Mu

domingo, 27 de diciembre de 2009

Cuando te veo, si es que te veo, si es que puedo llegar a verte, si es que no es más que una mirada como la de una vaca gigantesca que mira el tráfico de la carretera y no lo comprende ni lo intenta, y yo soy la vaca idiota y tú eres el tráfico y están mis ojos vacíos y están tus faros, entonces, cuando te veo, impido las palabras y sólo consigo mugir, un mugido susurrado a oído, un mugido como una caracola pegada a tu oreja, justo antes de que se le salga el mar por los bordes y el agua nos alcance, nos obligue a dejar de mirarnos, porque no lo he dicho, pero mientras yo te susurro tú también me miras, miras mi cuello y piensas en vampiros y en tendones, piensas en la proximidad de mi cuello y lo fácil que sería un mordisco, un cuello-galleta, crujiente, arenoso, y por un momento te olvidas de la boca-caracola que tienes en la oreja, mi boca, y mandas a tomar culo la inundación que se nos avecina, ignoras mi romántico mugido y te comes mi yugular como si fuéramos dos náufragos en una isla desierta o dos personas perdidas en una montaña imposible, en cualquier caso muertos de hambre, y yo, en respuesta, lucho por mi supervivencia enganchándome a tu pabellón auricular, a tu lóbulo entrecortado por los pelos de este lado de tu cabeza, y así empieza el canibalismo, así empieza el amor de dos animales heridos.

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mi abuelo materno murió antes de que yo naciera. De hecho, murió antes de saber siquiera que mi abuela estaba embarazada. Corría el año 2011, y hacía cosa de un mes que mi abuelo acababa de realizar el examen MIR, que era una especie de oposición que hacían los estudiantes de medicina al acabar la carrera por aquella época. Mi abuela, triste y sola, tuvo a mi madre, pero la dejó en adopción, cosa que yo no he sabido hasta hace un mes, cuando me contó todo esto mi abuelo adoptivo, José, días antes de morir en el Hospital de Enfermos Avanzados del Norte (HEAN). Me dijo, entre toses y esputos, que mi abuela era una mujer frágil, y que decidió en última instancia tener a mi madre para que siguiera algo de mi auténtico abuelo, cuyo nombre era Alberto, en este mundo. Mi madre, Esperanza, fue su único legado. Todo su patrimonio. Un bebé en pañales, un bebé como una bomba, como las cenizas arrastradas de un fénix atropellado, un fénix que cruza una mañana de febrero una calle imprecisa de Madrid, ¿adormecido?, ¿distraido?, ¿borracho?, ¿feliz?, un fénix o un abuelo muerto o un padre en ciernes, da igual, congelado hace 66 años, que no ve la furgoneta, no ve cómo su cuerpo se balancea violentamente por el aire hasta frenar con la columna vertebral en una farola, caer de cabeza y sé que él no lo ve pero yo lo veo, lo imagino, sin zapatos y sin gafas, sangrando ahí tirado en la acera, muriendo a la antigua, por accidente, y creyendo desde el instante en que flotaba en el aire que no había hecho nada de valor, que no había dejado nada, ni siquiera un mensaje que, por error, se había colado en el útero de mi abuela, un mensaje al mundo, la extensión de su vida, la sombra, el futuro que jamás vivió, nunca supo lo que pasó con aquello del cambio climático, y le da igual, ahí tirado, dispuesto a que no llegue la ambulancia, dispuesto a renunciar a que le salven la vida, ni siquiera por unos años más, creyendo que ahí acababa todo, que no había hecho nada importante, pero entonces aparezco yo aquí, 66 años después, congelado delante del informe del detective privado, leyendo su muerte, y veo un puente, veo un sentido, veo un exquisito haz de luz que atraviesa el tiempo, y creo que es triste pero también es bonito, yo estoy aquí, él está enterrado, y quién sabe, puede que yo sea la prueba de que su vida valió la pena, y pienso en mi madre, tan enferma, en mi abuela, tragando una caja de antidepresivos tras otra, pienso en José tosiendo un poquito más, siempre un poquito más, y me doy cuenta de que no lo sabemos, de que, a pesar de que lo negamos insistentemente, de que no podemos encontrarlo, la vida tiene sentido.

Pero, ¿y si me equivoco?

Apetito

jueves, 10 de diciembre de 2009

Tengo hambre. Aunque ya va siendo hora de dejar de mirarme el ombligo y empezar a mirar el tuyo. Pero, ¿qué sentido tiene cambiar un ombligo por otro? Porque es ombligocentrismo igual, al fin y al cabo, sustituir un poco el eje, y es seguir olvidando al antropocentrismo, al geocentrismo, al heliocentrismo, al nihilcentrismo. Es tu ombligo y sus circunstancias. Tu ombligo y sus pelusillas. Y es girar la cabeza hacia él y maravillarse. Decirte: cuánto ha avanzado la ciencia, mientras con delicadeza te quito una pelusilla roja de tu vientre, hago una bola, un punto rojo con ella, y la saco fuera de tu órbita. Pelusilla roja como tu vestido.
Es mejor que deje de pensar en el hambre que tengo y te deje hablar. Tú no me hablas de comida. Prefieres describirme, dibujarme con palabras. Y yo aquí, en la cama, mirándote, muriendo de hambre, te dejo que sigas. Es mejor así. Porque ahora tu ombligo es el centro del universo, de este universo que yo he desplazado hacia ti, eres el eje, la raíz, el big bang y el fin del mundo, y es cierto que yo exagero al pensarlo, al pensarte, porque no hay otra forma de hacerlo. Tenemos que exagerar. Qué ojos más bonitos tienes. Qué boca. Qué orejas. Qué culo. Qué etcétera. Y a pesar de que a veces se me olvidan las exclamaciones, tú estás atenta y me corriges. ¡Qué ojos! Y es entonces cuando entiendo que tengo que dejar esta farsa, este cuento, todas las exageraciones. Es cuando entiendo que esto está sucediendo de verdad. Que ahora el hambre no importa, y decido que me tengo que quitar el disfraz, que me tengo que desnudar para ti, sólo para ti, tengo que explicarte que me he comido a tu abuela y esperar que llores, que huyas de mí. Porque no soy más que un triste lobo hambriento.
Pero, sorprendentemente, tú no huyes. Te limitas a sonrojarte y no dices nada.
Eres una mentirosa.
Como si lo único que supieras hacer es ponerte roja, Caperucita.

Don Nadie

domingo, 6 de diciembre de 2009

Pero yo tengo la sensación de que es mentira. De que el tipo no para de engañarnos, o al menos de engañarse a sí mismo, lo cual nos llevaría a ser engañados por defecto, a participar del engaño primario y creerlo a pies juntillas como algo verdadero, 100% real, cuando no es más que una máscara, o un espejo a lo sumo, el tipo puede escribir: el mundo es en blanco y negro, y, entonces, acto seguido, todos desconfiamos de los colores, decimos: el fucsia no existe (y además es verdad, porque el fucsia no es otra cosa que un rosa mal hecho, un rosa excesivo), o que el azul no existe, o que el amarillo no existe, y lo reducimos todo a negro, blanco y gris. Ni siquiera nos planteamos la posibilidad de que sea ficción. ¿Y si el tipo no puede ver los colores? ¿Estamos siguiendo a un daltónico espiritual? Y si es así, ¿por qué? Yo no tengo la respuesta, pero aporto las preguntas, que ya es mucho más de lo que hacéis ahí, al otro lado, como borregos, borregos en blanco y negro siguiendo lo que dice un mindundi cualquiera como si fuera un faro, un faro plantado aquí como podría estar en cualquier otro lado, un faro absurdo, sobre todo, si tenemos en cuenta que más que iluminar se dedica a ensombrecer, obligando a los barcos a encallar uno tras otro en esta costa, un cementerio de barcos, un cementerio de rocas, un cementerio de borregos a sus pies. No sé quién se cree que es, él, subido a ese estrado que él mismo se ha construido, hablando con toda su petulancia y presuntuosidad, como un esnob de la palabra, niño pijo de las letras, don nadie de la mancha, chulo de párrafo barato, nos hace pensar en su desgracia sin que haya desgracia alguna, derrotista de palo, maldito escritor (que no escritor maldito, que es lo que ya le gustaría ser), prostituta de las frases hechas.
Se conforma con emborracharse y engañarnos, lleva años haciéndolo (since 2007), pero nosotros volvemos como polillas a la bombilla, hipnotizadas, revoloteamos y miramos su obra como si no fuera una bombilla en ciernes de fundirse. Sólo somos meros espectadores de la luz eléctrica, cuando lo que deberíamos hacer es unirnos y gritarle, gritar a la bombilla: sé sincera, deja de mentir, deja de fingir lo que no eres, lo que jamás serás, no eres el sol ni la luna, ni una estrella, ni mucho menos una galaxia cercana, porque sólo eres un filamento de wolframio incandescente y perecedero.
Porque eres tan mortal y patético como nosotras.

Suicídate de verdad, llora de verdad, sangra de verdad.

Nosotras estamos hartas de leerlo.

 
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