miércoles, 2 de diciembre de 2020

Viejos amigos

Tenía cinco años la primera vez que la vi. Era un día soleado. Iba caminando de la mano de mi madre, pero al verla a lo lejos me detuve, la señalé y le pregunté a mi madre que quién era esa señora. Mi madre se limitó a decirme que señalar a la gente era de mala educación. 

Esa es la metáfora. En realidad no recuerdo la edad exacta que tenía cuando la vi por primera vez. Tampoco es verdad que la viera por la calle. La verdad es que la vi dentro de mi cabeza, aunque no del todo definida, era más bien un atisbo, una sombra, que una imagen clara. 

Pero lo que sí es verdad es que era un día soleado y que iba por la calle con mi madre. Y, aunque no la señalé, sí que le pregunté por ella.

—¿Qué ocurre cuando se muere? —No estoy seguro de si estas fueron mis palabras exactas, quizás (probablemente) fueron mucho más torpes. 

Mi madre se limitó a ser sincera. Me dijo que al morir uno deja de vivir, que ya no se está más. O al menos eso es lo que recuerdo: una confirmación de mis más temidas sospechas. 

La figura se giró y me saludó con la mano, antes de desaparecer calle abajo. 

Así es cómo pasé de intuir a duras penas su presencia a verla en todo su esplendor terrorífico. 

Me olvidé de ella un tiempo. Me dediqué a los quehaceres cotidianos, a los juegos, a vivir el momento concreto en el que estaba. Pero una noche, antes de que pudiera conciliar el sueño, ella volvió. Se apoyaba en el quicio de la puerta, su silueta recortada contra la luz que venía del fondo del pasillo donde mis padres veían la televisión. Es entonces cuando recordé la respuesta de mi madre y tuve miedo de cerrar los ojos y no poder volver a abrirlos. 

En esta tesitura hice lo que cualquier niño educado en la fe cristiana hubiera hecho en mi situación: rezar. Recé, paralizado de terror, mientras ella me miraba en silencio. Y le pedí a Dios que, por favor, cuando llegara el momento, me enterase de todo. Quería estar consciente. Sentirlo todo. El dolor, da igual. No quería dejar de ser. 

Ella sonreía mientras yo lloraba, podía sentirlo a pesar de la sombra que le cubría la cara. 

Me acabé durmiendo de puro agotamiento. 

En ese momento no lo sabía, pero la verdad es que en aquellos momentos no rezaba a Dios. En realidad era a ella a quien iba dirigida mi plegaria. 

Las cosas después no fueron a mejor. Mi adolescencia consistió en dos manos enormes que metieron sus dedos enguantados en el agujerito que ella me había hecho en el pecho para luego tirar de los bordes en direcciones opuestas. 

Y el agujero se convirtió en un abismo. 

Sobreviví aferrado a la rutina como un náufrago agarrado a una tabla a la deriva. Eso me permitió superar los días, pero la noches eran otra cosa. Ella venía a visitarme a diario y ya no se limitaba a saludar de lejos o a mirarme desde el pasillo. Entraba a mi cuarto y se metía conmigo en la cama. Me abrazaba mientras yo me limitaba a temblar y a llorar. Su aliento apestaba. 

En esa época confundí la desesperación que sentía con amor no correspondido. Y esa desesperación que yo llamaba desamor fue la que, paradójicamente, me ayudó a encontrar mi primer gran amor.

El alcohol. 

Las borracheras pasaron a ser las olas que me arrastraban de un lado para otro mientras yo seguía agarrado a mi tabla. 

En el vaivén de las olas me acostumbré a su presencia y ella, poco a poco, dejó de visitarme. 

Una mañana desperté en una playa a la que la marea me había arrastrado. Escupí agua de mar sobre la arena y me puse de pie para contemplar los alrededores. Había sobrevivido al naufragio. Habían pasado años, pero lo había conseguido. Me puse en camino, eso sí, sin atreverme a soltar mi tabla de salvación. Ahora era un adulto. Un puto adulto. 

Llegado este momento tengo que hablar brevemente de mi amor. 

La primera vez que vi a mi amor estaba siendo revolcado por el oleaje. Así que no fue hasta el instante en que pisé tierra firme que me atreví a invitarla a tomar algo. 

Ella se pidió un destornillador. 

Le pregunté si aquello era una cita. Yo deseé que así fuera. Ella también. Por tanto, fue una cita, nuestra primera cita. 

Eso fue hace once años. Y desde entonces no he tenido muchas noticias de mi antigua visitante nocturna. 

Hay quien la llama muerte y hay quien la llama depresión. Yo nunca he sabido su verdadero nombre y ella nunca me lo dijo cuando me echaba el aliento en la cara. Desearía no volver a verla nunca más, pero sé que este afán es algo pueril: nuestros caminos volverán a cruzarse. Eso sí, la próxima vez que nos encontremos ya no tendré miedo. Ya no. He sobrevivido a un naufragio. 

La próxima vez la saludaré como se saludan los viejos amigos. 

martes, 12 de mayo de 2020

El crujido

El crujido
no siempre avisa peligro.
A veces es lo contrario;
rendija, salida, escapatoria
o esperanza.
En mi barrio de pavimento
resquebrajado
la hierba brota indomable
las flores emergen imparables;
son reconquista de lo arrebatado.
En mi barrio de casas decrépitas
de vida aparentemente agotada
de tiempos mejores que nunca volverán
se escucha todos los días
el crujido
y parece preludio del derrumbe,
pero es augurio de primavera.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Muera España

Rojo y amarillo combinados en una proporción precisa, decidida, oficial.  Cuanto más sopla el viento,  más se estira ella, agarrada al mástil, más ondea al estilo de las olas que lamen las costas de todo el planeta. Para que funcione es preciso el dinamismo del aire, la agitación de la bruma, que se mueva con vehemencia aquello que no se puede ver. Es algo proporcional: funciona bien con una pequeña brisa, pero funciona mucho mejor con un ciclón de categoría 5. 
Sus raíces son aparentemente profundas, o al menos deben serlo, ya que el palo que la sostiene debería aguantar los embates de las rachas de viento. Sin embargo esa no es su única característica. También debe poder ser transportable, puesto que nunca se sabe en qué tierras extrañas habrá que clavarla para reafirmarse, para convertir lo desconocido en algo un poco menos terrorífico. Da igual que pises América, Perejil o la Luna. Además, su patrón sencillo, como un cuadro de Rothko, es fácilmente reproducible (para evitar contradicciones es recomendable recortar la etiqueta que reza «Made in China»). Después, como esquejes de un ficus, solo necesitas el sustrato correcto para que se multiplique. Eso sí, si el sustrato no es el adecuado no importa mucho porque, como ocurre con todo lo que es manipulable, puedes fertilizar el lugar con un poco de abono antes de proceder al izado. No hace falta ser muy cuidadoso con el tipo de abono, prácticamente cualquier tipo de hez sirve para preparar el terreno.
Ella es una especie de portal entre el mundo de los conceptos y el mundo real. Igual que una cruz representa al dios cristiano, el concepto que ella representa no es algo tangible. Un símbolo bajo el que es fácil ceder. Quién necesita pensar cuando puede dejarse llevar por semejante combinación cromática. Identifícate con ella, dicen sus súbditos. Bésala, te dicen. Pero para qué besar una tela que no tiene labios, que no late ni respira. Y lo que quizás es más embarazoso: ¿dónde hacerlo?
Los fieles no necesitan preguntarse nada. Como cualquier religión que te represente, te facilita mucho la vida. Elimina toda reflexión. Es más fácil aceptar una consigna del bando que te corresponde sin cuestionarla. Repite el chiste que viste en Twitter contra los que defienden otra tela pigmentada diferente. Sois un poco diferentes, de acuerdo. Quizás por el idioma y por algunas fiestas tradicionales. Pero no te engañes. En realidad sois tan parecidos. Todos estáis atados a un símbolo que ondea al viento. Os habéis convertido en mástiles. Seres inertes cuyo única razón de ser es sostener una representación abstracta que se amolda a cualquiera que se menosprecie. Talla única. Unisex. Una cosa que funciona mejor cuanto más fuertes sean las ventoleras. Mirad, mirad qué bien funciona ahora. Mientras alguien grita «viva España», otros esperan que se muera. Y yo sonrío con amargura. Porque sé que una nación no existe más que como delirio colectivo.
Las coloridas banderas ondean con fuerza. Yo salgo a la calle con la idea de aprovechar el huracán para sacar mi cometa gris. Nunca se sabe cuándo volverá otra oportunidad como esta para echarla a volar. 

miércoles, 19 de abril de 2017

Fénix

Volver a nacer.
El líquido amniótico, los aprietos; y después el frío, las luces cegadoras, el olor a quirófano.
Volver a respirar por primera vez.
Volver a llorar (a fin de cuentas, es lo mismo).
Quejarse de lo incómodo.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio. Las cosas que vas a dejar detrás.
Acostumbrarse a lo incómodo.
Alimento.
Calor.
Sueño.
Los seres vivos nacen.
A veces crecen.
A veces se reproducen.
Pero siempre, siempre, mueren.
En algún momento impreciso del futuro lo entenderás.
Quizás será cuando tu mascota se vaya de viaje a un sitio mejor.
O cuando le toque a tu abuelo.
Y entonces querrás volver atrás.
Volver.
Entonces querrás recuperar todo lo que has dejado atrás.
El cordón umbilical. La placenta. El meconio.
Tu mascota.
Tu abuelo.
Volver.
Querrás volver a nacer.
Pero no podrás.
Y seguirás viviendo.
Porque es lo que mejor se te da.
Porque es lo único que puedes hacer.
Seguir respirando.
Seguir llorando (a fin de cuentas, es lo mismo).
Y un día en que estés especialmente sensible.
Puede que porque hayas dormido mal.
Un día en que la mirada cansada del espejo te devuelva 30 años de golpe.
Volverás a querer volver a nacer.
Pero te conformarás con coger un viejo blog.
Un blog que parecía haberse ido de viaje a un sitio mejor.
Y escribirás algo que te saldrá muy de dentro.
Algo que parezca un poema pero que al final no sabrás muy bien qué es.
Una mierda pretenciosa.
Pondrás un título tentativo.
Luego lo cambiarás por: Fénix.
El primer verso será fácil.
Dirá: Volver a nacer.
Y aunque en realidad sea una tontería.
Y no sirva para mucho.
Cuando acabes te sentirás un poco mejor.
O eso espero.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Lepisma saccharina

Es dura la vida en la rendija. Pero a fin de cuentas es la única vida que conozco: la nocturnidad y las pequeñas razias, a veces sin destino, pisando las frías baldosas del baño. El hacerse uno con el encolado cuando se es sorprendido por la dolorosa luz de los halógenos, como un camaleón. Esperando el momento propicio para escabullirse, para colarse por debajo del mueble del fregadero y escapar. A dónde no sé. A dónde no importa. No soy de respuestas. Soy más de instintos: la evolución pasó a mi lado y me dejó atrás. Se olvidó de mí. Pero yo no me he olvidado de sobrevivir. He hecho mi hogar en los lugares húmedos y en las tinieblas, en las cañerías oxidadas que no veis. En ese lugar al margen de la sociedad, donde he podido seguir a mis anchas. Quizás porque me conformo con poco: lo que os sobre me servirá. Los restos que dejáis de vuestros cuerpos en el suelo. Caspa. Pelos. Dejadme vuestras fotos antiguas. De esas impresas. Los libros que ya no leéis y se acumulan en vuestras estanterías. Servídmelos en una bandeja de plata, como mi piel. En sacrificio a lo que debería ser Dios, y que yo puedo reemplazar. No os hace falta hoguera de San Juan, me tenéis a mí.
Salgo así de mi escondite en busca de aquello que hayáis olvidado. Otra noche detrás de un pequeño bocado de vuestro pasado. Son las 3 de la madrugada. No es que en realidad sepa qué hora es pero lo digo porque es un dato que seguramente vosotros entenderéis. Recorro el borde de la bañera. No me gusta separarme. Manías adquiridas, así es el cuento de todas las excursiones. Mi cuerpo de lágrima se desliza por los azulejos. Mi objetivo: sobrevivir. ¿Para qué? No lo sé. Pero nunca me lo he preguntado. Quizás esa es la clave: no preguntar. Al final puede que tengáis cosas que aprender de los pececillos de plata, vosotros, seres supuestamente superiores. Por el camino degusto pequeñas partículas que voy encontrándome por el camino. Algunas fueron parte de tu cuerpo, de tu piel. Ahora son parte del mío. El ciclo de la vida. La entropía. Cosas en las que vosotros pensáis y que yo simplemente experimento. Comer. Producir espermatóforos. Seguir adelante con la vida. De eso va este juego. Confiado en mi soledad, me alejo del borde de la bañera. De pronto, todo estalla. Idiota. Los halógenos. La puerta se abre bruscamente. No. No deberías estar aquí. Sorprendido, hago lo que mejor sé hacer. No molestar. Me camuflo con un movimiento rápido en la rendija entre los baldosas. Y espero. Es dura la vida en la rendija. Pero es la única que conozco. No sé cómo funciona mi cabeza, pero al poco tiempo algo me dice que ya puedo huir. Hacia la bañera. Rumbo a la sombra. Lejos del embaldosado. Furtivo, emprendo mi huida desesperada. Corro. Yo no sé nada de ti. No sé que igual tomaste alguna cerveza de más la noche pasada. Y que por eso ahora, de madrugada, te meas. No sé que lo más inteligente es esperar y que así no llamaré tu atención. No sé lo que significa «inteligente». Tampoco es que me importe. Da igual, porque te percatas de mi presencia y ya es demasiado tarde para alcanzar la salvación, es demasiado tarde para escapar, para intentar seguir con el plan (¿qué plan?), y todo acaba cuando una pantufla polvorienta desciende sobre mí.

Epílogo.
Justo antes de morir me digo: la próxima vez será distinto.
No te rías de mí: yo no sabía que habría un después de la vida. Yo no sabía que después no habría nada más. Yo qué iba a saber. 

martes, 15 de marzo de 2016

DNI

Llevo tu foto en mi cartera. Como si fuera una estampita. Como si tú fueras una virgen. 
No la suelo sacar a relucir. Me conformo con saber que está ahí. Por si acaso. 
Es lo más parecido a llevar una pistola cargada. 
Siempre lista para ser disparada. 
Porque sé que si algo se rompe. Si da la mala suerte de que algo importante se jode. 
Sé que puedo recurrir a tu foto de carnet. 
Puedo sacarla de su guarida. 
Contemplarla. Buscando consuelo.
O quizás simplemente por conmiseración propia. Para poder decir: pobrecito de mí.
Es más fácil invocar un recuerdo que crear uno nuevo. 
Y ser Narciso frente a su reflejo. Dispuesto a consumirme contemplándote. 
Contemplando la misma imagen que la policía tiene de ti. 
La foto que abriría todos los telediarios si te convirtieras en terrorista suicida. 
La foto que llevo siempre conmigo. 
Como si fuera una bomba de relojería, haciendo tic-tac en mi bolsillo. 
Esperando el momento para explotar. 

martes, 23 de febrero de 2016

Arbeit macht frei

Los seres humanos no tienen tiempo de mirar al cielo. Su trabajo es aquí y ahora, en la tierra. A ella dedican sus esfuerzos, aquí pasan un día tras otro en aquello que llaman «rutina». Es a ellos a quienes pertenece este momento, la satisfacción de ver cómo el esfuerzo diario opera una transformación en el entorno. Cogen sus herramientas de trabajo y se afanan en utilizarlas. Cada uno se esmera en su oficio, cada uno opera en su pequeña parcela, dentro de este inmenso campo que nos ha sido otorgado por azar. El sudor de sus quehaceres riega el terreno sobre el que clavan sus azadas, el terreno en el que hunden sus palas momentos antes de hacer volar sobre sus cabezas aquellos pedazos de suelo que son arrancados. Hombres y mujeres trabajan, jornada tras jornada, palada tras palada, hasta que se pone el sol y el frío se clava en los huesos. Entonces acuden a sus hogares, duermen en sus cómodas camas y reponen las fuerzas necesarias para poder seguir en su empeño. Así se levantan y vuelven una y otra vez a repetir la bendita rutina que da sentido a sus vidas. ¿Por qué no hacerlo? Así es como llegan sin darse cuenta a la vejez. Un día acaban despertando, sintiéndose quizás demasiado cansados, preguntándose si es que habrá que cambiar el colchón. En cualquier caso, de igual forma acaban por arrastrar sus músculos desgastados hasta el punto en el que han desarrollado su obra. Vuelven a tomar sus herramientas. Pero están tan agotados que apenas pueden continuar con la tarea. Y se rinden. Quizás lloran de desesperanza. Al poco miran con un cansancio eterno al suelo, a su suelo. Y entonces su gesto se vuelve alegre, sus facciones arrugadas sonríen. Los cuerpos fatigados se sienten agradecidos. Y se dejan caer felices. Al parecer alguien se ha tomado la molestia de cavar un enorme agujero en el que descansar. 

domingo, 13 de diciembre de 2015

Visita al cementerio

He estado visitando blogs abandonados como quien visita cementerios. 
He leído las últimas entradas, relucientes como luces de neón sobre la puerta del blog polvoriento, como unos enormes puntos suspensivos que esperan de forma indefinida que alguien siga escribiendo. Pocos son los que acaban con una despedida. Pocos se atreven. La mayor parte se quedan en la frase a medio pronunciar. 
Y ahí están, esperando por toda la eternidad a que los respectivos autores vuelvan a mancillarse las manos en ellos. Esperando a ser continuados.
Estatuas ecuestres cabalgando inmóviles en la noche de los tiempos. 
Lo más terrible de todo es que cuando esas entradas fueron escritas, nadie sabía que serían las últimas. 
El coitus interruptus. El croquis arrugado que descansa en la papelera. 
Su muerte será como la nuestra. Inesperada. Y con el tiempo acabarán como todos nosotros. Olvidados. 
He visitado cementerios y he leído sus lápidas. Sé que llegará el día en que nadie sepa quiénes son las personas que están ahí enterradas. 
Llegará el día en que un antropólogo las desentierre y las mire como objetos de estudio. 
Pero el antropólogo no sabrá nada de las últimas líneas, inacabadas, de las vidas de esos esqueletos. 
Los cráneos vacíos y los servidores de Internet llenos. 
Esperando que alguien escriba una nueva entrada. 
Y yo he sentido en parte el sacrilegio de entrar en esos sitios desolados. He visto la fecha de la última entrada sobre la lápida: 29 de agosto de 2005. He pasado los dedos por las superficies cubiertas de polvo, musgo y telarañas. Debajo de la mugre he encontrado los últimos comentarios, spam sin relación alguna con el contenido. Free hardcore XXX porn. Click here to enlarge your penis. Los he observado como quien contempla grafitis sobre las ruinas de una civilización extinguida. Con tristeza he recorrido las enormes estancias vacías, a medio decorar, escuchando únicamente el eco de mis pasos. 
Después me he dado cuenta. Al ver el espejo al final del pasillo. Al descubrir mi firma estampada en cada uno de aquellos rincones.  
Mis huellas dactilares estaban por todas partes. 
No me había reconocido a mí mismo. Ni siquiera me acordaba de haberlo escrito. 
Horrorizado, mi primer impulso fue derruirlo todo: poner cargas explosivas en los pilares del edificio para que nadie más pudiera contemplar al hijo deforme que había dejado a su suerte. 
Estaba a punto de apretar el detonador. 
Pero me detuve justo a tiempo.
Porque entendí que los pilares de aquellos blogs muertos en realidad estaban en mi pecho. 
Así que decidí dejarlos de nuevo, decidí volver a olvidarlos. Me alejé de ellos. Me adentré en mi casa actual, llena de vida. Me hice un café humeante mientras las gatas dormían. Me puse a escribir en mi blog actual. Titulé la entrada: Visita al cementerio. 
Al publicarla tuve un escalofrío. 
¿Y si esto es lo último que queda de mí?

sábado, 5 de diciembre de 2015

Mensaje en una botella

Ahora mismo estás leyéndome la mente. La escritura es la forma más primitiva de telepatía, pero no por ello deja de ser efectiva. Tú, que estás en otro sitio y en otro momento temporal, eres capaz de escuchar en tu cabeza estas palabras que estoy pensando y plasmando una tarde, mucho antes de que siquiera sepas que este texto existe. Es un método sencillo que ha permitido que los seres humanos hayamos ido acumulando a lo largo de la Historia el conocimiento de millones de personas que han ido pasando por el mundo antes que nosotros. Todos ellos han muerto, pero sus mensajes perduran en los legajos de las bibliotecas, esperando que alguien abra algún que otro tomo polvoriento y entonces se produzca la conexión mágica. Como un disparo a ciegas, las balas de nuestros antepasados esperan que nosotros nos pongamos en su trayectoria para que nos dejen una buena marca. Porque apuntando así, hacia el futuro, es la única forma de escribir. Apuntando y disparando, pero sin saber a quién. Lanzando fogonazos en espera de que alguien (ya sea en un rato, mañana o dentro de un siglo) quede deslumbrado ante el mensaje. 
Visto así, la literatura universal no dejaría de ser una especie de océano en el que flotan millares de mensajes embotellados con la esperanza de que alguien en algún momento se tome la molestia de leerlos. Uno puede decir que es una forma de telepatía un tanto precaria por lo unidireccional de la misma. Porque no hay posibilidad de respuesta. Nadie se para en medio de una página de una novela y le pregunta al autor por qué ese personaje no ha hecho tal cosa o la otra. Porque si así fuera tú ahora podrías interrumpirme y obligarme a explicar, por ejemplo, a qué viene que esté divagando sobre este tema. O puede que quieras que te cuente otra cosa, una historia distinta, un cuento, y yo entonces cambiaría de tema. En ese caso cambiaría de tema en mitad del texto y comenzaría otro párrafo con algo así:
Érase una vez...
Pero incluso si pudieras interrumpirme, si pudieras cambiar lo que yo escribo mientras tú lees; si pudieras cambiar las tornas y decidir quién es en esta relación el sujeto pasivo, quién folla a quién, yo podría negarme a hacerte caso. Podría seguir hablando de cómo lo que somos en gran parte se debe a la transmisión escrita de conocimientos. Sin esa gente que perdió el tiempo en contarnos lo que pensaban o lo que habían descubierto o lo que se habían imaginado, jamás estaríamos viviendo en esta sociedad porque jamás habríamos podido aprender de lo errores de los otros. Estaríamos condenados a repetir nuestras vidas, del mismo modo en el que viven el resto de animales, sin otro progreso más allá de la evolución natural. 
Como ves he decidido seguir escribiendo sobre el mismo tema. Será porque todavía no somos capaces de cambiar este flujo constante, siempre hacia delante; será que tú no puedes cambiar lo que yo escriba. Porque por mucho que lo desees, aunque quieras con todas tus fuerzas que pare de escribir no puedes impedírmelo. Pero por suerte todo tiene solución. 
Siempre puedes parar de leer. 

domingo, 9 de agosto de 2015

Perro semihundido

Tengo un perro llamado Esperanza y, la verdad, hacía mucho tiempo que no lo veía. 

Creo que la última vez fue cuando observé su reflejo en retrovisor, corriendo detrás del coche, como si aquella gasolinera no hubiera sido lo suficientemente buena para él.

O quizás fue cuando le intenté ahogar bajo paladas de tierra, su pelo cobrizo embarrado, su cabeza mirándome como en aquel cuadro de Goya. Y yo en el otro extremo del agujero, arriba, con la pala cargada, palada tras palada, ignorando su quejido silencioso, su mirada incómoda. 

También pudo ser aquella tarde en la que estábamos pasándolo tan bien y yo le tiré un palo para que fuera a buscarlo y, tanto el palo como él, se perdieron entre los árboles y yo gritaba su nombre en vano porque no volvió. No siempre era yo el que acababa abandonando al otro.

Por suerte, al final siempre acaba por volver. Testarudo. Él y yo. Testarudos. Suena el timbre de la puerta, aunque no espero a nadie. Absolutamente a nadie: es mi estado habitual. Abro la puerta y, sobre el felpudo que reza "Welcome", está él. Esperanza. Alguna vez ha vuelto con una carta colgando de la boca. O con una prenda de ropa, algún pequeño gesto que nadie más que él y yo podemos entender. Pero esta vez viene solo. Magullado y malherido, la lengua arrastrando por el suelo. Horrorizado, lo cojo en brazos y lo meto en casa. Le curo las heridas como puedo, le doy agua y comida. Pienso que menuda suerte he tenido, que de esta podría no haber vuelto. Sonrío mientras acaricio su lomo y noto su cuerpo tibio por debajo del pelaje. Pienso que esta vez no dejaré nunca que se vaya de mi lado. 

Quién sabe lo que pensaré mañana.