El día del punto final

sábado, 30 de abril de 2011

En el principio fue una cita sin pretensiones. Dioses de pacotilla, creamos una relación sentimental igual que un niño pequeño come pinturas de cera, sin valorar las consecuencias. Escribimos nuestra Biblia como si relatara los sucesos más importantes de la historia universal, y la llenamos de besos en estaciones de tren, de cuerpos desnudos hundidos entre las sábanas, de conciertos y salas de cine, de estanterías con libros, de bibliotecas, de salsa de kebap que ha resbalado entre los dedos. Como toda Biblia, no nos faltaron los profetas que pronosticaron nuestro propio apocalipsis a pequeña escala. Hay quien atribuye estas profecías a un uso de sustancias psicotrópicas, mientras que otros expertos hablan de enfermedades psiquiátricas o neurológicas. En cualquier caso, la experiencia nos dice que todo tiene un final: pulsar el botón de pause sólo hace que la película acabe más tarde. Así que no nos hace falta que un profeta desquiciado nos diga que el día del punto final acabará por llegar. Lo que hace falta es que nos diga cuándo va a ser. Tenemos una agenda muy apretada. ¡Queremos las fechas! No vaya a ser que el mundo se acabe antes que nuestra relación.

El miedo al punto final. Tu cara después del naufragio cubierta por una fina capa de salitre mezclado con rímel. Los pañuelos de papel tapan las heridas transparentes. Las pecas respiran tras la limpieza sistemática del entorno de los párpados. Las epidermis vuelven a contactar en todo su esplendor, reivindicando el presente sobre el futuro. Y yo, que he soñado con todos los finales posibles, yo, que en mi imaginación soy un dios del drama apocalíptico, yo, que lloro por ti como un nazareno llora por la procesión cancelada, yo, que tengo tanto miedo al mañana, yo, te susurro:
–Cariño, que le den por culo al futuro.

El origen de la cultura popular

sábado, 23 de abril de 2011

Hubo un momento en el cual, mientras esperaba a que Caperucita apareciera, llegó a dudar de su verdadera condición de lobo. La blusa, las gafas para la presbicia, incluso el ridículo gorro para dormir, sumados a la ausencia de la verdadera abuela (entonces inmersa en el proceso de digestión), a esa inmensa soledad en aquella casa, en aquella cama, eran datos más que suficientes para dudar de la propia identidad. ¿Soy un lobo o todo lo que ha pasado hasta ahora no ha sido más que un sueño? Quizás me he despertado, abuela como soy, siempre abuela, y aquello de que yo era el lobo no era más que un sueño, un sueño en que me comía a mí misma, y por eso estoy en esta cama, con estas ropas, tan cansada, tan vieja.
Sin embargo, cuando Caperucita hizo acto de presencia, el hambre disipó toda duda. Una convicción gutural, intrínseca al hecho de ser lobo, que en este caso se manifestó como hambre, hizo que la ropa, las gafas, la habitación, la situación, careciesen de valor a la hora de interpretar el acto familiar de una dulce niña visitando a su abuela. Un hambre de lobo en un envase de abuela. El mismo hambre que hace dudar a la niña de la identidad de su abuela, ya que observa cómo ésta se comporta de manera extraña y sostiene afirmaciones rocambolescas sobre su apariencia (lo cual le recuerda a la niña que la abuela se está demenciando) y que, al fin, acaba por ignorar la cesta con la comida y se lanza en un acto caníbal sobre su nieta, clavándole los dientes como quien clava una genética, una herencia, una memoria; el grito aterrado de Caperucita, el subsiguiente allanamiento de morada por parte del cazador, la palidez consecuente ante la escena insólita: tirar de la abuela demente, golpearla hasta poder separarla de su nieta, llevar a las dos a urgencias del hospital y esperar su feliz y pronta recuperación, hasta que, cuando llegue el momento de las preguntas, nos tengamos que inventar una historia que oculte lo patético y triste de la realidad, una historia que se pueda contar.

La momia

martes, 12 de abril de 2011

En medio de una calma obscena, el hombre-antigüedad despierta, apaga el televisor, se levanta de golpe y se quita a sacudidas polvo y telarañas, y así es como el hombre-abotargado, el hombre-que-queda-ahí-debajo-de-toda-esa-mugre, mira con un nuevo deseo a su alrededor y desea gritar e imponer con su rugido un miedo gutural, una presencia violenta en el lugar donde antes no había más que el poso de los años, abre la boca con furia: vaya, las cuerdas vocales agarrotadas no se mueven y en lugar de un grito aterrador le sale un gaznido tímido que cae blando al suelo y se deshace entre las baldosas como bolitas de mercurio. Decepcionado por la pérdida de facultades, da sus primeros pasos de bebé, tambaleándose como un coloso contrahecho, inseguro, por culpa de la atrofia secundaria a tantos años en el sofá de su casa. En tanto que logra, a duras penas, mantener el equilibrio, se da cuenta de que también le cuesta pensar. Ideas fragmentadas en su cerebro golpean las paredes del cráneo, inconexas, disparos de fogueo de una verdad más aterradora, mortal y segura. Es tal el descalabro neuronal que ni siquiera puede construir un plan mínimo, del tipo: sal de este cuarto, cierra la puerta, huye. Sin ninguna planificación y torpe hasta producir vergüenza ajena, vemos como el hombre-ancestral, en su corto trayecto, tropieza y cae al suelo como un montón de escombros. Gruñe algo similar a un quejido. Es patético y es real. Quizás hay huesos rotos en medio de todo ese dolor que le hace retorcerse en el suelo. El sonido lejano de una ambulancia llega a escucharse en la quietud de la estancia mortecina mientras él se arrastra como un soldado paralítico en medio de una trinchera en llamas. Se agarra a la primera pieza de mobiliario que encuentra y se encarama a ella, hasta alcanzar, plúmbeo, la sedestación, y, jadeando y sudando, deja que el cuerpo dolorido repose. Abre los ojos, y, aunque al principio no comprende, acaba por darse cuenta de que está en el mismo punto de partida, la televisión está enfrente y la familiaridad del entorno y la estúpida sensación de felicidad por seguir vivo y el dolor que le propinó aventurarse a salir de allí y la decisión de que es mejor dejar de hacer el gilipollas, mientras estira una mano para sacar el orinal de debajo del sofá.

 
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