La espera (6)

martes, 30 de junio de 2009

Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.

Lo fácil habría sido borrar. Eliminar todo rastro de aquel beso. Y olvidarme del tema. Pero eso habría sido lo fácil. No habría sido lo justo. No para Tel, no para Gabriel. Se merecían una vida. Aunque fuera una vida de mierda.

Nunca empiezo algo si no es para acabarlo. O al menos eso es lo que siempre intento. Así que me escribo a mí mismo sudando, con los dientes muy apretados, parapetado detrás de una esquina. Me escribo en el preciso instante en que Tel y Gabriel se besan. Tel tiembla de miedo. Gabriel tiene una erección. Ambos fuman. Y se besan. Me escribo un arma homicida, me puedo escribir lo que quiera: una pistola, una navaja, un cuchillo de cocina. Elijo la pistola, que aparece en mis manos sudadas. No sé qué tipo de pistola es porque no tengo ni idea de pistolas. Es la primera vez que tengo una en mi poder. No me importa. Porque haga lo que haga saldrá bien. No se hagan otras ideas: el sudor me lo he puesto sólo para ambientar.

–No lo hagas.
Es Jorge. No sé cómo, ha aparecido. En mi historia.
–¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí. Estás interrumpiendo un final épico. Voy a convertirlos en los Romeo y Julieta postmodernos. Yo soy su veneno. El autor de la obra transgrediendo su propia obra, esas cosas.
–Esto no es un final.
–Jorge, no vas a impedir que haga lo que tenga que hacer. Esta historia me pertenece.
–Hoy moriría por Tel.
Apunto a mi amigo con la pistola. Puede echarlo todo a perder, así que no me queda más remedio que amedrentarle.
–Déjate de faroles y lárgate.
Ahora el sudor es de verdad.
–He dicho que estoy dispuesto a morir por Tel. Resulta un alivio tener un motivo para morir. Tiremos los dados.
–¿Has perdido la puta cabeza?
Y da un paso hacia mí. El muy imbécil da un paso hacia mí. Lo que sigue es un acto reflejo o algo así: aprieto el gatillo. Es la primera vez que disparo una pistola. El retroceso hace que me golpee con la culata en la frente. Aturdido, compruebo que estoy sangrando. Debo haberme abierto la ceja. Me asomo por la esquina y veo a Tel y Gabriel huir, alertados por el disparo. A mi lado, en el suelo, Jorge yace muerto. Lleva dos dados rojos en la mano derecha.
–La banca siempre gana –le escupo justo antes de irme cagando leches de allí.

Me cago en el refranero.

La espera (5)

lunes, 29 de junio de 2009

Hacía pocos días que había retomado la maltrecha historia de La espera, intentando darle algo de intriga y emoción, cuando recibí la llamada de Jorge Rey, un amigo mío. Para ponerles en antecedentes: hacía semanas que no me había vuelto a encontrar cucarachas (o lo que coño sean esos putos bichos) en mi baño y había aprobado todos los exámenes de los que sabía la nota. En resumen, yo estaba de vacaciones y todo parecía ir viento en popa. Hasta que recibí esa llamada.
–Hola –contesté.
–Deja en paz a Tel.
–¿Cómo?
–Tel, la de La espera. Déjala vivir.
Así, sin mediar palabra, se me puso imperativo. Yo, por supuesto, no entendía nada.
–¿A cuento de qué viene esto?
–Conozco a Tel y no merece morir.
Definitivamente se había vuelto loco.
–¿Has vuelto a beber?
–Hablo en serio.
–¿Cómo vas a conocerla? Es un personaje de ficción, ¡yo la creé!
–La conozco. Ella vino a pedirme ayuda.
–Jorge, hazme un favor: deja la droga que estés tomando y déjame en paz tú a mí.
–Si la matas esto tendrá consecuencias. Estoy dispuesto a intervenir.
–¿Intervenir? Tel no existe Jorge, además te recuerdo que ya está muerta. Ya está escrito. Lo dice Gabriel desde el manicomio.
–Pero eso es sólo lo que él dice. Y además está loco, por lo que puede ser mentira.
–En cualquier caso tiene que morir. No tengo mejores planes para ella.
–¿Por qué va a tener que morir? Tú puedes cambiarlo todo.
Qué tío más pesado.
–Déjalo ya, Jorge.
–Estoy hablando en serio. Después de hablar con Otelo, antes de ir a ver a Gabriel, Tel vino a pedirme ayuda. Me dijo que leyera tu blog, que lo entendería todo. Y me suplicó ayuda. Me suplicó que te convenciera de que no la mates. Hasta me regaló sus cigarrillos.
–Deja de decir chorradas. Es un personaje de ficción: Tel no existe.
–Imagínate que Dios dijera lo mismo sobre sus creaciones.
–No me importa: Dios tampoco existe.
–¿Y tú existes?
–Tanto como tú.
–Tanto como Tel.
–En serio, ya aburres. Deja de bromear y dime para qué me has llamado.
–Por enésima vez, no bromeo. Te llamaba para advertirte: no mates a Tel –y colgó.
En ese momento advertí una cucaracha saliendo del baño.
Mierda. Todo me iba tan bien.

La espera (4)

sábado, 27 de junio de 2009

Permítanme presentarme. Soy Otelo de la Cruz. Un personaje más de esta ficción. Fui creado de manera improvisada por Alberto Berjón el día 27 de junio de 2009. Parece ser que a Alberto se le había ido la mano con una historia sobre el intrascendente beso de dos personajes suyos, Tel y Gabriel. Dos personajes sin planificar, hechos sobre la marcha, como yo. Dos personajes difíciles de encuadrar en una historia realmente atractiva. Eso es lo que me dijo Alberto. Que si se le había ido la mano, que aquello no podía seguir siendo improvisado. Que si el jazz barato, que un clavo saca a otro clavo. Y ese clavo era yo. Me dio una coartada, una relación pasada con Tel, una obsesión, un rol oscuro. Yo era la solución. El plan es perfecto, me dijo, justo después del beso apareces de la esquina con una navaja. Una navaja que te regaló Tel cuando salíais juntos. Con ella matarás a la mujer que amaste después de estar todo el día bebiendo. ¿Qué te parece? Sí, ese psicópata cabrón tuvo la delicadeza de preguntarme que qué me parecía todo aquello. Me tocaba ser el malo de la historia, acabar con la vida de una chica inocente, tan inocente como yo, y el hijo de puta me pregunta con aquella estúpida sonrisa de "hola, soy un genio" que qué me parece. No te preocupes, añadió, si actúas según lo planeado todo te irá bien. Ni la policía, ni siquiera Gabriel te harán nada. Saldrás indemne y victorioso. Lo tengo todo planeado. Eso me dijo: indemne y victorioso. Me dio todas las instrucciones, dónde tirar el arma homicida, por dónde huir, me dio una botella de whisky e incluso me compró un billete de avión a Argentina. Yo estaba preocupado a pesar de toda aquella planificación, a pesar del engranaje perfecto que me había construido. ¿Qué va a ser de Gabriel?, le pregunté. Él me dijo que no me preocupara por Gabriel, que acabaría siendo un personaje mucho más interesante. Bueno, si se refería a que iba a acabar loco de remate tenía razón. Puto psicópata. El caso es que al final no vi más solución que aceptar todo aquello, entrar en el juego. Así pues, horas antes de aquel beso que jamás tuvo que ser escrito, estaba yo a solas en mi casa bebiendo aquel whisky barato que Alberto me regaló. La verdad es que la casa que me inventó daba un poco de asco. Estaba todo desordenado y sucio, una radio que sonaba fatal tocaba canciones tristes, papeles de periódico cubrían absolutamente todo el suelo y, de vez en cuando, alguna rata emprendía un viaje relámpago entre los montones de basura. Daban ganas de beber hasta morir, de eso no cabe ninguna duda, por lo que al final acabé borracho como una cuba. Pero algo cambió en aquella tragicomedia, algo dejó de tener sentido para mí. Cogí el teléfono, rezando para que Alberto no me hubiera cortado la línea, y marqué el número de Tel. Me lo sabía de memoria: Alberto me había otorgado hasta el más mínimo detalle. Tel contestó. Soy yo, Tel, le dije. ¿Tú? Hace tiempo que no quiero saber nada de ti, Otelo, ya lo sabes, me dijo. Lo sé, pero esto es algo muy importante. He quedado, ya me lo dirás más tarde. Precisamente, le respondí, es por eso: sé que has quedado con Gabriel y sé que corres un grave peligro. Llegado este punto parece que entró en razón, no de muy buena gana, todo hay que decirlo, pero por suerte logré convencerla y quedé con ella en una cafetería apartada del lugar del beso. Yo apestaba a una mezcla entre whisky y sudor. Ella olía a perfume del bueno. Como en los viejos tiempos, pensé (aunque esto era absurdo, sabía que eso nunca había pasado, aunque yo lo recordase por obra y gracia de Alberto). Le conté todo, absolutamente todo. Le devolví la navaja, le regalé mi billete de avión. Le recomendé que huyera del país, que Alberto era capaz de hacer cualquier cosa con tal de destrozarles la vida a ellos dos. Si me había creado a mí, ¿de qué no sería capaz? Ella lloró como una Magdalena. Me dio las gracias. Dijo que huiría después de encontrarse con Gabriel, que quería verlo al menos una última vez. Me dio un beso en la mejilla, a pesar de mi olor. Y se fue. En ese momento yo era el hombre más feliz del mundo. Estaba seguro: lo había logrado, había burlado a Alberto y su plan de asesinato. Reí a carcajadas. Este Otelo celoso y borracho había cambiado el rumbo de los acontecimientos. Eso creía. Pero me equivocaba.

La espera (3)

jueves, 25 de junio de 2009

El terapeuta dice que voy bien. Que progreso. Aunque no me dice hacia dónde progreso. Aunque a mí no me importa. Aunque a nadie le importa. Ni siquiera a ella. Hoy ella ha vuelto. Me dijo que no me echaba de menos. Que yo sólo era otro error más. Que el jefe del hospital había matado a todos. Que iba a ir a por mí también. Yo no sabía quiénes eran todos. Pero no se lo dije. No quería enfadarla. No quería que pensara que soy peor que un error, que soy un error ignorante. Aquí los días se me hacen muy largos. Las noches no. Las noches duermo. La medicina me funciona por las noches. Hoy los otros me han dicho que estoy loco. El médico y el terapeuta dicen que no piense en lo que me dicen, pero no sé en qué pensar. Hace días que no se me pone dura. Igual es por las medicinas. Igual tiene razón el alto, que dice que nos están envenenando a todos. Pero el alto está loco. Lo sé. También dice que habla con Dios. O que Dios habla con él. Lo que sea. A mí no me importa. A ella tampoco le importa. Hoy también me lo dijo. Hoy me dijo que desde nuestro último beso todo había ido a mejor. Ah, me había olvidado: me llamo Gabriel. Ella se llama Tel. Es muy guapa. Es muy buena. La última vez que la besé estuve esperando horas por ella. Sólo por ella. Fue hace unos seis meses. Ese día la mataron. Aunque supongo que eso ahora tampoco importa.

 
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