sábado, 7 de febrero de 2015

El estudio de los extraterrestres

Los alienígenas caminan entre nosotros. Saludan siempre en el portal. Pagan sus impuestos, pagan la hipoteca. Respetan las normas de circulación. A veces corren para no perder el bus. Los alienígenas suben andando la escalera si pueden: es más sano que subir en ascensor, al menos eso dicen. Defienden los derechos humanos y los derechos animales y los derechos de todo quisqui, así, en general. Los alienígenas tienen trabajos como tú o como yo. Y si no tienen están buscando uno, claro: antes de delinquir intentan hacer las cosas bien, pero a los que están en una situación peor a veces no les queda más remedio que robar para sobrevivir y mantener a sus familias. Mientras tanto, acuden a todas las entrevistas de trabajo que pueden. Los entrevistadores siempre acaban diciendo que ya les llamarán. Los alienígenas procuran no caer en la depresión, pero no siempre es fácil. A veces están tristes sin motivo y les cuesta levantarse de la cama y no les apetece hacer nada, excepto suicidarse. Cada vez fuma un porcentaje más bajo de alienígenas. Esto se puede atribuir a las leyes, que son progresivamente más restrictivas, y a la creciente e imparable subida de los impuestos sobre el tabaco. Los alienígenas se ríen entre nosotros. Y también lloran entre nosotros. Como solemos apartar la mirada ante el llanto ajeno no nos damos cuenta la mayor parte de las veces. A veces, por las noches miran al cielo y por culpa de la contaminación lumínica no pueden ver el firmamento. Y entonces se sienten atrapados. Otras veces tienen suerte de ver las estrellas (en el campo, en alguna zona mal iluminada) y entonces se sienten pequeños. Algunos alienígenas tienen mascotas. Los que tienen perro recogen con bolsas de plástico las heces recién defecadas de sus respectivas mascotas. Les tiran palos, les tiran pelotas, les tiran lo que sea y el perro va y se lo trae de vuelta. Los que tienen gato van a todos lados con la ropa (los jerséis, los calcetines) llena de pelos. Los alienígenas que tienen suficiente dinero invierten en bolsa, compran productos de lujo, tienen chófer, tienen chacha. Pese a ser también alienígenas, no se compadecen mucho de los alienígenas pobres: lo más que hacen es dar alguna que otra limosna o donación a alguna ONG. Los alienígenas ricos suelen pensar que los ricos son ricos porque se lo merecen. Los que son pobres suelen pensar que los ricos son una panda de hijos de puta, aunque la mayor parte del tiempo no piensan en ellos, tienen otras cosas (qué comer, dónde dormir) de las que preocuparse. Los alienígenas también utilizan Internet. Comentan en las redes sociales, en las noticias de los diarios digitales, aprovechan para insultarse unos a otros, para defender cosas que creen evidentes y que otros no consideran como tal. Los alienígenas a veces miran al cielo también de día. Y entonces también se sienten pequeños y atrapados. Los alienígenas se enamoran, como tú y como yo. Cuando son jóvenes escriben cartas de amor y poemas. Cuando se hacen mayores prefieren invitar a copas y ahorrar palabras. Después, con el tiempo, o bien se olvidan unos de otros o, si no, siguen juntos por inercia. Los alienígenas acaban muriendo, como todos nosotros. Nacen, crecen, intentan reproducirse (o no) y mueren. Es muy difícil, por no decir imposible, distinguir a los alienígenas de nosotros. Porque, en realidad, cuando todos miramos al cielo no podemos evitar sentirnos así. Muy pequeños y atrapados. 

Sueño #2

Conseguimos crear algo nuevo y revolucionario porque a quien se le había ocurrido antes no había logrado darle suficiente publicidad. 

domingo, 11 de enero de 2015

Revelación pop

El cantante del grupo de pop, en un momento de claridad, al ver a toda esa gente corear de pe a pa las frases que él había compuesto y que, en realidad, muchas veces no tenían el más mínimo sentido, paró de cantar en medio del estribillo, ante lo cual el público se lo tomó como una invitación a continuar a todo pulmón con el karaoke grupal, y la banda siguió tocando la melodía machacona sin reparar en nada extraño, público y músicos juntos en comunión, hasta que, al acabar la canción, nadie sabía dónde se había metido el cantante. 

martes, 6 de enero de 2015

Sueño #1

Al parecer, a alguien se le ocurrió parar la maquinaria en la fábrica del tiempo y cuando le preguntaron si se sabía cuándo, cuándo se retomaría la producción, nadie logró entender la pregunta.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Marioneta

El pasaje del libro que estoy leyendo es lo suficientemente absorbente como para que me olvide de que estoy en este bus camino del trabajo. Que le den a la realidad. Ni siquiera me doy cuenta cuando la persona que va sentada a mi lado se levanta y baja donde supongo que debe bajarse. La historia que se despliega ante mis ojos es de lo más interesante, desde luego es mucho mejor que lo que me rodea; todas esas caras somnolientas, todos esos cuerpos que se mueven automáticamente, zombis de las 8 a.m., atrapados en una vida que consiste en meterse en este atasco todos los días a esta misma hora: coches, motos, bicis y autobuses en una comparsa de cadáveres cafeinómanos, hormigas atareadas en ir y venir, ir y venir, ir y venir. El chico que conduce el coche que queda a mi izquierda se mete el dedo en la nariz, aprovechando el semáforo en rojo, pero yo no le presto atención. En este estado en el que estoy aquí no me entero de nada de lo que ocurre a mi alrededor, pero no importa: mi cuerpo tiene interiorizado el tiempo de este trayecto, las curvas y acelerones que se repiten día tras día y así es como soy capaz de levantar la mirada instantes antes de llegar a mi destino, el tiempo justo para volver a esta mierda de mundo, volver a ser consciente de la red invisible de la rutina que cae por encima de mi cuerpo y que me arrastra a los mismos sitios cinco días a la semana, los hilos de marioneta que tiran de mis extremidades cuando aprieto el botón rojo para bajarme de este bus. Sueño con saltar por la puerta hacia la calle helada y aparecer abducido en otro planeta. Sueño con levantar la mirada del libro y no saber dónde estoy: sueño que el autobús ha desaparecido y en realidad estoy en un tanque intergaláctico que forma parte de una avanzadilla para conquistar un nuevo planeta. Cuando vuelvo la mirada hacia el libro, lo que tengo agarrado con fuerza entre las manos es un rifle futurista. Sueño cualquier cosa con tal de no estar aquí. Sueño tanto que no me doy cuenta de que la persona que se ha bajado hace un par de paradas se ha olvidado la mochila a mi lado. Sueño mientras un artefacto explosivo detona en el interior de la mochila y la metralla sale disparada en todas direcciones y hace jirones la red invisible, hace trizas los hilos de las marionetas, hace jirones las ropas y astillas la madera. A través de la violencia del estallido se escapan un montón de fragmentos irreconocibles, ahí salen despedidos entre las llamas los futuros truncados de los pasajeros, los cachitos humeantes que antes formaban parte de sus respectivos individuos. Sin embargo yo no me doy cuenta de nada. Yo sigo leyendo cuando a escasos centímetros de mi cuerpo tiene lugar la deflagración, yo sigo soñando cuando mis manos y mis ojos son lo único que me mantiene vivo, unidos al libro que me tiene tan entretenido, lo suficientemente entretenido como para no levantar la mirada a pesar del fogonazo, aquí, en mi vida de lunes a viernes, soñando con levantar la mirada y que no haya bus, que no haya trabajo, que haya otra cosa, que haya algo mejor. Sueño que levanto la mirada del libro y que mis sueños se han hecho realidad. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

DEP

No quiero que tengáis esperanza. 
Quiero que perdáis lo último que se pierde antes de que perdáis todo lo demás. 
Prended fuego a la imaginación. Pegadle un tiro en la nuca a la ilusión. Caminad sin mirar hacia el horizonte. Sin destino, salvo por el peaje obligatorio antes de subir a la barca de Caronte. 
No importa cómo, cuándo ni por qué, pero llegará ese momento en que lo mejor que uno puede hacer es descomponerse. Ese momento en que los que quedan (si es que queda alguien, claro está) pagan dinero para que te maquillen y metan en una bonita caja barnizada, pagan porque salga tu nombre en el periódico, pagan dinero por unas flores que no puedes ver, pagan a un clérigo que no te conoce de nada para que hable de ti, pagan al mismo clérigo para que hable de cosas inventadas en el mismo ritual, para que amenace con esas cosas inventadas a todos aquellos que no obedezcan sus reglas inventadas. 
Por eso también quiero que perdáis el miedo.
Pero no el miedo a morir: no me atrevería a pediros tal cosa. Lo que quiero que perdáis es el miedo al infierno, el miedo a lo que habrá detrás de la puerta. Quiero que miréis a vuestro alrededor y que hagáis lo que os parezca correcto, pero no porque haya alguien que os vaya a castigar. No quiero que ser buena persona os resulte algo tan sencillo como obedecer, quiero que os comportéis como buenas personas si es que de verdad lo sois. Quiero que sea tan difícil como tomar una decisión sin coacción alguna. Quiero que demostréis vuestro verdadero rostro. 
Y por eso quiero que perdáis la esperanza: la esperanza en el más allá, la esperanza en una recompensa. Por eso quiero que queméis la imaginación, que dejéis de inventaros paraísos, vírgenes y querubines; por eso quiero que asesinéis a la ilusión. 
Para que así dejéis de fingir de una puta vez. 
Y así podamos, de una vez por todas, descansar en paz. 

jueves, 21 de agosto de 2014

Monos mentirosos

Nos gustan las mentiras. Tomamos café descafeinado con leche desnatada sin lactosa. Fumamos cigarrillos electrónicos y exhalamos el vapor con convicción. Hemos creado realidades virtuales lo suficientemente ricas y variadas como para que no tengamos que preocuparnos por vivir lo real. Compramos plantas de plástico en tiestos de plástico para decorar nuestros hogares. Nos damos rayos UVA para fingir que hemos tomado el sol. Hacemos kilómetros en bicicletas estáticas. Miramos hacia la vida a través de pantallas: de televisión, de ordenador, de móvil. Lloramos y reímos por historias inventadas. Bebemos alcohol hasta alterar nuestra percepción del mundo. Creemos en las mentiras que otros escribieron hace miles de años en libros que ahora son considerados sagrados. Hemos llegado hasta este momento de la evolución en el que vamos al supermercado a por los plátanos. Hemos acabado con el concepto de la naturaleza como proveedor: la leche aparece directamente al abrir el Tetra Brik. Hemos roto la cadena, hemos separado a la vaca de su producto. Lo hemos envasado y etiquetado, lo hemos hecho más aséptico, lo hemos apilado en cajas, le hemos puesto un precio. Compramos mentiras, consumimos mentiras. Estamos en ese momento de la evolución en el que hemos cambiado las reglas de la lucha por la supervivencia, ahora el que mejor está adaptado al medio es el que tiene más dinero. Nos gusta el dinero porque es la mayor mentira de todas. La mentira con la que obtenemos todas las demás mentiras. Rendimiento. Cuota. Neto. Interés. Bruto. Deducción. Inversión. Prima. Conceptos inventados para vidas inventadas por monos lo demasiado inteligentes como para soportar el aburrimiento del medio natural. Hace mucho tiempo, empezamos por prenderle fuego a las cosas. Al tiempo creamos los bomberos para cubrir una necesidad que no existía hasta que nosotros la inventamos. Mentira tras mentira, palada tras palada, hasta llegar a la cima de este montículo de estiércol que no es más que la historia de la humanidad. Somos un montón de monos mentirosos que cuando duermen sueñan con androides que sueñan con ovejas eléctricas. La putada vendrá cuando toque despertar. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Vacaciones

Para cuando el malvado Urnok había robado el orbe de titanio del templo galáctico yo, Alberto Berjón García, estaba sentado frente a un microscopio óptico leyendo los datos del volante de petición de una biopsia renal. Urnok planeaba utilizar el poder del orbe para destruir el Universo conocido y, lamentablemente, dado que yo estaba ocupado haciendo mi trabajo, no apareció ningún héroe imaginario a tiempo para impedir que se hiciera con él. Los héroes sólo aparecen cuando uno los inventa. Cuando Urnok llegó a su guarida secreta en el asteroide Todavía-Sin-Nombre (nombre provisional hasta que se me ocurra otro mejor) yo estaba decidiendo si los glomérulos de la biopsia de marras tenían una proliferación endocapilar y no tenía tiempo para crear un fenómeno cósmico que hiciera que la nave de Urnok se estrellara en un sistema planetario inexplorado. Así es como el malvado Urnok llegó hasta sus aposentos, sacó el orbe entre sus garras y se sorprendió de que su malvado plan hubiera salido tan bien. No había tenido ni el más mínimo contratiempo y ahora, por fin, disponía del orbe de titanio para sí. Urnok sufrió entonces una crisis de ansiedad porque él sólo había planeado hacerse con el orbe, pero no tenía ni idea de cómo utilizarlo. De hecho, creía tan improbable que acabara llevando su malvado plan a la perfección, que jamás creyó que llegaría a estar en esa situación y no había investigado cómo usar el cacharro ese. Cómo un ser perverso como Urnok iba a decirle a sus estúpidos súbditos que ahora no sabía que hacer, que había puesto en peligro sus vidas para luego no destruir el universo; él, el mismísimo Urnok, cómo iba a decirles que todo había salido según lo planeado y que lo único que han logrado es esta absurda bola de titanio. Mientras yo llegaba al diagnóstico de una glomerulonefritis postinfecciosa debido a la presencia de depósitos subepiteliales junto con la, ahora sí, definitiva proliferación endocapilar que ocluye las luces vasculares del ovillo glomerular, sumado eso a la clínica del paciente, con su hematuria y su amigdalitis dos semanas antes y bueno, que no quiero enrollarme con este asunto, mientras yo concluía que aquello era así y daba por cerrado el caso, un tal Urnok se escabullía de su guarida secreta, orbe en mano, en busca de alguien, quien sea, dispuesto a pararle los pies. Entonces yo decidí que era un buen momento para descansar un poco y tomar un café, y mientras removía el azúcar con la cucharilla empecé a imaginarme en el asteroide Todavía-Sin-Nombre, montado sobre un robot militar de infantería, cortando el paso al malvado Urnok, que nunca se había alegrado tanto de verme, y que me dice desesperado que ya era hora de que apareciera alguien, que ha estado a punto de destruir el Universo conocido y que menos mal que he llegado porque eso tiene mala solución. Yo le respondo que uno hace lo que puede. El tipo, aliviado, se rinde y me entrega el orbe. Lo contemplo absorto y pienso que ahora tengo en mis manos el mayor poder del Universo conocido. Sin embargo, alguien del trabajo me interrumpe y me pregunta si me voy a tomar el café algún día o si pienso quedarme ahí dándole vueltas a la cucharilla para siempre. Sonrío y le respondo que ojalá pudiera. Me sonríe de vuelta de manera incómoda. No debe ser la respuesta que esperaba. No me importa. Me voy. Ahora que empiezo las vacaciones tendré tiempo para encontrar un lugar seguro en el que guardar el orbe. El café cae sin sujeción alguna y se derrama por el suelo. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Borrachos

Los chicos estaban borrachos. Era la única forma de soportarlo, como entenderás. ¿El qué, dices? ¿Soportar el qué? Pues qué va a ser: la vida. La vida es eso que hace que nosotros, monos evolucionados, mazacotes de carne recubiertos de pelo, pequeños acúmulos de átomos sobre la Tierra, a veces, cuando estamos solos, nos quedemos en silencio y nos demos cuenta de que podemos meter la mano en esta bolsa gigantesca que es la existencia y moverla con horror hacia todos lados sin encontrar nada, y no nada que merezca la pena sino simplemente nada. Y es entonces cuando nos conformaríamos en esos momentos con cualquier cosa, con un poco de algo, porque cualquier miseria nos vale para creer que hay algo después de esta bella alucinación, sea lo que sea, signifique lo que signifique este gratuito y absurdo periodo de lucidez. Así es: por eso los chicos estaban borrachos. Era verano, eran adolescentes y sus únicas alternativas eran el botellón o la alienación que conocemos como realidad. Qué iban hacer si no, ¿llorar? O lo que es peor, ¿escribir? No hacen falta más lágrimas ni más poemas en este planeta. Aunque bien es cierto que el hecho de que no hagan falta no quita que nos guste mucho exprimirnos a nosotros mismos, así hasta dejar bien documentado nuestro camino, con este rastro de babas que es al final la biografía: rastro de babas y lágrimas, de semen, de sudor y también, por qué no, de poemas, de esos que se salen y se mueren fuera de uno, sobre el papel como sangre seca, poemas abandonados en el pasado como mudas de la piel de una serpiente que se arrastra y se aleja hacia la muerte. Por tanto, era mejor de esta manera. Mejor no saber por qué, mejor beber hasta caer en la inconsciencia y alejarse de un futuro que a los chiquillos sólo promete retos que superar, desafíos que aparecen uno tras otro sin parar, correr meta tras meta sin saber para qué, ser adulto en definitiva: fingir que todo es importante y fundamental. Es mejor que beban y que cuando vean unas luces y unas sirenas se pregunten si tendrán que huir porque se trata de la policía o si tienen que empezar a mirar a su alrededor a ver si es que a alguien le ha dado un chungo y está en coma etílico o algo así. Es mejor eso que vivir y tener que soportar lo que a uno se le viene encima: universidad, trabajo, facturas, impuestos, nómina, cartilla del paro. Es mejor beber sin parar que responder a la pregunta: ¿dónde te ves dentro de 10 años? Porque la vida mejora después de vomitar todo el whisky del mundo. O al menos yo te habría dicho algo así hace unos 10 años. Cuando no respondí a la pregunta por miedo a acertar. Porque creí que dentro de 10 años estaría muerto. Parece que no es lo mío eso de adivinar. 

lunes, 21 de julio de 2014

28

¿Qué nos queda por hacer? A veces es suficiente con encogerse de hombros y decir: no lo sé. Siempre es mejor eso que decir: nada, no tenemos nada más que hacer, y acto seguido apagar las luces y dejarlo todo con un golpe seco, un taburete que cae al suelo y el cuello cruje, la soga se tensa y aparece un punto final en el extremo, donde el pie se estremece en un espasmo de despedida. ¿Qué puedo hacer antes de volverme demasiado viejo? A veces basta con hacer algo. Lo que sea. Mejor que quedarse quieto esperando que el polvo se deposite sobre uno, lentamente, y así hasta fosilizarse esperando lo inevitable. Mejor es sacudirse la tierra de encima y comenzar a caminar, aunque no sepamos cuál es el destino, aunque nunca lleguemos a ningún lado. Aunque los mentirosos nos digan que saben hacia dónde vamos todos. Mejor es sacudirse el polvo de encima, quitarse las telarañas y gritar por la ventana. Por lo menos hasta que alguien llame a la policía. Mejor es coger y decir a alguien al azar: vete a tomar por culo. Y así empezar una pelea. Mejor es plantar un libro, escribir en un árbol y no tener hijos. Aunque la versión clásica tiene también su encanto, salvo por lo de los hijos. Mejor es celebrar tu cumpleaños que quedarte mirando por la ventana pensando en la mejor forma de parar el tiempo. Mejor es agarrarse una borrachera y vomitar y acabar con una resaca de espanto. Mejor que esperar en silencio que algo suene. O que algo explote. Mejor es ser como un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Mejor que nada. Porque para no ser nada siempre tendremos tiempo. Para no ser nadie siempre hay plazas vacantes. Siempre hay tijeras para cortar los hilos. Como dice la de la guadaña: siempre es buen momento para ponerse a cosechar. Así que saludad a la cámara y decid: hola mamá hola papá mirad salgo en la tele un saludo besos os quiero. Antes de saltar por el trampolín. Antes de que sea demasiado tarde para alguno de vosotros. Te pueden decir: hay cosas que sólo pasan una vez en la vida. Pero en realidad todas las cosas pasan sólo una vez. Así que ríe antes de que te quedes sin voz, sueña antes de que se apague la imaginación, baila antes de que no se te muevan las piernas, sangra antes de que se te pare el corazón. ¿Que qué nos queda por hacer? Y yo qué sé.