Área 51

domingo, 17 de marzo de 2013

No sé si me entenderán, pero les contaré todo lo que sé. El momento más duro fue cuando me despedí de las crías. Todavía no eran más que algo así como pequeñas larvas y seguramente no se acuerden de mí, pero eso no quita que yo lo pasara mal. En ese momento, cuando las tuve en brazos por última vez, estuve a punto de arrepentirme. Estrellas y planetas: qué más dan, lo que importa es ser feliz, y en aquel instante me sentí el tipo más desdichado del mundo. Explorar el espacio es algo muy prestigioso, me dijo la madre. Pero quién quiere prestigio si no tiene a nadie que le quiera. Subí las escaleras hacia la nave, saludé con un deje de tristeza y me sumergí en la oscuridad de aquel trozo de metal con otros tres tripulantes. Luego vino el abrocharse los cinturones, la cuenta atrás, la explosión y el despegue. Mientras era proyectado con estos tres infelices hacia el vacío, deseé ser un simple recolector de alimentos. Deseé que la nave explotara. Evidentemente, nada de eso ocurrió: por eso estoy aquí. Al cabo del tiempo, me olvidé de mis deseos. Fuera de nuestro planeta, reinaba el silencio y la rutina. Rastrear, fijar objetivos, parar a recoger muestras, archivar los datos. Sólo soy un explorador, no tengo ni idea de para qué nos va a servir nada de esto. Llevábamos unos trescientos planetas explorados cuando el capitán decidió desviarse de la ruta programada. Dijo que era para evitar unos asteroides. Y por culpa de ese desvío, encontramos este planeta. Como con todos los que encontrábamos, fijamos las coordenadas y bajamos a aterrizar para coger muestras. El material principal que encontramos en la superficie fue líquido, así que cogimos un poco de eso y después nos dirigimos hacia las zonas más sólidas. A partir de ese momento creo que ustedes ya se saben la historia. Estaba yo rascando la superficie sólida del planeta cuando alguno de los vuestros apareció, gritó o gimió y salió corriendo. No le di la menor importancia hasta que al rato, cuando ya tenía lo necesario para ir de vuelta a la nave, llegaron ustedes en sus vehículos, me rodearon y me gritaron. Yo seguí sin inmutarme, dado que el protocolo de actuación ante una especie diferente consiste en ignorarla para que no nos vea como un peligro, así que me encaminé con tranquilidad hacia la nave, y ya saben lo que pasó, algún miembro de los suyos me lanzó, con un artilugio detonador, un pequeño trozo de metal a gran velocidad. Caí al suelo del impacto, supurando un poco de suero interno por la zona donde impactó el trozo de metal con mi cuerpo. Recuerdo que, según se abalanzaron sobre mí, vi a lo lejos la nave despegar y dejarme solo con ustedes. Y aquí estoy, encerrado en esta sala sin que me hayan dado ninguna explicación. No tengo la más mínima idea de lo que piensan hacer conmigo, pero se lo advierto: yo sólo soy un simple explorador. No creo que me entiendan, pero más les valdría hacerlo. No merece la pena perder el tiempo conmigo. En la nave tienen las coordenadas, tienen todo lo que necesitan para volver. Para traer a los soldados. Y créanme, esos son mucho menos dialogantes que yo. No les estoy amenazando, les estoy advirtiendo. Yo soy un buen tipo. No tengo nada en contra de su planeta ni de su especie. Ni siquiera me gusta mi trabajo. Bueno, al menos podrían darme algo de comida, ¿no? ¿Comen troncos desecados por aquí? ¿Hola? ¿A dónde van? ¡No me vuelvan a dejar solo! Mierda. Me cago en la Materia, quién me mandaría a mí alistarme.

 
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