Acerca del acto de leer

lunes, 28 de septiembre de 2009

Huele el libro. Es mejor empezar así. Los libros usados son los que huelen mejor. Las camas después de follar son las que huelen mejor. Oler un libro usado es como volver al lugar del crimen, pero no para comprobar que las manchas de sangre siguen en el mismo lugar, sino para volver a cometerlo. Por otro lado, los libros nuevos son como la primera vez. Huelen a miedo al fracaso. Yo huelo como un libro nuevo.
Acaricia el libro. Descubre que está ahí. Comprueba que puede ser reducido a un montón de páginas encuadernadas. Que todo ese papel puede reducirse a ceniza. Que, sea lo que sea lo que tenga escrito, tiene una dimensión física y ocupa un espacio. Que existe. Existe tanto como tu mano que lo toca. Existe tanto como yo escribiéndote. Existe tanto como el cadáver de Sartre.
Ábrelo. Abrir un libro es bajarse la bragueta antes de la masturbación. Es el gesto de separar los labios de un coño. Justo antes de hundir la nariz entre las páginas. Observa con atención, busca su fecha de edición, su índice, su prólogo, su dedicatoria, su clítoris.
Nota tu pulso sujetando su lomo. La erección de algo inminente.
Chúpalo.
Leer no es más que todo lo que va después.

Inacabado

viernes, 18 de septiembre de 2009

Ahora mismo soy un hombre sin acabar. Me falta rematar mi biografía. Hay un epílogo incompleto dentro del paréntesis que surje detrás de mi nombre y apellidos. Así: Alberto Berjón García (1986 - ). Ahí está, ese espacio en blanco que espera el número definitivo que me resuma, ya sea en una lápida, en un libro, en una conversación, en tu memoria. Dos fechas que delimiten el viaje de un punto a otro. Como Dámaso Alonso viajando en un tren vacío. Dámaso Alonso (1898 - 1990). Un nacimiento. Una defunción. Caminante, no hay camino.

Siempre que viajo no me preocupo por los lugares que atravieso. Sólo me preocupo de cuándo llegaré a mi destino.

El anticrítico

lunes, 14 de septiembre de 2009

Escribir es como follar: da igual cómo lo hagas, lo importante es que te lo pases bien.

Egolatría

viernes, 11 de septiembre de 2009

Ahora mismo, debajo de este gin tonic, podría recriminarte que ya no me leas, a pesar de que parezca absurdo recriminártelo por escrito. Porque reconozco que esto es como mandar una carta o cientos de cartas sin escribir tu dirección. Colapsando el servicio de Correos con misivas como dedos señalándote, cartas indignadas que atosigan a los funcionarios ¡y sin remite donde devolverlas de vuelta!, cartas bomba, cartas que llenan y llenan un cesto que acabará siendo la pira funeraria de todo lo que jamás leerás, cartas como esta que no llegan pero existen, sólo cartas al fin y al cabo. Podría recriminarte la condescendencia con que tratas una y cada una de mis palabras, acariciándolas como perros abandonados y tristes, porque ellas no necesitan tú misericordia, a pesar de estar famélicas y abandonadas, clamando tu nombre en el desierto del Sahara o en la estepa siberiana o tal vez diciéndolo en voz baja (o siquiera pensándolo, palabras pensadas) para que no me oigas, para que jamás me oigas. Y mientras pienso en ti, en ti sin leerme, leyendo cualquier otra cosa, se me atraganta cada trago de esta copa, y pienso en ti como en un mapa sin leyenda, como en un cuerpo desnudo sobre el que yo leo de memoria (porque no me queda más remedio) y busco la ruta que me lleve a tus entrañas, pero en este mapa sólo veo piel y ojos y labios y mucosa vaginal. No hay tripas. No hay corazón. No hay futuro debajo de tu piel, debajo de tus lecturas ajenas. No hay futuro. No hay presente. Hubo pasado.

Fragmento de una biografía

jueves, 10 de septiembre de 2009

–Voy a llorar –dijo ella mirándome a los ojos. Pero ese no era el problema.
El problema es que lo dijo como si tuviera que ponerme a salvo.

Ascensor

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Un día como podría ser hoy, esta misma noche, Jerardo (quien en su nombre luce un pequeño homenaje paterno a Juan Ramón Jiménez) vuelve a casa después de tomar unas copas con los compañeros del trabajo, a quienes por cuestión de la costumbre ya se atreve a llamar "mis amigos". El uso correcto de las llaves de su edificio le supone un tremendo esfuerzo psicomotriz una vez se enfrenta a la cerradura del portal, pero al final consigue salvar ese primer escollo y llega al ascensor. Al abrir las puertas del ascensor se revela en su interior la presencia de un hombre trajeado. Jerardo, no está de más aclararlo, no lo había visto nunca. El hombre está perfectamente afeitado y no tiene cara de sueño a pesar de ser sobre las cuatro de la mañana. Sus manos descansan en el interior los bolsillos del pantalón del traje. El hombre mira a Jerardo de manera despreocupada e indiferente, como muy seguro de sí mismo, como si reafirmara con sus ojos que sí, que está en un ascensor a las cuatro de la mañana vestido de traje y solo y que, efectivamente, el hombre que ha abierto la puerta del ascensor no le resulta conocido. Jerardo, que no esperaba encontrar gente en el ascensor a esas horas, intenta mantener la compostura perdida con el alcohol y entra lo más serio posible, exigiendo a su cuerpo que se tambalee lo menos posible y que intente vocalizar de manera adecuada cuando dice:
–Hola.
Jerardo entra al ascensor y se coloca delante del cuadro de botones.
–Hola –contesta de forma educada el hombre del traje.
Jerardo marca su piso y pregunta, al suponer que, al llamar él, ha hecho bajar al ascensor antes de que el hombre pudiera pulsar el botón correspondiente, que a qué piso va el hombre desconocido.
–A ninguno –contesta el hombre del traje sonriendo de un modo exquisito.
AhJerardo, confundido por la respuesta y por la borrachera que lleva, se queda callado hasta llegar a su piso. No sabe decir nada más. Los segundos que transcurren hasta ese momento a Jerardo le resultan tremendamente incómodos al tener tan cerca, en un espacio cerrado y pequeño, a un hombre extraño que se muestra tan tranquilo a pesar de no ir a ningún lado.
–Bueno, adiós –dice antes de salir del ascensor, aliviado.
–Adiós –escucha a su espalda.
Mientras Jerardo se enfrenta a su segundo escollo (lo que viene a ser la cerradura de su piso) no puede dejar de de pensar en el hombre que ha dejado ahí en el ascensor. Jerardo estará borracho pero no por ello ha dejado de tener un cociente intelectual de 107, lo cual es más que suficiente para darse cuenta de que en todo esto hay algo muy raro. Sin embargo, una vez logra traspasar el umbral de la puerta de casa, llega a la cama, se desnuda y cae, cae como un cadáver sobre la cama, como una lluvia de cadáveres contra el colchón y se rinde de manera definitiva ante el alcohol.

Al día siguiente, presa de una pesada resaca, Jerardo sale de casa a comprar una barra de pan. Mientras paga en la panadería sigue sorprendido, incluso asustado. El hombre del traje seguía en el ascensor, igual que la noche anterior, ahí estaba cuando él bajó a la calle. Apenas pudo decirle nada, hola y adiós. Tal fue su impresión. Pero al volver para subir a su casa se armó de valor para dilucidar todo aquel embrollo.
–Hola –dijo al volver al ascensor, con el ceño fruncido en parte por la resaca y en parte por la situación. La bolsa con el pan colgaba de su mano izquierda y la barra asomaba su extremo superior por encima del plástico, como la cabeza de un ahorcado.
–Hola –respondió educadamente el hombre trajeado mientras Jerardo pulsaba el botón de su piso.
Tras unos segundos escrutándole, Jerardo preguntó:
–¿Sería mucha molestia si le preguntara qué hace en el ascensor de mi edificio si no va a ningún piso?
–Oh, lamento decirle que me resultaría muy incómodo tener que responderle a esa pregunta –dijo en un tono terriblemente amable.
Jerardo, claramente molesto, continuó:
–Al menos me podrá decir su nombre.
–Por supuesto, me llamo F –dijo el hombre del traje.
–Pues bien, F –la entonación que Jerardo imprimió al nombre del hombre desconocido era especialmente ofensiva–, a mí, como propietario de un piso de este edificio, me gustaría saber qué hace usted en este ascensor porque parece evidente que usted no vive en ningún piso de este bloque y me resulta molesto que esté utilizando el ascensor comunitario sin razón aparente.
–Lo entiendo perfectamente.
Jerardo se quedó esperando a que continuara, a que se explicase o a que se disculpase, pero nadie dijo nada. Y el ascensor ya había llegado a su destino.
–Si no me responde tendré que llamar a la policía –le amenazó Jerardo, manteniendo la puerta abierta.
–En mi opinión no tiene por qué hacerlo. Si lo hace, lo hará por voluntad propia y no porque tenga que hacerlo.
Eso es la gota que ha colmado el vaso, pensó Jerardo, así que, sin siquiera despedirse, se alejó camino de su puerta (con una letra B dorada) dispuesto a marcar los tres dígitos de la policía nada más alcanzar el teléfono. En ese mismo momento salía de casa su vecina Rosa, que vivía en la letra A de ese mismo descansillo.
Ah, hola Rosa, ¿has ido en el ascensor hoy?
–Sí, esta misma mañana, ¿por qué?
–¿Has visto al hombre trajeado que está dentro?
–¿Qué hombre?
–Un hombre desconocido, que no sale del ascensor...
–No, Jerardo. Yo fui sola en el ascensor.
Jerardo quiso entonces volver al ascensor para enseñárselo a Rosa, para que ella confirmara la presencia de un hombre desconocido en el ascensor. Pero cuando se giró hacia él comprobó que alguien lo había llamado y el ascensor bajaba. Jerardo también lo llamó y dijo:
–Espera a que vuelva a subir.
Cuando el ascensor hubo regresado, Jerardo abrió la puerta y no vio a nadie.
–Vaya, lo siento, Rosa. Se ha ido. Supongo que mi amenaza de llamar a la policía le ha hecho huir.
–Pues mejor. Bueno, hasta luego –dijo Rosa desapareciendo dentro del ascensor.

No obstante, aquel tipo seguía estando en el ascensor cuando Jerardo tuvo que coger el ascensor de nuevo.
–¿Tú otra vez? –Jerardo no daba crédito.
–Hola –dijo F, educado como siempre.
Jerardo no tardó en reparar que el hombre seguía exactamente igual de bien vestido, no aparentaba estar sucio (olía bien, de hecho) y esta perfectamente afeitado, igual que la primera vez.
–Estás bien afeitado. ¡Si apenas sales de aquí! ¿Cómo haces para afeitarte?
–Utilizo una espuma especial importada del Reino Unido y maquinillas desechables.
–Y estás limpio, tú traje sigue sin tener ni una sola arruga.
–Procuro cuidar mi imagen.
–Pero es imposible, ¿tú duermes?
–¿Usted que cree?
–¡Yo ya no creo nada! Tienes que darme una puta explicación. Ayer desapareciste porque iba a avisar a la policía, ¿por qué has vuelto?
–Lamento decirle que parte de una premisa errónea. Yo no desaparecí.
–Eso no es verdad.
–Es verdad, quizás es que usted no me vio, pero no desaparecí.
El ascensor llegó a la planta baja.
–Vete ahora mismo de mi ascensor y no vuelvas –ordenó Jerardo.
–No creo que sea una buena idea, caballero.
–¿Ah sí? Pues en ese caso voy a esperar aquí contigo hasta que llegue un vecino. Tú te lo has buscado.
–Como usted vea –condescendió F.
Y así se quedaron, F y Jerardo, a esperar. De vez en cuando Jerardo decía cosas como en buen lío te has metido o ya verás, sí. F se limitaba a estar de pie con las manos en los bolsillos, impoluto como siempre. Fue pasando el tiempo y no aparecía nadie. Pasaron horas. Qué raro, decía Jerardo. F callaba. Jerardo empezó a estar desesperado. En cierto momento F se pasó la mano por la cara. Dijo: me voy a afeitar, ahora vengo. Jerardo dijo: aquí te espero. F salió del ascensor. Jerardo se quedó. Esperó. Pasó el tiempo. Al cabo de unas horas entró Rosa al ascensor. Jerardo tenía mala cara, estaba ojeroso, y olía a sudor.
–Hola –dijo Rosa, extrañada al verle en semejante estado.
–Hola –dijo Jerardo.
Rosa pulsó el botón del piso donde ambos tenían sus respectivos apartamentos, el A y el B. Al llegar, Rosa observó con extrañeza que Jerardo se quedaba en el ascensor y no tenía intención de salir.
–¿No sales? ¿Vas a otro piso? –preguntó Rosa.
Jerardo recuerda entonces que tiene que esperar a F. Agacha la cabeza y dice:
–En realidad no voy a ninguno.
–Ah –Rosa no supo decir nada más.

 
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