La máquina de ligar

domingo, 31 de octubre de 2010

Ahora que lo dices, yo siempre lo tuve claro: lo importante es no sufrir. Pasar por la vida sin rozarte contra sus muros, impoluto, virginal de desgracias, libre de cicatrices. ¿Para qué pasarlo mal si hay otro camino? Al principio fue difícil, lo reconozco, y cometí algún que otro pequeño error de cálculo. Porque hay reacciones que no se pueden predecir con facilidad, es cierto. Puedes tener la situación perfectamente calculada, las pautas de conversación estudiadas, con todas las variantes posibles, y un factor ambiental, como puede ser la lluvia, que haya mucho ruido o lo que sea, un solo factor que no esté en la ecuación, puede tirarte las probabilidades de felicidad. Pero con la práctica perfeccioné el método. Eliminé los riesgos ambientales, empecé a utilizar habitaciones privadas preparadas por mí hasta el más mínimo detalle. Sin climatología, sin el riesgo que implica un mal camarero o un tipo que fume demasiado en la mesa de al lado. Antes de quedar con alguien realizaba el pertinente estudio de la personalidad, preparaba las variantes de conversación, la vestimenta adecuada, todo al detalle para que las probabilidades de éxito fueran de más del 95%. Sí, lo has oído bien. No conozco a nadie que tenga tanto éxito en sus relaciones personales. Y cuando hablo de éxito me refiero a felicidad. Bien, eso ocurre en la primera cita, que es el momento crítico. Luego todo es más sencillo, aplicando mis estudios sobre el comportamiento humano, basados en los errores documentados en las experiencias de gente desgraciada, soy capaz de llevar la relación por cauces indoloros para ambos. En definitiva, todos mis actos están planificados con antelación. Puede parecer algo reprobable, pero yo no quiero nada más que ser feliz. Pero no te asustes. Sé lo que estás pensando: esta habitación tiene las paredes de tu color favorito, la decoración te parece maravillosa, hemos hablado de todo lo que te gusta hablar, etcétera. Así que, ¿por qué te estoy contando todo esto? ¿Por qué confesar mi estrategia a pecho descubierto? Reconozco que son buenas preguntas pero me parece que también deberías preguntarte: ¿y si contarte todo esto no es más que una parte de mi plan? ¿Y si he calculado que al contarte mi estratagema la probabilidad de que tú y yo seamos felices es aproximadamente del 100%? O también puede ser que todo esto sea mentira y yo no sea más que un tipo cualquiera que te está intentando engatusar y desnudar y que te va a prometer una llamada que nunca llegará. Yo te diré que nunca haría eso, claro. No te voy a poner las cosas tan fáciles. Porque a partir de ahora esto no va de lo que yo vaya a decir. Esto depende de lo que tú vayas a hacer. Así que, antes de decidir entre huir o quedarte, piensa: ¿y si es cierto? ¿Y si voy a ser feliz? ¿No merece la pena probar suerte?

Los niños tienen pene y las niñas tienen vagina

jueves, 21 de octubre de 2010

Las cosas están más jodidas de lo que parece, insiste un tipo cuyo nombre desconozco, en el debate que aparece en la pantalla de televisión. Probablemente está hablando de política. O de religión, o de fútbol, o de arte, o de ciencia, o de sexo, o de literatura. No importa de qué y no importa precisamente porque todo es lo mismo. Por ejemplo, Arnold Schwarzenegger grabando una escena de una película hace unos cuantos años. El director le dice que se ciña al guión, que dispare (o que haga como que dispara) con cara de mala leche y maldiga a los malos. El director grita: ¡corten! La cinta se edita al final del rodaje y se proyecta en todo cine que se precie. La película se promociona. La gente va a ver la escena de Arnold Schwarzenegger. Comentan la película a la salida del cine. Piensan en la película. La película se traduce y dobla y se exporta desde EE.UU. a ese resto del mundo que tiene dinero para poder ver películas. El actor de doblaje se apropia del cuerpo de Arnold. Se promociona en cada país, se proyecta en cada país. La ecuación es exponencial. La gente contempla la escena en la que Arnold Schwarzenegger ya no actúa, vive. La imagen de Arnold se multiplica y emite simultáneamente por doquier. Después, igual que vino, desaparece. Años más tarde, una cadena de televisión cualquiera vuelve a emitir la película, reviviendo la imagen y el recuerdo. Propiciando que yo, al cambiar de canal, abandonando el debate sobre lo jodidas que están las cosas, vea a Arnold disparando a los malos y maldiciendo. Lo veo y que es austriaco, culturista, actor, republicano y gobernador de California. Sé todo eso pero me da igual. Soy consciente de que lo sé y nunca quise saberlo. Nunca busqué información sobre él, pero la información acabó viniendo a mí, como una enfermedad infecciosa. Y pienso en Arnold Schwarzenegger, introducido a la fuerza en la mente de todo el mundo, pienso en él como en una proyección, como en una cadena de montaje, Arnold ganando Mr. Universo, Arnold actuando en Poli de guardería, Arnold actuando en un mitin de campaña, Arnold quieto mientras sus músculos se reblandecen por culpa de la vejez, pienso hasta que llego a preguntarme: "¿y qué pensará él de todo esto?" y tengo miedo porque probablemente él no se haya planteado jamás nada de todo esto y porque ni siquiera yo sé muy bien qué es todo esto, y así, finalmente, decido que sí, que las cosas deben estar más jodidas de lo que parece.

Averiado

domingo, 3 de octubre de 2010

Ahí lo tienes, a Benito (Mr. B) se le estropea un interruptor, hizo cataplof, a tomar por culo, y esto podría ser un asunto de preocupación, qué digo, un asunto capital, pero en realidad no hay tal problema. Mr. B tiene otro interruptor de idénticas características, por lo que decide no buscar solución, porque, para qué va a ir al hospital, seguro que el médico de urgencias se acercará con cara de cansancio y le dirá: pero si usted tiene otro interruptor que hace lo mismo, ¿para qué quiere que le funcionen los dos? Y Benito dirá que sí, que tiene razón, que tanto interruptor puede ser incluso un incordio, que ahora es más fácil saber cuál hay que apretar para que se haga la luz. El informe médico impreso bajo el brazo, Mr. B canturreando de camino a casa como si no se le acabase de joder un interruptor sin motivo aparente, sin siquiera preguntarse si hay algo detrás de la avería. Pero qué más da, la vida sigue y uno no tiene que detenerse en estudiar esas minucias, a saber, cualquier plástico pudo haberse desgastado y por eso ahora el péndulo blanco se encasquilla y no funciona. Olvídalo. Olvidado. Mr. B aprende a vivir sin un interruptor y la verdad es que al poco tiempo lo ignora con la más absoluta profesionalidad. Con la más absoluta desconsideración hacia el interruptor. Pero, ¿y si se estropease el otro? ¿Y por qué habría de estropearse? Nada sucede, pasa un año, y a B le va todo estupendamente en su casa de algodón. De pronto, un día, a Mr. B le aparece una humedad en la cabeza, se le extiende por el cuero cabelludo y B no tarda en ir a comprobar que la culpa fue de una cabeza vecina, la cual tuvo una fuga de agua. Benito llega a un acuerdo con la cabeza vecina y su seguro y vuelve a su vida normal, en espera de que su humedad se seque y entonces pueda volver a pintarse el cráneo. Durante la espera a B le crecen unos cuantos hongos en la humedad, pero salvo por el mal aspecto no hay mucho más de lo que preocuparse. El acuerdo existe y en el futuro todo irá a mejor, o no: porque a los pocos días de la aparición de los hongos, un día vulgar y corriente, a Benito, después de desayunar, se le rompe la cadena del váter. El dolor es brusco y nota un presentimiento de muerte, así, con la cadena desprendida en su mano. Llama al 112 y los chicos llegan rápido y le toman la tensión, le miran las juntas, la glucosa y si el alicatado aún sigue en pie. Tras comprobar que la estructura está estable, se llevan a Mr. B al hospital cagando leches. Un médico ojeroso se acerca a B, y le examina con la falta de dedicación que años de desidia han forjado en su personalidad. La llave inglesa sale y entra con facilidad del cuerpo de B, lo que él desconoce si es una buena señal. ¿Es grave?, pregunta. Y el médico con cara de sueño le responde que sí, que tendría que haber acudido antes a pedir ayuda, que tiene un interruptor calcificado y la cisterna hecha mierda. Le tiende un informe impreso y le dice que no hay nada que hacer. Que la degeneración es inminente y progresiva. Benito lee el informe y llora, piensa en llamar a su propietario para despedirse de él. Ha sido declarado edificio en ruinas.

 
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