Historia de un fracaso (2)

jueves, 30 de junio de 2011

Todos los días te compongo el poema más silencioso del mundo. Una ausencia de palabras que te explica cuánto te quiero, cuánto te necesito. Un poema que empieza con el pitido insolente del despertador. El sonido de las magdalenas mojándose en el café. El agua de la ducha reventando contra la piel enjabonada. El suave chasquido de un tímido beso de despedida. El ruido de la puerta al salir de casa para trabajar.
Un poema que te dice: no sabes que eres adicto a algo hasta que sufres un síndrome de abstinencia. Que te hace creer que puedes dejarlo cuando quieras.
Rimé todos los versos al son de los latidos de tu corazón, esos que, cuando fingimos que nos vamos a dormir, suenan como el murmullo lejano de una estampida. Como un ejército realizando maniobras en las afueras de la ciudad. Como el mar dentro de una caracola que nadie se acerca al oído.

Cuando lo saqué a la luz, la crítica lo destrozó.
Sinopsis: los personajes del poema son felices o al menos aparentan serlo. No hay ninguna trama más allá de la relación sentimental. La acción tiene lugar en un sueño. El protagonista no sabe despertar. O no quiere. No nos importa lo más mínimo.
Cursilada, ñoñez, pérdida de tiempo. Eso dijeron.
El autor no sabe escribir poemas. Eso dijeron.

Aún así no me lo tomé como una ofensa.
Porque todos los poetas que me gustan están locos. O muertos.

Las palabras

jueves, 9 de junio de 2011

El numeroso público que acudió al auditorio fue ocupando sus localidades. La expectación estaba por las nubes. Por fin había llegado el momento en que Anónimo iba a romper su silencio. Años de reflexión y estudio iban a dar su fruto. La conferencia había sido anunciada por doquier y las entradas se habían agotado en cuestión de minutos. Los cientos de asistentes no podían sentirse más afortunados: iban a asistir en directo a un acontecimiento histórico. Los demás tendrían que contentarse con seguir la conferencia por televisión, radio o internet. Los medios estaban preparados para la que probablemente iba a ser la mayor audiencia en la historia de la humanidad, una retransmisión global doblada en directo a decenas de lenguas.

El mundo había puesto sus esperanzas en Anónimo cuando, después de haber logrado suficientes ahorros, decidió retirarse a meditar en soledad sobre los problemas de la humanidad, intentando encontrar la raíz común, y así lograr hallar una solución nuclear en la que se tuvieran en cuenta todos los aspectos: políticos, sociales, biológicos, científicos, filosóficos, económicos, culturales, etc. Anónimo prometió que no volvería a hablar nunca más hasta que no encontrase la respuesta. Hasta que no diese con algo así como el sentido de la vida.

Hasta ese día. Cuando Anónimo hizo acto de presencia en el escenario, el público enmudeció. Se podían escuchar sus pasos perfectamente mientras subía los peldaños hacia la tribuna. Decenas de cámaras grababan sus movimientos, sus gestos, las gotitas de sudor que perlaban su frente. Al ponerse en frente del micrófono, todo el mundo contuvo la respiración. El mundo esperaba a un profeta, pero lo que vio era un hombre transformado por el tiempo: más viejo, más flaco, más asustado. Un hombre que lo único que supo hacer delante del micrófono fue gritar de terror.

El guardaespaldas

martes, 7 de junio de 2011

En el tiempo que cae la lágrima, durante el pesado recorrido que tiene que marcar a lo largo de la mejilla, nos da la impresión de que nunca va a llegar al final de la mandíbula, de que se nos va a agotar antes de tiempo, y que al final no va a ser más que un conato de llanto, en el tiempo que vemos los dientes apretarse y el parpadeo vergonzoso, a veces oculto deliberadamente por un práctico puño que parece refrendar la excusa de que se nos ha metido algo en el ojo, con la timidez propia de algo que resulta más incómodo para los espectadores que para el protagonista, la vergüenza que proviene del hecho de que sólo aceptamos de buen grado oler nuestra propia mierda, de que la de los demás nos produce copiosas nauseas, se produce la lucha encarnizada contra la acuosa manifestación ocular mientras la otra mano se afana en sostener con sangre fría el cuchillo de cocina: en ese preciso momento de tensión, puede que alguien, un espectador heroico, se atreva a abalanzarse sobre el cuchillo, logre quitárselo de la mano, y corte él mismo la dichosa cebolla de una puta vez.

 
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