Siglo XXI

sábado, 31 de diciembre de 2011

La putada es que habrá supervivientes. No te preocupes, que yo sé hacer la marcha atrás. Un espermatozoide en la trompa de Falopio. Neil Armstrong se pasea por la luna. El milagro de la vida. Los vómitos. La gonadotropina coriónica. Cariño, estoy embarazada. Sopesar inmediatamente los pros y contras del aborto. Sentirte un poco más monstruoso tras haber encontrado más pros. Decir, por si las moscas: ¿y qué has pensado hacer? El rayo. El silencio antes del trueno. La indignación consecuencia de que se te haya pasado por la cabeza la posibilidad de asesinarlo. Los reproches. El distanciamiento. La separación sentimental. Los antojos. 9 meses. La cesárea. El niño. La placenta. La sangre. La llamada de teléfono. Es tu hijo, deberías venir a verlo. Comprobar que él a ti no te ve. ¿Cómo se llama? Hiroshima. Nagasaki. Fukushima. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Sonajeros. Lactancia materna. Potitos sin gluten. El juez. El régimen de visitas. La pensión alimenticia. El paro. El alcohol. Los vómitos. Las resacas. La aurora boreal. Perder la esperanza. Leer el periódico. Poemas sobre el fin del mundo. La crisis económica como metáfora. Ciudades que son campos de concentración. Dios ha muerto y vamos a encontrar al responsable jugando al Cluedo. Hay gente en el mundo que muere de hambre. Hay gente en el mundo que en Nochevieja se va de cotillón. Ten cuidado con lo que deseas. La pobreza y el hambre en el mundo pueden desaparecer, sí, pero eso será cuando nos hayamos exterminado. Todo se va a la mierda. El problema es que lo hace a una velocidad desesperantemente lenta. Como si la vida fuera una ducha con demasiados pelos en el desagüe. Recordamos mejor los nombres de las desgracias. Aunque ésta todavía no tiene nombre propio. Imaginar el futuro. Imaginar a tu hijo en ese futuro. Tener miedo de explicar cómo te lo imaginas: piensas que quizás así no se haga realidad. Moscas. Barricadas. Escombros. Perros vagabundos. Pisos abandonados. Habrá supervivientes. Todos los hombres mueren, pero algunos tienen peor suerte. Ahora follo siempre con condón.

Pa-ta-ta

domingo, 20 de noviembre de 2011

Salta un flash. Acto seguido, las fotografías vuelan por los aires. Si alguien tuviera tiempo de ponerse a contarlas, vería que hay 24. Como un carrete de fotos. Apenas queda gente que use carretes. Ahora se utiliza de forma mayoritaria el formato digital. La ventaja es que así no ocupas espacio. Interminables álbumes de fotos se acumulan en las estanterías de tantos hogares, ocupando un espacio físico, real, gritándonos desde cada rincón: aquí no cabe ni un recuerdo más. Bautizos, vacaciones, bodas, cumpleaños y demás eventos documentados al detalle se acumulan día tras día por todo el mundo. La desventaja de lo digital es que es menos trascendente, más olvidable, desechable: el potencial de realizar fotos infinitas convierte el momento de apretar el gatillo en un acto sin importancia, al instante sabes si hace falta repetir la toma. Además, el hecho de acumular fotos en formato digital en un disco duro hace todo ello más susceptible a un error en la copia de seguridad, a las telarañas de las carpetas que nunca más vuelves a abrir. Pero en este caso las fotografías existen, tienen su lugar en la escena, y acaban su corto trayecto aéreo desperdigadas por doquier: hay sobre el limpiaparabrisas, sobre el capó, en la acera y también en el asfalto, una de ellas muy próxima al pie que ha acabado descalzo. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

Según sale de la tienda, Ramón tiene el impulso, movido por la curiosidad morbosa, de abrir el sobre mientras camina y descubrir de una vez por todas de qué son las fotos. ¿Serán fotos de unas vacaciones? ¿De una boda? ¿De una actuación musical? ¿De una pareja? ¿De una familia? ¿De un grupo de amigos? ¿Verá monumentos? ¿Caras de felicidad? ¿Cuerpos desnudos? Para cuando saca el fajo de 24 fotografías y ve la primera, ya es demasiado tarde.

Entre una alcantarilla y una colilla pisoteada. Ramón dobla la espalda, mira el carrete perdido en medio de la acera, y lo coge. Su cara es seria, pero al poco se torna en una sonrisa pícara. Eso, probablemente, signifique que ha tenido una idea. Justo en la acera de en frente hay una tienda de fotografía. Ramón entra en la tienda con el carrete perdido. El carrete, la tienda: parece una señal. O una trampa.

Es él. El tipo que está sentado en el metro, en la primera foto. Es él el de la segunda, tomando una caña con una amiga en una terraza del centro. Y el de la tercera, mirando un escaparate en el que un maniquí pétreo le devuelve la mirada congelada. Y el de la cuarta, la quinta, la sexta. Ramón camina mientras va pasando una foto tras otra, estupefacto. Él es el protagonista de todas ellas. La pregunta asoma la cabeza inmediatamente. ¿Quién le sacó esas fotos? Y lo que es más importante, ¿por qué? Según va viendo imágenes de su vida cotidiana (reconoce la oficina, el parque del Retiro, la puerta de su bloque de pisos o el supermercado) la estupefacción se transforma progresivamente en miedo. No pudo ser una casualidad que él encontrara ese preciso carrete. Todo estaba planeado de antemano.

Cruza un paso de peatones cuando llega a la última foto. Es él, boquiabierto, mirando a la cámara, con un fajo de fotos en la mano, quieto en medio de un paso de peatones. Es él el que acto seguido se detiene, levanta la vista de la foto, mira al frente. Abre la boca cuando lo ve: la cámara, el hombre al que le tapa la cara. Salta un flash. Después suena un golpe seco, un frenazo. No ha visto el coche aproximarse. Las fotografías saltan por los aires. Un hombre corre hacia el lugar de los hechos y de fondo se escucha gritar a una mujer.

Frankenstein

martes, 1 de noviembre de 2011

Leo igual que visito un cementerio. Con esa mezcla de desesperación, melancolía y podredumbre. Leo con la arrogancia del que todavía está vivo y puede decir que está vivo y que tiene miedo a morir. Y qué sabrás tú de morir, me responden bajo tierra. Tú sólo sabes de ver morir y eso es como saber de sexo por haber visto mucha pornografía.
Leo lo que he escrito y es como pasear por el mausoleo del ego. Nichos llenos de pedazos de mí, literatura muerta: estupideces momificadas, jeroglíficos sobre mis problemas de mierda. La Piedra Rosetta de mi vida: no tiene el más mínimo interés pero tiene mucho estilo, según los arqueólogos. "Su falta de trascendencia es su mayor virtud" (L.A. Times).
Escribo igual que un enterrador. Escribo a base de echarme paladas de tierra sobre la cabeza, y noto la tierra golpeándome, espesa en la boca, cubriendo los ojos. Busco la inmortalidad sepultándome y así me va: con cada texto me entierro un poco más.
Escribo flores sobre mi lápida. Con el tiempo se acumulan y marchitan y, al final, lo que queda es un montón de flores marchitas que nadie se atreve a limpiar. Cuando alguien se pone delante de una tumba o de un cuadro o de un libro, sólo se queda con estas flores marchitas. A fin de cuentas, es lo que se ve. Los críticos elogian estas flores, les ponen nota, las clasifican, discuten sobre ellas. Dicen cosas como: estas flores marchitas son las mejores de la historia de la literatura. Pero no entienden que lo que importa no son las flores. Lo que importa es el cadáver que hay debajo.

Rebolución

lunes, 29 de agosto de 2011

No lo sabíamos, pero ya teníamos la mecha de pólvora y el cartucho de explosivo preparados. Eso siempre estuvo ahí, dijeron los expertos a los medios de comunicación. La chispa no quedó muy claro en qué consistió. Quizás fue una mirada entre compañeros de clase, un avión de papel que se estrella en la espalda del maestro o una contestación ingeniosa a un problema de matemáticas que propina una carcajada general entre los alumnos. De cualquier manera, lo que siguió a aquello fueron gritos, mordiscos y arañazos, un montón de niños inmovilizando al profesor de turno, apertura de puertas antes de tiempo, la invasión infantil y la jarana por los pasillos, el director del colegio que sale de su despacho y antes de que pueda castigar a nadie es arrollado. Primero fue un colegio de Madrid, pero la revuelta se extendió antes de que nos diéramos cuenta, dijo un portavoz de la policía a los medios de comunicación, cuando quisimos darnos cuenta también se habían rebelado las guarderías. La sustitución del chupete por la nariz del adulto más próximo. La salida a las calles en tromba, la paralización del tráfico, las caras de estupefacción de los viandantes. Alguien llama al Presidente del Gobierno, de viaje por el extranjero, y le informa de la situación. Nos equivocamos al decidir el plan de actuación, dijo el Presidente del Gobierno a los medios de comunicación, pero la prioridad era evitar heridos: al fin y a cabo sólo eran niños. Balones de fútbol rompen los cristales de una multinacional, un hombre acude al hospital por una herida grave hecha con la punta de un compás, escupitajos, mierda y meados en las aceras, saqueos en las tiendas de chucherías, los rehenes están atados con combas, nos informaban los medios de comunicación. Cuando se acercaron, armados con pistolas de juguete, tirachinas, yoyós, al Congreso de los Diputados, este se encontraba cercado por un cordón policial. Los más empollones trazaron el plan de ataque, explicó uno de los asaltantes a los medios de comunicación. Una muchachada enfebrecida se abalanza contra los policías, que hacen amago de llevarse las manos a las porras. Las órdenes eran claras, evitar bajo cualquier circunstancia el uso de la violencia, dijo el portavoz de la policía a los medios de comunicación. Un hombre sólo tiene dos manos, dijo una señora a los medios de comunicación, por muchos policías que hubieran puesto, cada uno sólo podría haber agarrado un par de chiquillos, y teniendo que aguantar los mordiscos y las patadas y todo eso, pues nada. La ruptura del cordón policial, la imagen de un montón de mocosos irrumpiendo en la Cámara aparece en todos los televisores del mundo. Ya era hora, digo a los medios de comunicación: no veas las ganas que tenía de que sucediera algo así de una puta vez.

Autopsia

martes, 16 de agosto de 2011

El sonido del velcro al despegarlo. Empieza así. Los dedos que se deslizan por debajo de la tela, buscando la espuma blanca, el puño que se aferra a las entrañas blanquecinas y las extirpa, la mano temblorosa de un cirujano que sujeta un corazón de algodón y poliéster. El procedimiento continúa, mientras se evoca una tarde de verano en la terraza, una escalera de mano, una planta ornamental, y aparecen las mismas manos más pequeñas, infantiles, moviendo el cuerpo por los peldaños de la silla y empujándolo por encima de la planta, las manos llevándolo a carreras por el pasillo de casa, y había gritos y había imaginación y había historias que vencían a la realidad: historias ya olvidadas.
La amputación de un trozo de infancia.
La figura rechoncha y agradable se va desinflando paulatinamente. Es cierto que para deshacerse de él no hacía falta sacarle el relleno, pero quizás, pensó, si se procedía a la desfiguración previa, si había algo de trabajo en el proceso, si costaba un esfuerzo, tirar el muñeco a la basura sería más fácil: estaría más justificado. Tendría algo así como un funeral.
El relleno va llenando el cubo de basura. Quizás de esta manera esté más justificado, pero desde luego no resulta más fácil. La bolsa de basura está a rebosar. Nadie habría esperado que algo tan insignificante tuviera tanto en su interior. Al final de la operación, el hombre observa el pellejo vacío, la tela arrugada y muerta sobre la mesa y descubre las manos con restos de pelusa blanca: son sus propias manos, las que hace años dieron vida a aquel muñeco de trapo, y siente un escalofrío. Acto seguido algo se derrumba en el cuarto: suena el llanto de un carnicero con las manos manchadas de sueños.

Historia de un fracaso (2)

jueves, 30 de junio de 2011

Todos los días te compongo el poema más silencioso del mundo. Una ausencia de palabras que te explica cuánto te quiero, cuánto te necesito. Un poema que empieza con el pitido insolente del despertador. El sonido de las magdalenas mojándose en el café. El agua de la ducha reventando contra la piel enjabonada. El suave chasquido de un tímido beso de despedida. El ruido de la puerta al salir de casa para trabajar.
Un poema que te dice: no sabes que eres adicto a algo hasta que sufres un síndrome de abstinencia. Que te hace creer que puedes dejarlo cuando quieras.
Rimé todos los versos al son de los latidos de tu corazón, esos que, cuando fingimos que nos vamos a dormir, suenan como el murmullo lejano de una estampida. Como un ejército realizando maniobras en las afueras de la ciudad. Como el mar dentro de una caracola que nadie se acerca al oído.

Cuando lo saqué a la luz, la crítica lo destrozó.
Sinopsis: los personajes del poema son felices o al menos aparentan serlo. No hay ninguna trama más allá de la relación sentimental. La acción tiene lugar en un sueño. El protagonista no sabe despertar. O no quiere. No nos importa lo más mínimo.
Cursilada, ñoñez, pérdida de tiempo. Eso dijeron.
El autor no sabe escribir poemas. Eso dijeron.

Aún así no me lo tomé como una ofensa.
Porque todos los poetas que me gustan están locos. O muertos.

Las palabras

jueves, 9 de junio de 2011

El numeroso público que acudió al auditorio fue ocupando sus localidades. La expectación estaba por las nubes. Por fin había llegado el momento en que Anónimo iba a romper su silencio. Años de reflexión y estudio iban a dar su fruto. La conferencia había sido anunciada por doquier y las entradas se habían agotado en cuestión de minutos. Los cientos de asistentes no podían sentirse más afortunados: iban a asistir en directo a un acontecimiento histórico. Los demás tendrían que contentarse con seguir la conferencia por televisión, radio o internet. Los medios estaban preparados para la que probablemente iba a ser la mayor audiencia en la historia de la humanidad, una retransmisión global doblada en directo a decenas de lenguas.

El mundo había puesto sus esperanzas en Anónimo cuando, después de haber logrado suficientes ahorros, decidió retirarse a meditar en soledad sobre los problemas de la humanidad, intentando encontrar la raíz común, y así lograr hallar una solución nuclear en la que se tuvieran en cuenta todos los aspectos: políticos, sociales, biológicos, científicos, filosóficos, económicos, culturales, etc. Anónimo prometió que no volvería a hablar nunca más hasta que no encontrase la respuesta. Hasta que no diese con algo así como el sentido de la vida.

Hasta ese día. Cuando Anónimo hizo acto de presencia en el escenario, el público enmudeció. Se podían escuchar sus pasos perfectamente mientras subía los peldaños hacia la tribuna. Decenas de cámaras grababan sus movimientos, sus gestos, las gotitas de sudor que perlaban su frente. Al ponerse en frente del micrófono, todo el mundo contuvo la respiración. El mundo esperaba a un profeta, pero lo que vio era un hombre transformado por el tiempo: más viejo, más flaco, más asustado. Un hombre que lo único que supo hacer delante del micrófono fue gritar de terror.

El guardaespaldas

martes, 7 de junio de 2011

En el tiempo que cae la lágrima, durante el pesado recorrido que tiene que marcar a lo largo de la mejilla, nos da la impresión de que nunca va a llegar al final de la mandíbula, de que se nos va a agotar antes de tiempo, y que al final no va a ser más que un conato de llanto, en el tiempo que vemos los dientes apretarse y el parpadeo vergonzoso, a veces oculto deliberadamente por un práctico puño que parece refrendar la excusa de que se nos ha metido algo en el ojo, con la timidez propia de algo que resulta más incómodo para los espectadores que para el protagonista, la vergüenza que proviene del hecho de que sólo aceptamos de buen grado oler nuestra propia mierda, de que la de los demás nos produce copiosas nauseas, se produce la lucha encarnizada contra la acuosa manifestación ocular mientras la otra mano se afana en sostener con sangre fría el cuchillo de cocina: en ese preciso momento de tensión, puede que alguien, un espectador heroico, se atreva a abalanzarse sobre el cuchillo, logre quitárselo de la mano, y corte él mismo la dichosa cebolla de una puta vez.

Consideraciones sobre el acto de protestar

sábado, 14 de mayo de 2011

Estimados ciudadanos:

Las reglas están para cumplirlas y para engañarnos a nosotros mismos diciéndonos que están para romperlas. Para evitar la frustración que provoca este hecho, les aconsejamos que protesten. Tienen derecho a protestar aunque no valga para nada. Es gratis y relaja las tensiones acumuladas durante la vida diaria. No se preocupen por la logística. La jerarquía contra la que van a protestar les proporcionará los medios, ustedes sólo tienen que escoger el tema. Últimamente están de moda el paro, la crisis económica, los bancos, los árbitros de fútbol y los políticos. Hay temáticas de protesta que no parecen caducar: el maltrato animal, las centrales nucleares, las guerras, la religión, el hambre en el mundo subdesarrollado, el terrorismo, los alimentos transgénicos, el cambio climático o los árbitros de fútbol. Por supuesto, no tienen por qué ceñirse a estas meras sugerencias y deben ahondar en su propio malestar, no vaya a ser que haya algo que se nos haya pasado por alto y no se haya puesto de relieve, de relieve suficiente como para generar corrientes de opinión, y así ustedes puedan arrojar un poco de luz sobre algo tremendamente susceptible de ser cambiado, algo cuya trascendencia la gente común, el vulgo, no parece haber entendido, algo que debe salir en los telediarios, que debe ser motivo de insomnio o de tertulia en la barra de un bar. Una vez escogida la temática, hay que decidir el formato de la protesta. El formato es libre: gracias a las nuevas tecnologías pueden hacerlo vía Internet en diversos foros digitales, pero si usted es más tradicional puede salir a la calle con pancartas, hacer manifestaciones, sentadas, minutos de silencio, apagones, huelgas generales o particulares, etc. En cualquier caso la protesta, por muy tradicional que sea el formato utilizado, no debe salirse más allá de las fronteras de la expresión del mensaje. Que quede bien claro: una protesta no es una revolución. Si en el fervor de la misma sucediesen actos vandálicos o violentos, no cabe duda que la protesta será acallada por las fuerzas de seguridad del estado correspondiente. También sucederá esto en el caso de que durante la misma no se cumpla lo acordado con las instituciones que regulan previamente las condiciones de la protesta. Si, por ejemplo, el recorrido de una manifestación se ve alterado sin previo aviso, esto será suficiente para acallarla de manera rotunda. En caso de que se cumplan todas las condiciones establecidas y la protesta llegue a buen puerto (es decir, no haya heridos ni detenidos), no deben esperar ningún cambio inmediato ni reacciones políticas al respecto. Deberán conformarse con la cobertura informativa que se dará en base al número de personas que hayan asistido, cobertura que puede ser, quizás accidentalmente, engañosa y poco veraz. Pero no se indignen por ello y recuerden que la satisfacción de la protesta debe residir en el acto de protestar y en ningún modo en sus consecuencias. Si estas reglas para protestar les parecen injustas o demasiado rígidas, ya saben que pueden protestar contra ellas, siempre que se ajusten a las propias reglas.

Gracias por su atención.

Destinatario

jueves, 5 de mayo de 2011

La habitación estaba insonorizada y sellada herméticamente. Una olla a presión sin válvula, el compartimento estanco de un mundo en proceso de aislamiento. En su interior, un hombre desnudo da vueltas erráticas. No dice nada, sabe por experiencia que ahí dentro el eco es lo suficientemente doloroso y duradero como para guardar silencio hasta que el silencio sea más insoportable que el estruendo. A veces deja de respirar y es capaz de escuchar el fluir de la sangre en el interior del cráneo. Si pudiéramos entrar y preguntarle sobre su vida, nos respondería que no sabe cómo ha llegado allí, ni qué es ese sitio, ni por qué cojones está allí metido. Un gran techo transparente es lo único que le conecta a algo que podríamos llamar exterior. Gracias a ello sabe reconocer el día y la noche, aunque no sabemos si acaso él conoce estos nombres, y por eso puede que al día y a la noche los denomine con nombres que nadie ha pronunciado, ni siquiera él, dada su reticencia al verbo oral, y por tanto es posible que use, por un lado, como palabra para designar al día algo que suena como el zumbido de una bombilla y, para la noche, la ausencia de dicho zumbido. Luz y ausencia de luz, entendidos como algo más gutural y primitivo, entendidos también como opuestos: presencia y ausencia, ya que si siempre fuera de día es dudoso que nadie se tomara la molestia de identificar, ponerle un nombre, a algo que no cambia.

Al despertar, un día más entre tantos días idénticos, en aquella celda de aislamiento, algo había cambiado. Algo necesitaba un nombre. El único nombre que pronunció fue un grito de terror. Había aparecido en aquella celda algo, un objeto desconocido. Cuando el eco hubo dejado de atormentar al hombre, acurrucado en un rincón, con las manos tapando sus oídos, éste se atrevió a acercarse a aquello que nunca antes había estado allí. Lo agarró y vio como aquello se arrugaba entre su dedos, cambiaba de forma, era moldeable a su voluntad. Eso le hizo feliz por un instante. Era una carta. Pero al rato, debido a que él no sabía leer puesto que nunca había tenido nada escrito, fue ignorada, abandonada, rota y arrugada, en el suelo.

Al día siguiente volvió a aparecer otra carta. No hubo gritos esta vez. Tampoco hubo tanta expectación ni lujuria con el papel nuevo: se limitó a pasar sus dedos por encima y observar las letras escritas con curiosidad. El ceño fruncido y la boca apretada, expresando con su cara una pregunta humana y trascendental: ¿pero qué coño es esto?

Las cartas siguieron apareciendo, misteriosamente, puntualmente, cada mañana. Lo escrito era indescifrable para aquel hombre. Eso nos lleva a preguntarnos, entonces, ¿cuál es el contenido de todas esas extrañas cartas? ¿Por qué no nos lo dice el narrador omnisciente? ¿Por qué el narrador omnisciente acaba de hablar de sí mismo en tercera persona?

Estas preguntas seguramente ni siquiera se formaron como tal en la mente de nuestro protagonista. Porque cómo va a preguntarse alguien por el contenido de una carta si ni siquiera sabe que ese papel pintado tiene un contenido, un significado, algo que desentrañar. De ninguna manera. El enigma para nuestro hombre encerrado no estaba en el significado de las cartas, si no en la propia existencia de las mismas. Algo irrumpía con violencia en su realidad, algo externo y desconocido la iba triturando hasta hacerla irreconocible. La montaña de papel que se agolpaba en el cuarto crecía lenta pero irremediablemente y, sin modo alguno de salir y tirarlo al contenedor de reciclaje, parecía cuestión de tiempo que el correo fuera ganándole terreno hasta arrinconarlo del todo, sepultándolo al final. Tal misterio, que al principio fue una pequeña novedad curiosa, tomaba tintes dramáticos, de supervivencia. Había que acabar de una vez por todas con el servicio postal.

Al principio atacó con furia y sin control la masa de celulosa, acabando el ataque en un fracaso estrepitoso: trocitos de papel por todos lados del cubículo, él cubierto por los papeles, derrotado, jadeante y sin entender absolutamente nada. El plan siguiente que trazó fue la recogida ordenada de las misivas, apilándolas primero en una esquina. Pero esto, aunque maximizaba el espacio libre, se mostró insuficiente. Pronto las cartas ocuparon todo el extremo de la pared y progresivamente fueron reduciendo la habitabilidad de la habitación. Los metros cuadrados aprovechables se convirtieron en centímetros. El suelo pasó a ser propiedad del correo. El hombre asumió su fin, comenzó a dormir encima de su enemigo inerte. Se acabaron los paseos por su habitáculo. La rutina se repetía, el goteo era imparable. Aunque a veces era imperceptible entre tanta carta, él sabía que había más. Otros días aparecían sobre él. Llegó el momento en que se hundió entre los folios escritos. Sumergido, intentaba respirar pero las hojas se ceñían sobre su cara. Mientras se asfixiaba con el papel tapando nariz y boca, pudo distinguir sobre sus ojos unos trazos que rezaban así: "¿Es grave, doctor? Lamentablemente, el daño cerebral parece irrecuperable."

Por supuesto, él no entendió nada. Ni falta que le hacía.

El día del punto final

sábado, 30 de abril de 2011

En el principio fue una cita sin pretensiones. Dioses de pacotilla, creamos una relación sentimental igual que un niño pequeño come pinturas de cera, sin valorar las consecuencias. Escribimos nuestra Biblia como si relatara los sucesos más importantes de la historia universal, y la llenamos de besos en estaciones de tren, de cuerpos desnudos hundidos entre las sábanas, de conciertos y salas de cine, de estanterías con libros, de bibliotecas, de salsa de kebap que ha resbalado entre los dedos. Como toda Biblia, no nos faltaron los profetas que pronosticaron nuestro propio apocalipsis a pequeña escala. Hay quien atribuye estas profecías a un uso de sustancias psicotrópicas, mientras que otros expertos hablan de enfermedades psiquiátricas o neurológicas. En cualquier caso, la experiencia nos dice que todo tiene un final: pulsar el botón de pause sólo hace que la película acabe más tarde. Así que no nos hace falta que un profeta desquiciado nos diga que el día del punto final acabará por llegar. Lo que hace falta es que nos diga cuándo va a ser. Tenemos una agenda muy apretada. ¡Queremos las fechas! No vaya a ser que el mundo se acabe antes que nuestra relación.

El miedo al punto final. Tu cara después del naufragio cubierta por una fina capa de salitre mezclado con rímel. Los pañuelos de papel tapan las heridas transparentes. Las pecas respiran tras la limpieza sistemática del entorno de los párpados. Las epidermis vuelven a contactar en todo su esplendor, reivindicando el presente sobre el futuro. Y yo, que he soñado con todos los finales posibles, yo, que en mi imaginación soy un dios del drama apocalíptico, yo, que lloro por ti como un nazareno llora por la procesión cancelada, yo, que tengo tanto miedo al mañana, yo, te susurro:
–Cariño, que le den por culo al futuro.

El origen de la cultura popular

sábado, 23 de abril de 2011

Hubo un momento en el cual, mientras esperaba a que Caperucita apareciera, llegó a dudar de su verdadera condición de lobo. La blusa, las gafas para la presbicia, incluso el ridículo gorro para dormir, sumados a la ausencia de la verdadera abuela (entonces inmersa en el proceso de digestión), a esa inmensa soledad en aquella casa, en aquella cama, eran datos más que suficientes para dudar de la propia identidad. ¿Soy un lobo o todo lo que ha pasado hasta ahora no ha sido más que un sueño? Quizás me he despertado, abuela como soy, siempre abuela, y aquello de que yo era el lobo no era más que un sueño, un sueño en que me comía a mí misma, y por eso estoy en esta cama, con estas ropas, tan cansada, tan vieja.
Sin embargo, cuando Caperucita hizo acto de presencia, el hambre disipó toda duda. Una convicción gutural, intrínseca al hecho de ser lobo, que en este caso se manifestó como hambre, hizo que la ropa, las gafas, la habitación, la situación, careciesen de valor a la hora de interpretar el acto familiar de una dulce niña visitando a su abuela. Un hambre de lobo en un envase de abuela. El mismo hambre que hace dudar a la niña de la identidad de su abuela, ya que observa cómo ésta se comporta de manera extraña y sostiene afirmaciones rocambolescas sobre su apariencia (lo cual le recuerda a la niña que la abuela se está demenciando) y que, al fin, acaba por ignorar la cesta con la comida y se lanza en un acto caníbal sobre su nieta, clavándole los dientes como quien clava una genética, una herencia, una memoria; el grito aterrado de Caperucita, el subsiguiente allanamiento de morada por parte del cazador, la palidez consecuente ante la escena insólita: tirar de la abuela demente, golpearla hasta poder separarla de su nieta, llevar a las dos a urgencias del hospital y esperar su feliz y pronta recuperación, hasta que, cuando llegue el momento de las preguntas, nos tengamos que inventar una historia que oculte lo patético y triste de la realidad, una historia que se pueda contar.

La momia

martes, 12 de abril de 2011

En medio de una calma obscena, el hombre-antigüedad despierta, apaga el televisor, se levanta de golpe y se quita a sacudidas polvo y telarañas, y así es como el hombre-abotargado, el hombre-que-queda-ahí-debajo-de-toda-esa-mugre, mira con un nuevo deseo a su alrededor y desea gritar e imponer con su rugido un miedo gutural, una presencia violenta en el lugar donde antes no había más que el poso de los años, abre la boca con furia: vaya, las cuerdas vocales agarrotadas no se mueven y en lugar de un grito aterrador le sale un gaznido tímido que cae blando al suelo y se deshace entre las baldosas como bolitas de mercurio. Decepcionado por la pérdida de facultades, da sus primeros pasos de bebé, tambaleándose como un coloso contrahecho, inseguro, por culpa de la atrofia secundaria a tantos años en el sofá de su casa. En tanto que logra, a duras penas, mantener el equilibrio, se da cuenta de que también le cuesta pensar. Ideas fragmentadas en su cerebro golpean las paredes del cráneo, inconexas, disparos de fogueo de una verdad más aterradora, mortal y segura. Es tal el descalabro neuronal que ni siquiera puede construir un plan mínimo, del tipo: sal de este cuarto, cierra la puerta, huye. Sin ninguna planificación y torpe hasta producir vergüenza ajena, vemos como el hombre-ancestral, en su corto trayecto, tropieza y cae al suelo como un montón de escombros. Gruñe algo similar a un quejido. Es patético y es real. Quizás hay huesos rotos en medio de todo ese dolor que le hace retorcerse en el suelo. El sonido lejano de una ambulancia llega a escucharse en la quietud de la estancia mortecina mientras él se arrastra como un soldado paralítico en medio de una trinchera en llamas. Se agarra a la primera pieza de mobiliario que encuentra y se encarama a ella, hasta alcanzar, plúmbeo, la sedestación, y, jadeando y sudando, deja que el cuerpo dolorido repose. Abre los ojos, y, aunque al principio no comprende, acaba por darse cuenta de que está en el mismo punto de partida, la televisión está enfrente y la familiaridad del entorno y la estúpida sensación de felicidad por seguir vivo y el dolor que le propinó aventurarse a salir de allí y la decisión de que es mejor dejar de hacer el gilipollas, mientras estira una mano para sacar el orinal de debajo del sofá.

Cosas que contar a los nietos

martes, 22 de marzo de 2011

Algún día nos acercaremos a los nietos y les hablaremos de nuestra juventud.

Les diremos que vimos caer las Torres Gemelas. El atentado en el cercanías de Madrid. Y el del metro de Londres.
Que vivimos el lento final del comunismo. Y después vivimos el lento final del capitalismo.
Vivimos todos los lentos finales que nos dio tiempo a vivir.
Bombardeamos Irak. Bombardeamos Libia. Bombardeamos Kosovo. Bombardeamos Afganistán. No necesariamente en este orden.
Asistimos impasibles a la devastación de Japón. Y a otras muchas tragedias naturales. El Katrina, el terremoto de Chile, el de Haití, inundaciones en la India y otros sitios, en tantos sitios que a uno se le acaban por olvidar las tragedias.
Tuvimos miedo de la energía nuclear, entre otras razones porque no sabíamos bien cómo funcionaba la energía nuclear.
Tuvimos mucho miedo de muchas cosas.
Discutimos mucho sobre ecología y el cambio climático. Pero sobre esto no hicimos nada más que discutir.
Empezamos a utilizar Internet como si en Internet estuvieran todas las respuestas. Al tiempo descubrimos que sólo había gente preguntando las mismas preguntas de siempre.
Aprendimos que el poder sólo cambia de manos, pero no se crea, no se destruye y ni siquiera se transforma.
Les contaremos las numerosas equivocaciones que cometimos a lo largo de la vida.
Etcétera.

Y cuando nos pregunten: ¿por qué?
Les daremos unas palmaditas en la cabeza.
Les diremos con una sonrisa que cuando sean mayores lo entenderán.
Porque cuando sean mayores y no entiendan absolutamente nada, nosotros ya estaremos muertos.

Fuck me, I'm famous

lunes, 28 de febrero de 2011

Regla de oro: tener la capacidad para llegar a todo el mundo no implica llegar a todo el mundo. A veces hay que empezar por las obviedades para poder destruir los sueños. Nos ofrecieron un inmenso descampado para que hiciéramos con él lo que quisiéramos. A pesar de encontrarnos aturdidos ante el infinito de posibilidades, no tardamos en hacer lo que mejor sabemos hacer: fuimos egoístas. Lo teníamos todo a nuestro favor: nunca había sido tan fácil actuar como gurús. Aceptamos el culto a la imagen como derecho fundamental. Stalin puso estatuas de sí mismo por toda la URSS. Nosotros, pequeños megalómanos como somos, pusimos fotos de nosotros mismos por toda la Red. Construimos púlpitos donde no había nada, creímos que era el momento para que el mundo nos escuchara. Pero se nos olvidó que el mundo tenía que querer escucharnos. Balbucear el mensaje no ayuda en un lugar donde todo el mundo está balbuceando. ¿Será sólo cosa mía o es que esta habitación acolchada a la que llamo blog no es más que una más de los millones de habitaciones acolchadas del gigantesco manicomio de Internet? Millones de imbéciles soñándose creadores ante el auditorio desierto, pero, ¿cómo vamos a tener público si todos estamos actuando a la vez? Nuestro único público son las miradas de reojo que nos propinan los que están actuando en el escenario de al lado. Lo común se devalúa: las opiniones se devalúan, las creaciones se devalúan. El silencio es un valor al alza. Hablar a solas ya es algo demasiado normal. Miradnos: somos animales en un matadero soñando con ser la mejor carne del mundo.

Liquidación total

jueves, 24 de febrero de 2011

Te encontré en un escaparate. Mi mirada distraída se posó en ti, en tu contorno blanco marfileño, lanzado por los fotones de la luz eléctrica a través del cristal directamente hacia mis retinas miopes. Yo buscaba una buena oferta, o lo que es lo mismo: no buscaba nada concreto. Esperaba que algo que nunca hubiera deseado me convenciera de que tenía que hacerme con ello. Convencer al comprador de que la oferta es su demanda. En eso debe consistir el capitalismo. En eso consiste el amor.

Opté por quedarme admirándote, deseando tu amor de PVC, soñando con tus manos heladas entre los pliegues de mi ropa interior. Así fue como apareció la necesidad urgente de romper la barrera. Como un ciego delante de un televisor. Como un cura delante de un crucifijo. Como un onanista delante de su ordenador. Mi soledad previa fue lo que me hizo enamorame de ti. Fue lo que hizo que empezase a buscar por la acera un adoquín suelto.

Nos tracé un plan de fuga. Una buena pedrada en el cristal, un salto entre los añicos transparentes hacia ti, y después raptarte como Europa (y llamarte Europa porque todo lo que sé de Europa es que fue raptada), entre mis brazos, y la posterior huida en coche, que sería lo más breve posible puesto que no sé conducir. Los dos como crash test dummies momentos antes de la colisión, nos diríamos que nos queremos a morir. Ya sabes que la gente suele recordar lo mucho que se quiere cuando es demasiado tarde. Cuando el airbag falla, cuando el cáncer ha metastatizado, cuando se va a ejecutar la pena de muerte, cuando suena el disparo final: cuando se ejecuta la pena, cuando se ejecuta la muerte.
Cuando la vida te manda la carta de despido.

Cogí la piedra más grande que había a mi alcance. Una piedra a modo de carta de amor. Vi tus ojos en blanco, tus labios en blanco, tu cuerpo en blanco, el cartel que rezaba: liquidación total. Apreté la roca contra mis dedos.

Sólo tú sabes lo que pasó después.

Encuentro con el viejo profesor de ajedrez

lunes, 21 de febrero de 2011

Encuentro fortuito con el viejo profesor de ajedrez. El bar está prácticamente vacío. Una partida silenciosa tiene lugar en la barra. Él se gira y me saluda, con la indiferencia o la precaución que da el bache generacional o igual es que él es así con todo el mundo. Se acuerda de mi nombre. Yo no me acuerdo del suyo. No ha cambiado apenas. Sigue igual de calvo, gordo (quizás un poco más gordo) y lleva las mismas gafas. Está tomando un té. Me pregunta qué tal me va. Le cuento mi situación como un actor que se ha aprendido la respuesta de memoria. Le comento que me iré a Madrid y él me dice que todo el mundo se va de León, a Madrid o a Barcelona. Da la impresión de que dentro de poco tiempo vaya a quedar él solo en la barra de este bar mirando al té, en medio de un León convertido en ciudad fantasma, en ciudad cementerio. Me pregunta qué voy a hacer. Anatomía Patológica, respondo. Intento explicar en qué consiste, pero al poco él pone mala cara y dice: quita, quita. Me cuenta la anécdota en la que Guerra, el torero –me aclara–, fue presentado a Ortega y Gasset. Cuando Guerra preguntó a qué se dedicaban los filósofos y alguien le respondió que "a pensar", Guerra dijo: "Hay gente pa' to". Nos reímos. Acto seguido comenta que los hospitales le dan mala espina, que el año pasado se operó. No me atrevo a preguntar de qué. Asumo que es mejor así. Sin profundizar en nada, manteniendo la conversación lo más superficialmente posible. Le pregunto qué tal va lo de dar clases de ajedrez. Dice que cada vez hay menos calidad y cantidad. Dice que todos los niños quieren ser futbolistas. Resignación. En ese momento tengo la sensación de que todo va a peor. Quizás esa sensación es lo que se conoce por nostalgia. Todos futbolistas. No sabemos qué más decir. Nos despedimos. Yo le digo que me alegro de verle. Y se lo digo de verdad.

Lemas para una revolución

miércoles, 2 de febrero de 2011

Si pensamos en la evolución de la sociedad podemos concluir, de una manera simplista, que ésta funciona a base de ensayo-error. Creo que esto debería hacerse de esta otra manera, opinaban algunos con suficiente respaldo, poder o suerte como para llevarlo a cabo. Basaban sus opiniones en algo que hubieran leído, algo que hubieran soñado, algo que no tenía ninguna prueba material para ser defendido. Pero no importaba la falta de pruebas ante el nuevo sistema propuesto. Lo que realmente importaba era la capacidad de convicción, ya fuera mediante las palabras, las armas, el despotismo, las leyes, o cualquier medio que otorgase la capacidad de aplastar a todos bajo el mismo ideal. Así, la Historia no es más que la recopilación de todos los grandes errores de la humanidad, los que salieron mal y los que aún siguen en funcionamiento. La colmena se organizaba de manera piramidal, siempre poniendo en la cúspide a aquellos que hubieran triunfado. Acto seguido el sistema ensayado previamente era calumniado y pasaba a ser recogido como un nuevo error para la colección. Llegados a este punto parece fácil y sensato digerir frases como: el pueblo que olvida su historia está condenado a cometer los mismos errores; o: el sistema actual es el menos malo posible. Ahora se habla mucho de que el mejor camino es la democracia (entendida como una plutocracia encubierta), ahora es lo que toca.

¿Tiene sentido acomodarse al pensamiento del sistema actual? ¿O es que resulta imposible escapar de todo lo que se da por supuesto en la sociedad? Las cosas son así, parece que es imposible cambiarlas, podemos decir con resignación. Pero, ¿merece la pena iniciar un nuevo ensayo y condenar lo anterior como un craso error? ¿Realmente hay alguna alternativa futura? ¿Supondría eso un retroceso? ¿Da igual las muchas preguntas que nos hagamos porque no se pueden responder hasta que se ponga algo nuevo en marcha? ¿Pero el qué? Parece fácil advertir los fallos del sistema actual, no hace falta más que ver a un hombre pedir dinero a las puertas de un centro comercial donde otro hombre, mejor vestido, entra sin dignarse a mirarle a la cara. Parece inhumano, pero todos hemos sido en algún momento ese hombre que ignora al mendigo. Asumir que eso es lo normal no hace más que reforzar el conjunto de principios reinantes. Y esto sólo es un ejemplo. Pongamos otro. Nos parece natural que la educación se debe basar en la desconfianza. La gente por norma general no estudia ni tiene interés por aprender, asumimos, por lo que tenemos que comprobar que han estudiado, poniéndoles exámenes en los que desmuestren que se han aprendido el temario. Pero, ¿y si la gente no tiene interés por estudiar exámenes a causa del sistema? ¿No parece razonable pensar que si la sociedad tuviera otros principios cambiaría lo que creemos que es inamovible? ¿Pero qué principios cambiar? ¿Se pueden cambiar? Y si se pueden, ¿nos da miedo equivocarnos? ¿El miedo a la incertidumbre de algo nunca-visto-antes es tan grande como para apoyar los fallos de lo contrastado y conocido?

Me pregunto si no será que esta democracia realmente es el sistema definitivo. O si es que en realidad somos lo suficientemente cobardes como para no tratar de cometer un error diferente. Yo soy un cobarde redomado. Pero, ¿cuántos cobardes hacen falta para tener valor?

Prison is a state of mind

martes, 1 de febrero de 2011

Una cárcel puede ser una línea de metro. Puede ser recorrerla todos los días en hora punta. Pisar todos los días la misma calle hacia el mismo puesto de trabajo. Una cárcel puede ser tu coche, tu plaza de aparcamiento, tener que echar gasolina, tener que pensar en el precio del barril de Brent sin saber qué cojones es un barril de Brent. Una cárcel puede ser una oposición, puede ser una cocina, puede ser una cama, puede ser ver un programa del corazón, un noticiario, puede ser ver cómo muere un hombre en televisión mientras desayunas cereales.

Una cárcel puede ser cualquier cosa que acabe convertida en rutina.

Una cárcel puede ser actualizar un blog.

Y esto el fracaso del plan de fuga.

Adultez

viernes, 7 de enero de 2011

Millones de adultos como restos de un naufragio mental. Buscando trabajo, hablando de política, decidiendo sus planes de futuro: trabajar, pagar el alquiler, tener pareja, la hipoteca, casarse, tener hijos, criarlos, jubilarse y tener tiempo para hacer algo real antes de morir; o lo contrario, independizarse, vivir solo, trabajar y gastar sólo para uno mismo, compartir cuando toque: regalos, amigos, celebraciones diversas. Adultos que viven y trazan una trayectoria definida. O que deciden no trazar ninguna trayectoria. No importa: todos acaban sus días y se arrepienten de lo que no han hecho. Te cogen del hombro, te aleccionan. Ves en ellos las arrugas como cicatrices del látigo que ha surcado lenta e imperceptiblemente la piel, el pesado escoplo y martillo de un escultor cuyo único objetivo es definir los accidentes del mármol humano hasta llegar al hueso, dejando al final el esqueleto y decir: la obra está terminada. Haz esto, dicen, yo no lo hice y me arrepiento por ello. Haz lo otro, opina el de al lado. Haz lo contrario de lo que yo he hecho. Haz lo que te dé la gana. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Pero, ¿cuántas oportunidades tenemos? Adultos decepcionados, que ven en los bebés toda la potencialidad que ellos ya han perdido y les hablan como si fueran retrasados. Bebés con todas las ilusiones y sueños por romper. Frágiles e impolutos. Protegedlos, hacedlos eternos, piensan los viejos, a la vez que no se dan del todo cuenta de que los condenan a la fractura con la realidad. Piensa en los Reyes Magos: los adultos son los niños traicionados por la confianza con que creyeron a sus padres. A las mentiras y la felicidad les siguió el desengaño. Creer que en la ignorancia está la felicidad. Dicen que hay que protegerlos y cuidarlos, los obligan a seguir el camino de las decisiones, de las conversaciones de política, de la incertidumbre con que se vive, Milan Kundera lo sabía: nunca sabemos qué debemos querer, porque sólo vivimos una vida. Después juzgamos en base a nuestros errores, en lugar de disfrutarlos en la medida de lo posible. No hagas esto, no hagas lo otro, vive la vida así, año tras año, feliz año nuevo, amén.

 
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