Es una foto con temporizador. Sujeto su hombro con mi mano mientras sonrío. Acepto que ella también sonríe. Comprobarlo equivaldría a arriesgarme a salir de perfil en la foto, ella sonriendo y yo mirándola como si fuera Fleming viendo la sonrisa de la penicilina por curiosidad, sólo por curiosidad. Así que me mantengo en la pose, facticio desde que el piloto rojo empezó a parpadear. Me mantengo aunque sé que podría cambiar el destino de la imagen, con sólo deslizar mi mano desde su hombro hacia su nuca y empujarla en un giro circular y natural hacia mi cabeza, podría hacerlo a pesar de que la foto salga antes de tiempo y ella me mire con ojos asustadizos, ella: un ciervo sorprendido por una bala de cazador, por un beso de cazador, y entonces sería la foto de ella mirándome como quien mira a un monstruo que abre las fauces (no la boca, las fauces), para devorarla el segundo después, y después, como buen monstruo, también me comería la cámara y no habría prueba del delito. Pero, ¿y si lo hago y la foto salta después del beso? En ese caso apareceríamos los dos como recién levantados, mirando la cara del otro sin ver, repasando con la lengua si hay algo entre los dientes. Con la cara del sueño. Pero también podría suceder que ella me rechazara, y sería una foto cruel, seca, dura, con sus manos apretándome el pecho y separándome, yo todavía adelantando la cabeza hacia ella, el cuello uniendo a su manera el cuerpo que cae y la cabeza, que sigue a lo suyo. De momento no he hecho nada y está acabando la cuenta atrás, será la foto perfecta de una representación teatral. Como para un anuncio de dentífrico. En fin, ya no puedo evitarlo, así que me dejo llevar y digo, pronuncio, en todo su esplendor: ¡patata! Salta el flash. Y ella sale tan sonriente como se esperaba. Y yo salgo con la boca abierta y las amígdalas al aire, un tanto ridículo, con una enorme A atrapada en mi mandíbula.
sábado, 30 de enero de 2010
sábado, 23 de enero de 2010
Goebbels
El amor es propaganda. Nosotros somos los productos y nuestros besos son intervalos publicitarios.
Si te repito mil veces que te quiero acabará por ser verdad. Una verdad cruda, creada sólo para ti a partir de la reiteración: te quiero, te quiero, te quiero.
Te quiero (admirar).
Creemos al otro cuando nos enseñamos las ofertas, los dos desnudos y frágiles (porque todo el mundo es frágil cuando se desnuda), y entonces nos mostramos los defectos de fábrica sin pudor, sin trampa ni cartón.
Te quiero (comprar).
El pecado se llama avaricia. El objeto eres tú, y viceversa. Por eso puedo decirte: eres mi chica. Por eso soy tu chico. Y yo no me doy cuenta del egoísmo que esconde todo esto, de que todo amor es el disfraz de la voracidad por poseer. No me doy cuenta hasta que es demasiado tarde y ya estamos abrazados.
Te quiero (desgastar).
Estamos condenados al consumismo. A usarnos hasta acabar en la basura. Hasta matarnos en un búnker.
El amor es un suicidio compartido. Quizás también sea una mentira.
Pero es mi mentira favorita.
Si te repito mil veces que te quiero acabará por ser verdad. Una verdad cruda, creada sólo para ti a partir de la reiteración: te quiero, te quiero, te quiero.
Te quiero (admirar).
Creemos al otro cuando nos enseñamos las ofertas, los dos desnudos y frágiles (porque todo el mundo es frágil cuando se desnuda), y entonces nos mostramos los defectos de fábrica sin pudor, sin trampa ni cartón.
Te quiero (comprar).
El pecado se llama avaricia. El objeto eres tú, y viceversa. Por eso puedo decirte: eres mi chica. Por eso soy tu chico. Y yo no me doy cuenta del egoísmo que esconde todo esto, de que todo amor es el disfraz de la voracidad por poseer. No me doy cuenta hasta que es demasiado tarde y ya estamos abrazados.
Te quiero (desgastar).
Estamos condenados al consumismo. A usarnos hasta acabar en la basura. Hasta matarnos en un búnker.
El amor es un suicidio compartido. Quizás también sea una mentira.
Pero es mi mentira favorita.
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domingo, 17 de enero de 2010
Desalmado
Acudí al confesionario y acabaron biopsiándome el alma.
Parece ser que vieron el trocito al microscopio. Después me dijeron que no le quedaba mucho.
Que la única opción era paliativa.
Pero yo me negué y opté por el dolor. Por la necrosis del ectoplasma. Por la putrefacción espiritual.
Opté por lo más difícil, lo cual por una vez consistía en no hacer nada y asistir impasible a la degeneración.
Ni siquiera me tapé la nariz.
A los pocos días, una mañana después de un apretón gastrointestinal, vi sus últimos restos flotando entre las heces.
Me quedé mirándola como quien mira algo echado a perder. Dudé qué hacer.
Al final, tirar de la cadena fue la mejor manera que encontré de apostatar.
Parece ser que vieron el trocito al microscopio. Después me dijeron que no le quedaba mucho.
Que la única opción era paliativa.
Pero yo me negué y opté por el dolor. Por la necrosis del ectoplasma. Por la putrefacción espiritual.
Opté por lo más difícil, lo cual por una vez consistía en no hacer nada y asistir impasible a la degeneración.
Ni siquiera me tapé la nariz.
A los pocos días, una mañana después de un apretón gastrointestinal, vi sus últimos restos flotando entre las heces.
Me quedé mirándola como quien mira algo echado a perder. Dudé qué hacer.
Al final, tirar de la cadena fue la mejor manera que encontré de apostatar.
domingo, 3 de enero de 2010
Breve cronología ideológica
Cuando era niño era apolítico, luego fui ateo y me hice anarquista, después me hice comunista trotskista, después nihilista y, después de todo aquello, te besé en una parada de metro.
viernes, 1 de enero de 2010
Usar y tirar
Cojan el 2009 y arrúguenlo hasta hacer una pelota con él. Arrójenla lejos del escritorio. Un magma de papeles arrugados, desechados, olvidados en el suelo, en torno a la mesa de trabajo. Mucho papel y pocas musas. Mucho tiempo tirado a la basura. Mucho ruido y pocas nueces. Los cementerios siempre funcionan. Pongan una etiqueta al 2009 y llévenlo al depósito de cadáveres. Etiquetado y envasado por convención social. Todos los derechos reservados. El 2009 no existe, nosotros lo hemos creado, nosotros lo hemos vivido, lo hemos matado y olvidado, nosotros lo hemos impreso en los libros de Historia para poder recordarlo. No existe. Pero al menos funciona si crees en ello. El calendario es un placebo. Es algo como: se nos ha agotado el tiempo 100% puro, señor. No importa, dame un año adulterado. ¿Lo quiere bisiesto? No hace falta, pero me gustaría que acabe en cero. Como desee. Es una alucinación colectiva, una alucinación hecha de campanadas y alcohol, de deseos imprecisos sobre felicidad y prosperidad, pero en realidad no sucede nada, todo sigue igual, el tiempo avanza como un tanque, imparable, y alguien se gira en el escritorio, mira los mil y pico cadáveres putrefactos que se arremolinan en el suelo, que tiemblan en el suelo, que viven en las bibliotecas, en las hemerotecas y el papel de los periódicos se va haciendo cada vez más amarillo, pasan los días por encima de él, y no es la fecha impresa en portada, no es el año nuevo, no es el nacimiento de un 2010 de plástico, no es eso lo que nos confirma el paso del tiempo. Es el color amarillento, es el olor a polvo, es el silencio de una casa abandonada.
Porque el tiempo sólo es una forma de muerte.
Porque el tiempo sólo es una forma de muerte.
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domingo, 27 de diciembre de 2009
Mu
Cuando te veo, si es que te veo, si es que puedo llegar a verte, si es que no es más que una mirada como la de una vaca gigantesca que mira el tráfico de la carretera y no lo comprende ni lo intenta, y yo soy la vaca idiota y tú eres el tráfico y están mis ojos vacíos y están tus faros, entonces, cuando te veo, impido las palabras y sólo consigo mugir, un mugido susurrado a oído, un mugido como una caracola pegada a tu oreja, justo antes de que se le salga el mar por los bordes y el agua nos alcance, nos obligue a dejar de mirarnos, porque no lo he dicho, pero mientras yo te susurro tú también me miras, miras mi cuello y piensas en vampiros y en tendones, piensas en la proximidad de mi cuello y lo fácil que sería un mordisco, un cuello-galleta, crujiente, arenoso, y por un momento te olvidas de la boca-caracola que tienes en la oreja, mi boca, y mandas a tomar culo la inundación que se nos avecina, ignoras mi romántico mugido y te comes mi yugular como si fuéramos dos náufragos en una isla desierta o dos personas perdidas en una montaña imposible, en cualquier caso muertos de hambre, y yo, en respuesta, lucho por mi supervivencia enganchándome a tu pabellón auricular, a tu lóbulo entrecortado por los pelos de este lado de tu cabeza, y así empieza el canibalismo, así empieza el amor de dos animales heridos.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
2077
Mi abuelo materno murió antes de que yo naciera. De hecho, murió antes de saber siquiera que mi abuela estaba embarazada. Corría el año 2011, y hacía cosa de un mes que mi abuelo acababa de realizar el examen MIR, que era una especie de oposición que hacían los estudiantes de medicina al acabar la carrera por aquella época. Mi abuela, triste y sola, tuvo a mi madre, pero la dejó en adopción, cosa que yo no he sabido hasta hace un mes, cuando me contó todo esto mi abuelo adoptivo, José, días antes de morir en el Hospital de Enfermos Avanzados del Norte (HEAN). Me dijo, entre toses y esputos, que mi abuela era una mujer frágil, y que decidió en última instancia tener a mi madre para que siguiera algo de mi auténtico abuelo, cuyo nombre era Alberto, en este mundo. Mi madre, Esperanza, fue su único legado. Todo su patrimonio. Un bebé en pañales, un bebé como una bomba, como las cenizas arrastradas de un fénix atropellado, un fénix que cruza una mañana de febrero una calle imprecisa de Madrid, ¿adormecido?, ¿distraido?, ¿borracho?, ¿feliz?, un fénix o un abuelo muerto o un padre en ciernes, da igual, congelado hace 66 años, que no ve la furgoneta, no ve cómo su cuerpo se balancea violentamente por el aire hasta frenar con la columna vertebral en una farola, caer de cabeza y sé que él no lo ve pero yo lo veo, lo imagino, sin zapatos y sin gafas, sangrando ahí tirado en la acera, muriendo a la antigua, por accidente, y creyendo desde el instante en que flotaba en el aire que no había hecho nada de valor, que no había dejado nada, ni siquiera un mensaje que, por error, se había colado en el útero de mi abuela, un mensaje al mundo, la extensión de su vida, la sombra, el futuro que jamás vivió, nunca supo lo que pasó con aquello del cambio climático, y le da igual, ahí tirado, dispuesto a que no llegue la ambulancia, dispuesto a renunciar a que le salven la vida, ni siquiera por unos años más, creyendo que ahí acababa todo, que no había hecho nada importante, pero entonces aparezco yo aquí, 66 años después, congelado delante del informe del detective privado, leyendo su muerte, y veo un puente, veo un sentido, veo un exquisito haz de luz que atraviesa el tiempo, y creo que es triste pero también es bonito, yo estoy aquí, él está enterrado, y quién sabe, puede que yo sea la prueba de que su vida valió la pena, y pienso en mi madre, tan enferma, en mi abuela, tragando una caja de antidepresivos tras otra, pienso en José tosiendo un poquito más, siempre un poquito más, y me doy cuenta de que no lo sabemos, de que, a pesar de que lo negamos insistentemente, de que no podemos encontrarlo, la vida tiene sentido.
Pero, ¿y si me equivoco?
Pero, ¿y si me equivoco?
jueves, 10 de diciembre de 2009
Apetito
Tengo hambre. Aunque ya va siendo hora de dejar de mirarme el ombligo y empezar a mirar el tuyo. Pero, ¿qué sentido tiene cambiar un ombligo por otro? Porque es ombligocentrismo igual, al fin y al cabo, sustituir un poco el eje, y es seguir olvidando al antropocentrismo, al geocentrismo, al heliocentrismo, al nihilcentrismo. Es tu ombligo y sus circunstancias. Tu ombligo y sus pelusillas. Y es girar la cabeza hacia él y maravillarse. Decirte: cuánto ha avanzado la ciencia, mientras con delicadeza te quito una pelusilla roja de tu vientre, hago una bola, un punto rojo con ella, y la saco fuera de tu órbita. Pelusilla roja como tu vestido.
Es mejor que deje de pensar en el hambre que tengo y te deje hablar. Tú no me hablas de comida. Prefieres describirme, dibujarme con palabras. Y yo aquí, en la cama, mirándote, muriendo de hambre, te dejo que sigas. Es mejor así. Porque ahora tu ombligo es el centro del universo, de este universo que yo he desplazado hacia ti, eres el eje, la raíz, el big bang y el fin del mundo, y es cierto que yo exagero al pensarlo, al pensarte, porque no hay otra forma de hacerlo. Tenemos que exagerar. Qué ojos más bonitos tienes. Qué boca. Qué orejas. Qué culo. Qué etcétera. Y a pesar de que a veces se me olvidan las exclamaciones, tú estás atenta y me corriges. ¡Qué ojos! Y es entonces cuando entiendo que tengo que dejar esta farsa, este cuento, todas las exageraciones. Es cuando entiendo que esto está sucediendo de verdad. Que ahora el hambre no importa, y decido que me tengo que quitar el disfraz, que me tengo que desnudar para ti, sólo para ti, tengo que explicarte que me he comido a tu abuela y esperar que llores, que huyas de mí. Porque no soy más que un triste lobo hambriento.
Pero, sorprendentemente, tú no huyes. Te limitas a sonrojarte y no dices nada.
Eres una mentirosa.
Como si lo único que supieras hacer es ponerte roja, Caperucita.
Es mejor que deje de pensar en el hambre que tengo y te deje hablar. Tú no me hablas de comida. Prefieres describirme, dibujarme con palabras. Y yo aquí, en la cama, mirándote, muriendo de hambre, te dejo que sigas. Es mejor así. Porque ahora tu ombligo es el centro del universo, de este universo que yo he desplazado hacia ti, eres el eje, la raíz, el big bang y el fin del mundo, y es cierto que yo exagero al pensarlo, al pensarte, porque no hay otra forma de hacerlo. Tenemos que exagerar. Qué ojos más bonitos tienes. Qué boca. Qué orejas. Qué culo. Qué etcétera. Y a pesar de que a veces se me olvidan las exclamaciones, tú estás atenta y me corriges. ¡Qué ojos! Y es entonces cuando entiendo que tengo que dejar esta farsa, este cuento, todas las exageraciones. Es cuando entiendo que esto está sucediendo de verdad. Que ahora el hambre no importa, y decido que me tengo que quitar el disfraz, que me tengo que desnudar para ti, sólo para ti, tengo que explicarte que me he comido a tu abuela y esperar que llores, que huyas de mí. Porque no soy más que un triste lobo hambriento.
Pero, sorprendentemente, tú no huyes. Te limitas a sonrojarte y no dices nada.
Eres una mentirosa.
Como si lo único que supieras hacer es ponerte roja, Caperucita.
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domingo, 6 de diciembre de 2009
Don Nadie
Pero yo tengo la sensación de que es mentira. De que el tipo no para de engañarnos, o al menos de engañarse a sí mismo, lo cual nos llevaría a ser engañados por defecto, a participar del engaño primario y creerlo a pies juntillas como algo verdadero, 100% real, cuando no es más que una máscara, o un espejo a lo sumo, el tipo puede escribir: el mundo es en blanco y negro, y, entonces, acto seguido, todos desconfiamos de los colores, decimos: el fucsia no existe (y además es verdad, porque el fucsia no es otra cosa que un rosa mal hecho, un rosa excesivo), o que el azul no existe, o que el amarillo no existe, y lo reducimos todo a negro, blanco y gris. Ni siquiera nos planteamos la posibilidad de que sea ficción. ¿Y si el tipo no puede ver los colores? ¿Estamos siguiendo a un daltónico espiritual? Y si es así, ¿por qué? Yo no tengo la respuesta, pero aporto las preguntas, que ya es mucho más de lo que hacéis ahí, al otro lado, como borregos, borregos en blanco y negro siguiendo lo que dice un mindundi cualquiera como si fuera un faro, un faro plantado aquí como podría estar en cualquier otro lado, un faro absurdo, sobre todo, si tenemos en cuenta que más que iluminar se dedica a ensombrecer, obligando a los barcos a encallar uno tras otro en esta costa, un cementerio de barcos, un cementerio de rocas, un cementerio de borregos a sus pies. No sé quién se cree que es, él, subido a ese estrado que él mismo se ha construido, hablando con toda su petulancia y presuntuosidad, como un esnob de la palabra, niño pijo de las letras, don nadie de la mancha, chulo de párrafo barato, nos hace pensar en su desgracia sin que haya desgracia alguna, derrotista de palo, maldito escritor (que no escritor maldito, que es lo que ya le gustaría ser), prostituta de las frases hechas.
Se conforma con emborracharse y engañarnos, lleva años haciéndolo (since 2007), pero nosotros volvemos como polillas a la bombilla, hipnotizadas, revoloteamos y miramos su obra como si no fuera una bombilla en ciernes de fundirse. Sólo somos meros espectadores de la luz eléctrica, cuando lo que deberíamos hacer es unirnos y gritarle, gritar a la bombilla: sé sincera, deja de mentir, deja de fingir lo que no eres, lo que jamás serás, no eres el sol ni la luna, ni una estrella, ni mucho menos una galaxia cercana, porque sólo eres un filamento de wolframio incandescente y perecedero.
Porque eres tan mortal y patético como nosotras.
Suicídate de verdad, llora de verdad, sangra de verdad.
Nosotras estamos hartas de leerlo.
Se conforma con emborracharse y engañarnos, lleva años haciéndolo (since 2007), pero nosotros volvemos como polillas a la bombilla, hipnotizadas, revoloteamos y miramos su obra como si no fuera una bombilla en ciernes de fundirse. Sólo somos meros espectadores de la luz eléctrica, cuando lo que deberíamos hacer es unirnos y gritarle, gritar a la bombilla: sé sincera, deja de mentir, deja de fingir lo que no eres, lo que jamás serás, no eres el sol ni la luna, ni una estrella, ni mucho menos una galaxia cercana, porque sólo eres un filamento de wolframio incandescente y perecedero.
Porque eres tan mortal y patético como nosotras.
Suicídate de verdad, llora de verdad, sangra de verdad.
Nosotras estamos hartas de leerlo.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Fénix
Por el amor de Dios, que alguien me detenga. No debería estar aquí, planeando un regreso triunfal, como si yo pudiera siquiera regresar. Como si pudiera ser triunfal algo así. ¿Regresar de dónde? ¿Regresar a qué? Que alguien me llame por teléfono, por favor, y me diga: sal de ahí inmediatamente. ¿No te das cuenta de que eso no lleva a ningún sitio? Escribir es como alimentar un monstruo. Cada palabra es una cucharada de papilla introducida a presión en su boca, que rebosa papilla como la de un bebé feo y gordo. Escribir es cebar al monstruo. Una cucharada por papá. Otra por papá. Y otra. Y otra. Egocentrismo puro. El monstruo engorda gracias a su padre. Aunque en realidad no es más que el desagradable reflejo de su propio padre.
Pero cuánta incontinencia tengo. Y qué desagradable es todo esto, este volver a mi descampado cubierto de jeringuillas usadas, mi descampado asolado al que de vez en cuando algún curioso se asoma y entonces se asusta, grita de terror al ver al monstruo que yo mismo amamanto en mis ratos libres, el monstruo en todo su esplendor y decadencia, solo, muy solo en mitad de la explanada, e incapaz de moverse de ahí de lo gordo que está el cabrón. Y no lo sé, pero quizás el monstruo, mi escritura, ha muerto. Y en ese caso yo sería el padre de un enorme hijo muerto al que someto a esta respiración asistida, a esta papilla que ya no puede tragar y que tengo que inyectársela en vena. Porque hay algo de necesidad aquí. Esa clase de necesidad que te empuja a encenderte otro cigarrillo, a beber una copa de más, a pensar de nuevo en aquella persona que no piensa en ti. Es esa necesidad que te lleva a la sobredosis. La que después, cuando ya la has complacido, cuando ya has cedido a esa nostalgia que tienen todas las adicciones, produce tanto remordimiento.
Para de un vez, detente, debería decirme alguien, ahora mismo, sólo para que yo sepa que no puedo parar.
¿Regresar? Eso estoy haciendo. Porque quería dejar morir de inanición a este monstruo. Quería salir de este lugar desolado y dejarlo abandonado, como un museo del horror. Al igual que un campo de concentración nazi con visita guiada. Pasen y vean, este es mi Auschwitz. Esta es mi cámara de gas. Deberían sacarle fotos. Hablo en serio. Es lo mejor que tengo que enseñarles.
Pero cuánta incontinencia tengo. Y qué desagradable es todo esto, este volver a mi descampado cubierto de jeringuillas usadas, mi descampado asolado al que de vez en cuando algún curioso se asoma y entonces se asusta, grita de terror al ver al monstruo que yo mismo amamanto en mis ratos libres, el monstruo en todo su esplendor y decadencia, solo, muy solo en mitad de la explanada, e incapaz de moverse de ahí de lo gordo que está el cabrón. Y no lo sé, pero quizás el monstruo, mi escritura, ha muerto. Y en ese caso yo sería el padre de un enorme hijo muerto al que someto a esta respiración asistida, a esta papilla que ya no puede tragar y que tengo que inyectársela en vena. Porque hay algo de necesidad aquí. Esa clase de necesidad que te empuja a encenderte otro cigarrillo, a beber una copa de más, a pensar de nuevo en aquella persona que no piensa en ti. Es esa necesidad que te lleva a la sobredosis. La que después, cuando ya la has complacido, cuando ya has cedido a esa nostalgia que tienen todas las adicciones, produce tanto remordimiento.
Para de un vez, detente, debería decirme alguien, ahora mismo, sólo para que yo sepa que no puedo parar.
¿Regresar? Eso estoy haciendo. Porque quería dejar morir de inanición a este monstruo. Quería salir de este lugar desolado y dejarlo abandonado, como un museo del horror. Al igual que un campo de concentración nazi con visita guiada. Pasen y vean, este es mi Auschwitz. Esta es mi cámara de gas. Deberían sacarle fotos. Hablo en serio. Es lo mejor que tengo que enseñarles.
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