lunes, 31 de agosto de 2009

Acerca del acto de escribir

El Autor duda, a pesar de que tenía la idea en mente desde hace tiempo. Escribir, declarar solemnemente, una frase lapidaria de esas que los colegiales recopilan y anotan en sus carpetas, una cita para la historia sobre el paso del tiempo y la pérdida de los sueños. En definitiva, sobre la dura hostia contra la realidad que acaece conforme llega eso que se llama madurez. El Autor baraja distintas opciones para llevar a cabo su propósito, que no es más que la gente le entienda, o que al menos entienda la frase en cuestión (si es que con esa frase no basta para entender al Autor y su profunda desesperación vital). Sus opciones son meramente formales, de pura disquisición técnica, pues en todas ellas late la misma idea. Cuando el adolescente fracasa, nace el adulto. Los adultos no son más que un montón de adolescentes fracasados. La edad adulta es el resultado del fracaso de la adolescencia. El mundo adulto es un lugar habitado por adolescentes mutilados. Etcétera. Las opciones comienzan a parecer infinitas y el Autor se agobia. ¿Qué criterios debería utilizar para escoger la redacción definitiva? En medio de tal diatriba el Autor se busca a sí mismo. Se plantea a sí mismo como hipotético lector y se ve a sí mismo reflejado en su propio mensaje. Recuerda sus deseos abandonados para siempre y ve su futuro inmediato como el desenlace de sus renuncias. Esto le deprime. El Autor siempre quiso ser escritor pero por razones prácticas decidió dejar aquello de lado por unos estudios que le proporcionaran un puesto de trabajo en el futuro y con ello, ya se sabe, dinero y con ello, ya se sabe, supervivencia. Sin embargo el Autor reflexiona y se da cuenta de que ya es, al menos, un poquito escritor. Al fin y al cabo, un escritor es simple y llanamente una persona que escribe, siempre y cuando uno se atenga al concepto literal. Y eso, para bien y para mal, ya lo hace. Lo que el Autor no es, está claro, es un escritor profesional. Aunque quizás convertir el acto de la escritura en algo profesional lo desvirtúe. Un hombre que en vez de a la oficina acude a la página en blanco, se sienta en ella y empieza a teclear. Con cara de sueño. Sin ganas. Por dinero. Etcétera. Así que el Autor siente que tampoco ha cejado en conseguir sus sueños. Simplemente ha hecho algo pragmático por el camino. Así que el Autor, feliz (dentro de lo que cabe), elige una frase al tuntún. La proclama. Y sonríe. Como si fuera todo un adolescente.

Maduros

La edad adulta es el resultado del fracaso de la adolescencia.

jueves, 20 de agosto de 2009

Revolución

La revolución exige un cambio brusco, profundo y violento de lo establecido. Pero en lo que nadie ha pensado es en la revolución personal. Un romper de espejos atroz cada vez que uno se enfrente con su imagen. La subversión del todo a partir de la unidad. Algo así como el marqués de Sade confundiendo el dolor y el placer. Como el esquizofrénico confundiendo realidad y ficción. O quizás no confundiendo: intercambiando. Todos a la vez, una mañana, una fecha cualquiera (que para la posteridad será resumida con la inicial del mes y el número del calendario correspondiente, tal que así: 11N, 31E, 20A). Cada uno sería una revolución y, el conjunto, el resultado de la suma. Así los tímidos empezarán a opinar y los extrovertidos tendrán vergüenza de decir lo que les parezca. Los que mantienen el orden moral empezarán a desmadrarse y viceversa. Los hombres del montón pasarán a ser minorías. Las minorías empezarán a luchar por el poder. El poder dejará de tener importancia. Los ricos pedirán limosna mientras los mendigos, triunfantes, pasarán despreciativos a su lado, ignorándoles. Dios será hombre y el cura se hará ateo. Los revolucionarios empezarán a clamar por la vuelta a la normalidad para poder conspirar como antaño. Los muertos serán enviados al espacio y no enterrados, por aquello de cambiar el orden gravitatorio del ciclo vital (la vida es la metáfora de un salto: prepararse, lanzar las piernas contra el suelo y salir lo más alto posible para después ser arrastrado a razón de g=9,8m/s2 otra vez al punto de partida, pero esta vez con nefastas e irreversibles consecuencias). Los fumadores regalarán sus cigarrillos a los que no fuman y éstos empezarán a fumar sin medida. Los enfermos tratarán a los médicos. Los gobernantes, antes de dimitir para pasar a ser mandados, derogaran toda ley existente excepto las leyes naturales, de las cuales se harán cargo sus creyentes correspondientes, es decir, los científicos, que a su vez dejarán de serlo, dejando en evidencia la falta de consenso, la falta de apoyo a cosas tan estructuradas hasta el momento como la evolución de las especies o el electromagnetismo. Dejando sin brújula cultural al progresismo, que ya no será tal. Los padres obedecerán a los hijos al volver de clase, los hijos irán a trabajar y se ganarán el pan con el sudor de su frente, si es que sigue habiendo panaderos. Los vegetarianos se pondrán hasta las trancas de costillas de cerdo. Los escritores quemarán sus libros. Los lectores empezarán a escribir. Y yo amaré a alguien como nunca lo he hecho. Al prójimo como a ti mismo (sic). Amar hasta vomitar. Si pudiera organizaría esta revolución absurda sólo para que yo lograse volver a querer a otra persona. Una revolución absurda requiere motivos absurdos. Algo así como confundir realidad y ficción, como confundir dolor y placer. Además, si ya confundí una vez el amor con la literatura, ¿por qué no iba a poder confundirlo con la revolución?

miércoles, 5 de agosto de 2009

Alzheimer

Ella es de piedra y cemento, de arrugas en la piel.
De cáscara abuela y de interior abismo.
Ella es un pasado enfermo de presente. La demencia es una enfermedad del tiempo.
Y nadie nos lo advirtió.
Ella es los únicos restos de la tragedia. La han declarado zona catastrófica.
Y nadie nos lo advirtió.
Ella es un edificio abandonado. Esperando la fecha del derribo.
Así que hemos acordonado la zona a la espera de que ocurra algo definitivo.
Y cuando la muerte venga a verla deseo que grite, que la muerte grite aterrorizada al descubrir que alguien ya ha hecho gran parte del trabajo, pero se ha dejado olvidada la carcasa.

La vida es tan corta y la muerte tan larga.
Pero nadie nos lo advirtió.

sábado, 1 de agosto de 2009

Divertimento

Al señor Whitman le gusta vivir en renta de alquiler porque así sabe que, al menos, siempre habrá una persona que se preocupe por él: su casero. El señor Whitman se pasa largas noches tumbado en su cama mirando la bombilla encendida que cuelga del centro de la habitación. Después cierra los ojos y la mancha de luz se queda impregnada un rato dentro de sus párpados. Esto no es que le guste hacerlo, es que a veces se olvida de apagar la bombilla antes de acostarse y una vez tumbado le da pereza levantarse para apagar el interruptor. Parece algo terrible, pero no lo es tanto porque Whitman sabe que gastar más luz de la cuenta le gusta a la compañía eléctrica. Ah, la compañía eléctrica, pero, se pregunta, ¿quién coño es la compañía eléctrica? Parece que nadie se preocupa de quién es la compañía eléctrica. Whitman lo hace por poco tiempo, porque al final se suele quedar dormido, mal que le pese.

Por las mañanas suele quedar en el bar con su amigo, el señor Fuentes, y allí hablan de las últimas noticias. A veces Whitman tiene la impresión de que Fuentes no es realmente su amigo, y de que simplemente queda con él porque no tiene a nadie más con quien quedar. A su vez, el señor Fuentes tiene la impresión de que Whitman queda con él por una especie de conmiseración mal entendida. Sin embargo, ninguno sabe por qué queda con el otro. En cualquier caso, quedan y toman café juntos. El señor Fuentes después de esto regresa a su piso de la calle 11. Y entonces coge los prismáticos y se dedica a mirar las ventanas de enfrente, hasta que sucede algo o es la hora de comer. Normalmente no sucede nada, pero, como esto no se puede predecir, Fuentes es de la opinión de que es mejor estar atento por si acaso. Una vez logró ver en una de las ventanas de enfrente un hombre acuchillando una almohada. Para el señor Fuentes aquello fue un hito. Para los periódicos a los que llamó para narrarles el suceso no lo fue tanto. Con lo impactante que habría sido ver en primera página el titular. Hombre acuchilla almohada. El caso es que, como nunca ocurre nada, Fuentes acaba por comer y dormir la siesta. Ah, se me había olvidado decirlo: Fuentes vive en un piso hipotecado. Así, por lo menos el banco se preocupa por él.

Algunos días por la tarde Fuentes llama a un antiguo compañero de trabajo, el señor Camus. El señor Camus contesta con frases cortas, como si de un momento a otro todo se fuera a detener. Esto emociona en cierto modo a Fuentes. Pero falsa alarma. Al igual que con los prismáticos de antes de comer, nunca sucede nada. Camus contesta a lo que se le pregunta. No sucede nada especial. Y cuelgan amistosamente. En ese momento el señor Camus vuelve al trabajo. Camus trabaja diseñando cencerros para una empresa que está al borde de la quiebra porque ya nadie quiere comprar cencerros de diseño. O quizás es que nunca hubo nadie dispuesto a comprarlos. Así que Camus trabaja sabiendo que, probablemente, todo aquello no sirva para nada más que ganar el dinero suficiente para comprar comida y pagar los recibos. Cencerros de diseño sin mérito reconocido por la sociedad. El señor Camus no tiene que preocuparse por pagar alojamiento, ya que el piso en el que vive está comprado desde hace años.

El señor Camus no conoce en persona al señor Whitman y viceversa, aunque ambos han oído hablar uno del otro por parte del señor Fuentes. Sin embargo, ninguno trata de indagar más sobre el otro. La coincidencia se mantiene así hasta que, un día, el señor Fuentes invita al café matinal con Whitman al señor Camus. Cuando Whitman entra al bar y ve la escena, cree confirmar su hipótesis. Fuentes quedaba con él porque no tenía a nadie más con quien hacerlo. Y ahora va a presentarle a su sustituto. Por su lado, Fuentes piensa que Whitman puede sentirse liberado de de quedar con él al ver que ha traído a otra persona y razona para sí que ha sido un error llevar a Camus. Sin embargo, a Camus la reunión matinal le da bastante igual, está ofuscado pensando en el badajo para su nuevo diseño. Whitman traga saliva, con cara de haber dormido mal. Fuentes le saluda:
–¿Qué tal?
–Mal, hoy he vuelto a dormir con la bombilla encendida.
Camus no dice nada.
–Tendrías que hacer algo al respecto, no puedes seguir así –dice Fuentes.
–Ya lo he hecho. No voy a volver a pulsar el interruptor. Algún día esa puta bombilla acabará por fundirse.
–Una bombilla, ¡es perfecto! –exclamó Camus y se fue corriendo a retomar su proyecto. Whitman y Fuentes no lograron despedirse de él. Se quedaron callados, mirando la puerta cerrándose tras el paso de Camus. Fuentes entonces pensó en sus prismáticos, pensó en la bombilla siempre encendida de Whitman, pensó en el banco y en la compañía eléctrica y se preguntó incómodo si, por casualidad, en este mismo momento, no habría alguien en la ciudad acuchillando una almohada.

jueves, 30 de julio de 2009

Tsutomu Yamaguchi

Te escribo porque no tengo nada que decirte.
Te escribo porque ya no me queda nadie más.
Porque cuando estás conmigo, aunque no sea físicamente, aunque sólo sea leyéndome, estás a solas.
Así que si estás leyendo esto, no creas que has logrado ser especial.
Sólo has logrado sobrevivirme.

lunes, 27 de julio de 2009

El muro de Berjón

J.R., Madrid.
Nos encontramos en una habitación en penumbras, tenuemente iluminada por un cigarrillo que pende de los dedos de Alberto Berjón, autor del blog Letras Terminales. Un blog caracterizado por su contenido filosófico, sexual y controvertido, pero sobre todo literario. Alberto Berjón es un tipo excéntrico a la hora de hablar, no mira a los ojos y fuma mucho. Para que se hagan una idea de su grado de excentricidad, me pidió que le hiciera yo esta entrevista para publicarla ulteriormente en su blog. La idea me pareció tan extraña como atractiva, por lo que no dudé en aceptar a pesar de no haber hecho nunca antes una entrevista. Este es el resultado.

J.R.: Buenas tardes.
A.B.: Hola. ¿Quiere un cigarrillo?
J.R.: Lo cierto es que lo he dejado, pero parece casi obligatorio para entrevistar a alguien como usted. Deme. [Acerca su cajetilla a mis manos. Cojo un cigarrillo]
J.R.: Bien. Empecemos por el principio. ¿Por qué Letras Terminales?
A.B.: En realidad Letras Terminales no es el principio de nada. De hecho, el título no fue más que una improvisación. Uno siempre tiene la impresión de que grandes títulos ocultan grandes fallos. Por eso ahora no pienso mucho en los títulos. Al principio sí, cuando empecé a escribir me centraba principalmente en el título. Después dedicaba todos mis esfuerzos a los finales. Y después a las introducciones, luego al nudo... Pero ahora no me centro en absolutamente nada. [Apaga su cigarrillo]
J.R.: ¿Esas evoluciones, si puede decirse así, se han correspondido con algún suceso puntual en su biografía?
A.B.: [Se queda pensativo] Yo diría que no. No han sido cambios bruscos. Fue todo muy progresivo, como poner un ladrillo encima de otro y así hasta este momento, en el que me alejo para ver el muro que se ha construido. Es cuando lo miras que te das cuenta de que los primeros ladrillos que habías puesto se cayeron hace tiempo y que todo se ha ido al carajo. Que has estado construyendo sobre algo que ya no existe.
J.R.: Háblenos de su método creativo. ¿Tiene o ha tenido alguno definido? Y si es así, ¿también ha ido creciendo a lo largo del tiempo y los textos publicados?
A.B.: No hay método alguno, si bien es cierto que al principio las mejores ideas me venían estando de resaca. Pero ahora ya no es así. Las resacas ya no son tan agradables. Ahora me limito a situarme ante el espacio en blanco y a escribir del tirón, a veces sobre alguna idea previa, otras veces todo es más improvisado. Si me disculpa, voy al baño. Es por la cerveza. [Sonríe, se levanta y va al baño. Al cabo de unos minutos vuelve subiéndose la bragueta] Ya está.
J.R.: Una de las categorías de su página se llama Mundo Personal. Sin embargo nunca profundiza mucho en dichos textos. ¿Se desnuda el autor alguna vez a través de la piel de los personajes ficticios y las historias inventadas?
A.B.: Quien me conoce lo sabe. Yo sólo me desnudo para ducharme, para cambiarme de ropa y para follar, ya sea solo o acompañado. [Calla unos segundos] Aunque no niego que pueda haber algo de verdad en lo que escribo.
J.R.: Precisamente lo preguntaba porque esa es la impresión del gran número de conocidos suyos con los que he podido hablar. Casi da la impresión de que de alguna forma la pose del autor ha acabado engullendo a la persona. ¿Es así, o quizás es la persona la que se ha terminado pareciendo al personaje?
A.B.: Bueno, cuando estoy a solas no es así. Es peor.
J.R.: ¿Peor en qué sentido?
A.B.: En que estando a solas es cuando me doy cuenta de que realmente no hay persona. La persona es el personaje que interpreto y el personaje que "he creado" es lo único que soy.
J.R.: Comprendo. Su personaje, al menos en apariencia, tiene cierta química con algunos de sus amigos que también escriben. ¿Se siente cómodo haciendo colaboraciones o proyectos conjuntos, o viendo cómo de sus textos nacen obras derivadas?
A.B.: Me siento igual de cómodo que cuando salgo a tomar unas cañas con mis amigos.
J.R.: Y, hablando de esa relación entre cerveza y literatura, ¿no cree que a veces hay demasiada nicotina en lo que escribe?
A.B.: Hay demasiada nicotina en mi vida en general. [Enciende un cigarrillo]
J.R.: Hay determinados temas recurrentes en su página, pero de todos ellos parece que la muerte tiene algo de fetiche. ¿Es toda esa nicotina de más una forma metafórica de buscarla?
A.B.: No es que la busque, es que me he rendido hace tiempo. La muerte siempre gana. Y reconozco que me da miedo, siempre he tenido miedo a morir. Es terrorífico saber que todos, absolutamente todos, vamos a morir.
J.R.: Son varias las veces que se ha declarado nihilista. ¿Por qué escribir entonces si sus textos no buscan una vida perdurable tras esa muerte?
A.B.: Eso es mentira. Precisamente los textos buscan perdurar todo lo posible, aunque sólo sea un poquito más que yo. A pesar de que estén condenados a fracasar.
J.R.: La voluntad de la vida en el recuerdo por la obra no parece una actitud muy nihilista.
A.B.: Soy nihilista pero humano.
J.R.: ¿Qué características le exige a sus lecturas?
A.B.: Que sean mejores que lo que yo escribo.
J.R.: ¿Quiere eso decir que llegar a publicar algo no entra en sus aspiraciones?
A.B.: No creo que nadie pueda querer publicar algo escrito por mí. No creo que fuera rentable para la editorial. [Apaga el cigarrillo tras una larga calada]
J.R.: Algunos de sus textos son mordientes críticas a la obra de otros autores o hacia determinados personajes públicos. ¿Cuánto tienen de simbólico esas defenestraciones y cuánto de mera satisfacción?
A.B.: La iconoclasia es una forma de masturbación.
J.R.: ¿Mejor o peor que cuando escribe algo cargado de sexualidad?
A.B.: Diferente. El sexo es diferente a la iconoclasia. [Calla, tuerce el labio unos segundos antes de seguir] Aunque igual de placentero.
J.R.: Si un régimen totalitario comenzara a quemar todos los libros de la humanidad y usted pudiera salvar de las llamas únicamente a un autor, ¿podría elegir labibliografía de algún escritor en concreto?
A.B.: [Permanece callado largo rato] Ahora mismo no podría decidirme. Cortázar, Bolaño, Hesse, Philip Roth... Hay muchos que merecen una redención, por pequeñita que sea. Eso sí, lo que sé con seguridad es que tiraría al fuego a Paulo Coelho?
J.R.: ¿Para cuándo una defenestración onanista de Paulo Coelho?
A.B.: Tiene que surgir. No todo es cuestión de escupir impulsivamente.
J.R.: ¿Qué sentimiento le evocaría conocer que a un hipotético lector le excitase alguno de sus textos?
A.B.: ¿Que le excitase en qué sentido?
J.R.: Sexualmente.
A.B.: Supongo que me resultaría indiferente, siempre y cuando no esté leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Y si fuera una lectora?
A.B.: Si fuera una lectora no estaría nada mal que estuviera leyéndolo cerca de mí.
J.R.: ¿Alguna vez ha utilizado la literatura como arma de seducción?
A.B.: Sí, pero le aseguro que a mí no me funcionó. Por desgracia.
J.R.: Uno de los adjetivos con el que sus lectores más se refieren a su obra es "visceral". ¿Se considera así ya sea en el fondo o en la forma?
A.B.: No sé a qué lectores ha preguntado (tampoco tengo tantos), pero no tengo ni puta idea de qué quieren decir con eso. Visceral es un adjetivo tan comodín para la crítica como lo puede ser "ecléctico". Pero como suena tan bien, diré que estoy completamente de acuerdo. Soy todo vísceras.
J.R.: ¿Ha llorado alguna vez escribiendo algo?
A.B.: No. Pero he llorado antes de escribir algo.
J.R.: ¿Llegó ese texto a ver la luz?
A.B.: Depende qué se entienda por ver la luz. Puedo decir que llegó a donde tenía que llegar.
J.R.: ¿Alguna vez le ha ilusionado algún comentario que le hayan escrito en su página?
A.B.: Sí. Siempre te hace un poco de ilusión que alguien pierda el tiempo contigo.
J.R.: ¿Quién es su peor crítico?
A.B.: Esta pregunta me la ha hecho para que le diga que soy yo, que soy muy exigente con lo que escribo y todas esas pamplinas. Bueno, pues es cierto. Soy yo.
J.R.: ¿Y en segundo lugar?
A.B.: No es que me critiquen mucho.
J.R.: Literariamente hablando, ¿tiene alguna espina clavada?
A.B.: Lo que tengo es un montón de cosas sin acabar. Y parecen pedirme prórroga ad infinitum.
J.R.: Por último, su página se ha caracterizado siempre por una gran austeridad en lo que a la presentación se refiere. De hecho hace tan sólo unos días publicó por primera vez una imagen. Háblenos de ese afán por la estética minimalista.
A.B.: No se lleve a engaños. No es minimalismo. Se trata, lisa y llanamente, de vagancia. Puta vagancia.
[Nos levantamos los dos. Nos estrechamos las manos y todo parece estar a punto de desaparecer]
J.R.: Bien, pues hasta aquí esta entrevista con Alberto Berjón. Muchas gracias por su tiempo. Buenas tardes.
A.B.: Buenas tardes. Cierre bien la puerta al salir.

jueves, 23 de julio de 2009

Unos años después de mí

Me gustaría mandar una carta al futuro, una carta que llegase después de que yo haya muerto, y así verla emerger de golpe sobre mi tumba, después de tantos años oculta esperando, inexistente hasta la fecha, y así crearme una segunda vida por escrito, la resurrección, el apocalipsis que nadie se había imaginado: la segunda venida de Alberto.

No se dejen llevar por las apariencias, estoy hablando de algo más que un mero testamento. Ni siquiera hablo de un Nuevo Novísimo Testamento. Ni de una reencarnación. Hablo de comunicarme con personas que jamás llegaré a conocer. De escribirme de novo. Dejaré en la misma carta los huecos apropiados para que ellos me respondan, para que ellos participen de mi segunda vida, de mi vida muerto. Dejarlo todo como un lienzo en blanco con un boceto dentro, un esquema de todas las cosas que pueden desaparecer, de las cosas que han desaparecido y de las cosas que siempre acaban por desaparecer. Un esquema nervioso de la vida, un esquema de los estigmas, determinando el lugar correcto donde hay que clavar de nuevo los clavos contra el madero, sin saber siquiera si habrá clavos o madera, sin saber si por aquel entonces existirá la crucifixión como concepto, vaya usted a saber si como metáfora.

Será una forma de nacer (¿o es de renacer?) sin tener que arrastrarme por una vagina. Sin tener que esperar 9 meses dentro de un útero, aburrido como a fin de cuentas son todos los úteros, a oscuras y solo, muy solo. Sin necesidad de que haya sexo previo, ni una mísera corrida. Supongo que lo siento, papá.

Parece tan bello, tan fácil de hacer, sólo es ponerse y escribir. Valdría con mandar una sola frase: he vuelto. Y ya. No habría más argumento que lo que sucediera después. Una persona cualquiera recibe la carta, abre los ojos mucho, dice: es imposible. Y va al rotativo que haya en la época. Grita. ¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto! Alguien rompe el primer sello. Sale en todas la noticias. Hacen fotos a mi tumba. Helicópteros sobrevolando el cementerio. Alguien rompe el segundo sello. Aparecen los hijos que nunca tuve. Dicen que yo soy su padre. Sólo quieren dinero. Alguien rompe el tercer sello. Se publican biografías sobre mí basadas en lo que escribí. Es decir, llenas de mentiras. Alguien rompe el cuarto sello. Un periodista imbécil me otorga el dudoso honor de ser conocido como El Cid del siglo XXI: Siguió escribiendo después de muerto del todo (sic). Alguien rompe el quinto sello. Se me considera oficialmente como el remodelador del concepto literario del tiempo, al subsistir por escrito más allá de mi época. Al menos eso dirá la Wikipedia. Alguien rompe el sexto sello. Todos los años, por la fecha de mi muerte, la gente lleva hojas en blanco a mi tumba, esperando que se obre de nuevo el milagro. Y rezan, no por mí, sino a mí.

Alguien rompe el séptimo sello. Ya iba siendo hora.

miércoles, 22 de julio de 2009

lunes, 20 de julio de 2009

Sus labores

Es comprensible que en aquel momento, en ciernes de alcanzar la independencia parental, yo me viera sobradamente preparado para afrontar cualquier cosa. Ya me veía yo desempeñando todas las labores del hogar con una facilidad pasmosa para, justo después, disponer de todo el tiempo libre del mundo sólo para mí, el tiempo más libre que nunca había vivido, ya por fin fuera del nido, y libre, libre. Pero nada más lejos de la realidad. El choque con la rutina de las labores de mantenimiento de la casa fue brutal, una colisión totalmente inesperada que me dejaba agotado día tras día, incapaz de hacer nada más que el baile ordinario con la fregona, los cacharros sucios, y volver a cocinar para volver a ensuciar: todo ese círculo imposible de romper. Pronto me vi más preso que nunca de aquellas obligaciones jamás firmadas. En ese punto, atrapado como estaba, me venía a la mente el dicho aquel: no es más limpio el que más limpia sino el que menos ensucia. Pero es que yo era el que menos ensuciaba y el que más limpiaba. Yo era el artífice de todos los pasos de la cadena de acontecimientos. Aquello era sencillamente insoportable. Por no hablar de ir a comprar al supermercado. Nada más traspasar la entrada me veía completamente desbordado. En esos momentos acusaba mi pasotismo a la hora de acompañar a mis padres a hacer la compra semanal durante mi adolescencia. Llegaba a echar de menos mi niñez, cuando sí que les acompañaba y me divertía empujando el carrito. Sí, me divertía, cosa que ahora me parece increíble. ¿Dónde quedaban aquellos años dorados sin preocupaciones ni decisiones arduas? ¿Qué elegir? ¿Leche entera o desnatada? ¿O acaso semidesnatada? ¿Da igual el detergente que coja? ¿Qué diferencia hay entre el detergente para ropa de color y el que vale para todo? ¿Macarrones o espaguetis? ¿Por qué hay distintos tipos de arroz? Envidiaba a los cavernícolas, que en vez de ir al supermercado iban a cazar. Eso sí que debía ser divertido, emocionante. Ahí no había lugar para las dudas. Una presa, una flecha: la flecha tiene que atravesar el ciervo. Y ya está. ¡Los ciervos no tenían fecha de caducidad! Pero ahora, hay que joderse: hasta los huevos la tienen impresa en la cáscara. Con un poco de suerte nos tatuarán dentro de unos años nuestra fecha de caducidad en el culo nada más nacer. Matar preferentemente antes de: 22 - 07 - 2056. Pero bueno, que me desvío, a lo que iba: la enorme variedad de la oferta me abrumaba a mí y a mis sencillas demandas. Veía, por ejemplo, cinco tipos de salchichas, cada una de distinto precio y yo gemía (por dentro, se entiende, no era cuestión de montar un espectáculo): si sólo quiero unas salchichas, nada más, ¿por qué tengo que elegir? Así que acabé adoptando una resolución basada en algo así como el instinto de supervivencia: imitar las compras de los demás. Si aquella vieja compraba el pan de molde aquel, será que está bien. Si ese chico compra pizzas de esas, lo mismo. Etcétera. Mis compras comenzaron a ser un collage bastante variopinto de los gustos de los propios clientes. Si alguien iba a gastar su dinero en eso, es que debía merecer la pena. Desde luego, parece bastante lógico. El problema radicaba en que con este proceso mis compras no se ajustaban del todo a mis necesidades, y así ocurría que había semanas que estaba sin jabón, sin carne, sin aceite, sin algún producto porque, vaya usted a saber, a alguien le debía sobrar aquello en su casa. Pero a mí no. El caso es que así es como hacer la compra se convirtió en una suerte de examen que sólo podía aprobar a base de chuletas. No es que fuera el mejor método, pero me funcionaba, al menos en parte, así que no le daba la menor importancia a que pudiera sufrir déficits en algún que otro bien de carácter básico. A fin de cuentas, era cuestión de tiempo que viera a alguien comprar de eso. Con la rutina del hogar la cosa era distinta. No tenía un modelo que imitar. No había una señora al lado cocinando para que yo supiera si se echaba antes la sal o el aceite o el vinagre (si es que acaso esa semana yo disponía de eso en mi casa). Así que me limité a improvisar. Total, comida era igual, lo importante era ingerir e ingerir. ¡A la mierda los guisos elaborados! Y bueno, en eso parece que la cosa también funcionó, la prueba es que sigo vivo. Y sobre las demás tareas: el hábito de planchar lo tuve que abandonar antes de que me viera consumido en aquella estúpida lucha con las arrugas, al igual que abandoné eso de hacer la cama (¿para qué sirve hacer la cama?) y bueno, con respecto a todas las tareas de limpieza, en general las efectuaba con mayor o menor diligencia. Eso sí, nunca estaba seguro de utilizar el producto adecuado. ¿Por qué no fregar los azulejos de la cocina con el producto especial para baños? ¿Son azulejos también, no? ¿Acaso tienen distinta composición? No sé cómo pero conseguí que la casa no estuviera todo lo sucia que podía estar. Para mí eso era un auténtico logro. En fin, parecía que no me iba mal y, sin embargo, a pesar de que más o menos acabé defendiéndome, trance tras trance, con todas estos hábitos cotidianos, no lograba acostumbrarme, seguía sintiéndome igual de puteado que el primer día, como un perfecto gilipollas. Así que es por eso que decidí volver a ser libre. A mí manera, claro. Porque yo en realidad nunca quise hacerme con el botín de aquella joyería: lo que yo quería era que me cogieran, que me metieran en una cárcel, y así no volver a pisar nunca más ningún puto supermercado. Porque quizás para vosotros no sea más que otro pringado, un recluso del montón. Pero, permitídme una pregunta, aquí y ahora: ¿quién es en realidad el preso, imbéciles?