miércoles, 1 de julio de 2009

La espera (y 7)

Hubo una época en que no se me daba mal esto de escribir. Qué más puedo decir, las cosas funcionaban. Sin embargo, ahora, cada vez que lo intento, todo se desmadra. Ahora ni siquiera logro enmendar mis errores como Dios manda. Porque empezar todo este cuento de Gabriel y de Tel fue un error. Y no borrarlo a tiempo fue otro error. Pero ya está bien de lamentarse. Están a punto de llegar. Todos.

El primero en aparecer es Otelo. Trae a rastras el cadáver de mi amigo Jorge. Justo como le pedí.
–¿Qué tal, Otelo?
–Bien –dice secamente. Se deja caer en la silla y deja en el suelo a Jorge. O, mejor dicho, lo que queda de Jorge.
–Te huele el aliento a alcohol.
No le da tiempo a responder porque hace acto de presencia Tel, radiante como siempre. Y viva.
–Hola Tel, bienvenida.
–Hola –está tan seria.
–¿Sabes si va a poder venir Gabriel?
–No me hizo caso cuando fui a verle al manicomio. Cree que estoy...
–Muerta.
–Sí –dice y me parece como si ahogase un llanto.
–Bueno, estaba claro que no podía salir todo como yo esperaba. Para no perder la costumbre.
Nadie se ríe.
–En fin, vayamos al grano –continúo–. Os he prometido no haceros daño y supongo que por eso habéis accedido a venir. Espero que no intentéis hacer ninguna estupidez –les muestro que en mi poder tengo un bolígrafo y una hoja en blanco–, porque no os gustaría lo que puedo escribir aquí. ¿Conformes?
–Sí, jefe –dice Otelo.
–¿Tel?
–Sí... –dice a regañadientes.
–Bien, una vez aclarados los términos de esta reunión, os pido disculpas. Por todo lo que os he hecho pasar.
–Puedes ahorrarte tus disculpas. Estamos un poco cansados de este rollito de Unamuno que te traes con nosotros –dice Tel.
–¿Cómo?
–Sí, ahora actúa como si nunca hubieras leído Niebla.
–Un momento, yo... –pero antes de que pueda defenderme de las acusaciones de Tel, Otelo se abalanza sobre mí, me golpea y me quita el papel y el Bic. Gabriel aparece en ese momento por la puerta.
–¿Llego tarde? –pregunta Gabriel.
–Hijos de puta –les digo sin apreciar la ironía de mi insulto.
–Creo que ahora tendrás que escucharnos tú a nosotros –dice Tel.
–No sé qué pretendéis hacer con ese papel, pero os advierto...
–Vamos a romper este papel en blanco, jefe. Y no podrás evitarlo –dice Otelo sonriente.
–¡No! ¡No lo entiendes! –grito y salto de mi asiento para tratar de evitarlo pero Otelo ejecuta, y el rasgar del papel suena, suena a derrota y a sangre desparramándose. Suena a que esta historia acaba de perder todo atisbo de futuro. Ya no queda lugar donde escribir. Y cuando quiero darme cuenta han desaparecido. Tel, Gabriel y Otelo ya no existen. Los muy idiotas prefirieron eso a que negociara con ellos un final decente. Todo esto ha sido para nada.

Me derrumbo en la silla y miro el cuarto en silencio.
Sólo veo el cadáver de un amigo. Y, justo en frente, a un escritor de mierda que no para de llorar.

martes, 30 de junio de 2009

La espera (6)

Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo.

Lo fácil habría sido borrar. Eliminar todo rastro de aquel beso. Y olvidarme del tema. Pero eso habría sido lo fácil. No habría sido lo justo. No para Tel, no para Gabriel. Se merecían una vida. Aunque fuera una vida de mierda.

Nunca empiezo algo si no es para acabarlo. O al menos eso es lo que siempre intento. Así que me escribo a mí mismo sudando, con los dientes muy apretados, parapetado detrás de una esquina. Me escribo en el preciso instante en que Tel y Gabriel se besan. Tel tiembla de miedo. Gabriel tiene una erección. Ambos fuman. Y se besan. Me escribo un arma homicida, me puedo escribir lo que quiera: una pistola, una navaja, un cuchillo de cocina. Elijo la pistola, que aparece en mis manos sudadas. No sé qué tipo de pistola es porque no tengo ni idea de pistolas. Es la primera vez que tengo una en mi poder. No me importa. Porque haga lo que haga saldrá bien. No se hagan otras ideas: el sudor me lo he puesto sólo para ambientar.

–No lo hagas.
Es Jorge. No sé cómo, ha aparecido. En mi historia.
–¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí. Estás interrumpiendo un final épico. Voy a convertirlos en los Romeo y Julieta postmodernos. Yo soy su veneno. El autor de la obra transgrediendo su propia obra, esas cosas.
–Esto no es un final.
–Jorge, no vas a impedir que haga lo que tenga que hacer. Esta historia me pertenece.
–Hoy moriría por Tel.
Apunto a mi amigo con la pistola. Puede echarlo todo a perder, así que no me queda más remedio que amedrentarle.
–Déjate de faroles y lárgate.
Ahora el sudor es de verdad.
–He dicho que estoy dispuesto a morir por Tel. Resulta un alivio tener un motivo para morir. Tiremos los dados.
–¿Has perdido la puta cabeza?
Y da un paso hacia mí. El muy imbécil da un paso hacia mí. Lo que sigue es un acto reflejo o algo así: aprieto el gatillo. Es la primera vez que disparo una pistola. El retroceso hace que me golpee con la culata en la frente. Aturdido, compruebo que estoy sangrando. Debo haberme abierto la ceja. Me asomo por la esquina y veo a Tel y Gabriel huir, alertados por el disparo. A mi lado, en el suelo, Jorge yace muerto. Lleva dos dados rojos en la mano derecha.
–La banca siempre gana –le escupo justo antes de irme cagando leches de allí.

Me cago en el refranero.

lunes, 29 de junio de 2009

La espera (5)

Hacía pocos días que había retomado la maltrecha historia de La espera, intentando darle algo de intriga y emoción, cuando recibí la llamada de Jorge Rey, un amigo mío. Para ponerles en antecedentes: hacía semanas que no me había vuelto a encontrar cucarachas (o lo que coño sean esos putos bichos) en mi baño y había aprobado todos los exámenes de los que sabía la nota. En resumen, yo estaba de vacaciones y todo parecía ir viento en popa. Hasta que recibí esa llamada.
–Hola –contesté.
–Deja en paz a Tel.
–¿Cómo?
–Tel, la de La espera. Déjala vivir.
Así, sin mediar palabra, se me puso imperativo. Yo, por supuesto, no entendía nada.
–¿A cuento de qué viene esto?
–Conozco a Tel y no merece morir.
Definitivamente se había vuelto loco.
–¿Has vuelto a beber?
–Hablo en serio.
–¿Cómo vas a conocerla? Es un personaje de ficción, ¡yo la creé!
–La conozco. Ella vino a pedirme ayuda.
–Jorge, hazme un favor: deja la droga que estés tomando y déjame en paz tú a mí.
–Si la matas esto tendrá consecuencias. Estoy dispuesto a intervenir.
–¿Intervenir? Tel no existe Jorge, además te recuerdo que ya está muerta. Ya está escrito. Lo dice Gabriel desde el manicomio.
–Pero eso es sólo lo que él dice. Y además está loco, por lo que puede ser mentira.
–En cualquier caso tiene que morir. No tengo mejores planes para ella.
–¿Por qué va a tener que morir? Tú puedes cambiarlo todo.
Qué tío más pesado.
–Déjalo ya, Jorge.
–Estoy hablando en serio. Después de hablar con Otelo, antes de ir a ver a Gabriel, Tel vino a pedirme ayuda. Me dijo que leyera tu blog, que lo entendería todo. Y me suplicó ayuda. Me suplicó que te convenciera de que no la mates. Hasta me regaló sus cigarrillos.
–Deja de decir chorradas. Es un personaje de ficción: Tel no existe.
–Imagínate que Dios dijera lo mismo sobre sus creaciones.
–No me importa: Dios tampoco existe.
–¿Y tú existes?
–Tanto como tú.
–Tanto como Tel.
–En serio, ya aburres. Deja de bromear y dime para qué me has llamado.
–Por enésima vez, no bromeo. Te llamaba para advertirte: no mates a Tel –y colgó.
En ese momento advertí una cucaracha saliendo del baño.
Mierda. Todo me iba tan bien.

sábado, 27 de junio de 2009

La espera (4)

Permítanme presentarme. Soy Otelo de la Cruz. Un personaje más de esta ficción. Fui creado de manera improvisada por Alberto Berjón el día 27 de junio de 2009. Parece ser que a Alberto se le había ido la mano con una historia sobre el intrascendente beso de dos personajes suyos, Tel y Gabriel. Dos personajes sin planificar, hechos sobre la marcha, como yo. Dos personajes difíciles de encuadrar en una historia realmente atractiva. Eso es lo que me dijo Alberto. Que si se le había ido la mano, que aquello no podía seguir siendo improvisado. Que si el jazz barato, que un clavo saca a otro clavo. Y ese clavo era yo. Me dio una coartada, una relación pasada con Tel, una obsesión, un rol oscuro. Yo era la solución. El plan es perfecto, me dijo, justo después del beso apareces de la esquina con una navaja. Una navaja que te regaló Tel cuando salíais juntos. Con ella matarás a la mujer que amaste después de estar todo el día bebiendo. ¿Qué te parece? Sí, ese psicópata cabrón tuvo la delicadeza de preguntarme que qué me parecía todo aquello. Me tocaba ser el malo de la historia, acabar con la vida de una chica inocente, tan inocente como yo, y el hijo de puta me pregunta con aquella estúpida sonrisa de "hola, soy un genio" que qué me parece. No te preocupes, añadió, si actúas según lo planeado todo te irá bien. Ni la policía, ni siquiera Gabriel te harán nada. Saldrás indemne y victorioso. Lo tengo todo planeado. Eso me dijo: indemne y victorioso. Me dio todas las instrucciones, dónde tirar el arma homicida, por dónde huir, me dio una botella de whisky e incluso me compró un billete de avión a Argentina. Yo estaba preocupado a pesar de toda aquella planificación, a pesar del engranaje perfecto que me había construido. ¿Qué va a ser de Gabriel?, le pregunté. Él me dijo que no me preocupara por Gabriel, que acabaría siendo un personaje mucho más interesante. Bueno, si se refería a que iba a acabar loco de remate tenía razón. Puto psicópata. El caso es que al final no vi más solución que aceptar todo aquello, entrar en el juego. Así pues, horas antes de aquel beso que jamás tuvo que ser escrito, estaba yo a solas en mi casa bebiendo aquel whisky barato que Alberto me regaló. La verdad es que la casa que me inventó daba un poco de asco. Estaba todo desordenado y sucio, una radio que sonaba fatal tocaba canciones tristes, papeles de periódico cubrían absolutamente todo el suelo y, de vez en cuando, alguna rata emprendía un viaje relámpago entre los montones de basura. Daban ganas de beber hasta morir, de eso no cabe ninguna duda, por lo que al final acabé borracho como una cuba. Pero algo cambió en aquella tragicomedia, algo dejó de tener sentido para mí. Cogí el teléfono, rezando para que Alberto no me hubiera cortado la línea, y marqué el número de Tel. Me lo sabía de memoria: Alberto me había otorgado hasta el más mínimo detalle. Tel contestó. Soy yo, Tel, le dije. ¿Tú? Hace tiempo que no quiero saber nada de ti, Otelo, ya lo sabes, me dijo. Lo sé, pero esto es algo muy importante. He quedado, ya me lo dirás más tarde. Precisamente, le respondí, es por eso: sé que has quedado con Gabriel y sé que corres un grave peligro. Llegado este punto parece que entró en razón, no de muy buena gana, todo hay que decirlo, pero por suerte logré convencerla y quedé con ella en una cafetería apartada del lugar del beso. Yo apestaba a una mezcla entre whisky y sudor. Ella olía a perfume del bueno. Como en los viejos tiempos, pensé (aunque esto era absurdo, sabía que eso nunca había pasado, aunque yo lo recordase por obra y gracia de Alberto). Le conté todo, absolutamente todo. Le devolví la navaja, le regalé mi billete de avión. Le recomendé que huyera del país, que Alberto era capaz de hacer cualquier cosa con tal de destrozarles la vida a ellos dos. Si me había creado a mí, ¿de qué no sería capaz? Ella lloró como una Magdalena. Me dio las gracias. Dijo que huiría después de encontrarse con Gabriel, que quería verlo al menos una última vez. Me dio un beso en la mejilla, a pesar de mi olor. Y se fue. En ese momento yo era el hombre más feliz del mundo. Estaba seguro: lo había logrado, había burlado a Alberto y su plan de asesinato. Reí a carcajadas. Este Otelo celoso y borracho había cambiado el rumbo de los acontecimientos. Eso creía. Pero me equivocaba.

jueves, 25 de junio de 2009

La espera (3)

El terapeuta dice que voy bien. Que progreso. Aunque no me dice hacia dónde progreso. Aunque a mí no me importa. Aunque a nadie le importa. Ni siquiera a ella. Hoy ella ha vuelto. Me dijo que no me echaba de menos. Que yo sólo era otro error más. Que el jefe del hospital había matado a todos. Que iba a ir a por mí también. Yo no sabía quiénes eran todos. Pero no se lo dije. No quería enfadarla. No quería que pensara que soy peor que un error, que soy un error ignorante. Aquí los días se me hacen muy largos. Las noches no. Las noches duermo. La medicina me funciona por las noches. Hoy los otros me han dicho que estoy loco. El médico y el terapeuta dicen que no piense en lo que me dicen, pero no sé en qué pensar. Hace días que no se me pone dura. Igual es por las medicinas. Igual tiene razón el alto, que dice que nos están envenenando a todos. Pero el alto está loco. Lo sé. También dice que habla con Dios. O que Dios habla con él. Lo que sea. A mí no me importa. A ella tampoco le importa. Hoy también me lo dijo. Hoy me dijo que desde nuestro último beso todo había ido a mejor. Ah, me había olvidado: me llamo Gabriel. Ella se llama Tel. Es muy guapa. Es muy buena. La última vez que la besé estuve esperando horas por ella. Sólo por ella. Fue hace unos seis meses. Ese día la mataron. Aunque supongo que eso ahora tampoco importa.

martes, 26 de mayo de 2009

La espera (2)

No soy entomólogo, eso está claro. Aún así estoy convencido de que los bichos que he visto corretear sobre los azulejos de mi baño son cucarachas. Y, aunque realmente no lo sean, a efectos prácticos nos da lo mismo. Para nosotros esos bichos serán cucarachas. Esa será la designación que usaremos, vosotros y yo, para referirnos a esos bichos a partir de ahora. Cucarachas. Pues bien, esas cucarachas sólo aparecen de madrugada. No sé de dónde salen, Pablo dice que debe haber un agujero detrás del bidé. Pero a mí me da igual por dónde salgan, a mí lo que me inquieta es que lo hagan siempre a esas horas intempestivas. No las veo muy a menudo, algún día que coincide que llego a casa a las 2 de la mañana, por poner un ejemplo, y entro en el baño, doy la luz y descubro una de ellas in fraganti, la cual corre como loca hacia ninguna parte, puesto que yo, al igual que hago siempre que me topo con alguna, acabo por aplastarla y por depositar su cadáver en el agua del váter. A veces entro al baño de madrugada (en este punto sois libres de imaginar a qué voy al baño a esas horas) y no veo ninguna pero que están ahí. Y sin embargo, a pesar de saberlo, soy capaz de dormirme pese a ser consciente de que ellas están unos metros más allá explorando mi baño, sólo mi baño, porque nunca salen más allá de los mismos tristes azulejos, explorando el lugar donde cada vez que me encuentro con una mueren, mueren irrefutablemente, y así, poco a poco, mientras recuerdo las suelas de mis zapatillas manchadas con sus restos mortales, pasan las noches, procurando ignorarnos mutuamente. Y es que ya ni siquiera me motiva matar cucarachas. Se me está quedando un rictus fatídico en la cara, una mirada dura, una sonrisa triste. Estoy instalado en una abulia perenne. Y esto también se ha extendido a mi blog, se ha extendido a la historia de Tel y Gabriel. Debería contar quién llamó a Tel y lo que le pidió, qué era eso tan urgente que obligó a esperar a Gabriel un par de horas por ella. Debería contar por qué ella llegó temblando, por qué se quedó sin cigarrillos. Debería contar qué le pasó a Gabriel mientras esperaba a Tel. Porque esta historia empezaba con un final feliz. Y yo tenía que acabarla con un comienzo trágico y absurdo. Pero no pude hacerlo. Estos días he pasado delante del ordenador igual que paso delante del baño, obviando las cucarachas, obviando las vidas ficticias de Tel y de Gabriel, vidas incompletas, vidas de la longitud de un beso. Tenía que escribirlo, no por mí, sino por ellos dos. Y no pude. Ahora serán felices, inmersos en un beso ad eternum, incompletos, pero felices para siempre. Todo por culpa de mi desidia. Pido perdón. Porque les he fallado a ellos. Porque os he fallado a vosotros. Porque les he fallado a las cucarachas. Perdón.

viernes, 15 de mayo de 2009

La espera (1)

Llevaba esperando por lo menos dos horas cuando llegó ella. Al fin. Ya se me estaban acabando el tabaco y las ganas de esperar. Ella tiembla, mira el penúltimo cigarrillo de la cajetilla en mi boca, y me pide que le dé un cigarrillo. Dice que algo sobre un lío inesperado mientras le tiendo mi último pitillo. Veo el paquete vacío que dejo caer al suelo, que aplasto en el suelo y pienso que es como si mi espera y su llegada hubieran sido medidas con precisión: ha llegado justo para el último cigarrillo. Como si no pudiera ser de otra forma. Veo como se enciende el cigarrillo a la vez que habla con los labios apretados y dice que si una llamada, que si no pudo hacer nada más que ir. No me importa lo que haya pasado, le respondo. Sólo me importa que estés aquí. Ella me mira, o mejor dicho, me vislumbra, a través del humo que desprendemos y que hace a modo de pegamento y así nos encontramos a través de la nube azul en un beso, en una gruta común donde entramos los dos, primero introducimos timidamente las lenguas, exploran el terreno, hacen de linternas improvisadas, y después damos paso a todo lo demás, entra en la gruta el resto del cuerpo, escapamos por nuestras bocas y ya no estamos fuera del beso, donde sólo quedan dos cuerpos inertes sujetando sus repectivos cigarrillos, sujetándose el uno al otro, dos maniquíes encerrados en otro sitio, en una boca común, a salvo (¿a salvo de qué?), en un lugar donde no importa nada más. Me llamo Gabriel y ella se llama Tel. Aunque supongo que los nombres ahora tampoco importan.

jueves, 14 de mayo de 2009

El mercado

–Hola.
–Qué desea.
–No lo tengo muy claro, ¿qué me recomienda?
–Yo no recomiendo, sólo vendo. La gente llega, me dice: deseo tal cosa, y yo se lo vendo.
–Comprendo. ¿Y un catálogo o algo así?
–Lo siento, lo que ve es lo que hay.
–Comprendo. Pues quiero una esclava sexual.
–Sólo nos quedan clavos sexuales.
–¿Y eso cómo funciona?
–Por favor, caballero, ¿tengo cara de libro de instrucciones?
–No, supongo que no.
–Si quiere un clavo sexual dígalo y si no déjeme en paz. Tengo mejores clientes que atender.
–¿Y a todos los trata igual?
–No, a los que tienen las cosas claras los respeto.
–Da igual, veamos, quiero un virus contagioso que pueda barrer la estupidez del planeta. Sólo la estupidez, lo demás puede vivir.
–No estará pensando en suicidarse.
–¿Y si fuera así? Se supone que alguien pedía algo y se lo vendía. No mencionó nada de hacer preguntas impertinentes sobre las motivaciones de cada cual.
–En tal caso le felicito, suicidarse es lo mejor que podría hacer. Tenga, su condenado virus. Son X euros.
–¿X? ¿10?
–No. Equis.
–X es 10 en romano.
–Aquí equis es equis. No le busque diez pies al gato.
–Ah, bueno, ¿y el resto de la ecuación? Para despejar la X y saber cuánto le debo.
–El resto depende de usted, amigo. Así que rápido, que no tengo todo el día.
–Tenga 10 euros entonces. ¿Me puede hacer factura?
–¿Pero dónde se cree que está comprando? Aquí ahorramos en papel. Si desea una factura inscríbase en ese listado de la derecha y nosotros ya le gestionaremos en un futuro su dichosa factura.
–Bien, pero oiga, ¿tengo derecho a garantía? ¿Y si el virus no funciona qué?
–Si el virus no funciona supongo que usted sobrevivirá y vendrá a darme la tabarra de nuevo.
–Y además vendré muy molesto. Y puedo llegar a ponerme muy agresivo cuando estoy molesto.
–En tal caso no se preocupe, yo mismo me encargaré de usted.
–Oiga, quiero comprar algo más...
–¿El qué?
–Un Colt 45 y dos balas.
–Sólo nos quedan balas. Colt no quedan.
–¿Y algún otro arma de fuego?
–Sí, nos quedan antorchas.
–¿Y gasolina?
–No, pero tenemos coches.
–¿Y queroseno?
–Oiga, no sea obsceno.
–¿Y poesía?
–¿Qué es eso?
–¿Y una katana?
–Por favor, no se enrolle y decídase por algo en concreto o coja su virus y lárguese.
–Ya se lo he dicho, una katana.
–¿Una katana?
–Quiero una puta katana, sable, espada o cualquier otra puta cosa de metal afilada que se pueda usar para matar.
–Vale, vale. Nos queda una katana roma.
–¿Y tiene un afilador? De katanas, no de lapiceros.
–Tenemos un afilador profesional. Viene con armónica incluída, da paseos por los barrios y las viejas le piden que les afile sus cuchillos de cocina y los hombres sus navajas de afeitar.
–No me sirve. Deme el clavo sexual.
–De acuerdo, tenga. Son Y + 3.
–¿Aceptan tarjeta?
–Depende de qué.
–VISA.
–No, lo siento.
–¿MasterCard?
–Sólo aceptamos tarjetas de visita.
–Ah, entonces espere, tengo por aquí una que me dio un curandero vudú. Tome.
–Debe ser una tarjeta de visita suya, caballero.
–Eh... claro, yo soy el curandero vudú. Tome mi tarjeta.
–Pero si acaba de decir... en fin, ¿me enseña el DNI, señor... Kwolongo?
–Claro, tome.
–¿Por qué no coinciden los datos de la tarjeta con su DNI?
–Porque Kwolongo es mi nombre africano.
–Me parece que tendré que llamar a la policía.
–Oh, no, aún no. Tenía pensado matarle, ese creo que sería un momento más adecuado para avisar a las autoridades.
–Ya sé que tenía pensado matarme. Lo he notado desde el primer momento en que me miró. Debería saber que hace un buen rato que he pulsado el botón de alarma de debajo del mostrador. Dé gracias a mi paranoia, amigo, le he salvado de la cárcel.
–Qué va, en aquel momento sólo quería una esclava sexual. Mis ganas de matarlo han aparecido según trataba con usted. Supongo que eso me deja menos tiempo para cometer el homicidio.
–Ya vienen.

martes, 12 de mayo de 2009

Conversación jazz

-¿Recuerdas cuando nos olvidamos?
-Cómo olvidarlo.
-Podríamos empezar por un punto y aparte. O por un punto y final.
-Para acabar naciendo de una letra mayúscula. Lees demasiadas novelas.
-No fui yo quien empezó con este cuento. Te lo recuerdo. Te lo olvido.
-Pero yo siempre empiezo lo que he terminado.
-Otra vez con tus inversiones temporales. Cada vez que lo haces estamos cayendo por un acantilado, un acantilado lleno de recuerdos como rocas puntiagudas. Estás tú ahí, de pie, torciendo las palabras y yo defendiéndome como puedo. Tiene que haber otra forma. Estoy cansado de caer. Contigo.
-No voy a defenderme, si es lo que esperas. Tienes razón. En todo. Es sólo que antes caías en mí y de vez en cuando, incluso, sonreías.
-No te confundas, esto no es sobre dónde caigo. Ni siquiera es sobre ti ni sobre mí. Ni siquiera es sobre los dos. Esto trata de todo lo demás. Lo que se ha jodido no es mi sonrisa. Lo jodido es que mi sonrisa y tu mirada ya no coinciden.
-No tengo muchas fuerzas para abrir los ojos y des-caer. Tampoco hay necesidad de hacer esto más fácil de lo que podría ser. No lo hagas, o hazlo. Pero que sea pronto. Que sea ya.
-Podría destrozarme una y otra vez contra ti y sería inútil.
-Pero divertido de ver. A todo esto, ¿tú recuerdas cuando nos olvidamos? Creo que hacía frío.
-Eso no es ninguna novedad. A veces creo que es que nunca hizo calor. ¿Volviste a la pregunta que te hice porque estabas en un callejón sin salida?
-Un poco, me vas encerrando en un pasillo cada vez más estrecho.
-Ojalá ese pasillo fuera nuestro. Al menos así tendríamos "algo".
-Pierdes el tiempo. En este desierto en el que te adentras sólo puedes perder. Siempre se me dio muy bien jugar a Tierra Quemada.
-¿Pierdo el tiempo? Sí. Llevo perdiendo el tiempo desde que intenté empezar a hablar contigo, desde que empecé este diálogo ficticio entre dos olvidos, llevo perdiendo el tiempo desde que te olvidé, o quizás antes, pero no lo sé porque no recuerdo absolutamente nada, no recuerdo ni siquiera tu nombre, se me resbala por la boca y sólo me deja un borrón en medio de la saliva de mi boca. Y no es que te impida yo que hables. Eso ya lo sabes hacer tú. Aquí, mirándome a la cara, tocándome con la punta de los dedos, con esa cara de estúpido amnésico, con ese pijama sucio y esas huellas que dejas marcadas en el espejo donde ambos nos reflejamos. Este espejo es nuestro pasillo. Cada vez más estrecho. Cada vez más olvidado. Supongo que esto es una despedida.
-No me mires así. Al menos lo hemos pasado bien.

domingo, 3 de mayo de 2009

H1N1

Siempre estuve esperando a alguien como tú.
Eres altamente infectiva pero sé que no eres tan letal como pareces. Tampoco eres malvada. Sólo quieres sobrevivir. Como todos.
Todos te odian. Pero yo no soy como los demás. Yo te amo. Si vinieras a por mí te dejaría que me infectases. No opondría resistencia. Una infección como muestra de amor. Yo buscaría tus antígenos de superficie para poder acariciarte. Para sentirte en medio de la fiebre, nuestra fiebre. Los dos sudando en la cama. Dejaría todo por ti. Incluso abandonaría la cuarentena por ti.
Pero tú crees que no soy más que otro al que dejar tirado a la primera de cambio. Si sucediera algo entre nosotros, despertaría a solas y no encontraría ni siquiera una nota de despedida en la mesilla. Sólo me dejarías un mísero recuerdo inmunológico. Entonces iría a buscarte en los hospitales para volver a verte, aunque sea poniéndome los cuernos con otro. Vería cómo te follas a otros para después darme la vuelta y volver triste y solo a casa, muy solo y muy triste. Consciente de que para ti sólo soy un cerdo más.