Llevaba esperando por lo menos dos horas cuando llegó ella. Al fin. Ya se me estaban acabando el tabaco y las ganas de esperar. Ella tiembla, mira el penúltimo cigarrillo de la cajetilla en mi boca, y me pide que le dé un cigarrillo. Dice que algo sobre un lío inesperado mientras le tiendo mi último pitillo. Veo el paquete vacío que dejo caer al suelo, que aplasto en el suelo y pienso que es como si mi espera y su llegada hubieran sido medidas con precisión: ha llegado justo para el último cigarrillo. Como si no pudiera ser de otra forma. Veo como se enciende el cigarrillo a la vez que habla con los labios apretados y dice que si una llamada, que si no pudo hacer nada más que ir. No me importa lo que haya pasado, le respondo. Sólo me importa que estés aquí. Ella me mira, o mejor dicho, me vislumbra, a través del humo que desprendemos y que hace a modo de pegamento y así nos encontramos a través de la nube azul en un beso, en una gruta común donde entramos los dos, primero introducimos timidamente las lenguas, exploran el terreno, hacen de linternas improvisadas, y después damos paso a todo lo demás, entra en la gruta el resto del cuerpo, escapamos por nuestras bocas y ya no estamos fuera del beso, donde sólo quedan dos cuerpos inertes sujetando sus repectivos cigarrillos, sujetándose el uno al otro, dos maniquíes encerrados en otro sitio, en una boca común, a salvo (¿a salvo de qué?), en un lugar donde no importa nada más. Me llamo Gabriel y ella se llama Tel. Aunque supongo que los nombres ahora tampoco importan.
viernes, 15 de mayo de 2009
jueves, 14 de mayo de 2009
El mercado
–Hola.
–Qué desea.
–No lo tengo muy claro, ¿qué me recomienda?
–Yo no recomiendo, sólo vendo. La gente llega, me dice: deseo tal cosa, y yo se lo vendo.
–Comprendo. ¿Y un catálogo o algo así?
–Lo siento, lo que ve es lo que hay.
–Comprendo. Pues quiero una esclava sexual.
–Sólo nos quedan clavos sexuales.
–¿Y eso cómo funciona?
–Por favor, caballero, ¿tengo cara de libro de instrucciones?
–No, supongo que no.
–Si quiere un clavo sexual dígalo y si no déjeme en paz. Tengo mejores clientes que atender.
–¿Y a todos los trata igual?
–No, a los que tienen las cosas claras los respeto.
–Da igual, veamos, quiero un virus contagioso que pueda barrer la estupidez del planeta. Sólo la estupidez, lo demás puede vivir.
–No estará pensando en suicidarse.
–¿Y si fuera así? Se supone que alguien pedía algo y se lo vendía. No mencionó nada de hacer preguntas impertinentes sobre las motivaciones de cada cual.
–En tal caso le felicito, suicidarse es lo mejor que podría hacer. Tenga, su condenado virus. Son X euros.
–¿X? ¿10?
–No. Equis.
–X es 10 en romano.
–Aquí equis es equis. No le busque diez pies al gato.
–Ah, bueno, ¿y el resto de la ecuación? Para despejar la X y saber cuánto le debo.
–El resto depende de usted, amigo. Así que rápido, que no tengo todo el día.
–Tenga 10 euros entonces. ¿Me puede hacer factura?
–¿Pero dónde se cree que está comprando? Aquí ahorramos en papel. Si desea una factura inscríbase en ese listado de la derecha y nosotros ya le gestionaremos en un futuro su dichosa factura.
–Bien, pero oiga, ¿tengo derecho a garantía? ¿Y si el virus no funciona qué?
–Si el virus no funciona supongo que usted sobrevivirá y vendrá a darme la tabarra de nuevo.
–Y además vendré muy molesto. Y puedo llegar a ponerme muy agresivo cuando estoy molesto.
–En tal caso no se preocupe, yo mismo me encargaré de usted.
–Oiga, quiero comprar algo más...
–¿El qué?
–Un Colt 45 y dos balas.
–Sólo nos quedan balas. Colt no quedan.
–¿Y algún otro arma de fuego?
–Sí, nos quedan antorchas.
–¿Y gasolina?
–No, pero tenemos coches.
–¿Y queroseno?
–Oiga, no sea obsceno.
–¿Y poesía?
–¿Qué es eso?
–¿Y una katana?
–Por favor, no se enrolle y decídase por algo en concreto o coja su virus y lárguese.
–Ya se lo he dicho, una katana.
–¿Una katana?
–Quiero una puta katana, sable, espada o cualquier otra puta cosa de metal afilada que se pueda usar para matar.
–Vale, vale. Nos queda una katana roma.
–¿Y tiene un afilador? De katanas, no de lapiceros.
–Tenemos un afilador profesional. Viene con armónica incluída, da paseos por los barrios y las viejas le piden que les afile sus cuchillos de cocina y los hombres sus navajas de afeitar.
–No me sirve. Deme el clavo sexual.
–De acuerdo, tenga. Son Y + 3.
–¿Aceptan tarjeta?
–Depende de qué.
–VISA.
–No, lo siento.
–¿MasterCard?
–Sólo aceptamos tarjetas de visita.
–Ah, entonces espere, tengo por aquí una que me dio un curandero vudú. Tome.
–Debe ser una tarjeta de visita suya, caballero.
–Eh... claro, yo soy el curandero vudú. Tome mi tarjeta.
–Pero si acaba de decir... en fin, ¿me enseña el DNI, señor... Kwolongo?
–Claro, tome.
–¿Por qué no coinciden los datos de la tarjeta con su DNI?
–Porque Kwolongo es mi nombre africano.
–Me parece que tendré que llamar a la policía.
–Oh, no, aún no. Tenía pensado matarle, ese creo que sería un momento más adecuado para avisar a las autoridades.
–Ya sé que tenía pensado matarme. Lo he notado desde el primer momento en que me miró. Debería saber que hace un buen rato que he pulsado el botón de alarma de debajo del mostrador. Dé gracias a mi paranoia, amigo, le he salvado de la cárcel.
–Qué va, en aquel momento sólo quería una esclava sexual. Mis ganas de matarlo han aparecido según trataba con usted. Supongo que eso me deja menos tiempo para cometer el homicidio.
–Ya vienen.
–Qué desea.
–No lo tengo muy claro, ¿qué me recomienda?
–Yo no recomiendo, sólo vendo. La gente llega, me dice: deseo tal cosa, y yo se lo vendo.
–Comprendo. ¿Y un catálogo o algo así?
–Lo siento, lo que ve es lo que hay.
–Comprendo. Pues quiero una esclava sexual.
–Sólo nos quedan clavos sexuales.
–¿Y eso cómo funciona?
–Por favor, caballero, ¿tengo cara de libro de instrucciones?
–No, supongo que no.
–Si quiere un clavo sexual dígalo y si no déjeme en paz. Tengo mejores clientes que atender.
–¿Y a todos los trata igual?
–No, a los que tienen las cosas claras los respeto.
–Da igual, veamos, quiero un virus contagioso que pueda barrer la estupidez del planeta. Sólo la estupidez, lo demás puede vivir.
–No estará pensando en suicidarse.
–¿Y si fuera así? Se supone que alguien pedía algo y se lo vendía. No mencionó nada de hacer preguntas impertinentes sobre las motivaciones de cada cual.
–En tal caso le felicito, suicidarse es lo mejor que podría hacer. Tenga, su condenado virus. Son X euros.
–¿X? ¿10?
–No. Equis.
–X es 10 en romano.
–Aquí equis es equis. No le busque diez pies al gato.
–Ah, bueno, ¿y el resto de la ecuación? Para despejar la X y saber cuánto le debo.
–El resto depende de usted, amigo. Así que rápido, que no tengo todo el día.
–Tenga 10 euros entonces. ¿Me puede hacer factura?
–¿Pero dónde se cree que está comprando? Aquí ahorramos en papel. Si desea una factura inscríbase en ese listado de la derecha y nosotros ya le gestionaremos en un futuro su dichosa factura.
–Bien, pero oiga, ¿tengo derecho a garantía? ¿Y si el virus no funciona qué?
–Si el virus no funciona supongo que usted sobrevivirá y vendrá a darme la tabarra de nuevo.
–Y además vendré muy molesto. Y puedo llegar a ponerme muy agresivo cuando estoy molesto.
–En tal caso no se preocupe, yo mismo me encargaré de usted.
–Oiga, quiero comprar algo más...
–¿El qué?
–Un Colt 45 y dos balas.
–Sólo nos quedan balas. Colt no quedan.
–¿Y algún otro arma de fuego?
–Sí, nos quedan antorchas.
–¿Y gasolina?
–No, pero tenemos coches.
–¿Y queroseno?
–Oiga, no sea obsceno.
–¿Y poesía?
–¿Qué es eso?
–¿Y una katana?
–Por favor, no se enrolle y decídase por algo en concreto o coja su virus y lárguese.
–Ya se lo he dicho, una katana.
–¿Una katana?
–Quiero una puta katana, sable, espada o cualquier otra puta cosa de metal afilada que se pueda usar para matar.
–Vale, vale. Nos queda una katana roma.
–¿Y tiene un afilador? De katanas, no de lapiceros.
–Tenemos un afilador profesional. Viene con armónica incluída, da paseos por los barrios y las viejas le piden que les afile sus cuchillos de cocina y los hombres sus navajas de afeitar.
–No me sirve. Deme el clavo sexual.
–De acuerdo, tenga. Son Y + 3.
–¿Aceptan tarjeta?
–Depende de qué.
–VISA.
–No, lo siento.
–¿MasterCard?
–Sólo aceptamos tarjetas de visita.
–Ah, entonces espere, tengo por aquí una que me dio un curandero vudú. Tome.
–Debe ser una tarjeta de visita suya, caballero.
–Eh... claro, yo soy el curandero vudú. Tome mi tarjeta.
–Pero si acaba de decir... en fin, ¿me enseña el DNI, señor... Kwolongo?
–Claro, tome.
–¿Por qué no coinciden los datos de la tarjeta con su DNI?
–Porque Kwolongo es mi nombre africano.
–Me parece que tendré que llamar a la policía.
–Oh, no, aún no. Tenía pensado matarle, ese creo que sería un momento más adecuado para avisar a las autoridades.
–Ya sé que tenía pensado matarme. Lo he notado desde el primer momento en que me miró. Debería saber que hace un buen rato que he pulsado el botón de alarma de debajo del mostrador. Dé gracias a mi paranoia, amigo, le he salvado de la cárcel.
–Qué va, en aquel momento sólo quería una esclava sexual. Mis ganas de matarlo han aparecido según trataba con usted. Supongo que eso me deja menos tiempo para cometer el homicidio.
–Ya vienen.
martes, 12 de mayo de 2009
Conversación jazz
-¿Recuerdas cuando nos olvidamos?
-Cómo olvidarlo.
-Podríamos empezar por un punto y aparte. O por un punto y final.
-Para acabar naciendo de una letra mayúscula. Lees demasiadas novelas.
-No fui yo quien empezó con este cuento. Te lo recuerdo. Te lo olvido.
-Pero yo siempre empiezo lo que he terminado.
-Otra vez con tus inversiones temporales. Cada vez que lo haces estamos cayendo por un acantilado, un acantilado lleno de recuerdos como rocas puntiagudas. Estás tú ahí, de pie, torciendo las palabras y yo defendiéndome como puedo. Tiene que haber otra forma. Estoy cansado de caer. Contigo.
-No voy a defenderme, si es lo que esperas. Tienes razón. En todo. Es sólo que antes caías en mí y de vez en cuando, incluso, sonreías.
-No te confundas, esto no es sobre dónde caigo. Ni siquiera es sobre ti ni sobre mí. Ni siquiera es sobre los dos. Esto trata de todo lo demás. Lo que se ha jodido no es mi sonrisa. Lo jodido es que mi sonrisa y tu mirada ya no coinciden.
-No tengo muchas fuerzas para abrir los ojos y des-caer. Tampoco hay necesidad de hacer esto más fácil de lo que podría ser. No lo hagas, o hazlo. Pero que sea pronto. Que sea ya.
-Podría destrozarme una y otra vez contra ti y sería inútil.
-Pero divertido de ver. A todo esto, ¿tú recuerdas cuando nos olvidamos? Creo que hacía frío.
-Eso no es ninguna novedad. A veces creo que es que nunca hizo calor. ¿Volviste a la pregunta que te hice porque estabas en un callejón sin salida?
-Un poco, me vas encerrando en un pasillo cada vez más estrecho.
-Ojalá ese pasillo fuera nuestro. Al menos así tendríamos "algo".
-Pierdes el tiempo. En este desierto en el que te adentras sólo puedes perder. Siempre se me dio muy bien jugar a Tierra Quemada.
-¿Pierdo el tiempo? Sí. Llevo perdiendo el tiempo desde que intenté empezar a hablar contigo, desde que empecé este diálogo ficticio entre dos olvidos, llevo perdiendo el tiempo desde que te olvidé, o quizás antes, pero no lo sé porque no recuerdo absolutamente nada, no recuerdo ni siquiera tu nombre, se me resbala por la boca y sólo me deja un borrón en medio de la saliva de mi boca. Y no es que te impida yo que hables. Eso ya lo sabes hacer tú. Aquí, mirándome a la cara, tocándome con la punta de los dedos, con esa cara de estúpido amnésico, con ese pijama sucio y esas huellas que dejas marcadas en el espejo donde ambos nos reflejamos. Este espejo es nuestro pasillo. Cada vez más estrecho. Cada vez más olvidado. Supongo que esto es una despedida.
-No me mires así. Al menos lo hemos pasado bien.
-Cómo olvidarlo.
-Podríamos empezar por un punto y aparte. O por un punto y final.
-Para acabar naciendo de una letra mayúscula. Lees demasiadas novelas.
-No fui yo quien empezó con este cuento. Te lo recuerdo. Te lo olvido.
-Pero yo siempre empiezo lo que he terminado.
-Otra vez con tus inversiones temporales. Cada vez que lo haces estamos cayendo por un acantilado, un acantilado lleno de recuerdos como rocas puntiagudas. Estás tú ahí, de pie, torciendo las palabras y yo defendiéndome como puedo. Tiene que haber otra forma. Estoy cansado de caer. Contigo.
-No voy a defenderme, si es lo que esperas. Tienes razón. En todo. Es sólo que antes caías en mí y de vez en cuando, incluso, sonreías.
-No te confundas, esto no es sobre dónde caigo. Ni siquiera es sobre ti ni sobre mí. Ni siquiera es sobre los dos. Esto trata de todo lo demás. Lo que se ha jodido no es mi sonrisa. Lo jodido es que mi sonrisa y tu mirada ya no coinciden.
-No tengo muchas fuerzas para abrir los ojos y des-caer. Tampoco hay necesidad de hacer esto más fácil de lo que podría ser. No lo hagas, o hazlo. Pero que sea pronto. Que sea ya.
-Podría destrozarme una y otra vez contra ti y sería inútil.
-Pero divertido de ver. A todo esto, ¿tú recuerdas cuando nos olvidamos? Creo que hacía frío.
-Eso no es ninguna novedad. A veces creo que es que nunca hizo calor. ¿Volviste a la pregunta que te hice porque estabas en un callejón sin salida?
-Un poco, me vas encerrando en un pasillo cada vez más estrecho.
-Ojalá ese pasillo fuera nuestro. Al menos así tendríamos "algo".
-Pierdes el tiempo. En este desierto en el que te adentras sólo puedes perder. Siempre se me dio muy bien jugar a Tierra Quemada.
-¿Pierdo el tiempo? Sí. Llevo perdiendo el tiempo desde que intenté empezar a hablar contigo, desde que empecé este diálogo ficticio entre dos olvidos, llevo perdiendo el tiempo desde que te olvidé, o quizás antes, pero no lo sé porque no recuerdo absolutamente nada, no recuerdo ni siquiera tu nombre, se me resbala por la boca y sólo me deja un borrón en medio de la saliva de mi boca. Y no es que te impida yo que hables. Eso ya lo sabes hacer tú. Aquí, mirándome a la cara, tocándome con la punta de los dedos, con esa cara de estúpido amnésico, con ese pijama sucio y esas huellas que dejas marcadas en el espejo donde ambos nos reflejamos. Este espejo es nuestro pasillo. Cada vez más estrecho. Cada vez más olvidado. Supongo que esto es una despedida.
-No me mires así. Al menos lo hemos pasado bien.
domingo, 3 de mayo de 2009
H1N1
Siempre estuve esperando a alguien como tú.
Eres altamente infectiva pero sé que no eres tan letal como pareces. Tampoco eres malvada. Sólo quieres sobrevivir. Como todos.
Todos te odian. Pero yo no soy como los demás. Yo te amo. Si vinieras a por mí te dejaría que me infectases. No opondría resistencia. Una infección como muestra de amor. Yo buscaría tus antígenos de superficie para poder acariciarte. Para sentirte en medio de la fiebre, nuestra fiebre. Los dos sudando en la cama. Dejaría todo por ti. Incluso abandonaría la cuarentena por ti.
Pero tú crees que no soy más que otro al que dejar tirado a la primera de cambio. Si sucediera algo entre nosotros, despertaría a solas y no encontraría ni siquiera una nota de despedida en la mesilla. Sólo me dejarías un mísero recuerdo inmunológico. Entonces iría a buscarte en los hospitales para volver a verte, aunque sea poniéndome los cuernos con otro. Vería cómo te follas a otros para después darme la vuelta y volver triste y solo a casa, muy solo y muy triste. Consciente de que para ti sólo soy un cerdo más.
Eres altamente infectiva pero sé que no eres tan letal como pareces. Tampoco eres malvada. Sólo quieres sobrevivir. Como todos.
Todos te odian. Pero yo no soy como los demás. Yo te amo. Si vinieras a por mí te dejaría que me infectases. No opondría resistencia. Una infección como muestra de amor. Yo buscaría tus antígenos de superficie para poder acariciarte. Para sentirte en medio de la fiebre, nuestra fiebre. Los dos sudando en la cama. Dejaría todo por ti. Incluso abandonaría la cuarentena por ti.
Pero tú crees que no soy más que otro al que dejar tirado a la primera de cambio. Si sucediera algo entre nosotros, despertaría a solas y no encontraría ni siquiera una nota de despedida en la mesilla. Sólo me dejarías un mísero recuerdo inmunológico. Entonces iría a buscarte en los hospitales para volver a verte, aunque sea poniéndome los cuernos con otro. Vería cómo te follas a otros para después darme la vuelta y volver triste y solo a casa, muy solo y muy triste. Consciente de que para ti sólo soy un cerdo más.
Etiquetas:
mitología de andar por casa,
y dejar de fumar
miércoles, 29 de abril de 2009
Paladas
Estamos cavando. No paramos de cavar. Día y noche. Cavamos sin descanso. A veces tengo la impresión de que las palas forman parte de nosotros. De que suplen nuestros brazos. Tierra y palas. Palas que se clavan en la tierra. Palas como manos. Manos como palas. Y cavamos. De tanto cavar hemos llegado a olvidar todo lo demás. Aquí sólo importa el boquete que se abre bajo nuestros pies. Los agujeros. Aquí sólo hay tierra y aire, palas que viajan de la tierra al aire, hombres clavados que cavan y cavan. Sé que si desvío la vista del hoyo podría sentir vértigo. Vértigo de vernos a todos hundir nuestras palas cada vez más profundo. Como si estuviéramos buscando el infierno. Así que prefiero centrar la atención en mi fosa. Porque cada uno debe ocuparse de su fosa. Aquí es importante no distraerse. Y no pensar nunca en este cementerio en ciernes.
domingo, 19 de abril de 2009
martes, 14 de abril de 2009
Cero
No nos preocupa saber para qué vivimos. Estamos demasiado ocupados viviendo.
No nos interesa la muerte ni lo que haya después, si es que hay algo. Preferimos no pensar en ello.
No nos hacemos preguntas trascendentales porque no tenemos las respuestas. No se las hacemos a los demás porque sabemos que ellos tampoco tienen las respuestas.
Nosotros comemos. Bebemos. Dormimos. Respiramos. Cagamos. Meamos. A veces follamos. Quién necesita más.
No nos interesa la muerte ni lo que haya después, si es que hay algo. Preferimos no pensar en ello.
No nos hacemos preguntas trascendentales porque no tenemos las respuestas. No se las hacemos a los demás porque sabemos que ellos tampoco tienen las respuestas.
Nosotros comemos. Bebemos. Dormimos. Respiramos. Cagamos. Meamos. A veces follamos. Quién necesita más.
lunes, 13 de abril de 2009
Corazón de algodón
Puedes despertarte una mañana y no reconocer la habitación, no reconocer la cama. Buscas a alguien vivo en esa casa. Tiemblas al salir del cuarto. Ves a una mujer de edad mediana por el pasillo, ella te devuelve la mirada y te dice: qué quieres para desayunar. Café con leche. Respondes sin saber realmente si quieres un café, respondes como si fuera algo normal que ella te reconozca y que tú no reconozcas nada. Supones que ayer bebiste mucho, te acostaste con ella en su casa y por eso estás tú en calzoncillos y ella en pijama. Pura lógica. Pero la lógica se te cae a los pies cuando ella te replica: si nunca tomas café. Eso implica que no fue una sola noche. Es que tengo mucho sueño, dices. Una excusa afortunada. Sin embargo, te das cuenta de que no sabes si te gusta el café o no, ¿por qué ella lo sabe y tú no? Quizás ella no te conozca realmente y te esté poniendo a prueba. Aunque si es así, ¿por qué iba a hacer tal cosa? Parece un razonamiento tan paranoico. Lo más sencillo será no inventarse ninguna conspiración, actuar con cautela y naturalidad, jugar a lo que haya que jugar, tantear poco a poco. La sigues hasta la cocina, te sientas en una silla. Si ella te ha ofrecido el desayuno será porque te lo va a servir. Efectivamente. La taza humea. Echas azúcar, remueves la disolución. ¿No quieres nada para comer? No, no me he despertado con mucha hambre. Así mejor, evitas que te empiece a preguntar por tus gustos, como ocurrió con el café. Qué raro estás, dice. Maldita sea. ¿Debería decidirme por algo para comer? ¿Pero el qué? ¿Unas galletas? ¿Un cruasán? ¿Cereales? Mejor será ignorar su último comentario. Beber como si no hubiera dicho nada, encogerme de hombros. Ella persiste: ¿al final qué vas a hacer hoy? Otra pregunta, esta mujer me va a estar interrogando hasta verme flaquear, hasta que me eche a llorar a sus pies, hasta que le confiese que no sé quién es y que sólo quiero salir de esta casa, escapar de esta trampa. Frunzo el ceño. No lo sé, respondo. ¿Cómo no lo vas a saber? Ayer me dijiste que o ibas al cine con Irene o empezabas a estudiar tus exámenes. ¿Irene? ¿Quién es Irene? ¿De qué exámenes me habla? Esta mujer debe haberme confundido con otra persona. Ayer me encontró borracho o inconsciente o qué sé yo y me trajo hasta aquí pensando que yo era ese otro. Tendré que sincerarme. Digo convencido: creo que se está equivocando de persona. Ahora es ella la que frunce el ceño. Por fin. Pero habla. Y me dice algo que me asusta, que me hace volver a temblar. Mi corazón de algodón se empapa de sangre y deja de latir. Miro hacia el reflejo de mi cara sobre el frigoríco y no reconozco el frigorífico, no reconozco esta cocina, no reconozco mi rostro reflejado, ni siquiera reconozco a esa mujer que me dice preocupada: ¿estás bien, hijo mío? Y ya no sé qué responder.
domingo, 12 de abril de 2009
Somníferos
Ya no cuento ovejas para conseguir dormirme. Ahora cuento gin tonics.
Etiquetas:
depresiones,
mundo personal
miércoles, 25 de marzo de 2009
Moebius
Déjenme aclararles: yo no sólo conocí a Alberto Berjón, yo viví a Alberto Berjón. Con esto quiero decir que le conocí en un plano más profundo. Tampoco me malinterpreten, no hablo de sexo. Por desgracia éramos heterosexuales. Me refiero a que no nos limitábamos a tomar copas juntos cuando él aparecía por aquí, sino que convivíamos en el mismo zulo cultural. Compartíamos libros, escuchábamos artistas similares, venerábamos películas por igual. Cada uno a su manera, claro está, no éramos gemelos. Para que me entiendan, peleábamos en el mismo ejército pero cada uno como podía, cada uno en una trinchera distinta. Por ejemplo, ambos escribíamos. No sé si lo que escribíamos era realmente bueno o no, ni me importa, lo que cuenta es que lo que escribíamos era lo que nos habría gustado leer. El problema era que nunca fuimos muy regulares, sobre todo yo. Y, aunque Alberto era más productivo (sobre todo con los textos cortos), siempre dejaba a medias los grandes proyectos: las novelas, la vida. Y yo también, éramos expertos en dejar asuntos pendientes. Y un poco a eso se reducía todo los que nos unía: escribir, sobrevivir, leer, escuchar música, volver a escribir, beber, volver a beber, fumar, conspirar, masturbarse. Hablábamos sobre los grandes temas de la humanidad, ya saben, el sexo, la política y la muerte. Pero sobre todo hablábamos sobre lo que escribíamos. Teníamos cada uno un blog y así nos podíamos leer el uno al otro, aunque él estuviera en Madrid y yo en León o en otro lado. Nos comunicábamos por Internet con relativa frecuencia, y a veces ocurría que nos saludábamos en el chat y después nadie decía nada, quizás él se había ido a hacer algo y había dejado el ordenador encendido, o quizás no nos atrevíamos o no teníamos nada que decirnos. Creo que a veces era tanta la pereza de enfrentarte a lo mismo una y otra vez, a ese exceso de escritos que se acumulaban, al si no has leído lo último que he escrito, al si lo puedes leer, por favor, y después que si te lo critica, decir que es magnífico, bueno o un poco flojo para ser tuyo, lo que sea, y a veces nos daba tanta pereza que lo posponíamos a otro rato mediante una excusa, que si me voy a comer, tengo cosas que hacer, luego lo leo, y todo aquello en cierto modo era una obligación, escribir, leer, etcétera, y acababa siendo tan repetitivo como si ambos estuviésemos encerrados en un gigantesco déjà vu, como si todo lo demás, lo que viene a ser el resto de nuestras vidas, fuera una pérdida de tiempo, una nota a pie de página de esta cinta de Moebius de la que nunca supimos cómo salir, de la que nunca quisimos salir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)