viernes, 18 de mayo de 2012

Miedica

Tengo miedo a la muerte porque nunca he estado allí.
Para superarlo, algún día escribiré un libro muy gordo en el que todos los personajes estén muertos. El argumento será una mierda. ¿O qué esperabas? Los muertos ni hablan, ni se mueven. Sólo se pudren.
Algún día yo estaré muerto. Pero nadie escribirá un libro sobre mí: la historia de un hombre del montón que se acabó muriendo. Es demasiado vulgar. En el futuro sólo se escribirán libros que se puedan vender. En realidad, en el futuro sólo existirán cosas que se puedan vender. Y nos acabaremos extinguiendo cuando nadie quiera comprar a nuestros hijos. Que le jodan a Darwin. Aquí lo que manda no es la evolución, es la oferta y la demanda. 

Tengo miedo a la muerte porque no volveré.
Cuando por sorpresa den la luz de esta discoteca que es mi vida y descubra que es la hora de apurar la última copa y buscar el abrigo para volver a casa. Cuando se acabe el concierto y el público no pida que toquen otro bis. Cuando el tren llegue a la estación y tenga que buscar la maleta para bajar al andén. Cuando salgan los títulos de crédito. Dirigido por sí mismo. Producido por error. Cuando tenga que salir de la sala de cine. Esperaré hasta el último momento. Hasta que el encargado me eche a patadas. Por si acaso estás por ahí cerca para poder decirte cuánto te echaré de menos.
Porque tengo miedo a la muerte porque iré sin ti. Solo. Y no hay ningún libro que pueda escribir para superar esto.

domingo, 29 de abril de 2012

La comedia económica

Hemos cambiado el monstruo de debajo de la cama por la economía. Los adultos tenemos que temer las palabras serias: IRPF, recesión, mercado de valores, IVA. Hay que buscar una buena razón para acojonarse, hay que justificar el insomnio de alguna manera. El artista antes conocido como el hombre del saco ahora se llama Ibex 35 y come niños y parados. Los dioses no existen, pero el déficit sí y exige sacrificios humanos en cada Consejo de Ministros en forma de lo que llaman reformas. Después sale por la tele un tipo sudoroso con traje y corbata y nos enseña orgulloso las nuevas Tablas de la Ley: cumplirás el objetivo de déficit sobre todas las cosas. Todo lo demás da igual. Y advierte a los herejes: el Estado de Bienestar es un dios falso y su adoración será castigada con la prisión preventiva. La población asume lo dictado y repite el mantra una y otra vez: la cosa está muy mal y hay que apretarse el cinturón. Los que se sienten rebeldes no saben contra quién tienen que rebelarse. Sueñan con que vuelva el monstruo de debajo de la cama. La economía, dicen, es mucho peor. Han colocado francotiradores en el teatro pero éstos sólo pueden apuntar a los actores y a los figurantes de esta tragicomedia. El público no aplaude y eso implica que el director no saldrá a saludar cuando acabe la función. Parece que nos quedaremos sin regicidio. La obra se retransmite en todo el mundo a través de telediarios y periódicos y nosotros nos conformamos con observar. Pero un espectador se ha atrevido a saltar al escenario y ha gritado una palabra. Creo que ha dicho: ¡libertad! Las ovejas nos hemos mirado las unas a las otras, incrédulas y temerosas. Estábamos esperando que pasara algo pero no algo que nos hiciera tomar una decisión: pasividad o acción. Y si decidimos actuar, ¿cómo? La última rebelión en la granja fue hace mucho tiempo y los animales sabían entonces quién era el granjero. Ahora no hay guión y los actores se han quedado callados, mirando al público, desafiantes. Dejo de mirar a mis compañeros de butaca y compruebo horrorizado que tengo un papel en blanco en el regazo y un bolígrafo en la mano. Tengo la pegajosa sensación de que debo escribir algo antes de que sea demasiado tarde. Como si fuera a servir de algo. Como si yo supiera lo que hay que hacer. Y tú me preguntarás: ¿demasiado tarde para qué? Y aquí estoy, escribiendo un panfleto de mierda como si tratara de desactivar una bomba. Eh, que te he hecho una pregunta: ¿demasiado tarde para qué? El cable rojo, el cable azul: tengo que decidir cuál corto primero. ¿Acaso no me has oído? El alicate tiembla en mis manos. ¿Demasiado tarde para qué?

martes, 3 de abril de 2012

Doble o nada

Tras el estornudo un hilillo de baba ha quedado colgando del labio inferior y gotea suavemente y se cristaliza sobre la camisa a cuadros. Uve Doble lo ignora deliberadamente (o quizás es que no se ha dado cuenta) y enciende su ordenador portátil, un acto que ha automatizado a lo largo de su vida, un acto que alguna vez fue un gesto de libertad y que ha acabado siendo algo carente de esperanza y de sentido, algo similar a ponerse colonia todas las mañanas o a hacer la cama. Uve Doble intentará buscar alguna conexión inalámbrica que no disponga de contraseña. Se acaba de mudar a un piso nuevo y todavía no ha contratado los servicios de conexión a Internet pertinentes para poder realizarse como un ciudadano de principios del siglo XXI. En estos momentos, "poder realizarse" para Uve Doble equivale a ser capaz de conectarse a alguna red social para escribir: ya estoy en el piso nuevo, en breve fiesta de inauguración!!. El ordenador descansa sobre una caja todavía sin desembalar e ilumina con su luz mortecina la cara de Uve Doble: Hopper, vuelve de donde quiera que estés y pinta esto. El caso es que el ordenador acaba por encenderse y Uve Doble, justo antes de iniciar una probablemente infructuosa búsqueda de conexiones prestadas, se sorprende: tiene conexión a Internet. Desplazando el ratón sobre el icono en el que se ven dos pantallas de ordenador y una bola azul (que seguramente represente a la Tierra, pero qué más da), Uve Doble ve el nombre. Conectado actualmente a: Uve001. Acceso: Local e internet. Para el lector que acaba de conocer a Uve Doble en este momento patético, en esta "etapa de transición", como le gusta decir a él, quizás este hecho no resulte sorprendente. En realidad la sorpresa se debe a que ese es el nombre de red que Uve Doble usaba en su anterior piso (conexión que por supuesto había dejado de usar y de pagar y que, en el caso de que se hubiera quedado encendida –cosa imposible ya que en su anterior piso ya había un nuevo inquilino, etc.– no era posible que llegara la señal debido a la distancia entre ambos apartamentos). Así es que, ante la ilógica de la situación, Uve Doble se enfrenta a una decisión difícil de tomar, investigar qué o quién subyace detrás de esa conexión, o bien hacer caso omiso a la coincidencia, ignorando cualquier sentido del peligro y aprovechar para escribir en alguna red social que por fin está en su nuevo piso, ya que a fin de cuentas ese es el objetivo que perseguía y hay que dejarse de gaitas, que si el nombre coincide, pues vaya curiosidad. Así que, Uve Doble, que en realidad es un hombre con recursos, decide escribir por fin eso de que está en su nuevo piso y acto seguido se dispone a ir por los rellanos del edificio con la excusa de presentarse como el nuevo vecino para intentar encontrar una respuesta al enigma de la conexión. Es posible que, si bien el ordenador portátil le convierte en un hombre de su tiempo, el acto de llamar a los timbres de los vecinos del bloque le devuelva a las cloacas más rancias y antiguas del siglo pasado, donde la gente tendía a socializar físicamente y quizás por eso, ya cuando está fuera de su piso, en el rellano, con las llaves apretadas dentro de su mano dentro del bolsillo del pantalón, se siente tan incómodo que por un momento está a punto de ceder ante su curiosidad y volver a la seguridad de las cajas desembaladas, la televisión apagada y la nevera vacía. Pero no, Uve Doble logra vencer esa timidez impropia de un hombre de su edad y comienza su ronda de presentaciones. Hola, soy el nuevo vecino, el del 1ºB, me llamo Uve Doble. La frase se repite puerta tras puerta. La mayoría de los vecinos reaccionan de manera cordial, pero los hay que no abren la puerta y se quedan mirando por la mirilla, aterrorizados ante la idea de que alguien tenga acceso al dintel de su intimidad, o gritan: ¡no compro nada! Pero en general la ronda va bien, y consigue datos de cierto interés, como por ejemplo: hay una chica que está bien buena en el 2ºA o que los del 4ºC tienen un perro que no para de ladrar. En cualquier caso, Uve Doble se detiene ante la puerta del 1ºB, y por una estupidez del automatismo llama al timbre. Cuando se da cuenta de que acaba de llamar a su propio piso y empieza a buscar la llave en su bolsillo, abre la puerta un hombre con cara asustadiza que tiene una gota de saliva cristalizada en la camisa de cuadros.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Programación infantil

Advertencia: este cuento contiene piezas pequeñas que pueden provocar asfixia en caso de ser ingeridas. No recomendado para menores de 3 años.


Pi-pi-pi-pi. El monstruo apaga el despertador y acto seguido da un par de vueltas en la cama, remoloneando, luchando contra sí mismo o quizás contra las sábanas, que han cobrado vida y le agarran con fuerza sobrehumana, y así es como da vueltas a la derecha y a la izquierda, una y otra vez, poniendo cuidado, eso sí, de no aplastar a la hormiguita con la que duerme. Después, el monstruo acaricia a la hormiguita, que tiembla de miedo tras tanto ajetreo, y se levanta como un coloso aturdido, atontado por el madrugón y por los últimos resquicios de la fase REM, llega tambaleándose a la cocina, donde engulle a modo de desayuno lo primero que pilla. Un poco más despejado, se abandona en la ducha cinco minutos y vuelve al cuarto, todavía con el vello un poco húmedo, para vestirse a toda prisa. Mientras se viste, al monstruo le gusta observar en la penumbra la silueta de la hormiguita, que a ratos se finge dormida, pero en realidad la mayor parte del tiempo está observando curiosa su cuerpo destartalado. Antes de irse a trabajar, el monstruo se despide de la hormiguita, generalmente con un beso de gran ternura (para ser un beso de monstruo), aunque a veces se le va la mano (es decir, la boca) y la hormiguita sufre los daños colaterales de semejante muestra de cariño. Una vez en la oficina, el monstruo se dedica a hacer su trabajo lo mejor que puede (obviamente trabaja de monstruo, un puesto apto para su cualificación) y, aunque suele estar concentrado en lo que está haciendo, de vez en cuando no puede evitar pensar en la hormiguita y en qué estará haciendo. Así que en esas ocasiones le hace una llamadita y hablan de cosas intrascendentes (porque hablar de asuntos trascendentes por teléfono es de mala educación). Al final del día, agotado de tanto trabajo, vuelve a casa sin poder dejar de pensar en la hormiguita, en darle un beso y hacer esas cosas que hacen los monstruos con las hormigas, ya sabéis, así que sube a toda prisa las escaleras de su casa, abre la puerta y grita el nombre de la hormiguita. ¡Hormiguita! ¡Hormiguita! Mira en todas las estancias del piso pero no encuentra ni rastro de ella. ¿Hormiguita? No está ni en la cocina, ni en el baño, ni en el salón, ni en la habitación. No está y ni siquiera ha dejado una nota. El monstruo comienza a llorar desconsoladamente y secreta lágrimas de monstruo, de esas que sólo salen cuando algo realmente malo ha sucedido, y llora tanto que se va deshinchando poco a poco, poco a poco (recordad que los monstruos están constituídos en un 99,9% de agua y que ese es el motivo por el que no suelen llorar), hasta hacerse realmente minúsculo, tan pequeño que está a punto de esfumarse, y es entonces, estando en su mínima expresión, en el momento final, justo antes de desaparecer, cuando se da cuenta de que la hormiguita estaba aplastada bajo la suela de su zapato.
Pi-pi-pi-pi. Apago el despertador y acto seguido doy un par de vueltas en la cama.

martes, 7 de febrero de 2012

Niños que querían ser astronautas y trabajan en una sucursal bancaria

Hemos intentado conseguir todo lo que lo demás esperaban de nosotros. O lo que creíamos que los demás esperaban de nosotros. Lo más apropiado. Y así es como hemos conseguido que en cada uno de nosotros haya un pequeño niño traicionado. Porque cuando te preguntaban qué es lo que querías ser de mayor no era para darte opción a serlo. Era para reírse de ti. Qué mono, astronauta [tras el comentario, los adultos beben licores de alta graduación y se ríen con cierta tristeza]. También es cierto que en los periódicos no abundan las ofertas de empleo para astronautas. Aunque tampoco es que haya muchas ofertas de empleo últimamente. De hecho, si nos tuviésemos que fiar de los periódicos, tendríamos que dedicarnos a la prostitución en sus múltiples facetas. Al parecer, Marx se equivocaba de verbo. El trabajo ni aliena, ni dignifica: el trabajo prostituye al hombre. En general, trabajas para poder hacer lo que quieras. Después de trabajar. Se suele ver el trabajo como un medio, no como un fin. Lo único que pedimos es que sea un medio lo menos desagradable posible, por favor. Y tampoco es que tengamos muy claro cuál es el fin que perseguimos. Dinero, perpetuar la especie, supervivencia, felicidad, vacaciones en la playa, unas cervezas el fin de semana, o cualquier otra cosa que se te ocurra. Fines que al final no se parecen en nada a los sueños.
Yo de niño quería ser boxeador, hasta que me enteré de que era un trabajo en el que asumías la posibilidad de sangrar. Después quise ser millonario, para no tener que trabajar. Después quise ser escritor cuando entendí que lo de ser millonario no era un objetivo realista. Y ahora, que no soy ni boxeador, ni millonario, ni escritor, quiero ser niño otra vez.
Resulta que le estoy cogiendo gusto a esto de estar frustrado.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Siglo XXI

La putada es que habrá supervivientes. No te preocupes, que yo sé hacer la marcha atrás. Un espermatozoide en la trompa de Falopio. Neil Armstrong se pasea por la luna. El milagro de la vida. Los vómitos. La gonadotropina coriónica. Cariño, estoy embarazada. Sopesar inmediatamente los pros y contras del aborto. Sentirte un poco más monstruoso tras haber encontrado más pros. Decir, por si las moscas: ¿y qué has pensado hacer? El rayo. El silencio antes del trueno. La indignación consecuencia de que se te haya pasado por la cabeza la posibilidad de asesinarlo. Los reproches. El distanciamiento. La separación sentimental. Los antojos. 9 meses. La cesárea. El niño. La placenta. La sangre. La llamada de teléfono. Es tu hijo, deberías venir a verlo. Comprobar que él a ti no te ve. ¿Cómo se llama? Hiroshima. Nagasaki. Fukushima. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Sonajeros. Lactancia materna. Potitos sin gluten. El juez. El régimen de visitas. La pensión alimenticia. El paro. El alcohol. Los vómitos. Las resacas. La aurora boreal. Perder la esperanza. Leer el periódico. Poemas sobre el fin del mundo. La crisis económica como metáfora. Ciudades que son campos de concentración. Dios ha muerto y vamos a encontrar al responsable jugando al Cluedo. Hay gente en el mundo que muere de hambre. Hay gente en el mundo que en Nochevieja se va de cotillón. Ten cuidado con lo que deseas. La pobreza y el hambre en el mundo pueden desaparecer, sí, pero eso será cuando nos hayamos exterminado. Todo se va a la mierda. El problema es que lo hace a una velocidad desesperantemente lenta. Como si la vida fuera una ducha con demasiados pelos en el desagüe. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Aunque ésta todavía no tiene nombre propio. Imaginar el futuro. Imaginar a tu hijo en ese futuro. Tener miedo de explicar cómo te lo imaginas: piensas que quizás así no se haga realidad. Moscas. Barricadas. Escombros. Perros vagabundos. Pisos abandonados. Habrá supervivientes. Todos los hombres mueren, pero algunos tienen peor suerte. Ahora follo siempre con condón.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Pa-ta-ta

Salta un flash. Acto seguido, las fotografías vuelan por los aires. Si alguien tuviera tiempo de ponerse a contarlas, vería que hay 24. Como un carrete de fotos. Apenas queda gente que use carretes. Ahora se utiliza de forma mayoritaria el formato digital. La ventaja es que así no ocupas espacio. Interminables álbumes de fotos se acumulan en las estanterías de tantos hogares, ocupando un espacio físico, real, gritándonos desde cada rincón: aquí no cabe ni un recuerdo más. Bautizos, vacaciones, bodas, cumpleaños y demás eventos documentados al detalle se acumulan día tras día por todo el mundo. La desventaja de lo digital es que es menos trascendente, más olvidable, desechable: el potencial de realizar fotos infinitas convierte el momento de apretar el gatillo en un acto sin importancia, al instante sabes si hace falta repetir la toma. Además, el hecho de acumular fotos en formato digital en un disco duro hace todo ello más susceptible a un error en la copia de seguridad, a las telarañas de las carpetas que nunca más vuelves a abrir. Pero en este caso las fotografías existen, tienen su lugar en la escena, y acaban su corto trayecto aéreo desperdigadas por doquier: hay sobre el limpiaparabrisas, sobre el capó, en la acera y también en el asfalto, una de ellas muy próxima al pie que ha acabado descalzo. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

Según sale de la tienda, Ramón tiene el impulso, movido por la curiosidad morbosa, de abrir el sobre mientras camina y descubrir de una vez por todas de qué son las fotos. ¿Serán fotos de unas vacaciones? ¿De una boda? ¿De una actuación musical? ¿De una pareja? ¿De una familia? ¿De un grupo de amigos? ¿Verá monumentos? ¿Caras de felicidad? ¿Cuerpos desnudos? Para cuando saca el fajo de 24 fotografías y ve la primera, ya es demasiado tarde.

Entre una alcantarilla y una colilla pisoteada. Ramón dobla la espalda, mira el carrete perdido en medio de la acera, y lo coge. Su cara es seria, pero al poco se torna en una sonrisa pícara. Eso, probablemente, signifique que ha tenido una idea. Justo en la acera de en frente hay una tienda de fotografía. Ramón entra en la tienda con el carrete perdido. El carrete, la tienda: parece una señal. O una trampa.

Es él. El tipo que está sentado en el metro, en la primera foto. Es él el de la segunda, tomando una caña con una amiga en una terraza del centro. Y el de la tercera, mirando un escaparate en el que un maniquí pétreo le devuelve la mirada congelada. Y el de la cuarta, la quinta, la sexta. Ramón camina mientras va pasando una foto tras otra, estupefacto. Él es el protagonista de todas ellas. La pregunta asoma la cabeza inmediatamente. ¿Quién le sacó esas fotos? Y lo que es más importante, ¿por qué? Según va viendo imágenes de su vida cotidiana (reconoce la oficina, el parque del Retiro, la puerta de su bloque de pisos o el supermercado) la estupefacción se transforma progresivamente en miedo. No pudo ser una casualidad que él encontrara ese preciso carrete. Todo estaba planeado de antemano.

Cruza un paso de peatones cuando llega a la última foto. Es él, boquiabierto, mirando a la cámara, con un fajo de fotos en la mano, quieto en medio de un paso de peatones. Es él el que acto seguido se detiene, levanta la vista de la foto, mira al frente. Abre la boca cuando lo ve: la cámara, el hombre al que le tapa la cara. Salta un flash. Después suena un golpe seco, un frenazo. No ha visto el coche aproximarse. Las fotografías saltan por los aires. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

martes, 1 de noviembre de 2011

Frankenstein

Leo igual que visito un cementerio. Con esa mezcla de desesperación, melancolía y podredumbre. Leo con la arrogancia del que todavía está vivo y puede decir que está vivo y que tiene miedo a morir. Y qué sabrás tú de morir, me responden bajo tierra. Tú sólo sabes de ver morir y eso es como saber de sexo por haber visto mucha pornografía.
Leo lo que he escrito y es como pasear por el mausoleo del ego. Nichos llenos de pedazos de mí, literatura muerta: estupideces momificadas, jeroglíficos sobre mis problemas de mierda. La Piedra Rosetta de mi vida: no tiene el más mínimo interés pero tiene mucho estilo, según los arqueólogos. "Su falta de trascendencia es su mayor virtud" (L.A. Times).
Escribo igual que un enterrador. Escribo a base de echarme paladas de tierra sobre la cabeza, y noto la tierra golpeándome, espesa en la boca, cubriendo los ojos. Busco la inmortalidad sepultándome y así me va: con cada texto me entierro un poco más.
Escribo flores sobre mi lápida. Con el tiempo se acumulan y marchitan y, al final, lo que queda es un montón de flores marchitas que nadie se atreve a limpiar. Cuando alguien se pone delante de una tumba o de un cuadro o de un libro, sólo se queda con estas flores marchitas. A fin de cuentas, es lo que se ve. Los críticos elogian estas flores, les ponen nota, las clasifican, discuten sobre ellas. Dicen cosas como: estas flores marchitas son las mejores de la historia de la literatura. Pero no entienden que lo que importa no son las flores. Lo que importa es el cadáver que hay debajo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Rebolución

No lo sabíamos, pero ya teníamos la mecha de pólvora y el cartucho de explosivo preparados. Eso siempre estuvo ahí, dijeron los expertos a los medios de comunicación. La chispa no quedó muy claro en qué consistió. Quizás fue una mirada entre compañeros de clase, un avión de papel que se estrella en la espalda del maestro o una contestación ingeniosa a un problema de matemáticas que propina una carcajada general entre los alumnos. De cualquier manera, lo que siguió a aquello fueron gritos, mordiscos y arañazos, un montón de niños inmovilizando al profesor de turno, apertura de puertas antes de tiempo, la invasión infantil y la jarana por los pasillos, el director del colegio que sale de su despacho y antes de que pueda castigar a nadie es arrollado. Primero fue un colegio de Madrid, pero la revuelta se extendió antes de que nos diéramos cuenta, dijo un portavoz de la policía a los medios de comunicación, cuando quisimos darnos cuenta también se habían rebelado las guarderías. La sustitución del chupete por la nariz del adulto más próximo. La salida a las calles en tromba, la paralización del tráfico, las caras de estupefacción de los viandantes. Alguien llama al Presidente del Gobierno, de viaje por el extranjero, y le informa de la situación. Nos equivocamos al decidir el plan de actuación, dijo el Presidente del Gobierno a los medios de comunicación, pero la prioridad era evitar heridos: al fin y a cabo sólo eran niños. Balones de fútbol rompen los cristales de una multinacional, un hombre acude al hospital por una herida grave hecha con la punta de un compás, escupitajos, mierda y meados en las aceras, saqueos en las tiendas de chucherías, los rehenes están atados con combas, nos informaban los medios de comunicación. Cuando se acercaron, armados con pistolas de juguete, tirachinas, yoyós, al Congreso de los Diputados, este se encontraba cercado por un cordón policial. Los más empollones trazaron el plan de ataque, explicó uno de los asaltantes a los medios de comunicación. Una muchachada enfebrecida se abalanza contra los policías, que hacen amago de llevarse las manos a las porras. Las órdenes eran claras, evitar bajo cualquier circunstancia el uso de la violencia, dijo el portavoz de la policía a los medios de comunicación. Un hombre sólo tiene dos manos, dijo una señora a los medios de comunicación, por muchos policías que hubieran puesto, cada uno sólo podría haber agarrado un par de chiquillos, y teniendo que aguantar los mordiscos y las patadas y todo eso, pues nada. La ruptura del cordón policial, la imagen de un montón de mocosos irrumpiendo en la Cámara aparece en todos los televisores del mundo. Ya era hora, digo a los medios de comunicación: no veas las ganas que tenía de que sucediera algo así de una puta vez.

martes, 16 de agosto de 2011

Autopsia

El sonido del velcro al despegarlo. Empieza así. Los dedos que se deslizan por debajo de la tela, buscando la espuma blanca, el puño que se aferra a las entrañas blanquecinas y las extirpa, la mano temblorosa de un cirujano que sujeta un corazón de algodón y poliéster. El procedimiento continúa, mientras se evoca una tarde de verano en la terraza, una escalera de mano, una planta ornamental, y aparecen las mismas manos más pequeñas, infantiles, moviendo el cuerpo por los peldaños de la silla y empujándolo por encima de la planta, las manos llevándolo a carreras por el pasillo de casa, y había gritos y había imaginación y había historias que vencían a la realidad: historias ya olvidadas.
La amputación de un trozo de infancia.
La figura rechoncha y agradable se va desinflando paulatinamente. Es cierto que para deshacerse de él no hacía falta sacarle el relleno, pero quizás, pensó, si se procedía a la desfiguración previa, si había algo de trabajo en el proceso, si costaba un esfuerzo, tirar el muñeco a la basura sería más fácil: estaría más justificado. Tendría algo así como un funeral.
El relleno va llenando el cubo de basura. Quizás de esta manera esté más justificado, pero desde luego no resulta más fácil. La bolsa de basura está a rebosar. Nadie habría esperado que algo tan insignificante tuviera tanto en su interior. Al final de la operación, el hombre observa el pellejo vacío, la tela arrugada y muerta sobre la mesa y descubre las manos con restos de pelusa blanca: son sus propias manos, las que hace años dieron vida a aquel muñeco de trapo, y siente un escalofrío. Acto seguido algo se derrumba en el cuarto: suena el llanto de un carnicero con las manos manchadas de sueños.