Rage against the routine

sábado, 18 de diciembre de 2010

A mi álter ego no le gusta madrugar. Eso es un hecho. No hay más que ver cómo tras apagar el despertador se queda mortinato sobre el colchón, dispuesto a que le diagnostiquen de muerte cerebral. Constantes vitales: inconstantes. Cuando consigue levantarse equivale a una resurrección mal hecha. El torpe arrastrarse de su cuerpo sobre el suelo frío de cada mañana hasta la ducha. Uno podría decir que allí, mientras mi álter ego yace bajo el chorro propulsado alcachofa mediante, lo que invade el baño no es vapor de agua: lo que sale evaporado de su piel es su alma. El pellejo del alma, al menos. Mi álter ego como una serpiente espiritual que muda de piel periódicamente, en torno a las 8 de la mañana. Luego va el desayuno, ir a la biblioteca, etcétera.

Pero todo esto no es lo importante. Lo importante es que al día siguiente ocurre exactamente lo mismo.

Describir rutinas es aburrido. Vivirlas también. Hasta que te das cuenta de que estás en medio de una y entonces ya no es aburrido: es angustioso. Es descubrirte, de golpe, en una cárcel.

Y mi álter ego se pregunta (o debería preguntarse) si no estará un poco, aunque sólo sea un poquito, alienado. Y por qué coño ha llegado a esta situación de madrugones diarios, situación insostenible desde que asumimos la premisa de que no le gusta madrugar. La lucha contra su propia naturaleza empieza a afectarle a áreas que van más allá del trance matutino con el despertador. Mi álter ego empieza a perder el interés en aquello que antes le gustaba. Deja de escribir. No tengo tiempo para eso, se dice. He perdido la sintaxis, dice: he perdido la inspiración. Hasta que por fin se da cuenta de algo.

Por favor, asistan a la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a existir. El aborto como rutina. Empezar una frase y arrugar el papel. Así hasta que se evita empezar la primera frase, por frustración. Un condón mental usado cada día. No gano para condones mentales. La obra maestra que jamás se llegó a empezar. La destrucción de la creación antes de que surja el más mínimo conato, aplastada por la vida. Supermercados, despertadores, horarios, estudios, trabajo, telediarios: habéis acabado con más obras maestras que las guerras y las crisis. La moraleja es fácil: destruye la cosa en potencia y no tendrás que censurar la cosa en acto. Querido álter ego, no es sólo alienación. También es mutilación.

Podría llenar bibliotecas enteras con los libros que nunca he escrito. Y debería enmendarlo, al menos en parte. Escribir como un loco. Perder la salud escribiendo. Morir escribiendo.

Mierda. Tengo otras cosas que hacer.

Contraste de hipótesis

jueves, 9 de diciembre de 2010

Tras un largo proceso estadístico, los agnósticos llegaron, por fin, a una conclusión.

Dios existe (p>0,05).

Hipócrita

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mirar juntos el cielo nocturno desde el descapotable. Mientras suena Unchained melody. Abrir una botella de champán francés. Ver la espuma derramarse sobre la moqueta del hotel. Las cajas de bombones con forma de corazón. Los poemas ridículos en los que se rima amor con calor. Un ramo de rosas bien caro. El ramo de rosas caído en el suelo al lado de la ropa. Follar al estilo misionero, con las sábanas por encima aunque estemos en verano. Dejarme morir de hipotermia después del hundimiento del Titanic.

Hubo un tiempo en que creía que el romanticismo consistía en esto. Es bastante fácil echarle la culpa a Hollywood. El romanticismo como una especie de estupidez necesaria, una representación teatral en la que las personas se comportan de manera vergonzosa en busca del coito. Es muy fácil hablar de una convención social que obliga a adoptar unos roles, a seguir unos patrones de comportamiento, de lenguaje encubierto, en los que se oculta el objetivo instintivo, se deja como algo implícito, y puedes ver el sexo agazapado dentro del ramo de rosas, de la caja de bombones, sexo en los poemas: puedes encontrar un "follar" mutilado al final de cada te quiero. Se puede deducir que, en una sociedad en la que el capital manda, el dinero es quien decide este romanticismo de cartón-piedra. El dinero compra la careta y el eufemismo. Ya sabes que las chicas de compañía no son putas: son chicas de compañía. Ya sabes que hay muchas formas de acompañar. La gran ficción. Por fin: el amor y el sexo convertidos en un lenguaje de signos y símbolos. Sordomudos de los sentimientos, ¡uníos!

Eso es en lo que yo creía. Ahora toda esa parafernalia no me importa. Al fin y al cabo, quizás el romanticismo ni siquiera exista. O puede que sólo exista como representación de un ideal estúpido e ingenuo. Qué más da, en cualquier caso ya he perdido mi credibilidad. Porque llevo un año aprendiendo a hacer señales de humo con forma de corazón. En un callejón de mi conciencia alguien me llama hipócrita. Otro me defiende y dice que ole mis cojones. Y yo decido huir antes de que comience un debate de prensa rosa.

Con las prisas me olvido del ramo de rosas. Lo siento, le digo, llego tarde a nuestro aniversario. Ella me dice que me quiere. Nos besamos. Etcétera.

Vale, será una ficción, pero bendita ficción.

 
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