Tsutomu Yamaguchi

jueves, 30 de julio de 2009

Te escribo porque no tengo nada que decirte.
Te escribo porque ya no me queda nadie más.
Porque cuando estás conmigo, aunque no sea físicamente, aunque sólo sea leyéndome, estás a solas.
Así que si estás leyendo esto, no creas que has logrado ser especial.
Sólo has logrado sobrevivirme.

El muro de Berjón

lunes, 27 de julio de 2009

J.R., Madrid.
Nos encontramos en una habitación en penumbras, tenuemente iluminada por un cigarrillo que pende de los dedos de Alberto Berjón, autor del blog Letras Terminales. Un blog caracterizado por su contenido filosófico, sexual y controvertido, pero sobre todo literario. Alberto Berjón es un tipo excéntrico a la hora de hablar, no mira a los ojos y fuma mucho. Para que se hagan una idea de su grado de excentricidad, me pidió que le hiciera yo esta entrevista para publicarla ulteriormente en su blog. La idea me pareció tan extraña como atractiva, por lo que no dudé en aceptar a pesar de no haber hecho nunca antes una entrevista. Este es el resultado.

J.R.: Buenas tardes.
A.B.: Hola. ¿Quiere un cigarrillo?
J.R.: Lo cierto es que lo he dejado, pero parece casi obligatorio para entrevistar a alguien como usted. Deme. [Acerca su cajetilla a mis manos. Cojo un cigarrillo]
J.R.: Bien. Empecemos por el principio. ¿Por qué Letras Terminales?
A.B.: En realidad Letras Terminales no es el principio de nada. De hecho, el título no fue más que una improvisación. Uno siempre tiene la impresión de que grandes títulos ocultan grandes fallos. Por eso ahora no pienso mucho en los títulos. Al principio sí, cuando empecé a escribir me centraba principalmente en el título. Después dedicaba todos mis esfuerzos a los finales. Y después a las introducciones, luego al nudo... Pero ahora no me centro en absolutamente nada. [Apaga su cigarrillo]
J.R.: ¿Esas evoluciones, si puede decirse así, se han correspondido con algún suceso puntual en su biografía?
A.B.: [Se queda pensativo] Yo diría que no. No han sido cambios bruscos. Fue todo muy progresivo, como poner un ladrillo encima de otro y así hasta este momento, en el que me alejo para ver el muro que se ha construido. Es cuando lo miras que te das cuenta de que los primeros ladrillos que habías puesto se cayeron hace tiempo y que todo se ha ido al carajo. Que has estado construyendo sobre algo que ya no existe.
J.R.: Háblenos de su método creativo. ¿Tiene o ha tenido alguno definido? Y si es así, ¿también ha ido creciendo a lo largo del tiempo y los textos publicados?
A.B.: No hay método alguno, si bien es cierto que al principio las mejores ideas me venían estando de resaca. Pero ahora ya no es así. Las resacas ya no son tan agradables. Ahora me limito a situarme ante el espacio en blanco y a escribir del tirón, a veces sobre alguna idea previa, otras veces todo es más improvisado. Si me disculpa, voy al baño. Es por la cerveza. [Sonríe, se levanta y va al baño. Al cabo de unos minutos vuelve subiéndose la bragueta] Ya está.
J.R.: Una de las categorías de su página se llama Mundo Personal. Sin embargo nunca profundiza mucho en dichos textos. ¿Se desnuda el autor alguna vez a través de la piel de los personajes ficticios y las historias inventadas?
A.B.: Quien me conoce lo sabe. Yo sólo me desnudo para ducharme, para cambiarme de ropa y para follar, ya sea solo o acompañado. [Calla unos segundos] Aunque no niego que pueda haber algo de verdad en lo que escribo.
J.R.: Precisamente lo preguntaba porque esa es la impresión del gran número de conocidos suyos con los que he podido hablar. Casi da la impresión de que de alguna forma la pose del autor ha acabado engullendo a la persona. ¿Es así, o quizás es la persona la que se ha terminado pareciendo al personaje?
A.B.: Bueno, cuando estoy a solas no es así. Es peor.
J.R.: ¿Peor en qué sentido?
A.B.: En que estando a solas es cuando me doy cuenta de que realmente no hay persona. La persona es el personaje que interpreto y el personaje que "he creado" es lo único que soy.
J.R.: Comprendo. Su personaje, al menos en apariencia, tiene cierta química con algunos de sus amigos que también escriben. ¿Se siente cómodo haciendo colaboraciones o proyectos conjuntos, o viendo cómo de sus textos nacen obras derivadas?
A.B.: Me siento igual de cómodo que cuando salgo a tomar unas cañas con mis amigos.
J.R.: Y, hablando de esa relación entre cerveza y literatura, ¿no cree que a veces hay demasiada nicotina en lo que escribe?
A.B.: Hay demasiada nicotina en mi vida en general. [Enciende un cigarrillo]
J.R.: Hay determinados temas recurrentes en su página, pero de todos ellos parece que la muerte tiene algo de fetiche. ¿Es toda esa nicotina de más una forma metafórica de buscarla?
A.B.: No es que la busque, es que me he rendido hace tiempo. La muerte siempre gana. Y reconozco que me da miedo, siempre he tenido miedo a morir. Es terrorífico saber que todos, absolutamente todos, vamos a morir.
J.R.: Son varias las veces que se ha declarado nihilista. ¿Por qué escribir entonces si sus textos no buscan una vida perdurable tras esa muerte?
A.B.: Eso es mentira. Precisamente los textos buscan perdurar todo lo posible, aunque sólo sea un poquito más que yo. A pesar de que estén condenados a fracasar.
J.R.: La voluntad de la vida en el recuerdo por la obra no parece una actitud muy nihilista.
A.B.: Soy nihilista pero humano.
J.R.: ¿Qué características le exige a sus lecturas?
A.B.: Que sean mejores que lo que yo escribo.
J.R.: ¿Quiere eso decir que llegar a publicar algo no entra en sus aspiraciones?
A.B.: No creo que nadie pueda querer publicar algo escrito por mí. No creo que fuera rentable para la editorial. [Apaga el cigarrillo tras una larga calada]
J.R.: Algunos de sus textos son mordientes críticas a la obra de otros autores o hacia determinados personajes públicos. ¿Cuánto tienen de simbólico esas defenestraciones y cuánto de mera satisfacción?
A.B.: La iconoclasia es una forma de masturbación.
J.R.: ¿Mejor o peor que cuando escribe algo cargado de sexualidad?
A.B.: Diferente. El sexo es diferente a la iconoclasia. [Calla, tuerce el labio unos segundos antes de seguir] Aunque igual de placentero.
J.R.: Si un régimen totalitario comenzara a quemar todos los libros de la humanidad y usted pudiera salvar de las llamas únicamente a un autor, ¿podría elegir labibliografía de algún escritor en concreto?
A.B.: [Permanece callado largo rato] Ahora mismo no podría decidirme. Cortázar, Bolaño, Hesse, Philip Roth... Hay muchos que merecen una redención, por pequeñita que sea. Eso sí, lo que sé con seguridad es que tiraría al fuego a Paulo Coelho?
J.R.: ¿Para cuándo una defenestración onanista de Paulo Coelho?
A.B.: Tiene que surgir. No todo es cuestión de escupir impulsivamente.
J.R.: ¿Qué sentimiento le evocaría conocer que a un hipotético lector le excitase alguno de sus textos?
A.B.: ¿Que le excitase en qué sentido?
J.R.: Sexualmente.
A.B.: Supongo que me resultaría indiferente, siempre y cuando no esté leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Y si fuera una lectora?
A.B.: Si fuera una lectora no estaría nada mal que estuviera leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Alguna vez ha utilizado la literatura como arma de seducción?
A.B.: Sí, pero le aseguro que a mí no me funcionó. Por desgracia.
J.R.: Uno de los adjetivos con el que sus lectores más se refieren a su obra es "visceral". ¿Se considera así ya sea en el fondo o en la forma?
A.B.: No sé a qué lectores ha preguntado (tampoco tengo tantos), pero no tengo ni puta idea de qué quieren decir con eso. Visceral es un adjetivo tan comodín para la crítica como lo puede ser "ecléctico". Pero como suena tan bien, diré que estoy completamente de acuerdo. Soy todo vísceras.
J.R.: ¿Ha llorado alguna vez escribiendo algo?
A.B.: No. Pero he llorado antes de escribir algo.
J.R.: ¿Llegó ese texto a ver la luz?
A.B.: Depende qué se entienda por ver la luz. Puedo decir que llegó a donde tenía que llegar.
J.R.: ¿Alguna vez le ha ilusionado algún comentario que le hayan escrito en su página?
A.B.: Sí. Siempre te hace un poco de ilusión que alguien pierda el tiempo contigo.
J.R.: ¿Quién es su peor crítico?
A.B.: Esta pregunta me la ha hecho para que le diga que soy yo, que soy muy exigente con lo que escribo y todas esas pamplinas. Bueno, pues es cierto. Soy yo.
J.R.: ¿Y en segundo lugar?
A.B.: No es que me critiquen mucho.
J.R.: Literariamente hablando, ¿tiene alguna espina clavada?
A.B.: Lo que tengo es un montón de cosas sin acabar. Y parecen pedirme prórroga ad infinitum.
J.R.: Por último, su página se ha caracterizado siempre por una gran austeridad en lo que a la presentación se refiere. De hecho hace tan sólo unos días publicó por primera vez una imagen. Háblenos de ese afán por la estética minimalista.
A.B.: No se lleve a engaños. No es minimalismo. Se trata, lisa y llanamente, de vagancia. Puta vagancia.
[Nos levantamos los dos. Nos estrechamos las manos y todo parece estar a punto de desaparecer]
J.R.: Bien, pues hasta aquí esta entrevista con Alberto Berjón. Muchas gracias por su tiempo. Buenas tardes.
A.B.: Buenas tardes. Cierre bien la puerta al salir.

Unos años después de mí

jueves, 23 de julio de 2009

Me gustaría mandar una carta al futuro, una carta que llegase después de que yo haya muerto, y así verla emerger de golpe sobre mi tumba, después de tantos años oculta esperando, inexistente hasta la fecha, y así crearme una segunda vida por escrito, la resurrección, el apocalipsis que nadie se había imaginado: la segunda venida de Alberto.

No se dejen llevar por las apariencias, estoy hablando de algo más que un mero testamento. Ni siquiera hablo de un Nuevo Novísimo Testamento. Ni de una reencarnación. Hablo de comunicarme con personas que jamás llegaré a conocer. De escribirme de novo. Dejaré en la misma carta los huecos apropiados para que ellos me respondan, para que ellos participen de mi segunda vida, de mi vida muerto. Dejarlo todo como un lienzo en blanco con un boceto dentro, un esquema de todas las cosas que pueden desaparecer, de las cosas que han desaparecido y de las cosas que siempre acaban por desaparecer. Un esquema nervioso de la vida, un esquema de los estigmas, determinando el lugar correcto donde hay que clavar de nuevo los clavos contra el madero, sin saber siquiera si habrá clavos o madera, sin saber si por aquel entonces existirá la crucifixión como concepto, vaya usted a saber si como metáfora.

Será una forma de nacer (¿o es de renacer?) sin tener que arrastrarme por una vagina. Sin tener que esperar 9 meses dentro de un útero, aburrido como a fin de cuentas son todos los úteros, a oscuras y solo, muy solo. Sin necesidad de que haya sexo previo, ni una mísera corrida. Supongo que lo siento, papá.

Parece tan bello, tan fácil de hacer, sólo es ponerse y escribir. Valdría con mandar una sola frase: he vuelto. Y ya. No habría más argumento que lo que sucediera después. Una persona cualquiera recibe la carta, abre los ojos mucho, dice: es imposible. Y va al rotativo que haya en la época. Grita. ¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto! Alguien rompe el primer sello. Sale en todas la noticias. Hacen fotos a mi tumba. Helicópteros sobrevolando el cementerio. Alguien rompe el segundo sello. Aparecen los hijos que nunca tuve. Dicen que yo soy su padre. Sólo quieren dinero. Alguien rompe el tercer sello. Se publican biografías sobre mí basadas en lo que escribí. Es decir, llenas de mentiras. Alguien rompe el cuarto sello. Un periodista imbécil me otorga el dudoso honor de ser conocido como El Cid del siglo XXI: Siguió escribiendo después de muerto del todo (sic). Alguien rompe el quinto sello. Se me considera oficialmente como el remodelador del concepto literario del tiempo, al subsistir por escrito más allá de mi época. Al menos eso dirá la Wikipedia. Alguien rompe el sexto sello. Todos los años, por la fecha de mi muerte, la gente lleva hojas en blanco a mi tumba, esperando que se obre de nuevo el milagro. Y rezan, no por mí, sino a mí.

Alguien rompe el séptimo sello. Ya iba siendo hora.

Una imagen vale más que mil palabras

miércoles, 22 de julio de 2009

Hoy cumplo 23 años.


Sus labores

lunes, 20 de julio de 2009

Es comprensible que en aquel momento, en ciernes de alcanzar la independencia parental, yo me viera sobradamente preparado para afrontar cualquier cosa. Ya me veía yo desempeñando todas las labores del hogar con una facilidad pasmosa para, justo después, disponer de todo el tiempo libre del mundo sólo para mí, el tiempo más libre que nunca había vivido, ya por fin fuera del nido, y libre, libre. Pero nada más lejos de la realidad. El choque con la rutina de las labores de mantenimiento de la casa fue brutal, una colisión totalmente inesperada que me dejaba agotado día tras día, incapaz de hacer nada más que el baile ordinario con la fregona, los cacharros sucios, y volver a cocinar para volver a ensuciar: todo ese círculo imposible de romper. Pronto me vi más preso que nunca de aquellas obligaciones jamás firmadas. En ese punto, atrapado como estaba, me venía a la mente el dicho aquel: no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia. Pero es que yo era el que menos ensuciaba y el que más limpiaba. Yo era el artífice de todos los pasos de la cadena de acontecimientos. Aquello era sencillamente insoportable. Por no hablar de ir a comprar al supermercado. Nada más traspasar la entrada me veía completamente desbordado. En esos momentos acusaba mi pasotismo a la hora de acompañar a mis padres a hacer la compra semanal durante mi adolescencia. Llegaba a echar de menos mi niñez, cuando sí que les acompañaba y me divertía empujando el carrito. Sí, me divertía, cosa que ahora me parece increíble. ¿Dónde quedaban aquellos años dorados sin preocupaciones ni decisiones arduas? ¿Qué elegir? ¿Leche entera o desnatada? ¿O acaso semidesnatada? ¿Da igual el detergente que coja? ¿Qué diferencia hay entre el detergente para ropa de color y el que vale para todo? ¿Macarrones o espaguetis? ¿Por qué hay distintos tipos de arroz? Envidiaba a los cavernícolas, que en vez de ir al supermercado iban a cazar. Eso sí que debía ser divertido, emocionante. Ahí no había lugar para las dudas. Una presa, una flecha: la flecha tiene que atravesar el ciervo. Y ya está. ¡Los ciervos no tenían fecha de caducidad! Pero ahora, hay que joderse: hasta los huevos la tienen impresa en la cáscara. Con un poco de suerte nos tatuarán dentro de unos años nuestra fecha de caducidad en el culo nada más nacer. Matar preferentemente antes de: 22 - 07 - 2056. Pero bueno, que me desvío, a lo que iba: la enorme variedad de la oferta me abrumaba a mí y a mis sencillas demandas. Veía, por ejemplo, cinco tipos de salchichas, cada una de distinto precio y yo gemía (por dentro, se entiende, no era cuestión de montar un espectáculo): si sólo quiero unas salchichas, nada más, ¿por qué tengo que elegir? Así que acabé adoptando una resolución basada en algo así como el instinto de supervivencia: imitar las compras de los demás. Si aquella vieja compraba el pan de molde aquel, será que está bien. Si ese chico compra pizzas de esas, lo mismo. Etcétera. Mis compras comenzaron a ser un collage bastante variopinto de los gustos de los propios clientes. Si alguien iba a gastar su dinero en eso, es que debía merecer la pena. Desde luego, parece bastante lógico. El problema radicaba en que con este proceso mis compras no se ajustaban del todo a mis necesidades, y así ocurría que había semanas que estaba sin jabón, sin carne, sin aceite, sin algún producto porque, vaya usted a saber, a alguien le debía sobrar aquello en su casa. Pero a mí no. El caso es que así es como hacer la compra se convirtió en una suerte de examen que sólo podía aprobar a base de chuletas. No es que fuera el mejor método, pero me funcionaba, al menos en parte, así que no le daba la menor importancia a que pudiera sufrir déficits en algún que otro bien de carácter básico. A fin de cuentas, era cuestión de tiempo que viera a alguien comprar de eso. Con la rutina del hogar la cosa era distinta. No tenía un modelo que imitar. No había una señora al lado cocinando para que yo supiera si se echaba antes la sal o el aceite o el vinagre (si es que acaso esa semana yo disponía de eso en mi casa). Así que me limité a improvisar. Total, comida era igual, lo importante era ingerir e ingerir. ¡A la mierda los guisos elaborados! Y bueno, en eso parece que la cosa también funcionó, la prueba es que sigo vivo. Y sobre las demás tareas: el hábito de planchar lo tuve que abandonar antes de que me viera consumido en aquella estúpida lucha con las arrugas, al igual que abandoné eso de hacer la cama (¿para qué sirve hacer la cama?) y bueno, con respecto a todas las tareas de limpieza, en general las efectuaba con mayor o menor diligencia. Eso sí, nunca estaba seguro de utilizar el producto adecuado. ¿Por qué no fregar los azulejos de la cocina con el producto especial para baños? ¿Son azulejos también, no? ¿Acaso tienen distinta composición? No sé cómo pero conseguí que la casa no estuviera todo lo sucia que podía estar. Para mí eso era un auténtico logro. En fin, parecía que no me iba mal y, sin embargo, a pesar de que más o menos acabé defendiéndome, trance tras trance, con todas estos hábitos cotidianos, no lograba acostumbrarme, seguía sintiéndome igual de puteado que el primer día, como un perfecto gilipollas. Así que es por eso que decidí volver a ser libre. A mí manera, claro. Porque yo en realidad nunca quise hacerme con el botín de aquella joyería: lo que yo quería era que me cogieran, que me metieran en una cárcel, y así no volver a pisar nunca más ningún puto supermercado. Porque quizás para vosotros no sea más que otro pringado, un recluso del montón. Pero, permitídme una pregunta, aquí y ahora: ¿quién es en realidad el preso, imbéciles?

El cebo

domingo, 19 de julio de 2009

He empezado a ducharme con la puerta del baño abierta, con la pequeña esperanza de que el sonido del agua golpeando la piel y los azulejos sea lo suficientemente fuerte como para llegar a ser audible desde el descansillo por cualquiera que pase por delante de la puerta de mi piso. Es una forma de evocar, de invitar, de decir que aquí hay alguien vivo, que hay alguien desnudo, inerme y frágil, untuosamente cubierto de agua y jabón que resbalan desagüe abajo. Es quizás también una forma de suplicar que, por favor, alguien fuerce la puerta y después suceda lo que tenga que suceder. O por lo menos es un grito de socorro: ¡Estoy indefenso! Y así, mientras me ducho, espero pacientemente que ocurra, el golpe seco de la puerta de entrada arrancada de su lugar, los pasos, silenciosos o no, que se acercan hasta donde estoy, oculto tras la cortina de ducha, yo: totalmente incapaz de distinguir nada que haya detrás de ella, por culpa de la mezcla del vapor de agua, de la ausencia de gafas durante el acto higiénico y de la propia cortina, una endeble barrera, mi endeble barrera, que otorga a toda la escena ese toque de enigma, de juguete de Navidad a punto de perder el papel de regalo a manos de un niño excitado. Quién sabe, quizás en ese momento yo esté masturbándome. O llorando, por aquello de aprovechar el agua que se desliza piel abajo. O vomitando por culpa de una intoxicación etílica, con el vómito resbalando entre mis pies y mezclándose con el agua, el jabón y el champú. Pero, divagaciones aparte, aquí el mayor misterio no está dentro de la ducha. A fin de cuentas, ahí dentro estaré yo, y habrá un chorro de agua saliendo por la alcachofa, y los demás detalles serán simplemente anecdóticos. No así el hecho de que alguien haya irrumpido en mi propiedad por el mero hecho de escuchar desde el exterior el ruido de la ducha: eso no es, desde luego, anecdótico; es atrevido, excitante, incluso terrorífico. Ahí es donde reside el misterio, la gracia de todo este juego. Si se para uno a pensar, nadie medianamente normal (entiéndase aquí por "normal" una especie de nota media de los defectos más comunes de nuestra especie) haría algo así. Sólo alguien que mereciera la pena entraría. Esa es la gracia: el acto delictivo (el presunto allanamiento de morada) debe ser considerado por el sujeto como un mal menor, debe interpretarse el ruido del agua como lo que realmente es: un grito de auxilio. Eso convierte al intruso en alguien muy especial, en alguien, por así decirlo, conectado conmigo, capaz de interpretar algo tan banal como el sonido de una ducha como aquello que yo quiero decir. Por supuesto, cabe la posibilidad de que haya de por medio una mala interpretación del sonido, que la persona no sea más que un perturbado mental capaz de emular al estilo más chabacano la famosa escena de "Psicosis" de Hitchcock. Así que en esas estamos, si ahora alguien acaba de irrumpir en mi casa mientras me ducho, tal y como yo deseaba, atraído por el cebo sonoro del chorro acuático que yo mismo he puesto. Alguien que podría ser, en el caso de que mi plan funcionase, la mujer de mi vida. Sí, el corazón se me acelera sin medida. Pero extrañamente nadie aparece por el baño, sólo oigo ruidos en algún otro lugar de la casa. Así que salgo de la ducha asustado, con la toalla enrollada de mala manera en mi cintura (nunca se me ha dado bien enrollarme las toallas sobre las partes pudendas, qué le voy a hacer). Desde el pasillo, con mi vista miope, consigo distinguir una persona que huye por la puerta de entrada. No entiendo qué ha podido salir mal. Hasta que me pongo las gafas y compruebo, decepcionado, que me acaban de robar el ordenador.

Cuernos

viernes, 17 de julio de 2009

No culpes al adulterio. Culpa al compromiso.

Madriguera

miércoles, 15 de julio de 2009

En cualquier momento podría ocurrir cualquier cosa. Y a mí me pillaría en calzoncillos, sentado en el sillón de mi casa, no es más que cuestión de probabilidades: los cálculos están ahí. Si algo sucediera, desde un accidente de tráfico hasta una explosión nuclear, pasando por la ejecución de un beso (me refiero al acto de efectuar un beso, ya saben: dos personas que se aproximan mutuamente los labios y todo eso; no me refiero al fusilamiento de un beso, a una hilera de soldados endurecidos por el frío, el hambre y la guerra apuntando, disparando, el beso muere y sólo nos queda el humo de los rifles, sólo), pues bien, si cualquier cosa sucediera, por mera estadística, yo estaría en calzoncillos en mi casa, oculto de la luz del sol (¡y qué sol!) del verano, de este verano que no es que bulla ahí fuera, es que consume cual ácido sulfúrico el asfalto, los coches, los semáforos: es como para echarse a temblar, la ciudad derritiéndose y yo aquí, en calzoncillos, ajeno de cualquier acontecimiento de índole mundial o vulgar o mínimamente interesante que pudiera suceder. Podría ser ese crujido de las ventanas, podría ser el aviso, las gotas que resbalan del gotelé. Podría ser el aviso de que tengo que salir pitando de aquí. Pero es que estoy en calzoncillos, ¿cómo voy a salir así a la calle? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? Lo cierto es que para salir debería ponerme unos pantalones, y debería hacerlo antes de que las paredes se derritan sobre mí (hay algo intrínsicamente malo en que las paredes de tu casa se derritan, estoy seguro). Pero unos pantalones, por muy cortos que sean, sería una cantidad de ropa excesiva. Vamos, que no me queda solución alguna que me convenza. No pienso hacer algo indecoroso ni algo que me haga pasar calor. Así que consiento por encogerme de hombros y abro otra cerveza, justo antes de que un chorro de techo me caiga en toda la cabeza. Qué asco. Seguro que ahí fuera está pasando algo interesante.

La confesión

lunes, 13 de julio de 2009

En verdad los seres humanos tienen las mismas necesidades básicas, no importa que sean niños o adultos, todos tienen que comer comida y beber agua.

Cuando yo era joven trabajaba como piloto de aviones. Una vez tuve una avería en el desierto del Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días. Al poco de estar allí, escuché una voz detrás de mí. Al girarme tuve que frotarme los ojos. No era una alucinación. ¡Era un niño!

No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Así que pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa al ver junto a mí a un niño. Debía tratarse de un aborigen de la zona, un tuareg o algo así. Debía haberse extraviado, pero yo no entendía nada de lo que me decía.

El niño debió tomarme por algún tipo de figura paterna, ya que se quedó junto a mí, mientras yo trataba a duras penas de reparar el avión. Apenas lográbamos comunicarnos. Compartíamos el agua que escasamente yo guardaba. A ese ritmo la provisión de agua me iba a durar sólo cuatro días.

Al anochecer del tercer día que pasé en aquel desierto, comprendí que la situación era insostenible. No conseguía arreglar el motor del avión, el agua se agotaba a pasos agigantados, el hambre me atenazaba las entrañas y mi pequeño compañero de penurias no es que me diera mucha conversación. No me quedó más remedio que tomar un decisión terrible. A fin de cuentas, ¿quién iba a echar de menos a un tuareg perdido en el Sahara?

Cuando llegó el sexto día vi una avioneta sobrevolar el cielo. No dudé en lanzar una bengala para que acudiera en mi ayuda. Un piloto francés llamado Bernard me rescató. Por supuesto, no reparó en los huesos que yo había procurado ocultar dos días antes. Nos hicimos amigos. Al poco tiempo, el milagro de mi supervivencia salió en todos los periódicos, con algunas omisiones que ustedes comprenderán.

Ya en mi casa, la conciencia no me dejaba tranquilo por lo sucedido. Así que para acallarla decidí rendir homenaje a aquel niño que me salvó la vida. Le convertí en el protagonista de un cuento, le hice rubio, le di un mensaje precioso que hacer llegar a todo el mundo. Fue un éxito. En el cuento, escribí cómo una serpiente acababa con su vida de un mordisco. En fin, eso ya lo sabe todo el mundo. Lo que nadie sabe es que, en realidad, la serpiente era yo.

Minusválido

domingo, 12 de julio de 2009

Para ser más exactos, todo esto comienza conmigo temblando de terror, temblando de tormenta, temblando de catástrofe. Igual que aquel día que soñé que mi padre no tenía cara y me pedía ayuda. En aquel sueño yo no sabía, no podía y no quería ayudar. Sólo conseguí temblar. Pues en ese momento, en este comienzo, en cualquier comienzo, ocurría algo parecido. Estaba ese temblor de los cojones aposentado aquí dentro, impidiendo, cortando, desgarrando algo, y era como tener un deje gangoso o un tartamudeo incrustado en las emociones. Era como ser minusválido. Y yo creía que sólo consistiría en eso, en un comienzo, pensaba que al fin y al cabo sólo era un principio, que después la cosa iría cediendo progresivamente, que cejaría ese estar a punto de llorar. Pero la realidad es que todo iba a ser así: el comienzo, el nudo, el desenlace. El temblor no era la introducción del cuento, era el puto cuento. En ese momento tengo 17 años. Estoy delante de un montón de gente de mi instituto, alumnos, padres, profesores. Sujetando con unas manos incapaces del más mínimo reposo una redacción, mi redacción. Obligado a leer en las fiestas de Navidad del instituto por haber ganado con aquel texto el primer premio del concurso de redacción. Allí no soy más que un animal asustadizo, avergonzado de lo que estoy leyendo. Al borde de la explosión. Es allí donde mi temblor global se transmite a mi voz deformada, a la sala, a los asistentes que empiezan a preocuparse por ese mequetrefe que les está haciendo perder el tiempo. Pero al final consigo acabarlo, rojo, exhausto y enfermo de miedo escénico. Un chico de mi clase se me acerca cuando bajo del escenario, con el papel desecho entre mis manos, y me dice que le ha gustado mucho. No sé si lo decía en serio, para consolarme o porque era un analfabeto funcional. Qué más da.
En ese momento yo tenía 17 años. Ahora tengo 22. Y todavía no he dejado de temblar.

Tercera premisa del hombre realista

Todo puede salir mal.

Capgras

martes, 7 de julio de 2009

La explicación es que tuvo que ser otra persona. Otra tú. Una farsante. Y sin embargo tan parecida.
Es la única explicación que encuentro para que te recuerde así, de la única forma que consigo recordarte: desnuda contra la virginidad. Una copia de ti abrazándome en la cama. Aniquilándome.

Aquella persona (no tú, tú jamás me harías eso: fue tu doble) me castró para siempre. Ahí estoy yo, saliendo del cuarto como quien sale de una trinchera. Dejándome olvidado el pene con ella. Ya no importa si lo olvidé allí de manera consciente. Ya no importa si fue ella quien me lo arrancó. Sólo importa que yo creía (de hecho, estaba convencido) que podría volver a por él. Me giré antes de cerrar la puerta y todo parecía, todo me engañaba, todo era como si. La realidad es que esa fue la última vez que estuve en aquella guerra.

Está de más decir que no fue algo físico. Es obvio. No hace falta que demuestre que sigo teniendo pene, falo, polla, pito, rabo, picha, minga, chorra, cipote, pija, verga, existiendo ahí abajo como órgano, hecho todo él de piel, músculo y sangre, colgando de donde debe colgar. De lo que hablo es de un pene espiritual. Ahora vivo con un alma castrada y un recuerdo equivocado (porque no eras tú, guapa, sé que tú no serías capaz de algo tan terrible), ahora vivo igual que quien espera una carta de alguien que ha muerto.

El caso es que sólo quiero confesarte que he llegado a la conclusión (a buenas horas, mangas verdes) de que no fue de ti. Es la única explicación que se me ocurre. Yo me enamoré de tu imitación.

A veces sueño con muñecas decapitadas.

Algo menos

sábado, 4 de julio de 2009

Todo el mundo tiene miedo a la muerte. Todos.
Unos porque piensan que después de esto no hay nada.
Los otros porque necesitan creer que hay algo más. Porque tiene que haber algo más.
Y yo porque tengo miedo a todo. Incluso a la vida. Porque siempre puede haber algo menos.

La espera (y 7)

miércoles, 1 de julio de 2009

Hubo una época en que no se me daba mal esto de escribir. Qué más puedo decir, las cosas funcionaban. Sin embargo, ahora, cada vez que lo intento, todo se desmadra. Ahora ni siquiera logro enmendar mis errores como Dios manda. Porque empezar todo este cuento de Gabriel y de Tel fue un error. Y no borrarlo a tiempo fue otro error. Pero ya está bien de lamentarse. Están a punto de llegar. Todos.

El primero en aparecer es Otelo. Trae a rastras el cadáver de mi amigo Jorge. Justo como le pedí.
–¿Qué tal, Otelo?
–Bien –dice secamente. Se deja caer en la silla y deja en el suelo a Jorge. O, mejor dicho, lo que queda de Jorge.
–Te huele el aliento a alcohol.
No le da tiempo a responder porque hace acto de presencia Tel, radiante como siempre. Y viva.
–Hola Tel, bienvenida.
–Hola –está tan seria.
–¿Sabes si va a poder venir Gabriel?
–No me hizo caso cuando fui a verle al manicomio. Cree que estoy...
–Muerta.
–Sí –dice y me parece como si ahogase un llanto.
–Bueno, estaba claro que no podía salir todo como yo esperaba. Para no perder la costumbre.
Nadie se ríe.
–En fin, vayamos al grano –continúo–. Os he prometido no haceros daño y supongo que por eso habéis accedido a venir. Espero que no intentéis hacer ninguna estupidez –les muestro que en mi poder tengo un bolígrafo y una hoja en blanco–, porque no os gustaría lo que puedo escribir aquí. ¿Conformes?
–Sí, jefe –dice Otelo.
–¿Tel?
–Sí... –dice a regañadientes.
–Bien, una vez aclarados los términos de esta reunión, os pido disculpas. Por todo lo que os he hecho pasar.
–Puedes ahorrarte tus disculpas. Estamos un poco cansados de este rollito de Unamuno que te traes con nosotros –dice Tel.
–¿Cómo?
–Sí, ahora actúa como si nunca hubieras leído Niebla.
–Un momento, yo... –pero antes de que pueda defenderme de las acusaciones de Tel, Otelo se abalanza sobre mí, me golpea y me quita el papel y el Bic. Gabriel aparece en ese momento por la puerta.
–¿Llego tarde? –pregunta Gabriel.
–Hijos de puta –les digo sin apreciar la ironía de mi insulto.
–Creo que ahora tendrás que escucharnos tú a nosotros –dice Tel.
–No sé qué pretendéis hacer con ese papel, pero os advierto...
–Vamos a romper este papel en blanco, jefe. Y no podrás evitarlo –dice Otelo sonriente.
–¡No! ¡No lo entiendes! –grito y salto de mi asiento para tratar de evitarlo pero Otelo ejecuta, y el rasgar del papel suena, suena a derrota y a sangre desparramándose. Suena a que esta historia acaba de perder todo atisbo de futuro. Ya no queda lugar donde escribir. Y cuando quiero darme cuenta han desaparecido. Tel, Gabriel y Otelo ya no existen. Los muy idiotas prefirieron eso a que negociara con ellos un final decente. Todo esto ha sido para nada.

Me derrumbo en la silla y miro el cuarto en silencio.
Sólo veo el cadáver de un amigo. Y, justo en frente, a un escritor de mierda que no para de llorar.

 
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