un hombre extraño que se muestra tan tranquilo a pesar de no ir a ningún lado.
–Bueno, adiós –dice antes de salir del ascensor, aliviado.
–Adiós –escucha a su espalda.
Mientras Jerardo se enfrenta a su segundo escollo (lo que viene a ser la cerradura de su piso) no puede dejar de de pensar en el hombre que ha dejado ahí en el ascensor. Jerardo estará borracho pero no por ello ha dejado de tener un cociente intelectual de 107, lo cual es más que suficiente para darse cuenta de que en todo esto hay algo muy raro. Sin embargo, una vez logra traspasar el umbral de la puerta de casa, llega a la cama, se desnuda y cae, cae como un cadáver sobre la cama, como una lluvia de cadáveres contra el colchón y se rinde de manera definitiva ante el alcohol.

Al día siguiente, presa de una pesada resaca, Jerardo sale de casa a comprar una barra de pan. Mientras paga en la panadería sigue sorprendido, incluso asustado. El hombre del traje seguía en el ascensor, igual que la noche anterior, ahí estaba cuando él bajó a la calle. Apenas pudo decirle nada, hola y adiós. Tal fue su impresión. Pero al volver para subir a su casa se armó de valor para dilucidar todo aquel embrollo.
–Hola –dijo al volver al ascensor, con el ceño fruncido en parte por la resaca y en parte por la situación. La bolsa con el pan colgaba de su mano izquierda y la barra asomaba su extremo superior por encima del plástico, como la cabeza de un ahorcado.
–Hola –respondió educadamente el hombre trajeado mientras Jerardo pulsaba el botón de su piso.
Tras unos segundos escrutándole, Jerardo preguntó:
–¿Sería mucha molestia si le preguntara qué hace en el ascensor de mi edificio si no va a ningún piso?
–Oh, lamento decirle que me resultaría muy incómodo tener que responderle a esa pregunta –dijo en un tono terriblemente amable.
Jerardo, claramente molesto, continuó:
–Al menos me podrá decir su nombre.
–Por supuesto, me llamo F –dijo el hombre del traje.
–Pues bien, F –la entonación que Jerardo imprimió al nombre del hombre desconocido era especialmente ofensiva–, a mí, como propietario de un piso de este edificio, me gustaría saber qué hace usted en este ascensor porque parece evidente que usted no vive en ningún piso de este bloque y me resulta molesto que esté utilizando el ascensor comunitario sin razón aparente.
–Lo entiendo perfectamente.
Jerardo se quedó esperando a que continuara, a que se explicase o a que se disculpase, pero nadie dijo nada. Y el ascensor ya había llegado a su destino.
–Si no me responde tendré que llamar a la policía –le amenazó Jerardo, manteniendo la puerta abierta.
–En mi opinión no tiene por qué hacerlo. Si lo hace, lo hará por voluntad propia y no porque tenga que hacerlo.
Eso es la gota que ha colmado el vaso, pensó Jerardo, así que, sin siquiera despedirse, se alejó camino de su puerta (con una letra B dorada) dispuesto a marcar los tres dígitos de la policía nada más alcanzar el teléfono. En ese mismo momento salía de casa su vecina Rosa, que vivía en la letra A de ese mismo descansillo.
Ah, hola Rosa, ¿has ido en el ascensor hoy?
–Sí, esta misma mañana, ¿por qué?
–¿Has visto al hombre trajeado que está dentro?
–¿Qué hombre?
–Un hombre desconocido, que no sale del ascensor...
–No, Jerardo. Yo fui sola en el ascensor.
Jerardo quiso entonces volver al ascensor para enseñárselo a Rosa, para que ella confirmara la presencia de un hombre desconocido en el ascensor. Pero cuando se giró hacia él comprobó que alguien lo había llamado y el ascensor bajaba. Jerardo también lo llamó y dijo:
–Espera a que vuelva a subir.
Cuando el ascensor hubo regresado, Jerardo abrió la puerta y no vio a nadie.
–Vaya, lo siento, Rosa. Se ha ido. Supongo que mi amenaza de llamar a la policía le ha hecho huir.
–Pues mejor. Bueno, hasta luego –dijo Rosa desapareciendo dentro del ascensor.

No obstante, aquel tipo seguía estando en el ascensor cuando Jerardo tuvo que coger el ascensor de nuevo.
–¿Tú otra vez? –Jerardo no daba crédito.
–Hola –dijo F, educado como siempre.
Jerardo no tardó en reparar que el hombre seguía exactamente igual de bien vestido, no aparentaba estar sucio (olía bien, de hecho) y esta perfectamente afeitado, igual que la primera vez.
–Estás bien afeitado. ¡Si apenas sales de aquí! ¿Cómo haces para afeitarte?
–Utilizo una espuma especial importada del Reino Unido y maquinillas desechables.
–Y estás limpio, tú traje sigue sin tener ni una sola arruga.
–Procuro cuidar mi imagen.
–Pero es imposible, ¿tú duermes?
–¿Usted que cree?
–¡Yo ya no creo nada! Tienes que darme una puta explicación. Ayer desapareciste porque iba a avisar a la policía, ¿por qué has vuelto?
–Lamento decirle que parte de una premisa errónea. Yo no desaparecí.
–Eso no es verdad.
–Es verdad, quizás es que usted no me vio, pero no desaparecí.
El ascensor llegó a la planta baja.
–Vete ahora mismo de mi ascensor y no vuelvas –ordenó Jerardo.
–No creo que sea una buena idea, caballero.
–¿Ah sí? Pues en ese caso voy a esperar aquí contigo hasta que llegue un vecino. Tú te lo has buscado.
–Como usted vea –condescendió F.
Y así se quedaron, F y Jerardo, a esperar. De vez en cuando Jerardo decía cosas como en buen lío te has metido o ya verás, sí. F se limitaba a estar de pie con las manos en los bolsillos, impoluto como siempre. Fue pasando el tiempo y no aparecía nadie. Pasaron horas. Qué raro, decía Jerardo. F callaba. Jerardo empezó a estar desesperado. En cierto momento F se pasó la mano por la cara. Dijo: me voy a afeitar, ahora vengo. Jerardo dijo: aquí te espero. F salió del ascensor. Jerardo se quedó. Esperó. Pasó el tiempo. Al cabo de unas horas entró Rosa al ascensor. Jerardo tenía mala cara, estaba ojeroso, y olía a sudor.
–Hola –dijo Rosa, extrañada al verle en semejante estado.
–Hola –dijo Jerardo.
Rosa pulsó el botón del piso donde ambos tenían sus respectivos apartamentos, el A y el B. Al llegar, Rosa observó con extrañeza que Jerardo se quedaba en el ascensor y no tenía intención de salir.
–¿No sales? ¿Vas a otro piso? –preguntó Rosa.
Jerardo recuerda entonces que tiene que esperar a F. Agacha la cabeza y dice:
–En realidad no voy a ninguno.
–Ah –Rosa no supo decir nada más.

Acerca del acto de escribir

lunes, 31 de agosto de 2009

El Autor duda, a pesar de que tenía la idea en mente desde hace tiempo. Escribir, declarar solemnemente, una frase lapidaria de esas que los colegiales recopilan y anotan en sus carpetas, una cita para la historia sobre el paso del tiempo y la pérdida de los sueños. En definitiva, sobre la dura hostia contra la realidad que acaece conforme llega eso que se llama madurez. El Autor baraja distintas opciones para llevar a cabo su propósito, que no es más que la gente le entienda, o que al menos entienda la frase en cuestión (si es que con esa frase no basta para entender al Autor y su profunda desesperación vital). Sus opciones son meramente formales, de pura disquisición técnica, pues en todas ellas late la misma idea. Cuando el adolescente fracasa, nace el adulto. Los adultos no son más que un montón de adolescentes fracasados. La edad adulta es el resultado del fracaso de la adolescencia. El mundo adulto es un lugar habitado por adolescentes mutilados. Etcétera. Las opciones comienzan a parecer infinitas y el Autor se agobia. ¿Qué criterios debería utilizar para escoger la redacción definitiva? En medio de tal diatriba el Autor se busca a sí mismo. Se plantea a sí mismo como hipotético lector y se ve a sí mismo reflejado en su propio mensaje. Recuerda sus deseos abandonados para siempre y ve su futuro inmediato como el desenlace de sus renuncias. Esto le deprime. El Autor siempre quiso ser escritor pero por razones prácticas decidió dejar aquello de lado por unos estudios que le proporcionaran un puesto de trabajo en el futuro y con ello, ya se sabe, dinero y con ello, ya se sabe, supervivencia. Sin embargo el Autor reflexiona y se da cuenta de que ya es, al menos, un poquito escritor. Al fin y al cabo, un escritor es simple y llanamente una persona que escribe, siempre y cuando uno se atenga al concepto literal. Y eso, para bien y para mal, ya lo hace. Lo que el Autor no es, está claro, es un escritor profesional. Aunque quizás convertir el acto de la escritura en algo profesional lo desvirtúe. Un hombre que en vez de a la oficina acude a la página en blanco, se sienta en ella y empieza a teclear. Con cara de sueño. Sin ganas. Por dinero. Etcétera. Así que el Autor siente que tampoco ha cejado en conseguir sus sueños. Simplemente ha hecho algo pragmático por el camino. Así que el Autor, feliz (dentro de lo que cabe), elige una frase al tuntún. La proclama. Y sonríe. Como si fuera todo un adolescente.

Maduros

La edad adulta es el resultado del fracaso de la adolescencia.

Revolución

jueves, 20 de agosto de 2009

La revolución exige un cambio brusco, profundo y violento de lo establecido. Pero en lo que nadie ha pensado es en la revolución personal. Un romper de espejos atroz cada vez que uno se enfrente con su imagen. La subversión del todo a partir de la unidad. Algo así como el marqués de Sade confundiendo el dolor y el placer. Como el esquizofrénico confundiendo realidad y ficción. O quizás no confundiendo: intercambiando. Todos a la vez, una mañana, una fecha cualquiera (que para la posteridad será resumida con la inicial del mes y el número del calendario correspondiente, tal que así: 11N, 31E, 20A). Cada uno sería una revolución y, el conjunto, el resultado de la suma. Así los tímidos empezarán a opinar y los extrovertidos tendrán vergüenza de decir lo que les parezca. Los que mantienen el orden moral empezarán a desmadrarse y viceversa. Los hombres del montón pasarán a ser minorías. Las minorías empezarán a luchar por el poder. El poder dejará de tener importancia. Los ricos pedirán limosna mientras los mendigos, triunfantes, pasarán despreciativos a su lado, ignorándoles. Dios será hombre y el cura se hará ateo. Los revolucionarios empezarán a clamar por la vuelta a la normalidad para poder conspirar como antaño. Los muertos serán enviados al espacio y no enterrados, por aquello de cambiar el orden gravitatorio del ciclo vital (la vida es la metáfora de un salto: prepararse, lanzar las piernas contra el suelo y salir lo más alto posible para después ser arrastrado a razón de g=9,8m/s2 otra vez al punto de partida, pero esta vez con nefastas e irreversibles consecuencias). Los fumadores regalarán sus cigarrillos a los que no fuman y éstos empezarán a fumar sin medida. Los enfermos tratarán a los médicos. Los gobernantes, antes de dimitir para pasar a ser mandados, derogaran toda ley existente excepto las leyes naturales, de las cuales se harán cargo sus creyentes correspondientes, es decir, los científicos, que a su vez dejarán de serlo, dejando en evidencia la falta de consenso, la falta de apoyo a cosas tan estructuradas hasta el momento como la evolución de las especies o el electromagnetismo. Dejando sin brújula cultural al progresismo, que ya no será tal. Los padres obedecerán a los hijos al volver de clase, los hijos irán a trabajar y se ganarán el pan con el sudor de su frente, si es que sigue habiendo panaderos. Los vegetarianos se pondrán hasta las trancas de costillas de cerdo. Los escritores quemarán sus libros. Los lectores empezarán a escribir. Y yo amaré a alguien como nunca lo he hecho. Al prójimo como a ti mismo (sic). Amar hasta vomitar. Si pudiera organizaría esta revolución absurda sólo para que yo lograse volver a querer a otra persona. Una revolución absurda requiere motivos absurdos. Algo así como confundir realidad y ficción, como confundir dolor y placer. Además, si ya confundí una vez el amor con la literatura, ¿por qué no iba a poder confundirlo con la revolución?

Alzheimer

miércoles, 5 de agosto de 2009

Ella es de piedra y cemento, de arrugas en la piel.
De cáscara abuela y de interior abismo.
Ella es un pasado enfermo de presente. La demencia es una enfermedad del tiempo.
Y nadie nos lo advirtió.
Ella es los únicos restos de la tragedia. La han declarado zona catastrófica.
Y nadie nos lo advirtió.
Ella es un edificio abandonado. Esperando la fecha del derribo.
Así que hemos acordonado la zona a la espera de que ocurra algo definitivo.
Y cuando la muerte venga a verla deseo que grite, que la muerte grite aterrorizada al descubrir que alguien ya ha hecho gran parte del trabajo, pero se ha dejado olvidada la carcasa.

La vida es tan corta y la muerte tan larga.
Pero nadie nos lo advirtió.

Divertimento

sábado, 1 de agosto de 2009

Al señor Whitman le gusta vivir en renta de alquiler porque así sabe que, al menos, siempre habrá una persona que se preocupe por él: su casero. El señor Whitman se pasa largas noches tumbado en su cama mirando la bombilla encendida que cuelga del centro de la habitación. Después cierra los ojos y la mancha de luz se queda impregnada un rato dentro de sus párpados. Esto no es que le guste hacerlo, es que a veces se olvida de apagar la bombilla antes de acostarse y una vez tumbado le da pereza levantarse para apagar el interruptor. Parece algo terrible, pero no lo es tanto porque Whitman sabe que gastar más luz de la cuenta le gusta a la compañía eléctrica. Ah, la compañía eléctrica, pero, se pregunta, ¿quién coño es la compañía eléctrica? Parece que nadie se preocupa de quién es la compañía eléctrica. Whitman lo hace por poco tiempo, porque al final se suele quedar dormido, mal que le pese.

Por las mañanas suele quedar en el bar con su amigo, el señor Fuentes, y allí hablan de las últimas noticias. A veces Whitman tiene la impresión de que Fuentes no es realmente su amigo, y de que simplemente queda con él porque no tiene a nadie más con quien quedar. A su vez, el señor Fuentes tiene la impresión de que Whitman queda con él por una especie de conmiseración mal entendida. Sin embargo, ninguno sabe por qué queda con el otro. En cualquier caso, quedan y toman café juntos. El señor Fuentes después de esto regresa a su piso de la calle 11. Y entonces coge los prismáticos y se dedica a mirar las ventanas de enfrente, hasta que sucede algo o es la hora de comer. Normalmente no sucede nada, pero, como esto no se puede predecir, Fuentes es de la opinión de que es mejor estar atento por si acaso. Una vez logró ver en una de las ventanas de enfrente un hombre acuchillando una almohada. Para el señor Fuentes aquello fue un hito. Para los periódicos a los que llamó para narrarles el suceso no lo fue tanto. Con lo impactante que habría sido ver en primera página el titular. Hombre acuchilla almohada. El caso es que, como nunca ocurre nada, Fuentes acaba por comer y dormir la siesta. Ah, se me había olvidado decirlo: Fuentes vive en un piso hipotecado. Así, por lo menos el banco se preocupa por él.

Algunos días por la tarde Fuentes llama a un antiguo compañero de trabajo, el señor Camus. El señor Camus contesta con frases cortas, como si de un momento a otro todo se fuera a detener. Esto emociona en cierto modo a Fuentes. Pero falsa alarma. Al igual que con los prismáticos de antes de comer, nunca sucede nada. Camus contesta a lo que se le pregunta. No sucede nada especial. Y cuelgan amistosamente. En ese momento el señor Camus vuelve al trabajo. Camus trabaja diseñando cencerros para una empresa que está al borde de la quiebra porque ya nadie quiere comprar cencerros de diseño. O quizás es que nunca hubo nadie dispuesto a comprarlos. Así que Camus trabaja sabiendo que, probablemente, todo aquello no sirva para nada más que ganar el dinero suficiente para comprar comida y pagar los recibos. Cencerros de diseño sin mérito reconocido por la sociedad. El señor Camus no tiene que preocuparse por pagar alojamiento, ya que el piso en el que vive está comprado desde hace años.

El señor Camus no conoce en persona al señor Whitman y viceversa, aunque ambos han oído hablar uno del otro por parte del señor Fuentes. Sin embargo, ninguno trata de indagar más sobre el otro. La coincidencia se mantiene así hasta que, un día, el señor Fuentes invita al café matinal con Whitman al señor Camus. Cuando Whitman entra al bar y ve la escena, cree confirmar su hipótesis. Fuentes quedaba con él porque no tenía a nadie más con quien hacerlo. Y ahora va a presentarle a su sustituto. Por su lado, Fuentes piensa que Whitman puede sentirse liberado de de quedar con él al ver que ha traído a otra persona y razona para sí que ha sido un error llevar a Camus. Sin embargo, a Camus la reunión matinal le da bastante igual, está ofuscado pensando en el badajo para su nuevo diseño. Whitman traga saliva, con cara de haber dormido mal. Fuentes le saluda:
–¿Qué tal?
–Mal, hoy he vuelto a dormir con la bombilla encendida.
Camus no dice nada.
–Tendrías que hacer algo al respecto, no puedes seguir así –dice Fuentes.
–Ya lo he hecho. No voy a volver a pulsar el interruptor. Algún día esa puta bombilla acabará por fundirse.
–Una bombilla, ¡es perfecto! –exclamó Camus y se fue corriendo a retomar su proyecto. Whitman y Fuentes no lograron despedirse de él. Se quedaron callados, mirando la puerta cerrándose tras el paso de Camus. Fuentes entonces pensó en sus prismáticos, pensó en la bombilla siempre encendida de Whitman, pensó en el banco y en la compañía eléctrica y se preguntó incómodo si, por casualidad, en este mismo momento, no habría alguien en la ciudad acuchillando una almohada.

Tsutomu Yamaguchi

jueves, 30 de julio de 2009

Te escribo porque no tengo nada que decirte.
Te escribo porque ya no me queda nadie más.
Porque cuando estás conmigo, aunque no sea físicamente, aunque sólo sea leyéndome, estás a solas.
Así que si estás leyendo esto, no creas que has logrado ser especial.
Sólo has logrado sobrevivirme.

El muro de Berjón

lunes, 27 de julio de 2009

J.R., Madrid.
Nos encontramos en una habitación en penumbras, tenuemente iluminada por un cigarrillo que pende de los dedos de Alberto Berjón, autor del blog Letras Terminales. Un blog caracterizado por su contenido filosófico, sexual y controvertido, pero sobre todo literario. Alberto Berjón es un tipo excéntrico a la hora de hablar, no mira a los ojos y fuma mucho. Para que se hagan una idea de su grado de excentricidad, me pidió que le hiciera yo esta entrevista para publicarla ulteriormente en su blog. La idea me pareció tan extraña como atractiva, por lo que no dudé en aceptar a pesar de no haber hecho nunca antes una entrevista. Este es el resultado.

J.R.: Buenas tardes.
A.B.: Hola. ¿Quiere un cigarrillo?
J.R.: Lo cierto es que lo he dejado, pero parece casi obligatorio para entrevistar a alguien como usted. Deme. [Acerca su cajetilla a mis manos. Cojo un cigarrillo]
J.R.: Bien. Empecemos por el principio. ¿Por qué Letras Terminales?
A.B.: En realidad Letras Terminales no es el principio de nada. De hecho, el título no fue más que una improvisación. Uno siempre tiene la impresión de que grandes títulos ocultan grandes fallos. Por eso ahora no pienso mucho en los títulos. Al principio sí, cuando empecé a escribir me centraba principalmente en el título. Después dedicaba todos mis esfuerzos a los finales. Y después a las introducciones, luego al nudo... Pero ahora no me centro en absolutamente nada. [Apaga su cigarrillo]
J.R.: ¿Esas evoluciones, si puede decirse así, se han correspondido con algún suceso puntual en su biografía?
A.B.: [Se queda pensativo] Yo diría que no. No han sido cambios bruscos. Fue todo muy progresivo, como poner un ladrillo encima de otro y así hasta este momento, en el que me alejo para ver el muro que se ha construido. Es cuando lo miras que te das cuenta de que los primeros ladrillos que habías puesto se cayeron hace tiempo y que todo se ha ido al carajo. Que has estado construyendo sobre algo que ya no existe.
J.R.: Háblenos de su método creativo. ¿Tiene o ha tenido alguno definido? Y si es así, ¿también ha ido creciendo a lo largo del tiempo y los textos publicados?
A.B.: No hay método alguno, si bien es cierto que al principio las mejores ideas me venían estando de resaca. Pero ahora ya no es así. Las resacas ya no son tan agradables. Ahora me limito a situarme ante el espacio en blanco y a escribir del tirón, a veces sobre alguna idea previa, otras veces todo es más improvisado. Si me disculpa, voy al baño. Es por la cerveza. [Sonríe, se levanta y va al baño. Al cabo de unos minutos vuelve subiéndose la bragueta] Ya está.
J.R.: Una de las categorías de su página se llama Mundo Personal. Sin embargo nunca profundiza mucho en dichos textos. ¿Se desnuda el autor alguna vez a través de la piel de los personajes ficticios y las historias inventadas?
A.B.: Quien me conoce lo sabe. Yo sólo me desnudo para ducharme, para cambiarme de ropa y para follar, ya sea solo o acompañado. [Calla unos segundos] Aunque no niego que pueda haber algo de verdad en lo que escribo.
J.R.: Precisamente lo preguntaba porque esa es la impresión del gran número de conocidos suyos con los que he podido hablar. Casi da la impresión de que de alguna forma la pose del autor ha acabado engullendo a la persona. ¿Es así, o quizás es la persona la que se ha terminado pareciendo al personaje?
A.B.: Bueno, cuando estoy a solas no es así. Es peor.
J.R.: ¿Peor en qué sentido?
A.B.: En que estando a solas es cuando me doy cuenta de que realmente no hay persona. La persona es el personaje que interpreto y el personaje que "he creado" es lo único que soy.
J.R.: Comprendo. Su personaje, al menos en apariencia, tiene cierta química con algunos de sus amigos que también escriben. ¿Se siente cómodo haciendo colaboraciones o proyectos conjuntos, o viendo cómo de sus textos nacen obras derivadas?
A.B.: Me siento igual de cómodo que cuando salgo a tomar unas cañas con mis amigos.
J.R.: Y, hablando de esa relación entre cerveza y literatura, ¿no cree que a veces hay demasiada nicotina en lo que escribe?
A.B.: Hay demasiada nicotina en mi vida en general. [Enciende un cigarrillo]
J.R.: Hay determinados temas recurrentes en su página, pero de todos ellos parece que la muerte tiene algo de fetiche. ¿Es toda esa nicotina de más una forma metafórica de buscarla?
A.B.: No es que la busque, es que me he rendido hace tiempo. La muerte siempre gana. Y reconozco que me da miedo, siempre he tenido miedo a morir. Es terrorífico saber que todos, absolutamente todos, vamos a morir.
J.R.: Son varias las veces que se ha declarado nihilista. ¿Por qué escribir entonces si sus textos no buscan una vida perdurable tras esa muerte?
A.B.: Eso es mentira. Precisamente los textos buscan perdurar todo lo posible, aunque sólo sea un poquito más que yo. A pesar de que estén condenados a fracasar.
J.R.: La voluntad de la vida en el recuerdo por la obra no parece una actitud muy nihilista.
A.B.: Soy nihilista pero humano.
J.R.: ¿Qué características le exige a sus lecturas?
A.B.: Que sean mejores que lo que yo escribo.
J.R.: ¿Quiere eso decir que llegar a publicar algo no entra en sus aspiraciones?
A.B.: No creo que nadie pueda querer publicar algo escrito por mí. No creo que fuera rentable para la editorial. [Apaga el cigarrillo tras una larga calada]
J.R.: Algunos de sus textos son mordientes críticas a la obra de otros autores o hacia determinados personajes públicos. ¿Cuánto tienen de simbólico esas defenestraciones y cuánto de mera satisfacción?
A.B.: La iconoclasia es una forma de masturbación.
J.R.: ¿Mejor o peor que cuando escribe algo cargado de sexualidad?
A.B.: Diferente. El sexo es diferente a la iconoclasia. [Calla, tuerce el labio unos segundos antes de seguir] Aunque igual de placentero.
J.R.: Si un régimen totalitario comenzara a quemar todos los libros de la humanidad y usted pudiera salvar de las llamas únicamente a un autor, ¿podría elegir labibliografía de algún escritor en concreto?
A.B.: [Permanece callado largo rato] Ahora mismo no podría decidirme. Cortázar, Bolaño, Hesse, Philip Roth... Hay muchos que merecen una redención, por pequeñita que sea. Eso sí, lo que sé con seguridad es que tiraría al fuego a Paulo Coelho?
J.R.: ¿Para cuándo una defenestración onanista de Paulo Coelho?
A.B.: Tiene que surgir. No todo es cuestión de escupir impulsivamente.
J.R.: ¿Qué sentimiento le evocaría conocer que a un hipotético lector le excitase alguno de sus textos?
A.B.: ¿Que le excitase en qué sentido?
J.R.: Sexualmente.
A.B.: Supongo que me resultaría indiferente, siempre y cuando no esté leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Y si fuera una lectora?
A.B.: Si fuera una lectora no estaría nada mal que estuviera leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Alguna vez ha utilizado la literatura como arma de seducción?
A.B.: Sí, pero le aseguro que a mí no me funcionó. Por desgracia.
J.R.: Uno de los adjetivos con el que sus lectores más se refieren a su obra es "visceral". ¿Se considera así ya sea en el fondo o en la forma?
A.B.: No sé a qué lectores ha preguntado (tampoco tengo tantos), pero no tengo ni puta idea de qué quieren decir con eso. Visceral es un adjetivo tan comodín para la crítica como lo puede ser "ecléctico". Pero como suena tan bien, diré que estoy completamente de acuerdo. Soy todo vísceras.
J.R.: ¿Ha llorado alguna vez escribiendo algo?
A.B.: No. Pero he llorado antes de escribir algo.
J.R.: ¿Llegó ese texto a ver la luz?
A.B.: Depende qué se entienda por ver la luz. Puedo decir que llegó a donde tenía que llegar.
J.R.: ¿Alguna vez le ha ilusionado algún comentario que le hayan escrito en su página?
A.B.: Sí. Siempre te hace un poco de ilusión que alguien pierda el tiempo contigo.
J.R.: ¿Quién es su peor crítico?
A.B.: Esta pregunta me la ha hecho para que le diga que soy yo, que soy muy exigente con lo que escribo y todas esas pamplinas. Bueno, pues es cierto. Soy yo.
J.R.: ¿Y en segundo lugar?
A.B.: No es que me critiquen mucho.
J.R.: Literariamente hablando, ¿tiene alguna espina clavada?
A.B.: Lo que tengo es un montón de cosas sin acabar. Y parecen pedirme prórroga ad infinitum.
J.R.: Por último, su página se ha caracterizado siempre por una gran austeridad en lo que a la presentación se refiere. De hecho hace tan sólo unos días publicó por primera vez una imagen. Háblenos de ese afán por la estética minimalista.
A.B.: No se lleve a engaños. No es minimalismo. Se trata, lisa y llanamente, de vagancia. Puta vagancia.
[Nos levantamos los dos. Nos estrechamos las manos y todo parece estar a punto de desaparecer]
J.R.: Bien, pues hasta aquí esta entrevista con Alberto Berjón. Muchas gracias por su tiempo. Buenas tardes.
A.B.: Buenas tardes. Cierre bien la puerta al salir.

Unos años después de mí

jueves, 23 de julio de 2009

Me gustaría mandar una carta al futuro, una carta que llegase después de que yo haya muerto, y así verla emerger de golpe sobre mi tumba, después de tantos años oculta esperando, inexistente hasta la fecha, y así crearme una segunda vida por escrito, la resurrección, el apocalipsis que nadie se había imaginado: la segunda venida de Alberto.

No se dejen llevar por las apariencias, estoy hablando de algo más que un mero testamento. Ni siquiera hablo de un Nuevo Novísimo Testamento. Ni de una reencarnación. Hablo de comunicarme con personas que jamás llegaré a conocer. De escribirme de novo. Dejaré en la misma carta los huecos apropiados para que ellos me respondan, para que ellos participen de mi segunda vida, de mi vida muerto. Dejarlo todo como un lienzo en blanco con un boceto dentro, un esquema de todas las cosas que pueden desaparecer, de las cosas que han desaparecido y de las cosas que siempre acaban por desaparecer. Un esquema nervioso de la vida, un esquema de los estigmas, determinando el lugar correcto donde hay que clavar de nuevo los clavos contra el madero, sin saber siquiera si habrá clavos o madera, sin saber si por aquel entonces existirá la crucifixión como concepto, vaya usted a saber si como metáfora.

Será una forma de nacer (¿o es de renacer?) sin tener que arrastrarme por una vagina. Sin tener que esperar 9 meses dentro de un útero, aburrido como a fin de cuentas son todos los úteros, a oscuras y solo, muy solo. Sin necesidad de que haya sexo previo, ni una mísera corrida. Supongo que lo siento, papá.

Parece tan bello, tan fácil de hacer, sólo es ponerse y escribir. Valdría con mandar una sola frase: he vuelto. Y ya. No habría más argumento que lo que sucediera después. Una persona cualquiera recibe la carta, abre los ojos mucho, dice: es imposible. Y va al rotativo que haya en la época. Grita. ¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto! Alguien rompe el primer sello. Sale en todas la noticias. Hacen fotos a mi tumba. Helicópteros sobrevolando el cementerio. Alguien rompe el segundo sello. Aparecen los hijos que nunca tuve. Dicen que yo soy su padre. Sólo quieren dinero. Alguien rompe el tercer sello. Se publican biografías sobre mí basadas en lo que escribí. Es decir, llenas de mentiras. Alguien rompe el cuarto sello. Un periodista imbécil me otorga el dudoso honor de ser conocido como El Cid del siglo XXI: Siguió escribiendo después de muerto del todo (sic). Alguien rompe el quinto sello. Se me considera oficialmente como el remodelador del concepto literario del tiempo, al subsistir por escrito más allá de mi época. Al menos eso dirá la Wikipedia. Alguien rompe el sexto sello. Todos los años, por la fecha de mi muerte, la gente lleva hojas en blanco a mi tumba, esperando que se obre de nuevo el milagro. Y rezan, no por mí, sino a mí.

Alguien rompe el séptimo sello. Ya iba siendo hora.

Una imagen vale más que mil palabras

miércoles, 22 de julio de 2009

Hoy cumplo 23 años.


Sus labores

lunes, 20 de julio de 2009

Es comprensible que en aquel momento, en ciernes de alcanzar la independencia parental, yo me viera sobradamente preparado para afrontar cualquier cosa. Ya me veía yo desempeñando todas las labores del hogar con una facilidad pasmosa para, justo después, disponer de todo el tiempo libre del mundo sólo para mí, el tiempo más libre que nunca había vivido, ya por fin fuera del nido, y libre, libre. Pero nada más lejos de la realidad. El choque con la rutina de las labores de mantenimiento de la casa fue brutal, una colisión totalmente inesperada que me dejaba agotado día tras día, incapaz de hacer nada más que el baile ordinario con la fregona, los cacharros sucios, y volver a cocinar para volver a ensuciar: todo ese círculo imposible de romper. Pronto me vi más preso que nunca de aquellas obligaciones jamás firmadas. En ese punto, atrapado como estaba, me venía a la mente el dicho aquel: no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia. Pero es que yo era el que menos ensuciaba y el que más limpiaba. Yo era el artífice de todos los pasos de la cadena de acontecimientos. Aquello era sencillamente insoportable. Por no hablar de ir a comprar al supermercado. Nada más traspasar la entrada me veía completamente desbordado. En esos momentos acusaba mi pasotismo a la hora de acompañar a mis padres a hacer la compra semanal durante mi adolescencia. Llegaba a echar de menos mi niñez, cuando sí que les acompañaba y me divertía empujando el carrito. Sí, me divertía, cosa que ahora me parece increíble. ¿Dónde quedaban aquellos años dorados sin preocupaciones ni decisiones arduas? ¿Qué elegir? ¿Leche entera o desnatada? ¿O acaso semidesnatada? ¿Da igual el detergente que coja? ¿Qué diferencia hay entre el detergente para ropa de color y el que vale para todo? ¿Macarrones o espaguetis? ¿Por qué hay distintos tipos de arroz? Envidiaba a los cavernícolas, que en vez de ir al supermercado iban a cazar. Eso sí que debía ser divertido, emocionante. Ahí no había lugar para las dudas. Una presa, una flecha: la flecha tiene que atravesar el ciervo. Y ya está. ¡Los ciervos no tenían fecha de caducidad! Pero ahora, hay que joderse: hasta los huevos la tienen impresa en la cáscara. Con un poco de suerte nos tatuarán dentro de unos años nuestra fecha de caducidad en el culo nada más nacer. Matar preferentemente antes de: 22 - 07 - 2056. Pero bueno, que me desvío, a lo que iba: la enorme variedad de la oferta me abrumaba a mí y a mis sencillas demandas. Veía, por ejemplo, cinco tipos de salchichas, cada una de distinto precio y yo gemía (por dentro, se entiende, no era cuestión de montar un espectáculo): si sólo quiero unas salchichas, nada más, ¿por qué tengo que elegir? Así que acabé adoptando una resolución basada en algo así como el instinto de supervivencia: imitar las compras de los demás. Si aquella vieja compraba el pan de molde aquel, será que está bien. Si ese chico compra pizzas de esas, lo mismo. Etcétera. Mis compras comenzaron a ser un collage bastante variopinto de los gustos de los propios clientes. Si alguien iba a gastar su dinero en eso, es que debía merecer la pena. Desde luego, parece bastante lógico. El problema radicaba en que con este proceso mis compras no se ajustaban del todo a mis necesidades, y así ocurría que había semanas que estaba sin jabón, sin carne, sin aceite, sin algún producto porque, vaya usted a saber, a alguien le debía sobrar aquello en su casa. Pero a mí no. El caso es que así es como hacer la compra se convirtió en una suerte de examen que sólo podía aprobar a base de chuletas. No es que fuera el mejor método, pero me funcionaba, al menos en parte, así que no le daba la menor importancia a que pudiera sufrir déficits en algún que otro bien de carácter básico. A fin de cuentas, era cuestión de tiempo que viera a alguien comprar de eso. Con la rutina del hogar la cosa era distinta. No tenía un modelo que imitar. No había una señora al lado cocinando para que yo supiera si se echaba antes la sal o el aceite o el vinagre (si es que acaso esa semana yo disponía de eso en mi casa). Así que me limité a improvisar. Total, comida era igual, lo importante era ingerir e ingerir. ¡A la mierda los guisos elaborados! Y bueno, en eso parece que la cosa también funcionó, la prueba es que sigo vivo. Y sobre las demás tareas: el hábito de planchar lo tuve que abandonar antes de que me viera consumido en aquella estúpida lucha con las arrugas, al igual que abandoné eso de hacer la cama (¿para qué sirve hacer la cama?) y bueno, con respecto a todas las tareas de limpieza, en general las efectuaba con mayor o menor diligencia. Eso sí, nunca estaba seguro de utilizar el producto adecuado. ¿Por qué no fregar los azulejos de la cocina con el producto especial para baños? ¿Son azulejos también, no? ¿Acaso tienen distinta composición? No sé cómo pero conseguí que la casa no estuviera todo lo sucia que podía estar. Para mí eso era un auténtico logro. En fin, parecía que no me iba mal y, sin embargo, a pesar de que más o menos acabé defendiéndome, trance tras trance, con todas estos hábitos cotidianos, no lograba acostumbrarme, seguía sintiéndome igual de puteado que el primer día, como un perfecto gilipollas. Así que es por eso que decidí volver a ser libre. A mí manera, claro. Porque yo en realidad nunca quise hacerme con el botín de aquella joyería: lo que yo quería era que me cogieran, que me metieran en una cárcel, y así no volver a pisar nunca más ningún puto supermercado. Porque quizás para vosotros no sea más que otro pringado, un recluso del montón. Pero, permitídme una pregunta, aquí y ahora: ¿quién es en realidad el preso, imbéciles?

El cebo

domingo, 19 de julio de 2009

He empezado a ducharme con la puerta del baño abierta, con la pequeña esperanza de que el sonido del agua golpeando la piel y los azulejos sea lo suficientemente fuerte como para llegar a ser audible desde el descansillo por cualquiera que pase por delante de la puerta de mi piso. Es una forma de evocar, de invitar, de decir que aquí hay alguien vivo, que hay alguien desnudo, inerme y frágil, untuosamente cubierto de agua y jabón que resbalan desagüe abajo. Es quizás también una forma de suplicar que, por favor, alguien fuerce la puerta y después suceda lo que tenga que suceder. O por lo menos es un grito de socorro: ¡Estoy indefenso! Y así, mientras me ducho, espero pacientemente que ocurra, el golpe seco de la puerta de entrada arrancada de su lugar, los pasos, silenciosos o no, que se acercan hasta donde estoy, oculto tras la cortina de ducha, yo: totalmente incapaz de distinguir nada que haya detrás de ella, por culpa de la mezcla del vapor de agua, de la ausencia de gafas durante el acto higiénico y de la propia cortina, una endeble barrera, mi endeble barrera, que otorga a toda la escena ese toque de enigma, de juguete de Navidad a punto de perder el papel de regalo a manos de un niño excitado. Quién sabe, quizás en ese momento yo esté masturbándome. O llorando, por aquello de aprovechar el agua que se desliza piel abajo. O vomitando por culpa de una intoxicación etílica, con el vómito resbalando entre mis pies y mezclándose con el agua, el jabón y el champú. Pero, divagaciones aparte, aquí el mayor misterio no está dentro de la ducha. A fin de cuentas, ahí dentro estaré yo, y habrá un chorro de agua saliendo por la alcachofa, y los demás detalles serán simplemente anecdóticos. No así el hecho de que alguien haya irrumpido en mi propiedad por el mero hecho de escuchar desde el exterior el ruido de la ducha: eso no es, desde luego, anecdótico; es atrevido, excitante, incluso terrorífico. Ahí es donde reside el misterio, la gracia de todo este juego. Si se para uno a pensar, nadie medianamente normal (entiéndase aquí por "normal" una especie de nota media de los defectos más comunes de nuestra especie) haría algo así. Sólo alguien que mereciera la pena entraría. Esa es la gracia: el acto delictivo (el presunto allanamiento de morada) debe ser considerado por el sujeto como un mal menor, debe interpretarse el ruido del agua como lo que realmente es: un grito de auxilio. Eso convierte al intruso en alguien muy especial, en alguien, por así decirlo, conectado conmigo, capaz de interpretar algo tan banal como el sonido de una ducha como aquello que yo quiero decir. Por supuesto, cabe la posibilidad de que haya de por medio una mala interpretación del sonido, que la persona no sea más que un perturbado mental capaz de emular al estilo más chabacano la famosa escena de "Psicosis" de Hitchcock. Así que en esas estamos, si ahora alguien acaba de irrumpir en mi casa mientras me ducho, tal y como yo deseaba, atraído por el cebo sonoro del chorro acuático que yo mismo he puesto. Alguien que podría ser, en el caso de que mi plan funcionase, la mujer de mi vida. Sí, el corazón se me acelera sin medida. Pero extrañamente nadie aparece por el baño, sólo oigo ruidos en algún otro lugar de la casa. Así que salgo de la ducha asustado, con la toalla enrollada de mala manera en mi cintura (nunca se me ha dado bien enrollarme las toallas sobre las partes pudendas, qué le voy a hacer). Desde el pasillo, con mi vista miope, consigo distinguir una persona que huye por la puerta de entrada. No entiendo qué ha podido salir mal. Hasta que me pongo las gafas y compruebo, decepcionado, que me acaban de robar el ordenador.

Cuernos

viernes, 17 de julio de 2009

No culpes al adulterio. Culpa al compromiso.

Madriguera

miércoles, 15 de julio de 2009

En cualquier momento podría ocurrir cualquier cosa. Y a mí me pillaría en calzoncillos, sentado en el sillón de mi casa, no es más que cuestión de probabilidades: los cálculos están ahí. Si algo sucediera, desde un accidente de tráfico hasta una explosión nuclear, pasando por la ejecución de un beso (me refiero al acto de efectuar un beso, ya saben: dos personas que se aproximan mutuamente los labios y todo eso; no me refiero al fusilamiento de un beso, a una hilera de soldados endurecidos por el frío, el hambre y la guerra apuntando, disparando, el beso muere y sólo nos queda el humo de los rifles, sólo), pues bien, si cualquier cosa sucediera, por mera estadística, yo estaría en calzoncillos en mi casa, oculto de la luz del sol (¡y qué sol!) del verano, de este verano que no es que bulla ahí fuera, es que consume cual ácido sulfúrico el asfalto, los coches, los semáforos: es como para echarse a temblar, la ciudad derritiéndose y yo aquí, en calzoncillos, ajeno de cualquier acontecimiento de índole mundial o vulgar o mínimamente interesante que pudiera suceder. Podría ser ese crujido de las ventanas, podría ser el aviso, las gotas que resbalan del gotelé. Podría ser el aviso de que tengo que salir pitando de aquí. Pero es que estoy en calzoncillos, ¿cómo voy a salir así a la calle? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? Lo cierto es que para salir debería ponerme unos pantalones, y debería hacerlo antes de que las paredes se derritan sobre mí (hay algo intrínsicamente malo en que las paredes de tu casa se derritan, estoy seguro). Pero unos pantalones, por muy cortos que sean, sería una cantidad de ropa excesiva. Vamos, que no me queda solución alguna que me convenza. No pienso hacer algo indecoroso ni algo que me haga pasar calor. Así que consiento por encogerme de hombros y abro otra cerveza, justo antes de que un chorro de techo me caiga en toda la cabeza. Qué asco. Seguro que ahí fuera está pasando algo interesante.

La confesión

lunes, 13 de julio de 2009

En verdad los seres humanos tienen las mismas necesidades básicas, no importa que sean niños o adultos, todos tienen que comer comida y beber agua.

Cuando yo era joven trabajaba como piloto de aviones. Una vez tuve una avería en el desierto del Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días. Al poco de estar allí, escuché una voz detrás de mí. Al girarme tuve que frotarme los ojos. No era una alucinación. ¡Era un niño!

No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Así que pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa al ver junto a mí a un niño. Debía tratarse de un aborigen de la zona, un tuareg o algo así. Debía haberse extraviado, pero yo no entendía nada de lo que me decía.

El niño debió tomarme por algún tipo de figura paterna, ya que se quedó junto a mí, mientras yo trataba a duras penas de reparar el avión. Apenas lográbamos comunicarnos. Compartíamos el agua que escasamente yo guardaba. A ese ritmo la provisión de agua me iba a durar sólo cuatro días.

Al anochecer del tercer día que pasé en aquel desierto, comprendí que la situación era insostenible. No conseguía arreglar el motor del avión, el agua se agotaba a pasos agigantados, el hambre me atenazaba las entrañas y mi pequeño compañero de penurias no es que me diera mucha conversación. No me quedó más remedio que tomar un decisión terrible. A fin de cuentas, ¿quién iba a echar de menos a un tuareg perdido en el Sahara?

Cuando llegó el sexto día vi una avioneta sobrevolar el cielo. No dudé en lanzar una bengala para que acudiera en mi ayuda. Un piloto francés llamado Bernard me rescató. Por supuesto, no reparó en los huesos que yo había procurado ocultar dos días antes. Nos hicimos amigos. Al poco tiempo, el milagro de mi supervivencia salió en todos los periódicos, con algunas omisiones que ustedes comprenderán.

Ya en mi casa, la conciencia no me dejaba tranquilo por lo sucedido. Así que para acallarla decidí rendir homenaje a aquel niño que me salvó la vida. Le convertí en el protagonista de un cuento, le hice rubio, le di un mensaje precioso que hacer llegar a todo el mundo. Fue un éxito. En el cuento, escribí cómo una serpiente acababa con su vida de un mordisco. En fin, eso ya lo sabe todo el mundo. Lo que nadie sabe es que, en realidad, la serpiente era yo.

Minusválido

domingo, 12 de julio de 2009

Para ser más exactos, todo esto comienza conmigo temblando de terror, temblando de tormenta, temblando de catástrofe. Igual que aquel día que soñé que mi padre no tenía cara y me pedía ayuda. En aquel sueño yo no sabía, no podía y no quería ayudar. Sólo conseguí temblar. Pues en ese momento, en este comienzo, en cualquier comienzo, ocurría algo parecido. Estaba ese temblor de los cojones aposentado aquí dentro, impidiendo, cortando, desgarrando algo, y era como tener un deje gangoso o un tartamudeo incrustado en las emociones. Era como ser minusválido. Y yo creía que sólo consistiría en eso, en un comienzo, pensaba que al fin y al cabo sólo era un principio, que después la cosa iría cediendo progresivamente, que cejaría ese estar a punto de llorar. Pero la realidad es que todo iba a ser así: el comienzo, el nudo, el desenlace. El temblor no era la introducción del cuento, era el puto cuento. En ese momento tengo 17 años. Estoy delante de un montón de gente de mi instituto, alumnos, padres, profesores. Sujetando con unas manos incapaces del más mínimo reposo una redacción, mi redacción. Obligado a leer en las fiestas de Navidad del instituto por haber ganado con aquel texto el primer premio del concurso de redacción. Allí no soy más que un animal asustadizo, avergonzado de lo que estoy leyendo. Al borde de la explosión. Es allí donde mi temblor global se transmite a mi voz deformada, a la sala, a los asistentes que empiezan a preocuparse por ese mequetrefe que les está haciendo perder el tiempo. Pero al final consigo acabarlo, rojo, exhausto y enfermo de miedo escénico. Un chico de mi clase se me acerca cuando bajo del escenario, con el papel desecho entre mis manos, y me dice que le ha gustado mucho. No sé si lo decía en serio, para consolarme o porque era un analfabeto funcional. Qué más da.
En ese momento yo tenía 17 años. Ahora tengo 22. Y todavía no he dejado de temblar.

Tercera premisa del hombre realista

Todo puede salir mal.

Capgras

martes, 7 de julio de 2009

La explicación es que tuvo que ser otra persona. Otra tú. Una farsante. Y sin embargo tan parecida.
Es la única explicación que encuentro para que te recuerde así, de la única forma que consigo recordarte: desnuda contra la virginidad. Una copia de ti abrazándome en la cama. Aniquilándome.

Aquella persona (no tú, tú jamás me harías eso: fue tu doble) me castró para siempre. Ahí estoy yo, saliendo del cuarto como quien sale de una trinchera. Dejándome olvidado el pene con ella. Ya no importa si lo olvidé allí de manera consciente. Ya no importa si fue ella quien me lo arrancó. Sólo importa que yo creía (de hecho, estaba convencido) que podría volver a por él. Me giré antes de cerrar la puerta y todo parecía, todo me engañaba, todo era como si. La realidad es que esa fue la última vez que estuve en aquella guerra.

Está de más decir que no fue algo físico. Es obvio. No hace falta que demuestre que sigo teniendo pene, falo, polla, pito, rabo, picha, minga, chorra, cipote, pija, verga, existiendo ahí abajo como órgano, hecho todo él de piel, músculo y sangre, colgando de donde debe colgar. De lo que hablo es de un pene espiritual. Ahora vivo con un alma castrada y un recuerdo equivocado (porque no eras tú, guapa, sé que tú no serías capaz de algo tan terrible), ahora vivo igual que quien espera una carta de alguien que ha muerto.

El caso es que sólo quiero confesarte que he llegado a la conclusión (a buenas horas, mangas verdes) de que no fue de ti. Es la única explicación que se me ocurre. Yo me enamoré de tu imitación.

A veces sueño con muñecas decapitadas.

Algo menos

sábado, 4 de julio de 2009

Todo el mundo tiene miedo a la muerte. Todos.
Unos porque piensan que después de esto no hay nada.
Los otros porque necesitan creer que hay algo más. Porque tiene que haber algo más.
Y yo porque tengo miedo a todo. Incluso a la vida. Porque siempre puede haber algo menos.

La espera (y 7)

miércoles, 1 de julio de 2009

Hubo una época en que no se me daba mal esto de escribir. Qué más puedo decir, las cosas funcionaban. Sin embargo, ahora, cada vez que lo intento, todo se desmadra. Ahora ni siquiera logro enmendar mis errores como Dios manda. Porque empezar todo este cuento de Gabriel y de Tel fue un error. Y no borrarlo a tiempo fue otro error. Pero ya está bien de lamentarse. Están a punto de llegar. Todos.

El primero en aparecer es Otelo. Trae a rastras el cadáver de mi amigo Jorge. Justo como le pedí.
–¿Qué tal, Otelo?
–Bien –dice secamente. Se deja caer en la silla y deja en el suelo a Jorge. O, mejor dicho, lo que queda de Jorge.
–Te huele el aliento a alcohol.
No le da tiempo a responder porque hace acto de presencia Tel, radiante como siempre. Y viva.
–Hola Tel, bienvenida.
–Hola –está tan seria.
–¿Sabes si va a poder venir Gabriel?
–No me hizo caso cuando fui a verle al manicomio. Cree que estoy...
–Muerta.
–Sí –dice y me parece como si ahogase un llanto.
–Bueno, estaba claro que no podía salir todo como yo esperaba. Para no perder la costumbre.
Nadie se ríe.
–En fin, vayamos al grano –continúo–. Os he prometido no haceros daño y supongo que por eso habéis accedido a venir. Espero que no intentéis hacer ninguna estupidez –les muestro que en mi poder tengo un bolígrafo y una hoja en blanco–, porque no os gustaría lo que puedo escribir aquí. ¿Conformes?
–Sí, jefe –dice Otelo.
–¿Tel?
–Sí... –dice a regañadientes.
–Bien, una vez aclarados los términos de esta reunión, os pido disculpas. Por todo lo que os he hecho pasar.
–Puedes ahorrarte tus disculpas. Estamos un poco cansados de este rollito de Unamuno que te traes con nosotros –dice Tel.
–¿Cómo?
–Sí, ahora actúa como si nunca hubieras leído Niebla.
–Un momento, yo... –pero antes de que pueda defenderme de las acusaciones de Tel, Otelo se abalanza sobre mí, me golpea y me quita el papel y el Bic. Gabriel aparece en ese momento por la puerta.
–¿Llego tarde? –pregunta Gabriel.
–Hijos de puta –les digo sin apreciar la ironía de mi insulto.
–Creo que ahora tendrás que escucharnos tú a nosotros –dice Tel.
–No sé qué pretendéis hacer con ese papel, pero os advierto...
–Vamos a romper este papel en blanco, jefe. Y no podrás evitarlo –dice Otelo sonriente.
–¡No! ¡No lo entiendes! –grito y salto de mi asiento para tratar de evitarlo pero Otelo ejecuta, y el rasgar del papel suena, suena a derrota y a sangre desparramándose. Suena a que esta historia acaba de perder todo atisbo de futuro. Ya no queda lugar donde escribir. Y cuando quiero darme cuenta han desaparecido. Tel, Gabriel y Otelo ya no existen. Los muy idiotas prefirieron eso a que negociara con ellos un final decente. Todo esto ha sido para nada.

Me derrumbo en la silla y miro el cuarto en silencio.
Sólo veo el cadáver de un amigo. Y, justo en frente, a un escritor de mierda que no para de llorar.

La espera (6)

martes, 30 de junio de 2009

Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.

Lo fácil habría sido borrar. Eliminar todo rastro de aquel beso. Y olvidarme del tema. Pero eso habría sido lo fácil. No habría sido lo justo. No para Tel, no para Gabriel. Se merecían una vida. Aunque fuera una vida de mierda.

Nunca empiezo algo si no es para acabarlo. O al menos eso es lo que siempre intento. Así que me escribo a mí mismo sudando, con los dientes muy apretados, parapetado detrás de una esquina. Me escribo en el preciso instante en que Tel y Gabriel se besan. Tel tiembla de miedo. Gabriel tiene una erección. Ambos fuman. Y se besan. Me escribo un arma homicida, me puedo escribir lo que quiera: una pistola, una navaja, un cuchillo de cocina. Elijo la pistola, que aparece en mis manos sudadas. No sé qué tipo de pistola es porque no tengo ni idea de pistolas. Es la primera vez que tengo una en mi poder. No me importa. Porque haga lo que haga saldrá bien. No se hagan otras ideas: el sudor me lo he puesto sólo para ambientar.

–No lo hagas.
Es Jorge. No sé cómo, ha aparecido. En mi historia.
–¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí. Estás interrumpiendo un final épico. Voy a convertirlos en los Romeo y Julieta postmodernos. Yo soy su veneno. El autor de la obra transgrediendo su propia obra, esas cosas.
–Esto no es un final.
–Jorge, no vas a impedir que haga lo que tenga que hacer. Esta historia me pertenece.
–Hoy moriría por Tel.
Apunto a mi amigo con la pistola. Puede echarlo todo a perder, así que no me queda más remedio que amedrentarle.
–Déjate de faroles y lárgate.
Ahora el sudor es de verdad.
–He dicho que estoy dispuesto a morir por Tel. Resulta un alivio tener un motivo para morir. Tiremos los dados.
–¿Has perdido la puta cabeza?
Y da un paso hacia mí. El muy imbécil da un paso hacia mí. Lo que sigue es un acto reflejo o algo así: aprieto el gatillo. Es la primera vez que disparo una pistola. El retroceso hace que me golpee con la culata en la frente. Aturdido, compruebo que estoy sangrando. Debo haberme abierto la ceja. Me asomo por la esquina y veo a Tel y Gabriel huir, alertados por el disparo. A mi lado, en el suelo, Jorge yace muerto. Lleva dos dados rojos en la mano derecha.
–La banca siempre gana –le escupo justo antes de irme cagando leches de allí.

Me cago en el refranero.

La espera (5)

lunes, 29 de junio de 2009

Hacía pocos días que había retomado la maltrecha historia de La espera, intentando darle algo de intriga y emoción, cuando recibí la llamada de Jorge Rey, un amigo mío. Para ponerles en antecedentes: hacía semanas que no me había vuelto a encontrar cucarachas (o lo que coño sean esos putos bichos) en mi baño y había aprobado todos los exámenes de los que sabía la nota. En resumen, yo estaba de vacaciones y todo parecía ir viento en popa. Hasta que recibí esa llamada.
–Hola –contesté.
–Deja en paz a Tel.
–¿Cómo?
–Tel, la de La espera. Déjala vivir.
Así, sin mediar palabra, se me puso imperativo. Yo, por supuesto, no entendía nada.
–¿A cuento de qué viene esto?
–Conozco a Tel y no merece morir.
Definitivamente se había vuelto loco.
–¿Has vuelto a beber?
–Hablo en serio.
–¿Cómo vas a conocerla? Es un personaje de ficción, ¡yo la creé!
–La conozco. Ella vino a pedirme ayuda.
–Jorge, hazme un favor: deja la droga que estés tomando y déjame en paz tú a mí.
–Si la matas esto tendrá consecuencias. Estoy dispuesto a intervenir.
–¿Intervenir? Tel no existe Jorge, además te recuerdo que ya está muerta. Ya está escrito. Lo dice Gabriel desde el manicomio.
–Pero eso es sólo lo que él dice. Y además está loco, por lo que puede ser mentira.
–En cualquier caso tiene que morir. No tengo mejores planes para ella.
–¿Por qué va a tener que morir? Tú puedes cambiarlo todo.
Qué tío más pesado.
–Déjalo ya, Jorge.
–Estoy hablando en serio. Después de hablar con Otelo, antes de ir a ver a Gabriel, Tel vino a pedirme ayuda. Me dijo que leyera tu blog, que lo entendería todo. Y me suplicó ayuda. Me suplicó que te convenciera de que no la mates. Hasta me regaló sus cigarrillos.
–Deja de decir chorradas. Es un personaje de ficción: Tel no existe.
–Imagínate que Dios dijera lo mismo sobre sus creaciones.
–No me importa: Dios tampoco existe.
–¿Y tú existes?
–Tanto como tú.
–Tanto como Tel.
–En serio, ya aburres. Deja de bromear y dime para qué me has llamado.
–Por enésima vez, no bromeo. Te llamaba para advertirte: no mates a Tel –y colgó.
En ese momento advertí una cucaracha saliendo del baño.
Mierda. Todo me iba tan bien.

La espera (4)

sábado, 27 de junio de 2009

Permítanme presentarme. Soy Otelo de la Cruz. Un personaje más de esta ficción. Fui creado de manera improvisada por Alberto Berjón el día 27 de junio de 2009. Parece ser que a Alberto se le había ido la mano con una historia sobre el intrascendente beso de dos personajes suyos, Tel y Gabriel. Dos personajes sin planificar, hechos sobre la marcha, como yo. Dos personajes difíciles de encuadrar en una historia realmente atractiva. Eso es lo que me dijo Alberto. Que si se le había ido la mano, que aquello no podía seguir siendo improvisado. Que si el jazz barato, que un clavo saca a otro clavo. Y ese clavo era yo. Me dio una coartada, una relación pasada con Tel, una obsesión, un rol oscuro. Yo era la solución. El plan es perfecto, me dijo, justo después del beso apareces de la esquina con una navaja. Una navaja que te regaló Tel cuando salíais juntos. Con ella matarás a la mujer que amaste después de estar todo el día bebiendo. ¿Qué te parece? Sí, ese psicópata cabrón tuvo la delicadeza de preguntarme que qué me parecía todo aquello. Me tocaba ser el malo de la historia, acabar con la vida de una chica inocente, tan inocente como yo, y el hijo de puta me pregunta con aquella estúpida sonrisa de "hola, soy un genio" que qué me parece. No te preocupes, añadió, si actúas según lo planeado todo te irá bien. Ni la policía, ni siquiera Gabriel te harán nada. Saldrás indemne y victorioso. Lo tengo todo planeado. Eso me dijo: indemne y victorioso. Me dio todas las instrucciones, dónde tirar el arma homicida, por dónde huir, me dio una botella de whisky e incluso me compró un billete de avión a Argentina. Yo estaba preocupado a pesar de toda aquella planificación, a pesar del engranaje perfecto que me había construido. ¿Qué va a ser de Gabriel?, le pregunté. Él me dijo que no me preocupara por Gabriel, que acabaría siendo un personaje mucho más interesante. Bueno, si se refería a que iba a acabar loco de remate tenía razón. Puto psicópata. El caso es que al final no vi más solución que aceptar todo aquello, entrar en el juego. Así pues, horas antes de aquel beso que jamás tuvo que ser escrito, estaba yo a solas en mi casa bebiendo aquel whisky barato que Alberto me regaló. La verdad es que la casa que me inventó daba un poco de asco. Estaba todo desordenado y sucio, una radio que sonaba fatal tocaba canciones tristes, papeles de periódico cubrían absolutamente todo el suelo y, de vez en cuando, alguna rata emprendía un viaje relámpago entre los montones de basura. Daban ganas de beber hasta morir, de eso no cabe ninguna duda, por lo que al final acabé borracho como una cuba. Pero algo cambió en aquella tragicomedia, algo dejó de tener sentido para mí. Cogí el teléfono, rezando para que Alberto no me hubiera cortado la línea, y marqué el número de Tel. Me lo sabía de memoria: Alberto me había otorgado hasta el más mínimo detalle. Tel contestó. Soy yo, Tel, le dije. ¿Tú? Hace tiempo que no quiero saber nada de ti, Otelo, ya lo sabes, me dijo. Lo sé, pero esto es algo muy importante. He quedado, ya me lo dirás más tarde. Precisamente, le respondí, es por eso: sé que has quedado con Gabriel y sé que corres un grave peligro. Llegado este punto parece que entró en razón, no de muy buena gana, todo hay que decirlo, pero por suerte logré convencerla y quedé con ella en una cafetería apartada del lugar del beso. Yo apestaba a una mezcla entre whisky y sudor. Ella olía a perfume del bueno. Como en los viejos tiempos, pensé (aunque esto era absurdo, sabía que eso nunca había pasado, aunque yo lo recordase por obra y gracia de Alberto). Le conté todo, absolutamente todo. Le devolví la navaja, le regalé mi billete de avión. Le recomendé que huyera del país, que Alberto era capaz de hacer cualquier cosa con tal de destrozarles la vida a ellos dos. Si me había creado a mí, ¿de qué no sería capaz? Ella lloró como una Magdalena. Me dio las gracias. Dijo que huiría después de encontrarse con Gabriel, que quería verlo al menos una última vez. Me dio un beso en la mejilla, a pesar de mi olor. Y se fue. En ese momento yo era el hombre más feliz del mundo. Estaba seguro: lo había logrado, había burlado a Alberto y su plan de asesinato. Reí a carcajadas. Este Otelo celoso y borracho había cambiado el rumbo de los acontecimientos. Eso creía. Pero me equivocaba.

La espera (3)

jueves, 25 de junio de 2009

El terapeuta dice que voy bien. Que progreso. Aunque no me dice hacia dónde progreso. Aunque a mí no me importa. Aunque a nadie le importa. Ni siquiera a ella. Hoy ella ha vuelto. Me dijo que no me echaba de menos. Que yo sólo era otro error más. Que el jefe del hospital había matado a todos. Que iba a ir a por mí también. Yo no sabía quiénes eran todos. Pero no se lo dije. No quería enfadarla. No quería que pensara que soy peor que un error, que soy un error ignorante. Aquí los días se me hacen muy largos. Las noches no. Las noches duermo. La medicina me funciona por las noches. Hoy los otros me han dicho que estoy loco. El médico y el terapeuta dicen que no piense en lo que me dicen, pero no sé en qué pensar. Hace días que no se me pone dura. Igual es por las medicinas. Igual tiene razón el alto, que dice que nos están envenenando a todos. Pero el alto está loco. Lo sé. También dice que habla con Dios. O que Dios habla con él. Lo que sea. A mí no me importa. A ella tampoco le importa. Hoy también me lo dijo. Hoy me dijo que desde nuestro último beso todo había ido a mejor. Ah, me había olvidado: me llamo Gabriel. Ella se llama Tel. Es muy guapa. Es muy buena. La última vez que la besé estuve esperando horas por ella. Sólo por ella. Fue hace unos seis meses. Ese día la mataron. Aunque supongo que eso ahora tampoco importa.

La espera (2)

martes, 26 de mayo de 2009

No soy entomólogo, eso está claro. Aún así estoy convencido de que los bichos que he visto corretear sobre los azulejos de mi baño son cucarachas. Y, aunque realmente no lo sean, a efectos prácticos nos da lo mismo. Para nosotros esos bichos serán cucarachas. Esa será la designación que usaremos, vosotros y yo, para referirnos a esos bichos a partir de ahora. Cucarachas. Pues bien, esas cucarachas sólo aparecen de madrugada. No sé de dónde salen, Pablo dice que debe haber un agujero detrás del bidé. Pero a mí me da igual por dónde salgan, a mí lo que me inquieta es que lo hagan siempre a esas horas intempestivas. No las veo muy a menudo, algún día que coincide que llego a casa a las 2 de la mañana, por poner un ejemplo, y entro en el baño, doy la luz y descubro una de ellas in fraganti, la cual corre como loca hacia ninguna parte, puesto que yo, al igual que hago siempre que me topo con alguna, acabo por aplastarla y por depositar su cadáver en el agua del váter. A veces entro al baño de madrugada (en este punto sois libres de imaginar a qué voy al baño a esas horas) y no veo ninguna pero que están ahí. Y sin embargo, a pesar de saberlo, soy capaz de dormirme pese a ser consciente de que ellas están unos metros más allá explorando mi baño, sólo mi baño, porque nunca salen más allá de los mismos tristes azulejos, explorando el lugar donde cada vez que me encuentro con una mueren, mueren irrefutablemente, y así, poco a poco, mientras recuerdo las suelas de mis zapatillas manchadas con sus restos mortales, pasan las noches, procurando ignorarnos mutuamente. Y es que ya ni siquiera me motiva matar cucarachas. Se me está quedando un rictus fatídico en la cara, una mirada dura, una sonrisa triste. Estoy instalado en una abulia perenne. Y esto también se ha extendido a mi blog, se ha extendido a la historia de Tel y Gabriel. Debería contar quién llamó a Tel y lo que le pidió, qué era eso tan urgente que obligó a esperar a Gabriel un par de horas por ella. Debería contar por qué ella llegó temblando, por qué se quedó sin cigarrillos. Debería contar qué le pasó a Gabriel mientras esperaba a Tel. Porque esta historia empezaba con un final feliz. Y yo tenía que acabarla con un comienzo trágico y absurdo. Pero no pude hacerlo. Estos días he pasado delante del ordenador igual que paso delante del baño, obviando las cucarachas, obviando las vidas ficticias de Tel y de Gabriel, vidas incompletas, vidas de la longitud de un beso. Tenía que escribirlo, no por mí, sino por ellos dos. Y no pude. Ahora serán felices, inmersos en un beso ad eternum, incompletos, pero felices para siempre. Todo por culpa de mi desidia. Pido perdón. Porque les he fallado a ellos. Porque os he fallado a vosotros. Porque les he fallado a las cucarachas. Perdón.

La espera (1)

viernes, 15 de mayo de 2009

Llevaba esperando por lo menos dos horas cuando llegó ella. Al fin. Ya se me estaban acabando el tabaco y las ganas de esperar. Ella tiembla, mira el penúltimo cigarrillo de la cajetilla en mi boca, y me pide que le dé un cigarrillo. Dice que algo sobre un lío inesperado mientras le tiendo mi último pitillo. Veo el paquete vacío que dejo caer al suelo, que aplasto en el suelo y pienso que es como si mi espera y su llegada hubieran sido medidas con precisión: ha llegado justo para el último cigarrillo. Como si no pudiera ser de otra forma. Veo como se enciende el cigarrillo a la vez que habla con los labios apretados y dice que si una llamada, que si no pudo hacer nada más que ir. No me importa lo que haya pasado, le respondo. Sólo me importa que estés aquí. Ella me mira, o mejor dicho, me vislumbra, a través del humo que desprendemos y que hace a modo de pegamento y así nos encontramos a través de la nube azul en un beso, en una gruta común donde entramos los dos, primero introducimos timidamente las lenguas, exploran el terreno, hacen de linternas improvisadas, y después damos paso a todo lo demás, entra en la gruta el resto del cuerpo, escapamos por nuestras bocas y ya no estamos fuera del beso, donde sólo quedan dos cuerpos inertes sujetando sus repectivos cigarrillos, sujetándose el uno al otro, dos maniquíes encerrados en otro sitio, en una boca común, a salvo (¿a salvo de qué?), en un lugar donde no importa nada más. Me llamo Gabriel y ella se llama Tel. Aunque supongo que los nombres ahora tampoco importan.

El mercado

jueves, 14 de mayo de 2009

–Hola.
–Qué desea.
–No lo tengo muy claro, ¿qué me recomienda?
–Yo no recomiendo, sólo vendo. La gente llega, me dice: deseo tal cosa, y yo se lo vendo.
–Comprendo. ¿Y un catálogo o algo así?
–Lo siento, lo que ve es lo que hay.
–Comprendo. Pues quiero una esclava sexual.
–Sólo nos quedan clavos sexuales.
–¿Y eso cómo funciona?
–Por favor, caballero, ¿tengo cara de libro de instrucciones?
–No, supongo que no.
–Si quiere un clavo sexual dígalo y si no déjeme en paz. Tengo mejores clientes que atender.
–¿Y a todos los trata igual?
–No, a los que tienen las cosas claras los respeto.
–Da igual, veamos, quiero un virus contagioso que pueda barrer la estupidez del planeta. Sólo la estupidez, lo demás puede vivir.
–No estará pensando en suicidarse.
–¿Y si fuera así? Se supone que alguien pedía algo y se lo vendía. No mencionó nada de hacer preguntas impertinentes sobre las motivaciones de cada cual.
–En tal caso le felicito, suicidarse es lo mejor que podría hacer. Tenga, su condenado virus. Son X euros.
–¿X? ¿10?
–No. Equis.
–X es 10 en romano.
–Aquí equis es equis. No le busque diez pies al gato.
–Ah, bueno, ¿y el resto de la ecuación? Para despejar la X y saber cuánto le debo.
–El resto depende de usted, amigo. Así que rápido, que no tengo todo el día.
–Tenga 10 euros entonces. ¿Me puede hacer factura?
–¿Pero dónde se cree que está comprando? Aquí ahorramos en papel. Si desea una factura inscríbase en ese listado de la derecha y nosotros ya le gestionaremos en un futuro su dichosa factura.
–Bien, pero oiga, ¿tengo derecho a garantía? ¿Y si el virus no funciona qué?
–Si el virus no funciona supongo que usted sobrevivirá y vendrá a darme la tabarra de nuevo.
–Y además vendré muy molesto. Y puedo llegar a ponerme muy agresivo cuando estoy molesto.
–En tal caso no se preocupe, yo mismo me encargaré de usted.
–Oiga, quiero comprar algo más...
–¿El qué?
–Un Colt 45 y dos balas.
–Sólo nos quedan balas. Colt no quedan.
–¿Y algún otro arma de fuego?
–Sí, nos quedan antorchas.
–¿Y gasolina?
–No, pero tenemos coches.
–¿Y queroseno?
–Oiga, no sea obsceno.
–¿Y poesía?
–¿Qué es eso?
–¿Y una katana?
–Por favor, no se enrolle y decídase por algo en concreto o coja su virus y lárguese.
–Ya se lo he dicho, una katana.
–¿Una katana?
–Quiero una puta katana, sable, espada o cualquier otra puta cosa de metal afilada que se pueda usar para matar.
–Vale, vale. Nos queda una katana roma.
–¿Y tiene un afilador? De katanas, no de lapiceros.
–Tenemos un afilador profesional. Viene con armónica incluída, da paseos por los barrios y las viejas le piden que les afile sus cuchillos de cocina y los hombres sus navajas de afeitar.
–No me sirve. Deme el clavo sexual.
–De acuerdo, tenga. Son Y + 3.
–¿Aceptan tarjeta?
–Depende de qué.
–VISA.
–No, lo siento.
–¿MasterCard?
–Sólo aceptamos tarjetas de visita.
–Ah, entonces espere, tengo por aquí una que me dio un curandero vudú. Tome.
–Debe ser una tarjeta de visita suya, caballero.
–Eh... claro, yo soy el curandero vudú. Tome mi tarjeta.
–Pero si acaba de decir... en fin, ¿me enseña el DNI, señor... Kwolongo?
–Claro, tome.
–¿Por qué no coinciden los datos de la tarjeta con su DNI?
–Porque Kwolongo es mi nombre africano.
–Me parece que tendré que llamar a la policía.
–Oh, no, aún no. Tenía pensado matarle, ese creo que sería un momento más adecuado para avisar a las autoridades.
–Ya sé que tenía pensado matarme. Lo he notado desde el primer momento en que me miró. Debería saber que hace un buen rato que he pulsado el botón de alarma de debajo del mostrador. Dé gracias a mi paranoia, amigo, le he salvado de la cárcel.
–Qué va, en aquel momento sólo quería una esclava sexual. Mis ganas de matarlo han aparecido según trataba con usted. Supongo que eso me deja menos tiempo para cometer el homicidio.
–Ya vienen.

 
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