La comedia económica

domingo, 29 de abril de 2012

Hemos cambiado el monstruo de debajo de la cama por la economía. Los adultos tenemos que temer las palabras serias: IRPF, recesión, mercado de valores, IVA. Hay que buscar una buena razón para acojonarse, hay que justificar el insomnio de alguna manera. El artista antes conocido como el hombre del saco ahora se llama Ibex 35 y come niños y parados. Los dioses no existen, pero el déficit sí y exige sacrificios humanos en cada Consejo de Ministros en forma de lo que llaman reformas. Después sale por la tele un tipo sudoroso con traje y corbata y nos enseña orgulloso las nuevas Tablas de la Ley: cumplirás el objetivo de déficit sobre todas las cosas. Todo lo demás da igual. Y advierte a los herejes: el Estado de Bienestar es un dios falso y su adoración será castigada con la prisión preventiva. La población asume lo dictado y repite el mantra una y otra vez: la cosa está muy mal y hay que apretarse el cinturón. Los que se sienten rebeldes no saben contra quién tienen que rebelarse. Sueñan con que vuelva el monstruo de debajo de la cama. La economía, dicen, es mucho peor. Han colocado francotiradores en el teatro pero éstos sólo pueden apuntar a los actores y a los figurantes de esta tragicomedia. El público no aplaude y eso implica que el director no saldrá a saludar cuando acabe la función. Parece que nos quedaremos sin regicidio. La obra se retransmite en todo el mundo a través de telediarios y periódicos y nosotros nos conformamos con observar. Pero un espectador se ha atrevido a saltar al escenario y ha gritado una palabra. Creo que ha dicho: ¡libertad! Las ovejas nos hemos mirado las unas a las otras, incrédulas y temerosas. Estábamos esperando que pasara algo pero no algo que nos hiciera tomar una decisión: pasividad o acción. Y si decidimos actuar, ¿cómo? La última rebelión en la granja fue hace mucho tiempo y los animales sabían entonces quién era el granjero. Ahora no hay guión y los actores se han quedado callados, mirando al público, desafiantes. Dejo de mirar a mis compañeros de butaca y compruebo horrorizado que tengo un papel en blanco en el regazo y un bolígrafo en la mano. Tengo la pegajosa sensación de que debo escribir algo antes de que sea demasiado tarde. Como si fuera a servir de algo. Como si yo supiera lo que hay que hacer. Y tú me preguntarás: ¿demasiado tarde para qué? Y aquí estoy, escribiendo un panfleto de mierda como si tratara de desactivar una bomba. Eh, que te he hecho una pregunta: ¿demasiado tarde para qué? El cable rojo, el cable azul: tengo que decidir cuál corto primero. ¿Acaso no me has oído? El alicate tiembla en mis manos. ¿Demasiado tarde para qué?

Doble o nada

martes, 3 de abril de 2012

Tras el estornudo un hilillo de baba ha quedado colgando del labio inferior y gotea suavemente y se cristaliza sobre la camisa a cuadros. Uve Doble lo ignora deliberadamente (o quizás es que no se ha dado cuenta) y enciende su ordenador portátil, un acto que ha automatizado a lo largo de su vida, un acto que alguna vez fue un gesto de libertad y que ha acabado siendo algo carente de esperanza y de sentido, algo similar a ponerse colonia todas las mañanas o a hacer la cama. Uve Doble intentará buscar alguna conexión inalámbrica que no disponga de contraseña. Se acaba de mudar a un piso nuevo y todavía no ha contratado los servicios de conexión a Internet pertinentes para poder realizarse como un ciudadano de principios del siglo XXI. En estos momentos, "poder realizarse" para Uve Doble equivale a ser capaz de conectarse a alguna red social para escribir: ya estoy en el piso nuevo, en breve fiesta de inauguración!!. El ordenador descansa sobre una caja todavía sin desembalar e ilumina con su luz mortecina la cara de Uve Doble: Hopper, vuelve de donde quiera que estés y pinta esto. El caso es que el ordenador acaba por encenderse y Uve Doble, justo antes de iniciar una probablemente infructuosa búsqueda de conexiones prestadas, se sorprende: tiene conexión a Internet. Desplazando el ratón sobre el icono en el que se ven dos pantallas de ordenador y una bola azul (que seguramente represente a la Tierra, pero qué más da), Uve Doble ve el nombre. Conectado actualmente a: Uve001. Acceso: Local e internet. Para el lector que acaba de conocer a Uve Doble en este momento patético, en esta "etapa de transición", como le gusta decir a él, quizás este hecho no resulte sorprendente. En realidad la sorpresa se debe a que ese es el nombre de red que Uve Doble usaba en su anterior piso (conexión que por supuesto había dejado de usar y de pagar y que, en el caso de que se hubiera quedado encendida –cosa imposible ya que en su anterior piso ya había un nuevo inquilino, etc.– no era posible que llegara la señal debido a la distancia entre ambos apartamentos). Así es que, ante la ilógica de la situación, Uve Doble se enfrenta a una decisión difícil de tomar, investigar qué o quién subyace detrás de esa conexión, o bien hacer caso omiso a la coincidencia, ignorando cualquier sentido del peligro y aprovechar para escribir en alguna red social que por fin está en su nuevo piso, ya que a fin de cuentas ese es el objetivo que perseguía y hay que dejarse de gaitas, que si el nombre coincide, pues vaya curiosidad. Así que, Uve Doble, que en realidad es un hombre con recursos, decide escribir por fin eso de que está en su nuevo piso y acto seguido se dispone a ir por los rellanos del edificio con la excusa de presentarse como el nuevo vecino para intentar encontrar una respuesta al enigma de la conexión. Es posible que, si bien el ordenador portátil le convierte en un hombre de su tiempo, el acto de llamar a los timbres de los vecinos del bloque le devuelva a las cloacas más rancias y antiguas del siglo pasado, donde la gente tendía a socializar físicamente y quizás por eso, ya cuando está fuera de su piso, en el rellano, con las llaves apretadas dentro de su mano dentro del bolsillo del pantalón, se siente tan incómodo que por un momento está a punto de ceder ante su curiosidad y volver a la seguridad de las cajas desembaladas, la televisión apagada y la nevera vacía. Pero no, Uve Doble logra vencer esa timidez impropia de un hombre de su edad y comienza su ronda de presentaciones. Hola, soy el nuevo vecino, el del 1ºB, me llamo Uve Doble. La frase se repite puerta tras puerta. La mayoría de los vecinos reaccionan de manera cordial, pero los hay que no abren la puerta y se quedan mirando por la mirilla, aterrorizados ante la idea de que alguien tenga acceso al dintel de su intimidad, o gritan: ¡no compro nada! Pero en general la ronda va bien, y consigue datos de cierto interés, como por ejemplo: hay una chica que está bien buena en el 2ºA o que los del 4ºC tienen un perro que no para de ladrar. En cualquier caso, Uve Doble se detiene ante la puerta del 1ºB, y por una estupidez del automatismo llama al timbre. Cuando se da cuenta de que acaba de llamar a su propio piso y empieza a buscar la llave en su bolsillo, abre la puerta un hombre con cara asustadiza que tiene una gota de saliva cristalizada en la camisa de cuadros.

 
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