No sé si me entenderán, pero les contaré todo lo que sé. El momento más duro fue cuando me despedí de las crías. Todavía no eran más que algo así como pequeñas larvas y seguramente no se acuerden de mí, pero eso no quita que yo lo pasara mal. En ese momento, cuando las tuve en brazos por última vez, estuve a punto de arrepentirme. Estrellas y planetas: qué más dan, lo que importa es ser feliz, y en aquel instante me sentí el tipo más desdichado del mundo. Explorar el espacio es algo muy prestigioso, me dijo la madre. Pero quién quiere prestigio si no tiene a nadie que le quiera. Subí las escaleras hacia la nave, saludé con un deje de tristeza y me sumergí en la oscuridad de aquel trozo de metal con otros tres tripulantes. Luego vino el abrocharse los cinturones, la cuenta atrás, la explosión y el despegue. Mientras era proyectado con estos tres infelices hacia el vacío, deseé ser un simple recolector de alimentos. Deseé que la nave explotara. Evidentemente, nada de eso ocurrió: por eso estoy aquí. Al cabo del tiempo, me olvidé de mis deseos. Fuera de nuestro planeta, reinaba el silencio y la rutina. Rastrear, fijar objetivos, parar a recoger muestras, archivar los datos. Sólo soy un explorador, no tengo ni idea de para qué nos va a servir nada de esto. Llevábamos unos trescientos planetas explorados cuando el capitán decidió desviarse de la ruta programada. Dijo que era para evitar unos asteroides. Y por culpa de ese desvío, encontramos este planeta. Como con todos los que encontrábamos, fijamos las coordenadas y bajamos a aterrizar para coger muestras. El material principal que encontramos en la superficie fue líquido, así que cogimos un poco de eso y después nos dirigimos hacia las zonas más sólidas. A partir de ese momento creo que ustedes ya se saben la historia. Estaba yo rascando la superficie sólida del planeta cuando alguno de los vuestros apareció, gritó o gimió y salió corriendo. No le di la menor importancia hasta que al rato, cuando ya tenía lo necesario para ir de vuelta a la nave, llegaron ustedes en sus vehículos, me rodearon y me gritaron. Yo seguí sin inmutarme, dado que el protocolo de actuación ante una especie diferente consiste en ignorarla para que no nos vea como un peligro, así que me encaminé con tranquilidad hacia la nave, y ya saben lo que pasó, algún miembro de los suyos me lanzó, con un artilugio detonador, un pequeño trozo de metal a gran velocidad. Caí al suelo del impacto, supurando un poco de suero interno por la zona donde impactó el trozo de metal con mi cuerpo. Recuerdo que, según se abalanzaron sobre mí, vi a lo lejos la nave despegar y dejarme solo con ustedes. Y aquí estoy, encerrado en esta sala sin que me hayan dado ninguna explicación. No tengo la más mínima idea de lo que piensan hacer conmigo, pero se lo advierto: yo sólo soy un simple explorador. No creo que me entiendan, pero más les valdría hacerlo. No merece la pena perder el tiempo conmigo. En la nave tienen las coordenadas, tienen todo lo que necesitan para volver. Para traer a los soldados. Y créanme, esos son mucho menos dialogantes que yo. No les estoy amenazando, les estoy advirtiendo. Yo soy un buen tipo. No tengo nada en contra de su planeta ni de su especie. Ni siquiera me gusta mi trabajo. Bueno, al menos podrían darme algo de comida, ¿no? ¿Comen troncos desecados por aquí? ¿Hola? ¿A dónde van? ¡No me vuelvan a dejar solo! Mierda. Me cago en la Materia, quién me mandaría a mí alistarme.
domingo, 17 de marzo de 2013
lunes, 25 de febrero de 2013
¡Bum!
Decir: volveré para la cena, sabiendo que no será posible. Silbar una canción que a ella le gusta mucho. Coger el camino más largo. Pasado un tiempo, el gato de Schrödinger muere de todas formas. Los vecinos avisarán a los bomberos de que algo huele mal en el apartamento. Parar en una gasolinera y comprar cerveza. La probabilidad de que acabes muerto es de un 100%. Preparar una nota de despedida. Lo más sencilla posible. Como si fuera un suicidio. Por si acaso. Elegir un sitio apartado para aparcar. Esperar a que se haga de noche para salir del caballo de Troya. En algún sitio del mundo alguien debe estar haciendo la misma cuenta atrás. La cerveza es para soportar la espera, claro. Mirar de soslayo el paquete sobre el asiento del copiloto. En algún sitio del mundo alguien está teniendo un orgasmo. Abrir otra cerveza. Quitar el papel de regalo de la caja de Pandora. Con nervios, como si fuera tu cumpleaños. En algún sitio del mundo alguien está disparando a otra persona. Tener la sensación de cabalgar sobre una bomba atómica. Tener la sensación de que tu trabajo es el peor del mundo. Coger el trasto con las manos. Pensar que es una estupidez eso de que hagan falta cuatro jinetes. Con uno basta. Hoy en día cualquiera se mataría por tener ese trabajo. Aunque el sueldo no sea gran cosa. Aunque el turno sea de noche. Y te paguen por horas. Dar un último trago a la cerveza. En algún lugar del mundo alguien se muere solo y sin descendencia. Ni falta que le hace. Dudar por un momento si apretar el botón rojo o no. Mirar de nuevo el reloj. Ya no queda cerveza. Imaginar que tienes cuernos, rabo y un tridente. Y que te llamas algo así como Lucifer. Imaginarte que no eres un currito de mierda. Putas Empresas de Trabajo Temporal. Mirar de nuevo el reloj. Es la hora. En algún lugar del mundo alguien se está sacando un moco mientras espera a que se ponga verde el semáforo. Sonreír. A la mierda, mandar todo a la mierda.
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jueves, 7 de febrero de 2013
Perspectiva
Desde el fondo de este lago, atado a esta piedra, vosotros y vuestros problemas no parecéis tan importantes.
Acúfeno
Por supuesto que me acuerdo de la primera vez que lo escuché, aunque para ser sinceros es como si hubiera pasado una vida entera. Fue una tarde de abril, me sé la fecha pero no creo que sea un dato relevante, y estaba solo en casa después de la jornada de trabajo leyendo un libro. No creo que leer fuera el desencadenante, pero el caso es que estaba leyendo en ese momento. Entonces, de manera suave, el sonido empezó. No era el típico ruido que escuchas de algún electrodoméstico del piso vecino, como por ejemplo una lavadora. Era algo más larvado, una especie de chirrido o pitido constante que me hizo levantar la mirada del libro. Miré en todas direcciones intentando averiguar el punto donde se originaba, pero por más que intentaba localizarlo sonaba siempre igual (incluso dejé el libro y me puse a andar a solas por el piso por si se escuchaba de manera más acentuada en alguna dependencia, pero el sonido era homogéneo, estuviera donde estuviera). Así que decidí que lo mejor era esperar a que cediera por sí solo, achacándolo a alguna cañería o algo así. Al cabo de un rato, que podría calificarse como tremendamente irritante, el sonido desapareció. Ni que decir que no le di la más mínima importancia y que seguí con mi vida como si no hubiera sucedido. Así es como me encontré el sábado de esa semana en una soleada terraza del centro con un par de amigos tomando una caña. Recuerdo la conversación:
–¿Tú has estado en ese sitio? –me preguntó uno de ellos. Y en ese momento volvió. El chirrido. Constante. Ilocalizable. Yo me quedé absolutamente bloqueado y debí poner cara de preocupación. Pensé que debía ser una broma pesada.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.
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miércoles, 16 de enero de 2013
Tenesmo
Podría estar tumbado en el sillón, derrotado por la rutina y el trabajo diario, empapándose de eso que se empapa todo el mundo cuando llega a casa después de la jornada laboral, tomando el aire justo y necesario para poder respirar al día siguiente, la carrerilla que permite que la cotidianidad sea soportable, ya sea viendo programas de televisión que no quieres ver (pero ya que están ahí qué le vamos a hacer); o navegando erráticamente por páginas web como quien pasea erráticamente por las calles pensando la mejor manera para suicidarse; o haciendo lo que sea que esté a tu alcance para olvidarte de dónde estás, quién eres y a dónde vas (o mejor, para olvidarte de dónde no estás, quién no eres y a dónde no vas a ir jamás). Podría pero sin embargo está sentado frente a la mesa del estudio, rascándose la cabeza por enésima vez, arrugando la frente, pensando en algo que escribir. ¿Por qué dedicar su tiempo en algo así? ¿Por qué no lo malgasta en la cosas en las que lo malgasta la mayor parte de la gente? ¿Acaso cree que tiene algo que decir? Por su cara no parece que tenga mucho que decir y, tras borrar otra frase (una vez más), tiene toda la pinta de que lo único que está consiguiendo es perder el tiempo. Suponemos que lo está pasando mal porque no se le ocurre nada sobre lo que escribir o porque se le ocurre pero no encuentra la manera de escribirlo de forma interesante. Si es así, podemos pensar que lo mejor que puede hacer es dejarlo correr, olvidarse del tema y dedicar su tiempo de ocio a otra cosa. Eso sería lo más sencillo, pero el hecho de que no deje de intentarlo testarudamente (y parece que va a seguir así hasta que el hambre o el sueño le venzan) lo que indica es que probablemente no pueda hacer otra cosa. Que el hecho de intentar escribir sea lo único que puede hacer, que tiene una urgencia, una incontinencia, una necesidad, un tenesmo, un impulso, una náusea constante a la que sólo puede responder metiendo la cabeza en el váter y resignándose a esperar, esperar hasta que llegue el vómito y que después quede ese gran vacío, la ausencia que queda dentro, y así hasta que llegue la siguiente arcada, el siguiente vómito, el siguiente hueco, y así una y otra vez, una y otra vez, hasta que al final no quede nada más que un enorme agujero, sólo un puto agujero.
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viernes, 7 de diciembre de 2012
¡Que viene el lobo!
Lo confieso: he dejado de creer en mí. Mi megalomanía me decía que algún día daría grandes discursos tras los que la gente encendería sus cócteles molotov y se lanzarían contra aquellos centros del poder, arrollando a su paso todos los impedimentos, caminando sobre escudos de policías antidisturbios, saltando las vallas, rompiendo ventanas, abatiendo puertas, ocupando el lugar que, por derecho, les pertenece. Pero eso no es más que lo que sucedía en la ficción, en mi imaginación. La realidad me ha enmudecido, y, como en el cuento de Pedro y el lobo, el verbo se ha hecho carne: el lobo que se inventaron, de tanto alimentarlo ha crecido y se ha comido familias, derechos y esperanzas. Devora todo lo que existe. Y cuando el lobo, con la boca rezumando sangre recién derramada, aparece ante ti, te das cuenta de que es demasiado tarde, de que Goebbels tenía razón, y que la mentira ahora es de verdad. La han repetido tantas veces que ahora existe y se pasea con chulería por las calles, está en los periódicos, en las noticias, en las conversaciones, está incrustada en el cerebro de todos y cada uno de nosotros. Y mientras debatimos, y nos quejamos en la intimidad relativa de una cafetería o defendemos cosas que ni siquiera llegamos a entender con argumentos simplistas como "es lo que hay que hacer", el lobo se está acabando de comer todo el rebaño y cuando vaya a por nosotros no servirán las palabras, será inútil que nos giremos hacia las masas, mutiladas y masacradas, y les pidamos una revolución, porque será demasiado tarde. Incluso puede que ya mismo sea demasiado tarde. Las palabras deben tener un sentido, un efecto, deben ser el impulso nervioso que nos lleva a coger un puñal y plantarnos ante la bestia o que nos lleva a huir lejos de ella. En cualquier caso, lo que acaba siendo un fracaso absoluto es la inacción, que nos acaba convirtiendo en una bolita más en el camino del comecocos: el fracaso es esperar a que retransmitan los sucesos por televisión. Porque tú vas a formar parte de esos sucesos.
Me gustaría estar escribiendo ahora mismo una ficción, un cuento sobre un monstruo imaginario o una bonita historia de amor, pero la realidad ha superado a la ficción. Y no sólo eso: la ha raptado, amordazado, mutilado, violado y asesinado. Yo quiero volver a creer en la ficción, quiero volver a imaginarme en un púlpito, incendiando a las masas. Quiero volver a soñar con mundos que no existen. Pero para ello he tenido que entrar a formar parte del juego macabro de la realidad. He tenido que salir a manifestarme. He tenido que ponerme en huelga indefinida. He tenido que dejar de creer en mí. Para empezar a creer en todos vosotros. No me defraudéis.
jueves, 18 de octubre de 2012
Ø
Nacer.
Pasar de puntillas por el mundo. Sin dejar huella. Y hacer el menor ruido posible.
No aspirar a grandes logros. Evitar realizar cualquier acto notable o llamativo. No aparecer en los libros de Historia. Ni siquiera intentarlo.
En ningún momento ser el héroe o el villano. Conformarse con ser un figurante más. Pasar desapercibido. Parecerse a todo lo que queda entre las estrellas. Ser lo que no importa. Ser como una sombra cuando se va la luz. Ser un grano de arena en el desierto.
No implicarse en nada. No discutir con nadie. No hablar de cosas trascendentes. Ante una pregunta difícil, responder con otra pregunta. Ante la duda, callar.
No bailar en las discotecas.
Evitar juzgar como buena o mala cualquier cosa o persona. Elegir el gris cuando tengas que elegir entre el negro y el blanco. Ser el gris.
No tener mascotas. No tener plantas.
Saludar a los vecinos cuando te los encuentras en el descansillo. No llamar la atención. No contestar a las encuestas. No aparecer bajo ninguna circunstancia en televisión. Negarte a tener tus quince minutos de fama.
Evitar la decepción. No tener esperanzas. Evitar enamorarse. Evitar formar una familia. No dejar descendencia que te pueda recordar.
Olvidar los sueños. Esperar con paciencia la demencia senil.
Envejecer sabiendo lo que ello supone. Caminar con resignación hacia el precipicio. Estar preparado para saltar en cualquier momento. Estar preparado para ver saltar a la gente de tu alrededor.
Dormir. Comer. Respirar. Sobrevivir. Hasta que la vida no suponga ninguna diferencia.
Y lo más importante de todo: no escribir. Nunca. Nada.
Morir.
Pasar de puntillas por el mundo. Sin dejar huella. Y hacer el menor ruido posible.
No aspirar a grandes logros. Evitar realizar cualquier acto notable o llamativo. No aparecer en los libros de Historia. Ni siquiera intentarlo.
En ningún momento ser el héroe o el villano. Conformarse con ser un figurante más. Pasar desapercibido. Parecerse a todo lo que queda entre las estrellas. Ser lo que no importa. Ser como una sombra cuando se va la luz. Ser un grano de arena en el desierto.
No implicarse en nada. No discutir con nadie. No hablar de cosas trascendentes. Ante una pregunta difícil, responder con otra pregunta. Ante la duda, callar.
No bailar en las discotecas.
Evitar juzgar como buena o mala cualquier cosa o persona. Elegir el gris cuando tengas que elegir entre el negro y el blanco. Ser el gris.
No tener mascotas. No tener plantas.
Saludar a los vecinos cuando te los encuentras en el descansillo. No llamar la atención. No contestar a las encuestas. No aparecer bajo ninguna circunstancia en televisión. Negarte a tener tus quince minutos de fama.
Evitar la decepción. No tener esperanzas. Evitar enamorarse. Evitar formar una familia. No dejar descendencia que te pueda recordar.
Olvidar los sueños. Esperar con paciencia la demencia senil.
Envejecer sabiendo lo que ello supone. Caminar con resignación hacia el precipicio. Estar preparado para saltar en cualquier momento. Estar preparado para ver saltar a la gente de tu alrededor.
Dormir. Comer. Respirar. Sobrevivir. Hasta que la vida no suponga ninguna diferencia.
Y lo más importante de todo: no escribir. Nunca. Nada.
Morir.
sábado, 6 de octubre de 2012
Llamadas accidentales
Sucede de vez en cuando. Suena el teléfono en medio de un pesado tedio. En la pantalla aparece un número que no tengo en la agenda del móvil. Las posibilidades son infinitas en el breve espacio de tiempo que tardo en contestar con un vulgar: ¿diga?
Hola, Alberto, soy un espía secreto y necesito tu ayuda, pero antes, sal
inmediatamente de tu casa: va a explotar en breves instantes. ¡Corre!
Un familiar o un amigo ha fallecido y mi teléfono, por alguna indescifrable razón, estaba apuntado en un miserable papel arrugado que descansaba en el interior de su cartera.
Un familiar o un amigo ha fallecido y mi teléfono, por alguna indescifrable razón, estaba apuntado en un miserable papel arrugado que descansaba en el interior de su cartera.
O quizás es un amigo que hace tiempo di por muerto, que ha cambiado de
número y quiere quedar para ponernos al día, cañas mediante.
Contesta un gilipollas gastando una broma a un número de teléfono al azar.
Hola, Alberto, soy un psicópata que te está apuntando con un rifle francotirador y si cuelgas el teléfono estás muerto. A partir de ahora vas a hacer lo que te diga, ¿has entendido?
Hola, Alberto, soy un psicópata que te está apuntando con un rifle francotirador y si cuelgas el teléfono estás muerto. A partir de ahora vas a hacer lo que te diga, ¿has entendido?
Un tipo con la voz ronca me explica que nunca debí aceptar aquellas condiciones y términos de uso sin haberlas leído.
¿Es usted Alberto? Nos ha costado mucho dar con su teléfono, la verdad. Somos de una editorial que usted seguramente desconoce. Estamos interesados en publicar las estupideces que escribe y pagarle por adelantado.
Hola, le habla Ana María de Orange, ¿es usted el propietario de la línea? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Al otro lado de la línea está una mujer que me pide por favor si soy tan amable de responder las preguntas de una encuesta muy breve y yo acabo cediendo porque en realidad no tengo nada mejor que hacer y no sé qué decir cuando me pregunta cuándo es la última vez que lloré. Ni siquiera entiendo el interés que puede tener esa mierda de encuesta.
Al otro lado de la línea está una mujer que me pide por favor si soy tan amable de responder las preguntas de una encuesta muy breve y yo acabo cediendo porque en realidad no tengo nada mejor que hacer y no sé qué decir cuando me pregunta cuándo es la última vez que lloré. Ni siquiera entiendo el interés que puede tener esa mierda de encuesta.
Nadie contesta. Sólo se escucha la respiración de alguien al otro lado. Me cago de miedo y cuelgo.
Nadie contesta. Sólo se escucha la respiración de alguien al otro lado. Dada la aparente timidez de mi interlocutor, aprovecho para romper el hielo contando un chiste malísimo.
Es alguien que conozco que se ha quedado sin batería en su móvil y me llama desde otro teléfono para decirme algo que no tiene mucha importancia.
Sin dejarme posibilidad de réplica, el tipo del otro lado se pone a recitarme un poema que empieza diciendo algo sobre la nieve en el infierno.
Etcétera.
Sucede de vez en cuando. Suena el teléfono en medio de un pesado tedio. En la pantalla aparece un número que no tengo en la agenda del móvil. Contesto.
–¿Diga?
–Eh, ¿Ernesto?
–No, aquí no hay ningún Ernesto, se debe haber equivocado.
–Ah, vale. Perdón.
Cuelga.
Miro en silencio el teléfono, preocupado. Puede que ahora la casa de Ernesto esté explotando.
–¿Diga?
–Eh, ¿Ernesto?
–No, aquí no hay ningún Ernesto, se debe haber equivocado.
–Ah, vale. Perdón.
Cuelga.
Miro en silencio el teléfono, preocupado. Puede que ahora la casa de Ernesto esté explotando.
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lunes, 3 de septiembre de 2012
Fátum
Cuando menos te lo esperes alguien bajará el telón. Podrás ver, desde la puerta de la estación de servicio, tu coche alejarse hacia la carretera de la vida, mientras te subes la cremallera de la bragueta. Las malas noticias no avisan de su llegada. Simplemente llegan. Tampoco esperes que pueda ser algo memorable. Nadie deja frases para la posteridad justo antes de morir. Las despedidas de verdad no ocurren el día que quedas para despedirte. Se trata de ese tipo de cosas que no se pueden planificar. Déjame mirar mi agenda. Vaya, mañana no puedo quedar contigo porque por la tarde tengo accidente. La agenda de las desgracias tiene unos cuantos huecos para ti, no creas que te vas a ir de rositas. Eso sí, la gracia está en que nunca sabes cuándo será. Así que no te deshagas de la ropa de luto. Es algo que tarde o temprano todo el mundo necesita. La muerte acaba apareciendo. Es como el hambre, la sed o el síndrome de abstinencia: cuestión de tiempo. Gota tras gota se acaba horadando la roca. Nunca subestimes tu capacidad para llorar, puede que algún día te sorprendas a ti mismo con un pañuelo empapado en la mano. Buscando una roca donde sólo queda un montón de arena. El que pone los títulos de crédito lo hace siempre a destiempo.
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domingo, 5 de agosto de 2012
Don Quijote
"Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de
ti."
F. W. Nietzsche.
Decidió dedicarse a ello, movido en parte por ideales huecos. Como en cierto modo ocurre con todas las cosas, los primeros pasos fueron aburridos. Aprender asuntos técnicos, pelearse con cuestiones básicas de óptica, que si la iluminación Köhler, que si el condensador, que si los objetivos, que si mueve la ruleta, etcétera. Una vez que nuestro protagonista aprendió a enfocar de manera correcta y a no marearse, llegó el turno de aprender a reconocer cosas que no había visto antes. Mejor dicho: primero tuvo que aprender a conocerlas para después, cuando se las volvía a encontrar a través del microscopio, aprender a reconocerlas. Cómo son, qué caracteriza esto y aquello, cómo cambia según la tinción que usemos. Esto resultó ser un periodo tedioso, como ya he dicho, a la par que sumamente absorbente, hasta el punto en el que se vio sorprendido en los momentos más insólitos pensando en células y en las estructuras que éstas formaban, de compras, en la ducha, jugando al póquer, tomando cañas, y así, de pronto nuestro protagonista se veía atrapado en una conversación con algún viejo amigo con la mente en otra parte (¿me estás escuchando? ¿ya has vuelto a despistarte?), y su vida social pasó a verse un tanto restringida por el hermetismo implícito que conlleva el estudio de algo minoritario, que resulta por ello un tema lo suficientemente poco interesante como para que no merezca la pena hablar de ello, y por eso, conforme iba adquiriendo conocimientos sobre el mundo microscópico, comenzó a hablar menos y a pensar más. Demasiado. Incluso con sus compañeros de trabajo y aprendizaje, con quienes podría haber llegado a trabar algún tipo de conversación aprovechando el hecho de compartir el mismo área de conocimiento, dejó progresivamente de hablar, y empezó a caminar por los pasillos cabizbajo todo el rato, ensimismado, ajeno a la realidad y a cualquier tipo de noticia de actualidad. Gastaba sus horas asomándose al abismo microscópico de la soledad de ser el único que está viendo eso en ese preciso instante, teñido de rosa y azul por obra y gracia de la hematoxilina y eosina, con la conciencia de estar ante algo especial a la vez que menospreciado, un corte tan fino que, retroiluminado, enfoca los tejidos en la retina de nuestro protagonista, y así, en un acto de espionaje, de voyeurismo, observa las células de otra persona, sin que ella lo sepa, y las analiza, clasifica y diseca mentalmente: núcleo, citoplasma, estirpe; las desnuda y priva de toda metáfora, la frialdad del bisturí de sus párpados convierte aquello que es examinado, su imagen, en un diagnóstico, en palabras grandilocuentes. Escribía cosas como: "Diagnóstico: Adenocarcinoma de patrón acinar". El puzle de la vida le enseñaba sus piezas más pequeñas, y él se abnegaba por encajarlas. Sus lecturas pasaron a ser puramente científicas, y por tanto, mayoritariamente en inglés, por lo que, entre que hablaba poco, pensaba en cosas concretas, y leía en inglés sobre cosas concretas, su lenguaje se empobreció sobremanera. Lo que al principio abrazó en un acto más emocional que racional, el estudio de la histología y patología, como una forma de buscar la belleza dentro de la ciencia, pasó lentamente a ser, acaso por la rutina, una práctica mecánica movida principalmente por el rigor y, aunque ocasionalmente se permitía opinar subjetivamente sobre algo que estaba viendo, diciendo cosas como "qué bonito", en realidad lo que estaba expresando era un simple pensamiento estadístico: aquello era lo suficientemente infrecuente como para llamarlo "bonito". La belleza como porcentaje. La belleza como algo mesurable. Pasó así el tiempo, perdiendo amigos, incapaz de hacerlos nuevos, solitario y obsesivo, tan introvertido como un agujero negro, aumentando su conocimiento sobre el mundo microscópico y perdiendo la capacidad para entender el mundo macroscópico. Años después, tras unas cuantas publicaciones en revistas de prestigio, ya con cierto reconocimiento como patólogo y científico a nivel internacional, y con gran desconocimiento en sus relaciones personales (si se hubiera suicidado, sus vecinos habrian dicho a los micrófonos de los periodistas que nunca saludaba en el descansillo y que sospechaban que no andaba bien de la cabeza), mientras tomaba una dura decisión en un supermercado (qué marca de detergente elegir), sufrió una crisis epiléptica. Un hombre que pasaba por ahí intentó evitar que se tragara la lengua y se llevó un buen mordisco. Mientras tanto una mujer llamó al 112 y nuestro protagonista fue llevado al hospital. Tras unas horas y unas pruebas de imagen, se descubrió que tenía unas posibles metástasis cerebrales que podían haber producido la crisis. Por eso fue ingresado con el objetivo de encontrar el origen de las metástasis, origen con el que se dio y que, en fin, fue biopsiado. Nuestro protagonista, pese a su avanzada enfermedad, no se sentía excesivamente mal y rogó poder ver su biopsia al microscopio. Al principio se le puso alguna pega pero los médicos acabaron por ceder. Y aquí es donde nos encontramos a nuestro protagonista, con una esperanza de vida de menos de seis meses, asomándose al microscopio como si fuera un espejo, Narciso a través del catalejo, abriendo mucho los ojos, y ahí están, sus células, sus propias células, y el grito, las lágrimas: el descubrimiento de algo terrible, no ya el diagnóstico, ni el pronóstico, ni los porcentajes o los datos, todas esas cosas superficiales; sino el hecho de no reconocerte a ti mismo, de ser el vampiro delante del espejo, impotente, invisible, y no poder hacer nada más que una onomatopeya gutural, como el cerdo atado que comprende que va a ser degollado. La tristeza de comprenderlo y no poder cambiarlo. Descubrir que las piezas del puzle de la vida por fin han encajado y ya sólo falta el ataúd para guardarlas. La infinita tristeza de don Quijote mirando los molinos, sin poder hacer nada más que escribir: "Diagnóstico: Gigantes".
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