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sábado, 30 de enero de 2021

Cuando lleguen los extraterrestres

Cuando lleguen los extraterrestres, yo ya no estaré aquí. 

Cuando desciendan de sus naves espaciales y contemplen a través de su apéndice sensorial el paisaje desolado (y, aunque el planeta en ese momento no sea más que una gigantesca ruina, ellos lo vean como un hallazgo extraordinario y embotellen cucarachas con reverencia), yo ya no estaré aquí. 

Cuando reparen en los restos de lo que algún día fue una gran ciudad, yo ya no estaré aquí.

Cuando vean los edificios en ruinas bañados por la lluvia, el mar lamiendo los rascacielos con suaves olas, la catástrofe ya pasada, yo ya no estaré aquí.

Cuando desplieguen sus equipos de excavación, imposibles de entender para nuestra anatomía, pero adecuados y pensados para sus cuerpos, y empiecen a buscar más allá de la superficie, yo ya no estaré aquí. 

Cuando saquen los primeros huesos y se estrujen la cabeza intentando comprenderlos (las cucarachas no tienen huesos, los extraterrestres no tienen huesos), yo ya no estaré aquí. 

Cuando encuentren mi esqueleto y lo metan en una de sus naves espaciales, yo ya no estaré aquí.

Cuando se lleven mis huesos junto con los demás a su planeta de origen y allí por fin los comprendan, y finalmente los cataloguen, yo ya no estaré aquí. 

Cuando pongan mi esqueleto en una máquina y, no sé cómo, logren reconstruir el resto del cuerpo, usando el esqueleto como un mero andamio, como si el tiempo echase marcha atrás, y retornen lentamente los músculos, los nervios, la vasculatura, las vísceras o el encéfalo, yo ya no estaré aquí. 

Cuando mis ojos se abran de nuevo, yo ya no estaré aquí. 

jueves, 7 de febrero de 2013

Acúfeno

Por supuesto que me acuerdo de la primera vez que lo escuché, aunque para ser sinceros es como si hubiera pasado una vida entera. Fue una tarde de abril, me sé la fecha pero no creo que sea un dato relevante, y estaba solo en casa después de la jornada de trabajo leyendo un libro. No creo que leer fuera el desencadenante, pero el caso es que estaba leyendo en ese momento. Entonces, de manera suave, el sonido empezó. No era el típico ruido que escuchas de algún electrodoméstico del piso vecino, como por ejemplo una lavadora. Era algo más larvado, una especie de chirrido o pitido constante que me hizo levantar la mirada del libro. Miré en todas direcciones intentando averiguar el punto donde se originaba, pero por más que intentaba localizarlo sonaba siempre igual (incluso dejé el libro y me puse a andar a solas por el piso por si se escuchaba de manera más acentuada en alguna dependencia, pero el sonido era homogéneo, estuviera donde estuviera). Así que decidí que lo mejor era esperar a que cediera por sí solo, achacándolo a alguna cañería o algo así. Al cabo de un rato, que podría calificarse como tremendamente irritante, el sonido desapareció. Ni que decir que no le di la más mínima importancia y que seguí con mi vida como si no hubiera sucedido. Así es como me encontré el sábado de esa semana en una soleada terraza del centro con un par de amigos tomando una caña. Recuerdo la conversación:
–¿Tú has estado en ese sitio? –me preguntó uno de ellos. Y en ese momento volvió. El chirrido. Constante. Ilocalizable. Yo me quedé absolutamente bloqueado y debí poner cara de preocupación. Pensé que debía ser una broma pesada.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¡Que viene el lobo!

Lo confieso: he dejado de creer en mí. Mi megalomanía me decía que algún día daría grandes discursos tras los que la gente encendería sus cócteles molotov y se lanzarían contra aquellos centros del poder, arrollando a su paso todos los impedimentos, caminando sobre escudos de policías antidisturbios, saltando las vallas, rompiendo ventanas, abatiendo puertas, ocupando el lugar que, por derecho, les pertenece. Pero eso no es más que lo que sucedía en la ficción, en mi imaginación. La realidad me ha enmudecido, y, como en el cuento de Pedro y el lobo, el verbo se ha hecho carne: el lobo que se inventaron, de tanto alimentarlo ha crecido y se ha comido familias, derechos y esperanzas. Devora todo lo que existe. Y cuando el lobo, con la boca rezumando sangre recién derramada, aparece ante ti, te das cuenta de que es demasiado tarde, de que Goebbels tenía razón, y que la mentira ahora es de verdad. La han repetido tantas veces que ahora existe y se pasea con chulería por las calles, está en los periódicos, en las noticias, en las conversaciones, está incrustada en el cerebro de todos y cada uno de nosotros. Y mientras debatimos, y nos quejamos en la intimidad relativa de una cafetería o defendemos cosas que ni siquiera llegamos a entender con argumentos simplistas como "es lo que hay que hacer", el lobo se está acabando de comer todo el rebaño y cuando vaya a por nosotros no servirán las palabras, será inútil que nos giremos hacia las masas, mutiladas y masacradas, y les pidamos una revolución, porque será demasiado tarde. Incluso puede que ya mismo sea demasiado tarde. Las palabras deben tener un sentido, un efecto, deben ser el impulso nervioso que nos lleva a coger un puñal y plantarnos ante la bestia o que nos lleva a huir lejos de ella. En cualquier caso, lo que acaba siendo un fracaso absoluto es la inacción, que nos acaba convirtiendo en una bolita más en el camino del comecocos: el fracaso es esperar a que retransmitan los sucesos por televisión. Porque tú vas a formar parte de esos sucesos.
Me gustaría estar escribiendo ahora mismo una ficción, un cuento sobre un monstruo imaginario o una bonita historia de amor, pero la realidad ha superado a la ficción. Y no sólo eso: la ha raptado, amordazado, mutilado, violado y asesinado. Yo quiero volver a creer en la ficción, quiero volver a imaginarme en un púlpito, incendiando a las masas. Quiero volver a soñar con mundos que no existen. Pero para ello he tenido que entrar a formar parte del juego macabro de la realidad. He tenido que salir a manifestarme. He tenido que ponerme en huelga indefinida. He tenido que dejar de creer en mí. Para empezar a creer en todos vosotros. No me defraudéis.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Programación infantil

Advertencia: este cuento contiene piezas pequeñas que pueden provocar asfixia en caso de ser ingeridas. No recomendado para menores de 3 años.


Pi-pi-pi-pi. El monstruo apaga el despertador y acto seguido da un par de vueltas en la cama, remoloneando, luchando contra sí mismo o quizás contra las sábanas, que han cobrado vida y le agarran con fuerza sobrehumana, y así es como da vueltas a la derecha y a la izquierda, una y otra vez, poniendo cuidado, eso sí, de no aplastar a la hormiguita con la que duerme. Después, el monstruo acaricia a la hormiguita, que tiembla de miedo tras tanto ajetreo, y se levanta como un coloso aturdido, atontado por el madrugón y por los últimos resquicios de la fase REM, llega tambaleándose a la cocina, donde engulle a modo de desayuno lo primero que pilla. Un poco más despejado, se abandona en la ducha cinco minutos y vuelve al cuarto, todavía con el vello un poco húmedo, para vestirse a toda prisa. Mientras se viste, al monstruo le gusta observar en la penumbra la silueta de la hormiguita, que a ratos se finge dormida, pero en realidad la mayor parte del tiempo está observando curiosa su cuerpo destartalado. Antes de irse a trabajar, el monstruo se despide de la hormiguita, generalmente con un beso de gran ternura (para ser un beso de monstruo), aunque a veces se le va la mano (es decir, la boca) y la hormiguita sufre los daños colaterales de semejante muestra de cariño. Una vez en la oficina, el monstruo se dedica a hacer su trabajo lo mejor que puede (obviamente trabaja de monstruo, un puesto apto para su cualificación) y, aunque suele estar concentrado en lo que está haciendo, de vez en cuando no puede evitar pensar en la hormiguita y en qué estará haciendo. Así que en esas ocasiones le hace una llamadita y hablan de cosas intrascendentes (porque hablar de asuntos trascendentes por teléfono es de mala educación). Al final del día, agotado de tanto trabajo, vuelve a casa sin poder dejar de pensar en la hormiguita, en darle un beso y hacer esas cosas que hacen los monstruos con las hormigas, ya sabéis, así que sube a toda prisa las escaleras de su casa, abre la puerta y grita el nombre de la hormiguita. ¡Hormiguita! ¡Hormiguita! Mira en todas las estancias del piso pero no encuentra ni rastro de ella. ¿Hormiguita? No está ni en la cocina, ni en el baño, ni en el salón, ni en la habitación. No está y ni siquiera ha dejado una nota. El monstruo comienza a llorar desconsoladamente y secreta lágrimas de monstruo, de esas que sólo salen cuando algo realmente malo ha sucedido, y llora tanto que se va deshinchando poco a poco, poco a poco (recordad que los monstruos están constituídos en un 99,9% de agua y que ese es el motivo por el que no suelen llorar), hasta hacerse realmente minúsculo, tan pequeño que está a punto de esfumarse, y es entonces, estando en su mínima expresión, en el momento final, justo antes de desaparecer, cuando se da cuenta de que la hormiguita estaba aplastada bajo la suela de su zapato.
Pi-pi-pi-pi. Apago el despertador y acto seguido doy un par de vueltas en la cama.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Siglo XXI

La putada es que habrá supervivientes. No te preocupes, que yo sé hacer la marcha atrás. Un espermatozoide en la trompa de Falopio. Neil Armstrong se pasea por la luna. El milagro de la vida. Los vómitos. La gonadotropina coriónica. Cariño, estoy embarazada. Sopesar inmediatamente los pros y contras del aborto. Sentirte un poco más monstruoso tras haber encontrado más pros. Decir, por si las moscas: ¿y qué has pensado hacer? El rayo. El silencio antes del trueno. La indignación consecuencia de que se te haya pasado por la cabeza la posibilidad de asesinarlo. Los reproches. El distanciamiento. La separación sentimental. Los antojos. 9 meses. La cesárea. El niño. La placenta. La sangre. La llamada de teléfono. Es tu hijo, deberías venir a verlo. Comprobar que él a ti no te ve. ¿Cómo se llama? Hiroshima. Nagasaki. Fukushima. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Sonajeros. Lactancia materna. Potitos sin gluten. El juez. El régimen de visitas. La pensión alimenticia. El paro. El alcohol. Los vómitos. Las resacas. La aurora boreal. Perder la esperanza. Leer el periódico. Poemas sobre el fin del mundo. La crisis económica como metáfora. Ciudades que son campos de concentración. Dios ha muerto y vamos a encontrar al responsable jugando al Cluedo. Hay gente en el mundo que muere de hambre. Hay gente en el mundo que en Nochevieja se va de cotillón. Ten cuidado con lo que deseas. La pobreza y el hambre en el mundo pueden desaparecer, sí, pero eso será cuando nos hayamos exterminado. Todo se va a la mierda. El problema es que lo hace a una velocidad desesperantemente lenta. Como si la vida fuera una ducha con demasiados pelos en el desagüe. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Aunque ésta todavía no tiene nombre propio. Imaginar el futuro. Imaginar a tu hijo en ese futuro. Tener miedo de explicar cómo te lo imaginas: piensas que quizás así no se haga realidad. Moscas. Barricadas. Escombros. Perros vagabundos. Pisos abandonados. Habrá supervivientes. Todos los hombres mueren, pero algunos tienen peor suerte. Ahora follo siempre con condón.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Transcripción de un sueño

Cuando todo se fue a la mierda nos encontrábamos en una gasolinera. Ya saben, cuando la nada ocupó la ciudad. Como ustedes seguramente sepan, la naturaleza tiene horror al vacío, por lo que la nada no tenía mucho que ver con la ausencia o con la falta de, tampoco era un agujero sin más, era un agujero siempre relleno, relleno de manera aleatoria, de aquello que había desaparecido. Entonces, dirán ustedes, cómo puedes estar tan seguro de que aquello era la nada y no un simple desorden, una trasposición de calles, una ruleta rusa geográfica y nada más. Pues bien, yo lo vi todo: en aquel momento que decidí salir de la gasolinera (que estaba bastante céntrica y tenía un buen restaurante) hacia la calle donde había aparcado el coche (en el que había dejado algo que me parecía importante por aquel entonces), tenía que llegar casi hasta la rotonda, en la calle Tal y Cual, a unos cinco minutos andando de la gasolinera, pero según empecé a alejarme de ella se me desmoronó la visión, apareció el espacio en blanco, la vacuidad más absoluta y un silencio que me destrozaba los oídos, que me decía (¡el silencio!) que corriera de vuelta a la gasolinera. Me costaba respirar aquel terror, los ojos se me volvieron superfluos, giré y eché a correr como pude (porque no es fácil correr sobre algo que ya no existe), y según me acercaba a la gasolinera todo volvía a reconstruirse, los coches, la gente mirando aterrada por las ventanas del restaurante, los gritos, miré hacia atrás y la calle había vuelto, como un espejismo.
Yo estaba empecinado en volver a mi coche, pues aquello que quería recuperar tenía suma importancia, pero la gente se había encerrado en el restaurante de la gasolinera y se negaba a salir, porque vete a saber qué podía suceder, y además aquí tenemos comida, siempre que no se pierda el camión repartidor, unas veces llegaba uno, otras ninguno, y a veces cinco a la vez. Furioso, cogí a alguien que ya no recuerdo, creo que era un amigo mío, por las solapas de la ropa que llevara puesta en ese momento y le convencí para que me acompañara. Se unió más gente, seríamos unos seis. Salimos de la gasolinera y todo se trastornaba, nosotros también. Pongamos que éramos seis, que tres íbamos delante y otros tres iban siguiéndonos, y que las tres ancianas que nos seguían me gritaban que fuéramos más despacio, que nos veían en el cielo, y yo les gritaba que sólo era un espejismo de la nada, que nosotros las veíamos en el suelo, esperamos hasta que al final nos alcanzaron y advertí, sorprendido, que en realidad me seguían cinco ancianas, o acaso éramos todas ancianas, seis reumáticas viejas, doloridas, en una calle de la que no se veía el final, sin mapa, buscando un coche que ya no era mío, que a saber si seguía en para coger cosas que no saber, y nos romper trozos hasta que otra calle soledad, no os conozco, confusión, confusión, olvido.

viernes, 9 de octubre de 2009

La última cena

Debe ser cosa del viaje relámpago, pero Bruno no se siente muy animado de tener que ir hasta Valladolid sólo para visitar a sus padres. No es porque no les quiera (sea lo que sea lo que quiera decir aquí querer, un verbo inapropiado en esta situación), sino por lo postizo del asunto, por ese convencionalismo inevitable, ese dame dos besos, ese vino reservado para la ocasión: porque vuelve el hijo pródigo.

Tres años después de la independencia absoluta, tres años después de empezar a trabajar nada más acabar la carrera en la sede de una empresa puntera en Madrid, Bruno vuelve al nido para cenar. Claro que ya hubo otras visitas, sobre todo el primer año tras independizarse, cuando existía la añoranza por los guisos maternos, por el humo perenne de los cigarrillos de papá, pero aquellas visitas eran por necesidad, por aquello de hacer el proceso de deshabituación progresivo.

Deja los bártulos en el cuarto de invitados, dice mamá. La antigua habitación de Bruno ahora es el cuarto de invitados. Antes ella decía: deja eso en tu cuarto. Ha pasado de ser hijo a ser un invitado más. Es como ser degradado. O algo peor: una especie de exilio en tu propio país, un exilio implícito al descubrir la habitación, ahora desolada. Al llegar a mesa puesta y no reconocer el mantel. Es nuevo, ¿te gusta?, dice mamá. No. Pero Bruno dice que sí. Y mamá cuenta la historia de cuando lo compró. De cuando lo compró y él no estaba.

Antes de cenar se sacan una foto, de esas con temporizador. Una foto que perdurará en el tiempo, una foto que papá se encargará de revelar en papel satinado y meter en un portafotos junto con el resto de la colección sobre la estantería, constatando el deterioro de los aquí presentes. Y Bruno es capaz, mientras salta el flash, de hacer mentalmente la progresión de imágenes. La foto de sus padres y él en el parque de Campo Grande, con 5 años. La de sus padres y él el día de su primera comunión, 9 años. La de sus padres y él de vacaciones en Galicia, 14 años. La de sus padres y él días antes de que empezara la carrera, 18 años. La de sus padres y él comiendo en un restaurante caro tras licenciarse, 24 años. La de sus padres y él cenando tres años después, ahora mismo. Bruno es capaz de trazar una continuidad en los portafotos, una secuencia inevitable: la foto de sus padres y él después de la primera hospitalización de su padre. La de su madre y él después de la muerte de su padre. La de él solo antes de morir. La foto de un cementerio.

Bruno cena con sus padres. La familia cena y charla de temas intrascendentes. Bruno mira a sus padres y se pregunta si seguirán follando. Se pregunta si debería sacarlo como tema de conversación, si eso ocurre en otras familias. Se imagina una cena paralela en la que el padre explica al hijo cómo se folló a la madre por el culo y cómo se corrió en su cavidad anal, mientras la madre mira al padre sonriente y feliz de que la hubiera sodomizado. Bruno se pregunta cómo sería el coito parental, a fin de cuentas él también estuvo allí, por lo menos una vez. Podría sacar el tema de conversación. ¿Será lo normal? Pregunta: ¿Qué tal estuvo el último polvo? Pero no lo pronuncia, sólo lo piensa. Porque tiene la sensación de que hace mucho de la última vez. De que para ellos es más fácil hablar de manteles y de recuerdos. De que todo lo demás es demasiado delicado. Como si pudiera derrumbarse todo, el techo, la casa, la cena, el matrimonio, por una sola pregunta. No vaya a ser.

Creo que a todos les parece un mantel feísimo. La verdad es que el mantel tiene unos dibujos muy bonitos, dice papá. Así es: la familia entendida como un ente único, esta familia-farsa concebida como un único animal salvaje, una familia que existe sólo por y para el instinto de supervivencia, sin importar el motivo, sin que importe nada más que la necesidad de estabilidad, por muy ficticia que esta necesidad lo sea o lo parezca. La familia-excusa, la familia-esquizofrenia, la familia-escaparate. CUIDADO. Manipular con precaución: el contenido puede ser inflamable, pero nadie lo sabe. La familia-caja de Schrödinger. Nadie sabe si el gato está muerto o no, pero nadie se atreve a averiguarlo. Nadie tienta a la probabilidad, nadie tiene cojones para abrir la caja, ni Bruno, ni mamá, ni papá. Porque, aunque no lo sepan, lo presienten: el gato ha muerto hace mucho tiempo. Y esas cosas huelen.

miércoles, 29 de abril de 2009

Paladas

Estamos cavando. No paramos de cavar. Día y noche. Cavamos sin descanso. A veces tengo la impresión de que las palas forman parte de nosotros. De que suplen nuestros brazos. Tierra y palas. Palas que se clavan en la tierra. Palas como manos. Manos como palas. Y cavamos. De tanto cavar hemos llegado a olvidar todo lo demás. Aquí sólo importa el boquete que se abre bajo nuestros pies. Los agujeros. Aquí sólo hay tierra y aire, palas que viajan de la tierra al aire, hombres clavados que cavan y cavan. Sé que si desvío la vista del hoyo podría sentir vértigo. Vértigo de vernos a todos hundir nuestras palas cada vez más profundo. Como si estuviéramos buscando el infierno. Así que prefiero centrar la atención en mi fosa. Porque cada uno debe ocuparse de su fosa. Aquí es importante no distraerse. Y no pensar nunca en este cementerio en ciernes.

lunes, 13 de abril de 2009

Corazón de algodón

Puedes despertarte una mañana y no reconocer la habitación, no reconocer la cama. Buscas a alguien vivo en esa casa. Tiemblas al salir del cuarto. Ves a una mujer de edad mediana por el pasillo, ella te devuelve la mirada y te dice: qué quieres para desayunar. Café con leche. Respondes sin saber realmente si quieres un café, respondes como si fuera algo normal que ella te reconozca y que tú no reconozcas nada. Supones que ayer bebiste mucho, te acostaste con ella en su casa y por eso estás tú en calzoncillos y ella en pijama. Pura lógica. Pero la lógica se te cae a los pies cuando ella te replica: si nunca tomas café. Eso implica que no fue una sola noche. Es que tengo mucho sueño, dices. Una excusa afortunada. Sin embargo, te das cuenta de que no sabes si te gusta el café o no, ¿por qué ella lo sabe y tú no? Quizás ella no te conozca realmente y te esté poniendo a prueba. Aunque si es así, ¿por qué iba a hacer tal cosa? Parece un razonamiento tan paranoico. Lo más sencillo será no inventarse ninguna conspiración, actuar con cautela y naturalidad, jugar a lo que haya que jugar, tantear poco a poco. La sigues hasta la cocina, te sientas en una silla. Si ella te ha ofrecido el desayuno será porque te lo va a servir. Efectivamente. La taza humea. Echas azúcar, remueves la disolución. ¿No quieres nada para comer? No, no me he despertado con mucha hambre. Así mejor, evitas que te empiece a preguntar por tus gustos, como ocurrió con el café. Qué raro estás, dice. Maldita sea. ¿Debería decidirme por algo para comer? ¿Pero el qué? ¿Unas galletas? ¿Un cruasán? ¿Cereales? Mejor será ignorar su último comentario. Beber como si no hubiera dicho nada, encogerme de hombros. Ella persiste: ¿al final qué vas a hacer hoy? Otra pregunta, esta mujer me va a estar interrogando hasta verme flaquear, hasta que me eche a llorar a sus pies, hasta que le confiese que no sé quién es y que sólo quiero salir de esta casa, escapar de esta trampa. Frunzo el ceño. No lo sé, respondo. ¿Cómo no lo vas a saber? Ayer me dijiste que o ibas al cine con Irene o empezabas a estudiar tus exámenes. ¿Irene? ¿Quién es Irene? ¿De qué exámenes me habla? Esta mujer debe haberme confundido con otra persona. Ayer me encontró borracho o inconsciente o qué sé yo y me trajo hasta aquí pensando que yo era ese otro. Tendré que sincerarme. Digo convencido: creo que se está equivocando de persona. Ahora es ella la que frunce el ceño. Por fin. Pero habla. Y me dice algo que me asusta, que me hace volver a temblar. Mi corazón de algodón se empapa de sangre y deja de latir. Miro hacia el reflejo de mi cara sobre el frigoríco y no reconozco el frigorífico, no reconozco esta cocina, no reconozco mi rostro reflejado, ni siquiera reconozco a esa mujer que me dice preocupada: ¿estás bien, hijo mío? Y ya no sé qué responder.

viernes, 24 de octubre de 2008

Apocalipsis

Empezaba en un coche. Chocando frontalmente contra otro coche conducido por la misma persona, y después la antimateria, el olor a chorizo ahumado, las cucarachas huyen de mi piso rumbo a las cloacas, la oscuridad, los gritos, el silencio, sales del cuarto semidesnuda y me abrazas asustada, me das el último beso como en las despedidas de verdad, sabe a poco pero comienzan a aparecer las grietas de las paredes, un hilillo de baba cuelga de tu labio, te lo retiro con el índice, escombros en la puerta del hall, va a ser difícil salir de aquí, revientan las cañerías y el agua invade, inunda, crece, y después se contrae, nos contraemos, miro alrededor y estás ahí llorando, yo también estoy llorando y me doy cuenta de que es la hora de que suene el despertador, quizás lo haga ahora que alargas tu brazo hacia mí antes de lo definitivo, quizás despierte ahora que es (eres) posible, y entonces tendré que madrugar, ir a clase, sonreír, estar lejos de ti: todas esas pequeñas miserias hechas realidad.

sábado, 31 de mayo de 2008

Viejos amigos

Otra vez, después de tanto tiempo, llama a la puerta. Debía estar harto de que le ignorase y decidió finalmente salir de su agujero para buscar la superficie, donde en el fondo nunca se ha sentido muy cómodo, con el único objetivo de enfrentarse a mí. Abro la puerta y ahí está él, fumando con desidia, echándome el humo a la cara. No digo nada. No tengo nada que decirle. Ni siquiera tengo una excusa. Él me habla de cosas terribles y pantanosas. Sin siquiera atravesar el marco de la puerta ya me ha vencido. Otra vez. Siempre que aparece me gana. Sólo tiene que recordarme que no soy un ejemplo a seguir o señalar la habitación a mis espaldas, mostrarme la cara más amarga de mi refugio, describiéndolo sin piedad: aire y suciedad, no hay nada más que te haga compañía. Replico a duras penas, lagrimeando vergonzoso me defiendo y le digo que todavía me queda el futuro, que eso que señala sólo es el pasado. Él levanta una ceja y se ríe con esa risa tan irritante y nasal que tiene, me dice: de qué coño hablas, si el único plan de futuro que tienes es morir. Y ya no puedo decir nada más, tiene razón, así que cedo, le dejo entrar en el cuarto, le permito usar mi ropa, dormir en mi cama, escuchar mi música, beber mi café, fumar mis cigarrillos, controlar mi cuerpo, mi vida, y él se pone cómodo, dictatorial, dice algo sobre que me sobran mocos y lágrimas y me tira un paquete de pañuelos. Al menos sabe lo que necesito.

martes, 6 de mayo de 2008

Saber beber

Me gustaría saber beber.
Me gustaría que el alcohol fuera la calma y el orden. Mi calma y mi orden.
Me gustaría beber como en las películas. En blanco y negro, mientras suena una canción triste.
Me gustaría saber beber de tal forma que pudiera soportarlo todo.
Pero siempre que lo intento acabo estrellándome. Contra ti o contra tu recuerdo. Todavía no sé distinguirlo.

jueves, 24 de abril de 2008

DEP

Piensa en mamá. Piensa en papá. En el resto de tu familia.
Piensa en todos ellos encerrados dentro de sus tumbas, degradándose a su ritmo, o en sus urnas para las cenizas, como si todo consistiera en una colección de trofeos muy quietos, con sus placas y sus lápidas como único testimonio de lo de dentro.
Piensa en tus amigos y conocidos. Piensa en ellos encerrados en sus respectivos recipientes, con sus respectivas familias alrededor. Como si todo el amor del mundo se tuviera que fosilizar y clasificar cuidadosamente.
Piensa en funerales, en cruces, en misas, en coronas de flores carísimas. El cura sermoneando sobre cosas que nunca ha visto. DEP: suena como un apócope de deprimente. Piensa en un muro lleno de nichos, como un chifonier gigantesco. Con una placa en cada cajón para que no te olvides de lo que hay ahí guardado. Calcetines. Calzoncillos. Luis García Bermúdez. Camisetas de interior. María Ramírez Baquero. Piensa en ti. Ahí dentro. Con tu nombre por fuera y un par de fechas representativas grabadas. Correctamente etiquetado. No vaya a ser que te pierdas.

Por una vez piensa en todo eso. Yo ya estoy harto de hacerlo.

miércoles, 23 de abril de 2008

Batallitas de papá

¿Sol? Claro. Tú no lo llegaste a ver, hijo mío, pero cuando yo era joven, cuando tenía tu edad, había sol. No lo puedes entender, pues has nacido en un mundo condenado a la noche, con esas fatídicas farolas estelares que ponen desde por la mañana hasta el final de la tarde, imitando de mala manera el auténtico sol. Es cierto que alguna ventaja nos ha traído, como que ahora el cáncer de piel sea una rareza o que podemos decidir a nuestro antojo cuándo iluminar, aunque llueva todos los días. Antes era una casualidad ver sol y lluvia a la vez, hijo. Ahora es la norma general. Raro es el día que no llueva con esas nubes perennes azotando constantemente nuestros cielos. Hijo, si tú supieras. Había algo más allá de los tubos fluorescentes. Había luz de verdad. Mira mis fotos. ¿Ves? Cielo azul. No esta condenada mierda que hay ahora. Cuando hacía sol, no los neosoles esos, o como coño quieras que los llamen, los bares abrían terrazas y la gente se sentaba allí a tomar algo sonriendo. Las chicas tomaban el sol al aire libre, a veces en top less. Yo no lo entendía. Creía que era una imbecilidad ponerse ahí a tomar el sol perdiendo el tiempo. Pero ahora que la forma más parecida de perder el tiempo es empaparse mientras te iluminan grandes focos que recalientan los chubasqueros te juro que lo echo de menos. Es como si hubiéramos convertido todo en plástico. A nuestra imagen y semejanza. Como si fuéramos los dioses del PVC. Unos auténticos imbéciles, en definitiva. Llaman, serán tus amigos. Hala, vete con ellos. Yo me quedaré aquí viendo la televisión. A veces echan algo decente, ¿sabes?

jueves, 10 de abril de 2008

Ciao

Las despedidas son entierros a pequeña escala.
Sin muertos ni ataúdes pero con la ausencia inminente.
No me gusta estar de luto.
Pero no puedo evitarlo.
Porque cada vez que hablamos siento que me estuviera despidiendo de ti.

viernes, 4 de abril de 2008

Metadona

No puedo prometerte la luna porque no soy un poeta.
Sería conveniente aceptarlo.
Sin embargo hay días que me hago ilusiones en vano. Falsas esperanzas.
Es entonces cuando me creo capaz de prometerte, al menos, una vida sin defectos.
Y como no sé cómo prometerte tal cosa, escribo aquí.
Es igual que entrar en un centro de desintoxicación. A pesar de que al volver a casa la cuchara estará esperando.
Todo seguirá igual. Como si nunca hubiese pasado nada entre nosotros, mi querida adicción.

lunes, 31 de marzo de 2008

Gente madura

Tal vez algún día seas un adulto responsable y tengas que trabajar para poder mantener tu vida como trabajador. Pagar la hipoteca, las letras del coche. Soñar con montar una familia como Dios manda. Tal vez algún día te toque ponerte una corbata. Meterte la camisa en el pantalón, teniendo cuidado en que quede por encima de los calzoncillos, eso sí. Peinarte a raya, con gomina si no se mantiene. Echarte un poco de colonia y correr hacia el coche. Entrar a las 8 en la oficina. Hacer un descanso a eso de las 11:30 para tomar café. Tendrás que saberte los resultados del fútbol de la semana si no quieres que los otros te ignoren. Retornar a tu puesto de trabajo hasta que te dejen marchar para comer. Como si realmente estuvieras obligado a vivir así. Puede que tengas que volver por la tarde. Eso ya dependerá de las condiciones del contrato. Acabar la jornada, coger el coche de vuelta, chuparte otro atasco como el que has pillado por la mañana pero en sentido inverso. Cenar en casa la típica comida precocinada para la gente madura. Después ver un rato lo que echan en la televisión en prime time, hasta que te mueres de sueño y decides ir a la cama. Ponerte el pijama. Suspirar. Subir al desván antes de acostarte para comprobar que el cadáver de Peter Pan sigue pudriéndose ahí. Y que tu sombra continúa pegada a los pies. Como cada día.

martes, 25 de marzo de 2008

Caída en cadena

Ella prefería esperar. O más bien no es que lo prefiriese, simplemente no sabía qué hacer, y ante la duda optó por sentarse en una esquina de la cama y dejar un suspiro en el aire, como si soltara lastre y eso la depositase en un lugar más allá de la cama, entre el techo y el suelo, un rincón cualquiera donde dejarse flotar sin más intención que la misma levitación. Desde luego no es que siempre hubiera sido así. Sabía actuar siempre que era necesario, sacarse las castañas del fuego, cogerlas con las manos descubiertas, quemarse hasta donde hiciese falta, no importando las consecuencias siempre y cuando el objetivo se cumpliera. Pero esta vez era algo distinto. Ella ya había hecho todo lo necesario. Colocó las fichas de dominó en la posición concreta donde otro debía golpear para que todas cayeran una tras otra hasta golpear la puerta. Sería totalmente innecesario levantarse en ese momento y ejercer de paloma mensajera, demoler la construcción de acontecimientos calculados con cierta precisión. Esa era la tarea de otros. Se levantó y abrió el botiquín.

Él encontró la nota encima del felpudo al salir de casa, tapando las tres primeras letras del welcome impreso en las fibras, puede que a propósito. come. Un anónimo escrito a ordenador. Antes de empezar a leer pensó que eso significaba que conocía a la persona que lo había escrito, que si no lo habría hecho a mano, y es más, que la conocía lo suficientemente bien como para poder reconocer la letra, un paso del conocimiento personal que implica un cierto acercamiento que podía ir desde unos apuntes, una carta, un post-it en la nevera o vete a saber qué. Se quedó de pie, ahí, en medio del dintel, como si la nota le hubiera atascado, leyendo, desfilando sus ojos línea a línea, de izquierda a derecha, condenado a repetir el mismo movimiento una y otra vez para poder avanzar y al final acabar, salir corriendo calle abajo.

Diez notas de suicidio idénticas abandonadas en diez felpudos distintos. Todas igual de impersonales. Todas igual de definitivas. Esperar quién iba a llegar, si acaso alguien iba a llegar, era lo único que importaba. Quién de los destinatarios sería capaz de reconocer en un grito anónimo su voz. Quién arrugaría el papel con desdén pensando que sólo era una broma. Ella se ríe. O llora. Las manos sobre el rostro sólo dejan apreciar el movimiento convulso del tronco. En cierto modo podría decirse que es una broma. Una broma llamada barbitúricos.

Para cuando él llega ya hay otro tipo golpeando la puerta. Un amigo. Está dando voces. El móvil de ella está apagado, tal como advertía en la nota. Tiene que ser ella, no le cabe la menor duda. Está cansado por la carrera que se ha pegado, pero entre la respiración entrecortada logra preguntar si ha pasado algo. Se acaba enterando de que el otro recibió la misma nota. Alguien abre la puerta. Qué pasa, estaba durmiendo, dice la chica que abre la puerta adormilada. Ellos se miran asustados. Las fichas estaban ahí, cayendo en cadena una detrás de otra, tropezando en perfecto orden, qué les había hecho equivocarse, llegar a la casa que no era, fracasar. Qué pasa, insiste la chica desde la puerta. Y aunque ambos saben la respuesta, ninguno se atreve a pronunciarla en voz alta.

viernes, 21 de marzo de 2008

Resaca en Transilvania

Te despiertas con resaca. Te rascas la entrepierna porque en realidad en semejante situación no hay nada más que hacer. Caminas con esa mezcla de asco y felicidad que te proporciona estar lo suficientemente alelado como para no sentir dolor a pesar de saber que el dolor hoy es el principal actor. Llegas al baño, meas, cagas, con suerte no demasiado líquido. Te acercas al lavabo. Te lavas las manos. Tu aliento huele a mierda. Te enjuagas. Te miras al espejo. Adviertes con sorpresa una marca de carmín en tu cuello. La limpias intentando recordar en vano su procedencia. Y después abres la boca aterrorizado. Debajo de la mancha hay dos pequeños cráteres dibujados en la piel. Como cicatrices de un par de colmillos. Definitivamente tienes que dejar de beber.

domingo, 16 de marzo de 2008

Homenaje a Lot

Nadie sabía si ocurrió antes o después de que el vehículo impactara contra el camión y saliera de la carretera. Todos los ocupantes muertos, vaya por Dios. El inspector repasa los cadáveres, incrustados de forma macabra en el puzle en el que se había convertido el Seat. Qué puede haber sucedido, se pregunta el policía repasando los restos humanos deformados por el golpe. Se detiene a la altura de lo que era la puerta del conductor. Eso no es humano, se dice. Acerca su mano a aquella masa blanca que ocupa el asiento del conductor, toca con los dedos eso que parece formar un rostro y ve cómo el conjunto se derrumba en un montón de polvo blanco. Se aparta confuso, mira un tronco que sale por la ventanilla. Es como si fuera el brazo del conductor, parece. Agarrándose en última instancia al retrovisor. Mirando a través de él, fracasando. Definitivamente nadie debería dejar conducir a las estatuas de sal.