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martes, 15 de marzo de 2016

DNI

Llevo tu foto en mi cartera. Como si fuera una estampita. Como si tú fueras una virgen. 
No la suelo sacar a relucir. Me conformo con saber que está ahí. Por si acaso. 
Es lo más parecido a llevar una pistola cargada. 
Siempre lista para ser disparada. 
Porque sé que si algo se rompe. Si da la mala suerte de que algo importante se jode. 
Sé que puedo recurrir a tu foto de carnet. 
Puedo sacarla de su guarida. 
Contemplarla. Buscando consuelo.
O quizás simplemente por conmiseración propia. Para poder decir: pobrecito de mí.
Es más fácil invocar un recuerdo que crear uno nuevo. 
Y ser Narciso frente a su reflejo. Dispuesto a consumirme contemplándote. 
Contemplando la misma imagen que la policía tiene de ti. 
La foto que abriría todos los telediarios si te convirtieras en terrorista suicida. 
La foto que llevo siempre conmigo. 
Como si fuera una bomba de relojería, haciendo tic-tac en mi bolsillo. 
Esperando el momento para explotar. 

domingo, 9 de agosto de 2015

Perro semihundido

Tengo un perro llamado Esperanza y, la verdad, hacía mucho tiempo que no lo veía. 

Creo que la última vez fue cuando observé su reflejo en retrovisor, corriendo detrás del coche, como si aquella gasolinera no hubiera sido lo suficientemente buena para él.

O quizás fue cuando le intenté ahogar bajo paladas de tierra, su pelo cobrizo embarrado, su cabeza mirándome como en aquel cuadro de Goya. Y yo en el otro extremo del agujero, arriba, con la pala cargada, palada tras palada, ignorando su quejido silencioso, su mirada incómoda. 

También pudo ser aquella tarde en la que estábamos pasándolo tan bien y yo le tiré un palo para que fuera a buscarlo y, tanto el palo como él, se perdieron entre los árboles y yo gritaba su nombre en vano porque no volvió. No siempre era yo el que acababa abandonando al otro.

Por suerte, al final siempre acaba por volver. Testarudo. Él y yo. Testarudos. Suena el timbre de la puerta, aunque no espero a nadie. Absolutamente a nadie: es mi estado habitual. Abro la puerta y, sobre el felpudo que reza "Welcome", está él. Esperanza. Alguna vez ha vuelto con una carta colgando de la boca. O con una prenda de ropa, algún pequeño gesto que nadie más que él y yo podemos entender. Pero esta vez viene solo. Magullado y malherido, la lengua arrastrando por el suelo. Horrorizado, lo cojo en brazos y lo meto en casa. Le curo las heridas como puedo, le doy agua y comida. Pienso que menuda suerte he tenido, que de esta podría no haber vuelto. Sonrío mientras acaricio su lomo y noto su cuerpo tibio por debajo del pelaje. Pienso que esta vez no dejaré nunca que se vaya de mi lado. 

Quién sabe lo que pensaré mañana. 

lunes, 3 de agosto de 2015

La marea

Es laborioso. Usar la pala y el rastrillo. A veces también las manos. Puñados de arena mojada transportados bajo el sol estival con el simple objetivo de acabar formando parte de esta especie de dique que se erige a pocos centímetros de las olas. La arena se mete entre las uñas y los lengüetazos del sol nos resecan la piel. El trabajo y la marea son un baile constante, por un lado la preparación ante el acontecimiento inevitable y por el otro la parsimonia tediosa de quien sabe que, llegado el momento, con paciencia, acabará por vencer. 
Una pareja pasea por la orilla, los pies lamidos por las olas. Hubo un tiempo en que se creyeron especiales. Hubo un tiempo en que, casi recién besados, retaron a las convenciones sociales y acordaron que no se harían llamar "novios", que si se daba el caso de que alguien les preguntara que qué eran, en lugar del término denostado, responderían: somos imbéciles. Los niños son tenaces en su su trabajo, ignorando al par de jóvenes que circulan a su vera, afanados en mantener a raya el mar, el océano, el tenue efecto de la gravedad de la Luna. A nadie le importa que ellos, finalmente denominados novios, caminen en silencio. A ningún atareado obrero del dique le importa un pepino que el silencio sea tan denso entre los dos cuerpos, que no se pueda desplazar esa masa de vacío bajo el efecto de la brisa marina. Nadie, bajo los destellos del mar, parece fijarse en el tatuaje de Caperucita que lleva ella incrustado en el brazo. Nadie se percata de la curiosa forma de caminar del chico. A los niños lo único que les importa es la ola que se avecina, ahora que sube la marea, la ola que acabará tocando de refilón el borde de la presa, la ola que vendrá poco después, chocando, vertical, con el único objetivo de sobrepasar el dique y arrasar con todo. La ola que siempre acaba por llegar y que, no por esperada, duele menos. Los gritos de rabia se suceden a lo largo del paseo, los novios ausentes del drama externo, preparados para uno más privado. O quizás sin prepararse, porque a veces no sabes que la marea está subiendo y te conformas con tu pequeño dique, tranquilo, disfrutando de la playa y el sol y el salitre. 
El paseo acaba y todo sigue el guión predeterminado, aunque ninguno de los dos se sabe su papel. Los diques borrados por el agua descansan a kilómetros de distancia cuando comienza el acto final. Sinopsis: Caperucita entra en casa de la abuelita buscando al lobo, deseando que el lobo acabe con su sufrimiento, pero el lobo no sabe que él es el lobo y se enamora de la chica, le hace una propuesta que ella puede rechazar y Caperucita, confundida, se deja querer, aunque llega un momento en que se da cuenta de que el lobo no se comporta como tal, de que no devora una mierda, de que parece un triste perro faldero, aunque bien es cierto que, de todos los perros falderos, quizás sea el mejor que ha tenido el gusto de conocer, cosa que Caperucita no estima suficiente, porque ella buscaba un lobo, buscaba libertad, y en realidad se encontró estos tristes grilletes, por lo que la obra finaliza con la ruptura, la separación, las lágrimas y los mocos, porque cuando uno llora mucho moquea, moquea sin parar, y por tanto gasta muchos pañuelos de papel, cuyos fabricantes en parte viven de este tipo de desgracias, y ambos, enfrentados ante un amor tan bonito que merecía un final feliz y que a la postre se lleva este premio de consolación, lloran, pero a pesar de la tristeza se van contentos, porque saben que en realidad ha merecido la pena, saben que al final lo han conseguido. Porque ahora sí que son un par de imbéciles. 

lunes, 21 de julio de 2014

28

¿Qué nos queda por hacer? A veces es suficiente con encogerse de hombros y decir: no lo sé. Siempre es mejor eso que decir: nada, no tenemos nada más que hacer, y acto seguido apagar las luces y dejarlo todo con un golpe seco, un taburete que cae al suelo y el cuello cruje, la soga se tensa y aparece un punto final en el extremo, donde el pie se estremece en un espasmo de despedida. ¿Qué puedo hacer antes de volverme demasiado viejo? A veces basta con hacer algo. Lo que sea. Mejor que quedarse quieto esperando que el polvo se deposite sobre uno, lentamente, y así hasta fosilizarse esperando lo inevitable. Mejor es sacudirse la tierra de encima y comenzar a caminar, aunque no sepamos cuál es el destino, aunque nunca lleguemos a ningún lado. Aunque los mentirosos nos digan que saben hacia dónde vamos todos. Mejor es sacudirse el polvo de encima, quitarse las telarañas y gritar por la ventana. Por lo menos hasta que alguien llame a la policía. Mejor es coger y decir a alguien al azar: vete a tomar por culo. Y así empezar una pelea. Mejor es plantar un libro, escribir en un árbol y no tener hijos. Aunque la versión clásica tiene también su encanto, salvo por lo de los hijos. Mejor es celebrar tu cumpleaños que quedarte mirando por la ventana pensando en la mejor forma de parar el tiempo. Mejor es agarrarse una borrachera y vomitar y acabar con una resaca de espanto. Mejor que esperar en silencio que algo suene. O que algo explote. Mejor es ser como un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Mejor que nada. Porque para no ser nada siempre tendremos tiempo. Para no ser nadie siempre hay plazas vacantes. Siempre hay tijeras para cortar los hilos. Como dice la de la guadaña: siempre es buen momento para ponerse a cosechar. Así que saludad a la cámara y decid: hola mamá hola papá mirad salgo en la tele un saludo besos os quiero. Antes de saltar por el trampolín. Antes de que sea demasiado tarde para alguno de vosotros. Te pueden decir: hay cosas que sólo pasan una vez en la vida. Pero en realidad todas las cosas pasan sólo una vez. Así que ríe antes de que te quedes sin voz, sueña antes de que se apague la imaginación, baila antes de que no se te muevan las piernas, sangra antes de que se te pare el corazón. ¿Que qué nos queda por hacer? Y yo qué sé. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Mitxirrika

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. 

Te gustaba lo que yo hacía. Me conociste de la misma forma en que se conoce al artista ambulante que extiende sobre la acera una tela, saca sus instrumentos y empieza a hacer ruido en medio de la plaza pública, a la espera de que unos cuantos transeúntes se detengan para prestarle atención y acaben transformando la voluntad en euros. Yo era el niño prodigio que impresiona a sus padres componiendo sinfonías después de hacer los deberes; a excepción de que en mi caso no sorprendí a nadie salvo, quizás, al menos por un tiempo, a ti. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, dice el titiritero a través de sus marionetas. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, decía yo a través de un montón de letras que seleccionaba, ordenaba y colocaba con sumo cuidado. Así acabaste tú, mirando al volatinero que hay en mí, pensando: si es capaz de hacer eso, en cualquier momento podrá hacer lo mismo pero a lo grande. Como si la evolución natural fuera pasar de andar de puntillas a hacer acrobacias en el circo. Olvida lo del pulgar oponible: el mono ha evolucionado lo suficiente como para soñar con una vida mejor, esa es nuestra verdadera ventaja evolutiva.

Y ahora que el sueño parece imposible, ahora que me he quedado sin tinta para esta pluma, aparezco de nuevo, limpiándome como puedo el polvo y tú te giras y te dices a ti misma: pero si es el chico con el que estoy saliendo. Y también te dices: me pregunto qué coño le debí ver. Y no es que no lo sepas, es que ya no está ahí. El tipo que ordenaba palabras frente al público no es el mismo que el que aparece al apagar las luces del escenario. O quizás sí que lo es, pero el primero no es más que una representación, un ideal, el muñeco vudú con el corazón roto que tú querías coser. El segundo es lo que está ante ti, en toda su real existencia al alcance de la mano, está rascándose la cabeza y musitando que tiene una idea, una corazonada, que quiere escribir un libro, un libro de verdad, que quizás no salga nada adelante, ya que nunca ha logrado que nada salga adelante, y que él es más bien un hombre de bocetos, pero, eso sí, menudos bocetos, y que esta vez va en serio, y tú te das cuenta de que había estado ahí también todo el tiempo, el tipo del que te habías enamorado, el mono que sueña con fajos de papel encuadernados con su nombre en la cubierta. 

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. Y te conformaste con esta carcasa envejecida y estática, cuando en realidad yo soy capaz de abrir la puerta a cualquier otro mundo, y puedo llevarte de viaje cuando quiera porque no tengo más que pensarlo y escribirlo, y no necesitaremos comprar billetes ni mirar la cuenta bancaria; yo te contaré una historia y tú estarás conmigo observando lo que sea que esté sucediendo dentro de mi cabeza y así, quizás, de esta forma, logre hacerte feliz.

viernes, 18 de mayo de 2012

Miedica

Tengo miedo a la muerte porque nunca he estado allí.
Para superarlo, algún día escribiré un libro muy gordo en el que todos los personajes estén muertos. El argumento será una mierda. ¿O qué esperabas? Los muertos ni hablan, ni se mueven. Sólo se pudren.
Algún día yo estaré muerto. Pero nadie escribirá un libro sobre mí: la historia de un hombre del montón que se acabó muriendo. Es demasiado vulgar. En el futuro sólo se escribirán libros que se puedan vender. En realidad, en el futuro sólo existirán cosas que se puedan vender. Y nos acabaremos extinguiendo cuando nadie quiera comprar a nuestros hijos. Que le jodan a Darwin. Aquí lo que manda no es la evolución, es la oferta y la demanda. 

Tengo miedo a la muerte porque no volveré.
Cuando por sorpresa den la luz de esta discoteca que es mi vida y descubra que es la hora de apurar la última copa y buscar el abrigo para volver a casa. Cuando se acabe el concierto y el público no pida que toquen otro bis. Cuando el tren llegue a la estación y tenga que buscar la maleta para bajar al andén. Cuando salgan los títulos de crédito. Dirigido por sí mismo. Producido por error. Cuando tenga que salir de la sala de cine. Esperaré hasta el último momento. Hasta que el encargado me eche a patadas. Por si acaso estás por ahí cerca para poder decirte cuánto te echaré de menos.
Porque tengo miedo a la muerte porque iré sin ti. Solo. Y no hay ningún libro que pueda escribir para superar esto.