La supervivencia social se fundamenta en el acatamiento de una serie de normas nunca escritas, un conjunto de leyes invisibles que nos obligan a sonreír para no preocupar a los demás, a ser amables, a justificar que hemos hecho lo que presuntamente no queríamos hacer por culpa de que habíamos bebido demasiado, como si al estar sobrios y cohibidos hiciéramos siempre lo correcto. También tenemos que saludar a un conocido cuando lo encontramos por la calle, aunque no apetezca, aunque a veces lo que realmente apetece sea correr. Tenemos que llorar de forma comedida, siempre en los momentos que lo precisan, tales como funerales, películas tristes o despedidas. Los demás tendrán que llorar a su vez o, en su defecto, darnos abrazos o realizar otro tipo de acto compasivo. Lo harán porque es lo que hay que hacer. Sin embargo hay que tener cuidado con llorar en momentos inadecuados, con dejarse llevar por algo que no está en las normas, soltar una carcajada inoportuna, golpear un objeto hasta destrozarlo, ese tipo de cosas que nacen de un lugar donde la convivencia no está regida y que surgen de algo demasiado animal, irracional, intrínseco. Algo que asustaría a los demás. A los que siguen la normativa vigente a rajatabla. Si te sales del guión corres el riesgo de que te tachen de loco. O que te cojan del hombro y te susurren al oído que lo que sientes no es real. Será mejor que te calmes, chico, eso no es real. Y lo dicen tan serios. Como si mis lágrimas fueran de mentira.
domingo, 27 de abril de 2008
viernes, 25 de abril de 2008
Rumores
Hay un helicóptero sobrevolando el lugar de los hechos. Pero los hechos ya no están ahí, esas cosas hay que verlas en el momento, y como no podemos viajar al pasado por mucho que nos empecinemos, que cerremos los ojos y hagamos fuerza con no sé qué músculos, pues tendremos que conformarnos con la actualidad. Para el pasado ya tenemos a los testigos. Lo malo es cuando los testigos dan informaciones contradictorias. Uno dice que si ocurrió primero el fuego y después aparecieron los cuerpos moverse en el horizonte. Otro dice que el fuego no apareció hasta mediada la tarde. Otro que él no vio fuego. Que eso ya estaba quemado hace tiempo. Y por qué no están los satélites enfocando cuándo más los necesitamos. Así no hay manera, la reconstrucción a partir de los testimonios resulta, como poco, pintoresca. Dieciocho fuegos distintos a distintas horas, acompañados, o no, de un número variable de personas que caminaban por distintos puntos geográficos en el mismo momento, a distintas horas, en una zona prácticamente sin tránsito alguno. Cómo pretenden que vaya yo con esto a los medios de comunicación. Que yo salga a la palestra y diga una sarta de incongruencias, o peor, que diga que esto no tiene sentido. Hemos puesto a los testigos a evaluación psiquiátrica y todos parecen sanos como una rosa. Así que algo falla. Porque yo miro hacia la pradera donde empezó toda esta locura y no entiendo nada. Un círculo de hierba chamuscada. Un técnico lo ha medido y dice que es absolutamente perfecto geométricamente. Ni bomberos ni nada, se tuvo que apagar por sí solo. El satélite muerto durante unas horas. Qué casualidad. O no, ya no sé que pensar. Unos testigos que no saben lo que dicen, o lo saben pero no dicen lo que tienen que decir, no sé si me explico. Un complot, quizás. O una estupidez de la que no hay que preocuparse. Pero ahí al fondo está ese montón de hippies con pancartas sobre los alienígenas. Eso me preocupa. Sobre todo por los periodistas meticones. Por Internet. Por lo mal que funciona todo hoy día, porque los rumores son altamente propagables. El helicóptero sobrevuela la zona. Podrían bajar a echarme una mano. Joder. Creo que necesito unas vacaciones.
jueves, 24 de abril de 2008
DEP
Piensa en mamá. Piensa en papá. En el resto de tu familia.
Piensa en todos ellos encerrados dentro de sus tumbas, degradándose a su ritmo, o en sus urnas para las cenizas, como si todo consistiera en una colección de trofeos muy quietos, con sus placas y sus lápidas como único testimonio de lo de dentro.
Piensa en tus amigos y conocidos. Piensa en ellos encerrados en sus respectivos recipientes, con sus respectivas familias alrededor. Como si todo el amor del mundo se tuviera que fosilizar y clasificar cuidadosamente.
Piensa en funerales, en cruces, en misas, en coronas de flores carísimas. El cura sermoneando sobre cosas que nunca ha visto. DEP: suena como un apócope de deprimente. Piensa en un muro lleno de nichos, como un chifonier gigantesco. Con una placa en cada cajón para que no te olvides de lo que hay ahí guardado. Calcetines. Calzoncillos. Luis García Bermúdez. Camisetas de interior. María Ramírez Baquero. Piensa en ti. Ahí dentro. Con tu nombre por fuera y un par de fechas representativas grabadas. Correctamente etiquetado. No vaya a ser que te pierdas.
Por una vez piensa en todo eso. Yo ya estoy harto de hacerlo.
Piensa en todos ellos encerrados dentro de sus tumbas, degradándose a su ritmo, o en sus urnas para las cenizas, como si todo consistiera en una colección de trofeos muy quietos, con sus placas y sus lápidas como único testimonio de lo de dentro.
Piensa en tus amigos y conocidos. Piensa en ellos encerrados en sus respectivos recipientes, con sus respectivas familias alrededor. Como si todo el amor del mundo se tuviera que fosilizar y clasificar cuidadosamente.
Piensa en funerales, en cruces, en misas, en coronas de flores carísimas. El cura sermoneando sobre cosas que nunca ha visto. DEP: suena como un apócope de deprimente. Piensa en un muro lleno de nichos, como un chifonier gigantesco. Con una placa en cada cajón para que no te olvides de lo que hay ahí guardado. Calcetines. Calzoncillos. Luis García Bermúdez. Camisetas de interior. María Ramírez Baquero. Piensa en ti. Ahí dentro. Con tu nombre por fuera y un par de fechas representativas grabadas. Correctamente etiquetado. No vaya a ser que te pierdas.
Por una vez piensa en todo eso. Yo ya estoy harto de hacerlo.
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miércoles, 23 de abril de 2008
Batallitas de papá
¿Sol? Claro. Tú no lo llegaste a ver, hijo mío, pero cuando yo era joven, cuando tenía tu edad, había sol. No lo puedes entender, pues has nacido en un mundo condenado a la noche, con esas fatídicas farolas estelares que ponen desde por la mañana hasta el final de la tarde, imitando de mala manera el auténtico sol. Es cierto que alguna ventaja nos ha traído, como que ahora el cáncer de piel sea una rareza o que podemos decidir a nuestro antojo cuándo iluminar, aunque llueva todos los días. Antes era una casualidad ver sol y lluvia a la vez, hijo. Ahora es la norma general. Raro es el día que no llueva con esas nubes perennes azotando constantemente nuestros cielos. Hijo, si tú supieras. Había algo más allá de los tubos fluorescentes. Había luz de verdad. Mira mis fotos. ¿Ves? Cielo azul. No esta condenada mierda que hay ahora. Cuando hacía sol, no los neosoles esos, o como coño quieras que los llamen, los bares abrían terrazas y la gente se sentaba allí a tomar algo sonriendo. Las chicas tomaban el sol al aire libre, a veces en top less. Yo no lo entendía. Creía que era una imbecilidad ponerse ahí a tomar el sol perdiendo el tiempo. Pero ahora que la forma más parecida de perder el tiempo es empaparse mientras te iluminan grandes focos que recalientan los chubasqueros te juro que lo echo de menos. Es como si hubiéramos convertido todo en plástico. A nuestra imagen y semejanza. Como si fuéramos los dioses del PVC. Unos auténticos imbéciles, en definitiva. Llaman, serán tus amigos. Hala, vete con ellos. Yo me quedaré aquí viendo la televisión. A veces echan algo decente, ¿sabes?
martes, 22 de abril de 2008
Secuestro
Finalmente, una decisión. Voy a cerrar todas las puertas. Todas las ventanas. Bajaré todas las persianas. Iluminado bajo la única luz de un cigarrillo que se agota en los labios. Con el único sonido de los latidos de mi pulso. Y después no sé qué pasará. Ni siquiera sé si conseguiré escapar. Pero si lo logro, si me veis con vida después de todo eso, lo más propio sería tenerme miedo. Mucho miedo.
lunes, 21 de abril de 2008
Historia de amor sin sintaxis
Llueve. Tropiezan. Casualidad. Disculpas. Invita. Acepta. Cita. Sol. Café. Bromas. Algo. Canción. Brillo. Miradas. Caricias. Beso. Sonrisas. Columpios. Besos. Mordiscos. Besos. Metro. Casa. Habitación. Cama. Ropa. Caricias. Desnudez. Reconocimiento. Caricias. Besos. Mordiscos. Besos. Muelles. Mordiscos. Movimiento. Newton. Ritmo. Sudor. Suspira. Posición. Más. Abismos. Más. Llaves. Detente. Marido. Descubiertos. Perdón. Furia. Cocina. Cuchillo. Habitación. Perdón. Gritos. Sangre. Silencio. Jaque. Mate.
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domingo, 20 de abril de 2008
Capicúa
Ayer te asesiné. Tú no te diste ni cuenta. Probablemente estabas tomando una cerveza tranquilamente cuando sucedió todo. Pensando en esas cosas que sueles pensar cuando te distraes, cuando miras unos segundos a un lugar indefinido que descansa entre lo que te rodea y tu cuerpo, un espacio sordo y mudo que se ofrece únicamente a tu mirada. Fue justo en ese momento, sí. No hubo sangre. No hubo dolor. Ni siquiera tuve que acercarme. Sólo un deseo bastó para acabar contigo. Pero no quiero que pienses que por eso resultó más fácil. Ni mucho menos. Entiende que tenía que hacerlo de una forma en la que ninguno de los dos nos diésemos cuenta. Y por eso hoy te has (nos hemos) despertado de forma normal y crees que sigues con vida. Que te quede claro: sigues con vida porque no eres consciente de que has muerto. Bueno, quizás deberías plantearte algunas cosas. Lo primero, que si has (hemos) muerto quizás no es muy conveniente comportarte como los vivos. Lo segundo, la razón de tu (nuestro) asesinato. Fue sin querer. No fue un acto premeditado ni planeado en ningún momento, ni tuvo una gran expresión material, es más, dudo que lleguemos a descomponernos en mucho tiempo, seremos como trozos de carne sin alma hasta que nos descubran y decidan que debemos estar enterrados, nos encierren en un bonito par de ataúdes, nos entierren a cientos de kilómetros de distancia, cada uno en su puta casa, como si jamás hubiésemos compartido, qué sé yo, un trago de café o una idea. Entonces recordaré algo, una escena común en algún rincón de esta bola estelar donde hemos nacido. Y ese, justo ese, será nuestro punto de retorno, porque lo necesitaremos cuando estemos (esté) tan solos (solo) bajo tierra. Y el asesinato que me ocurrirá desde ese momento no nos importará. Aunque tú seas mi matarife. Aunque me pilles de improviso un día (por ejemplo, ayer) tomando una cerveza, mirando ese lugar que tú conoces que es sólo para mí. Aunque ya tenga el certificado de defunción sobre la mesa. El mío, el tuyo, el nuestro, qué más da.
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viernes, 18 de abril de 2008
Hades
De pequeño rezaba a Dios para morirme despierto. Ahora no estoy tan seguro de que eso sea lo que quiero.
Pero no importa.
Porque en cualquier caso sé que iré al infierno.
Pero no importa.
Porque en cualquier caso sé que iré al infierno.
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martes, 15 de abril de 2008
Sexo textual
La relación entre escritor y lector es una completa sumisión. El escritor se presenta amordazado y maniatado por los límites de sus propias palabras. Ofreciéndote un trozo verbal de sí mismo. Leer es follártelo desde el anonimato. Una violación silenciosa que empieza por acercar la mano hasta el cuerpo del texto, dejándola resbalar por dentro de los pantalones hasta que los apéndices se juntan. Puedes afrontarlo moviendo los labios, repitiendo las sílabas hasta que se confundan con una respiración fuerte. Dejándote llevar por los adverbios de lugar. Aquí. Por los de tiempo. Ahora. Desabrochando los botones construidos a partir de preposiciones. Deslizando los dedos entre líneas, apropiándote de unas ideas ajenas para fagocitarlas una y otra vez. Y se continúa con el ritmo impuesto entre los dos, un presente perfecto, acelerando poco a poco, pones al texto contra la pared y lo fuerzas, lo exprimes aprentando su piel contra las uñas, arañas un último suspiro y así llega el jadeo del orgasmo con la palabra final. Después sólo falta abandonar al escritor vejado y esperar. Esperar hasta que se produzca un nuevo encuentro. Porque esa triste espera es lo único que nos quedará.
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lunes, 14 de abril de 2008
Monólogo en la Gran Vía
Hoy día el mundo occidental tiende a la, permítanme el vocablo, superespecialización en todos los ámbitos. Hay especialistas en los campos más insospechados del conocimiento humano. Parece que esta tendencia marcará el futuro de los planes de estudios, de trabajo, etc. Yo, que no quería quedarme anticuado, he creado una nueva especialidad donde desarrollar todo mi potencial. Soy especialista en fracasos. Ya sé que hay muchos tipos de fracasos: amorosos, económicos, emocionales, familiares, políticos... No se extrañen. De momento pretendo hacerme experto en fracasos en general, para a posteriori especializarme aún más en algún tipo de fracaso concreto. Puede que no vean la utilidad de mi especialidad, no se lo discuto, pero yo la encuentro muy estimulante. Les explico cómo actúo. Para estudiar a fondo los fracasos me introduzco en el papel de fracasado, experimento conmigo mismo las diversas situaciones que llevan a un hombre normal y corriente, de a pie, como se suele decir, hacia un fracasado de uno u otro tipo. Por ejemplo, lo primero que hice fue declararme a una chica estupenda de la que me enamoré para que me rechazara. Quizás ese fue el peor de todos. Otro día me incliné por comprar acciones en bolsa, produciéndose una caída tremenda de su valor en el mercado a las pocas horas. Seguidamente intenté meterme a política para salir del bache financiero, pero mis compañeros de partido me cortaron las alas en cuanto vieron que podía ser un peligro. Y lo tuve que dejar. En el trabajo hice mal todos las facturas hasta que el jefe, harto, me despidió. Porteriormente un día de furia le rompí a mi padre su bien más preciado, el coche, martillo en ristre, lo cual provocó una paliza por su parte, la expulsión del hogar (pues había tenido que irme a vivir de nuevo con mis padres tras el embargo de mi piso, al no disponer de trabajo) y mi consecuente situación actual. Viviendo entre cartones en la Gran Vía, damas y caballeros. Así que por todo ello les pido, señores viandantes de buena voluntad, una mísera limosna para ayudarme y poder así completar mis estudios sobre el tema. Gracias, caballero, Dios se lo pague.
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