lunes, 21 de julio de 2014

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¿Qué nos queda por hacer? A veces es suficiente con encogerse de hombros y decir: no lo sé. Siempre es mejor eso que decir: nada, no tenemos nada más que hacer, y acto seguido apagar las luces y dejarlo todo con un golpe seco, un taburete que cae al suelo y el cuello cruje, la soga se tensa y aparece un punto final en el extremo, donde el pie se estremece en un espasmo de despedida. ¿Qué puedo hacer antes de volverme demasiado viejo? A veces basta con hacer algo. Lo que sea. Mejor que quedarse quieto esperando que el polvo se deposite sobre uno, lentamente, y así hasta fosilizarse esperando lo inevitable. Mejor es sacudirse la tierra de encima y comenzar a caminar, aunque no sepamos cuál es el destino, aunque nunca lleguemos a ningún lado. Aunque los mentirosos nos digan que saben hacia dónde vamos todos. Mejor es sacudirse el polvo de encima, quitarse las telarañas y gritar por la ventana. Por lo menos hasta que alguien llame a la policía. Mejor es coger y decir a alguien al azar: vete a tomar por culo. Y así empezar una pelea. Mejor es plantar un libro, escribir en un árbol y no tener hijos. Aunque la versión clásica tiene también su encanto, salvo por lo de los hijos. Mejor es celebrar tu cumpleaños que quedarte mirando por la ventana pensando en la mejor forma de parar el tiempo. Mejor es agarrarse una borrachera y vomitar y acabar con una resaca de espanto. Mejor que esperar en silencio que algo suene. O que algo explote. Mejor es ser como un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Mejor que nada. Porque para no ser nada siempre tendremos tiempo. Para no ser nadie siempre hay plazas vacantes. Siempre hay tijeras para cortar los hilos. Como dice la de la guadaña: siempre es buen momento para ponerse a cosechar. Así que saludad a la cámara y decid: hola mamá hola papá mirad salgo en la tele un saludo besos os quiero. Antes de saltar por el trampolín. Antes de que sea demasiado tarde para alguno de vosotros. Te pueden decir: hay cosas que sólo pasan una vez en la vida. Pero en realidad todas las cosas pasan sólo una vez. Así que ríe antes de que te quedes sin voz, sueña antes de que se apague la imaginación, baila antes de que no se te muevan las piernas, sangra antes de que se te pare el corazón. ¿Que qué nos queda por hacer? Y yo qué sé. 

jueves, 5 de junio de 2014

Memorándum

Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé cayó de mis dedos con la convicción y el tesón propio del abandono definitivo, del acto digno, de la decisión sensata que se cumplía por fin; me gusta creer en ese final y en lo que el recuerdo ha dulcificado, haciéndome creer que la última calada supo a renuncia y a despedida, a la tristeza absurda del "cuánto voy a echar de menos esto que me mata poco a poco". Me gusta visualizarme en la parada del bus exhalando el último aliento azulado como quien deja atrás grandes hazañas; siendo el viajero que mira desde el globo la superficie terrestre y suelta lastre para elevarse más y más, el marinero que desata el amarre y se deja llevar mar adentro hasta perder de vista la costa, y yo ahí de pie, dejando caer el cigarrillo al suelo y esta vez ni me molesto en pisarlo, observando desde una indiferencia fingida cómo la china se consume, cómo la pequeña brasa llega al filtro anaranjado y humea desde el asfalto dando una última señal, una despedida, un adiós silencioso en medio del tráfico, antes de convertirse en ceniza, polvo somos, la llama apagada que queda atrás cuando subo al bus y no paro de decirme a mí mismo que no voy a volver a fumar nunca más, que ya está bien de dar dinero a esos hijos de puta que se enriquecen vendiendo veneno adictivo, que ya está bien de flemas y toses, de que a mi novia le huela mal, de que esto, de que aquello, que ya vale, y pienso en todo eso porque esta vez la decisión, pese a lo que diga mi recuerdo, no fue algo racional, fue un arrechucho que me dio, un qué sé yo, un a tomar por culo, voy a dar un volantazo y voy a irme a la cuneta, o quizás más bien un voy a dar un volantazo y voy a volver a la carretera, a ver qué tal se ve la vida desde aquí, y claro, uno toma una decisión de forma emocional y después se las tiene que ver con el cerebro, con el voy a justificarme esto que he hecho, que sí, que me gustaba fumar, pero algo habrá que decir, aunque sea a uno mismo, aunque sea una nota a pie de página, una fe de erratas o un "lo hice por dinero" (que es una explicación que vale para todo lo que hagas en esta vida menos para lo que merece la pena), y así es como me iba justificando la situación en la que me había metido de una forma tan poco planificada. Nadie sabía qué había que hacer después de la revolución. Así es como se escribe la Historia. Pero ahora, tiempo sedimentado después, ya fosilizado el recuerdo, su extracción es segura. Podemos embellecer el fósil, pulirlo, ponerlo en una vitrina, escribir una plaquita explicativa: "Momento romántico en que dejé de fumar, 2 de agosto de 2013". El autobús se aleja del cigarrillo que deja su último estertor en el aire mientras suena música de violines. Fundido en negro. Títulos de crédito. La gente sale de la sala comentando que ha visto recuerdos mejores. Un tipo espera sentado a que acaben los créditos. Quizás sea yo, solo delante de mis recuerdos. Cuando parece que la historia se acaba, que eso es todo, que dejé de fumar de aquella forma tan emocional y que lo he superado, aparece otro fósil. Más feo, pero igual de real. Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé fue aquel de la parada de autobús. Pero resulta que un día después de aquello acudí al cenicero a por los restos de una colilla y me fumé desesperado lo poco que le quedaba. Tocando fondo. La placa reza aquí: "Momento real en que dejé de fumar, 3 de agosto de 2013". Me gusta recordarme como ese tipo que deja de fumar de esa forma impulsiva y lacónica. Porque yo soy ese tipo. Pero a veces se me olvida que también soy el que regresó derrotado al cenicero el día siguiente. Y es que uno no puede fiarse ni siquiera de sus propios recuerdos. Así que tened cuidado con los recuerdos, no os vayan a joder la realidad. Y viceversa. No lo olvidéis. Esa debe de ser la moraleja. 

sábado, 24 de mayo de 2014

Fe

No creo en tu dios.
No creo en las naciones.
No creo en el fútbol.
No creo en la vida después de la muerte.
No creo en la salida a la crisis.
No creo en el dinero.
No creo en la guerra.
No creo en la libertad.
No creo en la política. 
No creo en la televisión.
No creo en la literatura.
No creo en Internet.
No creo en el sexo.
No creo en las drogas.
No creo en el rock 'n' roll.
Y lo que es peor, 
a veces 
ni siquiera creo en lo que escribo.

sábado, 26 de abril de 2014

Garabato

Hay una gigantesca bola incandescente flotando a millones kilómetros de otra bola, más fría y no tan grande, que orbita junto con otras cuantas en torno a la que está caliente. En algún sitio de la superficie de la bola que orbita, un niño coge sus lápices de colores y dibuja un garabato en el papel. A la pregunta de sus padres, dice que lo que ha dibujado es un león. Diez minutos después dirá que es un coche. A los padres no les importa la obvia incoherencia del crío, ni la falta de realismo del trazo. Asumen que para tener año y medio la criatura hace lo suficiente y que desarrolla sus habilidades motrices de forma adecuada, cogiendo el lápiz torpemente y moviéndolo sobre el papel como un cocinero remueve con una cuchara de palo el guiso que sea. Como supongo que ya sabéis, lo de las bolas que giran alrededor de la bola ardiente se llama Sistema Solar. Pero eso no es todo, el Sistema Solar es muy pequeñito comparado con todo lo demás. Es un minúsculo sistema planetario. Los fotones que el Sol emite bañan el vacío antes de posarse sobre el capó del coche en el que un tipo espera que el semáforo se ponga en verde mientras se mete el dedo en la nariz. También penetran y calientan la piel de unos amigos que toman el sol en una playa cuyo nombre fue inventado hace 458 años. Uno de ellos coleccionará suficientes mutaciones en sus células como para desarrollar un melanoma dentro de 11 años. Pero eso no tiene la menor relevancia cósmica. El Sistema Solar es una parte pequeña de nuestra galaxia, y nuestra galaxia es una más de muchas que componen el todo. Galaxias que están ahora mismo separándose o chocando unas con otras cada vez más deprisa. En una carrera aparentemente estúpida a ver quién llega antes a los límites de la nada. La culpa es de la física. Un hombre mira por el telescopio y anota unas coordenadas. Hace eso periódicamente. Luego coge esos datos y se pone a hacer cálculos con ellos, de esos que se hacen con el gesto serio, con la frente apoyada en la mano que no sujeta el boli. Al tipo algo no le cuadra hasta que, de pronto, una noche se despierta de madrugada y pone los ojos como platos. Acaba de entender que el Universo se expande, acaba de entender que es que es así. Si tan sólo pudiera sacar la mano por fuera de la ventanilla de esta galaxia, y notar el polvo cósmico sobre la piel, cada vez más deprisa. Un hombre de mediana edad friega los platos con el tedio que la actividad se merece. En ese instante tú lees esto ahora mismo. Puedes decidir que es lo suficiente aburrido y pretencioso como para no merecer la pena que le prestes más atención y encender la televisión. Hazlo y no cambiará nada. Una mosca se golpea contra el cristal de una ventana de forma obsesiva. Sólo puedo imaginarme con claridad lo que está sucediendo en este planeta. Aunque podría inventar cosas sobre algún otro. Algo como: El viento mueve la arena de la superficie de Marte (ni siquiera sé si hay viento en Marte). Pero a quién quiero engañar: no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Me da que si me pongo a escribir no voy a lograr decir nada coherente. Agarrar un boli y frotarlo contra el papel en blanco, removiendo el guiso de la existencia. Sólo sé que este garabato no es un león, mamá. La galaxia de Andrómeda es la que nos pilla más cerca y aún así está en el quinto pino. En este preciso instante un montón de gente está muriendo. Bien mirado, aunque hoy no se me ocurra nada sobre lo que escribir, me puedo considerar afortunado. 

lunes, 21 de abril de 2014

Dendrocronología

Cierra los ojos. Pide un deseo y sopla, sopla con todas tus fuerzas. Pero no lo digas en voz alta, que entonces no se cumplirá. Es mucho mejor que tus deseos sean secretos. Para que si no se cumplen no puedas recriminárselo a nadie, no vaya a ser que haya testigos que hayan asistido al dichoso cumpleaños. Es preciso que tus deseos sean sepultados y olvidados. Que no haya hojas de reclamaciones disponibles, que no haya nadie a quien culpar. La moraleja es que aquí el único responsable de tu fracaso eres tú. Pero no te preocupes, aprenderás a poner la mente en blanco cuando haya que cerrar los ojos y formular un deseo. Mira: una estrella fugaz, otra decepción. Aprenderás a dejar de soplar las velas y a mirar al suelo por las noches. Hay quien llama a eso madurar. 
Relees el currículum. Tras muchos años de estudio, Alberto acabó por fin su carrera de chiribiri y se especializó en zis-zas. A pesar de los inconvenientes, logró abrirse paso en el mundo del tristrás. Entre tanto se dedica al chacachá y compagina este trabajo con su pasión por el guiriguero. Así planteado, tú lo ves y piensas: este tipo es un triunfador. Ha logrado todo lo que se ha propuesto. Aparece la foto del tipo pensativo, mirando hacia el infinito o mirando hacia el objetivo de la cámara, todo él serio, con su pose trascendente y parece que no queda nada más que añadir. Pero lo que no aparece, lo que asoma al rascar un poco la imagen del hombre, lo que aparece entre las líneas de una trayectoria vital trufada de presuntos éxitos, es la sombra del juguete que nunca tuvo, la resurrección del abuelo que nunca ocurrió, la silueta de la chica que jamás se fijó en él. Porque detrás de cada persona se extiende un enorme cementerio de deseos: secos, ajados, cuarteados, arrugados, amarilleados, enmohecidos, chuchurridos. Un montón de cadáveres de lo que nunca ha sido. Los puedes ver si entornas un poco los ojos, están ahí, justo detrás del blanqueador dental, detrás del tinte del pelo o de las vacaciones a Benidorm del año pasado. Cuando talas una persona, aparecen como anillos concéntricos, uno dentro de otro, incrustados año tras año, cada vez más profundos, cada vez más clavados, cada vez más antiguos, más ahogados y difíciles de entender. El auténtico currículum vitae. Si escuchas, por debajo del latido del corazón está el murmullo subconsciente de algo muy antiguo, algo que sabe a Plastidecor y mocos, algo que pica como costras secas en las rodillas y que suena como el mar dentro de una caracola. Algo muy triste y nuclear. Algo que merece la pena escuchar. Presten atención. 

jueves, 17 de abril de 2014

:)

"Jajaja." Esa fue su respuesta y no habría tenido la menor trascendencia.  Porque qué va a contestar quien sea si me hago el gracioso, si aprovecho mi ingenio para hacer alguna puntualización jocosa o con la ligera intención de elevar suavemente la comisura de los labios. La sonrisa más tenue en el lenguaje aséptico del chat frecuentemente se traduce por la onomatopeya de una carcajada o en su defecto por el icono de una cara sonriente. A veces, incluso, la persona escribe "jajaja" con el rictus completamente serio e imperturbable. Dicha disociación es harto frecuente y no parece afectar por el momento a las relaciones personales, dado que fuera de las telecomunicaciones escritas sigue existiendo la carcajada, la risa y la sonrisa silenciosa. Sin embargo, no conocemos todavía los efectos de toda esta contención emocional a largo plazo. Tras generaciones de personas educadas a la luz de su pantalla táctil, personas con cuenta de Facebook antes que DNI, personas que vivirán como normal escribir "jajajaja" con los labios apretados y rígidos y el ceño fruncido, personas de carcajadas transcritas con la frialdad de un cirujano, porque las risas escritas suelen ser, en fin, reflexionadas, y a veces no son más que una mera formalidad, la única forma de engrasar la conversación, son la respuesta cuando no queda nada más que decir, el punto y final de una charla que hacía tiempo que existía única y exclusivamente por culpa de la inercia, y en verdad es natural que el lenguaje evolucione tras unas cuantas generaciones de personas que se rían en silencio con la mirada fija en una pantalla, y es posible que después de todo eso no nos quede otra forma de expresar nuestras emociones que con un emoticono apropiado, y así es cómo me di cuenta de que en realidad no importa que haya un poco de ficción en la matemática informática del chat. Porque a fin de cuentas qué importa que el "jajaja" no se corresponda con alguien con los ojos cerrados, la nariz levantada y la boca abierta sin control y pronunciando el estruendo inconfundible de la alegría. Da igual porque el efecto es el mismo, la magia está en que es una mentira consentida y compartida. No importa que el interlocutor esté sentado en el váter concentrado en su fisiología. Tú lees "jajaja" y la imaginación pone todo lo demás. Pero ella respondió "Jajaja." y eso lo cambió todo. No habría tenido la menor trascendencia de no ser por el signo de puntuación. Un punto. Un punto quiere decir que sé que estoy escribiendo, que soy consciente de cada tecla que pulso. Que no me estoy riendo. Que te estoy escribiendo "jajaja" como quien añade un ítem a la lista de la compra. Es una declaración soterrada: sé que me tengo que reír y lo estoy haciendo y tú sabes que esto es así por una convención que hemos creado de forma tan natural en este medio artificial. Un tomatazo al actor principal. Alguien señala y dice que el rey no lleva puesto ningún traje, que está desnudo. Escribo dos puntos y cierro paréntesis. Cae el telón. 

jueves, 6 de marzo de 2014

Dimisión

A ella nadie le había pedido su opinión. Sin comerlo ni beberlo había acabado atrapada en la rutina de la gente mayor, ella, que a fin de cuentas no era más que una niña, una niña que sueña con poder salir de este juego circular, de esta cinta de Moebius en la que nunca quiso estar. Así pasaba que cualquiera abría por la página de turno el cuento y ella tenía que ponerse manos a la obra, coger la cestita, ponerse el atuendo característico y realizar la función, el paripé tantas veces representado: que si el bosque, el lobo, la abuela que vive en el quinto pino, la escenita de las orejas, los gritos, el cazador y el final feliz. Y de esta manera cada vez que alguien volviera a contar la historia, había que estar dispuesta para hacer el papel igual de bien que la primera vez, para no fallar, y soportar la responsabilidad de mantener una historia tradicional y bla, bla, bla. Pero los que la conocían se dieron cuenta de que las últimas veces no había mucha emoción en aquel Qué ojos más grandes tienes, era como si de tanto pronunciarlas las palabras se hubieran gastado, y en las ilustraciones acompañantes la mirada de la niña era un SOS al lector, un SOS no por el lobo, no porque su abuela estuviera siendo digerida, no por el horror habitual de la historia; sino un SOS que decía Sácame de aquí, estoy hasta las narices de aguantar la misma farsa día tras día, yo nunca quise ser una buena nieta ni daros una moraleja de nada, yo acabé aquí por error y este lobo ya no me da miedo ni esta señora me importa lo más mínimo ni me importa que el cazador escuche mis gritos, yo quiero hacer otra puta cosa; eso es lo que decía su mirada mientras decía aquello de Qué dientes más grandes tienes, y uno no podía evitar la sensación de tedio atrapada en el texto, en la repetición del canon, en el orden previsto de todos los acontecimientos. Quizá por eso al descubrir que ya no estaba hubo quienes dijeron que era de esperar. Pero en realidad la mayoría no lo lograban entender, incluso quienes convivían diariamente con ella, sus compañeros de reparto, se mostraban sorprendidos. No había más que ver al lobo mirando al camino vacío con gesto contrariado, esperando que volviera inútilmente, o a la abuela encamada, aburrida como una ostra mirando al techo, como si tuviera sentido seguir haciendo su parte sin ella. Atrapados en la rutina, en la margarita tantas veces deshojada. Pero los que entendían la dimisión eran comprensivos, que si la chiquilla ya llevaba tiempo dando señales más que obvias de desgaste, que si parece mentira que todos los demás no os hayáis dado cuenta. En cualquier caso, no hay que ser demasiado duro con toda esa gente que la tilda de irresponsable o estúpida; con esa gente que no entiende que abandones un trabajo fijo en los tiempos que corren; con esa gente que no sabe que en realidad la niña lloraba desconsolada cada vez que cerrabas el cuento, cuando nadie la veía; con esa gente que cree que ser Caperucita Roja es algo vocacional y que es imposible que acabes ahí por accidente; con esa gente que probablemente algún día se dará cuenta de que en realidad todo ocurre por accidente. No hay que ser muy duros con ellos porque, a fin de cuentas, a partir de ahora al cerrar el libro habrá una niña feliz y los que llorarán serán ellos. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Mitxirrika

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. 

Te gustaba lo que yo hacía. Me conociste de la misma forma en que se conoce al artista ambulante que extiende sobre la acera una tela, saca sus instrumentos y empieza a hacer ruido en medio de la plaza pública, a la espera de que unos cuantos transeúntes se detengan para prestarle atención y acaben transformando la voluntad en euros. Yo era el niño prodigio que impresiona a sus padres componiendo sinfonías después de hacer los deberes; a excepción de que en mi caso no sorprendí a nadie salvo, quizás, al menos por un tiempo, a ti. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, dice el titiritero a través de sus marionetas. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, decía yo a través de un montón de letras que seleccionaba, ordenaba y colocaba con sumo cuidado. Así acabaste tú, mirando al volatinero que hay en mí, pensando: si es capaz de hacer eso, en cualquier momento podrá hacer lo mismo pero a lo grande. Como si la evolución natural fuera pasar de andar de puntillas a hacer acrobacias en el circo. Olvida lo del pulgar oponible: el mono ha evolucionado lo suficiente como para soñar con una vida mejor, esa es nuestra verdadera ventaja evolutiva.

Y ahora que el sueño parece imposible, ahora que me he quedado sin tinta para esta pluma, aparezco de nuevo, limpiándome como puedo el polvo y tú te giras y te dices a ti misma: pero si es el chico con el que estoy saliendo. Y también te dices: me pregunto qué coño le debí ver. Y no es que no lo sepas, es que ya no está ahí. El tipo que ordenaba palabras frente al público no es el mismo que el que aparece al apagar las luces del escenario. O quizás sí que lo es, pero el primero no es más que una representación, un ideal, el muñeco vudú con el corazón roto que tú querías coser. El segundo es lo que está ante ti, en toda su real existencia al alcance de la mano, está rascándose la cabeza y musitando que tiene una idea, una corazonada, que quiere escribir un libro, un libro de verdad, que quizás no salga nada adelante, ya que nunca ha logrado que nada salga adelante, y que él es más bien un hombre de bocetos, pero, eso sí, menudos bocetos, y que esta vez va en serio, y tú te das cuenta de que había estado ahí también todo el tiempo, el tipo del que te habías enamorado, el mono que sueña con fajos de papel encuadernados con su nombre en la cubierta. 

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. Y te conformaste con esta carcasa envejecida y estática, cuando en realidad yo soy capaz de abrir la puerta a cualquier otro mundo, y puedo llevarte de viaje cuando quiera porque no tengo más que pensarlo y escribirlo, y no necesitaremos comprar billetes ni mirar la cuenta bancaria; yo te contaré una historia y tú estarás conmigo observando lo que sea que esté sucediendo dentro de mi cabeza y así, quizás, de esta forma, logre hacerte feliz.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Hipocampo

Dar una enésima vuelta al reloj de arena, de forma que quede como estuvo hace mucho tiempo. La impresión de recorrer una y otra vez los mismos rincones que ocupan mi memoria. El olor a tabaco que impregna las paredes de este piso: hubo un tiempo en que lo podría haber llamado hogar. Por aquí pasé, y por aquí quedó una parte de mí: ahí está mi silueta inerte sobre la cama, como la piel de una enorme serpiente que se fue hace tiempo; el sonido de las palabras que pronuncié hace años, agotado de rebotar contra las paredes de mi cuarto; la sangre y los restos resecos de las secreciones propias de la existencia. Siempre que vengo compruebo la estabilidad de los mismos tótems, la falsa creencia de estabilidad que se genera por la ausencia de cambios importantes en un tiempo, por la insignificancia de las grietas en la superficie, la falsa estabilidad de la tela de araña donde cada vez se balancean más elefantes. Me siento con el Fantasma de la Navidad Pasada y nos quedamos absortos mirando mis fotos del pasado. Ahí estoy yo: comiendo, llorando, riendo, estornudando, masturbándome, durmiendo, tomando malas decisiones, escribiendo una carta de amor que nunca mando. La sensación de ver una película que te deja la sensación de que, bueno, en general está bien pero podría haber sido mucho mejor. Y entonces acabo volviendo aquí, donde yo me dediqué a vomitar todas mis mentiras. La historia de mi vida. Limpio un poco el polvo. Decido hablar de mis recuerdos. Una vez más. Como si a alguien que no sea yo le importaran. Quizás es porque la Navidad me ha puesto sentimental. Bienvenidos a las ruinas de mi hipocampo. No os preocupéis, la entrada es gratuita. Mi padre me leía cuentos antes de dormir. Entre ese momento y la actualidad no sé qué demonios es lo que ha salido mal.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Génesis

En aquel momento, todo era posible. Con el amanecer a sus espaldas, las palabras proyectaban largas sombras a través del campo blanco de la nada. Eran jóvenes y la euforia de su interior las empujaba a golpearse unas a otras entre gritos y con toda esta algarabía se hacía difícil entender el significado de aquello, si es que había algún significado más allá de las emociones que explotan, las mandíbulas apretadas y los músculos del cuello que se tensan como cabos izando velas, y las salpicaduras de da-igual-qué por toda la piel. Las palabras rodaban ladera abajo dejando un rastro de letras y signos de puntuación desparramados por doquier: la transcripción del balbuceo de un bebé, como saliva transparente que resbala por las curvas de un chupete recién inaugurado. Quizás os suena la historia: comienza como un rumor lejano, un murmullo que equivale a un ejército que se acerca galopando desde el rincón más profundo de vuestro cráneo, un montón de soldados a caballo que asoman por el horizonte y que te invitan a reproducir el temblor sobre un lienzo en blanco, y cuando te quieres dar cuenta los tipos ya han salido fuera y han conquistado lo que fuera que estuvieras haciendo, y ves una tímida bandera ondeando sobre un encabezado. Al principio sólo son palabras, sin contexto, sin orden, sin objetivo: una muchedumbre que no sabe a dónde tiene que tirar los cócteles molotov. Algunas dejan que se les pegue algún sufijo o prefijo, otras van perdiendo acepciones mientras corren por los campos vacíos. Las hay que se pierden por el camino y nunca más vuelven. Conforme avance el tiempo, el sol llegará al cénit y llegará el momento en que las palabras se detengan un momento y empiecen a pensar en su futuro. ¿Qué va a ser de mí? ¿Tengo algún significado? Es el momento en que buscan compañeras de viaje fieles, abandonan las locuras de su juventud, y empiezan a emparejarse como pueden para formar todo tipo de frases. Ya no corren tanto, ahora procuran buscar un objetivo, aunque sea a corto plazo, y así poco a poco van tendiendo nexos entre sí, y envejecen poco a poco sin poder separarse unas de otras hasta que al final se quedan muy quietas conformando párrafos, capítulos, obras enteras; mirando la puesta de sol, notando sobre sus letras los últimos rayos de sol momentos antes de fosilizarse y constituir un nuevo hito en la historia de la literatura universal: así, sin mayúsculas, ni gloria, ni nada.