jueves, 28 de febrero de 2008

Mentiras

Soy un fraude.
Trataré de hacerte creer que soy lo que escribo. Te engañaré soplándote versos en la nuca.
Me emborracharé lo suficiente como para parecer un escritor maldito y que así mis palabras suenen como si sangrara mientras digo: les enfants sont si tristes!
Soy capaz de suicidarme con una metáfora apropiada. Como escribiendo: una bala me asesina la primavera para siempre. Lo lírico disfraza tan bien mi mentira.
Soy un fraude porque aquí aparento ser un escritor de verdad. Porque en realidad a tu lado sólo soy un hombre más.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Fracaso del plan

¿Qué salió mal? Número 9 nos dejó claro que el punto de encuentro sería nuestro piso, y no es que nos lo impusiera, sino que nos convenció de que era el mejor lugar para encontrarnos, nos adujo unas razones tan sencillas que asustaban a la razón: que si era el lugar más cercano y a la menos vigilado, que si nadie nos buscaría después de hacerlo en las proximidades, que se imaginarían que estaríamos muy lejos huyendo por alguna carretera secundaria y ese tipo de obviedades en las que no habíamos caído. Yo asentí y apreté la mano de Número 3. Ella respondió con una caricia del pulgar sobre el dorso de mi mano. Supongo que supo que tuve miedo. Una vez establecido el punto de encuentro, que fue lo que más tiempo nos llevó acordar, siempre hasta que Número 9 rompió su silencio y nos habló como quien ilumina desde el final del túnel. Siempre había sido así. Nos juntábamos y 9 permanecía callado con la mirada perdida mientras el resto nos azuzábamos y decíamos algo así como: joder, no tienes ni puta idea, o así no llegamos a ninguna parte. En el momento de empujarnos o darnos de puñetazos o justo antes, él se levantaba y decía tranquilo: ya basta. Aquella voz era mágica y nos detenía, a veces demasiado tarde como para no sangrar por la nariz, y mientras nos reprochábamos en susurros, me has hecho daño, cabrón, él permanecía sereno y arreglaba las cosas proponiendo siempre la única solución. Al menos la única en la que estábamos todos de acuerdo. Mi querida Número 3 tampoco entraba nunca al trapo, pero, a diferencia de 9, ella jamás proponía soluciones, sólo sabía acatar órdenes. Sin duda 3 fue una mercenaria en todos los sentidos de la vida. El caso es que la misión parecía sencilla, yo tenía que ir con Número 3 de la mano (fingiendo ser un matrimonio, cosa que en el fondo tampoco era muy difícil de fingir, si es que acaso fingíamos, ya saben a qué me refiero) y distraer al portero del portal del edificio. Número 9 mientras debía vigilar la operación desde nuestra terraza al fondo de la calle con sus prismáticos. Así que allí estábamos, hablando con ese imbécil octogenario de frivolidades, pero parecía que no tenía ganas de charla, maldita sea. Y justo cuando iba a darse la vuelta a 3 se le ocurrió la locura de proponerle un trío. Qué vergüenza pasé. Sin embargo he de reconocer que la treta funcionó lo suficientemente bien como para que el equipo conformado por 1, 2, 4, 5 y 6 pudieran colarse en el edificio a sus espaldas mientras aquel viejo verde ponía cara de sexo mirando a mi querida Número 3. Yo por mi parte hice como que no estaba seguro de la propuesta y los tres nos pusimos a discutir infructuosamente (por suerte, puesto que yo jamás aceptaría hacer un trío de semejantes características ni aunque fuera por la Causa), cada uno enrocado en nuestras respectivas posiciones: yo negándome y diciendo que eran tonterías de mi mujer, 3 pidiéndome que le hiciera ese favor (y por momentos creía que lo decía en serio), y el portero aduciendo que por él cuanto antes, y después no sé cómo lo hicimos pero acabamos mentando a Rimbaud y a Sade y yo cada vez me ponía más nervioso porque de aquella puerta no salía nadie de los que habían entrado. Por supuesto teníamos un plan de emergencia en caso de que la operación se retrasara por algún imprevisto, como que los pisos tuvieran cerraduras demasiado costosas de forzar o que las familias que estuvieran en aquel momento en sus casas fueran reticentes a atender nuestras sencillas demandas. Cuando el viejo empezó a hablar de posturas sexuales no pude más, miré el reloj: la hora crítica para empezar con el plan de emergencia había pasado. Le dije al portero si podía entrar en el edificio y pedir el teléfono a alguna buena famila, que necesitaba hacer una llamada urgente y no llevábamos encima el móvil. Supongo que él acepto sin oposición alguna porque esa situación le dejaba a solas con 3, la cual ya había encendido un cigarrillo premeditado para aducir que ella no podía acompañarme dentro y que me esperaría ahí fuera con la buena compañía este caballero, cariño. Por tanto, entré en la casa. No sé por qué me confían a mí las situaciones de emergencia, porque siempre me pongo nervioso y sudo y es bastante incómodo, la verdad. Cogí el ascensor y subí a la planta 3, suponiendo que todavía estarían por ahí actuando. Salí al rellano y vi las tres puertas del piso abiertas. Ni un ruido. Así que por aquí ya han pasado, me dije. Subí al siguiente piso y las cosas estaban igual. A veces alguna familia lloraba desconsolada en su respectivo hall de entrada. Así hasta la última planta, donde también encontré las puertas forzadas. En medio del rellano estaba nuestro botín: todos los espejos del edificio, pero no había ni rastro de los muchachos. Nuestro plan de erradicación mundial de espejos había fracasado en su primer intento, esta simple aproximación de prueba que habíamos planeado a escala del barrio. Explicar por qué queríamos hacer tal cosa me llevaría su tiempo. Sólo diré que creímos que era lo más conveniente para mejorar las condiciones de vida de los seres humanos. Y bueno, lo que importa ahora es que yo estaba en ese momento en un callejón sin salida. ¿Por qué no estaba nadie ahí arriba, ni habían montado la polea hacia la parte trasera con el resto del equipo? Algo había salido mal. Al poco, las sirenas de la policía. Me asomo a la ventana y veo a Número 3 correr calle abajo. Como si eso fuera a arreglar algo, mi querida 3. Te echaré de menos. Manos arriba, dice alguien detrás de mí.

martes, 26 de febrero de 2008

Regreso al futuro

El futuro de verdad, no esa ficción a corto plazo que llamamos futuro, es un lugar hostil donde todos tus seres queridos han muerto y tú no existes. Un mundo lleno de gente que aún no ha nacido en el que te considerarán mera arqueología o en el que ni siquiera te considerarán. Un mundo lleno de desconocidos que no te van a recordar, porque lo más probable es que no logres hacer nada memorable más que sobrevivir un tiempo. Y conformarse con sobrevivir es tan vulgar. Es triste: estamos tan ocupados en vivir que no nos preguntamos por qué lo hacemos. O lo que es peor, nos lo preguntamos pero no tenemos respuesta. Porque en realidad sólo tenemos el terror de que todo esto no sirva para nada.

domingo, 24 de febrero de 2008

Restos del naufragio

Una mancha descansa
en las sábanas abiertas.
Hay ropa sucia liberada
desde la puerta hasta la cama,
como árboles en el trayecto,
somos tan de hoja caduca,
y la cama es nuestro invierno.
Hay cuerpos desnudos.
Hay una lágrima encerrada.
Hay pelo arrancado.
Hay un iceberg en la almohada.
Flotando a la deriva,
nos llevó a la deriva a nosotros.
Y al abrir los ojos no estamos muertos,
pero sin embargo lo sabemos:
el Titanic nunca llegó a buen puerto.

sábado, 23 de febrero de 2008

Terminal

He descubierto la ruina y la decadencia. Resulta que no estaba en el monitor de constantes vitales, ni en el suero glucosalino, ni siquiera en las paredes acostumbradas al olor de la muerte. La muy puta estaba dentro de mí, en la misma miseria del cuerpo derrotado por la vida, acorralado en la cama de un hospital, esperando comprender, sólo comprendiendo que no comprendo. Soy un cuerpo abandonado como un fardo, seco y gastado. No hay muerte digna. La dignidad no tiene cabida en este agujero, delante del que desfilan médicos y familiares y amigos. Me miran con tanta lástima y pena. Verme debe ser como ver un tráiler de tu futuro: coming soon. Soy la película que nunca irías a ver al cine. El punto final de un libro más de la estantería. Y aunque no puedo moverme de aquí, me sorprendo de ser todavía capaz de respirar lo suficiente como para poder decir un último te quiero, justo antes de poner los ojos en blanco, detener el corazón y mandarlo todo a la mierda.

Soy el tipo de la habitación 1101. Bonito número para un ataúd.

jueves, 21 de febrero de 2008

Tsunami

Eres el folio en blanco más difícil de rellenar. Cada vez que te acercas noto la sombra de un tsunami imposible de abarcar, siquiera de verbalizar. Es tan complicado comprender esto en toda su magnitud. Supongo que estas cosas sólo se entienden una vez han pasado. Por eso siempre dudo cuando te me apareces. Cuando es abrir la puerta y el agua me llega por el cuello. Porque tengo miedo de que de pronto algo haya cambiado. Porque ya no sé escribir poemas de amor.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Inercia

Cuando cierras los ojos antes del beso es inercia, acercándote al otro como a un espejo, confiando en que el movimiento simétrico de los cuerpos se consume en un choque de labios, y hay baúles que se abren, un vaso se cae de la mesa, no te preocupes, ya lo recogeré más tarde, tú no pares, aire compartido, las manos bailan en torno a las cabezas, una procesión de hormigas cruzando la piel, el rozar del pelo en las yemas de los dedos, lluvia fina y transparente en el paladar, las lenguas se acarician entre los dientes, esta vez no importa lo demás: el miedo, los atascos, el reloj, las deudas, los recuerdos ya gastados de tanto usarse, porque esta vez sólo importa lo de dentro, y por eso las manos bajan, rasgan la ropa, la someten, cuando cae al suelo ya ha perdido todo su valor, y bajan, una patrulla de dedos tramposos que invade tu cuerpo o que se aprietan como si desearan arrancarte un trozo de corazón, y los cuerpos caen, ruedan uno sobre otro, no te preocupes, ya los recogeré más tarde, pero tú no pares, tú ahora no pares.

lunes, 18 de febrero de 2008

Cirugía paliativa

La operación no entrañaba grandes complicaciones. Bajo los focos descansaba el paciente correctamente anestesiado, un joven de 21 años sin antecedentes médicos de interés. El cirujano accedió a la cavidad abdominal por la línea media. Los cortes fueron precisos y en pocos minutos el estómago quedó expuesto. Vamos a ver qué pasa aquí, murmuró el cirujano palpando con curiosidad el saco gástrico, el cual parecía bullir como si allí adentro hubiera algo más vivo de lo normal. Bisturí, pidió alzando la mano a la auxiliar. Con la frialdad de la experiencia dibujó un fino surco con la hoja sobre la superficie satinada. Será que tantos años de ejercicio profesional te convierten en un carnicero impávido. Pero esta vez nadie se esperaba algo así. Un grito ahogado se instaló en el quirófano. A través de la incisión una estampida de mariposas había inundado la estancia. Los presentes se miraron sorprendidos a los ojos. Increíble, dijo el cirujano. Nadie supo decir nada más.

sábado, 16 de febrero de 2008

Muñecas rusas

Los hijos entierran a los padres. O al menos es lo normal, puesto que en realidad un hijo no es más que un par de células que consiguieron escapar al naufragio de la vejez de los cuerpos progenitores. Los supervivientes que quedamos al paso de las generaciones somos todavía más fugitivos, somos descendientes de otros supervivientes intentando exportar al menos un gameto hacia el futuro. Tu cuerpo no es más que una extensión de tus antepasados. Puede que no seamos tan especiales, al fin y al cabo. Cada generación que pasa somos más pequeños, como las muñecas rusas. Ahí dentro sólo hay los mismos genes de siempre mezclados con otra proporción, la vieja receta de Darwin. Y es que llegada una edad tu cuerpo te pide de alguna forma tener hijos. Lo llaman evolución. Y no es más que miedo a morir.

jueves, 14 de febrero de 2008

San Valentín

Hay una caja de bombones con forma de corazón encima de la mesa. Cupido espera tu aparición por la puerta de tu casa vigilando desde el edificio de enfrente con la mirilla de su rifle francotirador. Nada destroza más un corazón que un proyectil de alta velocidad. Los tiempos están cambiando, ya lo dijo Dylan. Hay una nota encima de la caja. En ella está manuscrita la frase más bonita que jamás te hayan dedicado. De esas que te hacen sacar las tripas en forma de lágrimas. Llegado el momento entras en el cuarto sin prestar atención a los detalles hasta que tienes delante de tus narices la caja, y coges la nota, la lees con esa sonrisa que pones cuando te encuentras con algo deseado en secreto. Lo suficientemente despistada como para no darte cuenta de que un puntero láser sube por tu cintura hasta posarse sobre tu teta izquierda. Después, sólo pétalos de sangre que brotan de tu pecho, como una tormenta después de la sequía. Este trabajo es una mierda, suspira Cupido mientras se aleja calle abajo. Tendrás que comerte los bombones antes de que se derritan.