viernes, 16 de julio de 2010

Vocación (fragmento)

(...) porque nuestra empresa invierte millones en mejorar los fármacos actuales. Esto implica investigación, ensayos clínicos, publicar los estudios, llenar unos cuantos bolsillos de dinero, etc. Por eso me enorgullece afirmar que nosotros no sólo creamos fármacos. Creamos puestos de trabajo. Llevamos el pan a casa de mucha gente. Y no sólo beneficiamos a todas esas personas implicadas en el desarrollo farmacológico, también a muchos profesionales de los servicios sanitarios, ofreciéndoles la terapeútica más puntera al servicio de sus pacientes. Y piensen en la cantidad de personas enfermas que mejoran su salud, combaten la enfermedad y la vencen gracias a nuestra farmacopea. Ellos son, más allá de los trabajadores, la principal motivación de esta empresa. Como bien me han preguntado, es cierto que hemos recibido algunas críticas. Porque aunque avanzamos, quizás parezca que las mejoras que introducimos en los nuevos compuestos son mínimas y que sólo desarrollamos fármacos nuevos para y por el mercado, compuestos que no mejoran en nada especial a sus predecesores, creados sólo con el ánimo de lucro. Nada más lejos de la realidad. Convengo con esos críticos en que las mejoras no son espectaculares, pero he de decir que la ciencia no puede avanzar más rápido, la ciencia se construye a pequeños pasos. No es cierto que especulemos con la salud: nosotros fomentamos la salud. No puedo consentir que se nos tache de ávaros cuando el resultado es tan beneficioso para la gente, es más (...). Por poner un ejemplo, un fármaco quimioterápico, todavía en fase experimental, el (...), a priori no parece ofrecer grandes avances en el tratamiento con cáncer de mal pronóstico como son los (...), pero los estudios preliminares que hemos realizado muestran un aumento de la supervivencia de dos meses con nuestro fármaco. Parece escaso. Pero piensen, piensen por un momento, lo que pueden significar esos dos meses más de vida en un enfermo de esas características. Dos meses más para (...) y para (...). Dos meses más para sonreír por última vez. En definitiva, dos meses más de felicidad.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vocación (fragmento)

(...) Llevaba bastante tiempo sintiéndome mal, así que (...)
En ese instante, mientras todavía retumbaba el diagnóstico entre las paredes de la consulta, con el médico ya comenzando a exponer las diferentes opciones de quimioterapia, yo sólo podía pensar en cuál fue el momento que detonó la enfermedad. ¿Sucedió en el preciso instante en que di cierta calada? ¿Quizás ocurrió mientras dormía plácidamente? ¿Había una fecha y una hora precisa en la que la mutación clonal se había producido, un momento temporal 0 a partir del que se produjo la aberración genética, la mutación, la amplificación, la proliferación de una nueva génesis inmortal, nacida para matar su único sustento? Y si era así, si ocurrió en un momento exacto, ¿podía haberlo evitado? Por supuesto, mis conocimientos sobre la materia eran suficientes como para saber que esto no es así, que las neoplasias son más producto de un continuum que de un suceso puntual, y que, si bien ese suceso puntual sucede (al menos teóricamente), es imposible delimitarlo, determinarlo con precisión, señalarlo con el dedo, y es imposible porque aquí no hay bibliografía ni ningún tipo de documentación que consultar, porque no hay archivos que documenten todo lo que ha vivido mi cuerpo, no hay un registro de todas las actividades que he llevado a cabo en mi vida, y no lo hay porque eso no le importa a nadie. Estaba llegando a esta conclusión cuando que me di cuenta, de pronto, de que el médico esperaba en silencio a que me decidiera por alguna opción terapeútica. Dije: usted es el especialista en hematología, me fío de su criterio. (...) Después de aquella consulta hablé con mi familia, con mis allegados. Tras la sesión de llamadas telefónicas, comprobé con horror que, efectivamente, mi vida no importaba. Que lo único que parecía importar era mi enfermedad. El estado de mi enfermedad.

lunes, 5 de julio de 2010

Vocación (fragmento)

(...) En fin, como iba diciendo, ¿existe Dios? ¿Dónde encontrar respuestas? A mi entender el estudio de la medicina nos ofrece algunas de las pruebas de que Dios, definitivamente, no existe o, como mucho, de que existe pero en realidad es un cabrón, un tonto o un incompetente. No hay más que pensar en las enfermedades congénitas, las enfermedades mentales, las taras físicas, los niños enfermos, los ancianos que agonizan día tras día en la misma cama, con las mismas gafas nasales imbuyendo oxígeno en sus resecas napias, incapaces de moverse, restringidos al pañal y al cambio postural de la enfermera de turno. Gente que conoce pronósticos infaustos y dice: gracias, doctor; gente que se queda en silencio mirando al suelo; gente que se entera de que el resto de su vida va a convivir con eso. Lo más increíble es que algunos, después de conocer la noticia, y tras muchos años sin hacerlo, vuelven a rezar.

martes, 29 de junio de 2010

MSP

Soy una mala persona. Comer carne roja, no lavarme las manos después de mear, no sonreír a la gente cuando intentan ser amables conmigo (porque sé que lo intentan y sé que es lo que tratan de aparentar) y viceversa, sonreír cuando intentan herir mis sentimientos, son algunos de mis atributos. Pero si algo me caracteriza de manera nuclear, si algo forma parte de mi esencia de mala persona, algo sobre lo que pivotan el resto de malas cualidades, como satélites del mal, es que no soporto que a los demás les vayan bien las cosas. Y no se confundan, no se trata de envidia. La envidia implica que el envidiado tiene un algo que el envidioso no tiene y desea. Para que mi esencia aflore no implica que yo desee ser o tener algo que jamás alcanzaré: bien puede ser que el otro tenga algo que a mí no me gusta, pero que a él le hace feliz (y eso es lo que me repatea) o bien puede que lo que el otro ha logrado es algo que yo también he conseguido hace tiempo y a lo que no he dado la más mínima importancia, pero es un logro que al otro le conmueve o le implica un reconocimiento (el mismo que yo desdeñé en su momento) que hace que la cara del tipo sea reluciente de alegría y para mí sea, por ende, repulsiva. Tampoco es conveniente confundir estos sentimientos con la misantropía al uso o cosas así. Yo no odio a la gente en general, odio a la gente a la que todo le va bien. Padezco, y es un término que yo mismo he desarrollado: misantropía selectiva positiva. Como acrónimo: MSP. Bien, como decía, mi MSP por definición implica que no tengo aversión a toda la humanidad por completo, y es más, yo soy capaz de desarrollar sentimientos de conmiseración y empatía hacia todo aquel que lo pasa mal, pero únicamente hacia ese tipo de personas. Soy incapaz de alegrarme por los éxitos de otros hasta el punto de que me producen rechazo. Las caras felices me producen tal rabia que cogería a todos esos patéticos risueños de pacotilla y les metería su sonrisa por el culo. Pido perdón por el lenguaje soez. Pero es que me enervo sólo de imaginarlo, de imaginar a alguien dando botes de alegría, de sólo pensar que puede haber alguien destrozado llorando en cualquier lugar de este mundo, y entonces, por culpa de mi MSP, me dan ganas de reclutarlos a todos, mis queridos llorones, infelices, patéticos, fracasados, y decirles, convencerles, de que hay que acabar con todos esos tipos contentos y felices, de que tenemos que unirnos todos, de que tenemos que establecer el imperio de la tristeza, de las cosas mal hechas, de los fracasos estrepitosos, y de que así, de una vez por todas, por fin, nos iría tan bien.

viernes, 25 de junio de 2010

Rusa, no Rusia

Vale, cara. Eso fue exactamente, palabra por palabra, lo que dijo: vale, cara. Y salió cruz. Supusimos que así era más justo. Porque si ya nos íbamos a entregar a la suerte, sobre todo a la mala suerte, ¿qué mejor que hacer que absolutamente todo lo que sucediera después dependiera de algo tan aleatorio como una moneda que da vueltas en el aire, cae en una palma y es dada la vuelta contra el dorso de la mano contralateral?

Pues ha salido cruz, dije yo. Él me miró. Dijo: un momento, si ganas tú, qué significa, que te toca a ti o a mí. A ti, le dije. No estoy de acuerdo, dijo él, si sale lo que tú has elegido deberías ser tú el que pringue primero. Si sale lo que yo he elegido, le repliqué, yo elijo a quién le toca porque he ganado. Eso no puede ser así, me insistió, porque eso podría implicar que tanto tú como yo vamos a elegir que me toca a mí y no tendría ningún sentido echarlo a suertes, porque en ese caso estaríamos de acuerdo. Vale, respondí, pero yo entiendo que si me lo discutes es porque tú no quieres empezar, es porque no estamos de acuerdo, y por eso si te digo que te toca, te toca, amigo. Lo siento, colega.

Se quedó callado, cogió el revolver y giró el tambor. Una bala, seis oportunidades. Y qué hago, dijo tras cerrar la pistola, ¿te disparo a ti o a mí? A ti mismo, imbécil, le respondí, si te toca la bala no quiero que esto parezca un asesinato, ¿entiendes? Tiene que simular un suicidio. Él me respondió que todos estos detalles teníamos que haberlos hablado antes, que teníamos que haberlo consensuado mucho antes, incluso antes de agenciarnos el arma, que él no estaba preparado para lo que fuera a pasar. Y no me refiero a que yo me muera, añadió: también verte cómo te pegas un tiro en la sien puede que no sepa soportarlo. Yo miré hacia el dinero sobre la mesa. Dije: mira, los dos estamos de acuerdo en una cosa, al menos una: nuestras vidas no pueden seguir así. Por eso estamos haciendo esto, aquí y ahora, por todo ese dinero como única salida, para empezar de cero, ya sabes, para empezar uno de los dos debería morir. ¡No me lo creo!, gritó él, agitando el arma de una manera tan peligrosa que me hizo desear que fuera yo el que la tuviera: ¡no lo creo! ¡Podemos hacerlo juntos, empezar de cero juntos, cada uno con la mitad de la pasta! Yo le miré en silencio. Él lo entendió. Temblando, posó el cañón en la sien, apretó el gatillo, sonó: click.

Él jadeaba. Me pasó el revolver. Tu turno, dijo. No lo pensé, me dije: no tienes que pensarlo, sólo hazlo. Imité su gesto anterior. Apreté el gatillo. Sonó: click.

Su cara cambió de color. Quedan, como mucho, cuatro intentos más, le dije cuando le pasé el arma. Cada vez más pálido, realizó el ritual. Vi cómo una gota de sudor bordeaba el lugar donde podría detonar su cráneo. Click.

Mi turno. Esta vez estaba asustado de verdad. Apreté el gatillo. Click. Otra vez.

Ahora es su turno. Sólo quedan dos oportunidades. Si falla, la bala me espera a mí. Tiene un 50% de posibilidades de sobrevivir. Si lo consigue, yo tendría un 0%. Aprieta el gatillo. Click.

Me mira. Dice: lo siento, tío. Yo digo, mientras empiezo a llorar: no es justo, la gracia de la ruleta rusa es que no sabes si vas a morir. Si estás seguro al cien por cien de que te vas a pegar un tiro, ¿qué sentido tiene? Es un simple suicidio. Y yo no he venido a suicidarme. Por favor, gira el tambor, te lo suplico, por favor, dame otra oportunidad. Me derrumbo, del miedo me caigo de rodillas, la manos detienen mi caída definitiva. Noto el metal detenerse, apoyarse, en mi cabeza. Escucho tres palabras: lo siento, colega. Después no escucho nada más.

viernes, 11 de junio de 2010

Pronombres impersonales

Algo da vueltas y chisporrotea en el microondas. La lluvia golpea sin descanso el vidrio de la ventana de la cocina donde Alguien mira ese algo girar y chisporrotear. La mezcla del zumbido del microondas y de los ligeros estallidos que se forman en su interior con el retumbar suave del agua contra el cristal crea una banda sonora lo suficientemente tribal como para que Alguien se ponga, así, en calzoncillos, tal y como está, a bailar en torno a una hoguera mágica en una cocina que tiene algo de chamánico en esos instantes. Pero Alguien no está para bromas, por lo que se limita a mirar encorvado sobre sí mismo la cuenta atrás del microondas, apoyando el culo ligeramente sobre la encimera y pensando en algo lo suficientemente aburrido como para no merecer reseña alguna en estas líneas. Tras el calentamiento, Alguien saca el contenido del microondas y se sienta en una mesa en la que no debe caber más que una persona y media. Ese es uno de los motivos por el que nunca invita a Nadie a cenar. Alguien come eso que ahora está caliente y lo mastica como si se tratase de una delicatessen, pero Alguien sabe que tampoco es para tanto. Sólo come por necesidad. Alguien piensa en Nadie y se la imagina en esa mesa apta para persona y media, los dos peleándose entre risas por conseguir posar su plato, como si el que llegara primero fuera el único que vaya a comer, y Nadie reiría como ríe cuando se la cruza en el trabajo, y Alguien cedería su sitio, acabaría posando el plato en sus piernas y comerían con los carrillos llenos de algo calentado en el microondas y se mirarían con felicidad. Eso sería si Alguien hubiera cruzado alguna vez una mísera palabra con Nadie. Alguien a veces añora ser más emocionalmente implicado, eso es: emocionalmente implicado, aquello que leyó en aquella revista dominical. Pero Alguien no está para esos trotes. Ya le cuesta trabajo desenvolverse con las nimiedades del día a día como para tratar de sacar a flote sus emociones, compartirlas y acoger en su seno otras, como para ponerse a nadar en emociones. No. Eso sí que no. Alguien no tiene tiempo que perder. Acaba de comer y pone el plato en el lavavajillas. Se va a leer un libro que le está gustando mucho, sobre una historia que jamás sucederá, una aventura tremendamente e-mo-cio-nan-te y que no se aparece en nada a su vida. El tipo que escribió el libro, se dice Alguien, seguro que tampoco ha vivido una vida así. Esto le lleva a plantearse, así, en calzoncillos, tal y como está, con el estómago lleno de algo calentado en el microondas, seco de sentimientos, aburrido, vulgar, trivial, todo un hombre moderno como él, si debería ponerse a escribir. Pensado y hecho. Alguien olvida el libro y se registra en una página para escribir un blog en Internet. Escribe con mucha frecuencia. Le entretiene.
Años después, Alguien habla con Nadie. Ella le dice que lee su blog y se sonroja. Él le pregunta a ella si quiere ir a cenar a su casa. Ella acepta. Comen cosas en una mesa en la que cabe una persona y media. Se ríen. Follan. A raíz de esto, Alguien se despreocupa de las cosas superficiales de la vida. Empieza a ser un hombre emocionalmente implicado. Por fin. Nuevas ocupaciones y preocupaciones le atosigan. Ahora busca algo con profundidad, algo trascendente, algo nuevo: coge el libro que abandonó hace años y le parece basura. Ojea su blog y le parece basura. Así que decide dedicarse a otra cosa. A Nadie le parece mal. Porque a Nadie le gusta el blog.
Pero, al final, Alguien se olvida del blog que Nadie seguía. Y nadie le da importancia al asunto.

sábado, 15 de mayo de 2010

Nacido para

Enciendo el ordenador portátil en el que se basa, lamentablemente, parte de mi existencia: yo contra una pantalla. La pelea menos esperada del siglo XXI. Nadie ha venido a verte, tu carrera como púgil ha terminado. Game over, dice una chica que me trae el finiquito. Abro el sobre y está vacío. Me encojo de hombros: al menos puedo usar el sobre para mandar una carta quejándome por mi falta de público. Pero, ¿a quién iba a mandar tal misiva? ¿Quién es el responsable de este vacío en las gradas, de esta soledad de boxeador onanista, de esta guerra de una persona? Como no me apetece seguir haciéndome preguntas sin respuesta (o acaso con una respuesta aterradora y sencilla: yo mismo), me dispongo con resignación a una última pelea, portátil en ristre. Recorro con la mirada las teclas que tanto me gusta golpear, repaso el espacio que me rodea, este piso de alquiler en el que uno acaba sintiéndose como en casa (supongo que al igual que una tenia se debe sentir como en casa colgando en los intestinos), veo los sillones vacíos, suspiro y empiezo a escribir. Entre línea y línea enciendo un cigarrillo, suspiro humo: definitivamente esta es la pelea más triste de mi vida. Entre línea y línea consulto mi e-mail, voy al frigo y cojo una cerveza. Al primer trago siento que todo esto es asombroso. Bostezo. Soy lo suficientemente aburrido como para aburrirme a mí mismo. Maravillado por mi capacidad superdotada para provocar el bostezo y el hastío, me planteo dejar esto a medias. Suena bien, me digo entre la cerveza y el pitillo, mandar a tomar por culo todo este esfuerzo inútil frente a la pantalla, abandonar en el último asalto saliendo por patas del ring, salir a la calle y poner en práctica mi verdadero don. Esta claro que lo de escribir no es lo mío, así que me decido, cerveza en mano: salgo del piso alquilado para cumplir con lo que me está, por así decirlo, predestinado; salgo con la ilusión apresada, sonriente, por fin voy a hacer algo para lo que valgo, para lo que estoy hecho: voy a dedicarme a aburrir a la gente. Soy consciente, una vez en la acera, de que lo mío no es un talento al uso. Nadie quiere aburrirse, todo el mundo tiene cosas que hacer. Confieso que las perspectivas me desmoralizan: tengo la ley de la oferta y la demanda en mi contra. ¿Cómo puedo lograr que alguien esté interesado en aburrirse soberanamente? Esta cuestión no sólo me plantea problemas logísticos (cómo tener que crear la necesidad del aburrimiento), sino también morales, porque, seamos sinceros, estar aburrido es un estado del alma que no gusta, es más, hoy día se considera como algo pernicioso, no hay más que ver cómo toda la oferta del ocio va dirigida a acabar con el aburrimiento, destruirlo, reducirlo a cenizas, a un mal recuerdo. Todo el mundo busca lo contrario de lo que quiero ofrecer. Así las cosas, ¿cómo puedo legitimar mi actividad, no sólo de manera práctica, sino también ética? No me siento capacitado para hacer creer a cualquiera que se me cruce por la calle que lo que él necesita es estar aburrido. ¿Quién soy yo para dictaminar las necesidades de cada uno? Toda esta reflexión, ciertamente, me desborda y me aniquila, ahí, en la acera, nada más salir del portal. Soy un tipo deshilachado. Tengo un talento al que nadie quiere acceder. Sin embargo, me armo de valor, y pienso que igual que yo quiero provocar aburrimiento, debe haber, aunque sea nimio, un pequeño público deseoso de aburrirse, harto de tanto leer, ver series, películas, conciertos y todo eso. Me acerco a la primera persona que pasa por la calle, una mujer de unos 40 años, y le pregunto con total honestidad si quiere aburrirse. Me mira en silencio como si no hubiera entendido lo que he dicho, así que se lo repito: le pregunto si quiere aburrirse, señora. Turbada, dice algo para que le escuche el cuello de la blusa, algo como que no, que menuda tontería y se aleja de mí a bastante velocidad, como si estuviera trastornado o fuera un delincuente común. Pero no me rindo tan fácilmente, sé que la estadística de los gustos juega en mi contra, así que lo intento con más gente. Los resultados son parecidos. A destacar, un chaval de unos 15 años, que, alejándose en monopatín, me grita: déjame en paz, ¡pringao! O el anciano que obstinadamente repetía que no, que él lo que querría es ir al bar de debajo de su casa, pero que su mujer no le deja, porque dice que cuando bebe se pone insoportable. Estuve a punto de decirle que para eso no le hacía falta beber, lo juro. En fin, después de darme una vuelta y no conseguir más que gestos de sorpresa, me vuelvo abatido a casa. Así las cosas, me dispongo a retomar el último asalto dejado a medias a causa de una enajenación mental transitoria, miro el sobre vacío, el cuarto vacío, recuerdo a la chica diciéndome: game over, pienso en todo el tiempo desperdiciado contra esta pantalla, de nuevo en frente de mí, pienso en el aburrimiento y en las reacciones de la gente a mi pregunta, y así, de pronto, maravillado, me doy cuenta de que en realidad, viendo que todo el mundo huía sorprendido de mi ofrecimiento, mi verdadero talento no consiste en una capacidad innata para aburrir, y por eso salgo corriendo del dichoso piso, porque esta vez me veo capaz de triunfar, porque estoy seguro de que lo que en realidad tengo es un talento natural, intrínseco, para desconcertar al mundo.

martes, 4 de mayo de 2010

Clausurado

Fíjate. Sólo hay que mirarle, con esa facha de tísico, y, a pesar de ello, perenne el cigarrillo colgando del labio inferior, el cigarrillo al borde del suicidio, el hombre al borde del cigarrillo, el hombre que tose y se desinfla a cada esputo, cof, la baba que resbala dudosa una vez que el grueso se ha estampado contra la acera, que no sabe si subir y refugiarse de nuevo en la boca o dejarse llevar gravedad abajo, que dibuja un hombre echado sobre sí mismo, patético, un hombre que se yergue para volver a depositar el filtro en la boca y aspirar, rellenarse de humo, y soltarlo tan cerca de ti, pobrecita, que haces gestos ostentosos como si quisieras abofetear la nube gris, que arrugas la nariz con asco o con resignación, o es acaso un asco resignado, como el del juez que levanta un cadáver, porque a fin de cuentas es su trabajo, y este es tu trabajo, pequeña: mirar a ese hombre lamentable, que se suicida a base de respirar tabaco, elaborar un plan para salvar a este suicida penoso pero a la vez admirable, al ver cómo no cede, cómo no deja de apretar el gatillo una y otra vez, no duda un sólo instante, la pistola contra la sien, ignorando o aparentando ignorar lo que de verdad supone, mirándote con ojos de vaca enamorada, y cómo vas a dejar de mirarlo, si en realidad dan ganas de abrazarlo, es tan frágil, es tan tierno su corazón cicatrizado, su pulmón fibroso, es tan bella la decadencia de su Imperio Romano, de sus ruinas entre la bruma. Adviertes que alrededor de su cuerpillo de homúnculo hay una cinta. Si te acercas, si atraviesas la cortina de humo, la verás mejor.

No es una cinta sin más. Es un cordón policial.

Es un hombre clausurado.

Nena, yo que tú tendría cuidado. No vaya a ser que ahí ya no quede nada que salvar.

sábado, 1 de mayo de 2010

El desorden de D.B.

Hoy, Don Borrón se ha olvidado de que no tiene nada que hacer. Así que se despierta, se pone de pie en medio de su cuarto, y se limita a observar una estancia que contiene (en el más amplio sentido del verbo contener) su desorden, el desorden de D.B., evitando que éste se extienda por debajo del quicio de la puerta, llegue al pasillo, ocupe el salón, las esquinas del baño, y después siga en su avance, rebosando por las ventanas, el desorden como unas cascadas que saltan a la acera, que se cuelan por las alcantarillas, y después se extiende por las estaciones de metro, afecta a la recogida de basuras, a los horarios de los comercios, de los buses, a los relojes, y cada persona llega a horas distintas a su destino, esperan o no, comen a destiempo cantidades al azar, evitando los lugares apropiados o buscándolos sin que estos aparezcan porque no están en su sitio, y el desorden sale a las afueras de la ciudad, trastocando las comunicaciones terrestres y aéreas, las fuentes de abastecimiento energético, molinos de viento en centrales nucleares, cables de la luz mezclados con las líneas de teléfono, gente que muere electrocutada al llamar a sus parientes, las bases militares también se desordenan y empieza un golpe de estado dentro de un trozo del estado, pero no manda quien debería, así que nadie sabe contra quién hay que levantarse, contra quién hay que claudicar o lo que se suponga que haya que hacer, los tanques llegan a la hora que les da la gana y cada uno a lugares distintos, con lo que hay algunos disparos como mucho por casualidad, y la clase dirigente no se entera por culpa del desorden, por lo que en los periódicos, que ya no se sabe de qué día son, no se dice nada al respecto y se habla de cosas que le han sucedido a los respectivos periodistas, titulares como: Última hora. A mi madre hoy se le ha olvidado tomar las pastillas, y la gente se informa de algo que no es importante (como si algo lo fuera antes de todo esto, vaya) o recorta los periódicos y los deja abandonados por las calles, junto a montones de fajos de billetes que ya no tienen valor, debido a la caída del valor del euro, o la caída de los mercados, que ahora no están a la altura, están a ras de suelo, se han vuelto físicos y gravitatorios, y por eso la gente lanza aviones de papel hechos con billetes por las ventanas, mientras alguien llora desesperadamente en una oficina bancaria y las doncellas recogen sus lágrimas en cacerolas de cocina.

lunes, 5 de abril de 2010

Turismo

Labios y lengua versus labios y lengua ajenos, manos bailan sobre cuerpos, dibujan mariposas mutiladas sobre la piel, alas y polvo que resbala con ropa, deslizan y caen, cogen un bus hacia el centro histórico, suaves al suelo, prendas apelotonadas, inútiles resisten las últimas, manos cruzan trincheras a través de los últimos reductos textiles, manos atrapan monumentos en cuerpos contrarios, exprimen objetivos, relojes de arena sin dar la vuelta, pelos de punta, lenguas escapan libres lamen polvo lamen piel lamen crisálidas, paisajes naturales describen torpe trayecto de ida y vuelta, sujetador se rinde, aire sonorizado, castillos de naipes tiemblan, conocer otra ciudad, sudar, sacar fotografías, gemir, un pene eyacula, comprar un souvenir: alguien que me quiere mucho me trajo este texto de León.