Edith

domingo, 1 de marzo de 2015

Es importante no olvidar de dónde vienes, quién eras, qué querías. Es importante que no suceda que, un día cualquiera, al echar un vistazo a una foto antigua no te reconozcas a través del espejo espacio-temporal. Que no levantes la mirada hacia el espejo, contrariado, y pases la mano por el cristal reflectante, queriendo acariciarte las nuevas arrugas, las nuevas cicatrices que te han ido deformando con el paso de los años. Es importante que no escondas en el fondo del cajón más recóndito el álbum de fotos en el que sales cuando todavía todo estaba en potencia, cuando todos los futuros posibles eran, en efecto, posibles; no como ahora, atado a lo que poco a poco has ido podando de tu vida. Ahora que eres un tronco mutilado. Es importante que no te arrepientas. Es importante que entiendas por qué has acabado donde estás. Porque es fácil olvidar, ¿fue quizás fruto del azar, decidí irme a esta ciudad porque sí, porque me daba igual, porque no me quedaba más remedio, por una oportunidad que no podía rechazar? Es fácil mirar la foto y no entender qué es lo que ha sucedido entre el momento en que saltó el flash y el presente. ¿Qué fue lo que pasó? Es importante no tener que hacerse nunca esa pregunta. No vaya a ser que nos hayan robado lo de entre medias, que nos hayamos perdido ese fragmento de nuestra vida, como si nos lo hubieran extirpado con precisión y ahora estemos con este enorme hueco en la biografía, este boquete, este agujero negro en medio de nuestras vidas. No vaya a ser que la fotografía actual sea una farsa, una ficción que hemos puesto a prueba y de la que ahora es demasiado difícil escapar. Es importante que al levantar la mirada de la fotografía no estés viviendo con alguien que no se parece en nada a la pareja que algún día tenías que tener. Es importante que la realidad eventual no hay pisoteado tus sueños, no los haya arrollado en el camino. "Yo quería hacer esto, pero sucedió otra cosa". Y así hasta acabar viviendo en una casa que no es el lugar, en un sitio que no elegiste, compartiendo tu vida con gente que no son lo que el futuro se suponía que tenía que ser. Es importante que mirar la foto antigua no sea como contemplar tu reflejo en la superficie de un mar revuelto. Que al echar un vistazo a lo que has dejado atrás no te conviertas en una estatua de sal. Pero también es importante que cuando mires hacia el futuro, cuando ilumines el porvenir con esta linterna sin pilas que es la intuición, entiendas que, pase lo que pase, podrás volver a soñar, podrás hacer lo que siempre quisiste hacer: Amar con locura. Quemarte la piel en la playa. Matar a un dragón. Ayudar a alguien a lograr algo que parece imposible. Conquistar un país. Formar un imperio. Sobrevivir a base de comida enlatada en una ciudad postapocalíptica. Tirar cócteles molotov a la policía antidisturbios. Correr bajo la lluvia de la mano de la persona que más quieres. Besar un sapo y que no suceda nada después, pero al menos haberlo intentado. Fundar una empresa multimillonaria para después regalar todas las acciones de la compañía a una persona sintecho. Descubrir algo que nadie entiende para qué sirve y que dentro de cientos de años será el principio sobre el que surgirá una nueva revolución cultural y tecnológica. Fundar una familia y vivir con ella hasta que se seas lo suficiente mayor como para morir. Encerrarte en una habitación durante meses y escribir una novela que ningún editor se atreverá a publicar porque no es lo que el público quiere. Como si el público supiera lo que quiere, como si no se lo dijeran los anuncios. Fundar una secta y que crezca lo suficiente para que los organismos oficiales la consideren una religión. Tomar una cerveza helada en una terraza el próximo verano. Fumar a escondidas un cigarrillo, años después de haberlo dejado. Descubrir en la ducha, por accidente, un bultito debajo de la piel y que un médico te diga que es un cáncer diseminado, que te quedan unos escasos meses de vida y que acto seguido tú, en lugar de derrumbarte, que es lo normal en estas situaciones, te levantes de la silla, saltes por encima de la mesa de la consulta y le des de hostias por haberte estropeado el final de la historia. Hacer fotos de lo que te rodea, aunque sea parte de la más asquerosa y deprimente y monótona de tu rutina, hacer muchas fotos, hacer una exposición con todas ellas y después quemarlas todas; prender fuego al museo, a la rutina, a la gente que se para delante de una estúpida foto de la oficina donde trabajas y dice que representa la alienación del ser humano en un ambiente estéril y competitivo. Aprender a hacer croquetas caseras. Ganar las elecciones generales. Publicar un artículo en una revista científica demostrando que la mayor parte de los artículos científicos son aburridos. Llamar por teléfono a esa persona con la que te llevabas tan bien y con la que perdiste el contacto por desidia mutua y quedar y charlar, decirle, por ejemplo: qué tal te va, yo todavía sigo escribiendo en mi blog, que esa persona sonría y diga: lo sé. Aprender a hacer bombas por si alguna vez te hiciera falta, porque oye, nunca se sabe. Quizás te venga bien ponerlo en el currículum: sé hacer bombas. Que todos aprendamos a hacer bombas. A lo mejor es lo que necesita este país para acabar con el paro. Soñar con mundos inventados. Crear mundos inventados. Vivir en mundos inventados.
Es importante que no olvides de dónde vienes, quién eras, qué querías. Porque cuando intentes avanzar entre la niebla espesa que es el futuro no verás nada, y tendrás que caminar como un ciego, a tientas, y es entonces cuando tendrás que recordar qué tipo de ciego eres. Para que no acabes al otro lado del banco de niebla, confundido frente a tu foto, preguntándote qué coño te ha llevado hasta allí. Como si no hubieras sido tú mismo. Todavía no hay perros guía para la vida. 

 
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