Hipocampo

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Dar una enésima vuelta al reloj de arena, de forma que quede como estuvo hace mucho tiempo. La impresión de recorrer una y otra vez los mismos rincones que ocupan mi memoria. El olor a tabaco que impregna las paredes de este piso: hubo un tiempo en que lo podría haber llamado hogar. Por aquí pasé, y por aquí quedó una parte de mí: ahí está mi silueta inerte sobre la cama, como la piel de una enorme serpiente que se fue hace tiempo; el sonido de las palabras que pronuncié hace años, agotado de rebotar contra las paredes de mi cuarto; la sangre y los restos resecos de las secreciones propias de la existencia. Siempre que vengo compruebo la estabilidad de los mismos tótems, la falsa creencia de estabilidad que se genera por la ausencia de cambios importantes en un tiempo, por la insignificancia de las grietas en la superficie, la falsa estabilidad de la tela de araña donde cada vez se balancean más elefantes. Me siento con el Fantasma de la Navidad Pasada y nos quedamos absortos mirando mis fotos del pasado. Ahí estoy yo: comiendo, llorando, riendo, estornudando, masturbándome, durmiendo, tomando malas decisiones, escribiendo una carta de amor que nunca mando. La sensación de ver una película que te deja la sensación de que, bueno, en general está bien pero podría haber sido mucho mejor. Y entonces acabo volviendo aquí, donde yo me dediqué a vomitar todas mis mentiras. La historia de mi vida. Limpio un poco el polvo. Decido hablar de mis recuerdos. Una vez más. Como si a alguien que no sea yo le importaran. Quizás es porque la Navidad me ha puesto sentimental. Bienvenidos a las ruinas de mi hipocampo. No os preocupéis, la entrada es gratuita. Mi padre me leía cuentos antes de dormir. Entre ese momento y la actualidad no sé qué demonios es lo que ha salido mal.

 
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