sábado, 18 de febrero de 2023
Seguir siendo
lunes, 13 de febrero de 2023
Un juego
Y al darnos cuenta
En ese preciso instante
Deja de ser un juego.
Es el principio de incertidumbre del juego
No puede ser un juego si los participantes saben que es un juego.
Porque entonces
Al saber que es un juego
Dejas de jugar.
El juego requiere naturalidad
Inconsciencia
Ligereza
Y ser consciente de que uno debe ser ligero
Lo vuelve pesado.
Como cuando te dicen que no te preocupes
Y entonces piensas
¿Debería estar preocupado?
Y acto seguido
Pasas a estarlo.
No hay solución satisfactoria
Ser y pensar no se llevan bien
Crees que eres lo que piensas
Pero no
No eres lo que piensas
Eres lo que haces.
Estuve mucho tiempo tirado en el sofá
Tirado en la cama
Tirado en el suelo
Tirado pensando
Pensando en escribir.
Hasta que no me puse a escribir
Todo ese tiempo que pasé tirado
No fui un escritor
Solo fui un cadáver
Con los ojos repletos de sueños.
martes, 10 de enero de 2023
Huella
en nadie, en nada.
Ojalá ser un grito en un sueño,
una caricia a un animal muerto,
un relámpago en la imaginación,
un pedo en una habitación acolchada,
una cuenta sin seguidores,
una gota de agua en el oceano,
una calavera más en el osario,
un aborto desapercibido,
un poema que nunca será leído.
Ojalá caminar de puntillas
en la cara oscura de la luna,
cerrar los ojos
sin quitarse el antifaz,
jugar al ajedrez
contra sí mismo,
apostarlo todo a la nada,
no decir nada en el lecho de muerte,
irse del bar
Ojalá no dejar nunca huella,
que nadie jamás piense en mí
y que algún día en el futuro
frunzas el ceño
dudando si acaso
fui
real
lunes, 15 de marzo de 2021
Tribulaciones ontológicas de una mente biológica en un futuro post-transhumanista
Parece que todas son preguntas.
Mis padres hacen bip-bip y hablan en binario en la cocina. Sus modelos son de los primeros que se comercializaron y para poder comprender lo que dicen tendría que encender el traductor, pero no me apetece aguantar sus sermones. Ignoro sus cuerpos metálicos que giran sus «ojos» hacia mí, cojo una barrita energética del armario y salgo antes de que me puedan detener.
sábado, 30 de enero de 2021
Cuando lleguen los extraterrestres
Cuando lleguen los extraterrestres, yo ya no estaré aquí.
Cuando desciendan de sus naves espaciales y contemplen a través de su apéndice sensorial el paisaje desolado (y, aunque el planeta en ese momento no sea más que una gigantesca ruina, ellos lo vean como un hallazgo extraordinario y embotellen cucarachas con reverencia), yo ya no estaré aquí.
Cuando reparen en los restos de lo que algún día fue una gran ciudad, yo ya no estaré aquí.
Cuando vean los edificios en ruinas bañados por la lluvia, el mar lamiendo los rascacielos con suaves olas, la catástrofe ya pasada, yo ya no estaré aquí.
Cuando desplieguen sus equipos de excavación, imposibles de entender para nuestra anatomía, pero adecuados y pensados para sus cuerpos, y empiecen a buscar más allá de la superficie, yo ya no estaré aquí.
Cuando saquen los primeros huesos y se estrujen la cabeza intentando comprenderlos (las cucarachas no tienen huesos, los extraterrestres no tienen huesos), yo ya no estaré aquí.
Cuando encuentren mi esqueleto y lo metan en una de sus naves espaciales, yo ya no estaré aquí.
Cuando se lleven mis huesos junto con los demás a su planeta de origen y allí por fin los comprendan, y finalmente los cataloguen, yo ya no estaré aquí.
Cuando pongan mi esqueleto en una máquina y, no sé cómo, logren reconstruir el resto del cuerpo, usando el esqueleto como un mero andamio, como si el tiempo echase marcha atrás, y retornen lentamente los músculos, los nervios, la vasculatura, las vísceras o el encéfalo, yo ya no estaré aquí.
Cuando mis ojos se abran de nuevo, yo ya no estaré aquí.
miércoles, 2 de diciembre de 2020
Viejos amigos
Tenía cinco años la primera vez que la vi. Era un día soleado. Iba caminando de la mano de mi madre, pero al verla a lo lejos me detuve, la señalé y le pregunté a mi madre que quién era esa señora. Mi madre se limitó a decirme que señalar a la gente era de mala educación.
Esa es la metáfora. En realidad no recuerdo la edad exacta que tenía cuando la vi por primera vez. Tampoco es verdad que la viera por la calle. La verdad es que la vi dentro de mi cabeza, aunque no del todo definida, era más bien un atisbo, una sombra, que una imagen clara.
Pero lo que sí es verdad es que era un día soleado y que iba por la calle con mi madre. Y, aunque no la señalé, sí que le pregunté por ella.
—¿Qué ocurre cuando se muere? —No estoy seguro de si estas fueron mis palabras exactas, quizás (probablemente) fueron mucho más torpes.
Mi madre se limitó a ser sincera. Me dijo que al morir uno deja de vivir, que ya no se está más. O al menos eso es lo que recuerdo: una confirmación de mis más temidas sospechas.
La figura se giró y me saludó con la mano, antes de desaparecer calle abajo.
Así es cómo pasé de intuir a duras penas su presencia a verla en todo su esplendor terrorífico.
Me olvidé de ella un tiempo. Me dediqué a los quehaceres cotidianos, a los juegos, a vivir el momento concreto en el que estaba. Pero una noche, antes de que pudiera conciliar el sueño, ella volvió. Se apoyaba en el quicio de la puerta, su silueta recortada contra la luz que venía del fondo del pasillo donde mis padres veían la televisión. Es entonces cuando recordé la respuesta de mi madre y tuve miedo de cerrar los ojos y no poder volver a abrirlos.
En esta tesitura hice lo que cualquier niño educado en la fe cristiana hubiera hecho en mi situación: rezar. Recé, paralizado de terror, mientras ella me miraba en silencio. Y le pedí a Dios que, por favor, cuando llegara el momento, me enterase de todo. Quería estar consciente. Sentirlo todo. El dolor, da igual. No quería dejar de ser.
Ella sonreía mientras yo lloraba, podía sentirlo a pesar de la sombra que le cubría la cara.
Me acabé durmiendo de puro agotamiento.
En ese momento no lo sabía, pero la verdad es que en aquellos momentos no rezaba a Dios. En realidad era a ella a quien iba dirigida mi plegaria.
Las cosas después no fueron a mejor. Mi adolescencia consistió en dos manos enormes que metieron sus dedos enguantados en el agujerito que ella me había hecho en el pecho para luego tirar de los bordes en direcciones opuestas.
Y el agujero se convirtió en un abismo.
Sobreviví aferrado a la rutina como un náufrago agarrado a una tabla a la deriva. Eso me permitió superar los días, pero la noches eran otra cosa. Ella venía a visitarme a diario y ya no se limitaba a saludar de lejos o a mirarme desde el pasillo. Entraba a mi cuarto y se metía conmigo en la cama. Me abrazaba mientras yo me limitaba a temblar y a llorar. Su aliento apestaba.
En esa época confundí la desesperación que sentía con amor no correspondido. Y esa desesperación que yo llamaba desamor fue la que, paradójicamente, me ayudó a encontrar mi primer gran amor.
El alcohol.
Las borracheras pasaron a ser las olas que me arrastraban de un lado para otro mientras yo seguía agarrado a mi tabla.
En el vaivén de las olas me acostumbré a su presencia y ella, poco a poco, dejó de visitarme.
Una mañana desperté en una playa a la que la marea me había arrastrado. Escupí agua de mar sobre la arena y me puse de pie para contemplar los alrededores. Había sobrevivido al naufragio. Habían pasado años, pero lo había conseguido. Me puse en camino, eso sí, sin atreverme a soltar mi tabla de salvación. Ahora era un adulto. Un puto adulto.
Llegado este momento tengo que hablar brevemente de mi amor.
La primera vez que vi a mi amor estaba siendo revolcado por el oleaje. Así que no fue hasta el instante en que pisé tierra firme que me atreví a invitarla a tomar algo.
Ella se pidió un destornillador.
Le pregunté si aquello era una cita. Yo deseé que así fuera. Ella también. Por tanto, fue una cita, nuestra primera cita.
Eso fue hace once años. Y desde entonces no he tenido muchas noticias de mi antigua visitante nocturna.
Hay quien la llama muerte y hay quien la llama depresión. Yo nunca he sabido su verdadero nombre y ella nunca me lo dijo cuando me echaba el aliento en la cara. Desearía no volver a verla nunca más, pero sé que este afán es algo pueril: nuestros caminos volverán a cruzarse. Eso sí, la próxima vez que nos encontremos ya no tendré miedo. Ya no. He sobrevivido a un naufragio.
La próxima vez la saludaré como se saludan los viejos amigos.
martes, 12 de mayo de 2020
El crujido
no siempre avisa peligro.
A veces es lo contrario;
rendija, salida, escapatoria
o esperanza.
En mi barrio de pavimento
resquebrajado
la hierba brota indomable
las flores emergen imparables;
son reconquista de lo arrebatado.
En mi barrio de casas decrépitas
de vida aparentemente agotada
de tiempos mejores que nunca volverán
se escucha todos los días
el crujido
y parece preludio del derrumbe,
pero es augurio de primavera.
miércoles, 27 de septiembre de 2017
Muera España
Ella es una especie de portal entre el mundo de los conceptos y el mundo real. Igual que una cruz representa al dios cristiano, el concepto que ella representa no es algo tangible. Un símbolo bajo el que es fácil ceder. Quién necesita pensar cuando puede dejarse llevar por semejante combinación cromática. Identifícate con ella, dicen sus súbditos. Bésala, te dicen. Pero para qué besar una tela que no tiene labios, que no late ni respira. Y lo que quizás es más embarazoso: ¿dónde hacerlo?
Los fieles no necesitan preguntarse nada. Como cualquier religión que te represente, te facilita mucho la vida. Elimina toda reflexión. Es más fácil aceptar una consigna del bando que te corresponde sin cuestionarla. Repite el chiste que viste en Twitter contra los que defienden otra tela pigmentada diferente. Sois un poco diferentes, de acuerdo. Quizás por el idioma y por algunas fiestas tradicionales. Pero no te engañes. En realidad sois tan parecidos. Todos estáis atados a un símbolo que ondea al viento. Os habéis convertido en mástiles. Seres inertes cuyo única razón de ser es sostener una representación abstracta que se amolda a cualquiera que se menosprecie. Talla única. Unisex. Una cosa que funciona mejor cuanto más fuertes sean las ventoleras. Mirad, mirad qué bien funciona ahora. Mientras alguien grita «viva España», otros esperan que se muera. Y yo sonrío con amargura. Porque sé que una nación no existe más que como delirio colectivo.
Las coloridas banderas ondean con fuerza. Yo salgo a la calle con la idea de aprovechar el huracán para sacar mi cometa gris. Nunca se sabe cuándo volverá otra oportunidad como esta para echarla a volar.
miércoles, 19 de abril de 2017
Fénix
El líquido amniótico, los aprietos; y después el frío, las luces cegadoras, el olor a quirófano.
Volver a respirar por primera vez.
Volver a llorar (a fin de cuentas, es lo mismo).
Quejarse de lo incómodo.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio. Las cosas que vas a dejar detrás.
Acostumbrarse a lo incómodo.
Alimento.
Calor.
Sueño.
Los seres vivos nacen.
A veces crecen.
A veces se reproducen.
Pero siempre, siempre, mueren.
En algún momento impreciso del futuro lo entenderás.
Quizás será cuando tu mascota se vaya de viaje a un sitio mejor.
O cuando le toque a tu abuelo.
Y entonces querrás volver atrás.
Volver.
Entonces querrás recuperar todo lo que has dejado atrás.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio.
Tu mascota.
Tu abuelo.
Volver.
Querrás volver a nacer.
Pero no podrás.
Y seguirás viviendo.
Porque es lo que mejor se te da.
Porque es lo único que puedes hacer.
Seguir respirando.
Seguir llorando (a fin de cuentas, es lo mismo).
Y un día en que estés especialmente sensible.
Puede que porque hayas dormido mal.
Un día en que la mirada cansada del espejo te devuelva 30 años de golpe.
Volverás a querer volver a nacer.
Pero te conformarás con coger un viejo blog.
Un blog que parecía haberse ido de viaje a un sitio mejor.
Y escribirás algo que te saldrá muy de dentro.
Algo que parezca un poema pero que al final no sabrás muy bien qué es.
Una mierda pretenciosa.
Pondrás un título tentativo.
Luego lo cambiarás por: Fénix.
El primer verso será fácil.
Dirá: Volver a nacer.
Y aunque en realidad sea una tontería.
Y no sirva para mucho.
Cuando acabes te sentirás un poco mejor.
O eso espero.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Lepisma saccharina
Salgo así de mi escondite en busca de aquello que hayáis olvidado. Otra noche detrás de un pequeño bocado de vuestro pasado. Son las 3 de la madrugada. No es que en realidad sepa qué hora es pero lo digo porque es un dato que seguramente vosotros entenderéis. Recorro el borde de la bañera. No me gusta separarme. Manías adquiridas, así es el cuento de todas las excursiones. Mi cuerpo de lágrima se desliza por los azulejos. Mi objetivo: sobrevivir. ¿Para qué? No lo sé. Pero nunca me lo he preguntado. Quizás esa es la clave: no preguntar. Al final puede que tengáis cosas que aprender de los pececillos de plata, vosotros, seres supuestamente superiores. Por el camino degusto pequeñas partículas que voy encontrándome por el camino. Algunas fueron parte de tu cuerpo, de tu piel. Ahora son parte del mío. El ciclo de la vida. La entropía. Cosas en las que vosotros pensáis y que yo simplemente experimento. Comer. Producir espermatóforos. Seguir adelante con la vida. De eso va este juego. Confiado en mi soledad, me alejo del borde de la bañera. De pronto, todo estalla. Idiota. Los halógenos. La puerta se abre bruscamente. No. No deberías estar aquí. Sorprendido, hago lo que mejor sé hacer. No molestar. Me camuflo con un movimiento rápido en la rendija entre los baldosas. Y espero. Es dura la vida en la rendija. Pero es la única que conozco. No sé cómo funciona mi cabeza, pero al poco tiempo algo me dice que ya puedo huir. Hacia la bañera. Rumbo a la sombra. Lejos del embaldosado. Furtivo, emprendo mi huida desesperada. Corro. Yo no sé nada de ti. No sé que igual tomaste alguna cerveza de más la noche pasada. Y que por eso ahora, de madrugada, te meas. No sé que lo más inteligente es esperar y que así no llamaré tu atención. No sé lo que significa «inteligente». Tampoco es que me importe. Da igual, porque te percatas de mi presencia y ya es demasiado tarde para alcanzar la salvación, es demasiado tarde para escapar, para intentar seguir con el plan (¿qué plan?), y todo acaba cuando una pantufla polvorienta desciende sobre mí.
Epílogo.
Justo antes de morir me digo: la próxima vez será distinto.
No te rías de mí: yo no sabía que habría un después de la vida. Yo no sabía que después no habría nada más. Yo qué iba a saber.