lunes, 8 de diciembre de 2014

DEP

No quiero que tengáis esperanza. 
Quiero que perdáis lo último que se pierde antes de que perdáis todo lo demás. 
Prended fuego a la imaginación. Pegadle un tiro en la nuca a la ilusión. Caminad sin mirar hacia el horizonte. Sin destino, salvo por el peaje obligatorio antes de subir a la barca de Caronte. 
No importa cómo, cuándo ni por qué, pero llegará ese momento en que lo mejor que uno puede hacer es descomponerse. Ese momento en que los que quedan (si es que queda alguien, claro está) pagan dinero para que te maquillen y metan en una bonita caja barnizada, pagan porque salga tu nombre en el periódico, pagan dinero por unas flores que no puedes ver, pagan a un clérigo que no te conoce de nada para que hable de ti, pagan al mismo clérigo para que hable de cosas inventadas en el mismo ritual, para que amenace con esas cosas inventadas a todos aquellos que no obedezcan sus reglas inventadas. 
Por eso también quiero que perdáis el miedo.
Pero no el miedo a morir: no me atrevería a pediros tal cosa. Lo que quiero que perdáis es el miedo al infierno, el miedo a lo que habrá detrás de la puerta. Quiero que miréis a vuestro alrededor y que hagáis lo que os parezca correcto, pero no porque haya alguien que os vaya a castigar. No quiero que ser buena persona os resulte algo tan sencillo como obedecer, quiero que os comportéis como buenas personas si es que de verdad lo sois. Quiero que sea tan difícil como tomar una decisión sin coacción alguna. Quiero que demostréis vuestro verdadero rostro. 
Y por eso quiero que perdáis la esperanza: la esperanza en el más allá, la esperanza en una recompensa. Por eso quiero que queméis la imaginación, que dejéis de inventaros paraísos, vírgenes y querubines; por eso quiero que asesinéis a la ilusión. 
Para que así dejéis de fingir de una puta vez. 
Y así podamos, de una vez por todas, descansar en paz. 

jueves, 21 de agosto de 2014

Monos mentirosos

Nos gustan las mentiras. Tomamos café descafeinado con leche desnatada sin lactosa. Fumamos cigarrillos electrónicos y exhalamos el vapor con convicción. Hemos creado realidades virtuales lo suficientemente ricas y variadas como para que no tengamos que preocuparnos por vivir lo real. Compramos plantas de plástico en tiestos de plástico para decorar nuestros hogares. Nos damos rayos UVA para fingir que hemos tomado el sol. Hacemos kilómetros en bicicletas estáticas. Miramos hacia la vida a través de pantallas: de televisión, de ordenador, de móvil. Lloramos y reímos por historias inventadas. Bebemos alcohol hasta alterar nuestra percepción del mundo. Creemos en las mentiras que otros escribieron hace miles de años en libros que ahora son considerados sagrados. Hemos llegado hasta este momento de la evolución en el que vamos al supermercado a por los plátanos. Hemos acabado con el concepto de la naturaleza como proveedor: la leche aparece directamente al abrir el Tetra Brik. Hemos roto la cadena, hemos separado a la vaca de su producto. Lo hemos envasado y etiquetado, lo hemos hecho más aséptico, lo hemos apilado en cajas, le hemos puesto un precio. Compramos mentiras, consumimos mentiras. Estamos en ese momento de la evolución en el que hemos cambiado las reglas de la lucha por la supervivencia, ahora el que mejor está adaptado al medio es el que tiene más dinero. Nos gusta el dinero porque es la mayor mentira de todas. La mentira con la que obtenemos todas las demás mentiras. Rendimiento. Cuota. Neto. Interés. Bruto. Deducción. Inversión. Prima. Conceptos inventados para vidas inventadas por monos lo demasiado inteligentes como para soportar el aburrimiento del medio natural. Hace mucho tiempo, empezamos por prenderle fuego a las cosas. Al tiempo creamos los bomberos para cubrir una necesidad que no existía hasta que nosotros la inventamos. Mentira tras mentira, palada tras palada, hasta llegar a la cima de este montículo de estiércol que no es más que la historia de la humanidad. Somos un montón de monos mentirosos que cuando duermen sueñan con androides que sueñan con ovejas eléctricas. La putada vendrá cuando toque despertar. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Vacaciones

Para cuando el malvado Urnok había robado el orbe de titanio del templo galáctico yo, Alberto Berjón García, estaba sentado frente a un microscopio óptico leyendo los datos del volante de petición de una biopsia renal. Urnok planeaba utilizar el poder del orbe para destruir el Universo conocido y, lamentablemente, dado que yo estaba ocupado haciendo mi trabajo, no apareció ningún héroe imaginario a tiempo para impedir que se hiciera con él. Los héroes sólo aparecen cuando uno los inventa. Cuando Urnok llegó a su guarida secreta en el asteroide Todavía-Sin-Nombre (nombre provisional hasta que se me ocurra otro mejor) yo estaba decidiendo si los glomérulos de la biopsia de marras tenían una proliferación endocapilar y no tenía tiempo para crear un fenómeno cósmico que hiciera que la nave de Urnok se estrellara en un sistema planetario inexplorado. Así es como el malvado Urnok llegó hasta sus aposentos, sacó el orbe entre sus garras y se sorprendió de que su malvado plan hubiera salido tan bien. No había tenido ni el más mínimo contratiempo y ahora, por fin, disponía del orbe de titanio para sí. Urnok sufrió entonces una crisis de ansiedad porque él sólo había planeado hacerse con el orbe, pero no tenía ni idea de cómo utilizarlo. De hecho, creía tan improbable que acabara llevando su malvado plan a la perfección, que jamás creyó que llegaría a estar en esa situación y no había investigado cómo usar el cacharro ese. Cómo un ser perverso como Urnok iba a decirle a sus estúpidos súbditos que ahora no sabía que hacer, que había puesto en peligro sus vidas para luego no destruir el universo; él, el mismísimo Urnok, cómo iba a decirles que todo había salido según lo planeado y que lo único que han logrado es esta absurda bola de titanio. Mientras yo llegaba al diagnóstico de una glomerulonefritis postinfecciosa debido a la presencia de depósitos subepiteliales junto con la, ahora sí, definitiva proliferación endocapilar que ocluye las luces vasculares del ovillo glomerular, sumado eso a la clínica del paciente, con su hematuria y su amigdalitis dos semanas antes y bueno, que no quiero enrollarme con este asunto, mientras yo concluía que aquello era así y daba por cerrado el caso, un tal Urnok se escabullía de su guarida secreta, orbe en mano, en busca de alguien, quien sea, dispuesto a pararle los pies. Entonces yo decidí que era un buen momento para descansar un poco y tomar un café, y mientras removía el azúcar con la cucharilla empecé a imaginarme en el asteroide Todavía-Sin-Nombre, montado sobre un robot militar de infantería, cortando el paso al malvado Urnok, que nunca se había alegrado tanto de verme, y que me dice desesperado que ya era hora de que apareciera alguien, que ha estado a punto de destruir el Universo conocido y que menos mal que he llegado porque eso tiene mala solución. Yo le respondo que uno hace lo que puede. El tipo, aliviado, se rinde y me entrega el orbe. Lo contemplo absorto y pienso que ahora tengo en mis manos el mayor poder del Universo conocido. Sin embargo, alguien del trabajo me interrumpe y me pregunta si me voy a tomar el café algún día o si pienso quedarme ahí dándole vueltas a la cucharilla para siempre. Sonrío y le respondo que ojalá pudiera. Me sonríe de vuelta de manera incómoda. No debe ser la respuesta que esperaba. No me importa. Me voy. Ahora que empiezo las vacaciones tendré tiempo para encontrar un lugar seguro en el que guardar el orbe. El café cae sin sujeción alguna y se derrama por el suelo. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Borrachos

Los chicos estaban borrachos. Era la única forma de soportarlo, como entenderás. ¿El qué, dices? ¿Soportar el qué? Pues qué va a ser: la vida. La vida es eso que hace que nosotros, monos evolucionados, mazacotes de carne recubiertos de pelo, pequeños acúmulos de átomos sobre la Tierra, a veces, cuando estamos solos, nos quedemos en silencio y nos demos cuenta de que podemos meter la mano en esta bolsa gigantesca que es la existencia y moverla con horror hacia todos lados sin encontrar nada, y no nada que merezca la pena sino simplemente nada. Y es entonces cuando nos conformaríamos en esos momentos con cualquier cosa, con un poco de algo, porque cualquier miseria nos vale para creer que hay algo después de esta bella alucinación, sea lo que sea, signifique lo que signifique este gratuito y absurdo periodo de lucidez. Así es: por eso los chicos estaban borrachos. Era verano, eran adolescentes y sus únicas alternativas eran el botellón o la alienación que conocemos como realidad. Qué iban hacer si no, ¿llorar? O lo que es peor, ¿escribir? No hacen falta más lágrimas ni más poemas en este planeta. Aunque bien es cierto que el hecho de que no hagan falta no quita que nos guste mucho exprimirnos a nosotros mismos, así hasta dejar bien documentado nuestro camino, con este rastro de babas que es al final la biografía: rastro de babas y lágrimas, de semen, de sudor y también, por qué no, de poemas, de esos que se salen y se mueren fuera de uno, sobre el papel como sangre seca, poemas abandonados en el pasado como mudas de la piel de una serpiente que se arrastra y se aleja hacia la muerte. Por tanto, era mejor de esta manera. Mejor no saber por qué, mejor beber hasta caer en la inconsciencia y alejarse de un futuro que a los chiquillos sólo promete retos que superar, desafíos que aparecen uno tras otro sin parar, correr meta tras meta sin saber para qué, ser adulto en definitiva: fingir que todo es importante y fundamental. Es mejor que beban y que cuando vean unas luces y unas sirenas se pregunten si tendrán que huir porque se trata de la policía o si tienen que empezar a mirar a su alrededor a ver si es que a alguien le ha dado un chungo y está en coma etílico o algo así. Es mejor eso que vivir y tener que soportar lo que a uno se le viene encima: universidad, trabajo, facturas, impuestos, nómina, cartilla del paro. Es mejor beber sin parar que responder a la pregunta: ¿dónde te ves dentro de 10 años? Porque la vida mejora después de vomitar todo el whisky del mundo. O al menos yo te habría dicho algo así hace unos 10 años. Cuando no respondí a la pregunta por miedo a acertar. Porque creí que dentro de 10 años estaría muerto. Parece que no es lo mío eso de adivinar. 

lunes, 21 de julio de 2014

28

¿Qué nos queda por hacer? A veces es suficiente con encogerse de hombros y decir: no lo sé. Siempre es mejor eso que decir: nada, no tenemos nada más que hacer, y acto seguido apagar las luces y dejarlo todo con un golpe seco, un taburete que cae al suelo y el cuello cruje, la soga se tensa y aparece un punto final en el extremo, donde el pie se estremece en un espasmo de despedida. ¿Qué puedo hacer antes de volverme demasiado viejo? A veces basta con hacer algo. Lo que sea. Mejor que quedarse quieto esperando que el polvo se deposite sobre uno, lentamente, y así hasta fosilizarse esperando lo inevitable. Mejor es sacudirse la tierra de encima y comenzar a caminar, aunque no sepamos cuál es el destino, aunque nunca lleguemos a ningún lado. Aunque los mentirosos nos digan que saben hacia dónde vamos todos. Mejor es sacudirse el polvo de encima, quitarse las telarañas y gritar por la ventana. Por lo menos hasta que alguien llame a la policía. Mejor es coger y decir a alguien al azar: vete a tomar por culo. Y así empezar una pelea. Mejor es plantar un libro, escribir en un árbol y no tener hijos. Aunque la versión clásica tiene también su encanto, salvo por lo de los hijos. Mejor es celebrar tu cumpleaños que quedarte mirando por la ventana pensando en la mejor forma de parar el tiempo. Mejor es agarrarse una borrachera y vomitar y acabar con una resaca de espanto. Mejor que esperar en silencio que algo suene. O que algo explote. Mejor es ser como un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Mejor que nada. Porque para no ser nada siempre tendremos tiempo. Para no ser nadie siempre hay plazas vacantes. Siempre hay tijeras para cortar los hilos. Como dice la de la guadaña: siempre es buen momento para ponerse a cosechar. Así que saludad a la cámara y decid: hola mamá hola papá mirad salgo en la tele un saludo besos os quiero. Antes de saltar por el trampolín. Antes de que sea demasiado tarde para alguno de vosotros. Te pueden decir: hay cosas que sólo pasan una vez en la vida. Pero en realidad todas las cosas pasan sólo una vez. Así que ríe antes de que te quedes sin voz, sueña antes de que se apague la imaginación, baila antes de que no se te muevan las piernas, sangra antes de que se te pare el corazón. ¿Que qué nos queda por hacer? Y yo qué sé. 

jueves, 5 de junio de 2014

Memorándum

Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé cayó de mis dedos con la convicción y el tesón propio del abandono definitivo, del acto digno, de la decisión sensata que se cumplía por fin; me gusta creer en ese final y en lo que el recuerdo ha dulcificado, haciéndome creer que la última calada supo a renuncia y a despedida, a la tristeza absurda del "cuánto voy a echar de menos esto que me mata poco a poco". Me gusta visualizarme en la parada del bus exhalando el último aliento azulado como quien deja atrás grandes hazañas; siendo el viajero que mira desde el globo la superficie terrestre y suelta lastre para elevarse más y más, el marinero que desata el amarre y se deja llevar mar adentro hasta perder de vista la costa, y yo ahí de pie, dejando caer el cigarrillo al suelo y esta vez ni me molesto en pisarlo, observando desde una indiferencia fingida cómo la china se consume, cómo la pequeña brasa llega al filtro anaranjado y humea desde el asfalto dando una última señal, una despedida, un adiós silencioso en medio del tráfico, antes de convertirse en ceniza, polvo somos, la llama apagada que queda atrás cuando subo al bus y no paro de decirme a mí mismo que no voy a volver a fumar nunca más, que ya está bien de dar dinero a esos hijos de puta que se enriquecen vendiendo veneno adictivo, que ya está bien de flemas y toses, de que a mi novia le huela mal, de que esto, de que aquello, que ya vale, y pienso en todo eso porque esta vez la decisión, pese a lo que diga mi recuerdo, no fue algo racional, fue un arrechucho que me dio, un qué sé yo, un a tomar por culo, voy a dar un volantazo y voy a irme a la cuneta, o quizás más bien un voy a dar un volantazo y voy a volver a la carretera, a ver qué tal se ve la vida desde aquí, y claro, uno toma una decisión de forma emocional y después se las tiene que ver con el cerebro, con el voy a justificarme esto que he hecho, que sí, que me gustaba fumar, pero algo habrá que decir, aunque sea a uno mismo, aunque sea una nota a pie de página, una fe de erratas o un "lo hice por dinero" (que es una explicación que vale para todo lo que hagas en esta vida menos para lo que merece la pena), y así es como me iba justificando la situación en la que me había metido de una forma tan poco planificada. Nadie sabía qué había que hacer después de la revolución. Así es como se escribe la Historia. Pero ahora, tiempo sedimentado después, ya fosilizado el recuerdo, su extracción es segura. Podemos embellecer el fósil, pulirlo, ponerlo en una vitrina, escribir una plaquita explicativa: "Momento romántico en que dejé de fumar, 2 de agosto de 2013". El autobús se aleja del cigarrillo que deja su último estertor en el aire mientras suena música de violines. Fundido en negro. Títulos de crédito. La gente sale de la sala comentando que ha visto recuerdos mejores. Un tipo espera sentado a que acaben los créditos. Quizás sea yo, solo delante de mis recuerdos. Cuando parece que la historia se acaba, que eso es todo, que dejé de fumar de aquella forma tan emocional y que lo he superado, aparece otro fósil. Más feo, pero igual de real. Me gusta pensar que el último cigarrillo que fumé fue aquel de la parada de autobús. Pero resulta que un día después de aquello acudí al cenicero a por los restos de una colilla y me fumé desesperado lo poco que le quedaba. Tocando fondo. La placa reza aquí: "Momento real en que dejé de fumar, 3 de agosto de 2013". Me gusta recordarme como ese tipo que deja de fumar de esa forma impulsiva y lacónica. Porque yo soy ese tipo. Pero a veces se me olvida que también soy el que regresó derrotado al cenicero el día siguiente. Y es que uno no puede fiarse ni siquiera de sus propios recuerdos. Así que tened cuidado con los recuerdos, no os vayan a joder la realidad. Y viceversa. No lo olvidéis. Esa debe de ser la moraleja. 

sábado, 24 de mayo de 2014

Fe

No creo en tu dios.
No creo en las naciones.
No creo en el fútbol.
No creo en la vida después de la muerte.
No creo en la salida a la crisis.
No creo en el dinero.
No creo en la guerra.
No creo en la libertad.
No creo en la política. 
No creo en la televisión.
No creo en la literatura.
No creo en Internet.
No creo en el sexo.
No creo en las drogas.
No creo en el rock 'n' roll.
Y lo que es peor, 
a veces 
ni siquiera creo en lo que escribo.

sábado, 26 de abril de 2014

Garabato

Hay una gigantesca bola incandescente flotando a millones kilómetros de otra bola, más fría y no tan grande, que orbita junto con otras cuantas en torno a la que está caliente. En algún sitio de la superficie de la bola que orbita, un niño coge sus lápices de colores y dibuja un garabato en el papel. A la pregunta de sus padres, dice que lo que ha dibujado es un león. Diez minutos después dirá que es un coche. A los padres no les importa la obvia incoherencia del crío, ni la falta de realismo del trazo. Asumen que para tener año y medio la criatura hace lo suficiente y que desarrolla sus habilidades motrices de forma adecuada, cogiendo el lápiz torpemente y moviéndolo sobre el papel como un cocinero remueve con una cuchara de palo el guiso que sea. Como supongo que ya sabéis, lo de las bolas que giran alrededor de la bola ardiente se llama Sistema Solar. Pero eso no es todo, el Sistema Solar es muy pequeñito comparado con todo lo demás. Es un minúsculo sistema planetario. Los fotones que el Sol emite bañan el vacío antes de posarse sobre el capó del coche en el que un tipo espera que el semáforo se ponga en verde mientras se mete el dedo en la nariz. También penetran y calientan la piel de unos amigos que toman el sol en una playa cuyo nombre fue inventado hace 458 años. Uno de ellos coleccionará suficientes mutaciones en sus células como para desarrollar un melanoma dentro de 11 años. Pero eso no tiene la menor relevancia cósmica. El Sistema Solar es una parte pequeña de nuestra galaxia, y nuestra galaxia es una más de muchas que componen el todo. Galaxias que están ahora mismo separándose o chocando unas con otras cada vez más deprisa. En una carrera aparentemente estúpida a ver quién llega antes a los límites de la nada. La culpa es de la física. Un hombre mira por el telescopio y anota unas coordenadas. Hace eso periódicamente. Luego coge esos datos y se pone a hacer cálculos con ellos, de esos que se hacen con el gesto serio, con la frente apoyada en la mano que no sujeta el boli. Al tipo algo no le cuadra hasta que, de pronto, una noche se despierta de madrugada y pone los ojos como platos. Acaba de entender que el Universo se expande, acaba de entender que es que es así. Si tan sólo pudiera sacar la mano por fuera de la ventanilla de esta galaxia, y notar el polvo cósmico sobre la piel, cada vez más deprisa. Un hombre de mediana edad friega los platos con el tedio que la actividad se merece. En ese instante tú lees esto ahora mismo. Puedes decidir que es lo suficiente aburrido y pretencioso como para no merecer la pena que le prestes más atención y encender la televisión. Hazlo y no cambiará nada. Una mosca se golpea contra el cristal de una ventana de forma obsesiva. Sólo puedo imaginarme con claridad lo que está sucediendo en este planeta. Aunque podría inventar cosas sobre algún otro. Algo como: El viento mueve la arena de la superficie de Marte (ni siquiera sé si hay viento en Marte). Pero a quién quiero engañar: no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Me da que si me pongo a escribir no voy a lograr decir nada coherente. Agarrar un boli y frotarlo contra el papel en blanco, removiendo el guiso de la existencia. Sólo sé que este garabato no es un león, mamá. La galaxia de Andrómeda es la que nos pilla más cerca y aún así está en el quinto pino. En este preciso instante un montón de gente está muriendo. Bien mirado, aunque hoy no se me ocurra nada sobre lo que escribir, me puedo considerar afortunado. 

lunes, 21 de abril de 2014

Dendrocronología

Cierra los ojos. Pide un deseo y sopla, sopla con todas tus fuerzas. Pero no lo digas en voz alta, que entonces no se cumplirá. Es mucho mejor que tus deseos sean secretos. Para que si no se cumplen no puedas recriminárselo a nadie, no vaya a ser que haya testigos que hayan asistido al dichoso cumpleaños. Es preciso que tus deseos sean sepultados y olvidados. Que no haya hojas de reclamaciones disponibles, que no haya nadie a quien culpar. La moraleja es que aquí el único responsable de tu fracaso eres tú. Pero no te preocupes, aprenderás a poner la mente en blanco cuando haya que cerrar los ojos y formular un deseo. Mira: una estrella fugaz, otra decepción. Aprenderás a dejar de soplar las velas y a mirar al suelo por las noches. Hay quien llama a eso madurar. 
Relees el currículum. Tras muchos años de estudio, Alberto acabó por fin su carrera de chiribiri y se especializó en zis-zas. A pesar de los inconvenientes, logró abrirse paso en el mundo del tristrás. Entre tanto se dedica al chacachá y compagina este trabajo con su pasión por el guiriguero. Así planteado, tú lo ves y piensas: este tipo es un triunfador. Ha logrado todo lo que se ha propuesto. Aparece la foto del tipo pensativo, mirando hacia el infinito o mirando hacia el objetivo de la cámara, todo él serio, con su pose trascendente y parece que no queda nada más que añadir. Pero lo que no aparece, lo que asoma al rascar un poco la imagen del hombre, lo que aparece entre las líneas de una trayectoria vital trufada de presuntos éxitos, es la sombra del juguete que nunca tuvo, la resurrección del abuelo que nunca ocurrió, la silueta de la chica que jamás se fijó en él. Porque detrás de cada persona se extiende un enorme cementerio de deseos: secos, ajados, cuarteados, arrugados, amarilleados, enmohecidos, chuchurridos. Un montón de cadáveres de lo que nunca ha sido. Los puedes ver si entornas un poco los ojos, están ahí, justo detrás del blanqueador dental, detrás del tinte del pelo o de las vacaciones a Benidorm del año pasado. Cuando talas una persona, aparecen como anillos concéntricos, uno dentro de otro, incrustados año tras año, cada vez más profundos, cada vez más clavados, cada vez más antiguos, más ahogados y difíciles de entender. El auténtico currículum vitae. Si escuchas, por debajo del latido del corazón está el murmullo subconsciente de algo muy antiguo, algo que sabe a Plastidecor y mocos, algo que pica como costras secas en las rodillas y que suena como el mar dentro de una caracola. Algo muy triste y nuclear. Algo que merece la pena escuchar. Presten atención. 

jueves, 17 de abril de 2014

:)

"Jajaja." Esa fue su respuesta y no habría tenido la menor trascendencia.  Porque qué va a contestar quien sea si me hago el gracioso, si aprovecho mi ingenio para hacer alguna puntualización jocosa o con la ligera intención de elevar suavemente la comisura de los labios. La sonrisa más tenue en el lenguaje aséptico del chat frecuentemente se traduce por la onomatopeya de una carcajada o en su defecto por el icono de una cara sonriente. A veces, incluso, la persona escribe "jajaja" con el rictus completamente serio e imperturbable. Dicha disociación es harto frecuente y no parece afectar por el momento a las relaciones personales, dado que fuera de las telecomunicaciones escritas sigue existiendo la carcajada, la risa y la sonrisa silenciosa. Sin embargo, no conocemos todavía los efectos de toda esta contención emocional a largo plazo. Tras generaciones de personas educadas a la luz de su pantalla táctil, personas con cuenta de Facebook antes que DNI, personas que vivirán como normal escribir "jajajaja" con los labios apretados y rígidos y el ceño fruncido, personas de carcajadas transcritas con la frialdad de un cirujano, porque las risas escritas suelen ser, en fin, reflexionadas, y a veces no son más que una mera formalidad, la única forma de engrasar la conversación, son la respuesta cuando no queda nada más que decir, el punto y final de una charla que hacía tiempo que existía única y exclusivamente por culpa de la inercia, y en verdad es natural que el lenguaje evolucione tras unas cuantas generaciones de personas que se rían en silencio con la mirada fija en una pantalla, y es posible que después de todo eso no nos quede otra forma de expresar nuestras emociones que con un emoticono apropiado, y así es cómo me di cuenta de que en realidad no importa que haya un poco de ficción en la matemática informática del chat. Porque a fin de cuentas qué importa que el "jajaja" no se corresponda con alguien con los ojos cerrados, la nariz levantada y la boca abierta sin control y pronunciando el estruendo inconfundible de la alegría. Da igual porque el efecto es el mismo, la magia está en que es una mentira consentida y compartida. No importa que el interlocutor esté sentado en el váter concentrado en su fisiología. Tú lees "jajaja" y la imaginación pone todo lo demás. Pero ella respondió "Jajaja." y eso lo cambió todo. No habría tenido la menor trascendencia de no ser por el signo de puntuación. Un punto. Un punto quiere decir que sé que estoy escribiendo, que soy consciente de cada tecla que pulso. Que no me estoy riendo. Que te estoy escribiendo "jajaja" como quien añade un ítem a la lista de la compra. Es una declaración soterrada: sé que me tengo que reír y lo estoy haciendo y tú sabes que esto es así por una convención que hemos creado de forma tan natural en este medio artificial. Un tomatazo al actor principal. Alguien señala y dice que el rey no lleva puesto ningún traje, que está desnudo. Escribo dos puntos y cierro paréntesis. Cae el telón.