viernes, 16 de mayo de 2008

Un suspiro mediocre

Es extraño que hablen sobre ti a pesar de saber que estás escuchando, piensa Alberto Berjón García mientras fuma un Winston. Podría ser considerado como desprecio o como respeto. ¿Pero qué clase de respeto te ignora? El caso es que no pudo decir nada, atónito ante discusiones que le incumbían y que a la vez le excluían, como si él fuera sólo una excusa para sacar los dientes, como si él fuera algo ajeno al cruce de balas. Es cierto que estuvo a punto de abrir la boca, quizás la abrió en verdad como quien se dispone a gritar y se contiene en el último momento para dejar escapar sólo un suspiro mediocre, imperceptible por los que están afanados en la guerra dialéctica. Quizás lo mejor habría sido entrar a formar parte activa de la discusión, pero una expectación voyeur intrínseca le animó a la pasividad, a ver cómo especulaban sobre cosas que ellos no sentían, ver que sólo se aproximaban e interpretaban, como los curas cuando hablan de cosas que nunca han visto. Alberto no pudo aguantarlo mucho tiempo, así que se fue recordando por qué ya no iba a misa. Porque odiaba ser sólo una tercera persona del singular más.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Celibato

Iba a escribir una novela, una gran novela. Pero he decidido mirar las hojas en blanco y esperar a que el papel amarillee. Me veo capacitado para conseguirlo. No será fácil aunque a priori así lo parezca. Supondrá todo un trabajo de contención, con los bolígrafos impacientes por plasmar aunque sólo sea un mísero garabato, teniendo que evitar la tentación de dejar nacer la mínima frase, convirtiendo mi cerebro en un útero improvisado lleno de fetos muertos. Pero a base de fuerza de voluntad y de espera el papel será como yo. Y viceversa. Pasará el tiempo y ambos envejeceremos muy quietos, pasaremos a ser unos ancianos silenciosos y pétreos, como dos árboles fosilizados en medio del cuarto. Puede que antes de morir vaya al editor. Con el taco de folios vírgenes y amarillos en la mano. Le diré que ese montón de papel baldío es la novela de mi vida. Lo más probable es que se niegue a editarlo por miedo a las pérdidas económicas. No hay que olvidar que el negocio editorial es sólo un negocio. ¿Quién iba a querer pagar por un montón de papeles encuadernados sin texto alguno? Puede que alguien lo suficientemente perezoso como para negarse a leer páginas escritas, bromearé yo. En fin, volveré a casa con mi obra. Juntos esperaremos la muerte (ella encima de la mesa, yo contemplándola desde una silla) con la desesperación adecuada. Sin aspavientos. Sin saber hacer nada más que estar callados. Será cosa de la costumbre.

martes, 13 de mayo de 2008

Equivocaciones

Será que tenía nostalgia de tus labios, de todos tus labios. Y que la realidad se antojaba demasiado espesa, como un coágulo de deseos frustrados en el que me estaba asfixiando. Será que no supe advertir las señales de prohibido el paso o, más bien, que no quise verlas. Será que buscaba un final feliz a base de chocar contra lo imposible. A base de chocar contra ti.
Debiste habértelo tomado como una despedida. Porque ya no cometeré más equivocaciones.

viernes, 9 de mayo de 2008

El fútbol es así

Por alguna extraña razón sentirás un inmenso placer desgastando la palma de tu mano contra el claxon de tu coche mientras recorres la Castellana en dirección a Cibeles. Como un mono más del ritual. O puede que tengas un cabreo monumental porque no has ganado, o bueno, mejor dicho porque un montón de tíos uniformados no han cumplido con su trabajo, por el que cobran una pasta que tus ojos jamás verán. Porque puedes olvidar todo lo que realmente importa por creer que un equipo de fútbol, una empresa más en el mercado del entretenimiento mundial, te representa. Un montón de señores trajeados que te venden sus productos manufacturados en el Tercer Mundo para que suplantes tu identidad bajo un montón de bufandas, camisetas, balones y banderitas de colores homogéneos, y acabes por distorsionar tu perspectiva de la gente hasta que sólo sepas clasificar en base a los colores que llevan, como si estuvieras en clase de diversificación, por decir un eufemismo. Y así no tendrás una familia, no serán amigos, sino un montón de cuerpos coloreados: verdiblancos, azulgranas, rojiblancos... Simplificarías todo hasta el punto de que ir a gritar gilipolleces con tus amigos, disfrazados todos con los mismos colores, te hará sentir mejor, mientras viajas por la Castellana atronando la noche con la bocina de tu coche, siguiendo un ritmo digno de primero de preescolar: pi-pi-pipipí. Sí, serás feliz por un momento. Otros serán tristes por un momento. Pero todos seréis patéticos.

martes, 6 de mayo de 2008

Saber beber

Me gustaría saber beber.
Me gustaría que el alcohol fuera la calma y el orden. Mi calma y mi orden.
Me gustaría beber como en las películas. En blanco y negro, mientras suena una canción triste.
Me gustaría saber beber de tal forma que pudiera soportarlo todo.
Pero siempre que lo intento acabo estrellándome. Contra ti o contra tu recuerdo. Todavía no sé distinguirlo.

lunes, 5 de mayo de 2008

Máquinas expendedoras

Primero dejas de hablar con tus padres. Al fin y al cabo lo único que hicieron por ti fue follar y darte de comer. Su querido parásito, gracias. La gente debe pensar que tener hijos es como sacar tabaco de la máquina: metes una cosa y sale otra. Después se dan cuenta de que al niño no te lo puedes fumar. Y tú, pobre infante, te das cuenta de que tus padres no te quieren fumar. Es como si todo el mundo llegara a la conclusión de que estaban equivocados. Y se encogen de hombros y lo aceptan. Como si fuera normal, como si fuera un trato justo. Semen a cambio de niños. Primero dejas de hablar con tus padres. Después alguien se queda embarazado. Bienvenidos al ciclo de la vida.

sábado, 3 de mayo de 2008

Nota del autor

Seguramente habrán podido comprobar que la calidad de lo escrito ha ido en claro descenso. No quiero que se lleven a engaños. El deterioro de mi prosa no es sólo una cuestión de falta de inspiración o de crisis creativa. Si eso fuera así simplificaría mucho las cosas. Después de una crisis siempre suele haber una especie de resurrección, una erupción de palabras nuevas que derriban y se asientan sobre las obras previas, las aplastan como lo que son, seres inferiores que jamás debieron existir, malformaciones ominosas, pretensiones vacuas, etcétera, y las reducen hasta convertirlas en polvo y malos recuerdos. Pero eso no es exactamente lo que le ocurre a mi prosa. Esto no es una simple crisis. Mi prosa tiene una enfermedad degenerativa. Los críticos literarios me han dicho que es incurable. Me han ofrecido una serie de tratamientos paliativos: talleres de escritura, libros de autoayuda, apoyo psicológico. He rechazado todo por considerarlo un insulto, les he dicho que eso no es más que un fraude, que no quiero sentirme mejor a pesar de mi tara incurable, que si es lo que tiene que suceder no quiero ver cómo se pudren mis páginas y no sentir nada, que deseo el dolor que me une a la decadencia inevitable que me espera. Seguidamente me levanté y me fui dando un portazo. Comprenderán por tanto que ahora, con el diagnóstico sobre la mesa, me haya visto en la obligación de escribir esto a título informativo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que lo que escriba sea sólo un balbuceo de lo que fue. Algo así como hablar con la lengua fuera de la boca.

viernes, 2 de mayo de 2008

Magnetismo

Hice todo lo posible por cerrar los ojos. Incluso probé a desviar la mirada. Pero ahí estabas tú. Como un imán imposible destruyendo todo resquicio de voluntad. Una dictadura que nacía desde tu cuerpo negándome todo lo demás, las paredes, el suelo, el techo, las motas de polvo que nos envuelven y descubrimos cuando entra el sol implacable de la mañana por la ventana. Conseguiste abolir el entorno, aunque esa no fuera tu pretensión, dejándome ahí, expectante, como un Bécquer tuberculoso y consumido, forzándome a hacer de ti una última metáfora empalagosa, porque en estas circunstancias tú eras el mundo y el mundo era todo, y todas esas cosas ñoñas que no me atrevo a decir en voz alta. Y no fue un deseo, fue real, lo sé, aunque tú no notaras nada y no hicieras lo que yo esperaba, aunque no te dieras cuenta del hipnotismo del momento, aunque no te levantaste a cámara lenta, aproximándote como una avalancha de todas las cosas, para después sólo decirme algo, para que después yo dijera alguna imbecilidad sobre la luna, y tú me la negarías sin decir nada, porque la luna no existe si estás tú ahí, porque no hace falta que exista nada más si estás ahí. Y yo no pude cerrar los ojos.

martes, 29 de abril de 2008

Utilizar en caso de emergencia

Tenía que elegir. Así que opté por los monstruos de siempre. Los que habitaban dentro de las paredes de mi cuarto expresándose mediante el gotelé, los que se reflejaban en el espejo del baño a oscuras, los que se tumbaban a mi lado por las noches y me cantaban nanas porque no puedo dormir, no puedo dormir, mamá. Piensa en algo relajante, respondía ella antes de volver a su cama. Nadie los veía, ni siquiera yo, pero ahí estaba su presencia, como si fueran el aire que quedaba por dentro de las sábanas y que yo intentaba apretar contra mi cuerpo para que desaparecieran. De esa forma regresé al insomnio de mi infancia, a estrellarme contra el patio del colegio y llegar a casa con las rodillas ensangrentadas, a la ignorancia absoluta, al miedo a recorrer el pasillo de mi antiguo hogar, a llegar al baño del fondo y observar la imagen grotesca de una sombra deformada en el espejo del baño, y al enfrentamiento constante con los monstruos que me hablaban de la muerte de mi abuelo y de los insectos necrófagos, volver a aquellos sillones que tiramos a la basura porque podíamos comprarnos un par de sillones buenos, no como esos rotos, viejos y desgastados, aquellos sillones que tanto eché de menos. Tenía que elegir un refugio. Así que opté por el pasado. Porque, puestos a temer algo, mejor que sea algo conocido.

domingo, 27 de abril de 2008

Por el cumplimiento de la normativa social

La supervivencia social se fundamenta en el acatamiento de una serie de normas nunca escritas, un conjunto de leyes invisibles que nos obligan a sonreír para no preocupar a los demás, a ser amables, a justificar que hemos hecho lo que presuntamente no queríamos hacer por culpa de que habíamos bebido demasiado, como si al estar sobrios y cohibidos hiciéramos siempre lo correcto. También tenemos que saludar a un conocido cuando lo encontramos por la calle, aunque no apetezca, aunque a veces lo que realmente apetece sea correr. Tenemos que llorar de forma comedida, siempre en los momentos que lo precisan, tales como funerales, películas tristes o despedidas. Los demás tendrán que llorar a su vez o, en su defecto, darnos abrazos o realizar otro tipo de acto compasivo. Lo harán porque es lo que hay que hacer. Sin embargo hay que tener cuidado con llorar en momentos inadecuados, con dejarse llevar por algo que no está en las normas, soltar una carcajada inoportuna, golpear un objeto hasta destrozarlo, ese tipo de cosas que nacen de un lugar donde la convivencia no está regida y que surgen de algo demasiado animal, irracional, intrínseco. Algo que asustaría a los demás. A los que siguen la normativa vigente a rajatabla. Si te sales del guión corres el riesgo de que te tachen de loco. O que te cojan del hombro y te susurren al oído que lo que sientes no es real. Será mejor que te calmes, chico, eso no es real. Y lo dicen tan serios. Como si mis lágrimas fueran de mentira.