jueves, 13 de noviembre de 2008

Un abrazo

Recuerdo mi cabeza cayendo a plomo sobre aquel hombro. Igual que un ciervo abatido por un disparo de escopeta. Los brazos lanzados en una presa contra el torso ajeno, exprimiéndolo hasta el dolor, los brazos contrarios encontrando descanso en mi espalda. Una posesión mutua y ficticia. Siguió una brisa cálida en la oreja impregnada de sílabas que se desmembraban dentro, que se deshacían en un temblor de tímpano buscando un significado. Y el olor. La mezcla del perfume y el sudor atravesando la piel, la suave piel que se encontraba tan cercana, tan acogedora, esa piel con la que he soñado hasta el insomnio. Por debajo de aquello vibraban los latidos que golpeaban mi cuerpo como un tambor vivo. Y era todo tan frágil, tan fácil de destruir, que daba miedo. Eso lo hacía más necesario; lo hacía mortal y nos hacía mortales. Y no importaba el lugar ni el momento, ni siquiera la precisión de su pelo resbalando por la mejilla o la respiración sobre los omóplatos; en ese momento no pertenecíamos a los ojos abiertos o entrecerrados, expuestos por cada lado a un vacío, excluyendo a la vista del juego de los cuerpos enfrentados, dos visiones opuestas del cuarto, dos visiones inútiles: sólo existía el peso del cuerpo contra el cuerpo, como un arco gótico sosteniendo toda la habitación. Una imagen en espejo. Un espejo contra otro espejo. Una suma en la cual el resultado es igual a cero.
Después, la separación, aire, los ojos que se encuentran de frente: la realidad descubierta a traición. Sentí una nostalgia inmediata. Como me ocurre con todas las cosas que merecen la pena.

martes, 11 de noviembre de 2008

Fácil

Soy un chico fácil. Para contentarme basta con un folio en blanco y un bolígrafo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Bancarrota

He vuelto a usar el teléfono. He llamado a mi pasado.
Pero nadie contestó al otro lado.
Aunque quizás ya no haya otro lado.
He ordenado mi cuarto. He guardado todo.
Ayer te escuché llorar en el cajón.
Pero no estabas allí.
Sólo estaba tu llanto.
Luego interrogué al espejo.
Y nadie se reflejaba.
Sólo encontré mi sombra.
Intenté denunciarlo.
Pero había perdido las palabras.
Como si alguien me lo estuviera embargando todo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Bibliofobia

Mi relación con los libros empezó a complicarse cuando compré aquel ejemplar del Quijote: una edición nueva y atractiva, lejos, muy lejos, de los apestosos tochos ilustrados con grabados que se veían antaño pulular por cualquier casa. Todo iba bien, la cosa tenía buena pinta, etcétera, y nada me hacía sospechar lo que iba a pasar, hasta que, según me acercaba a casa, con el libro en la bolsa de la librería, comencé a darme cuenta de un progresivo aumento del peso que transportaba rumbo a mi hogar. No un peso real, claro, se entiende que aquella bolsa, ante el veredicto de una báscula imparcial, no habría variado de peso desde la librería hasta el portal de casa, eso es imposible si el contenido era el mismo, siempre el mismo, aquel ejemplar del Quijote cuya masa era siempre la misma, antes, después, ahora, así pues se trataba de un peso imaginado o, mejor dicho, invisible. Sea como sea, el caso es que aquello acabó por obligarme a parar de camino, posando con desidia la bolsa insoportable en la acera, mirando incrédulo su forma, su color, su insolencia desde el suelo. Reconozco que un poco ridículo sí que era todo aquello, un hombre mirando una bolsa con un Quijote en medio de la calle, un hombre ridículo en una acera ridícula mirando una bolsa ridícula. La vergüenza que me provocaba aquella situación fue mayor que el cansancio y, no sin gran esfuerzo, conseguí arrastrar la dichosa bolsa hasta mi piso. Allí saqué el libro de su medio de transporte y lo puse en la estantería, haciendo para lograrlo un esfuerzo hercúleo que me dejó agujetas durante todo el día siguiente. Desde aquel suceso, como dije, mi relación los libros fue trastocada por completo. Obviamente jamás pude llegar a leer el Quijote, el cual fue aumentando su masa de tal forma que incluso llegó a tener fuerza gravitatoria propia, lo cual hacía realmente difícil pasar cerca de la estantería, no quiero decir siquiera intentar cogerlo. Ahora recelo siempre antes de decidirme a comprar un libro y, cuando lo hago, lo coloco en un lugar solitario de la casa y así desde un lugar seguro observo sus cambios o su falta de cambios, lo que sea, durante los días, semanas, meses siguientes, hasta que por fin tengo la confianza necesaria como para atreverme a cogerlo y abrirlo, leer la dedicatoria de la primera página, algo así como "A mi mujer, Fulanita", y ahí todo se vuelve insostenible, algo se rompe y cruje, algo me excluye instantáneamente, me escupe hacia fuera y entonces no puedo seguir, no puedo seguir leyendo más y cierro el libro contra mí, como un volcán chocando contra el suelo.

martes, 4 de noviembre de 2008

domingo, 2 de noviembre de 2008

Catabolismo

He encallado en esta habitación. La cerveza me ha rechazado y me ha abandonado a solas en esta penumbra constituida de humo y de noche. A quién le puede interesar este silencio, esta muerte coagulada, esta depresión en los zapatos. La gente no busca esto, la gente prefiere el ruido, la distracción, la gente elige olvidar. A veces me siento como Pessoa escribiendo un poema. Devastado. Desolado. Derruido. Es entonces cuando enciendo otro cigarrillo. Pero la luz que me ofrece es insuficiente, perecedera, y es penosa esta soledad, esta oscuridad que me penetra y me llena y luego no hay nada más. Ahora mi alma es una mina a cielo abierto, un grano supurando, una grieta que se ensancha, que se ensancha. Mi alma sangra en este asiento y su sangre es transparente. Nadie lo ve. Nadie lo grita. ¡Dios mío, este alma está sangrando! Se desparrama por las paredes. Nadie lo ve. Suele ser mejor así. Mi cuerpo se hunde más y acabo por no tener corazón, tripas, huesos, no tengo nada, y entonces aquí no existe eso que llamáis cuerpo. Ya no puedo moverme. Así que opto por huir con el humo de una última, de una póstuma, calada. Y ya no soy. Apago el cigarrillo y me escribo a mí mismo una carta que nadie leerá. Me recuerdo que la tragedia no es la muerte. La verdadera tragedia es el porqué. Punto. Firmo atentamente, y no hay sobre, no hay sello, sé que no va a llegar. No me importa. No tiene que llegar.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Herencia

La gente siempre muere antes de tiempo.
Dejando como única herencia obras inacabadas.
Llenando los cementerios de bocetos arrugados.
Como si nadie supiera escribir un buen final.

viernes, 24 de octubre de 2008

Apocalipsis

Empezaba en un coche. Chocando frontalmente contra otro coche conducido por la misma persona, y después la antimateria, el olor a chorizo ahumado, las cucarachas huyen de mi piso rumbo a las cloacas, la oscuridad, los gritos, el silencio, sales del cuarto semidesnuda y me abrazas asustada, me das el último beso como en las despedidas de verdad, sabe a poco pero comienzan a aparecer las grietas de las paredes, un hilillo de baba cuelga de tu labio, te lo retiro con el índice, escombros en la puerta del hall, va a ser difícil salir de aquí, revientan las cañerías y el agua invade, inunda, crece, y después se contrae, nos contraemos, miro alrededor y estás ahí llorando, yo también estoy llorando y me doy cuenta de que es la hora de que suene el despertador, quizás lo haga ahora que alargas tu brazo hacia mí antes de lo definitivo, quizás despierte ahora que es (eres) posible, y entonces tendré que madrugar, ir a clase, sonreír, estar lejos de ti: todas esas pequeñas miserias hechas realidad.

lunes, 20 de octubre de 2008

Psicoanálisis

A Freud le gustaba que le chuparan el ello.

domingo, 19 de octubre de 2008

Windows 3.11

"Y dijo el ratón: ábrase la ventana. Y la ventana se abrió."
(Windows; capítulo 3, versículo 11)