sábado, 1 de mayo de 2010

El desorden de D.B.

Hoy, Don Borrón se ha olvidado de que no tiene nada que hacer. Así que se despierta, se pone de pie en medio de su cuarto, y se limita a observar una estancia que contiene (en el más amplio sentido del verbo contener) su desorden, el desorden de D.B., evitando que éste se extienda por debajo del quicio de la puerta, llegue al pasillo, ocupe el salón, las esquinas del baño, y después siga en su avance, rebosando por las ventanas, el desorden como unas cascadas que saltan a la acera, que se cuelan por las alcantarillas, y después se extiende por las estaciones de metro, afecta a la recogida de basuras, a los horarios de los comercios, de los buses, a los relojes, y cada persona llega a horas distintas a su destino, esperan o no, comen a destiempo cantidades al azar, evitando los lugares apropiados o buscándolos sin que estos aparezcan porque no están en su sitio, y el desorden sale a las afueras de la ciudad, trastocando las comunicaciones terrestres y aéreas, las fuentes de abastecimiento energético, molinos de viento en centrales nucleares, cables de la luz mezclados con las líneas de teléfono, gente que muere electrocutada al llamar a sus parientes, las bases militares también se desordenan y empieza un golpe de estado dentro de un trozo del estado, pero no manda quien debería, así que nadie sabe contra quién hay que levantarse, contra quién hay que claudicar o lo que se suponga que haya que hacer, los tanques llegan a la hora que les da la gana y cada uno a lugares distintos, con lo que hay algunos disparos como mucho por casualidad, y la clase dirigente no se entera por culpa del desorden, por lo que en los periódicos, que ya no se sabe de qué día son, no se dice nada al respecto y se habla de cosas que le han sucedido a los respectivos periodistas, titulares como: Última hora. A mi madre hoy se le ha olvidado tomar las pastillas, y la gente se informa de algo que no es importante (como si algo lo fuera antes de todo esto, vaya) o recorta los periódicos y los deja abandonados por las calles, junto a montones de fajos de billetes que ya no tienen valor, debido a la caída del valor del euro, o la caída de los mercados, que ahora no están a la altura, están a ras de suelo, se han vuelto físicos y gravitatorios, y por eso la gente lanza aviones de papel hechos con billetes por las ventanas, mientras alguien llora desesperadamente en una oficina bancaria y las doncellas recogen sus lágrimas en cacerolas de cocina.

lunes, 5 de abril de 2010

Turismo

Labios y lengua versus labios y lengua ajenos, manos bailan sobre cuerpos, dibujan mariposas mutiladas sobre la piel, alas y polvo que resbala con ropa, deslizan y caen, cogen un bus hacia el centro histórico, suaves al suelo, prendas apelotonadas, inútiles resisten las últimas, manos cruzan trincheras a través de los últimos reductos textiles, manos atrapan monumentos en cuerpos contrarios, exprimen objetivos, relojes de arena sin dar la vuelta, pelos de punta, lenguas escapan libres lamen polvo lamen piel lamen crisálidas, paisajes naturales describen torpe trayecto de ida y vuelta, sujetador se rinde, aire sonorizado, castillos de naipes tiemblan, conocer otra ciudad, sudar, sacar fotografías, gemir, un pene eyacula, comprar un souvenir: alguien que me quiere mucho me trajo este texto de León.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Transcripción de un sueño

Cuando todo se fue a la mierda nos encontrábamos en una gasolinera. Ya saben, cuando la nada ocupó la ciudad. Como ustedes seguramente sepan, la naturaleza tiene horror al vacío, por lo que la nada no tenía mucho que ver con la ausencia o con la falta de, tampoco era un agujero sin más, era un agujero siempre relleno, relleno de manera aleatoria, de aquello que había desaparecido. Entonces, dirán ustedes, cómo puedes estar tan seguro de que aquello era la nada y no un simple desorden, una trasposición de calles, una ruleta rusa geográfica y nada más. Pues bien, yo lo vi todo: en aquel momento que decidí salir de la gasolinera (que estaba bastante céntrica y tenía un buen restaurante) hacia la calle donde había aparcado el coche (en el que había dejado algo que me parecía importante por aquel entonces), tenía que llegar casi hasta la rotonda, en la calle Tal y Cual, a unos cinco minutos andando de la gasolinera, pero según empecé a alejarme de ella se me desmoronó la visión, apareció el espacio en blanco, la vacuidad más absoluta y un silencio que me destrozaba los oídos, que me decía (¡el silencio!) que corriera de vuelta a la gasolinera. Me costaba respirar aquel terror, los ojos se me volvieron superfluos, giré y eché a correr como pude (porque no es fácil correr sobre algo que ya no existe), y según me acercaba a la gasolinera todo volvía a reconstruirse, los coches, la gente mirando aterrada por las ventanas del restaurante, los gritos, miré hacia atrás y la calle había vuelto, como un espejismo.
Yo estaba empecinado en volver a mi coche, pues aquello que quería recuperar tenía suma importancia, pero la gente se había encerrado en el restaurante de la gasolinera y se negaba a salir, porque vete a saber qué podía suceder, y además aquí tenemos comida, siempre que no se pierda el camión repartidor, unas veces llegaba uno, otras ninguno, y a veces cinco a la vez. Furioso, cogí a alguien que ya no recuerdo, creo que era un amigo mío, por las solapas de la ropa que llevara puesta en ese momento y le convencí para que me acompañara. Se unió más gente, seríamos unos seis. Salimos de la gasolinera y todo se trastornaba, nosotros también. Pongamos que éramos seis, que tres íbamos delante y otros tres iban siguiéndonos, y que las tres ancianas que nos seguían me gritaban que fuéramos más despacio, que nos veían en el cielo, y yo les gritaba que sólo era un espejismo de la nada, que nosotros las veíamos en el suelo, esperamos hasta que al final nos alcanzaron y advertí, sorprendido, que en realidad me seguían cinco ancianas, o acaso éramos todas ancianas, seis reumáticas viejas, doloridas, en una calle de la que no se veía el final, sin mapa, buscando un coche que ya no era mío, que a saber si seguía en para coger cosas que no saber, y nos romper trozos hasta que otra calle soledad, no os conozco, confusión, confusión, olvido.

domingo, 14 de marzo de 2010

Ellos nunca lo harían

Por aquella época no leía: me tragaba los libros. Eso implicaba aceptar la resaca de la lectura, el sabor a celulosa y a tinta pegado en el paladar, el dolor estomacal que no cedía por mucho bicarbonato que uno se tomase, y con ello apareció el mal carácter que se le pone a uno cuando está enfermo, que es como un odio sordo hacia todo aquello que está sano, impoluto, una nausea contra la salud, mi pequeña revolución de leprosería.

Después empecé a vomitar, sólo pensar en literatura me daba arcadas, y el único efecto que se produjo, a fin de cuentas, era un collage con todas aquellas páginas empapadas en jugo gástrico, una suerte de plagio desordenado de todo aquello previamente ingerido. Vomitaba por todas partes. A veces surgía en la ducha, en forma de cuento que salía a borbotones y resbalaba por mi piel hacia el desagüe, y yo lo recogía, lo abrazaba contra mi pecho, lo secaba y le ponía un título. Seguidamente lo exhibía entre mis amistades y familiares (los cuales lo miraban con una mezcla de asombro y espanto), lo sacaba de paseo, con la correa bien atada entre párrafo y párrafo. Los demás dueños de cuentos nos miraban con desprecio, decían: vaya ejemplar más pretencioso, y se dedicaban a ignorarme, me decían con sorna que lo presentara a concurso. Pero yo me negaba, les explicaba, quizás por excusa para no parecer un miedica, que nunca he creído en la belleza facticia de los concursos de cuentos, en el peinado meticuloso del cuento, en echarle el perfume adecuado, en hacer que sortee los obstáculos con elegancia. Yo no modificaba mis cuentos, según salían, así los dejaba: monstruosos, deformes, abigarrados. En verdad, ¿quién era yo para modificar lo que salía de mis intestinos? Así que, en parte porque era consciente de las taras de mi producción biliar, me limitaba a recogerlos y a amontonarlos, de manera un tanto anárquica, y les quitaba el polvo y les daba de comer. De esa manera logré juntar suficientes como para hacer un volumen, un museo de los horrores lo suficientemente grande como para encuadernarlo y abandonarlo en cualquier estantería ajena. Cogí el coche y, en el baño de una gasolinera de las afueras, los dejé a la buena de Dios.

Ese fue el primero de una lista de abandonos que se hace cada vez más grande. Pero ahora sé que los cuentos abandonados aullan por la noche, o acaso sueño yo que aullan, y el caso es que me despierto y acabo mirando por la ventana preocupado, ojeroso. De esta guisa pienso en recuperarlos y pedirles disculpas personalmente. Pienso en las decenas, cientos de obras cabreadas que he ido abandonando con el paso del tiempo en los rincones más recónditos y tenebrosos: novelas inacabadas enterradas en medio de la pila de originales de un editor demasiado ocupado, impresos y fotocopias de hojas sueltas, de poemas, ensayos sobre la metafísica occidental, cartas de amor en el cajón de alguna chica desafortunada, cartas al director en el contenedor de reciclaje, frases ingeniosas dentro de aviones de papel que reposan en el suelo de una cafetería, aviones que alguien recoge y que, por curiosidad, o no se sabe bien por qué, ese alguien deshace en sus pliegues básicos, estira y después lee, lee aterrorizado, justo antes de gritar.

martes, 9 de marzo de 2010

Sobre el método inductivo

Al principio yo sólo sabía que el mundo era líquido. Un flotar en la oscuridad y agua, agua salada o dulce, agua como un mar, agua en los pulmones, empapando cada milímetro, ahogando y siendo la única posibilidad, el non plus ultra rígido de estas paredes y este cubículo, mi zulo, el mundo, y no era la falta de luz o la falta de aire, porque no eran opciones a tener en cuenta, era la presencia de fluidos acuosos, vastísimos, allá donde fuera, imposible separarse uno de ellos, era la presencia de oscuridad, la ignorancia de la luz. Luego todo se precipitó y se me presentó el mundo violento, el mundo de la interacción, del aire invadiendo y extirpando todo líquido de mis pulmones, reduciéndolo a la mínima expresión, acorralándolo, y la luz, la puta luz, prendiendo las retinas como pólvora, y el mundo fue paredes blancas, espacios más grandes, barrotes de cuna, caras que se abalanzan sobre ti, dedos que te roban la nariz, el mundo es miedo y ahora no reconozco la oscuridad, sólo es un borrón negro que no es amigo, ahora el agua ha pasado a ser algo meramente restringido a los biberones, los vasos, recipientes que la contienen y retienen, la bañera me pone melancólico y juego a ahogarme y salpico a Eva y a Adán, salpico a toda la creación divina y a los azulejos del baño como un animal liberado, y el mundo parece agrandarse, se expande a la luz del sol y al son del cochecito que rueda sobre las aceras y yo ya no comprendo nada. Después corro por el parque, me lleno las manos de arena, me lleno la boca de arena y toso arena y echo de menos el agua del amnios, mientras me aprendo que el mundo también es egoísmo e insultos, yo voy primero, tonto, raspones en las rodillas, esclavitud de pupitre, horarios, deberes, vacaciones aburridas y fiestas de cumpleaños con coca-cola sin cafeína. Aprendo lo que es estar enfermo, tener dolor, tener fiebre, me aprendo que soy vulnerable, que todo el mundo es vulnerable, aprendo que un abuelo puede morir, aprendo la muerte, aprendo el miedo a morir. Aprendo pero sigo sin entender. Así que me limito a expandir las fronteras del mundo, calles, ciudad, provincia, país, continente, agua salada alrededor, universo. Eso lo saco de un libro, porque nunca he visto el universo. La verdad me da igual: ahora sé que puedo opinar de lo que sea sin haberlo visto. Hablo de Jesucristo mientras me salen granos y sufro la adolescencia. Hablo de penes y de tetas. El mundo me abre nuevas posibilidades exploratorias en mi propio cuerpo, me abre los diques, los poros y los folículos. Y yo me mantengo en mi esclavitud de horarios y deberes, rutina, pero sabiendo que en cualquier momento puede estallar: he visto a compañeros de clase hundirse en el lodo de la desidia. Al tiempo descubro las barras de bar, el mundo ahora también existe de noche, sobre todo de noche, los vómitos inducidos, la sensación de inestabilidad, el mundo puede pasar a ser un lugar tembloroso con sólo ingerir una copa de más, las posibilidades de realidades alternativas se expanden, libros, cine, alcohol: la visión se convierte en algo primordial, las gafas se hacen perennes sobre la nariz, los errores toman constancia en el tiempo: el mundo se convierte en una mierda en todas sus versiones, la vida no vale la pena, que os den por culo a todos, me odio a mí mismo. Entonces el mundo era una enorme resaca, de la cual desperté ya licenciado, buscando trabajo, prostituyéndome por sobrevivir, el mundo es dinero, hipotecas, crisis económica, crisis sentimental, ciclos, el mundo es un cuadro abstracto, una gráfica del IBEX 35, el mundo es Darwin diciéndome que acabe con todos, que tengo que ser el ejemplar superior, que tengo que procrear, casarme, divorciarme, casarme con otra, dejar progenie, amamantarlos con dinero, enseñarles lo que en realidad es el mundo, recordar que me muero, ver cómo los demás se mueren, acortar el tamaño de las calles, dejar los desplazamientos largos para los más jóvenes, yo con ir a la panadería me basta, me duelen las articulaciones, un bastón, otro, una silla de ruedas, el mundo se reduce, se acorta a una cama, unas sábanas, paredes blancas, barrotes de cuna, pañales, una gráfica de electrocardiograma, y vuelve la oscuridad, es un cubículo, un zulo hecho de madera, y tierra sobre ella, mucha tierra sobre ella.

jueves, 25 de febrero de 2010

El axioma del gusano

Unas veces uno tiene que establecerse para poder observar todo con la perspectiva que otorga el punto fijo, seguir las coordenadas y juzgar si algo está cerca o está lejos, con el fin de que haya cierta estabilidad, cierta coherencia en el monólogo. Plantar la bandera y decir: esta es la capital, mi capital. Todo lo que se aleje no me pertenece. Construir todo desde este axioma.
Pero otras veces uno tiene que desubicarse, hay que ponerse en movimiento y perder la perspectiva, ser humo, riadas, un ciclón que barre un hemisferio, y así empezar a hablar como un niño pequeño, tener miedo como un niño pequeño: mamá, algo puede suceder, algo puede decapitarnos, algo puede destruirnos, sí, algo, pero, ¿el qué? No hay respuesta ahora que estamos en medio de este cambio relativista, todo se agita y se corre el riesgo de marearse y vomitar. Bien, pues, en ese caso, ¡vomitemos! Ahora que hemos perdido la capital, un renacimiento se avecina. Estamos en medio de una revolución como un suicidio, lo cual, al fin y al cabo, es en lo que consisten las revoluciones de una sola persona: en suicidarse. Yo, tú y el cambio, la metamorfosis, una bandera dentro de una crisálida, adiós a la vieja perspectiva, la mecánica relativista acepta que yo te vea más cerca porque tú te mueves, aunque en realidad el que se mueve soy yo, o somos los dos, al encuentro de un nuevo eje de coordenadas, uno que parta de todos aquellos puntos en los que nos encontramos, que contactamos, que se superponen, x y z, la fuerza del rozamiento, una nueva teoría cuántica. La pupa en la que nos hemos encerrado. La pupa en donde muere el gusano de seda. Nuestra crisálida. El lugar del que, aunque todos lo den por supuesto, nadie ha dicho que vaya a salir una mariposa.

martes, 23 de febrero de 2010

Herencia

Habían pasado muchos años desde la última vez que cogí prestado un libro en la biblioteca, por lo que tuve que renovar mi carné y estuve un buen rato perdido por sus estanterías hasta que logré localizar la sección de novela. Se me había acabado la herencia que me dejó mi padre al fallecer y ya no podía seguir degustando libros a golpe de cartera, asaltando librerías, una tras otra, billetes, monedas, tarjetas de crédito desfilaban rápido por entre los dedos y yo volvía a casa con nuevas capturas, libros recién editados, estrenos, reediciones de clásicos, todo aquello bien brillante, todo aquel síndrome de Diógenes literario que estaba a punto de sepultarme bajo toneladas de papel impreso. Pero sólo estuvo a punto. Hasta que se me acabó la guita.

Y ahí estaba yo, me había decidido por un ejemplar de Proust no muy maltratado por el manoseo público y el paso de los años, y avanzaba triunfante hacia el mostrador. Dejé el libro en la mesa, enseñé mi carné nuevo y el tipo que me atendió frunció el ceño mirando la pantalla del ordenador:
—Tiene una multa de varios años hasta que no devuelva el libro que tiene en préstamo.
—¿Perdón? Eso es imposible.
—Aquí figura que heredó un préstamo de su padre a causa de su fallecimiento.
—¿Cómo? —noticias nuevas.
—Su padre tenía en su haber un libro de esta biblioteca en el momento de su muerte, por lo que usted heredó, como primogénito todavía vivo, el préstamo y lo que ello conlleva.
—Pero, entonces, eso pasó hace seis años y pico...
—Por eso tiene una multa de dimensiones extraordinarias y no puedo permitirle llevarse ese libro hasta que devuelva el que su padre cogió.
—Pero si no sé dónde está ese libro, ¡ni siquiera sé qué libro es!
—Es una edición antigua de Alicia en el país de las maravillas —me contestó mirando a la pantalla.
Suspiré. Dejé a Proust en la mesa de la entrada y me fui de allí mascullando qué sé yo: tenía ganas de matar a mi padre, lo cual era, por otro lado, imposible.

Al día siguiente fui a ver a mi madre. La pobre no está muy bien de la vista y cuando aparecí por casa (tengo una copia de las llaves de su casa, por si algún día le pasara algo), levantó el bastón contra mí y gritó que me fuera antes de que llamara a la policía. Soy yo, mamá. Oh, perdona, no te había reconocido con ese abrigo, no es el de siempre. Sí que lo es, mamá.

Mi madre no tenía ni idea de lo del libro pero me dejó buscar a placer por todo el piso. Mientras repasaba una estantería en la que no había más que enciclopedias y atlas me paré a pensar en que la herencia de mi padre me permitió comprar todos los libros que quise durante seis años pero, paradójicamente, me iba a impedir sacar ni un solo libro de la biblioteca. En cierto momento se me cayó un trofeo, que estaba hábilmente puesto delante de una biografía de Juan Carlos I, sobre el pie. Mientras me cagaba en la puta de oros y me agachaba para recoger aquello (el trofeo y los trozos que quedaran de mi pie dolorido), mi mirada pasó por una hoja que sobresalía entre dos novelas policíacas de poca monta. Era un sobre que ponía, sorprendentemente: Para Mi Nombre. Cuando digo Mi Nombre me refiero a que estaba escrito mi nombre, pero por razones de privacidad prefiero omitirlo de mi relato, que, a fin de cuentas, es lo que importa. Lo abrí y allí, en aquella vieja conocida caligrafía paterna, se me decía, entre otras cosas, que a buenas horas mangas verdes, que si quería conseguir el libro él había mandado que lo enterrasen con él, que parece mentira que yo sea su hijo y que no me haya dado cuenta de que antes de cerrar el ataúd estaba el libro con él y después se despedía mofándose un poco más de mí. El muy cabrón parece que hubiera escrito eso después de morir.

Me despedí de mi madre, no sin antes coger un trozo del pastel que tenía en el frigo, y, mientras volvía a mi casa, me preguntaba no sólo qué clase de maquiavélica mente tenía mi padre sino también si realmente cogía libros en la biblioteca, no ya para leerlos, sino, simple y llanamente, para joderme, sólo para joderme.

Comprobé su última voluntad y, efectivamente, allí figuraba que quería ser enterrado con aquel libro que estuviera leyendo en ese momento. Por supuesto, mi madre no se acordaría, la pobre, pero ya me lo imagino yo: en su mesilla de noche tendría prudentemente siempre un libro de la biblioteca, como si lo estuviera viendo. Bueno, si quería jugar a esto, jugaremos, dije en voz alta.

Así que aquí estoy, colándome a hurtadillas esta noche en el mausoleo familiar, como un ratero de mala muerte, como una miserable rata, avanzo entre las lápidas del cementerio con un pico y una pala, como un puto necrofílico, joder, qué asco, abro la puerta del mausoleo y pienso en que podría ser una gran broma, que puede haber un montón de gente esperándome para decirme que es una cámara oculta, una fiesta sorpresa, que ahí detrás puede estar mi padre fumando un cigarrillo con toda la calma del mundo, sentado encima de su propia tumba dispuesto a echarse a reír, a mearse de risa sobre su propia tumba al verme entrar como un minero acojonado en busca de un libro de mierda, pero entro y no hay más que frío y silencio, y ahí está la lápida: Su Nombre y Apellidos (Año De Nacimiento - Año De Defunción). No cabe duda, es mi padre o lo que queda de él lo que está ahí dentro y empiezo a picar, me tiro un buen rato, no sé cuánto, no llevo reloj, hasta que veo el inicio del ataúd, su madera, ya agrietada y que no tiene nada que ver con aquel día del funeral, el olor es pestilente, huele a cerrado y a podredumbre, pero lo soporto y meto la mano, y allí, entre restos de carne digerida, algún nematodo que se desliza, o un hueso que se dibuja a través de la tela del traje, encuentro algo que parece un libro, que puede ser un libro al tacto, y estiro el brazo todo lo que puedo, y logro sacarlo. En la primera página, a mano, está escrito: para que reconstruyas mi ataúd, pedazo de idiota. No es Alicia en el país de las maravillas. Es un libro sobre ebanistería.

Agnosticismo

Todo el mundo se soprendió al descubrir que en la caja de Schrödinger no había ningún gato encerrado: lo que estaba dentro de la caja era Dios.

domingo, 21 de febrero de 2010

Extinción

El 28 de diciembre yo estaba fumando en la puerta del hospital porque había ido a ver qué tal estaba Miguel después de su intervención de la hernia. El tipo que estaba a mi lado, traje gris, corbata roja, tiró al suelo con rabia su mechero de color azul y me dijo: perdona, ¿tienes fuego? Es que se me acaba de terminar mi mechero. Yo saqué el que llevaba en ese momento, un mechero de publicidad de un bareto de mala muerte, se lo tendí y él intentó encenderlo pero me dijo que tampoco iba, que muchas gracias, que ya se lo pediría a otro. Pero a ninguno de los que estábamos allí nos funcionó el mechero desde ese momento. Así que el tipo tuvo que encender el cigarrillo con la brasa de un congénere cancerígeno ajeno. No le dí la menor importancia a aquello y me fui a casa, sabiendo que Miguel evolucionaba favorablemente y todo eso. Al llegar a casa encendí el televisor e interrumpieron la emisión de un programa de la prensa rosa para dar pase a un avance informativo. Un extraño fenómeno ha empezado a acontecer por todo el mundo, dijo la presentadora, al parecer los mecheros se han extinguido. Por si acaso se trataba de una inocentada, cogí el mechero que tenía de repuesto en la cocina y era cierto: tampoco funcionaba, unas chispas que acababan en nada. Volví a la televisión: de causas desconocidas por el momento, les mantendremos informados. Apagué la tele, salí a la calle hacia el estanco. La gente se agolpaba gritando por un mechero, sólo un mechero, que funcionara. El estanquero mandaba mantener la calma mientras un grupo de chicos se pasaban un cigarrillo encendido para poder mantener el hábito tabáquico a pesar de la bancarrota mecheril. Alguien empezó a tirar piedras, y otros respondieron, unos cuantos coches acabaron destrozados a pedradas. Me fui de allí antes de que alguien me abriera la cabeza para cachearme en busca de un mechero que funcionase. Por el camino me encontré con Susana, que estaba radiante de felicidad. ¿Te has enterado?, me dijo, con esto seguro que se os acaba la tontería esa de fumar. Un tipo cabreado, que pasaba a su lado, empezó a gritarla, le dijo: puta talibán de los cojones. Yo la agarré del brazo antes de que la cosa se pusiera (aún más) fea y nos fuimos de allí, a mi casa. Encendí el televisor de nuevo, el rey estaba llamando a la calma al pueblo, asegurando que la situación se arreglaría en poco tiempo. Luego la señal de la antena se cortó y empecé a escuchar gritos por la ventana. Susana ya no parecía estar tan contenta. Cuando la señal de la tele volvió, apareció el presidente de un club de fumadores, o algo así, asegurando que como la situación se mantuviera no tendría más remedio que declarar la guerra civil. ¿Contra quién?, pensé yo. Susana me dijo: estoy asustada. Y no era para menos, tras la extinción de los mecheros se avecinaba la cruzada por el tabaco. Miles de muertos por el camino. Millones de heridos. Y el mundo entero al borde del apocalipsis.

Pero yo todavía no entiendo por qué coño nadie se acordó de las cerillas.

sábado, 6 de febrero de 2010

Guerra postal

Cualquier día puedo abrir el buzón de mi casa para comprobar que siguen llegando los recibos y faltando las cartas de amor y recibir tu declaración de guerra. Eso convierte algo tan aburrido y rutinario como el hecho de girar una llave en su cerradura, una llave ridícula por lo demás, en un acto peligroso, tan peligroso que se puede pronunciar silabeando: pe-li-gro-so. Debajo de la factura de la luz y de un panfleto publicitario, aparecerá un paquete manuscrito con mi nombre y dirección, un par de sellos ordinarios disfrazando algo que se encuentra totalmente fuera del status quo de mi buzón. Por si acaso, ya he empezado a entrenar a mi ejército de neuronas. Las tengo estudiando todos los insultos que existen en el idioma español. Después irán los demás idiomas. Cuando tenga en mis manos la lista definitiva, la encerraré en un sobre que te enviaré, con el objetivo de formalizar nuestras posturas, así, con la boca bien abierta y vociferando, perros de presa por correo. Luego vendrán las cartas-bomba, las esporas de Bacillus anthracis, las portadas en los periódicos, los daños colaterales, las trincheras y el teléfono rojo, con el que te llamaré para quedar a tomar café y solucionar todo este entuerto, pero ya sé que te negarás, porque siempre fuiste más de relaciones a distancia.
Aunque, si te digo la verdad, a mí esto de invadirte desde casa también me parece más cómodo.