La metafísica del pescado

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar encuentras, boqueando entre las sábanas, un pez que se ahoga. Sin motivo alguno, en medio de la sorpresa inicial, y con la mayor somnolencia posible, piensas en la posibilidad de una enorme cama de pez bajo el mar, si es que acaso los peces tienen camas, y en un pescado que despierta de su sueño, si es que acaso los peces duermen, y que se encuentra, por sorpresa, a un hombre enredado entre sus sábanas, hombre del que salen burbujas de aire por la boca, burbujas que ascienden hacia el techo del cuarto. Acto seguido, te das cuenta de que el dichoso pez se muere, joder, las está pasando canutas. Lo coges como puedes entre las manos, pero resbala mogollón, y tú, en una suerte de pijama veraniego (camiseta de publicidad + calzoncillos) te presentas a la humanidad en medio de tu habitación como un triste malabarista de peces, intentando que el resbaladizo cabrón no se te caiga al suelo. ¿Qué tipo de pez es? ¿Una trucha? ¿Un salmón? ¿Una merluza? No tienes ni puñetera idea de peces, concluyes mientras avanzas por el pasillo rumbo al baño, usando las manos como si el pez fuera una pelota de ping-pong que rebota una y otra vez en tus manos. Tú mismo no te caes de milagro. Una vez consigues alcanzar el cuarto de baño, el primer impulso que tienes es lanzarlo al váter. Pero el último orín de la noche que encuentras en el mismo hace que te lo replantees. El pez cada vez se mueve menos. Lo cual, por un lado, es bueno, porque puedes mantenerlo sujeto sin hacer el ridículo, pero, por otro lado, eso quiere decir que se muere. Asustado, lo tiras rápidamente en la bañera, y en tanto que abres el grifo, pones el tapón en el desagüe, y esperas a que el agua sea suficiente como para que sobreviva, te das cuenta de que del golpe al caer en la bañera puede haber muerto. No se mueve. Según se llena la bañera, el cuerpo del pez no reacciona, el agua parece empezar a cubrirlo, pero no hay movimiento alguno. El cuerpo sin vida del pez empieza a flotar sin vida. De acuerdo, la escena te congela, con la bañera llenándose y el pez, ahora inerte, flotando en su interior. Pero date cuenta de una cosa, en ningún momento te has llegado a plantear cómo llegó a tu cama. ¿Te parece normal? Ponerte a intentar salvar al primer pez que encuentras en la cama sin preguntarte si debes hacerlo. Sin saber siquiera si tiene sentido. El sentido de la vida del pez. Y total, para qué. Para que en lugar de un pez muerto en la cama ahora tengas un pez muerto en la bañera. Una esquela ridícula: Pez (¿? – 17 de septiembre de 2010). Ni siquiera sabes qué estilo de pez es. ¿Se dice estilo? ¿Tipo de pez? ¿O es mejor decir raza de pez? ¿Los peces tienen pedigrí como los perros? ¿Qué se hace con un pez muerto al que has intentado salvar la vida? ¿Está bien cocinarlo? Me refiero a: éticamente, ¿está bien cocinarlo? ¿No sería un poco hipócrita? ¿Un poco utilitarista? ¿Muy poco espiritual? ¿No sería mejor no haber encontrado al pez y que se hubiera muerto en la puta cama? Una muerte digna. La eutanasia del pescado. De pequeño te enseñaron a cepillarte los dientes tres veces al día. Si nadie te hubiera enseñado, al comprar un cepillo de dientes, ¡no vienen las instrucciones escritas! Jamás habrías sabido cepillarte los dientes de la manera correcta si no te hubieran dicho cómo se hace. Pero de pequeño no te enseñaron qué hacer con los peces que se ahogan en la cama, ¿verdad? Así que, ¿has hecho lo correcto? Haz el favor de dejar de mirar absorto la bañera a punto de rebosar y responde, gilipollas, ¿has hecho lo correcto?

 
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