miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tricotilomanía

Los chicos que eran por aquel entonces se hicieron sus respectivos blogs y así fue como empezaron a poner su granito de arena en la gran letrina que es Internet. La necesidad del verbo, la naúsea del verbo, por fin se materializaba en sus correspondientes vómitos de palabras ordenadas. Pronto, la producción se hizo abrumadora. Las horas muertas se transformaban en algo que se asemejaba a la literatura. De hecho, cuando pasabas por encima sin fijarte mucho podías jurar que eso era literatura, pero si te hubieras acercado, si hubieras husmeado, así, con el hocico en la pantalla, si hubieras chupado, apretado aquello hasta exprimirlo, te habrías dado cuenta de que eso era otra cosa. Literatura convertida en algo parecido a una bola de pelos que sacas del desagüe. (Ahora debes poner cara de desagrado: qué asco, yo creí que era literatura. Pues no: es una bola de pelos. Que lo sepas.) Pelos como frases, perfectamente alineados y peinados en el gran engaño y, también, autoengaño. Porque los chicos también creían que aquello era literatura. Lo leían entre ellos y se elogiaban tal o cual frase. Qué ingenioso, decían, mientras pensaban: te habrás quedado calvo. Y no les faltaba razón. Ya que los chicos que eran por aquel entonces dejaron de serlo y, con el tiempo, se fueron quedando calvos. Perdiendo las ganas de escribir. Pero aunque estaban desmotivados, no desistieron: siguieron arrancándose hasta el último pelo con una desgana magistral que sólo los años esculpen. Qué menos que escribir una vez al mes, pensaban. Ya no se acordaban de la época en que era un ritual casi diario.

Pelo a pelo, hasta que un día llegaron al último pelo. El último texto. Con el consiguiente repaso al blog para decidir, por fin, que eso está terminado. Y hundieron la mano en el desagüe. Vaciaron el blog. Sacaron la maraña. Los pelos colgando muertos entre los dedos. Réquiem. Funeral. Kaput.

Pero no es que estuvieran renegando de su pasado. Es que necesitaban una peluca.

domingo, 31 de octubre de 2010

La máquina de ligar

Ahora que lo dices, yo siempre lo tuve claro: lo importante es no sufrir. Pasar por la vida sin rozarte contra sus muros, impoluto, virginal de desgracias, libre de cicatrices. ¿Para qué pasarlo mal si hay otro camino? Al principio fue difícil, lo reconozco, y cometí algún que otro pequeño error de cálculo. Porque hay reacciones que no se pueden predecir con facilidad, es cierto. Puedes tener la situación perfectamente calculada, las pautas de conversación estudiadas, con todas las variantes posibles, y un factor ambiental, como puede ser la lluvia, que haya mucho ruido o lo que sea, un solo factor que no esté en la ecuación, puede tirarte las probabilidades de felicidad. Pero con la práctica perfeccioné el método. Eliminé los riesgos ambientales, empecé a utilizar habitaciones privadas preparadas por mí hasta el más mínimo detalle. Sin climatología, sin el riesgo que implica un mal camarero o un tipo que fume demasiado en la mesa de al lado. Antes de quedar con alguien realizaba el pertinente estudio de la personalidad, preparaba las variantes de conversación, la vestimenta adecuada, todo al detalle para que las probabilidades de éxito fueran de más del 95%. Sí, lo has oído bien. No conozco a nadie que tenga tanto éxito en sus relaciones personales. Y cuando hablo de éxito me refiero a felicidad. Bien, eso ocurre en la primera cita, que es el momento crítico. Luego todo es más sencillo, aplicando mis estudios sobre el comportamiento humano, basados en los errores documentados en las experiencias de gente desgraciada, soy capaz de llevar la relación por cauces indoloros para ambos. En definitiva, todos mis actos están planificados con antelación. Puede parecer algo reprobable, pero yo no quiero nada más que ser feliz. Pero no te asustes. Sé lo que estás pensando: esta habitación tiene las paredes de tu color favorito, la decoración te parece maravillosa, hemos hablado de todo lo que te gusta hablar, etcétera. Así que, ¿por qué te estoy contando todo esto? ¿Por qué confesar mi estrategia a pecho descubierto? Reconozco que son buenas preguntas pero me parece que también deberías preguntarte: ¿y si contarte todo esto no es más que una parte de mi plan? ¿Y si he calculado que al contarte mi estratagema la probabilidad de que tú y yo seamos felices es aproximadamente del 100%? O también puede ser que todo esto sea mentira y yo no sea más que un tipo cualquiera que te está intentando engatusar y desnudar y que te va a prometer una llamada que nunca llegará. Yo te diré que nunca haría eso, claro. No te voy a poner las cosas tan fáciles. Porque a partir de ahora esto no va de lo que yo vaya a decir. Esto depende de lo que tú vayas a hacer. Así que, antes de decidir entre huir o quedarte, piensa: ¿y si es cierto? ¿Y si voy a ser feliz? ¿No merece la pena probar suerte?

jueves, 21 de octubre de 2010

Los niños tienen pene y las niñas tienen vagina

Las cosas están más jodidas de lo que parece, insiste un tipo cuyo nombre desconozco, en el debate que aparece en la pantalla de televisión. Probablemente está hablando de política. O de religión, o de fútbol, o de arte, o de ciencia, o de sexo, o de literatura. No importa de qué y no importa precisamente porque todo es lo mismo. Por ejemplo, Arnold Schwarzenegger grabando una escena de una película hace unos cuantos años. El director le dice que se ciña al guión, que dispare (o que haga como que dispara) con cara de mala leche y maldiga a los malos. El director grita: ¡corten! La cinta se edita al final del rodaje y se proyecta en todo cine que se precie. La película se promociona. La gente va a ver la escena de Arnold Schwarzenegger. Comentan la película a la salida del cine. Piensan en la película. La película se traduce y dobla y se exporta desde EE.UU. a ese resto del mundo que tiene dinero para poder ver películas. El actor de doblaje se apropia del cuerpo de Arnold. Se promociona en cada país, se proyecta en cada país. La ecuación es exponencial. La gente contempla la escena en la que Arnold Schwarzenegger ya no actúa, vive. La imagen de Arnold se multiplica y emite simultáneamente por doquier. Después, igual que vino, desaparece. Años más tarde, una cadena de televisión cualquiera vuelve a emitir la película, reviviendo la imagen y el recuerdo. Propiciando que yo, al cambiar de canal, abandonando el debate sobre lo jodidas que están las cosas, vea a Arnold disparando a los malos y maldiciendo. Lo veo y que es austriaco, culturista, actor, republicano y gobernador de California. Sé todo eso pero me da igual. Soy consciente de que lo sé y nunca quise saberlo. Nunca busqué información sobre él, pero la información acabó viniendo a mí, como una enfermedad infecciosa. Y pienso en Arnold Schwarzenegger, introducido a la fuerza en la mente de todo el mundo, pienso en él como en una proyección, como en una cadena de montaje, Arnold ganando Mr. Universo, Arnold actuando en Poli de guardería, Arnold actuando en un mitin de campaña, Arnold quieto mientras sus músculos se reblandecen por culpa de la vejez, pienso hasta que llego a preguntarme: "¿y qué pensará él de todo esto?" y tengo miedo porque probablemente él no se haya planteado jamás nada de todo esto y porque ni siquiera yo sé muy bien qué es todo esto, y así, finalmente, decido que sí, que las cosas deben estar más jodidas de lo que parece.

domingo, 3 de octubre de 2010

Averiado

Ahí lo tienes, a Benito (Mr. B) se le estropea un interruptor, hizo cataplof, a tomar por culo, y esto podría ser un asunto de preocupación, qué digo, un asunto capital, pero en realidad no hay tal problema. Mr. B tiene otro interruptor de idénticas características, por lo que decide no buscar solución, porque, para qué va a ir al hospital, seguro que el médico de urgencias se acercará con cara de cansancio y le dirá: pero si usted tiene otro interruptor que hace lo mismo, ¿para qué quiere que le funcionen los dos? Y Benito dirá que sí, que tiene razón, que tanto interruptor puede ser incluso un incordio, que ahora es más fácil saber cuál hay que apretar para que se haga la luz. El informe médico impreso bajo el brazo, Mr. B canturreando de camino a casa como si no se le acabase de joder un interruptor sin motivo aparente, sin siquiera preguntarse si hay algo detrás de la avería. Pero qué más da, la vida sigue y uno no tiene que detenerse en estudiar esas minucias, a saber, cualquier plástico pudo haberse desgastado y por eso ahora el péndulo blanco se encasquilla y no funciona. Olvídalo. Olvidado. Mr. B aprende a vivir sin un interruptor y la verdad es que al poco tiempo lo ignora con la más absoluta profesionalidad. Con la más absoluta desconsideración hacia el interruptor. Pero, ¿y si se estropease el otro? ¿Y por qué habría de estropearse? Nada sucede, pasa un año, y a B le va todo estupendamente en su casa de algodón. De pronto, un día, a Mr. B le aparece una humedad en la cabeza, se le extiende por el cuero cabelludo y B no tarda en ir a comprobar que la culpa fue de una cabeza vecina, la cual tuvo una fuga de agua. Benito llega a un acuerdo con la cabeza vecina y su seguro y vuelve a su vida normal, en espera de que su humedad se seque y entonces pueda volver a pintarse el cráneo. Durante la espera a B le crecen unos cuantos hongos en la humedad, pero salvo por el mal aspecto no hay mucho más de lo que preocuparse. El acuerdo existe y en el futuro todo irá a mejor, o no: porque a los pocos días de la aparición de los hongos, un día vulgar y corriente, a Benito, después de desayunar, se le rompe la cadena del váter. El dolor es brusco y nota un presentimiento de muerte, así, con la cadena desprendida en su mano. Llama al 112 y los chicos llegan rápido y le toman la tensión, le miran las juntas, la glucosa y si el alicatado aún sigue en pie. Tras comprobar que la estructura está estable, se llevan a Mr. B al hospital cagando leches. Un médico ojeroso se acerca a B, y le examina con la falta de dedicación que años de desidia han forjado en su personalidad. La llave inglesa sale y entra con facilidad del cuerpo de B, lo que él desconoce si es una buena señal. ¿Es grave?, pregunta. Y el médico con cara de sueño le responde que sí, que tendría que haber acudido antes a pedir ayuda, que tiene un interruptor calcificado y la cisterna hecha mierda. Le tiende un informe impreso y le dice que no hay nada que hacer. Que la degeneración es inminente y progresiva. Benito lee el informe y llora, piensa en llamar a su propietario para despedirse de él. Ha sido declarado edificio en ruinas.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La metafísica del pescado

Al despertar encuentras, boqueando entre las sábanas, un pez que se ahoga. Sin motivo alguno, en medio de la sorpresa inicial, y con la mayor somnolencia posible, piensas en la posibilidad de una enorme cama de pez bajo el mar, si es que acaso los peces tienen camas, y en un pescado que despierta de su sueño, si es que acaso los peces duermen, y que se encuentra, por sorpresa, a un hombre enredado entre sus sábanas, hombre del que salen burbujas de aire por la boca, burbujas que ascienden hacia el techo del cuarto. Acto seguido, te das cuenta de que el dichoso pez se muere, joder, las está pasando canutas. Lo coges como puedes entre las manos, pero resbala mogollón, y tú, en una suerte de pijama veraniego (camiseta de publicidad + calzoncillos) te presentas a la humanidad en medio de tu habitación como un triste malabarista de peces, intentando que el resbaladizo cabrón no se te caiga al suelo. ¿Qué tipo de pez es? ¿Una trucha? ¿Un salmón? ¿Una merluza? No tienes ni puñetera idea de peces, concluyes mientras avanzas por el pasillo rumbo al baño, usando las manos como si el pez fuera una pelota de ping-pong que rebota una y otra vez en tus manos. Tú mismo no te caes de milagro. Una vez consigues alcanzar el cuarto de baño, el primer impulso que tienes es lanzarlo al váter. Pero el último orín de la noche que encuentras en el mismo hace que te lo replantees. El pez cada vez se mueve menos. Lo cual, por un lado, es bueno, porque puedes mantenerlo sujeto sin hacer el ridículo, pero, por otro lado, eso quiere decir que se muere. Asustado, lo tiras rápidamente en la bañera, y en tanto que abres el grifo, pones el tapón en el desagüe, y esperas a que el agua sea suficiente como para que sobreviva, te das cuenta de que del golpe al caer en la bañera puede haber muerto. No se mueve. Según se llena la bañera, el cuerpo del pez no reacciona, el agua parece empezar a cubrirlo, pero no hay movimiento alguno. El cuerpo sin vida del pez empieza a flotar sin vida. De acuerdo, la escena te congela, con la bañera llenándose y el pez, ahora inerte, flotando en su interior. Pero date cuenta de una cosa, en ningún momento te has llegado a plantear cómo llegó a tu cama. ¿Te parece normal? Ponerte a intentar salvar al primer pez que encuentras en la cama sin preguntarte si debes hacerlo. Sin saber siquiera si tiene sentido. El sentido de la vida del pez. Y total, para qué. Para que en lugar de un pez muerto en la cama ahora tengas un pez muerto en la bañera. Una esquela ridícula: Pez (¿? – 17 de septiembre de 2010). Ni siquiera sabes qué estilo de pez es. ¿Se dice estilo? ¿Tipo de pez? ¿O es mejor decir raza de pez? ¿Los peces tienen pedigrí como los perros? ¿Qué se hace con un pez muerto al que has intentado salvar la vida? ¿Está bien cocinarlo? Me refiero a: éticamente, ¿está bien cocinarlo? ¿No sería un poco hipócrita? ¿Un poco utilitarista? ¿Muy poco espiritual? ¿No sería mejor no haber encontrado al pez y que se hubiera muerto en la puta cama? Una muerte digna. La eutanasia del pescado. De pequeño te enseñaron a cepillarte los dientes tres veces al día. Si nadie te hubiera enseñado, al comprar un cepillo de dientes, ¡no vienen las instrucciones escritas! Jamás habrías sabido cepillarte los dientes de la manera correcta si no te hubieran dicho cómo se hace. Pero de pequeño no te enseñaron qué hacer con los peces que se ahogan en la cama, ¿verdad? Así que, ¿has hecho lo correcto? Haz el favor de dejar de mirar absorto la bañera a punto de rebosar y responde, gilipollas, ¿has hecho lo correcto?

lunes, 30 de agosto de 2010

Cuestión de minería

Una multiplicación de dos incógnitas, a eso se reduciría entonces, escribir o tallar, en un pupitre, las iniciales como factores, la tuya, la mía, un resumen del amor, algo como, por ejemplo, AxS: eso es la adolescencia. La adolescencia murió el día en que el resultado dejó de importar. Incluso las iniciales dejaron de importar. La cruz es la que señala el lugar del tesoro. Todo lo demás son florituras decorativas. Ni la A ni la S tienen relevancia en esta abstracción mental, son los límites del agujero que estamos cavando, que tenemos que cavar. Y nos esforzamos en ello, nos esforzamos con todo el alma. Porque en eso consiste madurar. En esforzarte en conseguir algo, aunque no entiendas los motivos. Descubrir, al final, que no hay motivos. En eso consiste vivir. En cavar. En descubrirlo. Ver cómo este vacío metafísico que hemos creado cobra fuerza. Ahora, centro gravitacional, agujero de gusano, atracción límbica, te admiramos con la sabiduría del paso del tiempo y te llenamos de sentimientos. Los vertemos hasta vaciarnos. Hacemos que rebose. Ya no hay cruz y nos hemos vaciado, así que sopesamos la posibilidad de sumergirnos en nuestra obra común. Suena peligroso y atractivo. Así que saltamos de la mano. Justo antes de hundirnos, podremos ver otros agujeros que hemos dejado atrás, ya secos. Quizás nos ahoguemos de tanto sentimiento. Puede que no, puede que aprendamos a compartir la botella de oxígeno. Y después puede que necesitemos buscarnos otra cruz en la que cavar. O quizás acabemos por volver, algún día, a los agujeros abandonados. Una vieja agenda, una llamada de teléfono, una taza de café. Mirarnos con los ojos obliterados por las arrugas. Decir: me he acordado de ti, te eché de menos durante mucho tiempo, ahora me muero, ahora no tenemos fuerzas para cavar una mierda. Penetrar en agujeros secos. Tener el agujero seco. Cualquier expresión de la sequía: en eso consiste la vejez.

domingo, 1 de agosto de 2010

Insonorizados

En cierto momento de la conversación ella dijo algo inapropiado y él se calló. Un silencio presuntamente neutral pero que, a efectos prácticos, era el equivalente emocional a respirar gelatina. Un silencio que aplastaba. La tumba del faraón. Catacumbas. Un velatorio. Nichos a medianoche. Los restos del bosque después del incendio. Una explosión perdida en el espacio. Pueblos deshabitados. La caída del rayo en espera de su trueno. Tapones en las orejas. Sonotones que no funcionan. Habitaciones acolchadas. Relojes sin pilas. En definitiva, silencio. Entonces ella se dio cuenta de lo inapropiado de su comentario y pidió perdón. Él dijo que no tenía importancia, pero se mantuvo a la espera de que sucediera algo más. La tensión de algo falsamente resuelto. Propiciando la decisión por parte de él de expresar los motivos por los que se enfadó. Provocando la reiterada disculpa de ella. El reconocimiento por parte de ambos de que ninguno de ellos deseaba esa situación. De que ninguno sabía cómo habían acabado así ni cómo salir de aquel callejón sin salida. El descubrimiento del dibujo erróneo de un callejón sin salida que no existe. La explosión emocional por parte de él por lo mal que lo había pasado a causa del comentario de ella. La explosión emocional por parte de ella a raíz de la explosión emocional de él. Lo pringoso de las explosiones emocionales. El requerimiento consecuente de pañuelos de papel. La feliz resolución del conflicto comunicativo. Los besos. Los abrazos. El sexo. Los orgasmos.

miércoles, 28 de julio de 2010

Narciso

Ignorado y vilipendiado a partes iguales por sus compañeros de trabajo, el hombre del telescopio acabó finalmente solo. Por las noches miraba hacia los astros, los catalogaba y apuntaba sus coordenadas con absoluta minuciosidad. Acto seguido calculaba sus trayectorias, pronosticaba algún que otro suceso cósmico y, en definitiva, añadía una pequeña pieza más en la gran ecuación del universo conocido. El hombre del telescopio miraba embelesado las fórmulas sobre el cosmos, pensando en alguna Ley Científica que unificara ese caos deslavazado de datos sin rumbo, a modo de magma envolvente, una Ley definitiva que explicara lo encontrado y, aún más, todo aquello que estuviera por encontrar. La masilla que unificara todo lo que él había registrado a lo largo de los años. En estos trances el hombre del telescopio acababa por dormirse sobre los papeles de trabajo a causa del cansancio y soñaba con números e incógnitas. A veces se despertaba agitado y no lograba volver a conciliar el sueño: pensaba en que las galaxias, las estrellas, no eran más que una foto de lo que ya había pasado. La luz llegaba con tanto retraso a la Tierra, que llegaba a concluir que en realidad no ejercía de astrónomo. Que sólo era un simple historiador de algo que no le importaba a nadie. Que, si acaso al final lograra encontrar la dichosa Ley Unificadora, ésta podría ser nada más que una Ley ya caducada. El hombre del telescopio se había quedado solo y sentía que aquello en lo que trabajaba no tenía el más mínimo futuro. El hombre del telescopio se sentía como un hombre con un apéndice de metal inservible, un apéndice absurdo que se elevaba todas las noches hacia el vacío como el perro semihundido de Goya, un apéndice idiota que, paradójicamente, era la única razón de su existencia.

Una noche, durante sus observaciones rutinarias del firmamento, explorando un cuadrante del espacio sobre el que no había nada en las anotaciones, el hombre del telescopio no pudo anotar nada en el cuaderno. A través de las incontables lentes de aumento de su falo astronómico observó lo que parecía ser, simple y llanamente, un espejo. Sí, un puto espejo. Un espejo flotando en medio del cosmos sin razón alguna, situado en el ángulo exacto, preciso, totalmente improbable e ilógico en el que se reflejaba la imagen de él mismo, proyectada desde la Tierra años antes. Y se veía a sí mismo, joven, ilusionado, después de haber renunciado a sus amistades por un sueño cósmico, en su silla habitual, ahora ya desgastada, mirando y apuntando con ilusión, y era tal la fascinación, que no pudo moverse, no pudo dejar de mirarse a sí mismo, apuntando la posición de tal o cual asteroide, sonriendo al hallar un nuevo cuerpo celeste, y verse envejeciendo, noche tras noche, en aquel mismo sitio, se veía a sí mismo a través de los años de distancia, como un Narciso interestelar, se veía a sí mismo encaneciendo, quedándose calvo, arrugándose, perdiendo el brillo en los ojos, cambiando el rictus de su gesto, por uno cada vez más sombrío, más apagado, y entonces ver, como si fuera una premonición, cómo acaba, una noche cualquiera, por enfocar hacia el espejo, quedando absorto, sin poder anotar nada, nunca más.

viernes, 16 de julio de 2010

Vocación (fragmento)

(...) porque nuestra empresa invierte millones en mejorar los fármacos actuales. Esto implica investigación, ensayos clínicos, publicar los estudios, llenar unos cuantos bolsillos de dinero, etc. Por eso me enorgullece afirmar que nosotros no sólo creamos fármacos. Creamos puestos de trabajo. Llevamos el pan a casa de mucha gente. Y no sólo beneficiamos a todas esas personas implicadas en el desarrollo farmacológico, también a muchos profesionales de los servicios sanitarios, ofreciéndoles la terapeútica más puntera al servicio de sus pacientes. Y piensen en la cantidad de personas enfermas que mejoran su salud, combaten la enfermedad y la vencen gracias a nuestra farmacopea. Ellos son, más allá de los trabajadores, la principal motivación de esta empresa. Como bien me han preguntado, es cierto que hemos recibido algunas críticas. Porque aunque avanzamos, quizás parezca que las mejoras que introducimos en los nuevos compuestos son mínimas y que sólo desarrollamos fármacos nuevos para y por el mercado, compuestos que no mejoran en nada especial a sus predecesores, creados sólo con el ánimo de lucro. Nada más lejos de la realidad. Convengo con esos críticos en que las mejoras no son espectaculares, pero he de decir que la ciencia no puede avanzar más rápido, la ciencia se construye a pequeños pasos. No es cierto que especulemos con la salud: nosotros fomentamos la salud. No puedo consentir que se nos tache de ávaros cuando el resultado es tan beneficioso para la gente, es más (...). Por poner un ejemplo, un fármaco quimioterápico, todavía en fase experimental, el (...), a priori no parece ofrecer grandes avances en el tratamiento con cáncer de mal pronóstico como son los (...), pero los estudios preliminares que hemos realizado muestran un aumento de la supervivencia de dos meses con nuestro fármaco. Parece escaso. Pero piensen, piensen por un momento, lo que pueden significar esos dos meses más de vida en un enfermo de esas características. Dos meses más para (...) y para (...). Dos meses más para sonreír por última vez. En definitiva, dos meses más de felicidad.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vocación (fragmento)

(...) Llevaba bastante tiempo sintiéndome mal, así que (...)
En ese instante, mientras todavía retumbaba el diagnóstico entre las paredes de la consulta, con el médico ya comenzando a exponer las diferentes opciones de quimioterapia, yo sólo podía pensar en cuál fue el momento que detonó la enfermedad. ¿Sucedió en el preciso instante en que di cierta calada? ¿Quizás ocurrió mientras dormía plácidamente? ¿Había una fecha y una hora precisa en la que la mutación clonal se había producido, un momento temporal 0 a partir del que se produjo la aberración genética, la mutación, la amplificación, la proliferación de una nueva génesis inmortal, nacida para matar su único sustento? Y si era así, si ocurrió en un momento exacto, ¿podía haberlo evitado? Por supuesto, mis conocimientos sobre la materia eran suficientes como para saber que esto no es así, que las neoplasias son más producto de un continuum que de un suceso puntual, y que, si bien ese suceso puntual sucede (al menos teóricamente), es imposible delimitarlo, determinarlo con precisión, señalarlo con el dedo, y es imposible porque aquí no hay bibliografía ni ningún tipo de documentación que consultar, porque no hay archivos que documenten todo lo que ha vivido mi cuerpo, no hay un registro de todas las actividades que he llevado a cabo en mi vida, y no lo hay porque eso no le importa a nadie. Estaba llegando a esta conclusión cuando que me di cuenta, de pronto, de que el médico esperaba en silencio a que me decidiera por alguna opción terapeútica. Dije: usted es el especialista en hematología, me fío de su criterio. (...) Después de aquella consulta hablé con mi familia, con mis allegados. Tras la sesión de llamadas telefónicas, comprobé con horror que, efectivamente, mi vida no importaba. Que lo único que parecía importar era mi enfermedad. El estado de mi enfermedad.