miércoles, 22 de julio de 2009

lunes, 20 de julio de 2009

Sus labores

Es comprensible que en aquel momento, en ciernes de alcanzar la independencia parental, yo me viera sobradamente preparado para afrontar cualquier cosa. Ya me veía yo desempeñando todas las labores del hogar con una facilidad pasmosa para, justo después, disponer de todo el tiempo libre del mundo sólo para mí, el tiempo más libre que nunca había vivido, ya por fin fuera del nido, y libre, libre. Pero nada más lejos de la realidad. El choque con la rutina de las labores de mantenimiento de la casa fue brutal, una colisión totalmente inesperada que me dejaba agotado día tras día, incapaz de hacer nada más que el baile ordinario con la fregona, los cacharros sucios, y volver a cocinar para volver a ensuciar: todo ese círculo imposible de romper. Pronto me vi más preso que nunca de aquellas obligaciones jamás firmadas. En ese punto, atrapado como estaba, me venía a la mente el dicho aquel: no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia. Pero es que yo era el que menos ensuciaba y el que más limpiaba. Yo era el artífice de todos los pasos de la cadena de acontecimientos. Aquello era sencillamente insoportable. Por no hablar de ir a comprar al supermercado. Nada más traspasar la entrada me veía completamente desbordado. En esos momentos acusaba mi pasotismo a la hora de acompañar a mis padres a hacer la compra semanal durante mi adolescencia. Llegaba a echar de menos mi niñez, cuando sí que les acompañaba y me divertía empujando el carrito. Sí, me divertía, cosa que ahora me parece increíble. ¿Dónde quedaban aquellos años dorados sin preocupaciones ni decisiones arduas? ¿Qué elegir? ¿Leche entera o desnatada? ¿O acaso semidesnatada? ¿Da igual el detergente que coja? ¿Qué diferencia hay entre el detergente para ropa de color y el que vale para todo? ¿Macarrones o espaguetis? ¿Por qué hay distintos tipos de arroz? Envidiaba a los cavernícolas, que en vez de ir al supermercado iban a cazar. Eso sí que debía ser divertido, emocionante. Ahí no había lugar para las dudas. Una presa, una flecha: la flecha tiene que atravesar el ciervo. Y ya está. ¡Los ciervos no tenían fecha de caducidad! Pero ahora, hay que joderse: hasta los huevos la tienen impresa en la cáscara. Con un poco de suerte nos tatuarán dentro de unos años nuestra fecha de caducidad en el culo nada más nacer. Matar preferentemente antes de: 22 - 07 - 2056. Pero bueno, que me desvío, a lo que iba: la enorme variedad de la oferta me abrumaba a mí y a mis sencillas demandas. Veía, por ejemplo, cinco tipos de salchichas, cada una de distinto precio y yo gemía (por dentro, se entiende, no era cuestión de montar un espectáculo): si sólo quiero unas salchichas, nada más, ¿por qué tengo que elegir? Así que acabé adoptando una resolución basada en algo así como el instinto de supervivencia: imitar las compras de los demás. Si aquella vieja compraba el pan de molde aquel, será que está bien. Si ese chico compra pizzas de esas, lo mismo. Etcétera. Mis compras comenzaron a ser un collage bastante variopinto de los gustos de los propios clientes. Si alguien iba a gastar su dinero en eso, es que debía merecer la pena. Desde luego, parece bastante lógico. El problema radicaba en que con este proceso mis compras no se ajustaban del todo a mis necesidades, y así ocurría que había semanas que estaba sin jabón, sin carne, sin aceite, sin algún producto porque, vaya usted a saber, a alguien le debía sobrar aquello en su casa. Pero a mí no. El caso es que así es como hacer la compra se convirtió en una suerte de examen que sólo podía aprobar a base de chuletas. No es que fuera el mejor método, pero me funcionaba, al menos en parte, así que no le daba la menor importancia a que pudiera sufrir déficits en algún que otro bien de carácter básico. A fin de cuentas, era cuestión de tiempo que viera a alguien comprar de eso. Con la rutina del hogar la cosa era distinta. No tenía un modelo que imitar. No había una señora al lado cocinando para que yo supiera si se echaba antes la sal o el aceite o el vinagre (si es que acaso esa semana yo disponía de eso en mi casa). Así que me limité a improvisar. Total, comida era igual, lo importante era ingerir e ingerir. ¡A la mierda los guisos elaborados! Y bueno, en eso parece que la cosa también funcionó, la prueba es que sigo vivo. Y sobre las demás tareas: el hábito de planchar lo tuve que abandonar antes de que me viera consumido en aquella estúpida lucha con las arrugas, al igual que abandoné eso de hacer la cama (¿para qué sirve hacer la cama?) y bueno, con respecto a todas las tareas de limpieza, en general las efectuaba con mayor o menor diligencia. Eso sí, nunca estaba seguro de utilizar el producto adecuado. ¿Por qué no fregar los azulejos de la cocina con el producto especial para baños? ¿Son azulejos también, no? ¿Acaso tienen distinta composición? No sé cómo pero conseguí que la casa no estuviera todo lo sucia que podía estar. Para mí eso era un auténtico logro. En fin, parecía que no me iba mal y, sin embargo, a pesar de que más o menos acabé defendiéndome, trance tras trance, con todas estos hábitos cotidianos, no lograba acostumbrarme, seguía sintiéndome igual de puteado que el primer día, como un perfecto gilipollas. Así que es por eso que decidí volver a ser libre. A mí manera, claro. Porque yo en realidad nunca quise hacerme con el botín de aquella joyería: lo que yo quería era que me cogieran, que me metieran en una cárcel, y así no volver a pisar nunca más ningún puto supermercado. Porque quizás para vosotros no sea más que otro pringado, un recluso del montón. Pero, permitídme una pregunta, aquí y ahora: ¿quién es en realidad el preso, imbéciles?

domingo, 19 de julio de 2009

El cebo

He empezado a ducharme con la puerta del baño abierta, con la pequeña esperanza de que el sonido del agua golpeando la piel y los azulejos sea lo suficientemente fuerte como para llegar a ser audible desde el descansillo por cualquiera que pase por delante de la puerta de mi piso. Es una forma de evocar, de invitar, de decir que aquí hay alguien vivo, que hay alguien desnudo, inerme y frágil, untuosamente cubierto de agua y jabón que resbalan desagüe abajo. Es quizás también una forma de suplicar que, por favor, alguien fuerce la puerta y después suceda lo que tenga que suceder. O por lo menos es un grito de socorro: ¡Estoy indefenso! Y así, mientras me ducho, espero pacientemente que ocurra, el golpe seco de la puerta de entrada arrancada de su lugar, los pasos, silenciosos o no, que se acercan hasta donde estoy, oculto tras la cortina de ducha, yo: totalmente incapaz de distinguir nada que haya detrás de ella, por culpa de la mezcla del vapor de agua, de la ausencia de gafas durante el acto higiénico y de la propia cortina, una endeble barrera, mi endeble barrera, que otorga a toda la escena ese toque de enigma, de juguete de Navidad a punto de perder el papel de regalo a manos de un niño excitado. Quién sabe, quizás en ese momento yo esté masturbándome. O llorando, por aquello de aprovechar el agua que se desliza piel abajo. O vomitando por culpa de una intoxicación etílica, con el vómito resbalando entre mis pies y mezclándose con el agua, el jabón y el champú. Pero, divagaciones aparte, aquí el mayor misterio no está dentro de la ducha. A fin de cuentas, ahí dentro estaré yo, y habrá un chorro de agua saliendo por la alcachofa, y los demás detalles serán simplemente anecdóticos. No así el hecho de que alguien haya irrumpido en mi propiedad por el mero hecho de escuchar desde el exterior el ruido de la ducha: eso no es, desde luego, anecdótico; es atrevido, excitante, incluso terrorífico. Ahí es donde reside el misterio, la gracia de todo este juego. Si se para uno a pensar, nadie medianamente normal (entiéndase aquí por "normal" una especie de nota media de los defectos más comunes de nuestra especie) haría algo así. Sólo alguien que mereciera la pena entraría. Esa es la gracia: el acto delictivo (el presunto allanamiento de morada) debe ser considerado por el sujeto como un mal menor, debe interpretarse el ruido del agua como lo que realmente es: un grito de auxilio. Eso convierte al intruso en alguien muy especial, en alguien, por así decirlo, conectado conmigo, capaz de interpretar algo tan banal como el sonido de una ducha como aquello que yo quiero decir. Por supuesto, cabe la posibilidad de que haya de por medio una mala interpretación del sonido, que la persona no sea más que un perturbado mental capaz de emular al estilo más chabacano la famosa escena de "Psicosis" de Hitchcock. Así que en esas estamos, si ahora alguien acaba de irrumpir en mi casa mientras me ducho, tal y como yo deseaba, atraído por el cebo sonoro del chorro acuático que yo mismo he puesto. Alguien que podría ser, en el caso de que mi plan funcionase, la mujer de mi vida. Sí, el corazón se me acelera sin medida. Pero extrañamente nadie aparece por el baño, sólo oigo ruidos en algún otro lugar de la casa. Así que salgo de la ducha asustado, con la toalla enrollada de mala manera en mi cintura (nunca se me ha dado bien enrollarme las toallas sobre las partes pudendas, qué le voy a hacer). Desde el pasillo, con mi vista miope, consigo distinguir una persona que huye por la puerta de entrada. No entiendo qué ha podido salir mal. Hasta que me pongo las gafas y compruebo, decepcionado, que me acaban de robar el ordenador.

viernes, 17 de julio de 2009

Cuernos

No culpes al adulterio. Culpa al compromiso.

miércoles, 15 de julio de 2009

Madriguera

En cualquier momento podría ocurrir cualquier cosa. Y a mí me pillaría en calzoncillos, sentado en el sillón de mi casa, no es más que cuestión de probabilidades: los cálculos están ahí. Si algo sucediera, desde un accidente de tráfico hasta una explosión nuclear, pasando por la ejecución de un beso (me refiero al acto de efectuar un beso, ya saben: dos personas que se aproximan mutuamente los labios y todo eso; no me refiero al fusilamiento de un beso, a una hilera de soldados endurecidos por el frío, el hambre y la guerra apuntando, disparando, el beso muere y sólo nos queda el humo de los rifles, sólo), pues bien, si cualquier cosa sucediera, por mera estadística, yo estaría en calzoncillos en mi casa, oculto de la luz del sol (¡y qué sol!) del verano, de este verano que no es que bulla ahí fuera, es que consume cual ácido sulfúrico el asfalto, los coches, los semáforos: es como para echarse a temblar, la ciudad derritiéndose y yo aquí, en calzoncillos, ajeno de cualquier acontecimiento de índole mundial o vulgar o mínimamente interesante que pudiera suceder. Podría ser ese crujido de las ventanas, podría ser el aviso, las gotas que resbalan del gotelé. Podría ser el aviso de que tengo que salir pitando de aquí. Pero es que estoy en calzoncillos, ¿cómo voy a salir así a la calle? ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? Lo cierto es que para salir debería ponerme unos pantalones, y debería hacerlo antes de que las paredes se derritan sobre mí (hay algo intrínsicamente malo en que las paredes de tu casa se derritan, estoy seguro). Pero unos pantalones, por muy cortos que sean, sería una cantidad de ropa excesiva. Vamos, que no me queda solución alguna que me convenza. No pienso hacer algo indecoroso ni algo que me haga pasar calor. Así que consiento por encogerme de hombros y abro otra cerveza, justo antes de que un chorro de techo me caiga en toda la cabeza. Qué asco. Seguro que ahí fuera está pasando algo interesante.

lunes, 13 de julio de 2009

La confesión

En verdad los seres humanos tienen las mismas necesidades básicas, no importa que sean niños o adultos, todos tienen que comer comida y beber agua.

Cuando yo era joven trabajaba como piloto de aviones. Una vez tuve una avería en el desierto del Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días. Al poco de estar allí, escuché una voz detrás de mí. Al girarme tuve que frotarme los ojos. No era una alucinación. ¡Era un niño!

No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Así que pueden imaginarse cuál fue mi sorpresa al ver junto a mí a un niño. Debía tratarse de un aborigen de la zona, un tuareg o algo así. Debía haberse extraviado, pero yo no entendía nada de lo que me decía.

El niño debió tomarme por algún tipo de figura paterna, ya que se quedó junto a mí, mientras yo trataba a duras penas de reparar el avión. Apenas lográbamos comunicarnos. Compartíamos el agua que escasamente yo guardaba. A ese ritmo la provisión de agua me iba a durar sólo cuatro días.

Al anochecer del tercer día que pasé en aquel desierto, comprendí que la situación era insostenible. No conseguía arreglar el motor del avión, el agua se agotaba a pasos agigantados, el hambre me atenazaba las entrañas y mi pequeño compañero de penurias no es que me diera mucha conversación. No me quedó más remedio que tomar un decisión terrible. A fin de cuentas, ¿quién iba a echar de menos a un tuareg perdido en el Sahara?

Cuando llegó el sexto día vi una avioneta sobrevolar el cielo. No dudé en lanzar una bengala para que acudiera en mi ayuda. Un piloto francés llamado Bernard me rescató. Por supuesto, no reparó en los huesos que yo había procurado ocultar dos días antes. Nos hicimos amigos. Al poco tiempo, el milagro de mi supervivencia salió en todos los periódicos, con algunas omisiones que ustedes comprenderán.

Ya en mi casa, la conciencia no me dejaba tranquilo por lo sucedido. Así que para acallarla decidí rendir homenaje a aquel niño que me salvó la vida. Le convertí en el protagonista de un cuento, le hice rubio, le di un mensaje precioso que hacer llegar a todo el mundo. Fue un éxito. En el cuento, escribí cómo una serpiente acababa con su vida de un mordisco. En fin, eso ya lo sabe todo el mundo. Lo que nadie sabe es que, en realidad, la serpiente era yo.

domingo, 12 de julio de 2009

Minusválido

Para ser más exactos, todo esto comienza conmigo temblando de terror, temblando de tormenta, temblando de catástrofe. Igual que aquel día que soñé que mi padre no tenía cara y me pedía ayuda. En aquel sueño yo no sabía, no podía y no quería ayudar. Sólo conseguí temblar. Pues en ese momento, en este comienzo, en cualquier comienzo, ocurría algo parecido. Estaba ese temblor de los cojones aposentado aquí dentro, impidiendo, cortando, desgarrando algo, y era como tener un deje gangoso o un tartamudeo incrustado en las emociones. Era como ser minusválido. Y yo creía que sólo consistiría en eso, en un comienzo, pensaba que al fin y al cabo sólo era un principio, que después la cosa iría cediendo progresivamente, que cejaría ese estar a punto de llorar. Pero la realidad es que todo iba a ser así: el comienzo, el nudo, el desenlace. El temblor no era la introducción del cuento, era el puto cuento. En ese momento tengo 17 años. Estoy delante de un montón de gente de mi instituto, alumnos, padres, profesores. Sujetando con unas manos incapaces del más mínimo reposo una redacción, mi redacción. Obligado a leer en las fiestas de Navidad del instituto por haber ganado con aquel texto el primer premio del concurso de redacción. Allí no soy más que un animal asustadizo, avergonzado de lo que estoy leyendo. Al borde de la explosión. Es allí donde mi temblor global se transmite a mi voz deformada, a la sala, a los asistentes que empiezan a preocuparse por ese mequetrefe que les está haciendo perder el tiempo. Pero al final consigo acabarlo, rojo, exhausto y enfermo de miedo escénico. Un chico de mi clase se me acerca cuando bajo del escenario, con el papel desecho entre mis manos, y me dice que le ha gustado mucho. No sé si lo decía en serio, para consolarme o porque era un analfabeto funcional. Qué más da.
En ese momento yo tenía 17 años. Ahora tengo 22. Y todavía no he dejado de temblar.

Tercera premisa del hombre realista

Todo puede salir mal.

martes, 7 de julio de 2009

Capgras

La explicación es que tuvo que ser otra persona. Otra tú. Una farsante. Y sin embargo tan parecida.
Es la única explicación que encuentro para que te recuerde así, de la única forma que consigo recordarte: desnuda contra la virginidad. Una copia de ti abrazándome en la cama. Aniquilándome.

Aquella persona (no tú, tú jamás me harías eso: fue tu doble) me castró para siempre. Ahí estoy yo, saliendo del cuarto como quien sale de una trinchera. Dejándome olvidado el pene con ella. Ya no importa si lo olvidé allí de manera consciente. Ya no importa si fue ella quien me lo arrancó. Sólo importa que yo creía (de hecho, estaba convencido) que podría volver a por él. Me giré antes de cerrar la puerta y todo parecía, todo me engañaba, todo era como si. La realidad es que esa fue la última vez que estuve en aquella guerra.

Está de más decir que no fue algo físico. Es obvio. No hace falta que demuestre que sigo teniendo pene, falo, polla, pito, rabo, picha, minga, chorra, cipote, pija, verga, existiendo ahí abajo como órgano, hecho todo él de piel, músculo y sangre, colgando de donde debe colgar. De lo que hablo es de un pene espiritual. Ahora vivo con un alma castrada y un recuerdo equivocado (porque no eras tú, guapa, sé que tú no serías capaz de algo tan terrible), ahora vivo igual que quien espera una carta de alguien que ha muerto.

El caso es que sólo quiero confesarte que he llegado a la conclusión (a buenas horas, mangas verdes) de que no fue de ti. Es la única explicación que se me ocurre. Yo me enamoré de tu imitación.

A veces sueño con muñecas decapitadas.

sábado, 4 de julio de 2009

Algo menos

Todo el mundo tiene miedo a la muerte. Todos.
Unos porque piensan que después de esto no hay nada.
Los otros porque necesitan creer que hay algo más. Porque tiene que haber algo más.
Y yo porque tengo miedo a todo. Incluso a la vida. Porque siempre puede haber algo menos.