Perro semihundido

domingo, 9 de agosto de 2015

Tengo un perro llamado Esperanza y, la verdad, hacía mucho tiempo que no lo veía. 

Creo que la última vez fue cuando observé su reflejo en retrovisor, corriendo detrás del coche, como si aquella gasolinera no hubiera sido lo suficientemente buena para él.

O quizás fue cuando le intenté ahogar bajo paladas de tierra, su pelo cobrizo embarrado, su cabeza mirándome como en aquel cuadro de Goya. Y yo en el otro extremo del agujero, arriba, con la pala cargada, palada tras palada, ignorando su quejido silencioso, su mirada incómoda. 

También pudo ser aquella tarde en la que estábamos pasándolo tan bien y yo le tiré un palo para que fuera a buscarlo y, tanto el palo como él, se perdieron entre los árboles y yo gritaba su nombre en vano porque no volvió. No siempre era yo el que acababa abandonando al otro.

Por suerte, al final siempre acaba por volver. Testarudo. Él y yo. Testarudos. Suena el timbre de la puerta, aunque no espero a nadie. Absolutamente a nadie: es mi estado habitual. Abro la puerta y, sobre el felpudo que reza "Welcome", está él. Esperanza. Alguna vez ha vuelto con una carta colgando de la boca. O con una prenda de ropa, algún pequeño gesto que nadie más que él y yo podemos entender. Pero esta vez viene solo. Magullado y malherido, la lengua arrastrando por el suelo. Horrorizado, lo cojo en brazos y lo meto en casa. Le curo las heridas como puedo, le doy agua y comida. Pienso que menuda suerte he tenido, que de esta podría no haber vuelto. Sonrío mientras acaricio su lomo y noto su cuerpo tibio por debajo del pelaje. Pienso que esta vez no dejaré nunca que se vaya de mi lado. 

Quién sabe lo que pensaré mañana. 

La marea

lunes, 3 de agosto de 2015

Es laborioso. Usar la pala y el rastrillo. A veces también las manos. Puñados de arena mojada transportados bajo el sol estival con el simple objetivo de acabar formando parte de esta especie de dique que se erige a pocos centímetros de las olas. La arena se mete entre las uñas y los lengüetazos del sol nos resecan la piel. El trabajo y la marea son un baile constante, por un lado la preparación ante el acontecimiento inevitable y por el otro la parsimonia tediosa de quien sabe que, llegado el momento, con paciencia, acabará por vencer. 
Una pareja pasea por la orilla, los pies lamidos por las olas. Hubo un tiempo en que se creyeron especiales. Hubo un tiempo en que, casi recién besados, retaron a las convenciones sociales y acordaron que no se harían llamar "novios", que si se daba el caso de que alguien les preguntara que qué eran, en lugar del término denostado, responderían: somos imbéciles. Los niños son tenaces en su su trabajo, ignorando al par de jóvenes que circulan a su vera, afanados en mantener a raya el mar, el océano, el tenue efecto de la gravedad de la Luna. A nadie le importa que ellos, finalmente denominados novios, caminen en silencio. A ningún atareado obrero del dique le importa un pepino que el silencio sea tan denso entre los dos cuerpos, que no se pueda desplazar esa masa de vacío bajo el efecto de la brisa marina. Nadie, bajo los destellos del mar, parece fijarse en el tatuaje de Caperucita que lleva ella incrustado en el brazo. Nadie se percata de la curiosa forma de caminar del chico. A los niños lo único que les importa es la ola que se avecina, ahora que sube la marea, la ola que acabará tocando de refilón el borde de la presa, la ola que vendrá poco después, chocando, vertical, con el único objetivo de sobrepasar el dique y arrasar con todo. La ola que siempre acaba por llegar y que, no por esperada, duele menos. Los gritos de rabia se suceden a lo largo del paseo, los novios ausentes del drama externo, preparados para uno más privado. O quizás sin prepararse, porque a veces no sabes que la marea está subiendo y te conformas con tu pequeño dique, tranquilo, disfrutando de la playa y el sol y el salitre. 
El paseo acaba y todo sigue el guión predeterminado, aunque ninguno de los dos se sabe su papel. Los diques borrados por el agua descansan a kilómetros de distancia cuando comienza el acto final. Sinopsis: Caperucita entra en casa de la abuelita buscando al lobo, deseando que el lobo acabe con su sufrimiento, pero el lobo no sabe que él es el lobo y se enamora de la chica, le hace una propuesta que ella puede rechazar y Caperucita, confundida, se deja querer, aunque llega un momento en que se da cuenta de que el lobo no se comporta como tal, de que no devora una mierda, de que parece un triste perro faldero, aunque bien es cierto que, de todos los perros falderos, quizás sea el mejor que ha tenido el gusto de conocer, cosa que Caperucita no estima suficiente, porque ella buscaba un lobo, buscaba libertad, y en realidad se encontró estos tristes grilletes, por lo que la obra finaliza con la ruptura, la separación, las lágrimas y los mocos, porque cuando uno llora mucho moquea, moquea sin parar, y por tanto gasta muchos pañuelos de papel, cuyos fabricantes en parte viven de este tipo de desgracias, y ambos, enfrentados ante un amor tan bonito que merecía un final feliz y que a la postre se lleva este premio de consolación, lloran, pero a pesar de la tristeza se van contentos, porque saben que en realidad ha merecido la pena, saben que al final lo han conseguido. Porque ahora sí que son un par de imbéciles. 

 
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