Tal vez algún día seas un adulto responsable y tengas que trabajar para poder mantener tu vida como trabajador. Pagar la hipoteca, las letras del coche. Soñar con montar una familia como Dios manda. Tal vez algún día te toque ponerte una corbata. Meterte la camisa en el pantalón, teniendo cuidado en que quede por encima de los calzoncillos, eso sí. Peinarte a raya, con gomina si no se mantiene. Echarte un poco de colonia y correr hacia el coche. Entrar a las 8 en la oficina. Hacer un descanso a eso de las 11:30 para tomar café. Tendrás que saberte los resultados del fútbol de la semana si no quieres que los otros te ignoren. Retornar a tu puesto de trabajo hasta que te dejen marchar para comer. Como si realmente estuvieras obligado a vivir así. Puede que tengas que volver por la tarde. Eso ya dependerá de las condiciones del contrato. Acabar la jornada, coger el coche de vuelta, chuparte otro atasco como el que has pillado por la mañana pero en sentido inverso. Cenar en casa la típica comida precocinada para la gente madura. Después ver un rato lo que echan en la televisión en prime time, hasta que te mueres de sueño y decides ir a la cama. Ponerte el pijama. Suspirar. Subir al desván antes de acostarte para comprobar que el cadáver de Peter Pan sigue pudriéndose ahí. Y que tu sombra continúa pegada a los pies. Como cada día.
lunes, 31 de marzo de 2008
sábado, 29 de marzo de 2008
Hablar con comillas
J.G. tenía un don. O al menos sabía cómo moverse en el terreno pringoso de las conversaciones. A su manera, claro. Por ejemplo, el día que cortó con su pareja, estaba ahí tirado en el sillón y tú le preguntabas que si estaba bien, como suelen preguntar los amigos y los cotillas, y él se limitaba a decir: puedo escribir los versos más tristes esta noche.
O como cuando estábamos en el café, tomando unos capuchinos, como hacemos todo el grupo por costumbre los viernes tarde, de pronto alguien le preguntaba a J.G. si creía en Dios y él se levantaba de la silla, gritaba: ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado! Y aunque sabías que esa frase no era suya, joder, se te helaba la sangre entre trago y trago de capuchino, solamente con ver en sus ojos que realmente J.G. creía en lo que decía.
Todos queríamos a J.G. a pesar de sus peculiaridades. Era como hablar con tantas personas a la vez. Un día desapareció sin decir nada. Pero no nos sorprendió porque J.G. era así, de ese tipo de personas que sólo hablan cuando es realmente necesario.
Un tiempo antes de que le perdiéramos de vista definitivamente, estábamos J.G. y yo en un bar tomando unas cervezas. No sé cómo sucedió pero J.G. estaba absolutamente triste ahí, con su vaso de cerveza, su cigarrillo entre los dedos y la vista al suelo, y me miró y me confesó por qué hablaba así, me dijo: si no sabes qué decir al menos cita a los grandes. Yo me quedé callado, pensativo, hasta que me decidí ante semejante oportunidad de conocer al verdadero J.G., al hombre que estaba detrás de todas las citas, ese tipo que estaba delante de mí fumando con todo su cuerpo triste, y le pregunté:
–¿Para ti cuál es el mejor escritor de toda la historia?
–Arthur Miller –respondió sin dudar.
–¿Por qué?
–Porque se follaba a Marilyn Monroe –y pegó un largo trago a la cerveza. No había nada más que decir.
O como cuando estábamos en el café, tomando unos capuchinos, como hacemos todo el grupo por costumbre los viernes tarde, de pronto alguien le preguntaba a J.G. si creía en Dios y él se levantaba de la silla, gritaba: ¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado! Y aunque sabías que esa frase no era suya, joder, se te helaba la sangre entre trago y trago de capuchino, solamente con ver en sus ojos que realmente J.G. creía en lo que decía.
Todos queríamos a J.G. a pesar de sus peculiaridades. Era como hablar con tantas personas a la vez. Un día desapareció sin decir nada. Pero no nos sorprendió porque J.G. era así, de ese tipo de personas que sólo hablan cuando es realmente necesario.
Un tiempo antes de que le perdiéramos de vista definitivamente, estábamos J.G. y yo en un bar tomando unas cervezas. No sé cómo sucedió pero J.G. estaba absolutamente triste ahí, con su vaso de cerveza, su cigarrillo entre los dedos y la vista al suelo, y me miró y me confesó por qué hablaba así, me dijo: si no sabes qué decir al menos cita a los grandes. Yo me quedé callado, pensativo, hasta que me decidí ante semejante oportunidad de conocer al verdadero J.G., al hombre que estaba detrás de todas las citas, ese tipo que estaba delante de mí fumando con todo su cuerpo triste, y le pregunté:
–¿Para ti cuál es el mejor escritor de toda la historia?
–Arthur Miller –respondió sin dudar.
–¿Por qué?
–Porque se follaba a Marilyn Monroe –y pegó un largo trago a la cerveza. No había nada más que decir.
Bajo los efectos
He bebido unas cervezas de más. Demasiadas. Como un desagüe. Siento que todo tiembla. Una forma de describir un terremoto fuera de la escala de Richter, un terremoto de ahí dentro. Una falla hecha de ausencias y de desesperación, de intentar una última palabra, de lo mismo de otras veces. Es la historia de lo de siempre: no me apetece -pero lo necesito-. Y luego llegan las sábanas y estoy en un barco demasiado grande, demasiado lejos de lo que quiero. Las olas. Demasidas olas. Todo. Demasiado. Siempre es demasiado para mí.
jueves, 27 de marzo de 2008
miércoles, 26 de marzo de 2008
Comunicado oficial
Hola. Permítanme presentarme: soy el dueño del mundo. En primer lugar, desearía que no me confundieran con ese concepto que tienen ustedes de Dios. No soy etéreo ni me gusta que la gente crea en mí, o mejor dicho, no lo necesito. Hagan lo que hagan yo seguiré siendo su dueño. Es así, por tanto da igual que se resistan, es inútil que convoquen manifestaciones contra mí. Por muchos contenedores que tiren o muchos cajeros que quemen yo seguiré en mi puesto de manera irrevocable. Tampoco se crean que soy acaso un simple dictador (término que ustedes suelen utilizar con ese tono tan despectivo, como si fuera algo implícitamente malo), yo no mando sobre nada, sólo poseo. Quizás eso les alivie, piensen que así siguen manteniendo su libre albedrío (si es que eso existe aparte de como concepto). Si tal pensamiento les consuela de algún modo, adelante, no tengan reparos en hacer lo que les dé la gana. A mí me da exactamente igual. Si les resulta inexplicable mi actitud piensen en esta parábola: ustedes son las hormigas en mi hormiguero y a mí me importa un carajo lo que hagan las hormigas mientras yo siga teniendo mi hormiguero. Sí, las hormigas, ustedes, pueden acabar matándose entre sí y sería totalmente irrelevante: el hormiguero seguiría siendo mío. Puede que les siga pareciendo absurda mi actitud: si no puedo ejercer mi poder sobre mis posesiones pensarán que es una tontería tener tales posesiones. Pero eso seguramente les resulta así porque ustedes operan con lógicas proposicionales. Deberían aprender el placer de la posesión con la única motivación de poseer. No hablo de coleccionismos vulgares, no banalicen mi mensaje. Hablo del acto del dominio sin mostrar preocupación por lo que se domina. Quizás así dejarían de plantearse tantas dudas sobre la utilidad de hacer una cosa o la otra. Pero bueno, eso sólo es mi consejo. Hagan con él lo que quieran. Ya saben que a mí no me importa lo más mínimo. Eso es todo. Voy a tomarme un café.
martes, 25 de marzo de 2008
Caída en cadena
Ella prefería esperar. O más bien no es que lo prefiriese, simplemente no sabía qué hacer, y ante la duda optó por sentarse en una esquina de la cama y dejar un suspiro en el aire, como si soltara lastre y eso la depositase en un lugar más allá de la cama, entre el techo y el suelo, un rincón cualquiera donde dejarse flotar sin más intención que la misma levitación. Desde luego no es que siempre hubiera sido así. Sabía actuar siempre que era necesario, sacarse las castañas del fuego, cogerlas con las manos descubiertas, quemarse hasta donde hiciese falta, no importando las consecuencias siempre y cuando el objetivo se cumpliera. Pero esta vez era algo distinto. Ella ya había hecho todo lo necesario. Colocó las fichas de dominó en la posición concreta donde otro debía golpear para que todas cayeran una tras otra hasta golpear la puerta. Sería totalmente innecesario levantarse en ese momento y ejercer de paloma mensajera, demoler la construcción de acontecimientos calculados con cierta precisión. Esa era la tarea de otros. Se levantó y abrió el botiquín.
Él encontró la nota encima del felpudo al salir de casa, tapando las tres primeras letras del welcome impreso en las fibras, puede que a propósito. come. Un anónimo escrito a ordenador. Antes de empezar a leer pensó que eso significaba que conocía a la persona que lo había escrito, que si no lo habría hecho a mano, y es más, que la conocía lo suficientemente bien como para poder reconocer la letra, un paso del conocimiento personal que implica un cierto acercamiento que podía ir desde unos apuntes, una carta, un post-it en la nevera o vete a saber qué. Se quedó de pie, ahí, en medio del dintel, como si la nota le hubiera atascado, leyendo, desfilando sus ojos línea a línea, de izquierda a derecha, condenado a repetir el mismo movimiento una y otra vez para poder avanzar y al final acabar, salir corriendo calle abajo.
Diez notas de suicidio idénticas abandonadas en diez felpudos distintos. Todas igual de impersonales. Todas igual de definitivas. Esperar quién iba a llegar, si acaso alguien iba a llegar, era lo único que importaba. Quién de los destinatarios sería capaz de reconocer en un grito anónimo su voz. Quién arrugaría el papel con desdén pensando que sólo era una broma. Ella se ríe. O llora. Las manos sobre el rostro sólo dejan apreciar el movimiento convulso del tronco. En cierto modo podría decirse que es una broma. Una broma llamada barbitúricos.
Para cuando él llega ya hay otro tipo golpeando la puerta. Un amigo. Está dando voces. El móvil de ella está apagado, tal como advertía en la nota. Tiene que ser ella, no le cabe la menor duda. Está cansado por la carrera que se ha pegado, pero entre la respiración entrecortada logra preguntar si ha pasado algo. Se acaba enterando de que el otro recibió la misma nota. Alguien abre la puerta. Qué pasa, estaba durmiendo, dice la chica que abre la puerta adormilada. Ellos se miran asustados. Las fichas estaban ahí, cayendo en cadena una detrás de otra, tropezando en perfecto orden, qué les había hecho equivocarse, llegar a la casa que no era, fracasar. Qué pasa, insiste la chica desde la puerta. Y aunque ambos saben la respuesta, ninguno se atreve a pronunciarla en voz alta.
Él encontró la nota encima del felpudo al salir de casa, tapando las tres primeras letras del welcome impreso en las fibras, puede que a propósito. come. Un anónimo escrito a ordenador. Antes de empezar a leer pensó que eso significaba que conocía a la persona que lo había escrito, que si no lo habría hecho a mano, y es más, que la conocía lo suficientemente bien como para poder reconocer la letra, un paso del conocimiento personal que implica un cierto acercamiento que podía ir desde unos apuntes, una carta, un post-it en la nevera o vete a saber qué. Se quedó de pie, ahí, en medio del dintel, como si la nota le hubiera atascado, leyendo, desfilando sus ojos línea a línea, de izquierda a derecha, condenado a repetir el mismo movimiento una y otra vez para poder avanzar y al final acabar, salir corriendo calle abajo.
Diez notas de suicidio idénticas abandonadas en diez felpudos distintos. Todas igual de impersonales. Todas igual de definitivas. Esperar quién iba a llegar, si acaso alguien iba a llegar, era lo único que importaba. Quién de los destinatarios sería capaz de reconocer en un grito anónimo su voz. Quién arrugaría el papel con desdén pensando que sólo era una broma. Ella se ríe. O llora. Las manos sobre el rostro sólo dejan apreciar el movimiento convulso del tronco. En cierto modo podría decirse que es una broma. Una broma llamada barbitúricos.
Para cuando él llega ya hay otro tipo golpeando la puerta. Un amigo. Está dando voces. El móvil de ella está apagado, tal como advertía en la nota. Tiene que ser ella, no le cabe la menor duda. Está cansado por la carrera que se ha pegado, pero entre la respiración entrecortada logra preguntar si ha pasado algo. Se acaba enterando de que el otro recibió la misma nota. Alguien abre la puerta. Qué pasa, estaba durmiendo, dice la chica que abre la puerta adormilada. Ellos se miran asustados. Las fichas estaban ahí, cayendo en cadena una detrás de otra, tropezando en perfecto orden, qué les había hecho equivocarse, llegar a la casa que no era, fracasar. Qué pasa, insiste la chica desde la puerta. Y aunque ambos saben la respuesta, ninguno se atreve a pronunciarla en voz alta.
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lunes, 24 de marzo de 2008
Camuflaje
Puedes esconderte en una ciudad con muchos habitantes, vivir en un piso como ellos, salir a la calle a comprar pan como ellos, puedes hablar con ellos. Puedes vestirte como ellos. Puedes acabar por los suelos de un bar una madrugada de sábado como ellos, si es acaso lo que quieres. Porque también puedes ir al cine y salir del lugar criticando la actuación del de turno, que si qué bueno Bardem, que si qué mal Nicholas Cage, etc. Puedes juntarte con varios y conspirar contra el gobierno que toque mientras tomas café en una terraza o en el salón de tu casa o de la suya. Puedes unirte a unos cuantos y edificar a las afueras y hacer trincheras de ladrillos para hacer crecer vuestro hormiguero. Puedes comprar armas con ellos y defender vuestra ciudad, porque es normal que tengas miedo de los que no son de los de allí. Puedes ocultarte y mezclarte hasta la saciedad con ellos. Puedes morir por ellos porque creerás que eres parte de ellos, sólo la uña de un dedo del enorme cuerpo que es la ciudad apretando un gatillo. Pero recuerda que por mucho que finjas, que te hundas en el conjunto, te desgranes poco a poco en el grupo de migas, por mucho que, en fin, te desfigures para figurar, la ciudad sólo es un escupitajo en medio del desierto. Y el desierto es enorme.
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viernes, 21 de marzo de 2008
Resaca en Transilvania
Te despiertas con resaca. Te rascas la entrepierna porque en realidad en semejante situación no hay nada más que hacer. Caminas con esa mezcla de asco y felicidad que te proporciona estar lo suficientemente alelado como para no sentir dolor a pesar de saber que el dolor hoy es el principal actor. Llegas al baño, meas, cagas, con suerte no demasiado líquido. Te acercas al lavabo. Te lavas las manos. Tu aliento huele a mierda. Te enjuagas. Te miras al espejo. Adviertes con sorpresa una marca de carmín en tu cuello. La limpias intentando recordar en vano su procedencia. Y después abres la boca aterrorizado. Debajo de la mancha hay dos pequeños cráteres dibujados en la piel. Como cicatrices de un par de colmillos. Definitivamente tienes que dejar de beber.
miércoles, 19 de marzo de 2008
Poema del cementerio
ojalá algún día tengas un ejército de flores,
aunque para entonces no tengas
ni sol ni agua que ofrecerles.
ojalá las enfrentes contra la muerte,
ojalá golpeen con furia la lápida
inmolándose una tras otra,
pétalo tras pétalo,
hasta que al fin ya no quede más lápida
y ya no sea mi nombre
o el tuyo, qué más da,
el que allí figure.
ojalá así descubramos
entre los escombros del cementerio
que al menos había
un motivo, tan sólo un motivo,
para vivir.
aunque para entonces no tengas
ni sol ni agua que ofrecerles.
ojalá las enfrentes contra la muerte,
ojalá golpeen con furia la lápida
inmolándose una tras otra,
pétalo tras pétalo,
hasta que al fin ya no quede más lápida
y ya no sea mi nombre
o el tuyo, qué más da,
el que allí figure.
ojalá así descubramos
entre los escombros del cementerio
que al menos había
un motivo, tan sólo un motivo,
para vivir.
lunes, 17 de marzo de 2008
Manifiesto del solitario
Lo primero debería ser aceptar las tazas sucias de café abandonadas en el fregadero, escuchándolas cuchichear entre ellas mientras uno intenta echar la siesta. Después aparecen las motas de polvo, y eso ya conviene tenerlo bastante en cuenta, primero de forma puntual, asomando vergonzosas por debajo de la cama, para después formar grandes manifestaciones por toda la casa, enormes bolas de polvo subiéndose a las estanterías, colonizando los libros, los cedés, la televisión que durante el día está, por lo demás, apagada salvo nueva orden. Paulatinamente el polvo pasa a tapizar absolutamente todo, desafiando las leyes de la física y así se acaba conviviendo con lavabos y váteres llenos de polvo, hasta terminar con los techos cubiertos de polvo, siendo esto último más perceptible cuando uno se tumba boca arriba. A su vez es posible observar cómo en una esquina del salón empiezan a erigirse los periódicos viejos, huérfanos de actualidad, planteando reconstruir una torre de Babel a escala, torre que sabes que jamás llegarán al concluir porque es cuestión de tiempo que acaben amarilleando y pudriéndose en forma de migajas de papel viejo, de ese que al soplar parece como si rompieras capullos llenos de mariposas que flotan y surge ese confeti rancio que abarca la habitación. Por supuesto, en esos momentos el polvo, que está en todo, no desperdicia la oportunidad de desplazarse montado a lomos de los restos de prensa caduca de una punta a otra del salón. Es, en cierto modo, otoño a pesar del calendario y entonces surge la necesidad de recomenzar, coger la escoba y al menos dedicarse a recoger los trozos de periódico, tirarlos a la basura, acumulando otra bolsa más de desperdicios. Las bolsas de basura entonces se dejan en la terraza para evitar el mal ambiente dentro de casa y para mantener la siempre necesaria tensión con el vecindario. A veces baja hasta aquí la chica de arriba, con grave indignación, reclamando la eliminación de toda esa porquería, dice, y a mí me cuesta hablar, quizás por falta de práctica, así que yo miro con seriedad, sonrío y asiento, hasta que consigo arrancar la lengua para pronunciarme al respecto. Alego entonces a favor de la basura, sostengo que ella no tiene la culpa de oler tan mal, que la descomposición es, en buena parte, algo natural y que no somos quién para decidir dónde deben estar esas tristes bolsas. La chica por supuesto no lo entiende, se indigna más todavía, y habla de las ratas y de las infecciones. Yo asiento con la cabeza, sonrío, y concedo por darle un beso, suficiente para dejarla pasmada y seguidamente poder cerrar la puerta antes de que me agreda. Es entonces cuando me planteo de verdad la necesidad de bajar la basura porque en verdad en la terraza apenas cabe más mierda y al final, con gran pesar por mi parte, acabo aceptando que las cosas deben ser así. La chica reaparece al tiempo por mi puerta, por lo usual una vez se da cuenta de que he accedido a sus deseos, aunque ella no concibe que no lo he hecho porque fueran sus deseos sino por un mera falta de espacio, una cuestión física nada más, y esta vez se muestra amable, me dice algo del beso, me invita a cenar o me invita a que la invite a cenar. Yo, que no quiero traspasar la barrera que nos separa, que nos divide entre su pragmatismo del orden y mi dejadez permisiva para con lo que surge, yo, decido entablar una distancia, exponer la excusa y sonreír, no parecer en realidad despreciándola, porque sería una tontería decir sin más que no a una chica tan linda, sino dando a entender que hay algo que no se puede decir que me lo impide, que hay algo detrás de verdad que me impide llevar a cabo algo más real que ese beso. Y me despido como un caballero, le dejo una caricia en el hombro, cierro la puerta y acto seguido escucho cómo en la cocina las malditas tazas no paran de chismorrear. Una enorme bola de polvo se desliza pasillo abajo, retándome burlona. Algo habrá que hacer, digo yo. Y las tazas no paran de chismorrear.
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