Pa-ta-ta

domingo, 20 de noviembre de 2011

Salta un flash. Acto seguido, las fotografías vuelan por los aires. Si alguien tuviera tiempo de ponerse a contarlas, vería que hay 24. Como un carrete de fotos. Apenas queda gente que use carretes. Ahora se utiliza de forma mayoritaria el formato digital. La ventaja es que así no ocupas espacio. Interminables álbumes de fotos se acumulan en las estanterías de tantos hogares, ocupando un espacio físico, real, gritándonos desde cada rincón: aquí no cabe ni un recuerdo más. Bautizos, vacaciones, bodas, cumpleaños y demás eventos documentados al detalle se acumulan día tras día por todo el mundo. La desventaja de lo digital es que es menos trascendente, más olvidable, desechable: el potencial de realizar fotos infinitas convierte el momento de apretar el gatillo en un acto sin importancia, al instante sabes si hace falta repetir la toma. Además, el hecho de acumular fotos en formato digital en un disco duro hace todo ello más susceptible a un error en la copia de seguridad, a las telarañas de las carpetas que nunca más vuelves a abrir. Pero en este caso las fotografías existen, tienen su lugar en la escena, y acaban su corto trayecto aéreo desperdigadas por doquier: hay sobre el limpiaparabrisas, sobre el capó, en la acera y también en el asfalto, una de ellas muy próxima al pie que ha acabado descalzo. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

Según sale de la tienda, Ramón tiene el impulso, movido por la curiosidad morbosa, de abrir el sobre mientras camina y descubrir de una vez por todas de qué son las fotos. ¿Serán fotos de unas vacaciones? ¿De una boda? ¿De una actuación musical? ¿De una pareja? ¿De una familia? ¿De un grupo de amigos? ¿Verá monumentos? ¿Caras de felicidad? ¿Cuerpos desnudos? Para cuando saca el fajo de 24 fotografías y ve la primera, ya es demasiado tarde.

Entre una alcantarilla y una colilla pisoteada. Ramón dobla la espalda, mira el carrete perdido en medio de la acera, y lo coge. Su cara es seria, pero al poco se torna en una sonrisa pícara. Eso, probablemente, signifique que ha tenido una idea. Justo en la acera de en frente hay una tienda de fotografía. Ramón entra en la tienda con el carrete perdido. El carrete, la tienda: parece una señal. O una trampa.

Es él. El tipo que está sentado en el metro, en la primera foto. Es él el de la segunda, tomando una caña con una amiga en una terraza del centro. Y el de la tercera, mirando un escaparate en el que un maniquí pétreo le devuelve la mirada congelada. Y el de la cuarta, la quinta, la sexta. Ramón camina mientras va pasando una foto tras otra, estupefacto. Él es el protagonista de todas ellas. La pregunta asoma la cabeza inmediatamente. ¿Quién le sacó esas fotos? Y lo que es más importante, ¿por qué? Según va viendo imágenes de su vida cotidiana (reconoce la oficina, el parque del Retiro, la puerta de su bloque de pisos o el supermercado) la estupefacción se transforma progresivamente en miedo. No pudo ser una casualidad que él encontrara ese preciso carrete. Todo estaba planeado de antemano.

Cruza un paso de peatones cuando llega a la última foto. Es él, boquiabierto, mirando a la cámara, con un fajo de fotos en la mano, quieto en medio de un paso de peatones. Es él el que acto seguido se detiene, levanta la vista de la foto, mira al frente. Abre la boca cuando lo ve: la cámara, el hombre al que le tapa la cara. Salta un flash. Después suena un golpe seco, un frenazo. No ha visto el coche aproximarse. Las fotografías saltan por los aires. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

Frankenstein

martes, 1 de noviembre de 2011

Leo igual que visito un cementerio. Con esa mezcla de desesperación, melancolía y podredumbre. Leo con la arrogancia del que todavía está vivo y puede decir que está vivo y que tiene miedo a morir. Y qué sabrás tú de morir, me responden bajo tierra. Tú sólo sabes de ver morir y eso es como saber de sexo por haber visto mucha pornografía.
Leo lo que he escrito y es como pasear por el mausoleo del ego. Nichos llenos de pedazos de mí, literatura muerta: estupideces momificadas, jeroglíficos sobre mis problemas de mierda. La Piedra Rosetta de mi vida: no tiene el más mínimo interés pero tiene mucho estilo, según los arqueólogos. "Su falta de trascendencia es su mayor virtud" (L.A. Times).
Escribo igual que un enterrador. Escribo a base de echarme paladas de tierra sobre la cabeza, y noto la tierra golpeándome, espesa en la boca, cubriendo los ojos. Busco la inmortalidad sepultándome y así me va: con cada texto me entierro un poco más.
Escribo flores sobre mi lápida. Con el tiempo se acumulan y marchitan y, al final, lo que queda es un montón de flores marchitas que nadie se atreve a limpiar. Cuando alguien se pone delante de una tumba o de un cuadro o de un libro, sólo se queda con estas flores marchitas. A fin de cuentas, es lo que se ve. Los críticos elogian estas flores, les ponen nota, las clasifican, discuten sobre ellas. Dicen cosas como: estas flores marchitas son las mejores de la historia de la literatura. Pero no entienden que lo que importa no son las flores. Lo que importa es el cadáver que hay debajo.

 
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