Estoy preparado para que en cualquier momento se escuche el crujido del muro de carga y todo se vaya al garete. O quizás creo que estoy preparado y esa falsa convicción es lo que me permite mantener el tipo: pagar las facturas todos los meses, comprar bienes de consumo, madrugar todos los días para ir al trabajo. Puede que la creencia en que estoy preparado para que llegue lo peor sea la que me permite actuar según la norma social, y que, entonces, cuando llegue el momento de la verdad, cuando rompan el séptimo sello y el director grite "¡Corten!", cuando deje de sonar la música y enciendan las luces de este pub, me descubra ebrio e indefenso, incapaz, torpe y fraudulento, estafándome a mí mismo: yo traicionado por un incompetente que se esconde en los espejos. Pero por ahora no hay de qué preocuparse, queda mucho hasta entonces (o eso quiero creer) y el rayo aún no ha alcanzado el tronco del árbol. Ahora suena la banda sonora de la vida, y eso no es bastante ni mucho, eso es todo. No creo en edificios imaginarios después de la demolición. Hubo un tiempo en el que yo creí que se podía salvar algo escribiendo. Pensaba que dejar atrás un puñado de páginas garabateadas podría ser algo más trascendente que dejar un montón de objetos abandonados y devorados por los herederos del finado. Ya puestos a dedicarse a hacer algo que durara más que la vida (una vez confirmé que la gente que reza también se muere), me dediqué a creer en la literatura. La Vida Eterna en tu estantería: edición de tapa dura o de bolsillo, tú eliges. Hemos talado muy pocos árboles para que este hombre perdure un poquito más en el tiempo. Los árboles y los hombres son biodegradables. Las palabras son para siempre. O eso pensaba yo. Pero las palabras se olvidan, son como tungsteno iridiscente: alumbran y dan calor sólo por un tiempo. Llega un momento en que la bombilla se funde y, por mucho que aprietes el interruptor, no vas a volver a sentir esa misma luz, ese mismo calor. Eso sí, puede que no sientas el mismo calor, pero si las tuviste lo suficientemente cerca de ti, tendrás una cicatriz de recuerdo. Las palabras no son para siempre. Sus consecuencias sí que lo son. Una vez, un profesor que tuve en el colegio escogió mi redacción como la mejor de la clase. Dijo que era capaz de mantener el interés del lector sin llegar a decir nada en ningún momento. El muy gilipollas probablemente tenía razón.
martes, 11 de junio de 2013
domingo, 12 de mayo de 2013
Precipitado
La tomé entre mis brazos y apreté su fina, finísima cintura. Mis dedos, a través de la suave tela negra, podían palpar las apófisis de sus huesos. Nos lanzamos en una especie de baile infernal en el que chocamos con pasión contra todo lo que encontramos en nuestro camino, provocando algún que otro desperfecto en el proceso. Yo no podía parar y, en el mismo momento en que ella se dispuso a desnudarme, me entretuve en deshacer el cordón anudado en torno a su cuello. Me susurró: "Eres mío, no lo olvides". El corazón se me paró unos segundos. El sudor. El temblor de los dedos. Mi menté se quedó en blanco. Desnudo, frente a ella, desaté por fin la capucha negra. Su capa cayó al suelo y la vi desnuda, blanca y radiante. Me mordí el labio inferior. No lo olvides, me dijo. La observé, absorto. Su esqueleto. Su calavera. Sus cuencas vacías. Su guadaña.
Y sobre todo, su sonrisa.
Y de pronto, el dolor en el pecho. El mareo. La tos. El corro de gente mirándome aquí, tirado en el suelo. La boca me sabe a sangre. Se escucha la sirena de una ambulancia acercándose. Una paloma vuela por encima de todos nosotros. Debe estar aproximadamente a la altura desde la que salté. No lo olvides, me dijo. Y me dejó vivir. Hay que ser hija de puta.
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lunes, 1 de abril de 2013
La vía de las pentosas
El sabor de la arena en la boca. Cierra los ojos y abre la boca. Se lo voy a decir a la profe. El terrible miedo a aprender a leer. Saber leer era el primer paso de la condena: estudiar y después trabajar. El edredón con motivos egipcios. Gritar desde la cama: ¡Buenas noches! Escuchar el sonido lejano de la televisión encendida en el salón a modo de respuesta. El terrible miedo a morir estando dormido. El rezo consecuente pidiéndole a Dios que, por favor, esté consciente cuando llegue el momento. La importancia capital de estar consciente y poder anotar cada sensación. Como si fuera necesario ser capaz de escribir un diario de los últimos momentos. Ser un periodista al otro lado. "Lamento decepcionaros, pero aquí no hay túnel ni luz ni nada de eso." El terrible miedo a que no haya nada después. Los canelones de la abuela recién hechos al volver del colegio. Notar por casualidad con horror que la jaula del canario ha desaparecido. Mamá dice que lleva días sin estar ahí. Dice que el canario ha muerto. Sentirse fatal y no saber si es porque haya muerto o porque te has dado cuenta días después. ¿Podrías no haberte dado cuenta? ¿Podrías haberte acostumbrado al hueco en la habitación como te acostumbraste a la jaula y al pájaro? Tenía muñecos de plástico que cobraban vida estando en mis manos. Suspenso en Educación Física. No entiendo para qué quiero saber hacer correctamente la voltereta. Suspenso no era la palabra exacta. Alguna autoridad educativa había sustituido el término Suspenso por el eufemismo N.M., Necesita Mejorar. Aunque para mí mejorar no era ninguna necesidad. Nadie hace la voltereta por la calle. El Ventolín y la Mercromina. La Primera Comunión. La cinta de Serrat seguía sonando en el coche después del accidente de tráfico. Descubrir que el encerado estaba borroso y se veía mejor al achinar los ojos. Descubrir que ver el encerado borroso se llama miopía. Las ecuaciones de primer grado. Caer empujado por las escaleras. Despertar en un banco con la nariz rota. Un compañero de clase sabía darse la vuelta a las pestañas. Ahora es electricista. Yo le dejaba que copiara mis exámenes. Me dijeron que dejé un buen charco de sangre en el descansillo de la escalera. El chico que me empujó nunca me pidió perdón. Perdí el conocimiento antes de darme contra el suelo. El televisor se desenchufa antes de golpear con el suelo porque no tiene el cable lo suficientemente largo. Yo tampoco tengo el cable lo suficientemente largo. Cuando la pantalla se hace añicos yo ya no estoy ahí. Ahora sé que es imposible que pueda estar consciente mientras me muero, tan lúcido como para poder explicar lo que se siente. Comer langostinos en Nochebuena. La adolescencia y el primer amor. Los primeros poemas. Quise hacer un poema que fuera circular, / para morirme de tanto leerlo. El rotundo fracaso sentimental. Quise hacer un poema circular, / para morirme de tanto leerlo, / pero nunca consigo lo que quiero. Dejar de creer en Dios. Dejar de rezar. Dejar al azar mi futura muerte. La inercia académica que me lleva a acabar el instituto. La curiosidad estúpida que me lleva a estudiar medicina. Supuse que para entender la muerte habría que estudiar lo que pasa justo antes. Las cañas que tomábamos casi todas las tardes del verano después de selectividad. Los distintos tipos de colágeno. Recurrir al alcohol como respuesta sencilla a cualquier pregunta compleja. Los núcleos supraóptico y paraventricular del hipotálamo. Más tarde me di cuenta de que no había forma de entender la muerte. El formol y los cadáveres de la sala de disección. Todo lo que tenemos dentro tiene un nombre. Las resacas y la escritura a la luz de un buen dolor de cabeza. La vía de las pentosas. El niño miope que rezaba a Dios pidiéndole una muerte consciente: de todo eso sólo quedaba la miopía. Evitar el suicidio gracias a la inercia y a la escritura. Los fracasos sentimentales. El éxito académico, pese a que nunca sabré dar la voltereta. La inercia académica que me lleva a acabar la carrera de medicina. La endocarditis de Libman-Sacks. Conocer a una chica. Engañarla haciéndole creer que soy lo suficientemente especial como para salir conmigo. El infarto agudo de miocardio. Quererla y que ella me quiera. El carcinoma epidermoide de pulmón. El éxito sentimental. El eritema en heliotropo. Me dedico a mirar por el microscopio células de gente enferma. Los gatos duermen plácidamente en el sofá. Las vacaciones de Semana Santa. Abrir sin querer una grieta en el nicho de mi memoria y que salgan a borbotones unos cuantos recuerdos pegajosos y que me pongan perdido. Después de la avalancha sólo encontré un documento burocrático. Por favor, escriba después de los dos puntos. Hora del exitus:
domingo, 17 de marzo de 2013
Área 51
No sé si me entenderán, pero les contaré todo lo que sé. El momento más duro fue cuando me despedí de las crías. Todavía no eran más que algo así como pequeñas larvas y seguramente no se acuerden de mí, pero eso no quita que yo lo pasara mal. En ese momento, cuando las tuve en brazos por última vez, estuve a punto de arrepentirme. Estrellas y planetas: qué más dan, lo que importa es ser feliz, y en aquel instante me sentí el tipo más desdichado del mundo. Explorar el espacio es algo muy prestigioso, me dijo la madre. Pero quién quiere prestigio si no tiene a nadie que le quiera. Subí las escaleras hacia la nave, saludé con un deje de tristeza y me sumergí en la oscuridad de aquel trozo de metal con otros tres tripulantes. Luego vino el abrocharse los cinturones, la cuenta atrás, la explosión y el despegue. Mientras era proyectado con estos tres infelices hacia el vacío, deseé ser un simple recolector de alimentos. Deseé que la nave explotara. Evidentemente, nada de eso ocurrió: por eso estoy aquí. Al cabo del tiempo, me olvidé de mis deseos. Fuera de nuestro planeta, reinaba el silencio y la rutina. Rastrear, fijar objetivos, parar a recoger muestras, archivar los datos. Sólo soy un explorador, no tengo ni idea de para qué nos va a servir nada de esto. Llevábamos unos trescientos planetas explorados cuando el capitán decidió desviarse de la ruta programada. Dijo que era para evitar unos asteroides. Y por culpa de ese desvío, encontramos este planeta. Como con todos los que encontrábamos, fijamos las coordenadas y bajamos a aterrizar para coger muestras. El material principal que encontramos en la superficie fue líquido, así que cogimos un poco de eso y después nos dirigimos hacia las zonas más sólidas. A partir de ese momento creo que ustedes ya se saben la historia. Estaba yo rascando la superficie sólida del planeta cuando alguno de los vuestros apareció, gritó o gimió y salió corriendo. No le di la menor importancia hasta que al rato, cuando ya tenía lo necesario para ir de vuelta a la nave, llegaron ustedes en sus vehículos, me rodearon y me gritaron. Yo seguí sin inmutarme, dado que el protocolo de actuación ante una especie diferente consiste en ignorarla para que no nos vea como un peligro, así que me encaminé con tranquilidad hacia la nave, y ya saben lo que pasó, algún miembro de los suyos me lanzó, con un artilugio detonador, un pequeño trozo de metal a gran velocidad. Caí al suelo del impacto, supurando un poco de suero interno por la zona donde impactó el trozo de metal con mi cuerpo. Recuerdo que, según se abalanzaron sobre mí, vi a lo lejos la nave despegar y dejarme solo con ustedes. Y aquí estoy, encerrado en esta sala sin que me hayan dado ninguna explicación. No tengo la más mínima idea de lo que piensan hacer conmigo, pero se lo advierto: yo sólo soy un simple explorador. No creo que me entiendan, pero más les valdría hacerlo. No merece la pena perder el tiempo conmigo. En la nave tienen las coordenadas, tienen todo lo que necesitan para volver. Para traer a los soldados. Y créanme, esos son mucho menos dialogantes que yo. No les estoy amenazando, les estoy advirtiendo. Yo soy un buen tipo. No tengo nada en contra de su planeta ni de su especie. Ni siquiera me gusta mi trabajo. Bueno, al menos podrían darme algo de comida, ¿no? ¿Comen troncos desecados por aquí? ¿Hola? ¿A dónde van? ¡No me vuelvan a dejar solo! Mierda. Me cago en la Materia, quién me mandaría a mí alistarme.
lunes, 25 de febrero de 2013
¡Bum!
Decir: volveré para la cena, sabiendo que no será posible. Silbar una canción que a ella le gusta mucho. Coger el camino más largo. Pasado un tiempo, el gato de Schrödinger muere de todas formas. Los vecinos avisarán a los bomberos de que algo huele mal en el apartamento. Parar en una gasolinera y comprar cerveza. La probabilidad de que acabes muerto es de un 100%. Preparar una nota de despedida. Lo más sencilla posible. Como si fuera un suicidio. Por si acaso. Elegir un sitio apartado para aparcar. Esperar a que se haga de noche para salir del caballo de Troya. En algún sitio del mundo alguien debe estar haciendo la misma cuenta atrás. La cerveza es para soportar la espera, claro. Mirar de soslayo el paquete sobre el asiento del copiloto. En algún sitio del mundo alguien está teniendo un orgasmo. Abrir otra cerveza. Quitar el papel de regalo de la caja de Pandora. Con nervios, como si fuera tu cumpleaños. En algún sitio del mundo alguien está disparando a otra persona. Tener la sensación de cabalgar sobre una bomba atómica. Tener la sensación de que tu trabajo es el peor del mundo. Coger el trasto con las manos. Pensar que es una estupidez eso de que hagan falta cuatro jinetes. Con uno basta. Hoy en día cualquiera se mataría por tener ese trabajo. Aunque el sueldo no sea gran cosa. Aunque el turno sea de noche. Y te paguen por horas. Dar un último trago a la cerveza. En algún lugar del mundo alguien se muere solo y sin descendencia. Ni falta que le hace. Dudar por un momento si apretar el botón rojo o no. Mirar de nuevo el reloj. Ya no queda cerveza. Imaginar que tienes cuernos, rabo y un tridente. Y que te llamas algo así como Lucifer. Imaginarte que no eres un currito de mierda. Putas Empresas de Trabajo Temporal. Mirar de nuevo el reloj. Es la hora. En algún lugar del mundo alguien se está sacando un moco mientras espera a que se ponga verde el semáforo. Sonreír. A la mierda, mandar todo a la mierda.
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jueves, 7 de febrero de 2013
Perspectiva
Desde el fondo de este lago, atado a esta piedra, vosotros y vuestros problemas no parecéis tan importantes.
Acúfeno
Por supuesto que me acuerdo de la primera vez que lo escuché, aunque para ser sinceros es como si hubiera pasado una vida entera. Fue una tarde de abril, me sé la fecha pero no creo que sea un dato relevante, y estaba solo en casa después de la jornada de trabajo leyendo un libro. No creo que leer fuera el desencadenante, pero el caso es que estaba leyendo en ese momento. Entonces, de manera suave, el sonido empezó. No era el típico ruido que escuchas de algún electrodoméstico del piso vecino, como por ejemplo una lavadora. Era algo más larvado, una especie de chirrido o pitido constante que me hizo levantar la mirada del libro. Miré en todas direcciones intentando averiguar el punto donde se originaba, pero por más que intentaba localizarlo sonaba siempre igual (incluso dejé el libro y me puse a andar a solas por el piso por si se escuchaba de manera más acentuada en alguna dependencia, pero el sonido era homogéneo, estuviera donde estuviera). Así que decidí que lo mejor era esperar a que cediera por sí solo, achacándolo a alguna cañería o algo así. Al cabo de un rato, que podría calificarse como tremendamente irritante, el sonido desapareció. Ni que decir que no le di la más mínima importancia y que seguí con mi vida como si no hubiera sucedido. Así es como me encontré el sábado de esa semana en una soleada terraza del centro con un par de amigos tomando una caña. Recuerdo la conversación:
–¿Tú has estado en ese sitio? –me preguntó uno de ellos. Y en ese momento volvió. El chirrido. Constante. Ilocalizable. Yo me quedé absolutamente bloqueado y debí poner cara de preocupación. Pensé que debía ser una broma pesada.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.
–¿No escucháis eso? –pregunté al poco.
–¿El qué? –contestaron casi al unísono, mirando alrededor.
–¿El coche ese de allí? –señaló uno.
–No –dije.
–¿El niño ese que grita al fondo de la plaza?
–No –dije.
Se quedaron en silencio, mirándome con una mezcla de preocupación y sorna. Probablemente creían que les tomaba el pelo.
–Me refiero al pitido, al chirrido ese.
–No –dijo uno, mientras el otro negaba con la cabeza sonriéndose sorprendido. El pitido subía la tonalidad poco a poco, progresivamente.
–¿Te estás quedando con nosotros?
–No.
Su cara mostró entonces una clara preocupación.
–¿No serán voces?
–¡No! ¡Es un puto pitido!
–Vale, vale, tranquilo.
Y entonces bajó de intensidad poco a poco y volvió a desaparecer. Les dije que ya no lo escuchaba y parecieron quitarle importancia. De algún modo me convencieron de que no era nada. Pero es obvio que volvió. No estaría aquí hablando si no hubiera vuelto, una y otra vez. Demasiadas e incontables veces. Me han visto numerosos médicos y otorrinolaringólogos. Ya le digo que no espero de usted una solución. Me han hecho todas las pruebas posibles y he probado de todo. Vengo aquí porque no tengo nada que perder. Aunque tampoco tengo ninguna esperanza. Supongo que considero venir aquí como lo que tengo que hacer. Ellos, los médicos, lo llaman "acúfeno", supongo que a usted le suena el término. Yo prefiero considerarlo algo así como mi banda sonora. Una música desagradable que me acompaña mientras hago cosas de lo más aburrido. Ahora no aparece por episodios, ahora es imparable. Una música de violines desafinados que de algún modo ya he asumido que me va a acompañar hasta que me muera. Quién sabe si seguirá después. Sí, ya sé que usted no lo escucha. Estoy acostumbrado a la situación incómoda que provoca en la gente de mi alrededor el hecho de no escuchar el ruidito este. Es como si se sintieran de algún modo obligados a escucharlo también. Es como si intentaran empatizar conmigo. Pero claro, se quedan en el intento. Sólo yo lo entiendo. No espero comprensión por su parte. Me conformo con que intente imaginárselo. Sé que es difícil de imaginar. Pero inténtelo. Es como tener un motor estropeado dentro del cráneo, un taladro inagotable. No duele, físicamente. Sólo incordia. Como un moscardón atrapado dentro de la calavera. La melodía que le pondrías a una muerte inminente en una película de terror. Como si estuviera a punto de pasar algo terrible en cualquier momento. Quizás pueda imaginárselo. Pero seguro que lo que no puede imaginarse es a lo que es capaz de acostumbrarse uno.
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miércoles, 16 de enero de 2013
Tenesmo
Podría estar tumbado en el sillón, derrotado por la rutina y el trabajo diario, empapándose de eso que se empapa todo el mundo cuando llega a casa después de la jornada laboral, tomando el aire justo y necesario para poder respirar al día siguiente, la carrerilla que permite que la cotidianidad sea soportable, ya sea viendo programas de televisión que no quieres ver (pero ya que están ahí qué le vamos a hacer); o navegando erráticamente por páginas web como quien pasea erráticamente por las calles pensando la mejor manera para suicidarse; o haciendo lo que sea que esté a tu alcance para olvidarte de dónde estás, quién eres y a dónde vas (o mejor, para olvidarte de dónde no estás, quién no eres y a dónde no vas a ir jamás). Podría pero sin embargo está sentado frente a la mesa del estudio, rascándose la cabeza por enésima vez, arrugando la frente, pensando en algo que escribir. ¿Por qué dedicar su tiempo en algo así? ¿Por qué no lo malgasta en la cosas en las que lo malgasta la mayor parte de la gente? ¿Acaso cree que tiene algo que decir? Por su cara no parece que tenga mucho que decir y, tras borrar otra frase (una vez más), tiene toda la pinta de que lo único que está consiguiendo es perder el tiempo. Suponemos que lo está pasando mal porque no se le ocurre nada sobre lo que escribir o porque se le ocurre pero no encuentra la manera de escribirlo de forma interesante. Si es así, podemos pensar que lo mejor que puede hacer es dejarlo correr, olvidarse del tema y dedicar su tiempo de ocio a otra cosa. Eso sería lo más sencillo, pero el hecho de que no deje de intentarlo testarudamente (y parece que va a seguir así hasta que el hambre o el sueño le venzan) lo que indica es que probablemente no pueda hacer otra cosa. Que el hecho de intentar escribir sea lo único que puede hacer, que tiene una urgencia, una incontinencia, una necesidad, un tenesmo, un impulso, una náusea constante a la que sólo puede responder metiendo la cabeza en el váter y resignándose a esperar, esperar hasta que llegue el vómito y que después quede ese gran vacío, la ausencia que queda dentro, y así hasta que llegue la siguiente arcada, el siguiente vómito, el siguiente hueco, y así una y otra vez, una y otra vez, hasta que al final no quede nada más que un enorme agujero, sólo un puto agujero.
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viernes, 7 de diciembre de 2012
¡Que viene el lobo!
Lo confieso: he dejado de creer en mí. Mi megalomanía me decía que algún día daría grandes discursos tras los que la gente encendería sus cócteles molotov y se lanzarían contra aquellos centros del poder, arrollando a su paso todos los impedimentos, caminando sobre escudos de policías antidisturbios, saltando las vallas, rompiendo ventanas, abatiendo puertas, ocupando el lugar que, por derecho, les pertenece. Pero eso no es más que lo que sucedía en la ficción, en mi imaginación. La realidad me ha enmudecido, y, como en el cuento de Pedro y el lobo, el verbo se ha hecho carne: el lobo que se inventaron, de tanto alimentarlo ha crecido y se ha comido familias, derechos y esperanzas. Devora todo lo que existe. Y cuando el lobo, con la boca rezumando sangre recién derramada, aparece ante ti, te das cuenta de que es demasiado tarde, de que Goebbels tenía razón, y que la mentira ahora es de verdad. La han repetido tantas veces que ahora existe y se pasea con chulería por las calles, está en los periódicos, en las noticias, en las conversaciones, está incrustada en el cerebro de todos y cada uno de nosotros. Y mientras debatimos, y nos quejamos en la intimidad relativa de una cafetería o defendemos cosas que ni siquiera llegamos a entender con argumentos simplistas como "es lo que hay que hacer", el lobo se está acabando de comer todo el rebaño y cuando vaya a por nosotros no servirán las palabras, será inútil que nos giremos hacia las masas, mutiladas y masacradas, y les pidamos una revolución, porque será demasiado tarde. Incluso puede que ya mismo sea demasiado tarde. Las palabras deben tener un sentido, un efecto, deben ser el impulso nervioso que nos lleva a coger un puñal y plantarnos ante la bestia o que nos lleva a huir lejos de ella. En cualquier caso, lo que acaba siendo un fracaso absoluto es la inacción, que nos acaba convirtiendo en una bolita más en el camino del comecocos: el fracaso es esperar a que retransmitan los sucesos por televisión. Porque tú vas a formar parte de esos sucesos.
Me gustaría estar escribiendo ahora mismo una ficción, un cuento sobre un monstruo imaginario o una bonita historia de amor, pero la realidad ha superado a la ficción. Y no sólo eso: la ha raptado, amordazado, mutilado, violado y asesinado. Yo quiero volver a creer en la ficción, quiero volver a imaginarme en un púlpito, incendiando a las masas. Quiero volver a soñar con mundos que no existen. Pero para ello he tenido que entrar a formar parte del juego macabro de la realidad. He tenido que salir a manifestarme. He tenido que ponerme en huelga indefinida. He tenido que dejar de creer en mí. Para empezar a creer en todos vosotros. No me defraudéis.
jueves, 18 de octubre de 2012
Ø
Nacer.
Pasar de puntillas por el mundo. Sin dejar huella. Y hacer el menor ruido posible.
No aspirar a grandes logros. Evitar realizar cualquier acto notable o llamativo. No aparecer en los libros de Historia. Ni siquiera intentarlo.
En ningún momento ser el héroe o el villano. Conformarse con ser un figurante más. Pasar desapercibido. Parecerse a todo lo que queda entre las estrellas. Ser lo que no importa. Ser como una sombra cuando se va la luz. Ser un grano de arena en el desierto.
No implicarse en nada. No discutir con nadie. No hablar de cosas trascendentes. Ante una pregunta difícil, responder con otra pregunta. Ante la duda, callar.
No bailar en las discotecas.
Evitar juzgar como buena o mala cualquier cosa o persona. Elegir el gris cuando tengas que elegir entre el negro y el blanco. Ser el gris.
No tener mascotas. No tener plantas.
Saludar a los vecinos cuando te los encuentras en el descansillo. No llamar la atención. No contestar a las encuestas. No aparecer bajo ninguna circunstancia en televisión. Negarte a tener tus quince minutos de fama.
Evitar la decepción. No tener esperanzas. Evitar enamorarse. Evitar formar una familia. No dejar descendencia que te pueda recordar.
Olvidar los sueños. Esperar con paciencia la demencia senil.
Envejecer sabiendo lo que ello supone. Caminar con resignación hacia el precipicio. Estar preparado para saltar en cualquier momento. Estar preparado para ver saltar a la gente de tu alrededor.
Dormir. Comer. Respirar. Sobrevivir. Hasta que la vida no suponga ninguna diferencia.
Y lo más importante de todo: no escribir. Nunca. Nada.
Morir.
Pasar de puntillas por el mundo. Sin dejar huella. Y hacer el menor ruido posible.
No aspirar a grandes logros. Evitar realizar cualquier acto notable o llamativo. No aparecer en los libros de Historia. Ni siquiera intentarlo.
En ningún momento ser el héroe o el villano. Conformarse con ser un figurante más. Pasar desapercibido. Parecerse a todo lo que queda entre las estrellas. Ser lo que no importa. Ser como una sombra cuando se va la luz. Ser un grano de arena en el desierto.
No implicarse en nada. No discutir con nadie. No hablar de cosas trascendentes. Ante una pregunta difícil, responder con otra pregunta. Ante la duda, callar.
No bailar en las discotecas.
Evitar juzgar como buena o mala cualquier cosa o persona. Elegir el gris cuando tengas que elegir entre el negro y el blanco. Ser el gris.
No tener mascotas. No tener plantas.
Saludar a los vecinos cuando te los encuentras en el descansillo. No llamar la atención. No contestar a las encuestas. No aparecer bajo ninguna circunstancia en televisión. Negarte a tener tus quince minutos de fama.
Evitar la decepción. No tener esperanzas. Evitar enamorarse. Evitar formar una familia. No dejar descendencia que te pueda recordar.
Olvidar los sueños. Esperar con paciencia la demencia senil.
Envejecer sabiendo lo que ello supone. Caminar con resignación hacia el precipicio. Estar preparado para saltar en cualquier momento. Estar preparado para ver saltar a la gente de tu alrededor.
Dormir. Comer. Respirar. Sobrevivir. Hasta que la vida no suponga ninguna diferencia.
Y lo más importante de todo: no escribir. Nunca. Nada.
Morir.
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