sábado, 24 de mayo de 2014

Fe

No creo en tu dios.
No creo en las naciones.
No creo en el fútbol.
No creo en la vida después de la muerte.
No creo en la salida a la crisis.
No creo en el dinero.
No creo en la guerra.
No creo en la libertad.
No creo en la política. 
No creo en la televisión.
No creo en la literatura.
No creo en Internet.
No creo en el sexo.
No creo en las drogas.
No creo en el rock 'n' roll.
Y lo que es peor, 
a veces 
ni siquiera creo en lo que escribo.

sábado, 26 de abril de 2014

Garabato

Hay una gigantesca bola incandescente flotando a millones kilómetros de otra bola, más fría y no tan grande, que orbita junto con otras cuantas en torno a la que está caliente. En algún sitio de la superficie de la bola que orbita, un niño coge sus lápices de colores y dibuja un garabato en el papel. A la pregunta de sus padres, dice que lo que ha dibujado es un león. Diez minutos después dirá que es un coche. A los padres no les importa la obvia incoherencia del crío, ni la falta de realismo del trazo. Asumen que para tener año y medio la criatura hace lo suficiente y que desarrolla sus habilidades motrices de forma adecuada, cogiendo el lápiz torpemente y moviéndolo sobre el papel como un cocinero remueve con una cuchara de palo el guiso que sea. Como supongo que ya sabéis, lo de las bolas que giran alrededor de la bola ardiente se llama Sistema Solar. Pero eso no es todo, el Sistema Solar es muy pequeñito comparado con todo lo demás. Es un minúsculo sistema planetario. Los fotones que el Sol emite bañan el vacío antes de posarse sobre el capó del coche en el que un tipo espera que el semáforo se ponga en verde mientras se mete el dedo en la nariz. También penetran y calientan la piel de unos amigos que toman el sol en una playa cuyo nombre fue inventado hace 458 años. Uno de ellos coleccionará suficientes mutaciones en sus células como para desarrollar un melanoma dentro de 11 años. Pero eso no tiene la menor relevancia cósmica. El Sistema Solar es una parte pequeña de nuestra galaxia, y nuestra galaxia es una más de muchas que componen el todo. Galaxias que están ahora mismo separándose o chocando unas con otras cada vez más deprisa. En una carrera aparentemente estúpida a ver quién llega antes a los límites de la nada. La culpa es de la física. Un hombre mira por el telescopio y anota unas coordenadas. Hace eso periódicamente. Luego coge esos datos y se pone a hacer cálculos con ellos, de esos que se hacen con el gesto serio, con la frente apoyada en la mano que no sujeta el boli. Al tipo algo no le cuadra hasta que, de pronto, una noche se despierta de madrugada y pone los ojos como platos. Acaba de entender que el Universo se expande, acaba de entender que es que es así. Si tan sólo pudiera sacar la mano por fuera de la ventanilla de esta galaxia, y notar el polvo cósmico sobre la piel, cada vez más deprisa. Un hombre de mediana edad friega los platos con el tedio que la actividad se merece. En ese instante tú lees esto ahora mismo. Puedes decidir que es lo suficiente aburrido y pretencioso como para no merecer la pena que le prestes más atención y encender la televisión. Hazlo y no cambiará nada. Una mosca se golpea contra el cristal de una ventana de forma obsesiva. Sólo puedo imaginarme con claridad lo que está sucediendo en este planeta. Aunque podría inventar cosas sobre algún otro. Algo como: El viento mueve la arena de la superficie de Marte (ni siquiera sé si hay viento en Marte). Pero a quién quiero engañar: no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Me da que si me pongo a escribir no voy a lograr decir nada coherente. Agarrar un boli y frotarlo contra el papel en blanco, removiendo el guiso de la existencia. Sólo sé que este garabato no es un león, mamá. La galaxia de Andrómeda es la que nos pilla más cerca y aún así está en el quinto pino. En este preciso instante un montón de gente está muriendo. Bien mirado, aunque hoy no se me ocurra nada sobre lo que escribir, me puedo considerar afortunado. 

lunes, 21 de abril de 2014

Dendrocronología

Cierra los ojos. Pide un deseo y sopla, sopla con todas tus fuerzas. Pero no lo digas en voz alta, que entonces no se cumplirá. Es mucho mejor que tus deseos sean secretos. Para que si no se cumplen no puedas recriminárselo a nadie, no vaya a ser que haya testigos que hayan asistido al dichoso cumpleaños. Es preciso que tus deseos sean sepultados y olvidados. Que no haya hojas de reclamaciones disponibles, que no haya nadie a quien culpar. La moraleja es que aquí el único responsable de tu fracaso eres tú. Pero no te preocupes, aprenderás a poner la mente en blanco cuando haya que cerrar los ojos y formular un deseo. Mira: una estrella fugaz, otra decepción. Aprenderás a dejar de soplar las velas y a mirar al suelo por las noches. Hay quien llama a eso madurar. 
Relees el currículum. Tras muchos años de estudio, Alberto acabó por fin su carrera de chiribiri y se especializó en zis-zas. A pesar de los inconvenientes, logró abrirse paso en el mundo del tristrás. Entre tanto se dedica al chacachá y compagina este trabajo con su pasión por el guiriguero. Así planteado, tú lo ves y piensas: este tipo es un triunfador. Ha logrado todo lo que se ha propuesto. Aparece la foto del tipo pensativo, mirando hacia el infinito o mirando hacia el objetivo de la cámara, todo él serio, con su pose trascendente y parece que no queda nada más que añadir. Pero lo que no aparece, lo que asoma al rascar un poco la imagen del hombre, lo que aparece entre las líneas de una trayectoria vital trufada de presuntos éxitos, es la sombra del juguete que nunca tuvo, la resurrección del abuelo que nunca ocurrió, la silueta de la chica que jamás se fijó en él. Porque detrás de cada persona se extiende un enorme cementerio de deseos: secos, ajados, cuarteados, arrugados, amarilleados, enmohecidos, chuchurridos. Un montón de cadáveres de lo que nunca ha sido. Los puedes ver si entornas un poco los ojos, están ahí, justo detrás del blanqueador dental, detrás del tinte del pelo o de las vacaciones a Benidorm del año pasado. Cuando talas una persona, aparecen como anillos concéntricos, uno dentro de otro, incrustados año tras año, cada vez más profundos, cada vez más clavados, cada vez más antiguos, más ahogados y difíciles de entender. El auténtico currículum vitae. Si escuchas, por debajo del latido del corazón está el murmullo subconsciente de algo muy antiguo, algo que sabe a Plastidecor y mocos, algo que pica como costras secas en las rodillas y que suena como el mar dentro de una caracola. Algo muy triste y nuclear. Algo que merece la pena escuchar. Presten atención. 

jueves, 17 de abril de 2014

:)

"Jajaja." Esa fue su respuesta y no habría tenido la menor trascendencia.  Porque qué va a contestar quien sea si me hago el gracioso, si aprovecho mi ingenio para hacer alguna puntualización jocosa o con la ligera intención de elevar suavemente la comisura de los labios. La sonrisa más tenue en el lenguaje aséptico del chat frecuentemente se traduce por la onomatopeya de una carcajada o en su defecto por el icono de una cara sonriente. A veces, incluso, la persona escribe "jajaja" con el rictus completamente serio e imperturbable. Dicha disociación es harto frecuente y no parece afectar por el momento a las relaciones personales, dado que fuera de las telecomunicaciones escritas sigue existiendo la carcajada, la risa y la sonrisa silenciosa. Sin embargo, no conocemos todavía los efectos de toda esta contención emocional a largo plazo. Tras generaciones de personas educadas a la luz de su pantalla táctil, personas con cuenta de Facebook antes que DNI, personas que vivirán como normal escribir "jajajaja" con los labios apretados y rígidos y el ceño fruncido, personas de carcajadas transcritas con la frialdad de un cirujano, porque las risas escritas suelen ser, en fin, reflexionadas, y a veces no son más que una mera formalidad, la única forma de engrasar la conversación, son la respuesta cuando no queda nada más que decir, el punto y final de una charla que hacía tiempo que existía única y exclusivamente por culpa de la inercia, y en verdad es natural que el lenguaje evolucione tras unas cuantas generaciones de personas que se rían en silencio con la mirada fija en una pantalla, y es posible que después de todo eso no nos quede otra forma de expresar nuestras emociones que con un emoticono apropiado, y así es cómo me di cuenta de que en realidad no importa que haya un poco de ficción en la matemática informática del chat. Porque a fin de cuentas qué importa que el "jajaja" no se corresponda con alguien con los ojos cerrados, la nariz levantada y la boca abierta sin control y pronunciando el estruendo inconfundible de la alegría. Da igual porque el efecto es el mismo, la magia está en que es una mentira consentida y compartida. No importa que el interlocutor esté sentado en el váter concentrado en su fisiología. Tú lees "jajaja" y la imaginación pone todo lo demás. Pero ella respondió "Jajaja." y eso lo cambió todo. No habría tenido la menor trascendencia de no ser por el signo de puntuación. Un punto. Un punto quiere decir que sé que estoy escribiendo, que soy consciente de cada tecla que pulso. Que no me estoy riendo. Que te estoy escribiendo "jajaja" como quien añade un ítem a la lista de la compra. Es una declaración soterrada: sé que me tengo que reír y lo estoy haciendo y tú sabes que esto es así por una convención que hemos creado de forma tan natural en este medio artificial. Un tomatazo al actor principal. Alguien señala y dice que el rey no lleva puesto ningún traje, que está desnudo. Escribo dos puntos y cierro paréntesis. Cae el telón. 

jueves, 6 de marzo de 2014

Dimisión

A ella nadie le había pedido su opinión. Sin comerlo ni beberlo había acabado atrapada en la rutina de la gente mayor, ella, que a fin de cuentas no era más que una niña, una niña que sueña con poder salir de este juego circular, de esta cinta de Moebius en la que nunca quiso estar. Así pasaba que cualquiera abría por la página de turno el cuento y ella tenía que ponerse manos a la obra, coger la cestita, ponerse el atuendo característico y realizar la función, el paripé tantas veces representado: que si el bosque, el lobo, la abuela que vive en el quinto pino, la escenita de las orejas, los gritos, el cazador y el final feliz. Y de esta manera cada vez que alguien volviera a contar la historia, había que estar dispuesta para hacer el papel igual de bien que la primera vez, para no fallar, y soportar la responsabilidad de mantener una historia tradicional y bla, bla, bla. Pero los que la conocían se dieron cuenta de que las últimas veces no había mucha emoción en aquel Qué ojos más grandes tienes, era como si de tanto pronunciarlas las palabras se hubieran gastado, y en las ilustraciones acompañantes la mirada de la niña era un SOS al lector, un SOS no por el lobo, no porque su abuela estuviera siendo digerida, no por el horror habitual de la historia; sino un SOS que decía Sácame de aquí, estoy hasta las narices de aguantar la misma farsa día tras día, yo nunca quise ser una buena nieta ni daros una moraleja de nada, yo acabé aquí por error y este lobo ya no me da miedo ni esta señora me importa lo más mínimo ni me importa que el cazador escuche mis gritos, yo quiero hacer otra puta cosa; eso es lo que decía su mirada mientras decía aquello de Qué dientes más grandes tienes, y uno no podía evitar la sensación de tedio atrapada en el texto, en la repetición del canon, en el orden previsto de todos los acontecimientos. Quizá por eso al descubrir que ya no estaba hubo quienes dijeron que era de esperar. Pero en realidad la mayoría no lo lograban entender, incluso quienes convivían diariamente con ella, sus compañeros de reparto, se mostraban sorprendidos. No había más que ver al lobo mirando al camino vacío con gesto contrariado, esperando que volviera inútilmente, o a la abuela encamada, aburrida como una ostra mirando al techo, como si tuviera sentido seguir haciendo su parte sin ella. Atrapados en la rutina, en la margarita tantas veces deshojada. Pero los que entendían la dimisión eran comprensivos, que si la chiquilla ya llevaba tiempo dando señales más que obvias de desgaste, que si parece mentira que todos los demás no os hayáis dado cuenta. En cualquier caso, no hay que ser demasiado duro con toda esa gente que la tilda de irresponsable o estúpida; con esa gente que no entiende que abandones un trabajo fijo en los tiempos que corren; con esa gente que no sabe que en realidad la niña lloraba desconsolada cada vez que cerrabas el cuento, cuando nadie la veía; con esa gente que cree que ser Caperucita Roja es algo vocacional y que es imposible que acabes ahí por accidente; con esa gente que probablemente algún día se dará cuenta de que en realidad todo ocurre por accidente. No hay que ser muy duros con ellos porque, a fin de cuentas, a partir de ahora al cerrar el libro habrá una niña feliz y los que llorarán serán ellos. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Mitxirrika

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. 

Te gustaba lo que yo hacía. Me conociste de la misma forma en que se conoce al artista ambulante que extiende sobre la acera una tela, saca sus instrumentos y empieza a hacer ruido en medio de la plaza pública, a la espera de que unos cuantos transeúntes se detengan para prestarle atención y acaben transformando la voluntad en euros. Yo era el niño prodigio que impresiona a sus padres componiendo sinfonías después de hacer los deberes; a excepción de que en mi caso no sorprendí a nadie salvo, quizás, al menos por un tiempo, a ti. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, dice el titiritero a través de sus marionetas. Mirad lo que hago, mirad lo que hago, decía yo a través de un montón de letras que seleccionaba, ordenaba y colocaba con sumo cuidado. Así acabaste tú, mirando al volatinero que hay en mí, pensando: si es capaz de hacer eso, en cualquier momento podrá hacer lo mismo pero a lo grande. Como si la evolución natural fuera pasar de andar de puntillas a hacer acrobacias en el circo. Olvida lo del pulgar oponible: el mono ha evolucionado lo suficiente como para soñar con una vida mejor, esa es nuestra verdadera ventaja evolutiva.

Y ahora que el sueño parece imposible, ahora que me he quedado sin tinta para esta pluma, aparezco de nuevo, limpiándome como puedo el polvo y tú te giras y te dices a ti misma: pero si es el chico con el que estoy saliendo. Y también te dices: me pregunto qué coño le debí ver. Y no es que no lo sepas, es que ya no está ahí. El tipo que ordenaba palabras frente al público no es el mismo que el que aparece al apagar las luces del escenario. O quizás sí que lo es, pero el primero no es más que una representación, un ideal, el muñeco vudú con el corazón roto que tú querías coser. El segundo es lo que está ante ti, en toda su real existencia al alcance de la mano, está rascándose la cabeza y musitando que tiene una idea, una corazonada, que quiere escribir un libro, un libro de verdad, que quizás no salga nada adelante, ya que nunca ha logrado que nada salga adelante, y que él es más bien un hombre de bocetos, pero, eso sí, menudos bocetos, y que esta vez va en serio, y tú te das cuenta de que había estado ahí también todo el tiempo, el tipo del que te habías enamorado, el mono que sueña con fajos de papel encuadernados con su nombre en la cubierta. 

Me estuviste esperando tanto tiempo que te olvidaste de mí. Y te conformaste con esta carcasa envejecida y estática, cuando en realidad yo soy capaz de abrir la puerta a cualquier otro mundo, y puedo llevarte de viaje cuando quiera porque no tengo más que pensarlo y escribirlo, y no necesitaremos comprar billetes ni mirar la cuenta bancaria; yo te contaré una historia y tú estarás conmigo observando lo que sea que esté sucediendo dentro de mi cabeza y así, quizás, de esta forma, logre hacerte feliz.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Hipocampo

Dar una enésima vuelta al reloj de arena, de forma que quede como estuvo hace mucho tiempo. La impresión de recorrer una y otra vez los mismos rincones que ocupan mi memoria. El olor a tabaco que impregna las paredes de este piso: hubo un tiempo en que lo podría haber llamado hogar. Por aquí pasé, y por aquí quedó una parte de mí: ahí está mi silueta inerte sobre la cama, como la piel de una enorme serpiente que se fue hace tiempo; el sonido de las palabras que pronuncié hace años, agotado de rebotar contra las paredes de mi cuarto; la sangre y los restos resecos de las secreciones propias de la existencia. Siempre que vengo compruebo la estabilidad de los mismos tótems, la falsa creencia de estabilidad que se genera por la ausencia de cambios importantes en un tiempo, por la insignificancia de las grietas en la superficie, la falsa estabilidad de la tela de araña donde cada vez se balancean más elefantes. Me siento con el Fantasma de la Navidad Pasada y nos quedamos absortos mirando mis fotos del pasado. Ahí estoy yo: comiendo, llorando, riendo, estornudando, masturbándome, durmiendo, tomando malas decisiones, escribiendo una carta de amor que nunca mando. La sensación de ver una película que te deja la sensación de que, bueno, en general está bien pero podría haber sido mucho mejor. Y entonces acabo volviendo aquí, donde yo me dediqué a vomitar todas mis mentiras. La historia de mi vida. Limpio un poco el polvo. Decido hablar de mis recuerdos. Una vez más. Como si a alguien que no sea yo le importaran. Quizás es porque la Navidad me ha puesto sentimental. Bienvenidos a las ruinas de mi hipocampo. No os preocupéis, la entrada es gratuita. Mi padre me leía cuentos antes de dormir. Entre ese momento y la actualidad no sé qué demonios es lo que ha salido mal.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Génesis

En aquel momento, todo era posible. Con el amanecer a sus espaldas, las palabras proyectaban largas sombras a través del campo blanco de la nada. Eran jóvenes y la euforia de su interior las empujaba a golpearse unas a otras entre gritos y con toda esta algarabía se hacía difícil entender el significado de aquello, si es que había algún significado más allá de las emociones que explotan, las mandíbulas apretadas y los músculos del cuello que se tensan como cabos izando velas, y las salpicaduras de da-igual-qué por toda la piel. Las palabras rodaban ladera abajo dejando un rastro de letras y signos de puntuación desparramados por doquier: la transcripción del balbuceo de un bebé, como saliva transparente que resbala por las curvas de un chupete recién inaugurado. Quizás os suena la historia: comienza como un rumor lejano, un murmullo que equivale a un ejército que se acerca galopando desde el rincón más profundo de vuestro cráneo, un montón de soldados a caballo que asoman por el horizonte y que te invitan a reproducir el temblor sobre un lienzo en blanco, y cuando te quieres dar cuenta los tipos ya han salido fuera y han conquistado lo que fuera que estuvieras haciendo, y ves una tímida bandera ondeando sobre un encabezado. Al principio sólo son palabras, sin contexto, sin orden, sin objetivo: una muchedumbre que no sabe a dónde tiene que tirar los cócteles molotov. Algunas dejan que se les pegue algún sufijo o prefijo, otras van perdiendo acepciones mientras corren por los campos vacíos. Las hay que se pierden por el camino y nunca más vuelven. Conforme avance el tiempo, el sol llegará al cénit y llegará el momento en que las palabras se detengan un momento y empiecen a pensar en su futuro. ¿Qué va a ser de mí? ¿Tengo algún significado? Es el momento en que buscan compañeras de viaje fieles, abandonan las locuras de su juventud, y empiezan a emparejarse como pueden para formar todo tipo de frases. Ya no corren tanto, ahora procuran buscar un objetivo, aunque sea a corto plazo, y así poco a poco van tendiendo nexos entre sí, y envejecen poco a poco sin poder separarse unas de otras hasta que al final se quedan muy quietas conformando párrafos, capítulos, obras enteras; mirando la puesta de sol, notando sobre sus letras los últimos rayos de sol momentos antes de fosilizarse y constituir un nuevo hito en la historia de la literatura universal: así, sin mayúsculas, ni gloria, ni nada.

jueves, 19 de septiembre de 2013

La primavera

Lo mejor del invierno es que después no queda casi nada. Sólo un lienzo en blanco sobre el que escribir un nuevo año. Es el campo de batalla después de la derrota. El punto y aparte. Uno abre las cortinas, pesadas y opacas, dejando pasar la luz espesa entre la mierda que flota en el aire enrarecido de este edificio. Son motas de polvo, y hay muchísimas después de toda una vida aquí encerrado. Podría acabar con toda forma de vida usando la capa de sustancia gris que se queda pegada a la yema de mi dedo según lo deslizo sobre un mueble cualquiera. Así que esto es lo que yo una vez llamé hogar, esto es lo que yo llamé vida. Nada que no se pueda solucionar con una escoba y una bola de demolición. Aquí, en este templo, he rezado yo a seres imaginarios. Aquí he sacrificado mis sueños en su altar. A mi Abraham particular no hubo Dios que lo parara. Bienvenidos a mi templo. Bienvenidos a mi cementerio de esperanzas. En breves instantes asistiréis a su destrucción. Pasen por taquilla. En occidente hacemos negocio con las desgracias ajenas y propias. Es lo que conocemos como capitalismo. O como Ley de la Oferta y la Demanda. Consiste en poner un precio muy caro a algo que la gente no quiere ver para que crean que sí que quieren verlo. Les dices que es que ver demoliciones es algo muy demandado y te forras. Luego puedes justificarlo diciendo que la gente es así, muy morbosa. Por favor, ocupen su localidad. Una explosión controlada en realidad no tiene ninguna emoción. Hay un perímetro de seguridad, y todos estamos fuera de peligro. Es como ver una película o leer un libro. La emoción que te puede provocar una obra artística es autoinfligida: una mentira que te cuenta alguien y tú te esfuerzas en creer. En realidad la posibilidad de que sangres con un libro no está más que en lo afiladas que estén las hojas. Por muy fuerte que sea esta explosión tú estás en tu burbuja, protegido por la apestosa realidad. Eres un bebé embadurnado de polvos de talco, con el pañal limpio recién puesto y listo para ver algo terrible a una distancia prudencial. Ocurre cuando ves el telediario. Ocurre cuando lees una obra de ficción. Cuando juegas a un videojuego de esos terriblemente violentos, casi tan violentos como la realidad. Aprenderás a morir en la ficción pero cuando llegue el momento de tu muerte no estarás preparado. En fin, espero que disfrutéis del espectáculo, aunque antes he de confesaros algo. Atención: detonación en cinco. Confieso que os he engañado. Cuatro. Porque no hay edificio que demoler. Tres. No hay una cantidad controlada de explosivo. Dos. No hay un perímetro de seguridad. Uno. Y no hay nada después del invierno. 

domingo, 4 de agosto de 2013

Mono

Si no tienes expectativas, nada te puede decepcionar.
Pues eso: hemos llegado aquí, yo escribiendo, tú leyendo. Y ni tú ni yo esperamos que el tedio se nos vaya a quitar por compartir este trocito de espacio. Por mucho que enciendas esa linterna, esto es un puto agujero negro. No, tampoco nos valen las cerillas. No es que aquí nos sobre el oxígeno. ¿Qué tal si nos quedamos muy quietos sin decir nada? Esperando sin esperanza. Como heroinómanos pasando el mono, soñando con un chute que nunca nos llegará. Paralíticos soñando con caminar. Dementes que intentan recordar. Siempre nos quedará el pasado. La vida es un paseo por un callejón sin salida. No es que me guste el melodrama, es que soy realista. Puede que no sepa de qué va la película, pero al menos sé que no tiene final feliz. No espero que lo entiendas. Por eso no me desilusionaré cuando no lo hagas. Los mejores seres humanos consiguen como recompensa un hueco en los libros de historia. Deja para los demás lo que no quieras hacer hoy. El fracaso no es una derrota. En realidad es lo normal. ¿Serás tú uno de los escogidos? ¿El líder de algún movimiento que morirá con el tiempo? ¿Hay algo que no muera al cabo de un tiempo? Seas quien seas, estás aquí encerrado conmigo. Algo debes haber hecho mal para acabar aquí. Quizás lo mejor que se puede esperar de nosotros es que yo escriba esto y que tú lo leas. No hay nada detrás. No hay trampa. Sólo el silencio del gatillo después de la detonación. Nada por aquí, nada por allá. Literatura como balas taladrando tu cerebro. Unidireccional. Abriéndose camino. Haciendo el trayecto de un gigantesco piercing en tu calavera. Un rehén asesinando a otro. Sin motivo. Porque no tenemos nada mejor que hacer. Yo disparo, tú quedas al borde de la muerte. Se escribe mejor si tienes hambre, si tienes sed, si tienes ese picor que queda en ese punto de la espalda que no te puedes rascar. Se lee mejor si has colmado todas tus necesidades y estás, por lo demás, ocioso. Eso es lo que nos diferencia, aunque estemos en este mismo agujero. El hambre. La sed. La incomodidad. El dolor. 
En fin, ¿no tendrás un cigarrillo?