Memorándum

jueves, 5 de junio de 2014

Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé cayó de mis dedos con la convicción y el tesón propio del abandono definitivo, del acto digno, de la decisión sensata que se cumplía por fin; me gusta creer en ese final y en lo que el recuerdo ha dulcificado, haciéndome creer que la última calada supo a renuncia y a despedida, a la tristeza absurda del "cuánto voy a echar de menos esto que me mata poco a poco". Me gusta visualizarme en la parada del bus exhalando el último aliento azulado como quien deja atrás grandes hazañas; siendo el viajero que mira desde el globo la superficie terrestre y suelta lastre para elevarse más y más, el marinero que desata el amarre y se deja llevar mar adentro hasta perder de vista la costa, y yo ahí de pie, dejando caer el cigarrillo al suelo y esta vez ni me molesto en pisarlo, observando desde una indiferencia fingida cómo la china se consume, cómo la pequeña brasa llega al filtro anaranjado y humea desde el asfalto dando una última señal, una despedida, un adiós silencioso en medio del tráfico, antes de convertirse en ceniza, polvo somos, la llama apagada que queda atrás cuando subo al bus y no paro de decirme a mí mismo que no voy a volver a fumar nunca más, que ya está bien de dar dinero a esos hijos de puta que se enriquecen vendiendo veneno adictivo, que ya está bien de flemas y toses, de que a mi novia le huela mal, de que esto, de que aquello, que ya vale, y pienso en todo eso porque esta vez la decisión, pese a lo que diga mi recuerdo, no fue algo racional, fue un arrechucho que me dio, un qué sé yo, un a tomar por culo, voy a dar un volantazo y voy a irme a la cuneta, o quizás más bien un voy a dar un volantazo y voy a volver a la carretera, a ver qué tal se ve la vida desde aquí, y claro, uno toma una decisión de forma emocional y después se las tiene que ver con el cerebro, con el voy a justificarme esto que he hecho, que sí, que me gustaba fumar, pero algo habrá que decir, aunque sea a uno mismo, aunque sea una nota a pie de página, una fe de erratas o un "lo hice por dinero" (que es una explicación que vale para todo lo que hagas en esta vida menos para lo que merece la pena), y así es como me iba justificando la situación en la que me había metido de una forma tan poco planificada. Nadie sabía qué había que hacer después de la revolución. Así es como se escribe la Historia. Pero ahora, tiempo sedimentado después, ya fosilizado el recuerdo, su extracción es segura. Podemos embellecer el fósil, pulirlo, ponerlo en una vitrina, escribir una plaquita explicativa: "Momento romántico en que dejé de fumar, 2 de agosto de 2013". El autobús se aleja del cigarrillo que deja su último estertor en el aire mientras suena música de violines. Fundido en negro. Títulos de crédito. La gente sale de la sala comentando que ha visto recuerdos mejores. Un tipo espera sentado a que acaben los créditos. Quizás sea yo, solo delante de mis recuerdos. Cuando parece que la historia se acaba, que eso es todo, que dejé de fumar de aquella forma tan emocional y que lo he superado, aparece otro fósil. Más feo, pero igual de real. Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé fue aquel de la parada de autobús. Pero resulta que un día después de aquello acudí al cenicero a por los restos de una colilla y me fumé desesperado lo poco que le quedaba. Tocando fondo. La placa reza aquí: "Momento real en que dejé de fumar, 3 de agosto de 2013". Me gusta recordarme como ese tipo que deja de fumar de esa forma impulsiva y lacónica. Porque yo soy ese tipo. Pero a veces se me olvida que también soy el que regresó derrotado al cenicero el día siguiente. Y es que uno no puede fiarse ni siquiera de sus propios recuerdos. Así que tened cuidado con los recuerdos, no os vayan a joder la realidad. Y viceversa. No lo olvidéis. Esa debe de ser la moraleja. 

 
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