Hipocampo

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dar una enésima vuelta al reloj de arena, de forma que quede como estuvo hace mucho tiempo. La impresión de recorrer una y otra vez los mismos rincones que ocupan mi memoria. El olor a tabaco que impregna las paredes de este piso: hubo un tiempo en que lo podría haber llamado hogar. Por aquí pasé, y por aquí quedó una parte de mí: ahí está mi silueta inerte sobre la cama, como la piel de una enorme serpiente que se fue hace tiempo; el sonido de las palabras que pronuncié hace años, agotado de rebotar contra las paredes de mi cuarto; la sangre y los restos resecos de las secreciones propias de la existencia. Siempre que vengo compruebo la estabilidad de los mismos tótems, la falsa creencia de estabilidad que se genera por la ausencia de cambios importantes en un tiempo, por la insignificancia de las grietas en la superficie, la falsa estabilidad de la tela de araña donde cada vez se balancean más elefantes. Me siento con el Fantasma de la Navidad Pasada y nos quedamos absortos mirando mis fotos del pasado. Ahí estoy yo: comiendo, llorando, riendo, estornudando, masturbándome, durmiendo, tomando malas decisiones, escribiendo una carta de amor que nunca mando. La sensación de ver una película que te deja la sensación de que, bueno, en general está bien pero podría haber sido mucho mejor. Y entonces acabo volviendo aquí, donde yo me dediqué a vomitar todas mis mentiras. La historia de mi vida. Limpio un poco el polvo. Decido hablar de mis recuerdos. Una vez más. Como si a alguien que no sea yo le importaran. Quizás es porque la Navidad me ha puesto sentimental. Bienvenidos a las ruinas de mi hipocampo. No os preocupéis, la entrada es gratuita. Mi padre me leía cuentos antes de dormir. Entre ese momento y la actualidad no sé qué demonios es lo que ha salido mal.

Génesis

domingo, 3 de noviembre de 2013

En aquel momento, todo era posible. Con el amanecer a sus espaldas, las palabras proyectaban largas sombras a través del campo blanco de la nada. Eran jóvenes y la euforia de su interior las empujaba a golpearse unas a otras entre gritos y con toda esta algarabía se hacía difícil entender el significado de aquello, si es que había algún significado más allá de las emociones que explotan, las mandíbulas apretadas y los músculos del cuello que se tensan como cabos izando velas, y las salpicaduras de da-igual-qué por toda la piel. Las palabras rodaban ladera abajo dejando un rastro de letras y signos de puntuación desparramados por doquier: la transcripción del balbuceo de un bebé, como saliva transparente que resbala por las curvas de un chupete recién inaugurado. Quizás os suena la historia: comienza como un rumor lejano, un murmullo que equivale a un ejército que se acerca galopando desde el rincón más profundo de vuestro cráneo, un montón de soldados a caballo que asoman por el horizonte y que te invitan a reproducir el temblor sobre un lienzo en blanco, y cuando te quieres dar cuenta los tipos ya han salido fuera y han conquistado lo que fuera que estuvieras haciendo, y ves una tímida bandera ondeando sobre un encabezado. Al principio sólo son palabras, sin contexto, sin orden, sin objetivo: una muchedumbre que no sabe a dónde tiene que tirar los cócteles molotov. Algunas dejan que se les pegue algún sufijo o prefijo, otras van perdiendo acepciones mientras corren por los campos vacíos. Las hay que se pierden por el camino y nunca más vuelven. Conforme avance el tiempo, el sol llegará al cénit y llegará el momento en que las palabras se detengan un momento y empiecen a pensar en su futuro. ¿Qué va a ser de mí? ¿Tengo algún significado? Es el momento en que buscan compañeras de viaje fieles, abandonan las locuras de su juventud, y empiezan a emparejarse como pueden para formar todo tipo de frases. Ya no corren tanto, ahora procuran buscar un objetivo, aunque sea a corto plazo, y así poco a poco van tendiendo nexos entre sí, y envejecen poco a poco sin poder separarse unas de otras hasta que al final se quedan muy quietas conformando párrafos, capítulos, obras enteras; mirando la puesta de sol, notando sobre sus letras los últimos rayos de sol momentos antes de fosilizarse y constituir un nuevo hito en la historia de la literatura universal: así, sin mayúsculas, ni gloria, ni nada.

La primavera

jueves, 19 de septiembre de 2013

Lo mejor del invierno es que después no queda casi nada. Sólo un lienzo en blanco sobre el que escribir un nuevo año. Es el campo de batalla después de la derrota. El punto y aparte. Uno abre las cortinas, pesadas y opacas, dejando pasar la luz espesa entre la mierda que flota en el aire enrarecido de este edificio. Son motas de polvo, y hay muchísimas después de toda una vida aquí encerrado. Podría acabar con toda forma de vida usando la capa de sustancia gris que se queda pegada a la yema de mi dedo según lo deslizo sobre un mueble cualquiera. Así que esto es lo que yo una vez llamé hogar, esto es lo que yo llamé vida. Nada que no se pueda solucionar con una escoba y una bola de demolición. Aquí, en este templo, he rezado yo a seres imaginarios. Aquí he sacrificado mis sueños en su altar. A mi Abraham particular no hubo Dios que lo parara. Bienvenidos a mi templo. Bienvenidos a mi cementerio de esperanzas. En breves instantes asistiréis a su destrucción. Pasen por taquilla. En occidente hacemos negocio con las desgracias ajenas y propias. Es lo que conocemos como capitalismo. O como Ley de la Oferta y la Demanda. Consiste en poner un precio muy caro a algo que la gente no quiere ver para que crean que sí que quieren verlo. Les dices que es que ver demoliciones es algo muy demandado y te forras. Luego puedes justificarlo diciendo que la gente es así, muy morbosa. Por favor, ocupen su localidad. Una explosión controlada en realidad no tiene ninguna emoción. Hay un perímetro de seguridad, y todos estamos fuera de peligro. Es como ver una película o leer un libro. La emoción que te puede provocar una obra artística es autoinfligida: una mentira que te cuenta alguien y tú te esfuerzas en creer. En realidad la posibilidad de que sangres con un libro no está más que en lo afiladas que estén las hojas. Por muy fuerte que sea esta explosión tú estás en tu burbuja, protegido por la apestosa realidad. Eres un bebé embadurnado de polvos de talco, con el pañal limpio recién puesto y listo para ver algo terrible a una distancia prudencial. Ocurre cuando ves el telediario. Ocurre cuando lees una obra de ficción. Cuando juegas a un videojuego de esos terriblemente violentos, casi tan violentos como la realidad. Aprenderás a morir en la ficción pero cuando llegue el momento de tu muerte no estarás preparado. En fin, espero que disfrutéis del espectáculo, aunque antes he de confesaros algo. Atención: detonación en cinco. Confieso que os he engañado. Cuatro. Porque no hay edificio que demoler. Tres. No hay una cantidad controlada de explosivo. Dos. No hay un perímetro de seguridad. Uno. Y no hay nada después del invierno. 

Mono

domingo, 4 de agosto de 2013

Si no tienes expectativas, nada te puede decepcionar.
Pues eso: hemos llegado aquí, yo escribiendo, tú leyendo. Y ni tú ni yo esperamos que el tedio se nos vaya a quitar por compartir este trocito de espacio. Por mucho que enciendas esa linterna, esto es un puto agujero negro. No, tampoco nos valen las cerillas. No es que aquí nos sobre el oxígeno. ¿Qué tal si nos quedamos muy quietos sin decir nada? Esperando sin esperanza. Como heroinómanos pasando el mono, soñando con un chute que nunca nos llegará. Paralíticos soñando con caminar. Dementes que intentan recordar. Siempre nos quedará el pasado. La vida es un paseo por un callejón sin salida. No es que me guste el melodrama, es que soy realista. Puede que no sepa de qué va la película, pero al menos sé que no tiene final feliz. No espero que lo entiendas. Por eso no me desilusionaré cuando no lo hagas. Los mejores seres humanos consiguen como recompensa un hueco en los libros de historia. Deja para los demás lo que no quieras hacer hoy. El fracaso no es una derrota. En realidad es lo normal. ¿Serás tú uno de los escogidos? ¿El líder de algún movimiento que morirá con el tiempo? ¿Hay algo que no muera al cabo de un tiempo? Seas quien seas, estás aquí encerrado conmigo. Algo debes haber hecho mal para acabar aquí. Quizás lo mejor que se puede esperar de nosotros es que yo escriba esto y que tú lo leas. No hay nada detrás. No hay trampa. Sólo el silencio del gatillo después de la detonación. Nada por aquí, nada por allá. Literatura como balas taladrando tu cerebro. Unidireccional. Abriéndose camino. Haciendo el trayecto de un gigantesco piercing en tu calavera. Un rehén asesinando a otro. Sin motivo. Porque no tenemos nada mejor que hacer. Yo disparo, tú quedas al borde de la muerte. Se escribe mejor si tienes hambre, si tienes sed, si tienes ese picor que queda en ese punto de la espalda que no te puedes rascar. Se lee mejor si has colmado todas tus necesidades y estás, por lo demás, ocioso. Eso es lo que nos diferencia, aunque estemos en este mismo agujero. El hambre. La sed. La incomodidad. El dolor. 
En fin, ¿no tendrás un cigarrillo?

Morituri te salutant

martes, 11 de junio de 2013

Estoy preparado para que en cualquier momento se escuche el crujido del muro de carga y todo se vaya al garete. O quizás creo que estoy preparado y esa falsa convicción es lo que me permite mantener el tipo: pagar las facturas todos los meses, comprar bienes de consumo, madrugar todos los días para ir al trabajo. Puede que la creencia en que estoy preparado para que llegue lo peor sea la que me permite actuar según la norma social, y que, entonces, cuando llegue el momento de la verdad, cuando rompan el séptimo sello y el director grite "¡Corten!", cuando deje de sonar la música y enciendan las luces de este pub, me descubra ebrio e indefenso, incapaz, torpe y fraudulento, estafándome a mí mismo: yo traicionado por un incompetente que se esconde en los espejos. Pero por ahora no hay de qué preocuparse, queda mucho hasta entonces (o eso quiero creer) y el rayo aún no ha alcanzado el tronco del árbol. Ahora suena la banda sonora de la vida, y eso no es bastante ni mucho, eso es todo. No creo en edificios imaginarios después de la demolición. Hubo un tiempo en el que yo creí que se podía salvar algo escribiendo. Pensaba que dejar atrás un puñado de páginas garabateadas podría ser algo más trascendente que dejar un montón de objetos abandonados y devorados por los herederos del finado. Ya puestos a dedicarse a hacer algo que durara más que la vida (una vez confirmé que la gente que reza también se muere), me dediqué a creer en la literatura. La Vida Eterna en tu estantería: edición de tapa dura o de bolsillo, tú eliges. Hemos talado muy pocos árboles para que este hombre perdure un poquito más en el tiempo. Los árboles y los hombres son biodegradables. Las palabras son para siempre. O eso pensaba yo. Pero las palabras se olvidan, son como tungsteno iridiscente: alumbran y dan calor sólo por un tiempo. Llega un momento en que la bombilla se funde y, por mucho que aprietes el interruptor, no vas a volver a sentir esa misma luz, ese mismo calor. Eso sí, puede que no sientas el mismo calor, pero si las tuviste lo suficientemente cerca de ti, tendrás una cicatriz de recuerdo. Las palabras no son para siempre. Sus consecuencias sí que lo son. Una vez, un profesor que tuve en el colegio escogió mi redacción como la mejor de la clase. Dijo que era capaz de mantener el interés del lector sin llegar a decir nada en ningún momento. El muy gilipollas probablemente tenía razón.

Precipitado

domingo, 12 de mayo de 2013

La tomé entre mis brazos y apreté su fina, finísima cintura. Mis dedos, a través de la suave tela negra, podían palpar las apófisis de sus huesos. Nos lanzamos en una especie de baile infernal en el que chocamos con pasión contra todo lo que encontramos en nuestro camino, provocando algún que otro desperfecto en el proceso. Yo no podía parar y, en el mismo momento en que ella se dispuso a desnudarme, me entretuve en deshacer el cordón anudado en torno a su cuello. Me susurró: "Eres mío, no lo olvides". El corazón se me paró unos segundos. El sudor. El temblor de los dedos. Mi menté se quedó en blanco. Desnudo, frente a ella, desaté por fin la capucha negra. Su capa cayó al suelo y la vi desnuda, blanca y radiante. Me mordí el labio inferior. No lo olvides, me dijo. La observé, absorto. Su esqueleto. Su calavera. Sus cuencas vacías. Su guadaña. 
Y sobre todo, su sonrisa. 
Y de pronto, el dolor en el pecho. El mareo. La tos. El corro de gente mirándome aquí, tirado en el suelo. La boca me sabe a sangre. Se escucha la sirena de una ambulancia acercándose. Una paloma vuela por encima de todos nosotros. Debe estar aproximadamente a la altura desde la que salté. No lo olvides, me dijo. Y me dejó vivir. Hay que ser hija de puta.

La vía de las pentosas

lunes, 1 de abril de 2013

El sabor de la arena en la boca. Cierra los ojos y abre la boca. Se lo voy a decir a la profe. El terrible miedo a aprender a leer. Saber leer era el primer paso de la condena: estudiar y después trabajar. El edredón con motivos egipcios. Gritar desde la cama: ¡Buenas noches! Escuchar el sonido lejano de la televisión encendida en el salón a modo de respuesta. El terrible miedo a morir estando dormido. El rezo consecuente pidiéndole a Dios que, por favor, esté consciente cuando llegue el momento. La importancia capital de estar consciente y poder anotar cada sensación. Como si fuera necesario ser capaz de escribir un diario de los últimos momentos. Ser un periodista al otro lado. "Lamento decepcionaros, pero aquí no hay túnel ni luz ni nada de eso." El terrible miedo a que no haya nada después. Los canelones de la abuela recién hechos al volver del colegio. Notar por casualidad con horror que la jaula del canario ha desaparecido. Mamá dice que lleva días sin estar ahí. Dice que el canario ha muerto. Sentirse fatal y no saber si es porque haya muerto o porque te has dado cuenta días después. ¿Podrías no haberte dado cuenta? ¿Podrías haberte acostumbrado al hueco en la habitación como te acostumbraste a la jaula y al pájaro? Tenía muñecos de plástico que cobraban vida estando en mis manos. Suspenso en Educación Física. No entiendo para qué quiero saber hacer correctamente la voltereta. Suspenso no era la palabra exacta. Alguna autoridad educativa había sustituido el término Suspenso por el eufemismo N.M., Necesita Mejorar. Aunque para mí mejorar no era ninguna necesidad. Nadie hace la voltereta por la calle. El Ventolín y la Mercromina. La Primera Comunión. La cinta de Serrat seguía sonando en el coche después del accidente de tráfico. Descubrir que el encerado estaba borroso y se veía mejor al achinar los ojos. Descubrir que ver el encerado borroso se llama miopía. Las ecuaciones de primer grado. Caer empujado por las escaleras. Despertar en un banco con la nariz rota. Un compañero de clase sabía darse la vuelta a las pestañas. Ahora es electricista. Yo le dejaba que copiara mis exámenes. Me dijeron que dejé un buen charco de sangre en el descansillo de la escalera. El chico que me empujó nunca me pidió perdón. Perdí el conocimiento antes de darme contra el suelo. El televisor se desenchufa antes de golpear con el suelo porque no tiene el cable lo suficientemente largo. Yo tampoco tengo el cable lo suficientemente largo. Cuando la pantalla se hace añicos yo ya no estoy ahí. Ahora sé que es imposible que pueda estar consciente mientras me muero, tan lúcido como para poder explicar lo que se siente. Comer langostinos en Nochebuena. La adolescencia y el primer amor. Los primeros poemas. Quise hacer un poema que fuera circular, / para morirme de tanto leerlo. El rotundo fracaso sentimental. Quise hacer un poema circular, / para morirme de tanto leerlo, / pero nunca consigo lo que quiero. Dejar de creer en Dios. Dejar de rezar. Dejar al azar mi futura muerte. La inercia académica que me lleva a acabar el instituto. La curiosidad estúpida que me lleva a estudiar medicina. Supuse que para entender la muerte habría que estudiar lo que pasa justo antes. Las cañas que tomábamos casi todas las tardes del verano después de selectividad. Los distintos tipos de colágeno. Recurrir al alcohol como respuesta sencilla a cualquier pregunta compleja. Los núcleos supraóptico y paraventricular del hipotálamo. Más tarde me di cuenta de que no había forma de entender la muerte. El formol y los cadáveres de la sala de disección. Todo lo que tenemos dentro tiene un nombre. Las resacas y la escritura a la luz de un buen dolor de cabeza. La vía de las pentosas. El niño miope que rezaba a Dios pidiéndole una muerte consciente: de todo eso sólo quedaba la miopía. Evitar el suicidio gracias a la inercia y a la escritura. Los fracasos sentimentales. El éxito académico, pese a que nunca sabré dar la voltereta. La inercia académica que me lleva a acabar la carrera de medicina. La endocarditis de Libman-Sacks. Conocer a una chica. Engañarla haciéndole creer que soy lo suficientemente especial como para salir conmigo. El infarto agudo de miocardio. Quererla y que ella me quiera. El carcinoma epidermoide de pulmón. El éxito sentimental. El eritema en heliotropo. Me dedico a mirar por el microscopio células de gente enferma. Los gatos duermen plácidamente en el sofá. Las vacaciones de Semana Santa. Abrir sin querer una grieta en el nicho de mi memoria y que salgan a borbotones unos cuantos recuerdos pegajosos y que me pongan perdido. Después de la avalancha sólo encontré un documento burocrático. Por favor, escriba después de los dos puntos. Hora del exitus: 

Área 51

domingo, 17 de marzo de 2013

No sé si me entenderán, pero les contaré todo lo que sé. El momento más duro fue cuando me despedí de las crías. Todavía no eran más que algo así como pequeñas larvas y seguramente no se acuerden de mí, pero eso no quita que yo lo pasara mal. En ese momento, cuando las tuve en brazos por última vez, estuve a punto de arrepentirme. Estrellas y planetas: qué más dan, lo que importa es ser feliz, y en aquel instante me sentí el tipo más desdichado del mundo. Explorar el espacio es algo muy prestigioso, me dijo la madre. Pero quién quiere prestigio si no tiene a nadie que le quiera. Subí las escaleras hacia la nave, saludé con un deje de tristeza y me sumergí en la oscuridad de aquel trozo de metal con otros tres tripulantes. Luego vino el abrocharse los cinturones, la cuenta atrás, la explosión y el despegue. Mientras era proyectado con estos tres infelices hacia el vacío, deseé ser un simple recolector de alimentos. Deseé que la nave explotara. Evidentemente, nada de eso ocurrió: por eso estoy aquí. Al cabo del tiempo, me olvidé de mis deseos. Fuera de nuestro planeta, reinaba el silencio y la rutina. Rastrear, fijar objetivos, parar a recoger muestras, archivar los datos. Sólo soy un explorador, no tengo ni idea de para qué nos va a servir nada de esto. Llevábamos unos trescientos planetas explorados cuando el capitán decidió desviarse de la ruta programada. Dijo que era para evitar unos asteroides. Y por culpa de ese desvío, encontramos este planeta. Como con todos los que encontrábamos, fijamos las coordenadas y bajamos a aterrizar para coger muestras. El material principal que encontramos en la superficie fue líquido, así que cogimos un poco de eso y después nos dirigimos hacia las zonas más sólidas. A partir de ese momento creo que ustedes ya se saben la historia. Estaba yo rascando la superficie sólida del planeta cuando alguno de los vuestros apareció, gritó o gimió y salió corriendo. No le di la menor importancia hasta que al rato, cuando ya tenía lo necesario para ir de vuelta a la nave, llegaron ustedes en sus vehículos, me rodearon y me gritaron. Yo seguí sin inmutarme, dado que el protocolo de actuación ante una especie diferente consiste en ignorarla para que no nos vea como un peligro, así que me encaminé con tranquilidad hacia la nave, y ya saben lo que pasó, algún miembro de los suyos me lanzó, con un artilugio detonador, un pequeño trozo de metal a gran velocidad. Caí al suelo del impacto, supurando un poco de suero interno por la zona donde impactó el trozo de metal con mi cuerpo. Recuerdo que, según se abalanzaron sobre mí, vi a lo lejos la nave despegar y dejarme solo con ustedes. Y aquí estoy, encerrado en esta sala sin que me hayan dado ninguna explicación. No tengo la más mínima idea de lo que piensan hacer conmigo, pero se lo advierto: yo sólo soy un simple explorador. No creo que me entiendan, pero más les valdría hacerlo. No merece la pena perder el tiempo conmigo. En la nave tienen las coordenadas, tienen todo lo que necesitan para volver. Para traer a los soldados. Y créanme, esos son mucho menos dialogantes que yo. No les estoy amenazando, les estoy advirtiendo. Yo soy un buen tipo. No tengo nada en contra de su planeta ni de su especie. Ni siquiera me gusta mi trabajo. Bueno, al menos podrían darme algo de comida, ¿no? ¿Comen troncos desecados por aquí? ¿Hola? ¿A dónde van? ¡No me vuelvan a dejar solo! Mierda. Me cago en la Materia, quién me mandaría a mí alistarme.

¡Bum!

lunes, 25 de febrero de 2013

Decir: volveré para la cena, sabiendo que no será posible. Silbar una canción que a ella le gusta mucho. Coger el camino más largo. Pasado un tiempo, el gato de Schrödinger muere de todas formas. Los vecinos avisarán a los bomberos de que algo huele mal en el apartamento. Parar en una gasolinera y comprar cerveza. La probabilidad de que acabes muerto es de un 100%. Preparar una nota de despedida. Lo más sencilla posible. Como si fuera un suicidio. Por si acaso. Elegir un sitio apartado para aparcar. Esperar a que se haga de noche para salir del caballo de Troya. En algún sitio del mundo alguien debe estar haciendo la misma cuenta atrás. La cerveza es para soportar la espera, claro. Mirar de soslayo el paquete sobre el asiento del copiloto. En algún sitio del mundo alguien está teniendo un orgasmo. Abrir otra cerveza. Quitar el papel de regalo de la caja de Pandora. Con nervios, como si fuera tu cumpleaños. En algún sitio del mundo alguien está disparando a otra persona. Tener la sensación de cabalgar sobre una bomba atómica. Tener la sensación de que tu trabajo es el peor del mundo. Coger el trasto con las manos. Pensar que es una estupidez eso de que hagan falta cuatro jinetes. Con uno basta. Hoy en día cualquiera se mataría por tener ese trabajo. Aunque el sueldo no sea gran cosa. Aunque el turno sea de noche. Y te paguen por horas. Dar un último trago a la cerveza. En algún lugar del mundo alguien se muere solo y sin descendencia. Ni falta que le hace. Dudar por un momento si apretar el botón rojo o no. Mirar de nuevo el reloj. Ya no queda cerveza. Imaginar que tienes cuernos, rabo y un tridente. Y que te llamas algo así como Lucifer. Imaginarte que no eres un currito de mierda. Putas Empresas de Trabajo Temporal. Mirar de nuevo el reloj. Es la hora. En algún lugar del mundo alguien se está sacando un moco mientras espera a que se ponga verde el semáforo. Sonreír. A la mierda, mandar todo a la mierda. 

Perspectiva

jueves, 7 de febrero de 2013

Desde el fondo de este lago, atado a esta piedra, vosotros y vuestros problemas no parecéis tan importantes.

Acúfeno

Por supuesto que me acuerdo de la primera vez que lo escuché, aunque para ser sinceros es como si hubiera pasado una vida entera. Fue una tarde de abril, me sé la fecha pero no creo que sea un dato relevante, y estaba solo en casa después de la jornada de trabajo leyendo un libro. No creo que leer fuera el desencadenante, pero el caso es que estaba leyendo en ese momento. Entonces, de manera suave, el sonido empezó. No era el típico ruido que escuchas de algún electrodoméstico del piso vecino, como por ejemplo una lavadora. Era algo más larvado, una especie de chirrido o pitido constante que me hizo levantar la mirada del libro. Miré en todas direcciones intentando averiguar el punto donde se originaba, pero por más que intentaba localizarlo sonaba siempre igual (incluso dejé el libro y me puse a andar a solas por el piso por si se escuchaba de manera más acentuada en alguna dependencia, pero el sonido era homogéneo, estuviera donde estuviera). Así que decidí que lo mejor era esperar a que cediera por sí solo, achacándolo a alguna cañería o algo así. Al cabo de un rato, que podría calificarse como tremendamente irritante, el sonido desapareció. Ni que decir que no le di la más mínima importancia y que seguí con mi vida como si no hubiera sucedido. Así es como me encontré el sábado de esa semana en una soleada terraza del centro con un par de amigos tomando una caña. Recuerdo la conversación:
–¿Tú has estado en ese sitio? –me preguntó uno de ellos. Y en ese momento volvió. El chirrido. Constante. Ilocalizable. Yo me quedé absolutamente bloqueado y debí poner cara de preocupación. Pensé que debía ser una broma pesada.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.

Tenesmo

miércoles, 16 de enero de 2013

Podría estar tumbado en el sillón, derrotado por la rutina y el trabajo diario, empapándose de eso que se empapa todo el mundo cuando llega a casa después de la jornada laboral, tomando el aire justo y necesario para poder respirar al día siguiente, la carrerilla que permite que la cotidianidad sea soportable, ya sea viendo programas de televisión que no quieres ver (pero ya que están ahí qué le vamos a hacer); o navegando erráticamente por páginas web como quien pasea erráticamente por las calles pensando la mejor manera para suicidarse; o haciendo lo que sea que esté a tu alcance para olvidarte de dónde estás, quién eres y a dónde vas (o mejor, para olvidarte de dónde no estás, quién no eres y a dónde no vas a ir jamás). Podría pero sin embargo está sentado frente a la mesa del estudio, rascándose la cabeza por enésima vez, arrugando la frente, pensando en algo que escribir. ¿Por qué dedicar su tiempo en algo así? ¿Por qué no lo malgasta en la cosas en las que lo malgasta la mayor parte de la gente? ¿Acaso cree que tiene algo que decir? Por su cara no parece que tenga mucho que decir y, tras borrar otra frase (una vez más), tiene toda la pinta de que lo único que está consiguiendo es perder el tiempo. Suponemos que lo está pasando mal porque no se le ocurre nada sobre lo que escribir o porque se le ocurre pero no encuentra la manera de escribirlo de forma interesante. Si es así, podemos pensar que lo mejor que puede hacer es dejarlo correr, olvidarse del tema y dedicar su tiempo de ocio a otra cosa. Eso sería lo más sencillo, pero el hecho de que no deje de intentarlo testarudamente (y parece que va a seguir así hasta que el hambre o el sueño le venzan) lo que indica es que probablemente no pueda hacer otra cosa. Que el hecho de intentar escribir sea lo único que puede hacer, que tiene una urgencia, una incontinencia, una necesidad, un tenesmo, un impulso, una náusea constante a la que sólo puede responder metiendo la cabeza en el váter y resignándose a esperar, esperar hasta que llegue el vómito y que después quede ese gran vacío, la ausencia que queda dentro, y así hasta que llegue la siguiente arcada, el siguiente vómito, el siguiente hueco, y así una y otra vez, una y otra vez, hasta que al final no quede nada más que un enorme agujero, sólo un puto agujero.

 
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