Fénix

miércoles, 19 de abril de 2017

Volver a nacer.
El líquido amniótico, los aprietos; y después el frío, las luces cegadoras, el olor a quirófano.
Volver a respirar por primera vez.
Volver a llorar (a fin de cuentas, es lo mismo).
Quejarse de lo incómodo.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio. Las cosas que vas a dejar detrás.
Acostumbrarse a lo incómodo.
Alimento.
Calor.
Sueño.
Los seres vivos nacen.
A veces crecen.
A veces se reproducen.
Pero siempre, siempre, mueren.
En algún momento impreciso del futuro lo entenderás.
Quizás será cuando tu mascota se vaya de viaje a un sitio mejor.
O cuando le toque a tu abuelo.
Y entonces querrás volver atrás.
Volver.
Entonces querrás recuperar todo lo que has dejado atrás.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio.
Tu mascota.
Tu abuelo.
Volver.
Querrás volver a nacer.
Pero no podrás.
Y seguirás viviendo.
Porque es lo que mejor se te da.
Porque es lo único que puedes hacer.
Seguir respirando.
Seguir llorando (a fin de cuentas, es lo mismo).
Y un día en que estés especialmente sensible.
Puede que porque hayas dormido mal.
Un día en que la mirada cansada del espejo te devuelva 30 años de golpe.
Volverás a querer volver a nacer.
Pero te conformarás con coger un viejo blog.
Un blog que parecía haberse ido de viaje a un sitio mejor.
Y escribirás algo que te saldrá muy de dentro.
Algo que parezca un poema pero que al final no sabrás muy bien qué es.
Una mierda pretenciosa.
Pondrás un título tentativo.
Luego lo cambiarás por: Fénix.
El primer verso será fácil.
Dirá: Volver a nacer.
Y aunque en realidad sea una tontería.
Y no sirva para mucho.
Cuando acabes te sentirás un poco mejor.
O eso espero.

Lepisma saccharina

miércoles, 4 de mayo de 2016

Es dura la vida en la rendija. Pero a fin de cuentas es la única vida que conozco: la nocturnidad y las pequeñas razias, a veces sin destino, pisando las frías baldosas del baño. El hacerse uno con el encolado cuando se es sorprendido por la dolorosa luz de los halógenos, como un camaleón. Esperando el momento propicio para escabullirse, para colarse por debajo del mueble del fregadero y escapar. A dónde no sé. A dónde no importa. No soy de respuestas. Soy más de instintos: la evolución pasó a mi lado y me dejó atrás. Se olvidó de mí. Pero yo no me he olvidado de sobrevivir. He hecho mi hogar en los lugares húmedos y en las tinieblas, en las cañerías oxidadas que no veis. En ese lugar al margen de la sociedad, donde he podido seguir a mis anchas. Quizás porque me conformo con poco: lo que os sobre me servirá. Los restos que dejáis de vuestros cuerpos en el suelo. Caspa. Pelos. Dejadme vuestras fotos antiguas. De esas impresas. Los libros que ya no leéis y se acumulan en vuestras estanterías. Servídmelos en una bandeja de plata, como mi piel. En sacrificio a lo que debería ser Dios, y que yo puedo reemplazar. No os hace falta hoguera de San Juan, me tenéis a mí.
Salgo así de mi escondite en busca de aquello que hayáis olvidado. Otra noche detrás de un pequeño bocado de vuestro pasado. Son las 3 de la madrugada. No es que en realidad sepa qué hora es pero lo digo porque es un dato que seguramente vosotros entenderéis. Recorro el borde de la bañera. No me gusta separarme. Manías adquiridas, así es el cuento de todas las excursiones. Mi cuerpo de lágrima se desliza por los azulejos. Mi objetivo: sobrevivir. ¿Para qué? No lo sé. Pero nunca me lo he preguntado. Quizás esa es la clave: no preguntar. Al final puede que tengáis cosas que aprender de los pececillos de plata, vosotros, seres supuestamente superiores. Por el camino degusto pequeñas partículas que voy encontrándome por el camino. Algunas fueron parte de tu cuerpo, de tu piel. Ahora son parte del mío. El ciclo de la vida. La entropía. Cosas en las que vosotros pensáis y que yo simplemente experimento. Comer. Producir espermatóforos. Seguir adelante con la vida. De eso va este juego. Confiado en mi soledad, me alejo del borde de la bañera. De pronto, todo estalla. Idiota. Los halógenos. La puerta se abre bruscamente. No. No deberías estar aquí. Sorprendido, hago lo que mejor sé hacer. No molestar. Me camuflo con un movimiento rápido en la rendija entre los baldosas. Y espero. Es dura la vida en la rendija. Pero es la única que conozco. No sé cómo funciona mi cabeza, pero al poco tiempo algo me dice que ya puedo huir. Hacia la bañera. Rumbo a la sombra. Lejos del embaldosado. Furtivo, emprendo mi huida desesperada. Corro. Yo no sé nada de ti. No sé que igual tomaste alguna cerveza de más la noche pasada. Y que por eso ahora, de madrugada, te meas. No sé que lo más inteligente es esperar y que así no llamaré tu atención. No sé lo que significa «inteligente». Tampoco es que me importe. Da igual, porque te percatas de mi presencia y ya es demasiado tarde para alcanzar la salvación, es demasiado tarde para escapar, para intentar seguir con el plan (¿qué plan?), y todo acaba cuando una pantufla polvorienta desciende sobre mí.

Epílogo.
Justo antes de morir me digo: la próxima vez será distinto.
No te rías de mí: yo no sabía que habría un después de la vida. Yo no sabía que después no habría nada más. Yo qué iba a saber. 

DNI

martes, 15 de marzo de 2016

Llevo tu foto en mi cartera. Como si fuera una estampita. Como si tú fueras una virgen. 
No la suelo sacar a relucir. Me conformo con saber que está ahí. Por si acaso. 
Es lo más parecido a llevar una pistola cargada. 
Siempre lista para ser disparada. 
Porque sé que si algo se rompe. Si da la mala suerte de que algo importante se jode. 
Sé que puedo recurrir a tu foto de carnet. 
Puedo sacarla de su guarida. 
Contemplarla. Buscando consuelo.
O quizás simplemente por conmiseración propia. Para poder decir: pobrecito de mí.
Es más fácil invocar un recuerdo que crear uno nuevo. 
Y ser Narciso frente a su reflejo. Dispuesto a consumirme contemplándote. 
Contemplando la misma imagen que la policía tiene de ti. 
La foto que abriría todos los telediarios si te convirtieras en terrorista suicida. 
La foto que llevo siempre conmigo. 
Como si fuera una bomba de relojería, haciendo tic-tac en mi bolsillo. 
Esperando el momento para explotar. 

Arbeit macht frei

martes, 23 de febrero de 2016

Los seres humanos no tienen tiempo de mirar al cielo. Su trabajo es aquí y ahora, en la tierra. A ella dedican sus esfuerzos, aquí pasan un día tras otro en aquello que llaman «rutina». Es a ellos a quienes pertenece este momento, la satisfacción de ver cómo el esfuerzo diario opera una transformación en el entorno. Cogen sus herramientas de trabajo y se afanan en utilizarlas. Cada uno se esmera en su oficio, cada uno opera en su pequeña parcela, dentro de este inmenso campo que nos ha sido otorgado por azar. El sudor de sus quehaceres riega el terreno sobre el que clavan sus azadas, el terreno en el que hunden sus palas momentos antes de hacer volar sobre sus cabezas aquellos pedazos de suelo que son arrancados. Hombres y mujeres trabajan, jornada tras jornada, palada tras palada, hasta que se pone el sol y el frío se clava en los huesos. Entonces acuden a sus hogares, duermen en sus cómodas camas y reponen las fuerzas necesarias para poder seguir en su empeño. Así se levantan y vuelven una y otra vez a repetir la bendita rutina que da sentido a sus vidas. ¿Por qué no hacerlo? Así es como llegan sin darse cuenta a la vejez. Un día acaban despertando, sintiéndose quizás demasiado cansados, preguntándose si es que habrá que cambiar el colchón. En cualquier caso, de igual forma acaban por arrastrar sus músculos desgastados hasta el punto en el que han desarrollado su obra. Vuelven a tomar sus herramientas. Pero están tan agotados que apenas pueden continuar con la tarea. Y se rinden. Quizás lloran de desesperanza. Al poco miran con un cansancio eterno al suelo, a su suelo. Y entonces su gesto se vuelve alegre, sus facciones arrugadas sonríen. Los cuerpos fatigados se sienten agradecidos. Y se dejan caer felices. Al parecer alguien se ha tomado la molestia de cavar un enorme agujero en el que descansar. 

Visita al cementerio

domingo, 13 de diciembre de 2015

He estado visitando blogs abandonados como quien visita cementerios. 
He leído las últimas entradas, relucientes como luces de neón sobre la puerta del blog polvoriento, como unos enormes puntos suspensivos que esperan de forma indefinida que alguien siga escribiendo. Pocos son los que acaban con una despedida. Pocos se atreven. La mayor parte se quedan en la frase a medio pronunciar. 
Y ahí están, esperando por toda la eternidad a que los respectivos autores vuelvan a mancillarse las manos en ellos. Esperando a ser continuados.
Estatuas ecuestres cabalgando inmóviles en la noche de los tiempos. 
Lo más terrible de todo es que cuando esas entradas fueron escritas, nadie sabía que serían las últimas. 
El coitus interruptus. El croquis arrugado que descansa en la papelera. 
Su muerte será como la nuestra. Inesperada. Y con el tiempo acabarán como todos nosotros. Olvidados. 
He visitado cementerios y he leído sus lápidas. Sé que llegará el día en que nadie sepa quiénes son las personas que están ahí enterradas. 
Llegará el día en que un antropólogo las desentierre y las mire como objetos de estudio. 
Pero el antropólogo no sabrá nada de las últimas líneas, inacabadas, de las vidas de esos esqueletos. 
Los cráneos vacíos y los servidores de Internet llenos. 
Esperando que alguien escriba una nueva entrada. 
Y yo he sentido en parte el sacrilegio de entrar en esos sitios desolados. He visto la fecha de la última entrada sobre la lápida: 29 de agosto de 2005. He pasado los dedos por las superficies cubiertas de polvo, musgo y telarañas. Debajo de la mugre he encontrado los últimos comentarios, spam sin relación alguna con el contenido. Free hardcore XXX porn. Click here to enlarge your penis. Los he observado como quien contempla grafitis sobre las ruinas de una civilización extinguida. Con tristeza he recorrido las enormes estancias vacías, a medio decorar, escuchando únicamente el eco de mis pasos. 
Después me he dado cuenta. Al ver el espejo al final del pasillo. Al descubrir mi firma estampada en cada uno de aquellos rincones.  
Mis huellas dactilares estaban por todas partes. 
No me había reconocido a mí mismo. Ni siquiera me acordaba de haberlo escrito. 
Horrorizado, mi primer impulso fue derruirlo todo: poner cargas explosivas en los pilares del edificio para que nadie más pudiera contemplar al hijo deforme que había dejado a su suerte. 
Estaba a punto de apretar el detonador. 
Pero me detuve justo a tiempo.
Porque entendí que los pilares de aquellos blogs muertos en realidad estaban en mi pecho. 
Así que decidí dejarlos de nuevo, decidí volver a olvidarlos. Me alejé de ellos. Me adentré en mi casa actual, llena de vida. Me hice un café humeante mientras las gatas dormían. Me puse a escribir en mi blog actual. Titulé la entrada: Visita al cementerio. 
Al publicarla tuve un escalofrío. 
¿Y si esto es lo último que queda de mí?

Mensaje en una botella

sábado, 5 de diciembre de 2015

Ahora mismo estás leyéndome la mente. La escritura es la forma más primitiva de telepatía, pero no por ello deja de ser efectiva. Tú, que estás en otro sitio y en otro momento temporal, eres capaz de escuchar en tu cabeza estas palabras que estoy pensando y plasmando una tarde, mucho antes de que siquiera sepas que este texto existe. Es un método sencillo que ha permitido que los seres humanos hayamos ido acumulando a lo largo de la Historia el conocimiento de millones de personas que han ido pasando por el mundo antes que nosotros. Todos ellos han muerto, pero sus mensajes perduran en los legajos de las bibliotecas, esperando que alguien abra algún que otro tomo polvoriento y entonces se produzca la conexión mágica. Como un disparo a ciegas, las balas de nuestros antepasados esperan que nosotros nos pongamos en su trayectoria para que nos dejen una buena marca. Porque apuntando así, hacia el futuro, es la única forma de escribir. Apuntando y disparando, pero sin saber a quién. Lanzando fogonazos en espera de que alguien (ya sea en un rato, mañana o dentro de un siglo) quede deslumbrado ante el mensaje. 
Visto así, la literatura universal no dejaría de ser una especie de océano en el que flotan millares de mensajes embotellados con la esperanza de que alguien en algún momento se tome la molestia de leerlos. Uno puede decir que es una forma de telepatía un tanto precaria por lo unidireccional de la misma. Porque no hay posibilidad de respuesta. Nadie se para en medio de una página de una novela y le pregunta al autor por qué ese personaje no ha hecho tal cosa o la otra. Porque si así fuera tú ahora podrías interrumpirme y obligarme a explicar, por ejemplo, a qué viene que esté divagando sobre este tema. O puede que quieras que te cuente otra cosa, una historia distinta, un cuento, y yo entonces cambiaría de tema. En ese caso cambiaría de tema en mitad del texto y comenzaría otro párrafo con algo así:
Érase una vez...
Pero incluso si pudieras interrumpirme, si pudieras cambiar lo que yo escribo mientras tú lees; si pudieras cambiar las tornas y decidir quién es en esta relación el sujeto pasivo, quién folla a quién, yo podría negarme a hacerte caso. Podría seguir hablando de cómo lo que somos en gran parte se debe a la transmisión escrita de conocimientos. Sin esa gente que perdió el tiempo en contarnos lo que pensaban o lo que habían descubierto o lo que se habían imaginado, jamás estaríamos viviendo en esta sociedad porque jamás habríamos podido aprender de lo errores de los otros. Estaríamos condenados a repetir nuestras vidas, del mismo modo en el que viven el resto de animales, sin otro progreso más allá de la evolución natural. 
Como ves he decidido seguir escribiendo sobre el mismo tema. Será porque todavía no somos capaces de cambiar este flujo constante, siempre hacia delante; será que tú no puedes cambiar lo que yo escriba. Porque por mucho que lo desees, aunque quieras con todas tus fuerzas que pare de escribir no puedes impedírmelo. Pero por suerte todo tiene solución. 
Siempre puedes parar de leer. 

Perro semihundido

domingo, 9 de agosto de 2015

Tengo un perro llamado Esperanza y, la verdad, hacía mucho tiempo que no lo veía. 

Creo que la última vez fue cuando observé su reflejo en retrovisor, corriendo detrás del coche, como si aquella gasolinera no hubiera sido lo suficientemente buena para él.

O quizás fue cuando le intenté ahogar bajo paladas de tierra, su pelo cobrizo embarrado, su cabeza mirándome como en aquel cuadro de Goya. Y yo en el otro extremo del agujero, arriba, con la pala cargada, palada tras palada, ignorando su quejido silencioso, su mirada incómoda. 

También pudo ser aquella tarde en la que estábamos pasándolo tan bien y yo le tiré un palo para que fuera a buscarlo y, tanto el palo como él, se perdieron entre los árboles y yo gritaba su nombre en vano porque no volvió. No siempre era yo el que acababa abandonando al otro.

Por suerte, al final siempre acaba por volver. Testarudo. Él y yo. Testarudos. Suena el timbre de la puerta, aunque no espero a nadie. Absolutamente a nadie: es mi estado habitual. Abro la puerta y, sobre el felpudo que reza "Welcome", está él. Esperanza. Alguna vez ha vuelto con una carta colgando de la boca. O con una prenda de ropa, algún pequeño gesto que nadie más que él y yo podemos entender. Pero esta vez viene solo. Magullado y malherido, la lengua arrastrando por el suelo. Horrorizado, lo cojo en brazos y lo meto en casa. Le curo las heridas como puedo, le doy agua y comida. Pienso que menuda suerte he tenido, que de esta podría no haber vuelto. Sonrío mientras acaricio su lomo y noto su cuerpo tibio por debajo del pelaje. Pienso que esta vez no dejaré nunca que se vaya de mi lado. 

Quién sabe lo que pensaré mañana. 

La marea

lunes, 3 de agosto de 2015

Es laborioso. Usar la pala y el rastrillo. A veces también las manos. Puñados de arena mojada transportados bajo el sol estival con el simple objetivo de acabar formando parte de esta especie de dique que se erige a pocos centímetros de las olas. La arena se mete entre las uñas y los lengüetazos del sol nos resecan la piel. El trabajo y la marea son un baile constante, por un lado la preparación ante el acontecimiento inevitable y por el otro la parsimonia tediosa de quien sabe que, llegado el momento, con paciencia, acabará por vencer. 
Una pareja pasea por la orilla, los pies lamidos por las olas. Hubo un tiempo en que se creyeron especiales. Hubo un tiempo en que, casi recién besados, retaron a las convenciones sociales y acordaron que no se harían llamar "novios", que si se daba el caso de que alguien les preguntara que qué eran, en lugar del término denostado, responderían: somos imbéciles. Los niños son tenaces en su su trabajo, ignorando al par de jóvenes que circulan a su vera, afanados en mantener a raya el mar, el océano, el tenue efecto de la gravedad de la Luna. A nadie le importa que ellos, finalmente denominados novios, caminen en silencio. A ningún atareado obrero del dique le importa un pepino que el silencio sea tan denso entre los dos cuerpos, que no se pueda desplazar esa masa de vacío bajo el efecto de la brisa marina. Nadie, bajo los destellos del mar, parece fijarse en el tatuaje de Caperucita que lleva ella incrustado en el brazo. Nadie se percata de la curiosa forma de caminar del chico. A los niños lo único que les importa es la ola que se avecina, ahora que sube la marea, la ola que acabará tocando de refilón el borde de la presa, la ola que vendrá poco después, chocando, vertical, con el único objetivo de sobrepasar el dique y arrasar con todo. La ola que siempre acaba por llegar y que, no por esperada, duele menos. Los gritos de rabia se suceden a lo largo del paseo, los novios ausentes del drama externo, preparados para uno más privado. O quizás sin prepararse, porque a veces no sabes que la marea está subiendo y te conformas con tu pequeño dique, tranquilo, disfrutando de la playa y el sol y el salitre. 
El paseo acaba y todo sigue el guión predeterminado, aunque ninguno de los dos se sabe su papel. Los diques borrados por el agua descansan a kilómetros de distancia cuando comienza el acto final. Sinopsis: Caperucita entra en casa de la abuelita buscando al lobo, deseando que el lobo acabe con su sufrimiento, pero el lobo no sabe que él es el lobo y se enamora de la chica, le hace una propuesta que ella puede rechazar y Caperucita, confundida, se deja querer, aunque llega un momento en que se da cuenta de que el lobo no se comporta como tal, de que no devora una mierda, de que parece un triste perro faldero, aunque bien es cierto que, de todos los perros falderos, quizás sea el mejor que ha tenido el gusto de conocer, cosa que Caperucita no estima suficiente, porque ella buscaba un lobo, buscaba libertad, y en realidad se encontró estos tristes grilletes, por lo que la obra finaliza con la ruptura, la separación, las lágrimas y los mocos, porque cuando uno llora mucho moquea, moquea sin parar, y por tanto gasta muchos pañuelos de papel, cuyos fabricantes en parte viven de este tipo de desgracias, y ambos, enfrentados ante un amor tan bonito que merecía un final feliz y que a la postre se lleva este premio de consolación, lloran, pero a pesar de la tristeza se van contentos, porque saben que en realidad ha merecido la pena, saben que al final lo han conseguido. Porque ahora sí que son un par de imbéciles. 

Astronomía matutina

sábado, 27 de junio de 2015

Quisiera estar despierto
al alba todos los días
para ver siempre amanecer.
Pero una cosa son mis sueños
y otra la realidad.
Me despierto cuando debo,
nunca cuando quiero,
las ventanas de mi cueva
no dan al Este,
y nadie a mi alrededor se detiene,
el enjambre no se para
para contemplar
las primeras luces del día.

Quisiera estar despierto
al alba todos los días
para ver siempre amanecer,
pero yo, al igual que el resto,
también me olvido
del cielo abierto,
del sol,
de la luna y las estrellas;
me olvido de todo el firmamento
porque aquí,
en esta ciudad,
no existe el Universo.

Tareas pendientes

miércoles, 10 de junio de 2015

Se nos acumulan las cosas por hacer. Las películas por ver. Las canciones por escuchar. La gente por conocer. Los sitios por visitar. Los juegos por jugar. Los libros por leer. Los libros por escribir.
La ansiedad de las tareas pendientes. La ficción de creer que somos capaces de acabarlo todo. Capaces de llegar a todas las metas. Capaces de llegar al borde del infinito y decir: ¿eso es todo?
Las noches de insomnio pensando en que no nos va a dar tiempo. La vida entendida como una cadena de montaje en la que el producto final nunca llega porque siempre hay algo más que añadirle. 
Nuestra parálisis ante la vida se titula: Tenemos tanto por vivir. 
Hay listas de cosas que hacer bastante sencillas, como por ejemplo: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Pero mejor será que nunca caigas en la trampa: la gente suele empezar por lo de tener un hijo y después ya no consiguen hacer nada más. 
Hay listas, muchas listas. Ninguna es obligatoria. No hay libro que haya que leer. No hay libro que escribir, ni cuadro que pintar, ni canción que componer. No hay vida que haya que vivir. 
Porque si quieres puedes quemar las listas de tareas pendientes. A fin de cuentas tú serás el único testigo, abogado, juez y fiscal. Puedes entonar un incómodo mea culpa delante del espejo, golpeando el puño contra el pecho y recitando que abandonas, que te rindes. Que esto no está hecho para ti. Que a ti te gusta más quedarte tirado en el sofá mirando al techo o a la tele o la nada, tanto da. Que prefieres no hacer nada de provecho mientras te torturas pensando que no estás aprovechando el tiempo: entendiendo el tiempo como algo que hay que exprimir y triturar y machacar y de lo que no se puede dejar escapar ni una mísera gota; el tiempo como dimensión física de la frustración. Que consideras mejor no hacer nada que hacer algo por obligación
Así que cuando pienses que se nos acumulan las cosas por hacer, recuérdalo. No hay nada obligatorio que tengas que hacer. Ni siquiera vivir. A mí me quita un peso de encima.

 
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