Regla de oro: tener la capacidad para llegar a todo el mundo no implica llegar a todo el mundo. A veces hay que empezar por las obviedades para poder destruir los sueños. Nos ofrecieron un inmenso descampado para que hiciéramos con él lo que quisiéramos. A pesar de encontrarnos aturdidos ante el infinito de posibilidades, no tardamos en hacer lo que mejor sabemos hacer: fuimos egoístas. Lo teníamos todo a nuestro favor: nunca había sido tan fácil actuar como gurús. Aceptamos el culto a la imagen como derecho fundamental. Stalin puso estatuas de sí mismo por toda la URSS. Nosotros, pequeños megalómanos como somos, pusimos fotos de nosotros mismos por toda la Red. Construimos púlpitos donde no había nada, creímos que era el momento para que el mundo nos escuchara. Pero se nos olvidó que el mundo tenía que querer escucharnos. Balbucear el mensaje no ayuda en un lugar donde todo el mundo está balbuceando. ¿Será sólo cosa mía o es que esta habitación acolchada a la que llamo blog no es más que una más de los millones de habitaciones acolchadas del gigantesco manicomio de Internet? Millones de imbéciles soñándose creadores ante el auditorio desierto, pero, ¿cómo vamos a tener público si todos estamos actuando a la vez? Nuestro único público son las miradas de reojo que nos propinan los que están actuando en el escenario de al lado. Lo común se devalúa: las opiniones se devalúan, las creaciones se devalúan. El silencio es un valor al alza. Hablar a solas ya es algo demasiado normal. Miradnos: somos animales en un matadero soñando con ser la mejor carne del mundo.
lunes, 28 de febrero de 2011
jueves, 24 de febrero de 2011
Liquidación total
Te encontré en un escaparate. Mi mirada distraída se posó en ti, en tu contorno blanco marfileño, lanzado por los fotones de la luz eléctrica a través del cristal directamente hacia mis retinas miopes. Yo buscaba una buena oferta, o lo que es lo mismo: no buscaba nada concreto. Esperaba que algo que nunca hubiera deseado me convenciera de que tenía que hacerme con ello. Convencer al comprador de que la oferta es su demanda. En eso debe consistir el capitalismo. En eso consiste el amor.
Opté por quedarme admirándote, deseando tu amor de PVC, soñando con tus manos heladas entre los pliegues de mi ropa interior. Así fue como apareció la necesidad urgente de romper la barrera. Como un ciego delante de un televisor. Como un cura delante de un crucifijo. Como un onanista delante de su ordenador. Mi soledad previa fue lo que me hizo enamorame de ti. Fue lo que hizo que empezase a buscar por la acera un adoquín suelto.
Nos tracé un plan de fuga. Una buena pedrada en el cristal, un salto entre los añicos transparentes hacia ti, y después raptarte como Europa (y llamarte Europa porque todo lo que sé de Europa es que fue raptada), entre mis brazos, y la posterior huida en coche, que sería lo más breve posible puesto que no sé conducir. Los dos como crash test dummies momentos antes de la colisión, nos diríamos que nos queremos a morir. Ya sabes que la gente suele recordar lo mucho que se quiere cuando es demasiado tarde. Cuando el airbag falla, cuando el cáncer ha metastatizado, cuando se va a ejecutar la pena de muerte, cuando suena el disparo final: cuando se ejecuta la pena, cuando se ejecuta la muerte.
Cuando la vida te manda la carta de despido.
Cogí la piedra más grande que había a mi alcance. Una piedra a modo de carta de amor. Vi tus ojos en blanco, tus labios en blanco, tu cuerpo en blanco, el cartel que rezaba: liquidación total. Apreté la roca contra mis dedos.
Sólo tú sabes lo que pasó después.
Opté por quedarme admirándote, deseando tu amor de PVC, soñando con tus manos heladas entre los pliegues de mi ropa interior. Así fue como apareció la necesidad urgente de romper la barrera. Como un ciego delante de un televisor. Como un cura delante de un crucifijo. Como un onanista delante de su ordenador. Mi soledad previa fue lo que me hizo enamorame de ti. Fue lo que hizo que empezase a buscar por la acera un adoquín suelto.
Nos tracé un plan de fuga. Una buena pedrada en el cristal, un salto entre los añicos transparentes hacia ti, y después raptarte como Europa (y llamarte Europa porque todo lo que sé de Europa es que fue raptada), entre mis brazos, y la posterior huida en coche, que sería lo más breve posible puesto que no sé conducir. Los dos como crash test dummies momentos antes de la colisión, nos diríamos que nos queremos a morir. Ya sabes que la gente suele recordar lo mucho que se quiere cuando es demasiado tarde. Cuando el airbag falla, cuando el cáncer ha metastatizado, cuando se va a ejecutar la pena de muerte, cuando suena el disparo final: cuando se ejecuta la pena, cuando se ejecuta la muerte.
Cuando la vida te manda la carta de despido.
Cogí la piedra más grande que había a mi alcance. Una piedra a modo de carta de amor. Vi tus ojos en blanco, tus labios en blanco, tu cuerpo en blanco, el cartel que rezaba: liquidación total. Apreté la roca contra mis dedos.
Sólo tú sabes lo que pasó después.
lunes, 21 de febrero de 2011
Encuentro con el viejo profesor de ajedrez
Encuentro fortuito con el viejo profesor de ajedrez. El bar está prácticamente vacío. Una partida silenciosa tiene lugar en la barra. Él se gira y me saluda, con la indiferencia o la precaución que da el bache generacional o igual es que él es así con todo el mundo. Se acuerda de mi nombre. Yo no me acuerdo del suyo. No ha cambiado apenas. Sigue igual de calvo, gordo (quizás un poco más gordo) y lleva las mismas gafas. Está tomando un té. Me pregunta qué tal me va. Le cuento mi situación como un actor que se ha aprendido la respuesta de memoria. Le comento que me iré a Madrid y él me dice que todo el mundo se va de León, a Madrid o a Barcelona. Da la impresión de que dentro de poco tiempo vaya a quedar él solo en la barra de este bar mirando al té, en medio de un León convertido en ciudad fantasma, en ciudad cementerio. Me pregunta qué voy a hacer. Anatomía Patológica, respondo. Intento explicar en qué consiste, pero al poco él pone mala cara y dice: quita, quita. Me cuenta la anécdota en la que Guerra, el torero –me aclara–, fue presentado a Ortega y Gasset. Cuando Guerra preguntó a qué se dedicaban los filósofos y alguien le respondió que "a pensar", Guerra dijo: "Hay gente pa' to". Nos reímos. Acto seguido comenta que los hospitales le dan mala espina, que el año pasado se operó. No me atrevo a preguntar de qué. Asumo que es mejor así. Sin profundizar en nada, manteniendo la conversación lo más superficialmente posible. Le pregunto qué tal va lo de dar clases de ajedrez. Dice que cada vez hay menos calidad y cantidad. Dice que todos los niños quieren ser futbolistas. Resignación. En ese momento tengo la sensación de que todo va a peor. Quizás esa sensación es lo que se conoce por nostalgia. Todos futbolistas. No sabemos qué más decir. Nos despedimos. Yo le digo que me alegro de verle. Y se lo digo de verdad.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Lemas para una revolución
Si pensamos en la evolución de la sociedad podemos concluir, de una manera simplista, que ésta funciona a base de ensayo-error. Creo que esto debería hacerse de esta otra manera, opinaban algunos con suficiente respaldo, poder o suerte como para llevarlo a cabo. Basaban sus opiniones en algo que hubieran leído, algo que hubieran soñado, algo que no tenía ninguna prueba material para ser defendido. Pero no importaba la falta de pruebas ante el nuevo sistema propuesto. Lo que realmente importaba era la capacidad de convicción, ya fuera mediante las palabras, las armas, el despotismo, las leyes, o cualquier medio que otorgase la capacidad de aplastar a todos bajo el mismo ideal. Así, la Historia no es más que la recopilación de todos los grandes errores de la humanidad, los que salieron mal y los que aún siguen en funcionamiento. La colmena se organizaba de manera piramidal, siempre poniendo en la cúspide a aquellos que hubieran triunfado. Acto seguido el sistema ensayado previamente era calumniado y pasaba a ser recogido como un nuevo error para la colección. Llegados a este punto parece fácil y sensato digerir frases como: el pueblo que olvida su historia está condenado a cometer los mismos errores; o: el sistema actual es el menos malo posible. Ahora se habla mucho de que el mejor camino es la democracia (entendida como una plutocracia encubierta), ahora es lo que toca.
¿Tiene sentido acomodarse al pensamiento del sistema actual? ¿O es que resulta imposible escapar de todo lo que se da por supuesto en la sociedad? Las cosas son así, parece que es imposible cambiarlas, podemos decir con resignación. Pero, ¿merece la pena iniciar un nuevo ensayo y condenar lo anterior como un craso error? ¿Realmente hay alguna alternativa futura? ¿Supondría eso un retroceso? ¿Da igual las muchas preguntas que nos hagamos porque no se pueden responder hasta que se ponga algo nuevo en marcha? ¿Pero el qué? Parece fácil advertir los fallos del sistema actual, no hace falta más que ver a un hombre pedir dinero a las puertas de un centro comercial donde otro hombre, mejor vestido, entra sin dignarse a mirarle a la cara. Parece inhumano, pero todos hemos sido en algún momento ese hombre que ignora al mendigo. Asumir que eso es lo normal no hace más que reforzar el conjunto de principios reinantes. Y esto sólo es un ejemplo. Pongamos otro. Nos parece natural que la educación se debe basar en la desconfianza. La gente por norma general no estudia ni tiene interés por aprender, asumimos, por lo que tenemos que comprobar que han estudiado, poniéndoles exámenes en los que desmuestren que se han aprendido el temario. Pero, ¿y si la gente no tiene interés por estudiar exámenes a causa del sistema? ¿No parece razonable pensar que si la sociedad tuviera otros principios cambiaría lo que creemos que es inamovible? ¿Pero qué principios cambiar? ¿Se pueden cambiar? Y si se pueden, ¿nos da miedo equivocarnos? ¿El miedo a la incertidumbre de algo nunca-visto-antes es tan grande como para apoyar los fallos de lo contrastado y conocido?
Me pregunto si no será que esta democracia realmente es el sistema definitivo. O si es que en realidad somos lo suficientemente cobardes como para no tratar de cometer un error diferente. Yo soy un cobarde redomado. Pero, ¿cuántos cobardes hacen falta para tener valor?
¿Tiene sentido acomodarse al pensamiento del sistema actual? ¿O es que resulta imposible escapar de todo lo que se da por supuesto en la sociedad? Las cosas son así, parece que es imposible cambiarlas, podemos decir con resignación. Pero, ¿merece la pena iniciar un nuevo ensayo y condenar lo anterior como un craso error? ¿Realmente hay alguna alternativa futura? ¿Supondría eso un retroceso? ¿Da igual las muchas preguntas que nos hagamos porque no se pueden responder hasta que se ponga algo nuevo en marcha? ¿Pero el qué? Parece fácil advertir los fallos del sistema actual, no hace falta más que ver a un hombre pedir dinero a las puertas de un centro comercial donde otro hombre, mejor vestido, entra sin dignarse a mirarle a la cara. Parece inhumano, pero todos hemos sido en algún momento ese hombre que ignora al mendigo. Asumir que eso es lo normal no hace más que reforzar el conjunto de principios reinantes. Y esto sólo es un ejemplo. Pongamos otro. Nos parece natural que la educación se debe basar en la desconfianza. La gente por norma general no estudia ni tiene interés por aprender, asumimos, por lo que tenemos que comprobar que han estudiado, poniéndoles exámenes en los que desmuestren que se han aprendido el temario. Pero, ¿y si la gente no tiene interés por estudiar exámenes a causa del sistema? ¿No parece razonable pensar que si la sociedad tuviera otros principios cambiaría lo que creemos que es inamovible? ¿Pero qué principios cambiar? ¿Se pueden cambiar? Y si se pueden, ¿nos da miedo equivocarnos? ¿El miedo a la incertidumbre de algo nunca-visto-antes es tan grande como para apoyar los fallos de lo contrastado y conocido?
Me pregunto si no será que esta democracia realmente es el sistema definitivo. O si es que en realidad somos lo suficientemente cobardes como para no tratar de cometer un error diferente. Yo soy un cobarde redomado. Pero, ¿cuántos cobardes hacen falta para tener valor?
martes, 1 de febrero de 2011
Prison is a state of mind
Una cárcel puede ser una línea de metro. Puede ser recorrerla todos los días en hora punta. Pisar todos los días la misma calle hacia el mismo puesto de trabajo. Una cárcel puede ser tu coche, tu plaza de aparcamiento, tener que echar gasolina, tener que pensar en el precio del barril de Brent sin saber qué cojones es un barril de Brent. Una cárcel puede ser una oposición, puede ser una cocina, puede ser una cama, puede ser ver un programa del corazón, un noticiario, puede ser ver cómo muere un hombre en televisión mientras desayunas cereales.
Una cárcel puede ser cualquier cosa que acabe convertida en rutina.
Una cárcel puede ser actualizar un blog.
Y esto el fracaso del plan de fuga.
Una cárcel puede ser cualquier cosa que acabe convertida en rutina.
Una cárcel puede ser actualizar un blog.
Y esto el fracaso del plan de fuga.
viernes, 7 de enero de 2011
Adultez
Millones de adultos como restos de un naufragio mental. Buscando trabajo, hablando de política, decidiendo sus planes de futuro: trabajar, pagar el alquiler, tener pareja, la hipoteca, casarse, tener hijos, criarlos, jubilarse y tener tiempo para hacer algo real antes de morir; o lo contrario, independizarse, vivir solo, trabajar y gastar sólo para uno mismo, compartir cuando toque: regalos, amigos, celebraciones diversas. Adultos que viven y trazan una trayectoria definida. O que deciden no trazar ninguna trayectoria. No importa: todos acaban sus días y se arrepienten de lo que no han hecho. Te cogen del hombro, te aleccionan. Ves en ellos las arrugas como cicatrices del látigo que ha surcado lenta e imperceptiblemente la piel, el pesado escoplo y martillo de un escultor cuyo único objetivo es definir los accidentes del mármol humano hasta llegar al hueso, dejando al final el esqueleto y decir: la obra está terminada. Haz esto, dicen, yo no lo hice y me arrepiento por ello. Haz lo otro, opina el de al lado. Haz lo contrario de lo que yo he hecho. Haz lo que te dé la gana. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Pero, ¿cuántas oportunidades tenemos? Adultos decepcionados, que ven en los bebés toda la potencialidad que ellos ya han perdido y les hablan como si fueran retrasados. Bebés con todas las ilusiones y sueños por romper. Frágiles e impolutos. Protegedlos, hacedlos eternos, piensan los viejos, a la vez que no se dan del todo cuenta de que los condenan a la fractura con la realidad. Piensa en los Reyes Magos: los adultos son los niños traicionados por la confianza con que creyeron a sus padres. A las mentiras y la felicidad les siguió el desengaño. Creer que en la ignorancia está la felicidad. Dicen que hay que protegerlos y cuidarlos, los obligan a seguir el camino de las decisiones, de las conversaciones de política, de la incertidumbre con que se vive, Milan Kundera lo sabía: nunca sabemos qué debemos querer, porque sólo vivimos una vida. Después juzgamos en base a nuestros errores, en lugar de disfrutarlos en la medida de lo posible. No hagas esto, no hagas lo otro, vive la vida así, año tras año, feliz año nuevo, amén.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Rage against the routine
A mi álter ego no le gusta madrugar. Eso es un hecho. No hay más que ver cómo tras apagar el despertador se queda mortinato sobre el colchón, dispuesto a que le diagnostiquen de muerte cerebral. Constantes vitales: inconstantes. Cuando consigue levantarse equivale a una resurrección mal hecha. El torpe arrastrarse de su cuerpo sobre el suelo frío de cada mañana hasta la ducha. Uno podría decir que allí, mientras mi álter ego yace bajo el chorro propulsado alcachofa mediante, lo que invade el baño no es vapor de agua: lo que sale evaporado de su piel es su alma. El pellejo del alma, al menos. Mi álter ego como una serpiente espiritual que muda de piel periódicamente, en torno a las 8 de la mañana. Luego va el desayuno, ir a la biblioteca, etcétera.
Pero todo esto no es lo importante. Lo importante es que al día siguiente ocurre exactamente lo mismo.
Describir rutinas es aburrido. Vivirlas también. Hasta que te das cuenta de que estás en medio de una y entonces ya no es aburrido: es angustioso. Es descubrirte, de golpe, en una cárcel.
Y mi álter ego se pregunta (o debería preguntarse) si no estará un poco, aunque sólo sea un poquito, alienado. Y por qué coño ha llegado a esta situación de madrugones diarios, situación insostenible desde que asumimos la premisa de que no le gusta madrugar. La lucha contra su propia naturaleza empieza a afectarle a áreas que van más allá del trance matutino con el despertador. Mi álter ego empieza a perder el interés en aquello que antes le gustaba. Deja de escribir. No tengo tiempo para eso, se dice. He perdido la sintaxis, dice: he perdido la inspiración. Hasta que por fin se da cuenta de algo.
Por favor, asistan a la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a existir. El aborto como rutina. Empezar una frase y arrugar el papel. Así hasta que se evita empezar la primera frase, por frustración. Un condón mental usado cada día. No gano para condones mentales. La obra maestra que jamás se llegó a empezar. La destrucción de la creación antes de que surja el más mínimo conato, aplastada por la vida. Supermercados, despertadores, horarios, estudios, trabajo, telediarios: habéis acabado con más obras maestras que las guerras y las crisis. La moraleja es fácil: destruye la cosa en potencia y no tendrás que censurar la cosa en acto. Querido álter ego, no es sólo alienación. También es mutilación.
Podría llenar bibliotecas enteras con los libros que nunca he escrito. Y debería enmendarlo, al menos en parte. Escribir como un loco. Perder la salud escribiendo. Morir escribiendo.
Mierda. Tengo otras cosas que hacer.
Pero todo esto no es lo importante. Lo importante es que al día siguiente ocurre exactamente lo mismo.
Describir rutinas es aburrido. Vivirlas también. Hasta que te das cuenta de que estás en medio de una y entonces ya no es aburrido: es angustioso. Es descubrirte, de golpe, en una cárcel.
Y mi álter ego se pregunta (o debería preguntarse) si no estará un poco, aunque sólo sea un poquito, alienado. Y por qué coño ha llegado a esta situación de madrugones diarios, situación insostenible desde que asumimos la premisa de que no le gusta madrugar. La lucha contra su propia naturaleza empieza a afectarle a áreas que van más allá del trance matutino con el despertador. Mi álter ego empieza a perder el interés en aquello que antes le gustaba. Deja de escribir. No tengo tiempo para eso, se dice. He perdido la sintaxis, dice: he perdido la inspiración. Hasta que por fin se da cuenta de algo.
Por favor, asistan a la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a existir. El aborto como rutina. Empezar una frase y arrugar el papel. Así hasta que se evita empezar la primera frase, por frustración. Un condón mental usado cada día. No gano para condones mentales. La obra maestra que jamás se llegó a empezar. La destrucción de la creación antes de que surja el más mínimo conato, aplastada por la vida. Supermercados, despertadores, horarios, estudios, trabajo, telediarios: habéis acabado con más obras maestras que las guerras y las crisis. La moraleja es fácil: destruye la cosa en potencia y no tendrás que censurar la cosa en acto. Querido álter ego, no es sólo alienación. También es mutilación.
Podría llenar bibliotecas enteras con los libros que nunca he escrito. Y debería enmendarlo, al menos en parte. Escribir como un loco. Perder la salud escribiendo. Morir escribiendo.
Mierda. Tengo otras cosas que hacer.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Contraste de hipótesis
Tras un largo proceso estadístico, los agnósticos llegaron, por fin, a una conclusión.
Dios existe (p>0,05).
Dios existe (p>0,05).
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Hipócrita
Mirar juntos el cielo nocturno desde el descapotable. Mientras suena Unchained melody. Abrir una botella de champán francés. Ver la espuma derramarse sobre la moqueta del hotel. Las cajas de bombones con forma de corazón. Los poemas ridículos en los que se rima amor con calor. Un ramo de rosas bien caro. El ramo de rosas caído en el suelo al lado de la ropa. Follar al estilo misionero, con las sábanas por encima aunque estemos en verano. Dejarme morir de hipotermia después del hundimiento del Titanic.
Hubo un tiempo en que creía que el romanticismo consistía en esto. Es bastante fácil echarle la culpa a Hollywood. El romanticismo como una especie de estupidez necesaria, una representación teatral en la que las personas se comportan de manera vergonzosa en busca del coito. Es muy fácil hablar de una convención social que obliga a adoptar unos roles, a seguir unos patrones de comportamiento, de lenguaje encubierto, en los que se oculta el objetivo instintivo, se deja como algo implícito, y puedes ver el sexo agazapado dentro del ramo de rosas, de la caja de bombones, sexo en los poemas: puedes encontrar un "follar" mutilado al final de cada te quiero. Se puede deducir que, en una sociedad en la que el capital manda, el dinero es quien decide este romanticismo de cartón-piedra. El dinero compra la careta y el eufemismo. Ya sabes que las chicas de compañía no son putas: son chicas de compañía. Ya sabes que hay muchas formas de acompañar. La gran ficción. Por fin: el amor y el sexo convertidos en un lenguaje de signos y símbolos. Sordomudos de los sentimientos, ¡uníos!
Eso es en lo que yo creía. Ahora toda esa parafernalia no me importa. Al fin y al cabo, quizás el romanticismo ni siquiera exista. O puede que sólo exista como representación de un ideal estúpido e ingenuo. Qué más da, en cualquier caso ya he perdido mi credibilidad. Porque llevo un año aprendiendo a hacer señales de humo con forma de corazón. En un callejón de mi conciencia alguien me llama hipócrita. Otro me defiende y dice que ole mis cojones. Y yo decido huir antes de que comience un debate de prensa rosa.
Con las prisas me olvido del ramo de rosas. Lo siento, le digo, llego tarde a nuestro aniversario. Ella me dice que me quiere. Nos besamos. Etcétera.
Vale, será una ficción, pero bendita ficción.
Hubo un tiempo en que creía que el romanticismo consistía en esto. Es bastante fácil echarle la culpa a Hollywood. El romanticismo como una especie de estupidez necesaria, una representación teatral en la que las personas se comportan de manera vergonzosa en busca del coito. Es muy fácil hablar de una convención social que obliga a adoptar unos roles, a seguir unos patrones de comportamiento, de lenguaje encubierto, en los que se oculta el objetivo instintivo, se deja como algo implícito, y puedes ver el sexo agazapado dentro del ramo de rosas, de la caja de bombones, sexo en los poemas: puedes encontrar un "follar" mutilado al final de cada te quiero. Se puede deducir que, en una sociedad en la que el capital manda, el dinero es quien decide este romanticismo de cartón-piedra. El dinero compra la careta y el eufemismo. Ya sabes que las chicas de compañía no son putas: son chicas de compañía. Ya sabes que hay muchas formas de acompañar. La gran ficción. Por fin: el amor y el sexo convertidos en un lenguaje de signos y símbolos. Sordomudos de los sentimientos, ¡uníos!
Eso es en lo que yo creía. Ahora toda esa parafernalia no me importa. Al fin y al cabo, quizás el romanticismo ni siquiera exista. O puede que sólo exista como representación de un ideal estúpido e ingenuo. Qué más da, en cualquier caso ya he perdido mi credibilidad. Porque llevo un año aprendiendo a hacer señales de humo con forma de corazón. En un callejón de mi conciencia alguien me llama hipócrita. Otro me defiende y dice que ole mis cojones. Y yo decido huir antes de que comience un debate de prensa rosa.
Con las prisas me olvido del ramo de rosas. Lo siento, le digo, llego tarde a nuestro aniversario. Ella me dice que me quiere. Nos besamos. Etcétera.
Vale, será una ficción, pero bendita ficción.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Tricotilomanía
Los chicos que eran por aquel entonces se hicieron sus respectivos blogs y así fue como empezaron a poner su granito de arena en la gran letrina que es Internet. La necesidad del verbo, la naúsea del verbo, por fin se materializaba en sus correspondientes vómitos de palabras ordenadas. Pronto, la producción se hizo abrumadora. Las horas muertas se transformaban en algo que se asemejaba a la literatura. De hecho, cuando pasabas por encima sin fijarte mucho podías jurar que eso era literatura, pero si te hubieras acercado, si hubieras husmeado, así, con el hocico en la pantalla, si hubieras chupado, apretado aquello hasta exprimirlo, te habrías dado cuenta de que eso era otra cosa. Literatura convertida en algo parecido a una bola de pelos que sacas del desagüe. (Ahora debes poner cara de desagrado: qué asco, yo creí que era literatura. Pues no: es una bola de pelos. Que lo sepas.) Pelos como frases, perfectamente alineados y peinados en el gran engaño y, también, autoengaño. Porque los chicos también creían que aquello era literatura. Lo leían entre ellos y se elogiaban tal o cual frase. Qué ingenioso, decían, mientras pensaban: te habrás quedado calvo. Y no les faltaba razón. Ya que los chicos que eran por aquel entonces dejaron de serlo y, con el tiempo, se fueron quedando calvos. Perdiendo las ganas de escribir. Pero aunque estaban desmotivados, no desistieron: siguieron arrancándose hasta el último pelo con una desgana magistral que sólo los años esculpen. Qué menos que escribir una vez al mes, pensaban. Ya no se acordaban de la época en que era un ritual casi diario.
Pelo a pelo, hasta que un día llegaron al último pelo. El último texto. Con el consiguiente repaso al blog para decidir, por fin, que eso está terminado. Y hundieron la mano en el desagüe. Vaciaron el blog. Sacaron la maraña. Los pelos colgando muertos entre los dedos. Réquiem. Funeral. Kaput.
Pero no es que estuvieran renegando de su pasado. Es que necesitaban una peluca.
Pelo a pelo, hasta que un día llegaron al último pelo. El último texto. Con el consiguiente repaso al blog para decidir, por fin, que eso está terminado. Y hundieron la mano en el desagüe. Vaciaron el blog. Sacaron la maraña. Los pelos colgando muertos entre los dedos. Réquiem. Funeral. Kaput.
Pero no es que estuvieran renegando de su pasado. Es que necesitaban una peluca.
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